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Los días eran difíciles,
pero las noches eran terribles, cada familia se atrincheraba lo mejor que
podía, y poco a poco los límites de las ciudades se fueron reduciendo, las
personas que vivían en las periferias abandonaban sus casas buscando seguridad
en el centro de las ciudades, donde aún se concentraban las fuerzas del orden,
ejército, policías, bomberos, y aún había lugares donde pudieran ocultarse
mientras durase la oscuridad.
Y en medio de todo aquel
caos y convulsión social, una figura deambulaba entre las calles vacías,
buscando pelea, oliendo el miedo y buscando sangre. No era otro que Vastian, el
cazador. Y pronto encontraba su presa, era el mismo olor de siempre, el mismo
miedo, el mismo aroma y él podía detectarlo, las personas sudaban temor ante la
perspectiva del terror y casi siempre ese terror tenía forma demoníaca,
sombras, criaturas extrañas. la misma muerte que los perseguía en sanguinaria
locura, pero que no sabía que su propio final era lo que estaba persiguiendo.
Y allí estaba aquel
hombre, estaba herido y corría por las calles vacías, de dónde habría salido,
quién sabe, quizá y ni él lo sabía, pero ese día, a pesar de la hemorragia y
del miedo en su mirada, era su día de suerte.
La criatura que lo
perseguía era una especie inusual, una mezcla de tigre con pulpo salido
directamente de las pesadillas más alucinantes, pero era real, tan real como el
recuerdo que con pavor había impregnado en sus víctimas, y allí estaba el
depredador persiguiendo su presa, el hombre escogió un mal camino y se encontró
de pronto en una ancha avenida, no había agujero al cual meterse, a su camino
sólo había puertas y ventanas tapeadas, algunos vehículos totalmente destruidos
en la vía, nada en donde uno pudiera ocultarse decentemente y salvar su vida. ¿Pero
merecía ser salvado? Quién lo sabría, ese no era asunto de nadie.
Corriendo y corriendo
tropezó, cayó de bruces dejando un rastro de sangre, se levantó como pudo y se
lanzó detrás de los restos de un carro incinerado, se metió allí y se
desparramó quedándose lo más quieto posible con la esperanza que nada ni nadie
lo hubiera seguido, visto u olido. Pero era inútil, estaba exhausto, su pulso
estaba totalmente disparado y sino contenía la hemorragia de su fracturado
brazo, tampoco duraría lo suficiente.
Entonces la criatura
apareció en la esquina, a paso lento, segura, sabía que no necesitaba correr,
había perseguido su presa y no perdería su olor, medía aproximadamente 4 metros
de largo y 3 de altura, latigaba una especie de tentáculos en su lomo y en
forma era semejante a un tigre bengala, sólo que con 6 patas, su piel era
oscura y reflejaba destellos de color purpura, como si tuviera escamas o muchos
caparazones adheridos, era muy llamativo y no se veían sus ojos, quizá y ni
tenía, Vastian admiraba la bestia en la distancia y vio también al hombre
metido en el carro, se preguntaba si aquel hombre sabía lo que estaba
acechándolo. Aguzó la vista y encontró que aquel hombre no podía contenerse, se
agarraba el pecho con la mano sana y respiraba muy agitadamente, quizá estaba a
punto de darle un ataque, seguramente había visto a su perseguidor y la muerte
le había sonreído. Había llegado el momento de hacer algo, Vastian sonrió,
estaba en el lugar exacto y en el momento correcto, comenzó a correr.
La criatura se acercó
lenta y metódicamente al auto siniestrado, y aunque no tenía ojos visibles, el
hombre se sentía fijamente observado, como si muchos ojos invisibles lo
tuvieran sujeto al viejo chasis, quiso moverse, una mano, un dedo siquiera,
cerrar los ojos, no ver lo que se avecinaba, pero no podía ni respirar, era
como si cuerdas invisibles hubieran detenido hasta su mismo pulso,
imprimiéndolo en lo que estaba seguro sería su final. Una lágrima, luego otra,
estaba llorando, ¿acaso sentiría algo aquella bestia? acaso lo sintió antes? ¿acaso
no le lloraron igual? ¿sabría siquiera lo que era la misericordia?, era el fin
del camino y no podía huir.
Y de repente, la Bestia
que lo tenía fijo, simplemente desapareció y se escuchó un gran estruendo y el
sonido de estructuras cayendo. El hombre no se movió, pero sintió como si
pudiera volver a respirar y volvió a sentir el golpe de la sangre en el fondo
de su cerebro, se preguntaba que acaba de pasar, se incorporó como pudo y miró
a través de las ventanas del coche, había una nube de polvo y los restos de un
derrumbe en una casa que aún soltaba ladrillos a la calle, como si la misma casa
hubiera estallado de la nada, pero ¿dónde estaba su acechador?
Siguió buscando y pudo
distinguir unos tentáculos a través del polvo, un brillo purpura y un sonido
sibilante, como un silente rugido de furia y a través de la polvareda también
lo vio a él, se estaba levantando lentamente, era otro hombre, un hombre
extraño, se veía difuso, como si estuviera vestido con múltiples retazos de
tela, todas rotas, negras. Aquella figura se incorporó lentamente sin dejar de
enfrentar a la bestia, nada se movió, sólo el polvo entre ellos caía libremente.
Entonces la bestia se desvaneció entre el polvo, pero la nube de polvo dejaba
saber que se estaba moviendo y desapareció en el interior del edificio, el
hombre extraño también desapareció, ambos entraron al edificio y no se oyó nada
más. El dolor lo hizo darse cuenta que él seguía allí, herido y que tenía que
moverse, al salir por una ventana encontró un trozo de alambre en el suelo que
recogió y se amarró al brazo para detener la hemorragia, que habría sido de
aquellas dos criaturas, no lo sabía y no esperaría a averiguarlo, quiso dar
unos pasos y entonces una fuerte explosión lo hizo lanzarse al suelo, la casa
había vuelto a estallar lanzando por los aires, ladrillos y escombros que
cayeron por todo el lugar y 2 formas habían salido entremezcladas en una
sangrienta batalla de golpes, arañazos, latigazos y más golpes violentos, era
aquel hombre que mano a mano se estaba enfrentando a la criatura felina, los
dos rodaron hasta la pista, sumidos en una suerte de batalla que cortaba el
aire y hacía retumbar el suelo, pronto alrededor de ellos se empezó a levantar
una nube de polvo, y se encontraban con tal ferocidad que el hombre herido
temió por ser alcanzado y comenzó a correr en cualquier dirección.
La bestia lo vio y lanzo
un rugido sibilante, el hombre volteo y cayó de bruces ante la mirada, sintió
como las fuerzas lo abandonaban y no pudo moverse más, ni respirar, pero el
hechizo no duró mucho, un brazo salido desde atrás cogió su cuello
estrangulándolo mientras otro brazo dirigía un potente puño directamente al
cuello de la criatura, se escuchó el golpe, como si una bola de hierro hubiera caído
desde cierta altura al suelo, la bestia gimió y entonces los mismos brazos lo
tomaron del cuerpo y lo volvieron a arrastrar a la polvareda.
El hombre recobró el
sentido, se dio vuelta e intentó arrastrarse, siguió escuchando el rugido
sibilante, como un reclamo lleno de ira, que intentaba detenerlo, pero el miedo
pudo más y se puso en pie, consiguió correr antes de caer, todo lo que había pasado
en los últimos 10 minutos habían terminado de arrancarle las gotas de fuerza
que le quedaban, se tendió de espaldas contra un poste, no podía más, de
pronto, un golpe seco lo despertó, las ondas de choque golpeaban sus oídos, no
quedaría inconsciente en presencia de titánico espectáculo, el tigre saltaba,
se revolcaba, era lo único que veía, y pocas veces veía a aquel hombre que
luchaba con la bestia, casi siempre encaramado sobre el tigre, casi siempre
dándole golpes terribles, se preguntaba si sería una persona, se preguntaba qué
pasaría si le cayera uno de esos golpes, se preguntaba qué pasaría si él era
alcanzado por los escombros, no podía hacer nada, estaba ahora totalmente
inmovilizado, sólo podía mirar.
Entonces un rugido
diferente se escuchó a través de la polvareda y vio la silueta de la bestia
erguirse sobre algo y cortar el aire con sus tentáculos, entonces el fiero
animal trastabilló, algo saltó detrás de él y con los brazos extendidos abrazó
su cuello, estrangulándolo. La bestia comenzó a rodar, a dar más aún feroces zarpazos
y cayeron sobre el auto incinerado donde siguieron revolcándose violentamente,
pero algo había cambiado, no estaba atacando, estaba intentando escapar, por fin
había entendido que había dejado de ser el depredador y que en ese preciso
instante era la presa y que su existencia llegaría a su fin, entonces luchó, no
sería su final, no así pensó y luchó con toda la furia que pudo reunir, lanzó
un terrible rugido, ahora sí audible, era desgarrador y el hombre a varios
metros sintió como sus tímpanos y corazón se partían, pero no era un rugido,
era un grito, ¿estaría pidiendo ayuda? ¿estaría pidiendo misericordia? De
pronto aquel rugido paró súbitamente, la bestia se puso en pie y se estiró lo
más que pudo antes de caer hacia atrás con un golpe seco.
El hombre estaba perdiendo
la consciencia, ¿qué estaba viendo?, sólo el horror de la batalla lo había
mantenido consciente, pero todo había terminado ya y nada le impedía sumergirse
en el cansancio, con sus últimas fuerzas pudo ver al hombre que luchó con la
bestia, se estaba poniendo en pie y en sus manos traía la cabeza de la bestia
que aún sangraba algo color violeta, la lanzó con desparpajo frente al hombre
derrumbado, se sobresaltó al ver a su perseguidor así, abatido y derrotado,
pero cuando miró al nuevo depredador no sintió miedo, era una persona que ahora
caminaba hacia él... y justo hasta allí recuerda.
Lo próximo que supo fue
que estaba en una camilla, en un hospital colapsado, tenía vendajes y un suero
en el brazo bueno. Los médicos y personas pasaban por su lado, pero nadie le
hacía caso, como habría llegado allí, nadie pudo responderle, y se quedó
pensando si acaso aquella figura lo había salvado. Quién se lo diría.
Una vez hace mucho tiempo, cuando estudiaba en una academia preuniversitaria
preparándome para la Universidad y comenzar a estudiar para ser algo, tomé
coraje y le escribí a una chica que me gustaba. Era una compañerita del salón,
a duras penas recuerdo su nombre hoy en día, pero recuerdo claramente todo lo
que pasó.

Era un martes cualquiera en la cálida ciudad de Ica a medio
verano. Los colectivos y buses se llenaban de niños, jóvenes y demás gente que
salía a la calle, presurosos de vivir la vida, de ganar el día. Y ahí andaba
yo, despeinado, flaco, con una mochila al hombro. Salía temprano de casa para
llegar también temprano, me gustaba así, llegar antes que todos los demás y a
veces también, antes que los mismos dueños del local. Francamente no era por amor
al estudio, era por el simple hecho de ser el primero en llegar y casi siempre
lo lograba, llegaba de 15 a 20 minutos más temprano. Recuerdo que, llegaba,
firmaba mi asistencia y subía derechito a mi salón. Era un edificio de 5 pisos,
pero mi salón estaba en el 3er piso y bueno, entraba, dejaba mis cosas y corría
las cortinas, abría las ventanas de par en par y me ponía a espiar la calle, a
espiar la vida pasar.
Desde aquella posición privilegiada podía distinguir a todas las
personas que pasaban, los pequeños perdidos en fantasías de la mano de sus
preocupadas madres, jóvenes perdidos en ansiedades mientras deambulaban, quizá
a otras academias o trabajos, siempre me daba la impresión que sus conciencias
se encontraban en otro lugar; y luego estaban los adultos, responsables señores
y señoras que volaban al trabajo, siempre directos, apurados, rara vez
joviales, nunca cantando, nunca jugando. Me preguntaba si algún día me
convertiría en uno de ellos y si realmente quisiera convertirme en uno de
ellos. Aún no lo quiero. Y finalmente estaban los abuelitos, caballeros y damas
de edad avanzada que caminaban por la calle como sorprendiéndose de seguir andando,
como disculpando cada paso que dan, algunos con rostros ceñudos hablaban de
algún viejo rencor y otros, de alguna vieja dolencia. Supuse que el tiempo no
perdona al que camina, y que tampoco lo haría con el que, en lo alto, espía la
vida.
Pero las personas interesantes, las que siempre buscaba eran los sonrientes,
generalmente jóvenes, bendecidos que estudiaban, que tenían un sueño, un
objetivo visible, audible y perseguible, los que aún decían cosas como:
"Yo quiero ser...". Je. Y de todos estos jovencitos empeñosos, había
una señorita particular, no recuerdo bien su nombre, pero para efectos
prácticos la llamaremos Sandra, aunque bien podría haberse llamado Alexandra o
Valeria, por la delicadeza de sus facciones y la fuerza de su carácter. Recuerdo
con detalle sus expresiones y sus gestos, no era particularmente alta, pero
tampoco era bajita, era delgada y traía casi siempre el pelo recogido en una
vincha, de cabellos castaños y lisos que le llegaba al hombro, era trigueña, de
ojos café y sonrisa fácil. La típica jovencita amiguera, siempre rodeada de
amigas íntimas, siempre 5 chicas, para arriba y para abajo, siempre
cuchicheando. Recuerdo que comían, estudiaban y respiraban todo siempre juntas.
Y recuerdo además que, era mi rival.
Todos los días competíamos por dar primero las respuestas a las
preguntas y problemas que planteaban los profesores. Recuerdo que con ella
aprendí que la velocidad de ser el primero no importa nada si no vas a dar una
respuesta correcta, y que, si iba a levantar la mano, sería bueno estar seguro de
tener la respuesta correcta.
Recuerdo que un par de veces, las veces que quedaron marcadas en
mi alma, di una mala respuesta y ella, obviamente, me corrigió. Hirió mi
orgullo y desde aquella vez, comencé a enfocarme más en las ideas y conceptos de
las clases para resolver los problemas con más rapidez, y creo que desde allí
me volví como dicen, un "Amarillo". Recuerdo que siempre estábamos en
franca y declarada competencia, rivales acérrimos, pero fuera de ese
intercambio académico, realmente no había una relación entre nosotros, nada, ni
siquiera una amistad, a duras penas nos saludábamos. Y en sentido estricto,
nunca conversamos de nada, ni siquiera discutíamos nuestras respuestas. Y eso
no me gustaba, porque yo sinceramente quería hablarle, ser amigos al menos,
saludarla como a cualquier otro, nada más, o al menos esa fue mi intención al
principio, me pregunto ¿Cuándo cambié?. Nunca me percaté que esa constante
rivalidad iba acrecentando un interés en mí y que, a la vez, iba mermando mi
propia imagen frente a ella, y que poco a poco, porque cada vez era más
acertado y rápido en mis respuestas, ella comenzaba a verme como “el antipático
del salón”, al cual necesitaba derrotar, ¡cueste lo que cueste! Y así, mis tranquilos días de academia se fueron
convirtiendo en un campo bélico, de batalla tras batalla, y lo peor, que era
una batalla que yo quería ganar y que también quería perder.
Con el tiempo me di cuenta que era una batalla sin sentido, que yo
supiera, ninguno iba a postularse a la universidad aquel año, todas estas
clases eran algo así como un reforzamiento para los grados escolares. Así que
no era algo que necesariamente tuviéramos que tomarnos tan a pecho pero que,
desgraciadamente hicimos. Tal vez sólo era la competencia de dos orgullos
intentando apoderarse de una posición, como dos niños luchando por un juguete.
Recuerdo que, en aquella época, tenía amiguitos con los que
siempre, año tras año, me encontraba en esta academia. Era la ilustre Albert
Einstein y cada verano sin falta me reencontraba con los mismos, a veces no en
el mismo salón, pero nos juntábamos en los breaks y salidas. Eran Henry, el
niño rata, Julio, Julito para los amigos, y Katherine, alías la Flaca, porque
era bien flaca, recontra flaca y la molestaba con eso, le decía cosas como que
el aire se la llevaba, que no daba sombra sino pena, cosas así, de muchacho,
pero ella siempre se defendía, tenía 4 hermanos mayores así que sabía muy bien
como defenderse y no dejarse. Y bueno, ellos eran mi círculo cercano, ese año
la Flaca y Julio estaban en otro salón, juntos y a mí me tocó con Henry,
siempre nos sentábamos juntos y Henry terminó siendo testigo presencial de
nuestros feroces intercambios matutinos con Sandra. Así que un día mientras
caminábamos, simplemente les conté que me gustaba y les expuse mis razones,
nuestra conversación fue más o menos así:
—Saben, hay una chica que me gusta —dije, iniciando la
conversación sin dejar de caminar. Siempre caminábamos a la salida, hasta
nuestro paradero y nos íbamos despidiendo.
—Toda la vida —dijo Julio, iniciando la discusión, sin detenerse
ni a pestañear. Julio era un tipo práctico que rayaba lo sólido, como un Moai
de la isla de pascua, así, práctico, natural, mineral.
— ¿Toda la vidaaaa? —repetía escandalizada la Flaca, fingiendo
asombro, abriendo la boca teatralmente y mirando a Julio. Era la reina del
drama y lo hacía única y exclusivamente para molestarme.
—Si, toooooda la vida —remarcaba el buen Henry mientras avanzaba,
pateaba una piedrita en la vereda y prudentemente ganaba distancia.
—Oye ¿Cómo que toda la vida? —poniendo un gesto de pregunta,
superfingidazo porque todos sabíamos a esta altura del partido que yo era algo
enamoradizo y según supe de ellos, muy, pero muy evidente.
Julio se detuvo para responderme, me miró directamente como indignado
por mi propia observación y con el más fino tacto cromañón continuaba: —¡Si
pues! ¡Toda la vida te andas enamorando! Sieeeeeempre hay una flaca que te gusta
—y luego seguía andando, como si nada, como si simplemente se hubiera detenido
a mirar un chanchito de tierra a mitad de la vereda.
—Huy, no me dejo —respondía la flaca, mientras sacudía una mano,
movía la cabeza y le echaba, sutilmente, más leña al fuego —Huyuyuy Huyuyuy, no
me dejo...
—¡No es cierto! —respondía herido, me habían dado un duro golpe y
mi orgullo se preparaba para contratacar.
—No, si es cierto, yo lo he visto —afirmaba el buen Henry,
ganándose todas las miradas y continuó: —Yo lo he visto mirar a una chica del
lonsa, todo el día, así todo baboso —seguidamente ponía un gesto torpe y luego
con la rapidez del rayo desaparecía de mi costado, esperando quizá una reacción
violenta que con toda justicia le hubiera propinado de estar a mi alcance.
—Es que eres muy evidente pues José —terciaba la flaca, y esa
revelación realmente me cayó como agua fría.
—Muuuuuy evidente —decía el buen Henry, aún alerta, aún distante,
despacito, metiendo puñal.
—Pero tranquilo, te vamos a ayudar —añadía la flaca, sin
preocuparse, sólo era un temita más del día y luego continuaba: —Ya, ¿Quién es?—Es Sandra —respondió Henry, quien mantenía su distancia, con
Julio y la Flaca como escudos humanos. Inmediatamente ambos se miraron y dijeron:
—¡Huuuuuuuuuuuuuy! —antes de apurar el paso y caminar más rápido.
—Yo no me meto, chau —decía Julio y hacía el ademán de avanzar más
rápido, estirar la mano y pedir un taxi que lo saque de allí.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —respondí entre divertido y alarmado, no podía
decidirme.
—Sandra es bieeeeeen especial, sabes? —y había un gesto de
gravedad en sus manos ligeramente preocupante.
—Hasta en mi salón sabemos quién es ella —dijo Julio, mientras miraba
perdido el horizonte cual jefe apache que no se decide entre cortar cabelleras
o comprar un chichiste.
—Una vez escuchamos cuando discutió con una chica de nuestro
salón, no sé por qué, pero allí estaban las dos hablándose bieeeen fuerte, ¿Sabes?
¿No te enteraste? —dijo la flaca, ante mi genuino desconcierto.
—No, o sea ¿cómo? ¿qué paso? —pregunté porque quería saber que
pasó.
—No sé, pero se gritaron bien feo y no se hablan creo —dijo el
julio, dándolo todo en sus explicaciones.
—¡Si, esa le gusta a José! —añadía el buen Henry, que no perdía
distancia y no soltaba el puñal.
—Huy amigo... bueno, gustos son gustos —decía la flaca, seguidamente
se acomodó bien la mochila, se persignó y siguió caminando.
—Si, gustos son gustos, un loquito siempre busca una loquita —añadía
Julio haciendo gestos. Entonces comenzaba a perseguirlo, pero Julio que ya
sabía lo que iba a pasar también salía disparado, lo perseguía un par de metros
y luego me enfrentaba en esas peleas de mano que no son peleas sino juegos,
para luego gritarle a los demás —¡Dios los cría...! —¡Y ellos se juntan! —completaban
la frase los demás antes de matarse de risa.
—Sabes que, ya no te ayudo, ya. Será para que me grite, mejor no,
Gracias —decía la flaca, volvía a juntar sus manitos y a persignarse a mitad de
la vereda. Y lo cierto es que todas estas bromas, me hacían preguntarme en que
rayos me estaba metiendo, pero tenía que admitir que tenían un punto.
Y seguíamos andando bajo el caluroso sol iqueño mientras yo
procesaba todo lo que había escuchado aquella tarde, era una faceta totalmente
inesperada de la Sandra que yo creía conocer, una que no había previsto, aunque
tal vez debí intuirlo; es decir, la recuerdo siempre enérgica y firme, pero me costaba
imaginar a la super sociable Sandra gritándose con alguien. Y mientras estaba
perdido en mis pensamientos, Julito se acercaba, ponía su mano en mi hombro y
meneaba la cabeza, luego palmeaba mi espalda un par de veces y decía: —Te vamos
a extrañar flaco... Qué lástima… Qué lástima… —y luego seguía andando.
—Yo que tú, mejor cambio de objetivo —decía la flaca, con una mano
en el mentón, mientras mentalmente me buscaba "objetivos" y sopesaba
con que amigas suyas yo haría buena pareja...
—Si, antes que sea demasiado tarde... —decía Henry para luego
alcanzar a Julio y juntando ambos las manos ponerse a orar. Recuerdo que se
abrazaban y fingían llorar mientras andaban, luego uno decía: "Era tan
joven…", y el otro sollozaba con su papelito higiénico en la mano, limpiándose
las lágrimas como dos viejas señoras que lloran la pérdida de un hijo.
Definitivamente buenos amigos, mis días eran divertidos, y aunque
de veras me chocaban estas noticias, pensaba que seguramente había una buena
razón por la que tuvieron que discutir; es decir, no conocía a Sandra, sabía
muy poco de ella, pero la había visto durante algún tiempo y comenzaba a creer
que, si bien era capaz, no estaba loca, así que me dispuse a saber del asunto.
Al día siguiente fui al salón de la historia, tenía un par de
conocidos allí y les pregunté directamente por la pelea, qué habían escuchado y
qué sabían, y todos confirmaron lo que ya me habían contado Julio y la Flaca.
—¿Y qué vas a hacer ahora? —me preguntaba Henry mientras volvíamos
al salón.
—La verdad no sé, en serio...— y tuve que dejar de hablar porque
justo en ese momento venía en sentido contrario la mismísima Sandra con toda su
mancha, risueñas y hablando, ni me miró. Sólo siguió sin detenerse.
—Hmmm —apuntó Henry sin decir nada, la situación era clarísima, yo
no era precisamente el mejor amigo de Sandra, ni amigo siguiera y quizá ni una
persona para ella. No objeté la observación y sólo seguimos bajando las gradas
a continuar con nuestros refrigerios.
—Ni siquiera hablar con ella es posible ¿No? —le dije finalmente
al Henry.
—Pero, ¡puedes intentarlo! —y tenía razón, no me iba a pegar por
decirle Hola, tan loca no estaba y comenzaba a pensar que tal vez, si
simplemente la saludaba y la trataba como a cualquier otro, como una persona
normal en lugar de un enemigo, tal vez pudiéramos en algún momento llegar a
saludarnos, así que tracé un plan de acción, la saludaría desde ese momento.
Al día siguiente, cuando me la encontré de improviso le dije:
"Buenos días" y continué mi camino, no escuché una respuesta a mi
saludo, pero puse todo mi esfuerzo en no sonar forzado, molesto o antipático. Y
luego en los días siguientes comencé a saludarla con un pequeño
"hola", como lo hacía en realidad con todos los que me encontraba en la
academia y algunas veces obtuve una respuesta. Y en este punto es preciso
mencionar que, en aquel local casi todos los caminos llevaban a la cafetería o
a la calle, era después de todo un único edificio de 5 pisos con una única
escalera de acceso, por lo que encontrarte con muchas personas no era nada
raro.
Y un día mientras caminaba con mis amigos a la salida, como
siempre, la flaca preguntó:
—Y José, ¿qué fue de Sandra? —preguntó como quien se acuerda de
una vieja conversación.
—Ah, nada, sólo nos saludamos —dije lo más casual del mundo,
esperando no decir nada que me ponga en evidencia.
—Ah ya... —dijo la flaca, sacudía la cabeza afirmativamente y no
añadió nada más. Pero olvidé completamente el talón de Aquiles de mi plan
encubierto, que no se hizo esperar y dijo: —José la está saludando todos los
días para cambiar el ambiente e iniciar su contraataque. E inmediatamente Julio
decía —O sea, ¡no te cansas! —decía colocando las manos a las caderas como un
padre que regaña a sus hijos—te gusta el maltrato ¿no? —y palmeó fuertemente mis
espaldas. De pronto dijo: —Ese es un hombre, no se cansa... ¡Bien! ¡Sigue así! —y
lo dijo con tanta sinceridad que hasta me sentí honrado.
—A veces ni lo saluda —añadió el buen Henry, como quien enciende
la mecha de un cuetón antes de huir despavorido.
—¡Gracias Henry! —le respondía, sin ganas de perseguirlo.
—Pero, o sea, ¿sigues queriendo algo con ella? —preguntaba la
flaca —Después de todo lo que te hemos dicho ¿En serio?
—Teeerco —decían a la vez Henry y Julio, que se miraban
divertidos, sonreían y seguían andando.
—Sólo la estoy saludando —respondí medio herido.
—Hmmm ya —respondía la Flaca, no tan convencida mientras hacia los
ojos chinitos como intentando ver más allá de mis palabras.
Esas conversaciones me hacían darme cuenta de varias cosas,
primero, que les importaba a mis amigos, porque entre broma y broma encontraba
algo de preocupación real de su parte y lo segundo, que mi relación con Sandra
seguía siendo inexistente, no sabía que pensaba la propia Sandra y como nunca
conversamos más de 2 palabras, pues probablemente nunca lo descubriría. Así que
pensé en ir al grano, total el verano ya estaba bastante avanzado y las clases
de la academia no durarían para siempre. Y pensando y pensando concluí que si
me acercaba sería olímpicamente choteado, así que me dije —¿Y si le envío una
carta? —tal vez podría ver como reaccionaba y dependiendo de ello ya vería que
haría después.
Recuerdo que me pasé aquella tarde pensando qué tarjeta o carta le
gustaría más, finalmente me decidí por una tarjetita pequeña con un dibujo de
unos ositos, y luego usé todo mi poder mental para tratar de responder el más
angustiante: ¿Qué le escribo? No sabía que decirle, tantas cosas que podía
escribir y ninguna venía a mi mente. Y como buen chibolo pavo de 13, le escribí
las siguientes palabras: "Hola, quiero decirte que me gustas mucho". Esas fueron unas palabras super complejas de escribir, la primera tarjeta
que había escrito en mi vida de hecho, y a pesar de la vergüenza, quiero que
sepan que cuando uno no ha hecho algo nunca en su vida, probablemente pueda
parecer un poco torpe, pobre y hasta estúpido, pero vamos, todos hemos pasado
por estas estaciones de la vida, así que deben comprender exactamente qué se
siente. La emoción. Y luego le añadí más abajo: "¿Quieres saber quién soy?
Escribe Si o No". ¿Cómo llegaría a mí su respuesta? No pensé nunca en esos
detalles.
Y allí, en lo profundo de mi cuarto, sentado sobre la cama, usando
un cuaderno como soporte mientras en la teve pasaban el chavo del ocho, escribí
mi primera carta, bueno, tarjeta de amor. No dejaba de mirarla y de imaginar
que podría pasar el día siguiente. Jamás imaginé que las cosas podrían salir
mal, pues como todo niño, uno simplemente no hace eso, uno nunca mide las
consecuencias porque simplemente no tiene la experiencia para hacerlo y si
señores, las cosas salieron mal. Pero en ese momento, en ese instante de mi vida, mientras releía
mis palabras en ese pequeño y barato cartón, era inocente y expectante,
levantaba una esperanza y de todo corazón, entre alegría y duda, esperaba que
todo saliera bien. Esa noche me costó dormir porque estaba demasiado
emocionado, y aunque pocas personas puedan afirmarlo, siempre fui y soy, muy
sensible y expresivo, especialmente cuando estoy sólo. Je. Me revolcaba en mi
cama entre cuadernos y separatas imaginando que podría pasar, los desenlaces,
felices todos claro y así, soñando entre almohadas, me dormí.
Y llegó el día, abrí los ojos y sonó el despertador, en realidad
había estado cuasi despierto desde hacía buen rato, pero había decidido
quedarme en cama hasta que sea la hora de levantarse. Salí de mi cuarto
inusualmente enérgico, me alisté, cambié y lavé, todo en 15 minutos, pero aún
tenía 1 hora por delante para recién salir de casa, fui a la cocina y tomé
desayuno con mis abuelos, con quienes vivía durante el verano, mis primos
estaban allí, levantándose también, aunque no tan prestos como yo, que con diferencia
estaba listo para salir a correr una maratón en ese mismo instante. Lo que hace
la emoción.
Comí bien, lo normal, todo de buen humor, y como ya estaba listo,
pensé que tal vez podía caminar un poco, así que me despedí y salí de casa,
caminé o, mejor dicho, intenté caminar lentito, era una mañana fresca, y estaba
1 hora adelantado, decidí seguir caminando, en el camino revisé mi mochila para
ver si la carta, perdón, tarjeta, seguía en su lugar y no había decidido
escaparse, pero seguía allí. —Todo bien— pensé y seguí andando, mientras
caminaba realmente no pensaba en nada, y aunque caminé lento, terminé llegando
un poquito más temprano de lo usual, 30 minutos a mi acostumbrado madrugar. Así
que seguí de largo y caminé 1 cuadra más, sólo para llegar a la esquina, mirar
el tránsito, que también era escaso, y luego volver a las puertas de la
academia, me estacioné frente al local y esperé apoyado en un poste.
Cuando finalmente llegaron los encargados, seguí mi ritual
acostumbrado, firmé asistencia, subí gradas, abrí ventanas, pero esa mañana no
podía quedarme quieto, así que me senté, luego me levanté y luego volví a
sentarme, pensando en los detalles de la entrega de la tarjeta, cuándo lo
haría, cómo lo haría, había pensado mucho al respecto y todas las opciones eran
algo, sino totalmente, riesgosas, por no mencionar idílicas y hasta
fantasiosas. Mis opciones eran: A) entregársela personalmente, de frente y sin
roche. El detalle era que, nunca estaba sola, en mancha podría simplemente
mandarme a volar. Si lo iba a hacer lo haría cuando ella esté sola, esa era mi
idea, y estaba seguro que si esperaba encontraría el momento indicado, sólo
tenía que abrir bien los ojos y ser paciente. Y mi plan B), en caso que todo lo
demás falle, colocaría la tarjetita en uno de sus cuadernos mientras ella no
estaba, de manera que la encuentre cuando esté sola. Y el detalle de este plan
era que, ¿cómo me enteraría de su respuesta? no había puesto más indicaciones
en la tarjeta. No lo pensé mucho, ya lo resolvería luego.
Y mientras pensaba en todas mis opciones (sólo esas 2), empezaron
a llegar los demás alumnos y comenzó el día en la academia. Las clases se
desarrollaron con total normalidad, y ante las preguntas del profe, igual seguí
dando mis respuestas, total, era un día más, quizá bajar el ritmo me delate así
que era preferible hacer como que no pasaba nada... Y llegó el primer receso, mi
primera oportunidad para acercarme y entregarle la dichosa tarjetita, pero al
voltear, porque aquel día se sentó al fondo con sus amiguitas, las encontré a
todas juntitas, poniéndose de pie en un movimiento casi coordinado y salir
raudas y veloces al efímero break. Ni siquiera pude decirle Hola.
Henry me miró como intentando descifrar que estaba pasando, y al
ver que mi primera oportunidad estaba perdida, le conté mi plan maestro.
Recuerdo que sus ojos se abrieron, sus pupilas se dilataron y hasta sus orejas
se pusieron coloradas, como si fuera él quien se estaba declarando. Creo que
sin querer "la audacia" de mi plan había contagiado al buen Henry mi
propia emoción, pero dijo: —¡Ya!, yo te ayudo, ¿qué quieres que haga? —y vaya, esa sola
declaración me hablaba de la clase de amigos que tenía, dispuestos a
sacrificarse por uno, valiente y sincero, sin duda había escogido bien, tenía
un buen corazón y su interés era genuino... Y mirando la situación en
retrospectiva, simplemente éramos un par de chiquillos, que dicho sea de paso
parecían haber ingerido grandes cantidades de azúcar en muy poco tiempo,
debimos habernos visto super obvios y extraños. (ja) Recuerdo que Henry hasta
daba saltitos (aún sentado).
Entonces, viendo su resolución, lo detuve, porque en serio estaba
saltando, y le dije: —Necesito que distraigas a sus amigas, para que yo pueda
hablar con ella, a solas, ¿entiendes? —Henry me miró solemnemente, como si
acabara de recibir una misión urgente para salvar el mundo, entonces respondió:
—Ok —miró a los lados y pude ver como en su cabecita comenzaban a funcionar los
engranajes, hasta que dijo: —Tú, espera aquí— y salió disparado del salón. No
sabía que pensar, no me dijo nada en realidad, así que abrí mi cuaderno, saqué
la tarjeta y la puse en mi bolsillo, quería estar listo, sólo por si acaso.
Claro que ni me había detenido a pensar en cómo haría el buen Henry para
traerla sólo a ella y no a su mancha entera, pero bueno, ahí estaba confiando
en las desconocidas capacidades de mi buen amigo Henry, a quien injustamente le
había puesto el apodo de "niño rata", decidí nunca más llamarlo así.
Y de repente, Sandra entró al salón, sola, y yo que estaba
revisando mis cosas quedé simplemente petrificado, congelado, estupefacto,
porque nunca hubiera esperado que ella apareciese, así como así y sola. Noté
que buscaba algo, que miraba a todos lados y luego terminó de entrar al salón.
Yo no sabía que decirle, lo había ensayado mil veces en la noche y aún había
practicado en mi larga caminata, pero ahora que al fin la tenía frente a mí,
simplemente no podía decir ni una palabra. Fueron sólo segundos, dio unos pasos
más y vi que en la misma puerta apareció Henry, traía un polo blanco y jean
azul, y aunque al principio no pude verlo bien, sabía que era él, aunque sólo vi
su espalda, estaba hablando con alguien y aunque no podía escuchar la
conversación, lo escuchaba argumentar, seguidamente se hizo a un lado y
entraron varias chicas, todas las amigas de Sandra. Yo seguía terriblemente
desconcertado, no sabía qué estaba pasando y según pude ver, Sandra y las
chicas si lo sabían, me parece que buscaban algo, no sabría decir que, miraban
a todo lado y a mí en medio de todo, indefenso y con cara de perdido, como un
perrito que a mitad de la pista ve como dos luces brillantes se acercan
rápidamente. Y luego de buscar y no encontrar nada, simplemente se fueron.
Henry también había desaparecido y yo, confundido, me di cuenta que no sabía
que estaba pasando, así que decidí salir a buscarlo, quería un par de
explicaciones. ¿Había perdido mi chance? ¿Esa era una chance?
No recuerdo bien qué pasó después, pero cuando reaccioné, ya
estábamos todos en el salón de clase, después me enteré que les había dicho algo,
aunque nunca supe bien qué les dijo exactamente. Pero allí estábamos, ahora
sólo me quedaba una oportunidad, el segundo break, esta vez lo intentaría
personalmente.
Cuando al fin llegó el break, comenzó el concierto de cosas que se
guardan, mochilas que se cierran, cartucheras y lapiceros que caen, para luego
dar pase al correteo por los primeros lugares de la cafetería del 4to piso. Así
que me levanté, como todos, y la seguí, junto a todos avanzamos en la misma
dirección, llegamos a la cafetería y estábamos en el mismo grupo grande de
niños con hambre, no pensaba en comprarme nada, sólo quería decirle que quería
hablar con ella un momento. Pero al tenerla al lado, hablando feliz con sus
amigas y comiendo sus hamburguesas como si no hubiera un mañana, finalmente no
abrí la boca, no le pude decir nada, me justifiqué diciéndome que no era
correcto molestarla o malograr su tiempo con sus amigas y derrotado salí de
aquel lugar, en el camino que encontré a Henry que también subía las gradas. No
había rastro de Julio o la Flaca aquel día. Y sin querer llegué al salón,
estaba vacío y pensé que no sería capaz de hablarle, no así, me faltaba coraje.
Pero aún tenía mi plan B, podría aprovechar que no había nadie en el salón, así
que salté a su sitio, abrí uno de sus cuadernos y metí la tarjeta, cerré el
cuaderno y con otro movimiento felino me alejé de la escena del crimen, pero no
sabía a donde ir, seguía en el salón, era como cuando saltas de un avión y de
pronto te das cuenta que no tienes paracaídas, no sabes que vas a hacer, por lo
que intenté al menos no parecer tan culpable, me quedé por los pasillos, como
buscando a mis amigos. Nadie me vio entrar y aparentemente nadie me vio salir y
a mi juicio había logrado escapar. Estaba limpio y de ser el caso ¡aduciría
demencia! ¿Pero, habrá servido para algo? Y recobrando la conciencia,
repentinamente tuve hambre, y apareció Henry con unas galletas en la mano, me
autoinvité un par y me quedé con él por ahí, no le dije que había puesto la
tarjeta, aunque él me preguntaba que iba a hacer ahora.
Entonces sonó el timbre y todos regresamos al salón, de todas
partes comenzaron a volver los alumnos, incluso de otros salones, y eso me
preocupó, ¡tal vez alguien pudo verme! No pensé en eso. Pero me tuve que
tranquilizar, me dije: —No, tranquilo, respira, nadie sabe que fuiste tú, que
no te delate tu nerviosismo, no puedo decirle nada a Henry... Aún no, podría
ponerse a gritar o algo, no, no no. En mi cabecita, mis pensamientos eran más o menos así: —Sólo sigue
caminando, eso, respira, camina, respira, camina, respira, vuelve a tu sitio,
buen chico, ahora sigue respirando, no te distraigas, cuidado, no hagas
contacto visual, finge que se cae tu lapicero... Excelente!, ahora recógelo patosamente,
como chibolo, no, así no, no tan bruto, ahora recoge tu cuaderno también, así,
muy bien, esperemos que lo patético cubra tu culpabilidad, tranquilo, ya, ya
pasó, mira adelante, atiende a clase... vamos concéntrate, deja de respirar así
o te va a dar un ataque, así, eso, tranquilo, como persona, bien, bien, atiende
a clase. —Entonces el profesor pidió que sacáramos nuestros cuadernos.... Y
supe allí que ella encontraría la tarjeta. No tenía dudas. Pero, ¿Debía de mirar? ¡tenía que mirar! ¡tenía que saber! Así
que, con el disimulo más grande del mundo, moví mi cabeza milímetros para que
no vieran que volteaba, entrecerré un poco los ojos para que nadie más me viera
“viendo” e intenté ver qué pasaba. Y encontré con la mirada el momento exacto
en que ella ¡encontraba la tarjeta! De pronto mi pulso se disparó y recuerdo
que pasó exactamente así:
Sandra levantó su cuaderno de la banca y este se abrió, y en ese
preciso momento pasaron 2 cosas, se cayó su lápiz, era rosado, de aquellos que
tienen múltiples puntas que se colocan una sobre otra y, pude ver con lujo de
detalle que una pequeña tarjeta se desprendía de las hojas y caía al mismo
tiempo al vacío... La vi inclinarse para recoger las cosas caídas y hasta pude ver su
rostro de sorpresa al ver la pequeña tarjeta, sus dedos se estiraron y la
levantó del suelo, lento, muy lento, demasiado lento, ¿acaso el tiempo se
estaba deteniendo? No, era yo, mi emoción y sobreexcitación estaban deteniendo
el tiempo, me pregunto a qué ritmo estaría mi corazón... Entonces me dije: ¡Voltea!,
¡mira a otro lado! haz un gesto como que haces cosas, vas a ser descubierto! —y
me forcé a mirar al otro extremo del salón, a garabatear algo en el cuaderno,
pero era inútil, ¡tenía que volver a ver!, ¡quería saber qué pasaría!
necesitaba voltear y lo hice.
La escena continuó casi donde la dejé, ella seguía levantando la
tarjeta y su lápiz, aún faltaban algunos centímetros para la mesa, y se
acercaba, ya casi, entonces con una mano dejó el lápiz en la mesa y con las dos
manos miró bien la tarjeta, tenía una expresión de duda, como intentando
averiguar cuando había metido esa tarjetita, era una expresión de extrañeza y
le dio vuelta a la tarjeta, donde estaban las palabras que yo había escrito, y
su rostro cambió. Y aunque no dijo ninguna palabra, su expresión, me lo dijo todo...
Casi podía leer sus pensamientos, hasta que finalmente dijo algo,
y pude oírlo porque en ese punto hasta oía su respiración. Ella dijo: ¿Qué es
esto? y una terrible expresión de desagrado, como quien prueba un jarabe amargo
se dibujó en su rostro... Luego vi con horror que, le pasaba la tarjeta a sus amigas, para
que ellas pudieran verla, y ahora visiblemente molesta, continuó preparando sus
cosas para la clase. Sus amigas comenzaron a hablar entre ellas, no pude oírlas,
quizá no quería, pero ella siguió preparándose, inmutable, como si simplemente
hubiera aplastado una espantosa cucaracha y ahora tuviera que seguir con sus
cosas. Y eso mis queridos fueron suficiente para mí.
Pero sus amigas comenzaron a levantar la vista, todas a la vez, y
a mirar en el salón, a buscar... Supe que me buscaban a mí, así que rápidamente
terminé de voltear y como si nada pasara en el mundo, seguí escribiendo
garabatos. Pero no pasó mucho tiempo hasta que cierto murmullo comenzó a
levantarse en el salón. La agitación en las amigas y luego en todo aquel grupo
de alumnos fue en aumento, y fue tal que el mismísimo profesor les tuvo que
pedir que bajaran la voz y que conversen afuera, cuando termine la clase. No
voltee ni un instante, e hice lo mejor que supe hacer en ese momento, me hice
el loco, un loco metido en una caja de cartón, perdido en el espacio a miles de
años luz de la tierra. Henry que estaba a mi lado, volteó como todo el mundo
cuando las voces comenzaron a elevarse sobre los murmullos, muchos lo hicieron,
hasta que el profesor les puso fin y por supuesto, sentí las miradas penetrando
mi nuca, buscando indicios, pistas.
Ese día me senté delante de ella, como 3 filas delante y en la
columna contigua de bancas, sentí muchas miradas durante el resto de la clase,
de todos lados. Pero estaba limpio, nada podía relacionarme con los recientes
eventos, ni siquiera la letra, pues había usado un tipo de letra diferente. Y
muy confundido por los minutos que había vivido, intenté con todas mis fuerzas
seguir en la clase. Fue casi imposible.
Aún podía escuchar sus cuchicheos, así que decidí voltear ya sin
ocultar mi rostro y ver directamente qué pasaba, al hacerlo encontré a Sandra,
aún con la tarjeta en la mano, no decía ni una palabra, eran sus amigas las que
murmuraban todo, pero entonces ella de pronto dejó caer la tarjetita al suelo y
siguió escribiendo. Tenía una expresión seria, estaba molesta. Era una
expresión que no había visto antes, parecía realmente concentrada, ¿se estaría forzando?
Y eso también me dolió, ¿por qué se molestaba? Quizá pensaba que le estaban
jugando una broma, quizá pensó que se estaban burlando de ella.... ¡Jamás lo
pensé así! Si tan sólo pudiera decirle que no era una broma. Regresé la mirada al pizarrón y noté a Henry que estaba a mi lado,
tenía los ojos muy abiertos, como intentando entender que estaba pasando. No
dijo nada, pero seguía mirándome, así que le dije: — ¿Qué? ¿Qué pasa? —entonces
abrió la boca para decir algo, pero no dijo nada, cerró la boca y siguió
también con sus apuntes.
La clase continuó, el profesor les llamó la atención un par de
veces más, pero eso fue todo, la clase llegaba a su fin. Nadie sabría nunca que
había pasado, o eso pensaba yo.
Entonces terminó la clase, el profe se fue y todos comenzaron a
guardar sus cosas y a salir, yo me incliné, recogí mi mochila y comencé a
guardar mis cosas con cierto desgano. Recuerdo que Henry, que también guardaba
sus cosas comenzó a decir algo y cuando iba a responderle, una mano delgada,
blanca, delicada, que tenía unas pititas rojas atadas en la muñeca apareció de
la nada detrás mío y una voz dijo: —Toma… Esto es tuyo —y pegó la tarjetita en
mi pecho con un ligero golpe... para luego retirarse. Levanté la vista para ver
quién había sido, y sentí la tarjetita caer al suelo dando vueltas en el aire. Fue
Sandra. Me agaché para recoger la tarjetita y al mismo tiempo Sandra y todas sus
amigas comenzaron a salir del salón, no cruzamos miradas ni se dijo ninguna
palabra. Sólo quedó el silencio y también el bullicio. Esperé a que terminaran
de salir, fueron 2 o 3 segundos y levanté la tarjetita del suelo, estaba sucia,
quizá pisada, nunca lo sabré. Ya no había nadie en el salón. Había sido Sandra.
Reconocí la pitita roja en su muñeca, siempre la llevaba. Miré la tarjetita y
la guardé en mi cuaderno, tal y como estaba, como quien recibe a un viejo
soldado que ha cumplido su misión, o bueno, que ha fallecido en la batalla y
cuyos restos merecen ahora todos los honores.
Henry, que seguía allí, me miraba, no dijo nada, terminamos de
alistarnos y nos sumamos a la mancha que salía del salón.
Más tarde mis amigos me contaron 2 cosas, que Sandra se veía
realmente enfadada aquella tarde y que el chisme de que le había llegado una
tarjetita se había esparcido a otros salones y ahora casi toda la academia sabía
que le habían dado una.
Y mientras caminábamos a casa y me contaban estas cosas les dije
que había sido yo, pero no quería hablar, estaba desganado, no por haber sido
rechazado o que mi tarjetita hubiera sido despreciada. Sino porque era
consciente, que había hecho sentir muy mal a Sandra y que mi torpeza le había
provocado dolor y que era yo, el único responsable de todo. No dije mucho
aquella tarde, y dejé que Henry narrara los detalles de lo que había sucedido.
Faltaban 2 semanas para que acabe el ciclo de verano, lo que
serían 6 clases, pero el ambiente se había enrarecido totalmente, los rumores
de lo sucedido se habían disparado a todos los demás salones y yo sinceramente
no sabía que cara poner cuando la veía, así que hice lo único que se me ocurrió
en ese momento, me hice el loco, y cuando me preguntaban si había sido yo o si
sabía algo, pues simplemente negaba todo. No tenía otra salida, la misma Sandra
cuando la encontraba tenía una expresión de que quería apuñalarme o algo; sin
embargo, nunca me dijo nada. En clases el profe preguntaba la respuesta a los
problemas, pero nadie levantaba la mano, entonces nos decía: —Vamos Chicos!
¿Qué pasa? ¡Vamos! — Y es que, ya no había competencia, ni ganas tenía de
hacerlo. De vez en cuando uno levantaba la mano y daba una respuesta, y cuando
estaba equivocada el profesor me preguntaba a mí, y yo daba la respuesta
correcta y la clase seguía su curso. Recuerdo que escuchaba gestos o murmullos
cuando pasaba esto. La antipatía era palpable. Me parece que se estaba formando
la idea de que yo le había dado la tarjetita para sacarla de clase y ser el
único, “el mejor”. Y esto lo supe por la flaca que me contó que había escuchado
este rumor en su propio salón, un piso más abajo. Fue devastador, nunca me
había sentido tan mal, tan culpable y lo peor de todo es que ni siquiera había
sido mi intención. Qué imprevisible puede ser la vida ¿no? Y te lo digo
claramente, la vida siempre ha sido, es y será así, imprevisible.
Pasaron los días y aunque el asunto se fue apagando poco a poco,
se había dibujado un muro infranqueable entre ambos, supongo que simplemente no
quería verme, menos hablarme y ni qué decir de cruzarse en mi camino.
Simplemente me evitaba con todas sus fuerzas, ¿y qué podía hacer yo? ¿Disculparme por sentir? ¿Acaso estaba mal sentir? Pero acercarme y contarle lo que pasó sería como aceptar que había sido yo en primer lugar quien puso la tarjeta y sinceramente, no estaba preparado para ser humillado. Pensaba que, si me mantenía negándolo
todo, quizá hasta la propia Sandra pensase que había sido alguien más. Si señores, fui un maldito cobarde.
Por esos días, habían pasado tantas cosas raras que casi todos
teníamos los mismos pensamientos: "la vida es rara" y el clásico
"¿Y ahora?". Caminamos pensando estas cosas cuando la
flaca dijo: —Oye, ¿qué feo no? —y Julio le contestó —Si oe, ya demasiado loco, parece
una película… pero de terror... jajaja. —Seee — respondíamos todos y comenzábamos a
reírnos de nosotros mismos, Tan sólo ibamos andando y aceptando las cosas como eran,
lo bueno y lo malo, tal cual y luego de esa pequeña reflexión, los 4 caminamos a casa con el mejor humor del que
habíamos tenido en días. De pronto la flaca se despidió: —Bueno, veremos qué pasa, cómo termina todo —y deseando que todo terminara bien le dije: —Ojalá y termine pronto!
—¿Por qué siempre te pasan cosas raras? —preguntó de pronto el
Julio, rascándose la cabeza.
—No sé... —contesté sinceramente, no lo había visto como ellos,
después de todo, la realidad muchas veces supera la ficción y cosas así pasan ¿no?
—Ya brother, tienes que escribir tu libro nomás —respondía Julio
mientras se reacomodaba su pesada mochila.
—Seee —respondimos todos, asintiendo a la vez —bueno me jalo, se
cuidan —y uno a uno nos fuimos despidiendo y tomando nuestros colectivos rumbo
a nuestras casas.
Y así, en un parpadeo algo grande, pasó la semana, el lunes, luego
el miércoles y finalmente llegó el viernes, el último día de clases. Era un día
como cualquier otro, llegué temprano y me senté a esperar en el salón, ese día tenía una emoción especial, no miré por la ventana como de costumbre. Poco a poco fueron llegando todos los
alumnos, era el último día y pensaba, mientras entraban los chicos y tomaban asiento,
¿por qué sería que los últimos días tienen siempre algo especial? Había algo en
el aire, común e indescriptible, todos lo sentían. Y no sabía que en el futuro
cosas muy simpáticas también me pasarían los últimos días de clases de todo
lugar donde estudiara. Curiosidades de la vida.
Era un día bonito y fresco, una agradable brisa soplaba por la
ventana y movía las cortinas, el salón estaba casi lleno, todas las amigas
estaban juntas cuando de pronto, en la puerta sin más, apareció Sandra. Y una
vez más quedé petrificado. Ella entró risueña y sus amigas corrieron a
recibirla, se abrazaron y todas juntas fueron a sentarse, esta vez eligieron las
primeras filas, adelante. Ese día no recibí ninguna mirada apuñalándome, sólo se
escuchaba un constante cuchicheo, estaban felices. Y en medio de ese ajetreo,
sin previo aviso entró el profesor y recitó sus tradicionales: —¡Ya!, ¡sentados!,
¡tranquilos jóvenes! —decía mientras colocaba su maleta en un pequeño atrio y
sacaba escuadras, plumones y motas. —Ya va a empezar la clase, así que silencio
por favor... —y así sin más, comenzó la clase. La brisa nos acompañó toda la
mañana, fue la clase más fresca que recuerdo en el infernal clima veraniego
iqueño.
Cuando llegó el primer Break, sorpresivamente me crucé con Sandra
subiendo junto a sus amigas, y sin querer le dije: —Hola —y ella me respondió
con un: —Hola —super jovial! como si estuviera feliz y ¿Por qué no estarlo?, no
lo pensé mucho y continuamos hasta el salón de clase. Se veía tranquila, si
había pasado algo, había pasado hace meses, ni rastro de tristeza, nada, se vía
tranquila, sonriente y a pesar de que era el último día, yo diría que era
plenamente feliz. Pero eso no me decía mucho en realidad, después de todo, qué
joven preuniversitario, en la flor de la vida, rodeado de amigos, con la
barriga llena, con sueños y estudiando por ellos no es simple y sencillamente
Feliz... Todos lo eran, sólo que, algunos no lo sabían, para variar. Ya se
encargaría el tiempo de que entren en esa razón.
Y así pasó el día hasta que llegó la última clase, que era
matemáticas y el profe volvía a preguntar a la clase, pero esta vez, muchas más
personas levantaron la mano para dar sus respuestas, parece que desde que había
acabado nuestra competencia, varios otros chicos habían intentado tomar la
posta y el profe había tomado esta nueva forma de interacción y lo había
convertido en una suerte de concurso entre hombres y mujeres, tanto así que
varios chicos y chicas se sentaban en grupos grandes de puros chicos y puras chicas.
El truco dio resultado y varios alumnos parecían estar resolviendo los
problemas y respondiendo a la vez... y como no podía dejar que los hombrecitos
perdieran, me uní a las fuerzas del equipo Varoncitos vs las fuerzas del equipo
Damitas. Fue una clase divertida, era una competencia sana y motivante, uno
disfrutaba de la competencia siendo parte y no solo espectador. El profesor
dejaba varios problemas y el primer equipo que tuviera todas las respuestas podía
levantar la mano y darlas, ganaba el equipo que tuviera más respuestas
correctas. Y casi maliciosamente, sonó el último timbre y fue el timbrazo menos
esperado por una clase en la historia de la academia.
Los chicos comenzaron a levantarse, el profesor dio unas pequeñas
palabras sobre el esfuerzo y no sé qué vainas más, no recuerdo nada de lo que
dijo, tenía la mente en otros asuntos y se retiró. Comenzaron entonces a
formarse grupitos y algunos empezaron a salir despacio... Y nosotros igual,
comenzamos a despedirnos de todos, habían sido 3 meses que nos habíamos visto
las caras y sudado juntos, por lo menos teníamos que despedirnos… y me encontré
con Sandra, simplemente nos despedimos, el adiós, cuídate y nada más, fue una
de las despedidas más frías del mundo, a comparación de las efusivas muestras
de cariño que se mostraban alrededor. En fin, que más podía esperar, despues de todo lo que había pasado y curiosamente, no había pasado nada; comenzamos a salir. Se acababa el verano, se acababa la fiesta.
Me encontré por última vez con mis amigos de siempre y caminamos juntos a casa por última vez, fue una caminata inusualmente corta. Y así, caminando, uno a uno
se fue quedando, primero la flaca que despedimos con abrazos, luego Henry que
agarró al vuelo una combi y finalmente Julio que me dijo: —Oe Lema, nos vemos,
un gusto Bro— y cuando su colectivo estaba a punto de partir preguntó: —¿Somos el
año que viene?— a lo que obviamente respondí: —¡Si, Somos! —e hizo un gesto de
ok con la mano mientras se iba su carro, recordé al Exterminador T-800 mientras se hundía en el hierro fundido.
Esperé un momento en aquella esquina, mirando atrás… y no podía
evitar preguntarme ¿Habría sido diferente? ¿Si hubiera hecho algo, algo hubiera sido
diferente? ¿Quién sabe? ¿Quién podría saberlo?
Al final, apareció mi colectivo y subí, en la radio sonaba la canción Smooth
de Santana, que estaba muy de moda por aquellas épocas y que acompañó mi viaje a casa. Mientras veía pasar las calles, iba pensando que después de todo, había sido un
buen verano, habían pasado cosas locas y cosas complicadas en muy poco
tiempo... pero aquel año recién estaba comenzando y así, con un sentimiento
agridulce, me perdí en el distancia.

Sé exactamente cómo es, yo estuve justo allí.
No es caer, como si de improviso apareciese el sol y nos volvamos piedra, no, claro que no.
Es bajar las gradas lenta y constantemente hasta que al fin, llegas al fondo.
A que otro lugar sino.
Es permitir, es tolerar, es transigir, es conceder, es dejarlo ser, es dejar pasar.
No es olvidar, es no querer recordar,
no son sombras en el camino, es esconderse de la luz.
No es enfrentarse y fallar, es sólo hacer lo más cómodo.
Y quien te diga que no, simplemente está mintiendo.
Siempre es más fácil así.
No es que un día fuimos sorprendidos mientras hacíamos todo bien,
y que en la mitad de la batalla no tengamos más remedio que ceder.
Es abandonar nuestro pacto y, deliberadamente, no querer recordar tus propias palabras.
Es decidir caminar por el borde del precipicio hasta que un día, llegas a la consecuencia.
No lo llames "un mal paso", cuando siempre fue "un mal camino".
Es desoír, es mirar, es pensar, es desear, simplemente es no hacer nada y ya.
Y luego está el vacío, o quizá deba decir, luego está el ruido, aquel que siempre estuvo sonando, presente, pero que no queremos oír hasta que al fin, es real.
Y sientes muy bien la realidad, no te deja escapar.
Ningún alma dejará de probar esta copa, cuando finalmente la sirven a tu mesa.
Es el amargo encuentro con una realidad manifiesta que al fin se comprende.
Es el día aciago, la falta de silencio, la comprensión y no pocas veces también el arrepentimiento.
Y ahora? Qué hago?
Qué esperanza queda para el muerto?
Qué se supone que deba hacer, si ya todo está hecho?
Qué debo pensar, decir o hacer?
Debo levantarme? debo acercarme? ir a algún lado? Dónde huir? De quién huir?
Seguiré viviendo?
Podré seguir viviendo desde hoy?
Ojalá y el agua borrara las marcas
Ojalá y la comida llenara
Ojalá y hubiera cambiado mis pasos.

Te di todo lo que tenía— dijo la joven en medio del parque. Estaba de pie y no podía entender lo que pasaba, simplemente no podía procesarlo. Así que continuó: —Si, y aun así te fuiste. Destruiste mi corazón— tomó aire de donde no había y en desesperación continuó: —y yo todavía...— pero no pudo completar su frase. Quizá por el dolor. Se dio la vuelta, miró a todos lados como buscando ayuda, pero no la encontró, él estaba justo allí, no levantó la cabeza cuando le habló, entonces le dijo: —¿Acaso no te veía sólo a ti?—pero a quien hablaba, arguyó con voz apagada: —Estoy cansado— se sentía atrapado en un círculo vicioso y se daba cuenta que estas situaciones, estas idas y vueltas, los mismos pensamientos de siempre que sólo lo traían una y otra vez al mismo punto, sin escapatoria, sin aire. Y todo volvería a repetirse. Lo veía claramente, lo entendía pero, ella lo entendía? ¿Qué debía hacer para escapar?¿Cómo terminar esta historia de vueltas y vueltas?
¿Acaso no vine a buscarte?— dijo la joven, como suplicando, buscando una respuesta con el corazón en la mano, pero él, sombrío, ya había tomado una decisión y respondió: —No podemos seguir con esto— en lo profundo de su corazón una idea desesperada iba tomando forma. Quizá la había tomado mucho tiempo atrás, pero ahora se sentía capaz... quizá no hubiera sido capaz de otra forma, buscaba y buscaba pero no encontraba otro camino. —No hay otra forma— se dijo a si mismo, convenciéndose de lo que iba a hacer. Queriendo creer con todas sus fuerzas que lo que estaba haciendo era lo correcto. Levantó la cabeza y encontró sus ojos tristes, lo miraba, lo buscaba, se aferraba a algo, algo que él no podía ver. Quiso entonces volver a su promesa de nunca hacerla llorar y recordó todas las veces que, miserablemente, rompió su palabra. Recordó con dolor como a través de todas aquellas peleas, de todas aquellas idas y vueltas habían permanecido. Pero esa luz, no duraría para siempre, lo sabía, mientras él seguía siendo oscuridad, su tierna luz, no tendría futuro, no tenían un futuro para empezar. Y terminó de convencerse que no había otra alternativa, no otra vez, no lo pospondría.
Y por un momento, dejó de oírla, cesaron todos los sonidos, encontró su mirada y a través de sus pupilas pudo verse a si mismo. Entonces se preguntó qué es lo que era más importante para él y qué es lo que quería para ella, se miró a si mismo y al lugar donde la había traído. No era, ni de cerca, el lugar que había soñado para ella, jamás lo imaginó, jamás esperó que nada de esto pasara hasta que finalmente pasó. No dejó de verla a los ojos, pero no aguantó las lágrimas, y aunque quería saltar a sus brazos, abrigarla de si, reconfortarla y prometerle cosas... no lo hizo. No sabía si volvería a dañarla, si volvería a olvidar sus propias palabras.
—Te di todo lo que tenía... volvió a decir la joven en medio de la palpable oscuridad.
—Recuerdo los días cuando sólo éramos tú y yo— se llevó una mano a los labios, reprimió el llanto, aún tenía algo de control, quizá la esperanza de un cambio la ayudaba a mantenerse en pie.
—¿No podías quedarte y ver lo que estábamos construyendo?— cada palabra, no lo quería, se iba convirtiendo en dolor. Y no podía soportarlo más, se escapaba de ella y dijo: —¿Acaso no valió para nada? ¡Yo regresé!
—Me estaba destruyendo— susurró para si el joven sombrío. Pero entonces, levantó la voz y le dijo: —Nos estábamos destruyendo los dos!— y no dijo más. El silencio cayó entre los dos, sólo el sonido del mundo a su alrededor seguía, sólo los transeúntes, sólo el mundo mismo que seguía dando vueltas a su alrededor. Ella bajó la mirada, y las lágrimas comenzaron a brotar, comenzaron a caer en aquel parque perdido, el suelo las recibió en olvido, pero él las miraba y recordaba tantas veces que las había visto, recordó su indiferencia, y la vio, le dolía ser como había sido, le dolía callar pero se aferró a su silencio. Ella continuó: —¡Te di todo lo que tenía!— y sus manitos a sus lados comenzaron a temblar. Guardó silencio un momento y comenzó a respirar pesadamente, pero calmándose dijo:— ¿Por qué no fuiste valiente y lo decías claramente? ¿Por qué tenías que huir de mi...? justo así— y sus miradas llenas de dolor se encontraron, él no podía desviarla, sentía que por lo menos tenía que verla directamente a los ojos, mordió fuerte, quería decirlo, quería rendirse y correr hacía ella, quería consolarla y sanarla, quería amarla, siempre quiso amarla... pero recordaba también que fue él, que siempre fue él, el único que había podido dañarla, el único que había logrado hacerla sufrir, siempre. Mordió su lengua y no dijo nada, pero ella continuó: —¡Por qué esperaste hasta ahora!— ella ya no aguantaba más, y dijo entre dientes: —¡Devuélveme mi vida!
Lo vio con sus ojos, vio en lo que la estaba convirtiendo y recordó cuando la conoció, pasaron por su mente todas aquellas situaciones, todos las miradas, los besos, los abrazos, los encuentros, las despedidas, los mensajes, los detalles, las flores, vio todo eso y siguió viendo, vio también las peleas, las discusiones, las discrepancias, las diferencias, los llantos, las lágrimas, los pasos en la oscuridad, siguió mirando y se encontró volviendo a abrazarla, volviendo a amarse, volviendo a andar de la mano, se vio a si mismo volviendo a sostener su corazón, se vio a si mismo volviendo a herirla, otra vez. Y se dijo —No más — Entonces se convirtió en sombra, y lo que antes había sido un joven con dudas, lentamente se puso en pie y sujetó, no sin dolor, la única respuesta que había encontrado con la forma de un hacha, la única salida que había alcanzado y tendría que convertirse en oscuridad para poner fin a estos sueños, a este ciclo de dolor y reconciliación, dolor y reconciliación. Tendría que volverse aquello que había jurado no ser, sólo que con propósito, la heriría por última vez y para siempre, tendría que convertirse en el villano. ¿Sería acaso el fin de todo este sufrimiento?¿Sería acaso el final de todo su dolor? No, su dolor continuaría, pero al menos así, un día el mismo dolor tendría un fin.
Y se aferró a esa idea, afianzó su mano y tomó firmemente su alma, tenía la forma de un hacha y la obtuvo directamente de sus labios, fue construida a base de todo el rencor, la duda, el miedo y la maldad que había decidido olvidar, todo aquello que había escondido en lo profundo de su alma, ahora lo estaba sacando. Todo lo que había suprimido por tanto tiempo, todo lo que no había podido soltar. Ella respondió: ¡Te di todo lo que tenía!— y su lamento no lo vio venir.
La sombra levantó el hacha, lo sabía, sabía que lo que iba a hacer lo sumiría más en las tinieblas, pero las cosas simplemente no podían continuar, y aún si era a expensas suya, daría el golpe, cueste lo que cueste, su dolor no sería para siempre, algún día volverá a salir el sol, algún día volverán los colores, algún día, se cerraran las heridas, algún día... ella volverá a sonreír.
Y decidió ser el villano, decidió dar el golpe que terminaría con todo... no volvería a ver su rostro nunca más. Ella lloraba. Decidió poner el punto final y sumergirse en la oscuridad que por tanto tiempo había evitado y allí fue consciente que esa oscuridad, siempre estuvo allí, se sintió cobarde, realmente estaba haciendo esto por ella? acaso y no estaba buscando la salida más fácil? acaso y no estaba simplemente huyendo de todo? Acaso y no estaba, en vergüenza, abandonándola?. Se preguntó esto una y mil veces, el tiempo que estuvieron juntos, el tiempo que estaban viviendo y todo era tan real, tan acuciante, tanta angustia, qué pasaría ahora? qué pasaría con ellos? el hacha estaba en lo alto, en la punta de su lengua, vacilante, seguía dudando, ¿es lo correcto?¿estoy haciendo lo correcto? o sólo estoy haciendo lo que me conviene, lo que en realidad anhela mi corazón... cortar las ataduras? acaso no me estoy atando aún más? en este punto, en este momento, no estaré condenando mi alma? pensó en silencio.
Lo intentó, pero simplemente no podía ver ninguna otra alternativa, era incapaz de hacerlo, como un perro herido que sólo busca un lugar donde morir, quizá un antiguo hogar, tenía que hacerlo ya, antes de que sus fuerzas lo abandonen, antes de que la razón vuelva, antes de que la cordura regrese, antes de que sea inocente, antes de que vuelva a dudar... y golpeó.
Sus palabras fueron suaves, al inicio, comenzó como un susurro, sólo lo dejó salir, sólo dejó que salga lo más oscuro de su ser, lo más dañino de su alma. No levantó la mirada, era imposible verla a los ojos, cobarde, siguió hablando y a su alrededor, la realidad misma se fue resquebrajando. Y la herida, como buen veneno, fue suave pero contundente, amargo fue subiendo en intensidad hasta el último sorbo, y al entrar fue deshaciendo toda ilusión, toda esperanza de vida comenzó a esfumarse y podía sentirlo, con cada letra, con cada palabra, sentía como el corazón de la joven, frente a ella, comenzaba a cortarse, comenzaba a sangrar. Cortó los lazos que a través de los años y años, los habían confinado a sufrirse amándose.
Tenía la esperanza que el hacha, por si sola, tuviera la fuerza necesaria para separarlos para siempre. Y como cascajo, algo en su interior también cayó, es la maldición de los homicidas, es el dolor del culpable, del que se sabe culpable, es el dolor del veneno, que no golpea más sino al inocente, al que ve como niño, con ojos de luz, como la vida se le escapa. Algo dentro de ella sintió el mismo terror. Sus miradas se encontraron, y quizá sus almas se encontraron por última vez. A tal extremo se habían unido que la separación sólo se expresaba a través de dolor, de heridas, de sangre. Y verla allí, arrancada de la realidad, sostenida sólo por un recuerdo, olvidada del presente, herida de muerte, lo destruyó.
Quizá si soy el malvado... quizá es mejor así— pensó, inocente.
Pero rompiendo el embrujo, con una voz venida de Dios sabe donde, ella suavemente dijo: —De ahora en adelante... Yo... ya no... te necesito! —y comenzó como un susurro, él podía ver como aquellos labios que tantas veces había besado decían unas palabras que... jamás esperó. Pero sabía que las merecía, y las merecía todas sino más, y esta vez no apartó la mirada, no huyó, aceptaría el puñal, aceptaría todo lo que pueda venir. La joven bajó las manos que suplicantes se habían mantenido aferradas a una esperanza, pero que ahora se habían convertido en pequeños puntos de frustración. Ahora se cerraban en puños.
La joven miró algún lugar en el suelo, apartó la mirada y lento, pero audiblemente, comenzó a decir:
—No... No te necesito — sucedió un silencio absoluto y luego, resueltamente, con la fiereza de un animal herido, claramente respondió: —¡Ahora no te necesito! — y dejó que el peso del silencio se sintiera en toda la tierra. Él lo sabía, era responsable, él lo había causado, él lo había buscado y estaba preparado para todo, ya no le quedaba nada. Aceptaría gustoso esta y cualquier otra consecuencia. Sinceramente creía que, después de todo lo vivido, no era lo que quera, pero era lo mejor y calló. No se defendió, no desvió la mirada y se mantuvo en pie y se dispuso a recibir lo que había procurado. De pronto, la tristeza dio paso al dolor y el dolor dio paso a la ira y esta terminó de tomar forma en el alma de la joven, rellenando cada espacio roto, ensuciando cada recuerdo, inflamado por todo su pasado siguió ardiendo hasta volverse odio... no viviría mucho tiempo, pero sumiría sus almas en profunda depresión, entonces dijo: —Puedes largarte! —el joven continuó mirando aquellos labios y decidió grabar en su memoria el fruto de sus actos, siguió viéndola, eran los mismos labios que hasta hace poco estaban suplicando.
¡Vete lejos! ¡como querías!— la oscuridad se cernía sobre ellos, pero sus ojos centellearon.
¡Vete lejos! ¡como siempre quisiste!— no era ella, empero su rugido se oyó en la distancia, era el canto que estaba esperando, era el canto que, cortando la noche en pasado y presente, hizo ecos que resonaron en su memoria por largos años. Retrocedió unos pasos en incertidumbre, pero él no dijo nada, no diría nada. De pronto se volteó, no lo miró más, no volvería a verlo jamás y dijo: —No te necesito— Y siguió caminando en silencio, avanzó unos pasos y se internó en la oscuridad, la noche había llegado, se fue, desapareció y no volvió más. Y él? Él se quedó mirando, así como mordió su lengua y no dijo ninguna palabra, plantó sus pies y no corrió tras ella, hacerlo era rendirse, no había vida tras ese camino, sólo quedándose, sólo siendo cobarde, sólo siendo un maldito lograría que... algún día, tuvieran un futuro diferente.
Fieles son las heridas del que ama, aún soporta el dolor.
Manchado, villano sin perdón, cobarde y valiente, se preguntaba si algún día volvería a mirar las estrellas bajo el mismo cielo, se sentó un momento a tomar aire pues estaba agotado. Toda fuerza se había escurrido de él y todo poder lo había abandonado, toda voluntad, ya no quedaba nada de él, de lo que era, de lo que había sido, y aunque lo había conseguido, ya nada importaba. Entonces, extrañas fuerzas lo movieron y como un maniquí se puso de pie nuevamente, y pesadamente comenzó su marcha al tedio, al deshonor, a la nada. Tenía un lugar reservado en el infierno más próximo... y no haría esperar a su anfitrión, caminó lento pero resueltamente, y con pasos silentes desapareció en el tiempo, como si no hubiera existido en toda realidad, pero justo antes de desaparecer murmuró:
—Ahora somos libres— la vida volvió a las calles, los autos, las personas, todo pasaba pero no para él —Ahora soy libre para morir— y no se supo nada más de aquel joven.
Empezó como un susurro, un pequeño temblor, un rumor en los oídos que iba en incremento.
Vastian se detuvo, volteó en seco y comenzó a buscar de dónde venía aquel sonido.
Cuando al fin lo encontró en alguna parte del suelo, lo escuchó claramente:
—¡Te di todo lo que tenía!. ¡Si!, y aun así te fuiste.
De pronto una gran explosión frente a él lanzó todo por los aires, paredes, piso, piedras, fierros, restos de todo tipo y en medio de todo este caos, una mujer saltó de la confusión directamente sobre Vastian. Estiraba los brazos intentando atraparlo, mientras decía:
—Destruiste mi corazón ... y Yo todavía...
Y cayó directamente sobre Vastian, estrangulándolo con todas sus fuerzas.
El impacto hizo despegar a Vastian y juntos atravesaron la pared entrando a un espacio cerrado y destruyendo todo a su paso, ella no dejaba de gritar mientras su cabello salvaje se enroscaba como una serpiente en los brazos y cuerpo de Vastian, quien forcejeaba. Estaba atrapado y ahora ella tenía su atención absoluta. Ella gruñía, llena de dolor, pero entonces continuó:
—¿Acaso no te veía sólo a ti?— su tono era doloroso, pero había algo de súplica en lo que parecía un rencor inimaginable.
—Estaba enfermo— a duras penas pudo responder Vastian.
—¿Acaso no vine a buscarte? — continuó reclamando la mujer, sin soltarlo ni ceder.
—No podía seguir a tu lado— respondió intentando desprenderse del cabello que lo asfixiaba.
Finamente fueron a dar al suelo, una columna aguantó sus pesos. Pero ella, sin soltarlo, de un buen golpe lo aplastó contra el suelo, manteniéndolo quieto y luego continuó:
—Te di todo lo que tenía... Recuerdo los días cuando sólo éramos tú y yo— hubo un silencio solamente interrumpido por los escombros que rodaban al suelo ocasionalmente. Y continuó:
—No podías quedarte y ver lo que estábamos construyendo? ¿Acaso no valió para nada?
Yo regresé— dijo mientras golpeaba su pecho y sus ojos se llenaban de colérico llanto.
Estaba herida y claramente Vastian podía ver su dolor, pero no cambió su posición. Y viéndola tal y como estaba dijo: —Me estaba destruyendo... —lo dijo pausadamente, mientras forcejeaba por liberarse de los cabellos. Eran terriblemente duros, como hebras de acero y lacerantes, tocarlos era desangrarse. Y la paciencia de Vastian estaba llegando a su fin.
Entonces, mostrando los dientes, respondió: —Nos estábamos destruyendo los dos!
De pronto, una nueva explosión sacudió el edificio, los cabellos salieron disparados en todas direcciones, como si tuvieran vida y en cierta forma fueran líquidos. Corrían por el suelo, libres como serpientes, y extendiéndose por la habitación fueron a dar a las paredes, trepando, como si intentaran cubrirlo todo.
Ella bajó la mirada y dijo:
—¡Te di todo lo que tenía! ¿Por qué no fuiste valiente y lo decías claramente? — y sus cabellos esparcidos comenzaron a vibrar provocando un intranquilo rumor.
—¿Por qué tenías que huir de mi...? Justo así!— y el ambiente comenzó a hacerse pesado.
—¡Por qué esperaste hasta ahora! — y su tono de voz cambió completamente. Ya no eran preguntas y dolor, ahora eran demandas e ira.
¡Devuélveme mi vida!— gritó con tal potencia que ni el polvo permaneció.
Sus manos, con mucha dificultad, soltaron a Vastian, pero sus cabellos comenzaron a cubrir todo su cuerpo, salvo por su rostro. Entonces retrocedió y lentamente se incorporó.
Cuando levantó la vista, había un resplandor carmesí en su mirada.
Los cabellos lo recogieron lentamente del suelo mientras Vastian forcejeaba por liberarse de la asfixia y lo sostuvieron en el aire sin dejar de estrangularlo, ni aflojar su tensión, y durante un breve momento, nada pasó, todo se detuvo, como esperando el desenlace, como aguardando lo siguiente.
¡Te di todo lo que tenía!— dijo en voz baja.
¡Te di todo lo que tenía!— dijo una vez más, pero ya no era una voz humana. No había llanto ni sombra de duda en sus actos, y en cada espacio de su consciencia se formaba una pintura del más puro y absoluto rencor. Y tras una breve pausa, continuó: —De ahora en adelante...¡Yo... ya no te necesito! — y en un movimiento rápido pateo a Vastian de tal forma, que simplemente desapareció de la habitación, abriéndose camino a través de todo hasta perderse en la oscuridad. Sus cabellos, suspendidos en el aire, comenzaron a caer delicadamente al suelo como seda, sin vida.
—¡No te necesito! ¡Ahora no te necesito! ¡Puedes largarte!— dijo ardiendo en ira.
—¡Vete lejos como querías!— y sin levantar la vista, levantó un brazo y lanzó algo al vacío. Quizá eran los restos de algo, quién sabría. —¡Vete lejos!... como siempre quisiste! ¡No te necesito más!
Y en medio de toda aquella frustración, se dio la vuelta y simplemente se fue andando en medio de la penumbra hasta perderse en la noche.
Tras partir, de lo profundo y de lo oscuro unos pasos reaparecieron, era Vastian, se acercó al claro mirando el camino por donde ella se había ido, permaneció así unos segundos, como intentando adivinar el porvenir. Repentinamente su vista encontró algo en el suelo, y se hincó de rodillas para recoger un pequeño objeto, roto, deslucido, plateado, era un anillo.
Era una fiesta de gala y todos habían asistido con sus mejores prendas, era una fiesta fastuosa.
Y recuerdo que habíamos bailado toda la noche.

Cuando terminó todo y ya nos retirábamos, nos despedimos de nuestras amistades y salimos de la fiesta, ella estaba cansada y algo adolorida, los tacos por más bien que se vean siempre tienen ese efecto en todas las damas, así que ni bien salimos de la fiesta se apoyó en un muro y se los sacó.
Recuerdo que estaba cansada y quise ayudarla —Estás bien?— le pregunté con genuino interés.
Si, me duelen los pies— respondió entre sonrisas y dolor, luego apoyándose en un muro se los terminó de sacar, frotó sus pies y respiró profundamente.
Supongo que no renegaba haber saltado, reído y bailado, pero toda esa agitación había tenido un precio, entonces pregunté —Pero cómo vamos a llegar al auto?
—Caminaré así— respondió mientras tomaba aire y fuerzas.
Pero inmediatamente respondí: —Descalza? No, no, no, podría haber un clavo, un vidrio, un fierrito, algo, ven sube— Y la subí a mi espalda a modo caballito. No puso ninguna objeción.
Y así nos fuimos de la fiesta directo a su casa a descansar.
Cuando llegamos, nos abrieron la puerta y la llevé cargada hasta su cuarto, se había quedado dormida.
La recosté y le dije a su hermana, que amablemente nos había guiado hasta su cuarto, que por favor le cambiara la ropa, porque hacía algo de frío y no quería que se resfriase.
No recuerdo a sus padres, creo que sólo su hermana nos recibió, abrió la puerta y guió.
Me despedí y me retiré.
No recuerdo muchos detalles de aquella vida, pero la recuerdo perfectamente a ella, era hermosa, era alta, delgada, traía el cabello recogido en un moño alto, elegante con unos rulos que caían libremente, era rubia. Su tez era blanca y su piel sedosa, era delicada pero decidida, su sonrisa era sincera y su mirada era profunda, sus ojos eran castaño claro, brillantes, llenos de vida, su espíritu era siempre vivaz, de aguda inteligencia y mirada inquisidora, creo que era abogada o psicóloga o una mezcla de ambas.
Toda ella me encantaba.
Aquella noche tenía un vestido de gala de color salmón claro, sutil, no escotado ni corto, era francamente bonito, parecía una princesa y tenía también unos tacos altos que resaltaban aún más su figura.
Mencioné que me encantaba?
Recuerdo que yo examinaba cada palabra que decía y le hablaba con mis mejores y ultimísimos modales, siempre intentando ser un caballero. Estaba feliz de que un ser tan hermoso me hubiera concedido el honor de ser parte de su vida y me esforzaba en cada instante por responder a esa elección.
No estoy seguro si la amaba, probablemente si, sólo quería verla sonreír, ser feliz, ser plena y estar allí cuando me necesite, y quería hacerlo cada día de mi vida, cada día que el Señor glorioso me permitiera vivir a su lado.
Cuando me fui, subí a mi auto, cerré la puerta y en silencio con todo apagado, agradecí lo profundamente bendecido que había sido, todo lo que había vivido y todo lo que había salido bien aquella noche.
Ella ya estaba en su casa, segura, y ahora me tocaba a mi irme a la mía y no darle preocupaciones innecesarias, y con aquello en mente, encendí mi auto y desaparecí lentito en la silenciosa noche.
Tan sólo me gustaría saber, quién era ella y quien era yo.
Ella me vio, estiró su mano y su mirada me lo dijo todo.

Sabía exactamente en que me estaba metiendo y de haber tenido la cobardía necesaria habría cerrado los ojos, pero no era el caso, ya había tomado mi decisión, sabía que me haría daño, sabía que me abandonaría en el instante en que tuviera oportunidad, sino la traicionaba antes.
Pero el caso es que ella estaba allí y sus ojos buscaron los míos, pedía ayuda y yo, naturalmente, salté.
Toqué el hombro de aquel sujeto, volteó, y mientras volteaba tomé la mano de aquella chica y la jalé hacia mi. Estaba condenado, esperaba el grito, el golpe, en cualquier momento alguien gritaría mi nombre y una gresca inundaría aquel asfixiante ambiente, pero nada de eso pasó. Me moví entre la multitud hasta encontrar un claro donde descansar y de repente me encontré tomando la mano de esta chica, que entre asustada y jadeante se aferraba a la mía. Ya la había sacado del apuro, pero ahora, qué se supone debería hacer? Quizá sacarla de allí? Na, quizá alguien me meta un tiro si intentaba algo tan estúpido, volví a verla, estaba llorando. Y si mi alma no estaba comprometida antes, ahora lo estaba.
—¿Quién eres y que rayos hacías allí?— les juro que quise gritárselo, esos tipos se veían de terror y sensatamente pensaba que lo mejor para esta chica era estar totalmente lejos de ellos. Pero, acaso era yo un buen sujeto? ¿Acaso era yo el caballero en brillante armadura? No, no lo era, sólo era un tipo estúpido que sintió compasión y saltó a ayudar a quien podría ser la causa de su violento apuñalamiento.
Ella seguía con la mirada en el suelo, quizá escondiéndose, pero de quién? de mi?
Solté su mano... pero ella no soltó la mía.
—¿Estás bien?— le pregunté, quería decirle muchas cosas, pero no encontré mejor manera de preguntar, o quizá si hubiera tenido más tiempo, sinceramente las ideas me daban vueltas en la cabeza y sólo quería salir de allí, nada que ver con el complejo de héroe que acude al rescate, ni siquiera entendía por qué lo hice.
No respondió, soltó mi mano y tapo su rostro, se estaba hiperventilando
—¿Qué rayos pasa con esta chica? pensé y entonces recordé a aquel sujeto, recordé su porte y tatuajes, qué habría sido de él, si es que no nos había encontrado ya o nos estuviera viendo desde algún rincón.
No se me ocurría nada, mis sentidos me decían que me aleje de allí lo más pronto posible, pero mis piernas no se movieron, me quedé allí incapaz de huir. Tomé sus hombros y le dije nuevamente —¿Estás bien?— Terminó de limpiar sus lágrimas, levantó el rostro y encadenó mi futuro. Ella dijo: —Quiero irme a casa— y un silencio tan antinatural cayó pesado sobre mis hombros.
Y si era una trampa? Y si sólo quería llevarme a algún lugar para ser su victima, cuantos héroes muertos hay por ahí, el mundo no necesita uno más de estos estúpidos caballeros.
Y si era verdad? Y si sólo era otra víctima y no una amenaza, qué pruebas tenía de lo uno o lo otro, el tiempo se acaba, la oscuridad no duraría para siempre y nos encontrarían más rápido si seguíamos así. Mi mente comenzó a correr mientras miraba a todo lado, como buscando una salida de emergencia, un escape, una seguridad.
Estiro sus manos y sujetó mi ropa, y dijo —Por favor— y luego de un instante, completó su petición: —Ayúdame— levantó la mirada y vi su rostro, le costaba trabajo tranquilizarse, como si estuviera bajo el efecto de alguna sustancia... pero su esfuerzo no era suficiente y estaba al borde del colapso.
Y yo, estaba allí frente a ella, tenía que decidir.
—No quiero terminar en una zanja— le murmuré, pero antes de escuchar su réplica, tomé su mano y resuelto me dirigí a algún lugar alto, algún lugar alejado, quería ver la entrada, en el mejor de los casos esos gorilas no estarían por ahí, en el peor de los casos, tendríamos que salir a la fuerza.
—Toma, ponte— y le extendí mi casaca —me miró recelosa, ya más tranquila, como pensando sus posibilidades, como viendo a quien se había encomendado.
—Te voy a sacar, pero una vez afuera, te vas, entendido?— Me miró un momento más, sus ojos sopesaban si podía confiar.
—No confíes en mi, sólo te saco y ya, ok?— me miró un momento más y luego respondió: —Ok— tomó mi casaca y se la puso sobre su propia casaca, llevaba una mini casaca roja que teníamos que ocultar pase lo que pase.
Recogí un plástico del suelo y se lo dí -Toma, amarra tu cabello —era rubia— Me miró con cierto asco pero se amarró el cabello igual, ahora ya no llamaba tanto la atención.
Entonces avanzamos entre la multitud, y pude ver la puerta, uno de esos imbéciles estaba allí mirando.
—Abrázame— le dije y extendí mi brazo sobre su hombro..
—¿Qué?— respondió e intentó apartarme.
Acerqué mi rostro al de ella y le dije —Uno de tus amiguitos está allí, abrázame o quédate con él!
Ella rodeó mi cintura con sus brazos y escondió su rostro en mi pecho, entonces le pregunté —¿Quienes son estos causas? pero cuando iba a responder— Basta, mejor no me digas, no quiero saber, vamos!
Y caminamos derechito a la salida, quizá demasiado derecho.
—Tambaléate un poco— me dijo
—¿Qué?— repliqué casi al instante —Es mejor así, pensarán que yo te estoy sacando a ti y no tu a mi.
—Ok— respondí y comencé a andar como borracho...
Estábamos a pocos metros, no podía evitar mirarlo, tenía los mismos tatuajes, la misma ropa y la misma mirada dura e inmisericorde... No quería ser apuñalado en ese lugar así que me esforcé en mi papel.
A medio camino como a dos metros para alcanzarlo, la solté y di media vuelta, gritando: —Quiero volver! Quiero volver! La fiesta sigueeee! Uoooooooh!— Ella se quedó parada, fría, le dio la espalda al sujeto mientras yo hacía mi show, entonces entendió, vino a mi, me tomó de la ropa y comenzó a jalarme y a decir: —Vamos! ya terminó!, No seas así!— Me dejé empujar y llegamos hasta el lado del energúmeno en la puerta, entonces me abrazó y mientras yo sonreía medio sonso salimos de aquel oscuro antro...
Ninguno volteó, ninguno respiró siquiera... entonces ella me dio un fuerte golpe en las costillas que me hizo saltar y preguntó —Por qué no me avisaste!— dijo molesta en tono bajo para que sólo yo la oyera.
—Pensé que así era mejor— respondí medio aliviado.
Entonces, salido de Dios sabe donde unos largos brazos se enroscaron en mi cuello jalándome hacia atrás y separándome de ella. Estaba en unas gradas, era el mismo sujeto, nos había seguido y había saltado sobre mi.
Vi el rostro de sorpresa y terror de la chica y supe que estaba acabado, en cualquier momento sería degollado, apuñalado o algo peor, y pensé —al menos, me lo llevaré conmigo— me aferré fuerte a su brazo y me lancé por el borde de las gradas...
Caímos 10 metros, 2 pisos de caída libre directamente a un jardín con árboles y piedras, no recuerdo que pasó despues.
Analizando...
Análisis completo
En medio de la oscuridad, un diagrama tridimensional de un campo de batalla salpicado de puntos titilantes se cargó directamente al visor. Y en silente coreografía, los datos marcaron los objetivos mientras que las IAs sugerían los vectores de ataque.
Tomó la decisión y los motores rugieron.
El nitro aceleró de 0 a muchas G, rápidamente llegó a una velocidad inalcanzable y se estrelló violentamente contra la primera unidad Havoc en el campo de batalla, derribándolo e incapacitándolo en el acto. El golpe no fue anticipado y para sorpresa de su, aún sobreviviente piloto, el nitro dominante, acercó su brazo izquierdo directamente al lugar donde se encontraba el núcleo del Havoc, inmediatamente desplegó su sable de plasma, perforando y dañando severamente la unidad. Retrajo el sable, retiró el brazo y dio unos pasos adelante mientras entraba en el campo de batalla, oficialmente.
Los motores del nitro rugieron nuevamente.
Varios objetivos del mapa habían cambiado de color y eran posibles amenazas. La situación había cambiado y ahora el nitro era el objetivo y todos en aquel campo sabían que él estaba allí.
El Havoc dañado comenzó a emitir una vibración inusual, su piloto intentaba escapar pero ya nada podría salvarlo y luego de unos segundos agónicos, estalló en una imponente bola de fuego, la cual fue cortada en dos pues en ese mismo instante el nitro despegó directo al cielo nocturno, y se mantuvo ascendiendo unos breves segundos, era rápido, cambió de trayectoria y volvió a caer en picada sobre su segundo objetivo, una unidad de artillería terrestre, un servotanque que no cesó de escupir plasma hasta que finalmente fue aplastado por el nitro a 300 km/h y bajo 15 toneladas de metálico rencor, siendo entonces devorado por el mismo fuego brillante y abrazador.
Casi instantáneamente, la artillería comenzó a llover sobre el nitro, desplegó un escudo de energía que se suspendió en el aire, tomó una posición de ataque y comenzó su contraofensiva, rápidamente su propio cañón de pulsos GAUS-Dex.V31, de proyectiles sólidos a impulso electromagnético, comenzó a devolver las intenciones en ráfagas bien medidas, mortalmente dirigidas contra todo aquello que su marcador señalara como una amenaza.
Pronto, la artillería pesada había convertido el terreno en una zona de escombros humeantes con cierta carga nuclear. El nitro era devastador y su efecto en el campo de batalla era totalmente admirable.
Sólo existía una unidad que podría plantarle cara y representar un digno contrincante, la unidad Havoc, irónicamente era la unidad que yacía en llamas unos cuantos kilómetros atrás.
Analizando...
Análisis completo
Objetivos detectados: 0
Campo de operaciones despejado —confirmó una voz apagada, casi en un susurro, como midiendo el aire— y es que la alerta y sincronización con tamaña máquina no le permitían al piloto mayor expresividad, donde un milisegundo podría ser la diferencia entre seguir con vida o ser un recuerdo en llamas.
Recibiendo...
Objetivo confirmado.
Rugieron los motores y el nitro volvió a desaparecer ruidosamente en el firmamento, dibujando una estela azulina a mitad de la noche, dividiendo esperanzas y perdidos por igual.
Habrán ataduras a las que intentarás atarte.
Hubo una vez hace mucho tiempo alguien que quiso atar nuestras almas.
Dijo palabras, planteó posturas, apeló decisiones e intentó razonar una posibilidad.
Pero se equivocó de personaje, nunca cedería mi alma.
Así que volví a tomar en mis manos aquella filosa hacha y corte los hilos que nos unían.
Levanté un muro entre nuestros mundos y dí la vuelta,
mi camino es lo suficientemente grande para permitirme explorar otras direcciones,
y será la que yo escoja.
Habré hecho mal o bien, era mi decisión, por tanto decidí avanzar.
No voltee, porque mi alma no lo hace y seguí andando.
El tiempo me ha permitido discernir que batallas tomar y cuales no. Pero debo reconocer, que aquella vez, en el colmo de mi orgullo, caí miserablemente.
Cuando supuestamente era fuerte, caí derrotado.
Cuando me creí listo, fui un necio y fracasé... estrepitosamente.
Así que, ahora persigo una luz diferente y un camino más alto que el que hubiera podido conseguir por mi propia cuenta. Hasta ahora he llegado lejos, pero aún estoy en la base de la colina, sólo verdes pastos por doquier. Atrás quedaron los oscuros bosques y pantanos en los que, furioso, rendí mi espíritu irónico.
A veces hay ataduras a las que intentarás unirte
Hubo también hace mucho tiempo alguien cuyo resplandor encandiló mis esperanzas más desesperadas. Dibujó posibilidades, fraguó promesas y puso su copa en mi mesa.
Pero me equivoqué de personaje, nunca cedería su alma.
Así que volví a tomar aquella tortuosa decisión y simplemente me solté de la cornisa
Tan sólo era yo aferrándome a ilusiones y sueños brillantes, indolentes y egoístas.
Nunca fui el personaje de su historia, quizá un mero recuerdo, nada importante.
Nunca pude ser siquiera un pensamiento, sólo algo más que pasa alrededor, algo que no se elige... Entonces partí, y no volví atrás.
Habré hecho bien o mal, lo sé perfectamente, fue mi decisión por creer lo que me trajo donde estoy.
Me gustaría decir que jamás voltee, pero lo hice. Y al voltear, la pícara mirada del abandono y la sonrisa burlona de la estafa me saludaron alegremente, y se endureció mi decisión.
Jamás volvería a estos absurdos parajes ilusorios.
Así que, ahora persigo una luz diferente, derrotando mi propia oscuridad mientras mi tiempo se consume. Sólo puedo no olvidar y seguir, no olvidar otra vez y seguir otra vez.
Y así y sólo así, el último día antes de partir, podré sonreír tranquilo y disfrutar el viaje.
A donde llegaré, quién sabe, disfrutaré el camino.
Pero hoy, tomaré la
mano de aquellos que me fueron confiados e intentaré guiarlos persiguiendo aquella paz.
Éramos niños, sólo niños asombrándose con todo y de todo.
Y de repente, canciones infinitas y misteriosas empezaban a sonar
y uno lo sentía, tenías que moverte.
Ella bailaba, quizá no tenía esta faceta, quizá no era así, pero
ella bailaba, giraba, saltaba, gritaba, estiraba sus brazos al son de una
música trance de antaño, de esas que te llenan de energía y que generalmente se
asocian con láseres y humo con olor a frutas. Esas canciones llenas de ritmo
cuyos beats literalmente te intoxican a saltar y moverte, era algo nuevo, era
divertido.
No había pasos, nadie sabía bailar estos ritmos, pero
aparentemente las chicas, de alguna manera, si lo sabían, se movían y dejaban
que la música las llene, y de repente bailar era expresarse y expresarse era
bailar. Me pregunto qué tanto de esa espontaneidad era realmente de ellas y que
tanto lo aportaban las hormonas de mi cerebro adolescente, quién sabe, sólo
entendía que había un ligero olor a peligro en el aire y obviamente, yo quería
ser parte de ello. Tenía 16, quería ser parte de muchas cosas.
Estoy seguro que muchos padres escandalizados al ver este derroche
de espontaneidad, notarían la sensualidad inherente de cada señorita danzante,
verían también la emoción y el cierto desapego por las buenas costumbres que
cada jovencito mostraba, y estoy muy seguro que calificarían toda la escena
como una tormentosa, ruidosa y pecaminosa fiesta en medio del antro más
desternillante y repelente del mundo, y que seguramente de haber podido
alcanzar a sus hijos habrían intentado retirarlos de allí inmediatamente, y no
podría culparlos, tenía toda la pinta de ser algo en lo que no quisiera que mis
propios hijos estén metidos, pero resulta que, yo estuve allí. Y estando en
medio de todo, ya nada importaba, ni la hora, ni los consejos, ni lo que dirán
o siquiera las consecuencias, tan sólo quería saltar! moverme a lo loco y
desarrollar los pasos más cool y fantásticos que pudiera, quería quedarme todo
el tiempo que durarán aquellas canciones. Ah y si precisamente la jovencita que
te gustaba estaba bailando, ten por seguro que no saldrías jamás, aún a
expensas de semanas de castigo. Simplemente no había un mañana, había un ahora
y había una canción que se estaba bailando y uno quería estar allí.
Como dije antes, había cierto peligro en ese afloramiento natural,
esa espontaneidad saca algo de nosotros que indefectiblemente es visto y desde
entonces, nada pasa desapercibido. Y uno, en esas circunstancias, a esa edad,
definitivamente, quiere ser visto. No tiene por qué ser algo malo, claro que
podría ser algo malo, debería ser algo malo? ¿Cuándo se convierte en algo que
es preferible evitar? y ¿Cuándo se puede disfrutar con seguridad? Qué tiene que
pasar para que todo lo que está sucediendo quede enmarcado en la seguridad que
uno espera como padre? Vaya que son preguntas difíciles, para empezar como
jovencito, es muy probable que estemos metidos en nuestra cajita de diversión y
difícilmente permitamos cualquier otro pensamiento. Como jovencita,
probablemente si tenga en cuenta ciertas cuestiones importantes como la hora,
el retorno, la recogida, quién mira y que dirán al día siguiente, todo mezclado
en sus cabecitas y sazonado con música trance super-bailable. Ni siquiera sé
cómo los llamaría.
Estando en el lugar, para finalmente recoger a mis, ya no tan pequeños, hijos o
hijas, supongo que lo que no debería hacer es simplemente meterme, porque aquel
jovencito lo tomaría como una intrusión forzada a su libertad y aunque
realmente no sea tan importante, él lo tomará como si sanguinarios terroristas
hubieran traspasado sus fronteras proclamando una pertenencia que simplemente
no existe; y por supuesto, tendrá consecuencias, una respuesta, una actitud y
un pensamiento. Y creo que es aquí, donde reside el verdadero peligro, porque
una palabra es suficiente y una guerra puede empezar en este mismo instante.
Entonces, meterse no es buena idea, captado; pero, ¿Qué hacer?, ya
se acabó el tiempo y el permiso otorgado acaba de expirar, qué hago ahora? Creo
que lo menos esperado y oportuno sería primero, escribir, hoy por hoy podemos
hacer eso, decir que ya estas afuera y que se vaya despidiendo, que te esperará
para llevarte y quizá también jalar a alguno de sus amigos, total, aunque hayan
crecido, siguen siendo niños, aunque no te responda como esperas, sigues siendo
padre y sigues siendo aquel sujeto maduro que puede comprender sus propias emociones y las emociones de su hijo/a y además, también sigues siendo el más capacitado para
dominarte y mostrar sabiduría. Duro eh? Creo que ese sería el camino correcto,
no dije fácil.
Bien, y que pasa si mi retoño simplemente hace caso omiso de mis
avisos. Qué pasa si mi relación con ellos hace que a veces simplemente no
quieran escucharme, no es rebeldía, es como han aprendido a relacionarse con
uno, y aquí tengo que preguntarme si realmente soy alguien con quien se puede
conversar, si soy alguien en quien se puede confiar o soy alguien que se debe
evitar. Pues entonces, no esperes una sonrisa al recogerlos, y quizá tengas que
ser un poco más firme, pero hagas lo que hagas, no pierdas los papeles, no
gritos, muestra respeto para que puedas ser respetado, porque lo quieran o no,
sigues siendo un padre/madre.
Supongo que a veces podemos elegir dejar vivir, después de todo,
esas experiencias formarán parte de sus recuerdos y moldearán su carácter,
claro que podemos cuidarlos, pero hay que darles su espacio, todo depende de la
clase de persona que son, no lo que esperamos que sean mañana, ni siquiera la
clase de persona que esperamos sean hoy. Vaya que es complicado ser
padre/madre.
Con qué se identificarán, cómo resolverán sus días y sus noches,
qué esperarán, que resistirán y que buscarán... nadie puede saberlo, tan solo
ellos. Lo único que podemos hacer es hablar, entrenarlos, contarles, quizá
prepararlos, quizá guiarlos, pero al final ellos tomarán sus propias decisiones
y Dios mediante brillarán, Dios mediante cumplirán sus propósitos en este
mundo, Dios mediante lucharán y alcanzarán sus sueños. Es lo que todo
padre/madre quiere, pero no todos trabajan por ello y por supuesto, no todos
lograrán verlo. Así pues, es cuestión de fe, es sembrar la semilla que no sabes
si florecerá, pero vaya que tienes que sembrar y cuidarla el tiempo que se te
permita cuidarla porque cuando sea el tiempo, volarán! tendrán que hacerlo!
Sólo recuerda, si es importante, lo cuidas, si es importante, lo
esperas, si es importante lo respetas.
Ahora entiendo que significa aquello de "Morir a uno mismo"
Song: Ori Uplift @oriuplift
- Uplifting Only Episode 596
Qué no podría escribir de enamorarse.
Han pasado muchos años y lo
que más recuerdo es su inocencia en el amor, y hoy la veo como una niña alegre,
que sonríe, que anhela en lo profundo de su corazón... una chispa, una luz, una
esperanza, encontrar o mejor dicho, ser encontrada.
Y que ese alguien, de
rodillas, extienda su mano gentilmente y ella pueda tomarla delicadamente para
ser sujetada de la forma más cálida posible, como imbuida en un amor sincero e
igual de puro del que su corazón anhela. Y creo que, ese deseo se encuentra en
cada mujer, en cada jovencita y en cada niña.
Y creo además que, también hay
un deseo en cada niño, en cada hombre pequeño que mira con ojos puros
el cielo infinito, con cada promesa que extiende sus manitos y juega, que en lo
profundo de su ser hay una búsqueda que, consciente o no, tendrá que aceptar o
rechazar, pero que estará allí.
Y si el tiempo y las
distancias lo permiten, esa búsqueda y ese descubrimiento se mantendrán
inalterados en lo profundo de sus almas, como un recuerdo recurrente, no tan
lejano y a la vez, no tan familiar.
Tendrá el valor de estirar su
manito y ser encontrada? De ser vista?
Tendrá el valor de salir a buscarla? De aceptar la responsabilidad?
Supongo que pueden dudar, pues
cuando se enfrenten a estas preguntas ya sabrán lo que significan, quizá sólo
sigan el camino dibujado, quizá la historia se escriba como debe escribirse,
idealmente hablando. Pero quizá y el mundo se entrometa, aquel mundo que muchas
veces no perdona estas historias y deforma los ideales, hiriendo el significado
y perdiendo los misterios.
Sólo puedo imaginar un abrazo,
una idea más adelantada, quizá es por el tiempo que me toca vivir, pero la
imagen es clara, es un abrazo, que en la calidez de la confianza se brinda, es
amor, a veces inspirado, a veces sobreviviente, a veces ligeramente deslucido por el tiempo y circunstancias,
pero es siempre real.
Entonces la historia, como todas las cosas creadas y puestas allí, se revela al fin, y son historias reales, vivas,
plenas, pulsantes. Son historias vivientes, no recuerdos, son aquellas que creen, que esperan y un día, sin duda, se harán realidad.
Y ese día... quizá es hoy!
Quizá no son las historias de
ellos o ellas... sino de algo mucho más grande.
Quizá y es tu misma historia.
Hay algo que busco y que no logro encontrar.
Es como si me hiciera falta algo que no puedo recordar que es.
Por momentos desata en mi una suerte de angustia organizativa que me obliga a revisar todos mis activos (procesos mentales en ejecución) intentando recordar qué es aquello que hecho en falta, pero nunca tengo éxito. Sólo logro determinar el propio hecho de que estoy buscando algo y que no lo encuentro.
Cuando me doy cuenta que me vino este estado de búsqueda súbita, se tranquiliza mi alma, es casi como un estornudo, un comportamiento involuntario que se dispara por desconocidos factores, quizá stress, quizá el tedio de alguna tarea, no lo sé, aunque tengo la ligera sospecha de que se trata de alguna forma de auto-preservación, irónicamente se ejecuta sobre tareas o condiciones que demandan mi tiempo y recursos en alta cuantía.
Supongo que estudiaré este tema, para verificar únicamente, que mi camino a la demencia aún sigue su curso natural y no me estoy saltando o apresurando pasos y tiempo. Valgan verdades, nunca estuve totalmente seguro de estar 100% cuerdo, al menos no que yo recuerde —ni ninguna de mis otras personalidades—
Y fuera de todo paroxismo narcisista, creo que, me obligaré a volver a concentrarme y continuar con mi trabajo, después de todo, aún en medio de la quietud, se supone que debería exaltar a mi creador dando mi 100% y eso señores, es lo que pretendo lograr, al menos en lo que resta del día. Ciao
Pero sabes, aquí entre nos —bajando la voz— todo es una necedad, podemos estar viviendo los mejores años de nuestra vida y no darnos cuenta, podemos ser absurda e increíblemente bendecidos, pero no sentirnos valorados.
Todo puede salir terriblemente bien, y aún así, desperdiciar lo que podría ser un glorioso día en un simple día común, llegaste con bien a tu casa?, tienes las cosas que querías?, tus hijos aún corren a ti?, tu familia te espera?, no es acaso eso más que suficiente? Bueno, si no es lo que estas buscando, por lo menos deberías estar agradecido por lo que si has encontrado.
¿Cómo es posible nuestra existencia?
Es simple, somos ideas, personajes creados en la mente de Dios.
¿Cómo es posible que seamos una simple idea?
Un pensamiento en la mente de Dios es muy diferente de un pensamiento en tu mente o mi mente.
Imagina un personaje, lo tienes? bien, ahora dale un propósito, una historia, contexto, puedes imaginar un desenlace?, darle criterio, recuerdos, una personalidad, puedes darle un alma.
Bueno, igual pasa con Dios, sólo que su "pensar" es infinitamente más poderoso y trabaja a dimensiones que ni podemos imaginar. Pero sabes, es posible y cómo lo sé, pues porque fuimos hechos a su imagen y semejanza. Así que, si yo puedo imaginarlo, seguramente Dios también puede hacerlo, no?.
Esta situación, o mejor dicho, esta teoría explicaría por qué nuestra existencia es determinada y a la vez, indeterminada y aleatoria. Explicaría como puede funcionar el libre albedrío en un mundo determinista.
Y sabes que es lo simpático? También se concilia con la teoría de la matrix, aquella que postula que vivimos en una simulación, que nuestra realidad como la conocemos en realidad es una renderización super avanzada que se dibuja a medida que vamos progresando en nuestras historias particulares.
Espera, qué?
Mira, una idea en la mano de Dios, es infinitamente diferente a una idea en nuestra mente, cierto? Cierto y sin embargo, así como podemos hacerlo, Dios también lo puede hacer. Dicho de otra forma, así como heredamos rasgos de su diseño, nuestras funcionalidades dan testimonio de sus propias capacidades, claro que totalmente desarrolladas y llevadas al extremo inconcebible. De esta forma, el puede crear/imaginar a cada persona que existe, existió y existirá en su prodigiosa mente, sin problemas. Por lo tanto, desde su perspectiva de creador/orquestador/imaginador/argumentador/escritor, puede ver nuestra existencia desde el instante mismo en que nos formó, como nos desarrollamos a su voluntad, como crecemos, maduramos y morimos, puede ver nuestro legado y también el futuro de nuestras decisiones, claro que puede escribir parte de nuestra historia de forma explícita, pero, es también muy probable que lo haga en ocasiones especiales, con el propósito de permitirnos libertad y dirigir a la vez nuestra existencia a un propósito desconocido para nosotros, pero que, según a manifestado, es bueno.
Yo puedo hacerlo en mi mente, ver la historia de mi personaje, sus inicios, grandes batallas, ver que pensó, es casi como si estuviera dibujándolo, casi como si estuviera escribiéndolo, y a la vez, no es así. Puedo por supuesto, terminar su existencia si así lo decidiera, pero es mi querido personaje, nacido de mi mente, mi hijo. Y dime, acaso Dios no podría hacer algo similar? sólo que a una escala multidimensional y universal, es Dios después de todo, claro que puede.
Entiendo, es una teoría bastante interesante, ¿Hay algo más que deba saber?
Si, hay un detalle o una idea salvaje que me nace de todo esto. Veras, si todo está allí, en su mente, en consecuencia nosotros, somos infinitos, no podemos morir, nuestra existencia es continua, aunque no piense objetivamente en nosotros o quizá si, quién sabe, nadie puede saber cuando Dios piensa específicamente en uno, aunque la palabra de Dios dice que Él vela por sus hijos. La cosa es que, realmente no entendemos lo que significa que Él nos piense, me hace preguntarme, qué pasa con mis personajes cuando yo mismo los pienso... pues simple, ellos se desarrollan, adquieren vida en mi propia mente.
¿Y que hay de la realidad que nos rodea?
Esa es una buena pregunta, pero sigue dentro de mi teoría principal. Si todo está en la mente de Dios, en él existimos y por eso la gente piensa a veces que están en una realidad virtual, y en cierta forma, es así.
Pero sabes, creo que deberíamos alegrarnos, ser un pensamiento en la mente nada menos que de Dios mismo, nos permite acceso a todo lo que Él dice que son sus pensamientos, y también nos permite tener acceso al mismo creador. Y es simple en realidad, así como un escritor se relaciona con los personajes que ha creado, Dios puede hacerlo con nosotros e intervenir de acuerdo a sus propios deseos, tal y como nosotros lo haríamos cuando escribimos/imaginamos una historia.
¿Y qué hay de los demonios y otros poderes?
Pasa igual, si todo obra bajo el plan de Dios, ellos también forman parte de los pensamientos de Dios y por ende, también están sujetos a su voluntad inquebrantable, su control supremo y finalmente a la historia que Él mismo haya determinado para cada uno.
Interesante no? Pero, piénsalo. Acaso podrías decir que estoy loco? Tan sólo imagina un personaje y dale una historia. Ahora dime en que te has convertido para ese personaje, sino su mundo, su realidad y su propósito. Piénsalo.
"Muchas veces no sabemos cuales son las verdaderas
intenciones del destino, mas aún debemos tener fe, por que será la única luz
que ilumine nuestros caminos..."
Estoy agradecido de todo
corazón haber encontrado a alguien como tú... palabras agradables, un tanto
extrañas viniendo de alguien que ha existido toda su vida en tinieblas, entre
sombras... como una más...
Vagaba entonces por los
pasillos de la existencia... taciturno como siempre, como ignorando al sol...
pues consideraba, que no necesitaba su permiso para pasar por este mundo.
No tenía motivos para pensar que su vida podía cambiar, aunque muy en el fondo
dentro de su corazón, era lo que más añoraba...
El destino siempre le fue su
más tenaz perseguidor, siempre lo tuvo como blanco para sus más extraordinarias
bendiciones... incluso podría decirse que, de haber algún cataclismo de
proporciones bíblicas, él sería el único sobreviviente... no por afortunado,
sino porque el destino, cruel diría yo, quería hacerlo "vivir" un
poco más...
Aquella joven doncella,
buena moza, impresionó bastante al rapaz... La luz del espíritu ardía
fieramente en ella e iluminaba aquel nebuloso pasillo que el joven aun
estudiaba, digna entre las dignas podía pensar aquel peculiar personaje cuando
la conoció...
Ella al igual que el, tenía
un sabio mentor... el tiempo; implacable e impasible, no dejaba descansar
aquella pura esencia que dichosamente poseía...
Aquel encuentro no hubiese
tenido importancia de ser simples mortales, pero ellos...
Ellos eran algo más, tan
distinto uno del otro, pero más distantes aun de la gente normal, esos que
suelen llamar "humanos" y que comparten este mundo...
La curiosidad gatuna pudo más
que su temor, no estaba acostumbrado a semejante espectáculo... era tan
radiante que opacaba la misma luz del sol... hecho un manojo de nervios, saco
fuerzas de sus flaquezas y se atrevió a preguntarle su nombre, a lo que ella
muy risueña y poco alterada respondió: —Abigayl...
Abygail!, un nombre idóneo
para un ser tan mágico— pensó en silencio...
Es un gusto poder hablar
contigo, mi nombre es Sebástian...—respondió la sombra.
Luego de aquella pequeña
introducción comenzaron a charlar en un tono muy amistoso, pues ambos habían
notado la presencia del otro, ya días atrás, por aquel pasillo nebuloso de la
vida... Y fue así como todo comenzó, en un día inesperado...
Aquel caballero se dio
cuenta que podía conversar con alguien... y que esa persona podía entenderlo...
su alma se regocijo con la idea e instantáneamente le profeso su entera disposición, en caso llegase a necesitarlo, claro está... pues sentía que podía
entenderla más allá de limites razonables, más allá del tiempo y del destino mismo...
como sólo dos seres impares podrían hacerlo...
Tal resplandor, único, puro
en esencia que lo iluminó desde un principio, borró en el acto el ejército de
sombras que lo acompañaban, dejándolo a su merced, desarmado y humilde... No
obstante, aquel caballero volvió a invocar sus sombras que reaparecieron tan rápido como habían desaparecido, creando un ambiente psicodélico de "eclipse lunar", como si mirases un pasillo inmerso entre sombras con una mitad reluciente e
iluminada por la luz de la princesa... Aquel caballero se dio cuenta entonces
que no era un desliz del destino que la hubiese encontrado, que algún propósito
debía tener... y se propuso averiguarlo, pues le intrigaba tan mítica
presencia; algo nunca antes visto ante sí... sin precedentes, sin
explicaciones, como casi todo en esta vida en desarrollo.
Minutos después, se
guardaron la promesa mutua de un futuro encuentro luego de lo cual se
despidieron siguiendo cada uno su camino... La sutil mezcla de sombras y luces
creaban tras de ellos un efecto casi caleidoscópico, dando vida a seres aun desconocidos por la humanidad como las cebras, pandas, pingüinos, entre otros...
Pasado el tiempo volvieron a
reunirse, encontrándose muy familiares y divertidos... inmersos en una amena
conversación que se prolongó por días, meses, años, siglos enteros de dicha con
un sabor dulce que provocó grandes acontecimientos en la raza humana, que ya
prosperaba en sus primeras civilizaciones, fue así como se edificaron grandes
imperios... inspirados en los ideales que llovieron a la tierra cuando el cielo no pudo contener los pensamientos de aquellos dos seres misteriosos que apenas y comenezaban a conocerse...
Al caballero le encantaba
hacer sonreír a la princesa, sentía un gran aprecio por ella y esperaba en un
futuro distante poder ganar su confianza y compartir con ella secretos,
anécdotas y experiencias... pues a pesar de todo aún eran jóvenes inexpertos
que necesitaban aprender... Y si en el transcurso de su vida podían obtener una
ayuda... valía la pena luchar por ella...
Al final de la velada, el
caballero puso su marca en el cielo y le regalo la noche... precedida por un
atardecer... la princesa encantada por aquel hermoso presente le obsequio a su
vez la luna y el amanecer. Luego de esto y tras un momento, cómplices en
silencio comenzaron a decorar el cielo con estrellas infinitas... de
diversos colores, tamaños y dibujaron formas con ellas... toda la noche hasta
el amanecer que fue el más hermoso que se había visto en aquel planeta azul
cercano al sol... Luego de lo cual se despidieron siguiendo cada uno su camino,
no sin antes voltear a ver partir al otro... tras su marcha, el cielo aun
oscuro, vio su primera lluvia de estrellas...
Esto alegró al Dios Altísimo, y años después se supo que había mandado a su único hijo a aquel frío
planeta... para procurar a los humanos la salvación eterna y la promesa de una
felicidad completa... Todo por aquel enorme amor que les tenía...
Unos siglos después...
volvieron a encontrarse, cada encuentro era como un baño revitalizador que les hacía
olvidar por momentos los embates del destino y del tiempo que aún se mantenían
en pie de lucha; sin embargo, no con la misma intensidad pues habían
encontrado en el hombre el juguete perfecto...
Conversaron un largo tiempo
y el caballero estuvo agradecido con la princesa por permitirle acompañarla a dar un paseo por las galaxias y planetas; sin olvidarse del jardín del edén donde vivía junto a Dios...
De vez en cuando bajaban a
la tierra y caminaban entre los mortales...
Pasean por sus ciudades, buscando
el edificio más alto para ver la luna o una banca libre en la plaza de armas...
Esto último se hizo costumbre y se llegó a repetir en varias oportunidades...
aquel hecho insólito y curioso, no molestaba al caballero, aunque a decir
verdad con un chasquido de los dedos, su legión de sombras hubiera hecho
desaparecer a cuanto humano indiscreto se les cruzase en el camino, pero no lo hacía
por puro respeto, respeto a la vida que ella tanto amaba... y al Dios mismo, que siempre
estaba con un ojo encima de él... sólo por si acaso...
El caballero no sabía cómo
decirle a la princesa que podía confiar en él, que daría lo que fuera y más sí
la princesa lo precisase. Y como no encontraba palabras adecuadas, se dejaba
llevar por su intuición tomando la mano de la princesa, cálida... Aquella
noche el caballero le prometió un deseo a la princesa, le dio un plazo y le
dijo que la próxima vez que se encontrasen, ella ya habría decidido qué pedirle...
Luego de eso se despidieron como de costumbre en la puerta del
castillo donde ella moraba; el único lugar en el universo donde estos dos
seres eran simples mortales... en las gradas tras la entrada..., en la
puerta... y en la calle que la circundan...
Mas al despedirse el
cielo fue coronado con el culminar de un eclipse lunar, secundado por millares
de estrellas que continuaban su eterno tiritar hipnótico... Desde entonces y hasta la actualidad cuando un hombre ve el cielo nocturno, maravillado, puede
sentir aquella promesa aun proscrita por los sentidos, pero que se renueva
con cada alegría... y que existirá por siempre hasta que el destino decida
cruzar los caminos de aquellos dos seres..
Esa fue la última vez que se
encontraron, el caballero aún está esperando por el deseo... y está dispuesto
de todo corazón a hacer lo posible por cumplirlo, así le cueste la
inmortalidad; pues sabe que ella compartiría parte de la suya con aquel curioso
personaje... que sigue a la espera...
CONTINUARÁ

—Vamos a buscar emoción!— dijo animado —Sino cuando? Vamos!
—Está bien, está bien... vamos!— cedió y caminó junto a sus cuatro amigos
Entraron a una discoteca bastante animada, jóvenes por aquí y por allá bailaban, reían y tomaban.
Era bastante difícil oír a alguien y automáticamente pensaba que sería mucho más difícil encontrar a alguien y mucho más, bailar siquiera.
No había dado ni 10 pasos dentro del local cuando la vio y se perdió en su presencia.
Se detuvo en seco, cautivado, atontado, cual polilla que descubre la incandescencia y que hipnóticamente se dirige a su fin.
Ella estaba allí, justo en el centro mismo de la pista, bailaba, primero la vio, bailaba sola en un grupo de puras chicas, era alta, delgada, bonita, sonreía, saltaba, vibraba con la música, disfrutaba el momento.
Y en aquel bailar hipnótico, José simplemente desapareció.
En un instante el local estaba totalmente vacío y ella estaba allí, danzando al ritmo de eufóricos beats, y no podía decidirse a si caminar o respirar a la vez, pero creo que optó por seguir viviendo... Era perfecta!
De pronto unos sonidos extraños sonaron a lo lejos, y otra vez, y otra, eran sonidos de algún lugar conocido, algo se movía en su memoria al recordar aquellos sonidos, era algo que conocía, que lo llamaba a responder y aunque intentó con todas sus fuerzas apartar este pensamiento, tuvo que hacerle caso, eran gritos, era su nombre, alguien lo estaba llamando, alguien estaba regresándolo a la realidad, y al voltear, de pronto se llenó el local, la bulla regresó, las personas y la música estaban allí, era uno de sus amigos gritando su nombre.
—se!... osé!... José!...— gritaba el mismo amigo con quien, hace años estaba hablando de no sé que tema.
—Amigo— dijo mientras palmeaba su espalda— Estás bien?
—Si, si, muy bien— dijo mientras pensaba, quién rayos sería este sujeto que intentaba apartarlo de tan bella visión... La visión! volvió a mirar. Estaba ligeramente asustado y preocupado de no volver a tener aquella visión... pero Gracias al Dios Altísimo, ella estaba allí, seguía allí y por primera vez se dio cuenta que ella era real!
—Seguro que estas bien?— volvió a preguntar su amigo, intrigado.
—¿Qué pasa?— preguntó Moisés, participando de las preguntas.
—No sé, sólo se quedó para...— su respuesta quedó en el aire y se fue perdiendo, sus sentidos habían abandonado esta infructuosa conversación y la habían vuelto a encontrar. Fue abducido en ese preciso instante.
Ella bailaba...
Tenía los brazos arriba, su cabello largo y negro cubría su rostro, verla bailar era como ver la vida en cámara lenta, quizá el tiempo se relentizó sólo para él, quizá su ritmo cardiaco y los beats generaban este interesante efecto en sus percepciones, quién lo sabría. La cosa es que... ella bailaba, ella saltaba y de pronto su rostro aparecía entre sus cabellos danzantes.
Era totalmente extraño, como si estuviera presenciando algo sagrado, algo inesperado, como si estuviera viendo algo que no le estaba permitido y que él querría grabar de alguna forma.
Simplemente no podía apartar la mirada.
Ella bailaba, saltaba, brazos arriba, cabello suelto negro, brillante, cautivante y aunque estuvo viéndola sólo segundos, su mente al fin lo entendió, ella se entregaba a la música, no era que estuviera bailando diferente que cualquier otra chica, todas sus amigas estaban haciendo lo mismo, pero él sólo tenía ojos para ella, definitivamente había algo especial y fascinante, pero no lograba descifrar qué era.
Personalmente creo que estaba incapacitado para hacerlo, y lo estuvo desde el primer momento que la vio en la pista de baile. Y confieso que, simplemente se entregó a aquel momento.
Estoy seguro que existen muchas figuras retóricas, literarias y psicológicas para expresar lo que mundanamente se conoce como "amor a primera vista", se dice que uno repentinamente ya no puede apartar la mirada, pero yo creo que uno en realidad puede hacerlo y lo hace, pero no quiere apartarla y además el tiempo que permanece sin mirar es ridículamente pequeño.
Y otra ves el mismo sonido, es molesto, entrometido, y solicita atención sin miramientos..
—Sé!... osé!... José!— dicen las voces.
—Qué! Qué quieres!— respondió un malhumorado José, como un niño pequeño haciendo berrinche por el juguete perdido
—Bro— una voz diferente esta vez —Todo bien? te has quedado allí! —comunicó una voz preocupada.
—Chicos, creo que nos vamos nomas, José está mal...— dijo una voz sensata.
—Nooo!— y todos volvieron a verlo. Recién caía en cuenta que estaba rodeado por 5 amigos que lo miraban entre sorprendidos y algo asustados.
—José, te has quedado en blanco ni bien entraste— resumió una voz más cercana.
—Pensamos que te dio un aire, un paro, un derrame, algo...— alertó una voz más joven
—Y eso que ni gaseosa hemos tomado...
—No, no, estoy bien, estoy bien en serio— contestó José, sin convicción.
—¿Qué pasa entonces?— inquirieron sus amigos.
José los miro a todos, y todos lo miraban esperando una respuesta... pero no llegó a responder, las canciones no dejaban de sonar y él la volvió a encontar en la pista. Sólo que esta vez, todos lo notaron y siguieron su mirada, entonces comprendieron.
Una sonrisa se dibujo en todos sus rostros, quizá de alivio, quizá de alegría, alguna clase de felicidad común se había apoderado de todos, lo que explica lo que pasó a continuación.
—Ve a hablarle— dijo la voz más osada
—No! mira, está rodeada de chicas... 1, 2, 3 y 4, no, 5, 5 chicas!
—Somos 6 Bro —puntualizó quien contaba con los dedos.
—Si José se queda mirando, somos 5— Instantáneamente recibió no pocos golpes— Auch! sólo bromeaba!
—No, miren son 6! son 6, una chica más se está uniendo al grupo— dijo haciendo un gesto de victoria.
—La noche se ha puesto interesante!— dijo otra voz y comenzó a frotar sus manos.
—Enemigo a la vista!— dijo una voz joven e hizo un saludo militar.
—Qué enemigo?
—Acaban de secuestrar a José! Daño crítico! Es un ataque psicológico!— declaró la voz divertida.
—Ja... ni siquiera pudo desplegar su escudo AT... jajaja— reía la voz madura.
—Espera, no entiendo, vamos a ayudarlo no?— se dijeron entre todos.
—No... él nos va a ayudar a nosotros!— respondió la voz preocupada.
—¿Cómo? ¿Qué? ¿Cómo nos va ayudar si está catatónico? mira, ahorita se hace la pis...— y señaló los pantalones de José, los cuales se mantenían secos.
—Pero son puras chicas Bro, eso es por algo... osea, cero chicos, sólo chicas, noche de chicas, entiendes...?
—Ni siquiera vamos a llegar a decirles "Hola que hace"
—Jajaja! Quizá oigamos un "Adiós" — añadió una voz previsora.
—Pero a quien está viendo José?
—No sé bro, todas son bonitas— mientras usaba una mano para tapar la luz y verlas mejor.
—Y altas— puntualizó una voz observadora.
—Y bien bonitas, ya me está dando cosa ir y que me choteen sin piedad! —argumentó una voz sensata.
—Y altas...— puntualizó la misma voz observadora.
—Y tenemos un hombre caído... José? José! Otra vez? No— pero era inútil, José ya no estaba con ellos
—Está en órbita bro— dijo mientras tomaba una foto con su celular y esquivaba salvajemente otro golpe
—Ok, vamos a ayudarlo— y todas las miradas se dirigieron a aquella voz valiente y suicida.
—Y cómo vamos a hablar siquiera con aquellas ninfas...— dijo una voz y adquirió una pose de meditación profunda.
—Bueno, tenemos mucho que ofrecer— y todos miraron a quien lo había dicho.
—Tu vas primero— le respondieron en coro.
—Tienes acciones en la bolsa?— preguntó uno.
—Del mercado no vale— atajó otra voz
—No— confesó la voz valiente.
—Tienes una medalla de honor del congreso? — preguntó la voz previsora.
—No— confesó nuevamente la voz valiente.
—Una vez, a mi me tocaron 2 chichistes en el mismo chicle, cuenta?
—Al menos somos guapos— dijo otro mientras hacía un gesto de macho alfa, parado en jarrita mirando al horizonte. Lo miraron todos a la vez y de pronto alguien dijo: —Estamos fregados...— y otro continuó: —Lo importante es que hay salud! Volvieron a mirarlo todos a la vez y alguien más apunto: —Estamos re fregados...
Y mientras esta discusión estratégica sucedía, en un mundo no muy lejano, pero si muy distante, un fuerte deseo comenzó a crecer en el interior de José, un anhelo que iba contra todo espíritu de conservación...
Y súbitamente unas palabras brotaron de sus labios: —Quiero... hablar con ella...
Ni siquiera sabía por qué estaba diciendo estas cosas; sin embargo, desde lo profundo de su ser, brotaban más y más palabras... —Quiero acercarme... quiero saber quién es... Yo...
Nadie escuchó estas palabras, pero todos lo entendieron.
Y ante la atónita mirada de sus amigos, el antes petrificado José comenzó a andar, como rompiendo un hechizo dio el primer paso y avanzó en medio de todos, barriendo en su camino todas las miradas. Había algo diferente en ese andar, una resolución quizá? un fuerte espíritu suicida? locura? Quién sabe...
Y sin embargo, allí fue José, ninguno pudo más que mirar.
Sus pasos eran firmes y seguros, no había duda en su ser mientras se abría paso entre la multitud. Visto bien, cualquiera pensaría que era como si un cocodrilo se acercara en mortal silencio a una incauta gacela que bebe tranquilamente de las aguas de algún lago... pero no, la realidad era más parecida a alguien que se esfuerza por nadar para alcanzar un salvavidas.
Justo en ese momento, la realidad cayó sobre sus amigos y una voz rompió el embrujo diciendo:
—Vamos!— y todo el grupo de amigos corrió tras él.
Supongo que sólo querían ayudar, no sabían nada del grupo de chicas, tal vez había un grupo de chicos por ahí, tenían que acompañar a José, ya sea para ayudarlo o quizá para salvarlo... Pero como suele ocurrir en este tipo de situaciones, la multitud impidió pudieran alcanzarlo, se cerraban ante aquel grupo de chicos mientras que José avanzaba casi de manera milagrosa entre el mar de gente.
No lograrían alcanzarlo a tiempo.
—¿En qué piensa?— renegó una voz.
—Está loco, corran! corran!— apuró una voz más aguda y apretujada.
—No lo alcanzamos bro— sentenció una tercera voz.
—Sepárense!!— Apresuró la voz más fuerte.
—El primero que llegue lo agarra... vamos!— y se separaron cada cual como mejor pudo para poder alcanzarlo, pero José estaba a pocos metros de aquella chica. Nada en el mundo podría detener este encuentro, era casi como si todo estuviera pre-escrito.
Estaba a pocos centímetros... Y sin embargo, algo pasó.
No lejos de allí, kilómetros bajo tierra, una placa tectónica comenzó a sentirse insegura e inestable, queriendo ocupar el lugar de otra placa tectónica, que no estaba a gusto con esta nueva disposición, por lo que forcejearon imponentes en medio de las profundidades produciendo un sólido movimiento telúrico de 8 grados en la escala Richter. Las ondas viajaron subterráneas a gran velocidad, expandiéndose en todas direcciones, amenazantes, poderosas, sorpresivas.
Entonces la onda los alcanzó, primero fue el sonido, nubes de polvo se levantaron de Dios sabe donde, y destellos verdes se dispararon en los cielos por el choque de energías. José estaba justo frente a ella y por un segundo, sus miradas se encontraron... súbitamente se cortó la luz en el local y el remezón los alcanzó.
Todo el mundo perdió el equilibrio y cayó de rodillas, la verdadera fiesta los había alcanzado.
Las luces de emergencia se encendieron, iluminando pequeños letreros con la palabra "Salida", a los cuales obviamente nadie podía llegar. El movimiento era tan majestuoso como terrible, las ondas eran irregulares haciendo que mantener el equilibrio fuera el doble de difícil. Luego comenzaron a encenderse y apagarse las luces, había un corto circuito, y donde antes había algarabía y diversión, ahora una mezcla de temor se alzaba reinante.
José levantó la mirada y buscó en la oscuridad, nada estaba en su lugar y nadie encontraba a nadie, aunque lo tuviera al lado, era como si en menos de un segundo, algún dios gracioso hubiera mezclado a cada quien en ese local y hubiera mezclado la calma con el espanto... No veía nada, pero de pronto la encontró, estaba de rodillas en el suelo, cubriéndose la cabeza con los brazos, todos estaban así. No muy lejos de donde estaban ellos, todos los amigos de José intentaban encontrarse, pero en medio del retumbar y gritos nadie oía nada.
Y como si alguien hubiera dado una señal, todos a la vez intentaron ponerse en pie y salir de aquel lugar lo más rápido posible. José la vio pararse e intentar avanzar hacía la salida, pero en ese momento otro movimiento, sino el mismo, lo sacudió todo haciéndolos caer, ella cayó y volvió a levantarse, pero otra persona resbaló y la empujó al suelo... ¿Dónde estaban sus amigas? ¿Dónde estaba todo el mundo? se preguntó.
Una de las cosas más terribles en medio de un terremoto son las muertes por aplastamiento que se suceden cuando, en medio de la histeria y el miedo, la gente simplemente pasa sobre otras personas, produciendo golpes, asfixia y hasta muertes.
José lo sabía y no dudó en intentar llegar a ella, intentó andar, gateó, intentó llegar sin empujar a nadie, pero era imposible, la gente le oprimía en su carrera a ningún sitio, ella estaba tumbada, se sujetaba la cabeza y fue lo último que vio, un segundo después una rodilla salida de la nada le dio de lleno en el rostro, desorientándolo, pero al caer... logró alcanzarla, su mano toco la de ella e intentó tomar aliento, un segundo, pero la gente seguía aplastándolos, tenían que pararse, aún mareado hizo un esfuerzo por levantarla del suelo, alguien pisó sus piernas y sus manos. No tenía tiempo... En ese mismo instante hubo un destello y la luz volvió por un segundo, pudo orientarse, la gente se separó un poco, pudo ponerse en pie y logró al fin levantarla. Ella se sujetaba su brazo, se había lastimado.
Creo que no supo como explicarlo pero la abrazó y sujetó su brazo, intentó comunicarse pero era inútil decirle algo, no se oía nada, ella levantó la mirada buscando un rostro y el acercó el suyo, intentó nuevamente gritar pero no se oyó, entonces señaló la salida, pero tampoco se veía nada. Así que simplemente la guió a la salida, ella lo siguió.
Los amigos habían sido separados y los que lograban salir del local no lo hacían sino sucios, golpeados, algunos heridos y todos muy temerosos. Afuera tampoco estaban tan a salvo, los grandes ventanales del local prometían cortes dolorosos y aunque la tierra aún no había dejado de temblar, había bajado su intensidad, en momentánea tregua, permitiendo que el que pueda, salga de la oscuridad. Y creo que, ese era el temor más apremiante, a quedar atrapados, a quedarse en la oscuridad, a no volver a ver a su familia. Lograron salir, ella seguía apoyándose en él y seguía sujetándose el brazo.
José la condujo a un lugar despejado, lejos del bullicio y altos ventanales, se apoyaron en una pared y tomaron aire. Vio que seguía sujetándose el brazo y le preguntó —Estás bien?— pero ella no respondió, no podía mover el brazo, tampoco podía verlo, estaban en penumbras, las luces de los autos era lo único que iluminaba la noche estrellada —Puedes moverlo? Estás herida?— apremió al darse cuenta que podría estar más lastimada, pero ella respondió: —Sólo mi brazo, me duele, no puedo moverlo— él vio el reflejo de sus lágrimas, no lo miraba, le dolía, lo sabía y se hacía la fuerte.
José no dudo y se sacó la camisa, hizo un nudo con ella y se la colgó del cuello para ella pudiera descansar su brazo allí, quizá no había heridas pero había que inmovilizarlo. Ella permaneció en silencio mientras el trabajaba. Entonces José, genuinamente preocupado y terriblemente vuelto a la realidad le dijo: —¿Te puedes levantar? Vamos a buscar a tus amigas, te deben estar buscando— Ella lo miró un momento y pudo ver que, realmente se estaba preocupando por ella, pero no dijo nada, se puso en pie con ayuda y juntos regresaron lentamente al bullerio.
Era un caos total y encontrar a alguien era difícil, sino imposible, pero seguramente sus amigas estarían buscándola. El terremoto había cesado, el polvo no dejaba ver mucho pero se oían los gritos, las luces de los autos era lo único que les permitía ver algo. Miraban a todos lados, había mucha más gente de la que parecía, quizá en la misma situación, buscando a sus amigos, hermanos, corriendo, gritando, ayudando a otros y entonces José le preguntó —¿Cómo se llaman tus amigas para llamarlas— Ella, que seguía medio en shock le fue soltando nombres, intentaba recordar quienes estaban con ella y entonces dijo: —Estaban Carla, Mariana, Cecilia, Giannina, Lucia, Andrea, Alejandra..., creo que eran todas— y aún no había terminado de hablar cuando José levantó su voz y comenzó a llamarlas una a una, estaba seguro que ellas estaban por ahí.
Carla! Mariana! Cecilia! Lucía! Andrea!— comenzó a llamarlas cuando cayó en cuenta que no sabía el nombre de ella, quizá si la llamaba a ella misma, sus amigas escucharían su nombre y vendrían. José volteo y la encontró mirándolo, entonces le preguntó: —Disculpa, cual es tu nombre?— Me llamó Mía —respondió ya más consciente de todo, poco a poco recobraba el aplomo y el control.
Era como si el actuar de José, el que se haga cargo, el que la esté cuidando, de alguna forma le daba paz, le daba seguridad y a pesar de todo, en esa seguridad, ella podía recuperarse. Admiró eso y de pronto se encontró que en realidad no sabía quien era, no sabía nada de él, y mientras lo miraba gritar y llamar a sus amigas, esforzándose, noto que no la había dejado ningún instante. Entonces vio a la luz de los autos, lo sucio y golpeado que estaba el chico, y recién se dio cuenta que él también estaba herido, su mano derecha, estaba ensangrentada, era sangre seca, pero dónde tendría la herida, no podía saberlo. Recién ahora estaba siendo consciente de todo y le preguntó: —Estás herido? Tienes sangre— y quiso tocar su brazo para ver bien dónde estaba la herida. José dejó de gritar su nombre y se volvió a ella, pero justo en ese momento pasaron muchas cosas a la vez.
Una réplica calló todos los sonidos.
Lo peor de las réplicas es que no se detienen, puede haber terminado el sismo, pero las réplicas continúan, permanecen, se quedan por días, semanas y hasta meses en el corazón de los golpeados, uno simplemente ya no puede caminar con normalidad, se queda con uno aunque ya no pase nada.
Ambos se arrodillaron, todos se arrodillaron en humildad, como reconociendo su fragilidad y pequeñez. Nadie podía mantenerse en pie y nadie gritó hasta que volvió a parar.
Y juntos escucharon: —Mía!! Mía!! Dónde estás?— y vieron como dos chicas aparecieron de la nada gritando su nombre. —Aquí!— gritó José hasta perder la voz —Aquí! Aquí está Mía!— ellas se reorientaron y corrieron hacia ellos, eran Andrea y Mariana, que estaban buscándola.
Ambas corrieron a la vez, y al llegar Andrea se lanzó a abrazarla ni bien estuvo cerca. Mariana la alcanzó luego, se agachó y las tres se abrazaron los mejor que pudieron.
José escuchó: —Mía! pensamos que te habíamos perdido— la chica comenzó a llorar.
—Te vimos tirada en el suelo— dijo la otra chica, aliviada aunque muy nerviosa— y cuando intentamos correr hasta ti, la gente nos arrastró, nos caímos y ya no vimos nada— de pronto comenzó a llorar lo que venía reprimiendo. José no sabía si intervenir.
—Y las demás?, dónde están las demás?— dijo Mía en todo preocupada.
—Están por allá, Cecilia se dobló un tobillo y no podía andar, Carla tiene un raspón, escuchamos tu nombre y no sabíamos como venir y cuando al fin venimos nosotras nos agarró la réplica—
Mía las volvió a abrazar fuerte, pero le dolía el brazo y ellas lo notaron, notaron además que tenía un cabestrillo y con la poca luz vieron que el cabestrillo tenía sangre. Ambas saltaron al darse cuenta.
—Mía estás bien?— se acercó Mariana buscando la herida y tanteando su brazo hasta que Mía soltó un —Au! Au!
—Es su codo?— preguntó Andrea mirándola y buscando alguien que los ayude.
—No, es su brazo, su codo está bien, quizá es una fractura— señaló Mariana, mientras ayudaba a Mía a ponerse en pie.
—No puedo moverlo, me duele mucho— respondió Mía.
—Pero y la sangre?— preguntó Andrea quien notaba que no estaba sangrando, no estaba húmedo, sino que estaba seca.
— No es mía— dijo Mía mientras miraba a José quien de pronto se veía incluido en esta pequeña conversación.
Y recién allí Mariana y Andrea tomaron consciencia de José, un chico que estaba parado frente a ellas, una vio la sangre en la frente, nariz y brazo del chico, vio lo sucio y golpeado que estaba, la otra entendió de quien era la ropa que servía de cabestrillo para Mía y que la voz que había gritado el nombre de Mía, era de él. Las tres se asustaron, José no se veía tan herido en la penumbra, pero con la luz adicional de los faros podían verlo bien y no podían evitar preocuparse.
—Estás bien?— le preguntó Mariana que soltó por un momento a Mía y se acercó a José.
Ahora era José quien estaba perplejo, y es que no se había puesto a pensar en él mismo desde hacía ya buen rato. Pestañeó un momento y entonces dijo: —Si, si estoy bien, no se preocupen.
Instintivamente José se tocó los labios y sintió la sangre seca, tocó su frente, tocó su brazo y fue recordando, fue comprendiendo lo que había pasado, y aunque no terminó de entender de donde habían salido todas las manchas de sangre, no se preocupó demasiado, no se sentía más que golpeado y ligeramente sediento.
—Gracias!— dijo Andrea, quien no soltaba a Mía y entre las dos se mantuvieron en pie.
—Vamos con las demás— le dijo Andrea a Mía, quien asintió y se dejó llevar.
Pero no habían andado ni dos pasos cuando recordó a José y volteo para mirarlo. Allí estaba él, no lo conocía, pero quería decirle muchas cosas, quería agradecerle, decirle algo aunque no sabía bien que decirle. Siguió andando, sus pensamientos estaban lejos de ella.
José por otro lado, se sentía... incompleto, sentía que no la había ayudado lo suficiente, pero pensaba que ahora que estaban todas juntas podrían cuidarse, llamar a sus padres, buscar ayuda y salir de allí juntas como vinieron. Las vio andar y recordó a sus propios amigos, había pasado poco tiempo pero le parecía que fueron muchos días atrás cuando entraron a esa fiesta y ahora, no sabía dónde estarían? No sabía si estaban bien.
Siguió con la mirada al grupo de chicas y permaneció así un instante, había muchas cosas que también quería decirle pero había algo que tenía que hacer primero, dio media vuelta y buscó entre la penumbra algún rostro amigo, pero no encontró a nadie, sólo veía a las chicas que se alejaban.
—Mía— se dijo y sonrió —que bonito nombre— y continuó andando, grabando en su memoria todo lo que había pasado. Se preguntaba si la encontraría otra vez y aunque era poco probable se dijo a si mismo: —Algún día, quizá...— y retomó la búsqueda de sus amigos perdidos.
José ya había dado sus pasos buscando a sus amigos, los llamaba por nombre, pero ninguno contestaba aún. Mía en la distancia podía escuchar su voz, y eso le dio fuerzas, pensaba que si él podía esforzarse, ella también lo podía. Y justo en ese momento se dio cuenta que, en realidad, nunca había escuchado su nombre, no sabía quien era y tampoco sabía si algún día se volverían a encontrar. Pero en lo profundo de su corazón creyó y se dijo: —Algún día, quizá.
Ella se alejó en la distancia hasta encontrarse con sus amigas mientras José, poco a poco fue encontrando a sus amigos, se alegraron al encontrarse, todos estaban perdidos buscándose entre sí, sólo José parecía haber salido de una batalla campal y eso era lo sorprendente, puesto que era el que en menos peleas se metía. Se alegraron de veras de estar todos bien, bueno, casi bien.
Uno de sus amigos le preguntó:
—Bro, y tu camisa?
José, recordó que en la oscuridad se la puso a Mía como cabestrillo y se alegró de que al menos una pequeña parte de él se fuera con ella. Se quedó pensando un momento y dijo: —Se llamaba Mía— Todos lo miraron, algunos arquearon una ceja sorprendidos. Entonces José les contó su historia, lo que había pasado desde que se perdieron. Atónitos escucharon y tuvieron en mejor estima a José, ninguno le reclamó por no perseguirla cuando se la llevaron sus amigas, ninguno bromeó con la posibilidad de nunca volverla a ver y ninguno lo culpó por haber dado pasos hacía ella, aún en medio de la oscuridad.
Se preguntaban qué hubieran hecho ellos en su misma situación.
—Amigo José— le dijo una voz sensata mientra colocaba una mano en su hombro. —Todo bien?— y lo miró como intentando ver más allá de sus respuestas.
—Si... todo bien— mentía, pues de veras quería decirle muchas, muchas cosas a Mía, y hasta se arrepentía de no haberla seguido, pensaba que tal vez podía haberlas seguido... pero pensaba también que eso hubiera sido perseguirla y presionarlas, no quería eso. Claro que quería conocerla y hablar con ella y mil cosas más, pero no así. Todo había salido de una forma extraña, diferente a como lo había imaginado. Suspiró y entonces se dijo— Al menos ella está bien, ustedes están bien, hay que ir a casa.
—Ok— contestó la voz sin darle más vueltas al asunto— Vámonos!
Y mientras andaban, un amigo le dijo —Si te preguntan, diles que te salvamos— a lo mejor y nos perdonan llegar tarde.
—No creo que no nos perdonen llegar tarde, verdad? —consultó una voz joven. —Después de todo lo que ha pasado.
—Hmm mejor pensemos en otra cosa —respondió una voz cansada.
—Si, las cosas pasan por algo... uno nunca sabe qué puede pasar mañana—
—O en la noche— dijo una voz graciosa pero golpeada.
—O en la calle, mira donde pisas!— dijo una voz alarmada, no se veía nada en la noche.
Siguieron andando juntos. Todos tenían la misma idea, querían de alguna forma hacerle saber a José que, tal vez esta historia no había terminado, que tuviera esperanza a pesar de todo. José sonrió al ver el corazón de sus amigos, se detuvo y volteó un momento a ver el camino y le dijo al viento —Ya nos volveremos a ver— sonrió por esta loca posibilidad, se volvió y se fue andando con ellos, a casa al fin.
(...)
Cuando Mía llegó a la clínica, cortaron la camisa y le retiraron el cabestrillo para poder examinarla, tenía una fisura en el antebrazo, por eso no podía moverlo. Sin embargo, no dejó que botaran la ropa, sino que la guardó. Y cuando todo hubo terminado y ya estaba rumbo a su casa, encontró que en el bolsillo de la camisa había algo duro, una tarjeta quizá, lo sacó y encontró un DNI.
Lo extrajo, lo miró por todo lado, sorprendida, y entonces con una sonrisa leyó:
—José... — miró por la ventana y no pudo esconder una sonrisa más grande.

Una pequeña luz parpadeó en el monitor principal y su mensaje era claro:
-- Iniciando operaciones --
Seguidamente, una serie de paneles, monitores, indicadores y otros dispositivos diversos volvieron a la vida. Una nave solitaria se energizaba y comenzaban a rugir furiosos sus motores.
Aún en el silencio del espacio, su ronroneo era perceptible, quizá era un sesgo psicológico, pero uno podía oírlo claramente, uno podía sentirlo.
Desde la oscuridad de unos asteroides, una sombra metálica comenzó a emerger a la luz, era un destructor de naves, de clase Hammer, fuerte, veloz, mortal.
Había recibido instrucciones y su destino estaba trazado.
Mientras tanto, la tripulación espabilaba y se conectaba a sus terminales de servicio, guantes hápticos, visores y controles. Todo en línea.
No muy lejos de allí, en la superficie de un planeta humeante y devastado, escuadrones de batalla iniciaban su ingreso en la atmósfera, recibidos por una incesante cobertura de fuego, proyectiles y plasma.
Totalmente normal en este tipo de invasiones, los cielos lloraban metal.
Y en aquel futuro incierto, donde los ecos de batallas se hacen eternos y transcienden la oscuridad de la distancia, en todos los cielos, grandes despliegues de poder e imponentes fortalezas pasan al olvido entre llamas de color azul y el perplejo silencio.
Y las vidas, todas ellas, se lanzan a defender un ideal, un sueño, una promesa, un futuro que quizá nunca sea para ellos...
Mientras que en tierra y bajo montañas de concreto armado, especialistas, inteligencias artificiales, grandes ordenadores y estrategas dibujan planes que puedan llevarlos lejos de los brazos de la muerte.
La batalla continua y no hay piedad, sólo la promesa de un destello y el sueño eterno...
Todos caen por igual, todos vuelven al polvo y al creador.
Es la guerra con toda su gloria y todo su horror.
Diario del Capitán - Entrada 77: Una pequeña luz en el cielo
La criatura no se lo esperaba, estaba tan convencida que tendría diversión aquella noche que no pensó en la posibilidad que algo le cayera justo encima, y mucho menos que aquella cosa literalmente atraviese sus pensamientos.
Cayó directamente sobre aquella monstruosa criatura, dejando únicamente una gran mancha de sangre y restos desperdigados por todo el lugar.
Las personas aterradas y confundidas vieron como este demonio simplemente se convertía en una sanguinolenta decoración. De pronto, una extraña sensación invadía su alicaído corazón, al ser conscientes que su terror más grande acababa de ser aplastado por algo aún más misterioso, poderoso y terrorífico.
Y que justo en ese momento al límite de una silente crisis nerviosa, aquella sombra los miraba mientras estiraba sus angelicales alas llenando todo el lugar.
Las personas aterradas, estaban completamente inmóviles, como si súbitamente se hubieran vuelto piedra. No había ninguna reacción más humana que el desconcierto y la petrificación, pues estaban a punto de ser despedazados por este terrible demonio cuando súbitamente algo cayó sobre él, destruyéndolo. Estaban en Shock y Vastian lo notó en seguida, no podía hacer nada por ellos, no podía hacer que olvidaran y recién ahora pensaba que quizá había alguna forma mejor de hacer las cosas.
—Con trauma o sin trauma, tendrán que correr si quieren vivir— pensó con cierta ironía, y entonces tranquilamente les dijo: —Corran.
Lo dijo sin levantar la voz pero de forma que todos pudieran oírle.
Intentó con todas sus fuerzas sonar lo más humano posible, quizá no pudiera borrar lo que acababan de vivir, pero tal vez podría no aumentar sus pesadillas, recogió sus alas y esperó a que alguien se moviera, pero nadie movía un sólo músculo. La dureza del día a día le habían hecho olvidar que aquellas personas estaban haciendo un esfuerzo extremo en seguir respirando y no morir de un ataque cardiaco.
Pero pronto lo entendió, se incorporó como una persona, replegó totalmente sus alas y levantó su mano señalando el camino a través de los escombros y con la voz más humana que pudo producir, dijo: —Si quieren vivir. Vayan en esa dirección...
Luego extendió sus alas, dio un salto y desapareció en el cielo nocturno, dejando que la autoconsciencia vaya recuperando terreno en la mente de todas aquellas personas... Y se quedó en el aire, muy arriba, viendo como reaccionaban y comenzaban a moverse, lentamente, quizá lo hacían más lento de lo que le hubiera gustado, pero estaban exhaustos, no podía reclamárselos. Y mientras los miraba volvió a pensar sobre cómo se sentía el mismo, volvió a recordar cómo se sentía estar aterrorizado y volvió a recordar como era sentir y ser un humano más. Tuvo piedad.
Desde los cielos los siguió, velando que avanzaran por el camino correcto y cuando algún peligro se acercaba demasiado, descendía en picado a terminar su existencia, lo hacía rápido y lo más limpiamente posible, no pretendía poner más cargas en aquellas fatigados corazones, quería que regresaran en paz o en alguna clase de paz.
Para las personas en tierra, era como si hubieran corrido innumerables maratones poniendo su vida en riesgo en cada paso, y ahora tenían que correr una vez más para salvarse, sólo que no habían fuerzas. Era como si estuvieran heridos, y aunque varios realmente lo estaban, no eran las heridas en sus cuerpos lo que los detenía. Eran sus corazones, el terror y el miedo los había herido terriblemente y la perspectiva de la muerte los había enmudecido hasta los huesos, no podían hablar, quizá y hasta lo habían olvidado, pero recordaban las palabras que escucharon hace poco, y aquellas palabras les devolvieron el significado de temer y querer vivir, esas palabras extrañas aún, los obligaba a correr de alguna manera, y es que a pesar de todo, nadie quiere morir.
De pronto Vastian lo sintió, no muy lejos de allí había una matanza y él tenía que ir.
—No puedo estar en todo lado— pensó para si, dirigió una mirada a aquel desvalido grupo y deseo que pudieran alcanzar alguna clase de seguridad, ya no había nada peligroso en aquella zona, excepto por él mismo, así que agitó las alas y salió disparado hacia su próximo objetivo, a la siguiente pelea, a la siguiente masacre, aquello era venganza en su más forma más visceral.
Diario
del guardián - Las entidades, criaturas, errores.
No
todas las irregularidades tienen forma de pulpo, vienen en un amplio surtido de
formas, tamaños, colores e intensidades.
Lo
normal claro es que sean una mezcla de mantarrayas, arañas y pulpos humeantes y violentos, pero también las hay también con forma de guijarros apelmazados, como una
infinita cantidad de cosas pequeñas aglomeradas, como si un empedrado
repentinamente cobrara vida y mostrara su desacuerdo con el mero hecho de existir, causando destrozos.
No
imagino que encontrarán al otro lado, tampoco he intentado averiguar que se
esconde tras el borde del agujero, ni ganas tengo siquiera de acercarme, su
radio de absorción es tan intenso que, de no estar resguardado tras un muro o a
buena distancia, sería absorbido, igual que todo aquello que cae en su inmisericorde campo de
acción.
En
todos los años que llevo haciendo esto, jamás vi una sola de esas criaturas que
lograra sujetarse lo suficiente, cabe mencionar que mientras más grande el agujero,
más grande es la fuerza de atracción.
Una
de las cosas que más me pregunto es, con qué autoridad un ser humano, porque
espero seguir siendo uno, puede hacer estas cosas. Claramente estas criaturas no
caben en lo que podemos llamar normalidad y personalmente, no quiero ni
imaginar que podría pasar si lograran entrar a nuestra realidad. Sólo me
limito a encontrarlas, contenerlas y exiliarlas lo más rápido que pueda y con
el tiempo he ido observando ciertos detalles.
Si
bien todo, y me refiero a todo, incluido el aire, vuelve a su lugar cuando
desaparezco el espacio jaula, a veces se manifiestan pequeñas alteraciones,
casi imperceptibles si no tienes con qué compararlo, pero están allí, por ejemplo, alteraciones en el patrón de una mayólica o pequeñas marcas en el pavimento, cosas así que podrían pasar por desgaste
normal del uso de las cosas. Es como si, al retraer el espacio jaula y se
reconstruyera la realidad al punto antes de establecer el espacio, hubiese
diminutas variaciones en las propiedades y atributos de las cosas. Todavía no
logro establecer una relación clara con la destrucción que se sucede en
los espacios jaula. Según entiendo, nuestra realidad, el espacio de
"trabajo", es restaurado a su normalidad casi al 100%, pero sinceramente me
quedan dudas y aunque no tengo evidencia, algo me dice que tiene que ver con el
nivel de la entidad que me toca exiliar.
Otra
de mis constantes interrogantes es, hay más personas como yo? quiero decir,
capaz de sentir la inquietud, capaces de confinar esas criaturas? Reaccionan? Intervienen? Y si lo hacen, cómo lo hacen? nunca he visto a nadie aparte de mi en esas situaciones, aunque debo admitir que tampoco tengo tanto tiempo como para contemplar el paisaje. Casi siempre es saltar a la acción y allí se va toda mi atención.
Por el comportamiento siempre violento de estas criaturas, he llegado a comprender
que, de alguna forma, saben exactamente lo que va a pasarles, cosa curiosa pues yo, quien las
confina, realmente no lo sé.
Las
noches se volvieron frías, el miedo se volvió parte del horizonte, el silencio
era tanto una bendición como una pesadilla.
Y
allá más allá de los muros, extrañas formas se entrelazan en tortura y
destrucción.
Una
de ellas, la más grande, azota apéndices que destruyen estructuras y lanza por
los aires una pequeña figura, la cual se estrella estrepitosamente en un edificio de
oficinas, los vidrios, fierros y pedazos simplemente saltan por los aires.
Es
la misma danza que viene bailándose desde hace eones, ahora con renovada furia,
sobre una tierra desolada y hambrienta.
Pero
este baile se conoce bien.
La
pequeña figura se pone de pie y sale caminando del edificio derruido, no parece alterada, como si solo
estuviera de paso, cualquiera diría que sólo fue a echar un vistazo.
Pero la sombra grande que ha olvidado su presencia y no parece contenta,
lanza un temible aullido que corta la noche y evoca el terror, justo antes de lanzarse en cruel
embestida, no dejará que aquella pequeña figura siga existiendo. Pero, qué
motiva su actuar? no es hambre como otras fieras, mucho menos algún sentido territorial. Como un apetito, una búsqueda que simplemente no puede ser
saciada. Si acaso pudiera compararse con algo, tal vez sería puro
odio.
Y
allí va en cruel carrera a terminar lo que empezó, quizá aún no comprende y
quizá ni siquiera puede sentirlo, quizá simplemente no puede comprender que, en realidad,
aquella enorme bestia es la presa y se está lanzando directamente a las fauces de su
perdición.
Entonces
él dio un paso desde las sombras, tenía las manos y el pecho cubierto de
sangre, lentamente subió sus manos hasta la altura de su rostro en un gesto
confuso, entre ocultando su rostro sonriente y revelando a la vez manchas de
sangre. Sólo con verlo era suficiente para entender, él había disfrutado lo que
había hecho y se regocijaba con el poder que había alcanzado.
Y
yo estaba allí, nos miramos durante un momento hasta que empezó a reír
silenciosamente, como un niño travieso que disfrutando su travesura se ríe
maliciosamente...
Simplemente
no podía dejarlo pasar y ambos lo sabíamos. Estábamos a minutos de completar la
evacuación y no podía dejar que este sujeto fuera por ahí a sus anchas.
-Qué
te parece... sí jugamos un poco...-lo dijo sonriendo, en un tono muy bajo,
casi un susurro, de forma entrecortada, inquietante y perversa.
Supongo
que para él yo no era más que otro juguete de sus perversos caprichos, uno que
casualmente llegó inconscientemente a sus garras y que sin importar lo que
pase, no podría dejar escapar.
Pero
para su sorpresa, no pasó nada.
Imagino que esperaba una reacción, tal vez
quería infundirme miedo y tenía razón, en sus formas y maneras, era peligroso.
Sólo
nos mirábamos, esperaba una reacción y estaba listo para... perseguirme tal vez, pero
había un detalle, yo no correría y mi falta de expresiones desencajaba
profundamente su sangrienta idea de diversión, así que, dejó colgar sus brazos,
se recogió un poco y saltó sobre mí.
Podía
verlo en cámara lenta extendiendo sus brazos terriblemente largos y blancos,
casi cadavéricos que se cernían sobre mi resaltando más las oscuras manchas de
sangre que tenía sobre todo su cuerpo.
Supongo
que el orgullo nos vuelve ciegos, nunca pudo ver más allá de mi fachada; nunca
pudo notarlo, sus ojos estaban perdidos en su propia búsqueda de aquello que
él llamaba diversión.
Sus
largos brazos se cerraron en mi cuello, su rodilla impactó en mi pecho de lleno
y el peso de su cuerpo me empujó a las sombras, haciéndome caer de espaldas...
y en la oscuridad, justo cuando caímos al suelo con gran estrépito lo supo,
algo había salido mal.
Pensó
que sólo eran sus ideas, arrebataría mi vida, consumiría mi alma, e iría por el
siguiente, quizá por aquel grupo de personas que corría asustada, entre tanto caos
seguro que alguien se pierde y nadie lo notaría.
Así que se apresuró a
estrangularme con todas sus fuerzas mientras un brillo extraño resplandecía en
su mirada... Todo era tan fácil.
-A pedir de boca -pensó en obscena agitación...
Y
de pronto en su oscuro placer algo raro llamó su atención, dos brillantes puntos azules le devolvían una mirada fría que lo hacía sentir inseguro, y ese
sentimiento fue creciendo poco a poco, abriéndose paso entre sus carcajadas, reduciéndolas, reemplazando cada gota de su deleite en súbito temor, y luego miedo, y
luego terror... fue progresivo y pude verlo directamente en sus ojos Quería
que sienta exactamente lo mismo que sus víctimas habían sentido...
Me
soltó lo más rápido que pudo y pretendió escapar, retroceder, salir de ahí...
Pero no le daría esa oportunidad, así que tomé sus brazos con las mismas
fuerzas que él me había sujetado, entonces desde mi interior dejé que emergiera una
lenta sonrisa que, en el medio de aquella oscuridad, él pudiera ver claramente y quede grabada en lo profundo de su ser, al menos durante sus últimos momentos...
-Suéltame!-
gritó amenazante y poderosamente.
Para mí no era más que un pequeño insecto atrapado entre mis dedos...
-Suéltame!-
volvió a gritar con más desesperación que ira.
-¿Qué
pasa? ¿No íbamos a jugar un poco?-respondí lentamente y dejé que el terror que quiso infundirme
ahora le causara el mismo efecto... Forcejeó como un animal salvaje que acaba
de caer en una trampa y esa era la descripción más real de lo que estaba
pasando... Jamás lo soltaría y ahora, tendría que dar cuentas por las vidas que
tomó.
Se
agitó y comenzó a cambiar, de pronto era más alto, menos robusto, con brazos y
piernas anormalmente largos, su rostro perfilado, comenzó a desfigurarse hasta
formar algo más parecido a un grotesco perro, de letales fauces y oscuro pelaje... Imponente sí,
pero era en vano y lo notó inmediatamente, porque en el instante que me perdió
de vista, de pronto me vio más grande y comprendió su propia naturaleza, había
sido reducido a pesar de su transformación, a algo muy pequeño y
desesperadamente vulnerable.
Entonces
sintió como aquellos brazos que lo sujetaban comenzaron a levantarlo
y para su terror, le rompió los brazos, todo sin perderlo de vista, simplemente
no podía apartar la mirada, estaba petrificado y ya no mostraba aquella
expresión sonriente de hace unos momentos... Súbitamente fue lanzado al aire,
pestañeó y lo que lo lanzó ya no estaba allí en las sombras de ese callejón.
Y
en un instante, miró a su derecha, pero estaba vacía, miró a su
izquierda pero estaba igual, entonces lo sintió.
Volvió la cabeza como
intentando responder a un presentimiento, pero su cuerpo no respondió a la
velocidad de su miedo y allí estaba yo, descendiendo directamente sobre él para asestarle
el golpe final...
No podía hacer nada, y lo intentó con todas sus fuerzas,
intentó girar, gritar, pedir misericordia, hacer algo, lo intentó pero su
cuerpo simplemente no podía responder a las órdenes erráticas de su mente. Y
nada pudo hacer mientras era impactado y atravesado, ni siquiera pudo gritar. De pronto
daba vueltas en el aire y se vio a sí mismo, parte de sí mismo, cayendo sin control.
El
suelo lo recibió y de pronto la realidad de lo sucedido volvió el tiempo a la
normalidad, pudo respirar, quiso decir algo, pero sólo tosió sangre, la noche
era oscura y comenzaba a llover, las gotas caían sobre su rostro molestando su vista y
permitiéndole apreciar su situación. Escuchó algo e inclinó su cabeza, eran
pasos y alguien se acercaba. Ese alguien llegó y se inclinó a su lado.
Eran
los mismos ojos... pero ya no le infundían temor, había algo distinto, dolor
tal vez.
Quiso
decir algo, pero simplemente no había que decir... ya no era el tiempo.
No
podía moverse, hace instantes todo era todo agitación pero ahora todo era
quietud, lluvia y silencio.
Y
a la mitad de la noche, en una oscura calle, la vida se le escapó en medio de
la lluvia.
Vastian
lo siguió contemplando un tiempo y descubrió que en sus últimos momentos, volvió a ser
humano, volvió a ser aquel niño asustado al que el mundo le pasó por encima y
lo cegó con oscuro poder...
Tal
vez no se pierden para siempre, pensó. Seguidamente se puso en pie, levantó la mirada y vio la calle que conducía a la multitud, inocente, temerosa, apresurada y sin perder la mirada retrocedió silente hasta desaparecer entre las sombras de la noche en un callejón cualquiera de esta ciudad desventurada.
Claudita era una compañerita del salón que, de una manera un poco
infortunada, terminó siendo mi pareja de baile de promoción cuando terminaba primaria.
Pobre pequeña, estoy seguro que de haber podido elegir hubiera escogido otro
amiguito, quizá uno más conocido, porque sinceramente, no recuerdo haber hablado
con ella ni una sola vez hasta ese día y tampoco recuerdo que hablásemos durante el baile o años después.
Esa noche yo estaba tan abrumado, de un día para otro sucedió el
baile de promoción y recuerdo que era un dolor de cabeza organizativo, como
suelen ser todos estos eventos escolares. Recuerdo que, se había acordado que mi pareja de promoción iba a ser una compañerita del salón con quien sí
jugaba y conversaba a menudo, pero a último momento algo pasó, creo que algunos faltaron y
algunos se quedaron en el aire. Para arreglar la situación movieron acompañantes y
me tocó con Claudita.
Recuerdo que estaba incómoda, y espero de todo corazón que no haya sido por tener que
acompañarme a mí, chato, gordito y nervioso, sino por la situación que vivíamos, movidos
totalmente de nuestra pequeña zona segura.
Me parece que Claudita no procesaba bien la incertidumbre; pero, quién lo consigue a los 6 años!, y me parece además que, como yo, Claudita estaba asustada
por todas las cosas que pasaban fuera de nuestro control. Simplemente, ser movidos de aquí para allá, puestos en lugares
en los que no esperábamos estar, pues nos generaba más stress del que ya traíamos con nosotros. Como
resultado, me encontré emparejando con una niña tímida, callada e incómoda y
ella no era así, era una niña normal que tenía amigos, corría, jugaba, reía, bromeada, una niñita feliz.
Pero lo peor era que yo estaba allí, y aunque no había hecho
nada malo, me sentía culpable. No sabía que decirle, no sabía que inventarle, no se podía jugar en aquel
lugar, no podíamos hacer nada más que intentar sonreír para las innumerables fotos y filmación, que una y otra vez los padres y profesores hacían pasar y pasar.
Por otra parte, ni una sola vez en mi infantil existencia había bailado el Danubio
azul. Y sabe Dios que, recién allí, bajo luces multicolores y un calor excesivo, por primera vez fui consciente de
la existencia de esta melodía y por primera vez comprendía que era un tema protocolar de esta clase de
eventos.
La tarde siguió hasta volverse noche, los padres
comieron con sus hijos y luego de repartir el inmenso pastel cada quien quedó libre para
irse a sus hogares, con un recuerdo y la promesa de una grabación a la máxima calidad disponible, no existía el HD.
Pasó el tiempo, pero no volví a ver a Claudita, me hubiera gustado haberla
conocido aunque sea un poquito, hubiéramos podido al menos acompañarnos aquella noche, y no sentirnos tan dirigidos. Estoy seguro que, ella quería reír, jugar y saltar como todos,
pero que aquel día, también estoy seguro, fue obligada a sonreír.
Hoy, ochocientos años después, dudo que Claudita haya olvidado este
episodio, especialmente como se sintió y si tiene hijos, seguramente recordará que cuando uno es
pequeño, todo importa y también tienen sentimientos, expectativas e inquietudes.
Recuerdo los pasos camino a casa, aún me zumbaban
los oídos y había muchas cosas que olvidaría de aquella tarde, pero nunca
olvidé a Claudita y lo que uno siente cuando es pequeño.
Duermen.
Sus caritas no revelan otra cosa que un profundo sueño.
Y tras sus párpados, en lo profundo de sus ilusiones, sueños y esperanzas van construyendo su confianza.
Y me pregunto si, cuando fue mi turno, también fui "visto" con la misma
fascinación y aceptación.
Y me pregunto si, cuando era "visto", quién me veía también estaba
consciente que aquellos tiempos, no volverían.
Porque nadie vuelve en realidad, ninguno puede, por
mucho que se esfuerce, otorgarle el mismo brillo a sus días. El hoy es un recuerdo del
mañana.
Empero, ellos duermen el sueño de la infancia.
Me acerco a su lado, me siento al borde de sus camitas y acaricio sus
cabellos, debo partir, pero sabe Dios que me gustaría quedarme a su lado un poco más y
solamente contemplar, cuanto han crecido.
Ya no son los bebés que no hace mucho yo cargaba entre mis brazos,
hasta que, rendidos de sueño, dormían en paz.
Y lo sé muy bien, soy consciente que sólo soy polvo y que en un pestañeo partiré,
en una suave brisa continuaré mi viaje, y ya casi no queda tiempo,
algunos años más y partirán de mi lado,
algunos años más y partiré de su lado... a continuar mi propio viaje,
pero que no quepa duda, los amaré para siempre y para siempre seré su
"papito".
Así pues, duerman mis pequeños... como semillas a punto de brotar y
dispararse al cielo, a sus sueños y esperanzas, duerman y prepárense que nadie
los podrá detener, para eso fueron creados, para ascender, para crecer, para
alcanzar, para brillar!
Duerman pequeñas luces, que yo guardaré su descanso, el tiempo que me
sea concedido.
Y también, llegado el tiempo, verán mi propio camino y sabrán que yo anduve por ahí,
voltearán la mirada y encontrarán mi mensaje... Sigan avanzando, abriré brecha, pero no los acompañaré mucho tiempo, sólo puedo señalar el
sendero, iré con ustedes unos pasos, sostendré sus esperanzas, así como sostuvieron las mías
y cuando sea el momento... volarán, no lo duden, volarán!.
Quizá ni vuelvan la mirada... quizá ni siquiera me recuerden... quizá
mi historia termine justo allí.
Pero su historia, su propia historia, continuará más allá de donde
termine la mía.
Así que, aten sus esfuerzos a un sueño, no a un viejo como yo, ni a mis
palabras, que tan iguales como yo, quedaremos en la brisa.
Aten sus sueños a un
propósito, a uno grande, y vivan como si nadie hubiera vivido antes que ustedes.
Estírense y toquen esas estrellas, que nosotros, no pudimos alcanzar.
Y cuando hayan partido, al borde mismo, tanto si voltean como si
no, los seguiré con la mirada.
Claro que los seguiré y los seguiré mientras vuelen, y si el Poderoso lo permite, seguiré mirándolos
desde el más allá. Ah, pero no será para siempre, yo también proseguiré.
He vivido mucho tiempo en tinieblas
como para saber que la luz es el camino y con esa certeza, algún día, nos
volveremos a encontrar.
Es entonces que, beso sus frentes, los abrigo, los bendigo y me pongo en
marcha.
Mientras tanto, ellos duermen el sueño de la vida.
Y yo, yo persigo la luz.
Te
lo dije, escribiría de ti, te volvería literatura y así, en silente venganza,
me libraría de ti.
Ha
pasado mucho tiempo y hoy he vuelto a escribir de Lya.
Es
como si en cada repaso de mi memoria, esta pudiera ofrecerme una nueva vista,
mi memoria no falla, pero quizá la fantasía ya esté comenzando a sazonar este
recuerdo. ¿Quién lo sabrá?
Pero
me doy cuenta que el recuerdo, el instante que viene a mi mente cuando lo
recuerdo, no es la misma persona que busqué y de la que finalmente me despedí,
no son el mismo ser, y entonces me pregunto... ¿Qué pasó mientras yo andaba egoísta y
orgulloso? ¿Qué le pasó a su sonrisa?, ¿Qué le pasó a su bella alma?
Cierro
los ojos y allí está, tímida, femenina, una jovencita risueña, despierta, feliz
de estar viva, feliz quizá de las nuevas experiencias, feliz quizá del día a
día, allí estaba, ofreciendo algo diferente a los días y las noches, y dando,
claro, lo mejor de sí, con aciertos y con errores, original, humilde, ella y su
sonrisa, eso era todo mi recuerdo.
Pero,
cuando volví, sus sonrisas no eran para mí, o tal vez sí, no, tal vez la
sorpresa me otorgó su sonrisa unos cuantos días, pero luego mi estúpido yo no
pudo mantenerla cautivada, y persiguió otras luces, buscó otras esencias, y allí
me quedé, varado a la mitad de un parque cualquiera.
Oh,
pero por supuesto que no fui abandonado allí, fui abandonado meses, sino años
atrás, cuando no estuve, cuando buscaba en otros cielos mis propias estrellas,
la vida seguía, y estúpidamente yo creía que la luna se detendría en el cielo
sólo para mí... Cuan equivocado puede estar un hombre, cuan perdida puede estar
toda esperanza, fue acaso un engaño? Claro que no, fue acaso una traición? Claro que no. No se puede reclamar lo que nunca fue de uno, no se puede buscar
aquello que no existe, no se puede amar un recuerdo, se muere uno.
Se
siente, se duele y se sangra, con letras, con prosa, con poesía, con miradas,
con recuerdos, se llora aquello que se pierde, aquello que no se logra
alcanzar, aquello por lo cual nos estiramos pero que... tristemente no podemos
ni rozar.
La
Lya que encontré cuando finalmente fui por ella, había cambiado, experiencias,
vivencias, decisiones, su propia vida había pasado y todo aquello la había
hecho cambiar, tuvo que amoldarse, tuvo que hacerse fuerte y endurecer aquellas
partes frágiles de su alma, tuvo que madurar, tuvo que elegir y cargar con las
consecuencias de sus decisiones, tuvo que elegir.
Y yo... yo sólo era una... espero... yo, yo no
era nada, ni siquiera una promesa, yo era la ilusión...
Siempre
fui la ilusión que no podía tocar, la ilusión que endulzaba sus propias
ilusiones, yo fui la traición, la promesa que no llega, la luz que no ilumina,
que no da calor, la luz que sólo ves, contemplas, pero jamás puedes tocar, una
estrella, eso fui en su cielo.
Y
cuando al fin, pudo perseguir algo real, no perfecto, real, reaparecí
pretendiendo una realidad que varias veces le había demostrado ser... pasajera,
irreal, como un fantasma del pasado que deambula y pasa, una brisa, o peor, una
posibilidad imposible.
Así
que fue sabia, eligió ver lo real, eligió seguir con todas sus fuerzas tras una
posibilidad, tras algo real, eligió ir tras su propia valentía, eligió vivir,
no voltear, voltear, dudar, no dudar, como sea, pero seguir andando, seguir
buscando, seguir intentando...
Pero
esas son las sombras que en mi lado nunca pude percibir, quizá fueron las
partes de su ser que egoístamente elegí no mirar, partes de su alma que elegí
no reconocer, porque era más cómodo simplemente dejarse caer que enfrentar un
corazón con carácter, que no teme elegir quemarse si ello le permite acercarse
a la luz que tan desesperadamente necesita...
Yo,
simplemente era un maldito egoísta que no podía concebir que las estrellas
brillaran en otro cielo, tan sólo una piedra vacía, incapaz de moverse
fieramente como aquella supuesta luna ilusoria hacía. Y es que la verdad, la
luna ilusoria la cree yo, Lya simplemente fue una perseguidora de la luz.
Han
pasado más de 12 años y hoy he vuelto a escribir de Lya.
Lo
siento.
Supongo,
notarás que, realmente nunca fui el héroe de esta historia, era Lya, yo sólo
era la ilusión, Ja, yo era el tormento, la mala broma... Yo era la sombra. Yo era
en última instancia la ilusión.
Oh,
pero no te decepciones aún mi joven lector, porque la historia no termina allí,
de hecho, en este punto de mi vida recién estaba comenzando y todo al final obró
para bien. No fui una sombra para siempre, tal vez haya existido muchos años
así, pero tú que me conociste pudiste darte cuenta que cambié, y con el cambio
vino la comprensión, y con la comprensión, vino mi propia redención. Y no me
cuesta decir que aprendí de mis errores y aprendí también a enfrentar mis
propios demonios, no sin lágrimas claro, pero perseguí mi propia luz, aquellos
sueños que si eran para mí, y sabe Dios que luché, lucho y lucharé por ellos,
en esta vida y las que vengan, lo haré, con mis fuerzas y sin ellas...
Para
mí, sólo tener la oportunidad de sostener una espada ya es mi bendición.
Así
que, puedo decirlo?
Si,
si puedo... puedo arder!
Soy fulgor, puedo extender mis alas... soy libre.
Mi
querida Lya, ese IIkaryo de hace tantos años, si bien se volvió ilusión por
nunca acercarse, siempre te amará, no puedo cambiar el pasado. En ese pequeño espacio de mi eternidad
existe una Lya para un IIkaryo, una caminata en el atardecer y susurros en el
viento, siempre viviremos en ese breve momento de la existencia y allí entre
la brisa y arena, bajo un pacto secreto, siempre seremos una historia y una esperanza, un sueño y una ilusión, un suspiro... y una promesa.
Adiós!
mi mejor amiga!
Quedaron marcados en mi alma, cual recuerdos proscritos de noches perdidas, los momentos en que con fascinante vehemencia, nos entregamos a toda pasión.
Olvidando por un instante la mesura, la prudencia, el decoro, como si alguno de nosotros aún pudiera evocar tan razonables argumentos, nos lanzamos de lleno a devorarnos hasta que no quedó nada en solitario.
Recuerdo haber descubierto todos sus límites, haber explorado todos los espacios y recorrer todos los secretos, una y mil veces, por si acaso.
Y estoy seguro, que en la quietud de su calma, ella también lo recuerda.
Uno simplemente no puede volver a ser el mismo, a tal nivel nos fundimos en impetuoso querer, que nuestras almas se fueron fundiendo en extremos insospechados y dolorosos.
Y aún cargo con el recuerdo, que como cruel bandido, asalta en medio de la quietud buscando hacer arder cualquier ceniza.
Aún recuerdo, y lo recuerdo bien.
Pero ya no soy el mismo, ni quisiera volver a serlo.
Aquel tiempo, aquella vida, aquellos instantes... cadenas!
Gruesas cadenas que tuve que cortar para poder seguir viviendo.
No hay otro camino para el culpable, aún si perdonado, deberá llevar las marcas, deberá intentarlo, aunque sople el viento y el recuerdo le torture.
Dios perdona, pero la vida no muestra la misma misericordia,
no lo hizo antes, no lo hará después... y no me importa.
Volveré a levantarme, marcado pero no herido y seguiré caminando.
Con culpa o sin culpa, manos pequeñas sujetan las mías, y yo no dudo.
Mis pasos son firmes, mi luz está delante y sonrío.
Hoy, mi espalda se refleja en miradas inocentes.
Y si al pasado no le parece, Ja!

Un par de años después de iniciar mi búsqueda conocí a esta señorita, la recuerdo bien.
Era una niña bonita, tranquila y amable como toda niña bonita puede ser, pero había una sombra indescifrable en su mirada. Era delicada, elegante como una flor, pero a la vez... era hiriente, como un vidrio que no sabes cuan filoso es hasta que ves la sangre.
A veces mientras caminábamos juntos, yo intentaba descifrarla. Tenía la impresión que Carlita era como una especie de bomba que podría estallar en cualquier momento. Me pregunto si alguien más podía ver esa advertencia en sus ojos, oculta profundamente tras sus bellas facciones; aunque claro, sólo era una impresión mía.
Ellos sólo podían preguntar: ¿Quién era esa niña?, mientras que yo preguntaba: ¿Qué tiene esa niña? y el más desesperanzador: ¿Qué puedo hacer yo por ella?
Carlita vivía, estudiaba, tenía amigas, jugaba, sonreía, atendía la clase, hacía sus tareas y caminaba a casa como una niña normal, y a veces en esas caminatas estaba yo también.
Carla era mi amiga por 2 razones muy particulares, su mamá trabajaba en mi casa, así que Carlita era algo así como una especie de prima con la que juegas y caminas a todo lado, colegio a casa, casa a colegio. Y la segunda razón era porque simplemente me gustaba y quería caminar con ella. Pero como dije al inicio de la historia, Carlita ocultaba algo en su semblante, como si algo estuviera fuera de su alcance, como si le hubieran quitado algo.
"Carla no tiene papá", fue lo que escuché de mi mamá cuando pregunté por ella.
Según parece, su papá había desaparecido años atrás, cuando aún era pequeña y no había vuelto. Y la verdad... ese sólo conocimiento se volvió un muro entre nosotros, pues yo no sabía qué decirle y según recuerdo, ella resentía esa carencia cada vez que iba a mi casa. Y sin querer y sin darme cuenta, me fui volviendo a ojos de la propia Carlita en algo molesto, algo que la hería y aunque estoy seguro no podía explicarlo, seguía hiriéndola.
Jamás me había visto como "alguien afortunado" por tener a mis padres conmigo, yo simplemente pensaba que era normal, pero conocerla me hizo entender que en realidad era una bendición y que algunas familias tristemente están rotas. Y confieso que, aunque le pregunté en varias oportunidades (siempre yo tan empático), nunca me dio una respuesta completa, eludía el tema.
Hasta que un día, harta de mi insistencia, me dijo que él, su papá, se había ido y las había abandonado. Esa tarde caminamos en silencio, no supe qué decir y me arrepentí profundamente de haber querido saber. No recuerdo por qué hice algo tan estúpido.
Luego de ello pasó un tiempo hasta que pudimos volver a ser amigos, nuestras caminatas antes risueñas, se volvieron frías y silenciosas. Recuerdo seguirla en silencio, a cierta distancia, como dos desconocidos que simplemente iban en la misma dirección. Pero un día me dijo que extrañaba poder caminar y hablar de cualquiera cosa, extrañaba que siempre la hiciera reír y ser amigos. Esa misma tarde le volví a pedir perdón, tomé su mano y caminamos así hasta llegar a casa.
Me gusta pensar que ayudé en algo a esta pequeña, pero la verdad es que, para ella, yo sólo era un amiguito, ella no necesitaba un amiguito, ella necesitaba un papá y no cualquiera, sino a su propio papá... Qué no hubiera dado por traerlo de vuelta, obligarlo a ver lo que había hecho, hacerle entender lo importante que era su presencia/ausencia en la vida de mi amiga, qué no hubiera dado por sanar su corazón, pero para empezar era algo imposible para mi.
Sólo Dios sabe cómo habría sido una historia entre nosotros, una historia feliz espero decir, dónde ambos seguíamos un camino de vida juntos hasta que al final nos encontrásemos con el mismísimo creador. Habría sido una historia idílica tal vez, pero era una historia que para empezar no podía despegar pues le faltaba lo esencial, había un amor diferente entre los dos, nos habíamos vuelto hermanos. Así pues, esta se convirtió en la historia de un falso despegue o quizá, ni siquiera había avión.
Y bueno, pasó el tiempo y terminó aquella etapa escolar, su mamá dejó de trabajar en mi casa y un día Carlita fue trasladada a otro colegio, dejamos de frecuentarnos, era imposible que pudiéramos caminar juntos otra vez y así como cuando dos personas se despiden, cada uno siguió un camino diferente, desconocido, misterioso, sorpresivo, expectante, qué encontraríamos pasos adelante, qué puertas se abrirán, que cosas veríamos y que escucharíamos... Sólo podíamos descubrirlo andando y sorprendentemente, no quisimos voltear, sólo andar. Supongo que algunas veces lo mejor que podemos hacer es seguir andando, las heridas, las tristezas, no se mueven, pero nosotros no estamos atados a ellas, o no debería ser así, por eso sufrimos y por eso cada quien busca seguir avanzando, a veces con dolor, a veces con ilusión y a veces también, porque es necesario.