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Fecha Publicación: 2020-09-10T15:07:00.000-07:00

En medio de tan procelosas tempestades, y corriendo tiempos tan turbios y aciagos, despertó Dios a sus grandes profetas, para que hicieran resonar en Judá el eco de su palabra y sacaran de su profundo olvido y hondo letargo a los reyes idólatras, a los sacerdotes ociosos y a aquellas bárbaras muchedumbres, dadas a sediciones y tumultos. Jamás en ningún pueblo de la tierra, antiguo ni moderno, hubo una institución tan admirable, tan santa y tan popular como la de los profetas del pueblo de Dios.

 

Atenas tuvo poetas y oradores; Roma, tribunos y poetas. Los profetas del pueblo de Dios fueron poetas, tribunos y oradores a un tiempo mismo; como los poetas, cantaban las perfecciones divinas; como los tribunos, defendían los intereses populares; como los oradores, proponían lo que juzgaban conforme a las conveniencias del Estado. Un profeta era más que Homero, más que Demóstenes, más que Graco; era Graco, Homero y Demóstenes a un mismo tiempo. El profeta era el hombre que daba de mano a todo regalo de la carne y a todo amor de la vida, y que, mensajero de Dios, tenía el encargo de poner su palabra en el oído del pueblo, en el oído de los sacerdotes y en el oído de los reyes. Por eso los profetas amenazaban, imprecaban, maldecían; por eso dejaban escaparse de sus pechos, poderosas, tremendas, aquellas voces de temor y de espanto que se oían en Jerusalén cuando venía sobre ella con ejército fortísimo y numerosísimo el rey de Babilonia, ministro de las venganzas de Jehová, y de sus iras celestiales.

 

Los poetas cesáreos miraban siempre, antes de hablar, los semblantes de los príncipes. Los oradores y los tribunos de Atenas y de Roma tenían puestos los ojos, antes de soltar los torrentes de su elocuencia, en los semblantes del pueblo; los profetas de Israel cerraban los ojos para no lisonjear ni los gustos de los pueblos ni los antojos de los reyes, atentos sólo a lo que Dios les decía interiormente en sus almas; por eso hicieron frente a los odios implacables de los príncipes, que, habiendo puesto su sacrílega mano en el templo de Dios, no temían ponerla en el rostro augusto de sus profetas; por eso resistieron con constantísimo semblante a la grande indignación y bramido popular, creciendo su constancia al compás de la persecución y al compás de las olas de aquellas furiosas tempestades, sin que se doblegasen sus almas sublimes al miedo de los tormentos; por eso, en fin, casi todos, o entregaron sus gargantas al cuchillo o buscaron en tierras extrañas un triste sepulcro.

Yo no sé, señores, si hay en la Historia un espectáculo más bello que el de los profetas del pueblo de Dios luchando armados con el solo misterio de la palabra, contra todas las potestades de la tierra. Yo no sé si ha habido en el mundo poetas más altos, oradores más elocuentes, hombres más grandes, más santos y más libres; nada faltó a su gloria: ni la santidad de la vida, ni la santidad de la causa que sustentaron, ni la corona del martirio.

Discurso académico sobre la Biblia Juan Donoso Cortés

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/discurso-sobre-la-biblia--0/html/ff0f72fa-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html

Escultura "El profeta" de Pablo Gargallo


Fecha Publicación: 2020-09-10T14:32:00.001-07:00

Les comparto con el mayor gusto el PDF con la Historia de San Marcos del P. Calancha. Como me escribe el propio autor P. Javier Campos "por fin se ha hecho realidad disponer del texto de Calancha (muy mal copiado por un amanuense anónimo), pero es el ejemplar que se conserva en el Archivo de Indias de Sevilla, con una introducción que recupera la figura grande del P. Antonio de la Calancha, bastante documentada". Fray Antonio de la Calancha, OSA Historia de la Universidad de San Marcos de Lima. San Lorenzo del Escorial 2020, pp. 7-49. La transcripción corre a cargo de la doctora Cristina Flórez. TEXTO PDF https://javiercampos.com/es/novedades/?fbclid=IwAR3jrKlsbqdA-NJPe6FeKm9uy-V3m2IRpyUlqYZpfniH5cvJax4ciRiTIK0

Una buena biografía pueden encontrarla en el https://www.dhial.org/ CALANCHA, FRAY ANTONIO DE LA Revista Peruana de Historia Eclesiástica, 2 (1992) 233-245]  (Chuquisaca, 1584 – Lima, 1654) Religioso agustino, misionero, cronista. Dr. Guillermo Lohman Villena


Fecha Publicación: 2020-09-10T09:20:00.001-07:00

Amigos: Les comparto este entrañable artículo del maestro de la filosofía y de la vida como es Carlos Díaz, con el deseo de que no se canse nunca de seguir luchando siempre. https://www.facebook.com/EmmanuelMounierphilosophe/

JAB


Mambrú se fue a la guerra, no sé cuándo vendrá

 

 Queridos amigos y amigas, hermanas y hermanos:

Se nos ha echado encima el mes de septiembre, pero la crisis sigue azotando en todos los terrenos con cierta intensidad, en algunos aspectos más que en otros. Yo con este artículo también desearía irme despidiendo como quintacolumnista, pues tal me siento a tenor de la prácticamente nula repercusión de mi palabra en otras palabras, con alguna excepción que agradezco en el alma. Escribir y no ser respondido es algo normal para mucha gente y, aunque no constituya mi plato favorito, tampoco puedo ignorar que cada uno escribe o no escribe si quiere, cuando quiere, y a quien quiere.

Desde mi punto de vista, he permanecido estos meses y sus muchos días con esta columnita al pie de un cañón que no tonitrona, que carece de eco, que se ha agrietado, que no dispara por elevación, y que está a punto de estallar en mis propias manos de artificiero, aunque sean cada día más y más poderosos aquellos enemigos a los que quisiera abatir frontalmente, pobre de mí, no conociendo mejor modo de hacerlo.

Verdad es que todavía quisiera poseer el mínimo de lucidez para no bajarme de mi Rocinante y subir después al asno triunfal de lo cotidiano, pero no espero ganar la guerra yo solito, seguramente no he perdido el juicio hasta ese extremo; por muy anarquista que sea, no llego a tanto como para presentarme, soldadito español, soldadito valiente, con mis cartuchos de dinamita en un frente tan inmenso y tan poderoso.

Pido al menos me sea concedido seguir disparando siquiera sea cartuchos de fogueo, pero no sin la belleza de algunos fuegos de artificio. Desearía, en cualquier caso, no llegar al frente con la pólvora mojada, pues cuando eso ocurra será que el virus del desaliento se habrá apoderado de cada una de mis articulaciones: hice lo que pude, corrí mi carrera, alabado sea su Santo Nombre.

Un fuerte abrazo hasta siempre.

 

Carlos Díaz 


Fecha Publicación: 2020-09-09T06:03:00.001-07:00

Amigos: En el mes de la Biblia he vuelto a saborear el bello texto de este converso católico e intelectual Donoso Cortés y que con mucho gusto les comparto.

Bendiciones

JAB

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/discurso-sobre-la-biblia--0/html/ff0f72fa-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html

Discurso académico sobre la Biblia

Juan Donoso Cortés





Señores

Llamado por vuestra elección a llenar el vacío que ha dejado en esta Academia un varón ilustre por su doctrina, célebre por la agudeza y la fecundidad de su ingenio y por su literatura y su ciencia merecedor de eterna y esclarecida memoria, ¿qué podrá decir que sea digno de escritor tan eminente y de esta nobilísima asamblea quien como yo es pobre de fama y escaso de ingenio? Puesto en caso tan grave, me ha parecido conveniente escoger para tema de mi discurso un asunto subidísimo, que, cautivando vuestra atención, os fuerce a apartar de mí vuestros ojos, para ponerlos en su grande majestad y en su sublime alteza.

Hay un libro, tesoro de un pueblo que es hoy fábula y ludibrio de la tierra, y que fue en tiempos pasados estrella del Oriente, adonde han ido a beber su divina inspiración todos los grandes poetas de las regiones occidentales del mundo y en el cual han aprendido el secreto de levantar los corazones y de arrebatar las almas con sobrehumanas y misteriosas armonías. Ese libro es la Biblia, el libro por excelencia.

En él aprendió Petrarca a modular sus gemidos; en él vio Dante sus terríficas visiones; de aquella fragua encendida sacó el poeta de Sorrento los espléndidos resplandores de sus cantos. Sin él, Milton no hubiera sorprendido a la mujer en su primera flaqueza, al hombre en su primera culpa, a Luzbel en su primera conquista, a Dios en su primer ceño; ni hubiera podido decir a las gentes la tragedia del paraíso, ni cantar con canto de dolor la mala ventura y triste hado del humano linaje. Y para hablar de nuestra España, ¿quién enseñó al maestro fray Luis de León a ser sencillamente sublime? ¿De quién aprendió Herrera su entonación alta, imperiosa y robusta? ¿Quién inspiraba a Rioja aquellas lúgubres lamentaciones, llenas de pompa y majestad y henchidas de tristeza, que dejaba caer sobre los campos marchitos, y sobre los mustios collados, y sobre las ruinas de los imperios, como un paño de luto? ¿En cuál escuela aprendió Calderón a remontarse a las eternas moradas sobre las plumas de los vientos? ¿Quién puso delante de los ojos de nuestros grandes escritores místicos los oscuros abismos del corazón humano? ¿Quién puso en sus labios aquellas santas armonías, y aquella vigorosa elocuencia, y aquellas tremendas imprecaciones, y aquellas fatídicas amenazas, y aquellos arranques sublimes, y aquellos suavísimos acentos de encendida caridad y de castísimo amor, con que unas veces ponían espanto en la conciencia de los pecadores y otras levantaban hasta el arrobamiento las limpias almas de los justos? Suprimid la Biblia con la imaginación, y habréis suprimido la bella, la grande literatura española, o la habréis despojado al menos de sus destellos más sublimes, de sus más espléndidos atavíos, de sus soberbias pompas y de sus santas magnificencias.

¿Y qué mucho, señores, que las literaturas se deslustren, si con la supresión de la Biblia quedarían todos los pueblos asentados en tinieblas y en sombras de muerte? Porque en la Biblia están escritos los anales del cielo, de la tierra y del género humano; en ella, como en la divinidad misma, se contiene lo que fue, lo que es y lo que será; en su primera página se cuenta el principio de los tiempos y el de las cosas, y en su última página el fin de las cosas y de los tiempos. Comienza con el Génesis, que es un idilio, y acaba con el Apocalipsis de San Juan, que es un himno fúnebre. El Génesis es bello como la primera brisa que refrescó a los mundos, como la primera aurora que se levantó en el cielo, como la primera flor que brotó en los campos, como la primera palabra amorosa que pronunciaron los hombres, como el primer sol que apareció en el Oriente. El Apocalipsis de San Juan es triste como la última palpitación de la naturaleza, como el último rayo de luz, como la última mirada de un moribundo. Y entre este himno fúnebre y aquel idilio vense pasar unas en pos de otras a la vista de Dios todas las generaciones y unos en pos de otros todos los pueblos: las tribus van con sus patriarcas; las repúblicas, con sus magistrados; las monarquías, con sus reyes, y los imperios, con sus emperadores. Babilonia pasa con su abominación, Nínive con su pompa, Menfis con su sacerdocio, Jerusalén con sus profetas y su templo, Atenas con sus artes y con sus héroes, Roma con su diadema y con los despojos del mundo. Nada está firme sino Dios; todo lo demás pasa y muere, como pasa y muere la espuma que va deshaciendo la ola.

Allí se cuentan o se predicen todas las catástrofes, y por eso están allí los modelos inmortales de todas las tragedias; allí se hace el recuento de todos los dolores humanos; por eso las arpas bíblicas resuenan lúgubremente, dando los tonos de todas las lamentaciones y de todas las elegías. ¿Quién volverá a gemir como Job cuando, derribado en el suelo por una mano excelsa que le oprime, hinche con sus gemidos y humedece con sus lágrimas los valles de Idumea? ¿Quién volverá a lamentarse como se lamentaba Jeremías en torno de Jerusalén, abandonada de Dios y de las gentes? ¿Quién será lúgubre y sombrío como era sombrío y lúgubre Ezequiel, el poeta de los grandes infortunios y de los tremendos castigos, cuando daba a los vientos su arrebatada inspiración, espanto de Babilonia? Cuéntanse allí las batallas del Señor, en cuya presencia son vanos simulacros las batallas de los hombres; por eso la Biblia, que contiene los modelos de todas las tragedias, de todas las elegías y de todas las lamentaciones, contiene también el modelo inimitable de todos los cantos de victoria. ¿Quién cantará como Moisés del otro lado del mar Rojo, cuando cantaba la victoria de Jehová, el vencimiento de Faraón y la libertad de su pueblo? ¿Quién volverá a cantar un himno de victoria como el que cantaba Débora, la sibila de Israel, la amazona de los hebreos, la mujer fuerte de la Biblia? Y si de los himnos de victoria pasamos a los himnos de alabanza, ¿en cuál templo resonaron jamás como en el de Israel, cuando subían al cielo aquellas voces suaves, armoniosas, concertadas, con el delicado perfume de las rosas de Jericó y con el aroma del incienso del Oriente? Si buscáis modelos de la poesía lírica, ¿qué lira habrá comparable con el arpa de David, el amigo de Dios, el que ponía el oído a las suavísimas consonancias y a los dulcísimos cantos de las arpas angélicas; o con el arpa de Salomón, el rey sabio y felicísimo, que puso la sabiduría en sentencias y en proverbios y acabó por llamar vanidad a la sabiduría; que cantó el amor y sus regalados dejos, y su dulcísima embriaguez, y sus sabrosos transportes, y sus elocuentes delirios? Si buscáis modelos de la poesía bucólica, ¿en dónde los hallaréis tan frescos y tan puros como en la época bíblica del patriarcado, cuando la mujer, la fuente y la flor eran amigas, porque todas juntas y cada una de por sí eran el símbolo de la primitiva sencillez y de la cándida inocencia? ¿Dónde hallaréis sino allí los sentimientos limpios y castos, y el encendido pudor de los esposos, y la misteriosa fragancia de, las familias patriarcales?

Y ved, señores, por qué todos los grandes poetas, todos los que han sentido sus pechos devorados por la llama inspiradora de un Dios, han corrido a aplacar su sed en las fuentes bíblicas de aguas inextinguibles, que ahora forman impetuosos torrentes, ahora ríos anchurosos y hondables, ya estrepitosas cascadas y bulliciosos arroyos, o tranquilos estanques y apacibles remansos.

Libro prodigioso aquél, señores, en que el género humano comenzó a leer treinta y tres siglos ha, y con leer en él todos los días, todas las noches y todas las horas, aún no ha acabado su lectura. Libro prodigioso aquél, en que se calcula todo antes de haberse inventado la ciencia de los cálculos; en que sin estudios lingüísticos se da noticia del origen de las lenguas; en que sin estudios astronómicos se computan las revoluciones de los astros; en que sin documentos históricos se cuenta la Historia; en que sin estudios físicos se revelan las leyes del mundo. Libro prodigioso aquél, que lo ve todo y que lo sabe todo; que sabe los pensamientos que se levantan en el corazón del hombre y los que están presentes en la mente de Dios; que ve lo que pasa en los abismos del mar y lo que sucede en los abismos de la tierra; que cuenta o predice todas las catástrofes de las gentes, y en donde se encierran y atesoran todos los tesoros de la misericordia, todos los tesoros de la justicia y todos los tesoros de la venganza. Libro en fin, señores, que, cuando los cielos se replieguen sobre sí mismos como un abanico gigantesco, y cuando la tierra padezca desmayos, y el sol recoja su luz y se apaguen las estrellas, permanecerá él solo con Dios, porque es su eterna palabra resonando eternamente en las alturas.

Ya veis, señores, cuán libre y extendido campo se abre aquí a las investigaciones de los hombres. Obligado, empero, por la índole exclusivamente literaria de esta ilustre asamblea, a considerar a la Biblia solamente como un libro que contiene la poesía de una nación digna de perdurable memoria, me limitaré a indicar algo de lo mucho que podría indicarse y decirse acerca de las causas que sirven para explicar su poderoso atractivo y su resplandeciente hermosura.

Tres sentimientos hay en el hombre poéticos por excelencia: el amor a Dios, el amor a la mujer y el amor a la patria; el sentimiento religioso, el humano y el político; por eso, allí donde es oscura la noticia de Dios, donde se cubre con un velo el rostro de la mujer y donde son cautivas o siervas las naciones, la poesía es a manera de llama que, falta de alimentos, se consume y desfallece. Por el contrario, allí donde Dios brilla en su trono con toda la majestad de su gloria, allí donde impera la mujer con el irresistible poder de sus encantos, allí donde el pueblo es libre, la poesía tiene púdicas rosas para la mujer, gloriosas palmas para las naciones, alas espléndidas para encumbrarse a las regiones altísimas del cielo.

De todos los pueblos que caen al otro lado de la Cruz, el hebreo es el único que tuvo una noticia cierta de Dios; el solo que adivinó la dignidad de la mujer y el único que puso siempre a salvo su libertad en los grandes azares de su existencia borrascosa. Y si no, volved los ojos al Oriente, al Occidente, al Septentrión y al Mediodía, y no encontraréis ni a la mujer, ni a Dios, ni al pueblo, en cuanto baña el sol, y en cuanto se extiende el mar, y en cuanto se dilatan los términos de la tierra. Desde el punto de vista religioso, todas las naciones eran idólatras, maniqueas o panteístas. La noticia de un Dios consustancial con el mundo, esparcida entre todas las gentes en las primitivas edades, tuvo su origen en las regiones indostánicas. La existencia de un Dios, principio de todo bien, y de otro, principio de todo mal, haciéndole oposición y contraste, fue invención de los sacerdotes persas; y las repúblicas griegas fueron el ejemplar de las naciones idólatras. El Dios del Indostán estaba condenado a un eterno reposo; el de los persas, a una impotencia absoluta, y los dioses griegos eran hombres.

Por lo que hace a la mujer, estaba condenada en todas las zonas del mundo al ostracismo político y civil y a la servidumbre doméstica. ¿Quién reconocería en esa esclava, con la frente inclinada bajo el peso de una maldición tremenda y misteriosa, a la más bella, a la más suave, a la más delicada criatura de la creación, en cuyo divino rostro se retrata Dios, se reflejan los cielos y se miran los ángeles?

Por último, señores, si buscáis un pueblo libre, un pueblo que tenga noticia de la dignidad humana, no encontraréis ninguno en todos los ámbitos de la tierra que se eleve a tan grande majestad y que se levante a tanta altura. En vano le buscaréis en aquellos imperios portentosos del Asia, que, cayendo con estrépito unos sobre otros, vinieron todos al suelo con espantosa ruina. En vano le buscaréis en la tierra de los Faraones, donde se levantan aquellos gigantescos sepulcros, cuyos cimientos se amasaron con el sudor y con la sangre de naciones vencidas y sujetas, y que publican con elocuencia muda y aterradora que aquellas vastas soledades fueron asiento un día de generaciones esclavas. Y si, apartando los ojos de las regiones orientales, los volvéis a las partes de Occidente, ¿qué veis en las repúblicas griegas sino aristocracias orgullosas y tiránicas oligarquías? ¿Qué otra cosa viene a ser Esparta, silla del Imperio de la raza dórica, sino una ciudad oriental, dominada por sus conquistadores? ¿Y qué viene a ser Atenas, la heroica, la democrática, la culta, patria de los dioses y de los héroes, sino una ciudad habitada por un pueblo esclavo y por una aristocracia fiera, y desvanecida, que no se llamó a sí propia pueblo sino porque el pueblo no era nada?

Vengamos ahora a la nación hebrea, y antes de todo hablemos de su Dios, porque su nombre está escrito con caracteres imperecederos en todas las páginas de su historia. Su nombre es Jehová; su naturaleza, espiritual; su inteligencia, infinita; su libertad, completa; su independencia, absoluta; su voluntad, omnipotente. La creación fue un acto de esa voluntad independiente y soberana. Cuanto creó con su poder se mantiene con su providencia. Jehová mantiene a los astros en sus órbitas, a la tierra en su eje, al mar en su cauce. Las gentes se olvidaron de su nombre, y él retiró su mano de las gentes, y la inteligencia humana se vio envuelta de súbito en una eterna noche; y entonces eligió un pueblo entre todos y le llamó hacia sí, y le abrió el entendimiento para que entendiera; y entendió, y le adoró puesto de hinojos, y caminó por sus vías, y obedeció sus mandamientos, y se puso debajo de su mano, llena de venganzas y de misericordias, y ejecutó el encargo de ser el instrumento de sus inescrutables designios, y fue la luz de la tierra.

Único entre todos los pueblos, escogido y gobernado por Dios, el pueblo hebreo es también el único cuya historia es un himno sin fin en alabanza del Dios que le conduce y le gobierna. Apartado de todas las sociedades humanas, está solo, solo con Jehová, que le habla con la voz de sus profetas y con la de sus sacerdotes, y a quien responde con cánticos de adoración, que están resonando siempre en las cuerdas de su lira.

Los cánticos hebreos recibieron de la unidad majestuosa de su Dios su limpia sencillez, su noble majestad y su incomparable belleza. ¿Qué viene a ser la sencillez de los griegos, milagro del artificio, cuando se ponen los ojos en la sencillez hebraica, en la sencillez del pueblo predestinado, que vio en el cielo un solo Dios, en la humanidad un solo hombre y en la tierra un solo templo? ¿Cómo no había de ser maravillosamente sencillo un pueblo para quien toda la sabiduría estaba en una sola palabra, que la tierra pronunciaba con la voz de sus huracanes, el mar con la ronca voz de sus magníficos estruendos, las aves con la voz de su canto, los vientos con la voz de sus gemidos?

Lo que caracteriza al pueblo hebreo, lo que le distingue de todos los pueblos de la tierra, es la negación de sí mismo, su aniquilamiento delante de su Dios. Para el pueblo hebreo, todo lo que tiene movimiento y vida es rastro y huella de su majestad omnipotente, que resplandece así en el cedro de las montañas como en el lirio de los valles. Cada una de las palabras de Jehová constituye una época de su historia. Dios, le señala con el dedo la tierra de promisión y le promete que de su raza vendría aquel que anunció en el paraíso en los tiempos adámicos por Redentor del mundo y por Rey y Señor natural de las naciones. Ésta es la época de la promesa, que corresponde a la de los patriarcas. Apartado de los caminos del Señor, levanta ídolos en el desierto, cae en horrendas supersticiones e idolatrías, y el Señor le anuncia disturbios, guerras, cautiverios, torbellinos grandes y tempestuosos, la ruina del templo, el allanamiento de los muros de la ciudad santa y su propia dispersión por todos los ámbitos de la tierra. Ésta es la época de la amenaza. Por último, llega la hora en la plenitud de los tiempos, y aparece en el horizonte la estrella de Jacob, y se consuma el sacrificio cruento del Calvario, y el templo cae, y Jerusalén se desploma, y el pueblo judío se dispersa por el mundo. Ésta es la época del castigo.

Ya lo veis, señores; la historia del pueblo hebreo no es otra cosa, si bien se mira, sino un drama religioso, compuesto de una promesa, de una amenaza y de una catástrofe. La promesa la oyó Abrahán, y la oyeron todos los patriarcas; la amenaza la oyó Moisés, y la oyeron los profetas; la catástrofe todos la presenciamos. Vivos están los autores de esta tragedia aterradora. Vivo está el Dios de Israel, que tan grandes cosas obró para enseñanza perpetua de las gentes; vivo está el pueblo desventurado que puso una mano airada y ciega en el rostro de su Dios, y que, peregrino en el mundo, va contando a las naciones sus pasadas glorias y sus presentes desventuras.

Si es una cosa puesta fuera de toda duda que la explicación de su historia está en la palabra divina, no es menos evidente que hay una correspondencia admirable entre las vicisitudes de su poesía y las evoluciones de su historia. La primera palabra de su Dios es una promesa: su primer período histórico, el patriarcado; y los primeros cantos de su musa dicen al pueblo la promesa de su Dios y a Jehová las esperanzas de su pueblo. El encargo religioso y social de la poesía hebraica, en aquellos tiempos primitivos, era ajustar paces y alianzas entre la Divinidad y el hombre, siendo los mensajeros de estas paces, por parte del hombre, su profunda adoración; por parte de la Divinidad, su infinita misericordia. Nada es comparable al encanto de la poesía bíblica que corresponde a este período.

El patriarca es el tipo de la sencillez y de la inocencia. Más bien que el varón incorruptible y justo, es el niño sin mancilla de pecado; por eso oye a menudo aquella habla suavísima y deleitosa con que Dios le llama hacia sí; por eso recibe visitas de los ángeles. Más bien que el hombre recto, que anda gozoso por las vías del Señor, es el habitante del cielo que anda triste por el mundo, porque ha perdido su camino y se acuerda de su patria. Su único padre es su Dios, los ángeles son sus hermanos. Los patriarcas eran entonces, como los apóstoles han sido después, la sal de la tierra. En vano buscaréis por el mundo, en aquellos remotísimos tiempos, al hombre pobre de espíritu, rico de fe, manso y sencillo de corazón, modesto en las prosperidades, resignado en las tribulaciones, de vida inocente y de honestas y pacíficas costumbres. El tesoro de esas virtudes apacibles resplandeció solamente en las solitarias tiendas de los patriarcas bíblicos.

Huésped en la tierra de Faraón, el pueblo hebreo se olvidó de su Dios en los tiempos adelante y amancilló sus santas costumbres con las abominaciones egipcíacas; diose entonces a supersticiones y agüeros en aquella tierra agorera y supersticiosa, y trocó a un tiempo mismo su Dios por los ídolos y su libertad por la servidumbre. Arrancole de ella violentamente la mano de un hombre gobernado por una fuerza sobrehumana, el más grande de los profetas de Israel y el más grande entre los hijos de los hombres.

Cuéntase de muchos que han ganado el señorío de las gentes y asentado su dominación en las naciones por la fuerza del hierro; de ninguno se cuenta, sino de Moisés, que haya fundado un señorío incontrastable con sólo la fuerza de la palabra. Ciro, Alejandro, Mahoma, llevaron por el mundo la desolación y la muerte, y no fueron grandes sino porque fueron homicidas. Moisés aparta su rostro lleno de horror de las batallas sangrientas, y entra en el seno de Abrahán, vestido de blancas vestiduras y bañado de pacíficos resplandores. Los fundadores de imperios y principados, de que están llenas las historias, abrieron las zanjas y echaron los cimientos de su poder ayudados de fuertísimos ejércitos y de fantásticas muchedumbres. Moisés está solo en los desiertos de la Arabia, rodeado de un gigantesco motín por seiscientos mil rebeldes, y con esos seiscientos mil rebeldes, derribados en tierra por su voluntad soberana, se compone un grande imperio y un vastísimo principado. Todos los filósofos y todos los legisladores han sido hijos, por su inteligencia, de otros legisladores y de más antiguos filósofos. Licurgo es el representante de la civilización dórica; Solón, el representante de la cultura intelectual de los pueblos jonios; Numa Pompilio representa la civilización etrusca; Platón desciende de Pitágoras; Pitágoras, de los sacerdotes del Oriente. Sólo Moisés está sin antecesores.

Los babilonios, los asirios, los egipcios y los griegos estaban oprimidos por reyes, y él funda una república. Los templos levantados en la tierra estaban llenos de ídolos; él da la traza de un magnífico santuario, que es el palacio silencioso y desierto de un Dios tremendo e invisible. Los hombres estaban sujetos unos a otros; Moisés declara que su pueblo sólo está sujeto a su Dios. Su Dios gobierna las familias por el ministerio de la paternidad; las tribus, por el ministerio de los ancianos; las cosas sagradas, por el ministerio de los sacerdotes; los ejércitos, por el ministerio de sus capitanes, y la república toda, por su omnipotente palabra, que los ángeles del cielo ponen en el oído de Moisés en las humeantes cimas de los montes, que, turbándose con la presencia del que los puso allí, tiemblan en sus anchísimos fundamentos y se coronan de rayos.

Con los patriarcas tuvo fin la época de la promesa, y en Moisés tiene principio la época de la amenaza. Con la palabra de Dios cambia de súbito el semblante de su pueblo, y la poesía hebrea se conforma de suyo a ese nuevo semblante y a aquella nueva palabra. Dios se ha convertido, de Padre que era, en Señor; el pueblo, de hijo que era, en esclavo; Dios le quita la libertad en castigo de sus prevaricaciones y en premio de su rescate. «Yo soy vuestro Dios, y vosotros sois mi pueblo», había dicho Jehová a los santos patriarcas. «Yo soy tu Señor y tu propietario, el que te libró de la servidumbre de los Faraones»; esto dice Jehová, por la boca de Moisés a su pueblo prevaricador y rebelde; Dios deja de hablar dulce y secretamente a los hombres; los ángeles no visitan ya sus tiendas hospitalarias; la blanca y pura flor de la inocencia no abre su casto cáliz en los campos de Israel, que resuenan lúgubremente con amenazas fatídicas y con sordas imprecaciones. Todo es allí sombrío: el desierto con su inmensa soledad, el monte con sus pavorosos misterios, el cielo con sus aterradores prodigios. La musa de Israel amenaza como Dios y gime como el pueblo. Su pecho, que hierve como un volcán, está henchido hoy de bendiciones, mañana de anatemas; sus cantos imitan hoy la apacible serenidad de un cielo sin nubes, mañana el sordo estruendo de un mar en tumulto; hoy compone su rostro con la majestad épica, mañana se descomponen sus facciones con el terror dramático; poco después parece una bacante en su desorden lírico; ya se ciñe de palmas y canta la victoria, ya se inunda de llanto y deja que se escapen de su pecho tristes y dolorosas elegías.

Moisés, que es el más grande de todos los filósofos, el más grande de todos los fundadores de imperios, es también el más grande de todos los poetas. Homero canta las genealogías griegas, Moisés las genealogías del género humano; Homero cuenta las peregrinaciones de un hombre, Moisés las peregrinaciones de un pueblo; Homero nos hace asistir al choque violento de la Europa y del Asia, Moisés nos pone delante las maravillas de la creación; Homero canta a Aquiles, Moisés a Jehová; Homero desfigura a los hombres y a los dioses, sus hombres son divinos y sus dioses humanos; Moisés nos muestra sin velo el rostro de Dios y el rostro del hombre. El águila homérica no subió, más alta que las cumbres del Olimpo ni voló más allá de los griegos horizontes. El águila del Sinaí subió hasta el trono resplandeciente de Dios y tuvo debajo de sus alas todo el orbe de la tierra. En la epopeya homérica, todo es griego: griego es el poeta, griegos son los dioses, griegos los héroes. En la epopeya bíblica, todo es local y general a un tiempo mismo. El Dios de Israel es el Dios de todas las gentes; el pueblo de Israel es sombra y figura de todos los pueblos, y el poeta de Israel es sombra y figura de todos los hombres. Entre la epopeya homérica y la bíblica, entre Homero y Moisés, hay la misma distancia que entre Júpiter y Jehová, entre el Olimpo y el cielo, entre la Grecia y el mundo.

Ya lo veis, señores; para los que como nosotros comprenden la inconmensurable distancia que hay entre la divinidad gentílica y la hebrea y entre el sentimiento religioso del pueblo de Dios y el de los pueblos gentiles, la causa de la índole diversa de sus grandes monumentos poéticos no puede ser una cosa recóndita y oculta, éralo en tiempos pasados, cuando todas las gentes andaban en tinieblas y cuando la naturaleza del hombre y la de Dios eran secretos escondidos a todos los sabios. Pero como quiera que no podéis tener por ocioso y por fuera de sazón que mayores torrentes de luz esparzan la claridad de sus rayos sobre tan ardua y tan importante materia, bueno será que haya una estación aquí para llamar vuestra atención hacia la distancia que hay entre la mujer hebrea y la gentílica y hacia los diversos encargos que las dieron esas gentes en los domésticos hogares.

Y no extrañéis, señores, que inmediatamente después de haberos hablado de Dios os hable de la mujer. Cuando Dios, enamorado del hombre, su más perfecta criatura, determinó hacerle el primer don, le dio en su amor infinito a la mujer, para que esparciera flores por sus sendas y luz por sus horizontes. El hombre fue el Señor, y la mujer el ángel del paraíso.

Cuando la mujer cometió la primera de sus flaquezas, Dios permitió que el hombre cometiera el primero de sus pecados, para que vivieran juntos; juntos salieron de aquellas moradas espléndidas, con el pie lleno de temblor, el corazón de tristeza, y con los ojos oscurecidos con lágrimas. Juntos han ido atravesando las edades, su mano puesta en su mano, ahora resistiendo grandes torbellinos y tempestades procelosas, ahora dejándose llevar mansa y regaladamente por pacíficos temporales, surcando el mar de la vida con grande bonanza y con sosegada fortuna. Al herir Dios con la vara de su justicia al hombre prevaricador, cerrándole las puertas del delicioso jardín que para él había dispuesto con sus propias manos, tocado de misericordia quiso dejarle algo que le recordara el suave perfume de aquellas moradas angélicas; y le dejó a la mujer, para que al poner en ella sus ojos, pensara en el paraíso.

Antes que saliera del edén, Dios prometió a la mujer que de sus entrañas nacería, andando el tiempo, el que había de quebrantar la cabeza de la serpiente: De esta manera, el Padre de todas las justicias y de todas las misericordias juntó el castigo con la promesa y el dolor con la esperanza. Conservose completa esta tradición primitiva, según la cual la mujer era dos veces santa, con la santidad de la promesa y con la santidad del infortunio, entre los descendientes de Set, que merecieron ser llamados hijos de Dios; alterose, empero, notablemente entre los descendientes de Caín, que, por su mala vida y estragadas costumbres, fueron llamados hijos de los hombres; los primeros respetaron a la mujer, uniéndose con ella en la tierra con el vínculo santo, uno e indisoluble que el mismo Dios había formado en el cielo; los segundos la envilecieron y degradaron, instituyendo la poligamia, mancha del lecho nupcial; siendo Lamec, el primero de quien se cuenta que tomó por suyas dos mujeres. Con estos malos principios fueron los hombres a dar en grandes estragos, hasta que, generalizada la corrupción, se hizo necesaria la intervención divina y la subsiguiente desaparición de los hombres de sobre la faz de la tierra, cubierta toda con las aguas purificadoras del diluvio.

Aplacado el rostro de Dios, volvió a poblarse la tierra, conservando, empero, para perpetua enseñanza de los hombres, claros testimonios de sus iras; dispersáronse los hombres por todas sus zonas, y se levantaron por todas partes grandes imperios, compuestos de diversas gentes y naciones. Hubo entonces, como en los tiempos antediluvianos, quienes fueron llamados hijos de Dios, y otros, que se llamaron hijos, de los hombres; fueron los primeros los descendientes de Abrahán, de Isaac y de Jacob, que llevan en la Historia el nombre de hebreos; fueron los segundos los otros pueblos de la tierra, que llevan en la Historia el nombre de gentiles.

Desfigurada entre los últimos la tradición de la mujer, no llegó hasta ellos sino una vaga noticia de su primera culpa, y no vieron en ella otra cosa sino la causa de todos los males que afligen al género humano; borrada, por otra parte, casi de todo punto la tradición del matrimonio instituido en el cielo, los pueblos gentiles ignoraban que la mujer había nacido para ser la compañera del hombre, y la convirtieron en instrumento vil de sus placeres y en víctima inocente de sus furores. Por eso instituyeron, como sus ascendientes antediluvianos, la poligamia, que es el sepulcro del amor; y por eso la dieron, cuando así cumplía a sus antojos livianos, libelo de repudio, instituyendo el divorcio, que es la disolución de la sociedad doméstica, fundamento perpetuo de todas las asociaciones humanas. Por eso la hicieron esclava de su esposo, para que estuviera sin derechos y para que permaneciera perpetuamente en su poder, como una víctima a quien la sociedad pone en manos del sacrificador o debajo de la mano de su verdugo.

Esto sirve para explicar por qué el amor, que es para nosotros el más delicioso de todos los placeres y el más puro de todos los consuelos, era considerado por los gentiles como un castigo de los dioses. El amor entre el hombre y la mujer tenía algo de contrario a la naturaleza de las cosas, que repugna como un sacrilegio toda especie de unión entre seres entregados por la cólera divina a enemistades perpetuas. Cuando en los poemas griegos aparece el amor, luego al punto pasa por delante de nuestros ojos un fatídico nublado, síntoma cierto de que están cerca los crímenes y las catástrofes. El amor de Elena la adúltera pierde a Troya y al Asia; el amor de una esclava, siendo causa del odio insolente y desdeñoso de Aquiles, pone a punto de sucumbir a los griegos y a la Europa. Hasta la virtud en la mujer era presagio de tremendas desventuras: la honestidad de las mujeres latinas puso el hierro en las manos romanas y por dos veces produjo la completa perturbación del Estado. Las catástrofes domésticas iban juntas con las catástrofes políticas. El amor toca con su envenenada flecha el corazón de Dido, y arde en llamas impuras, y se consume en los incendios de una combustión espontánea. Fedra es visitada por el dios, y se siente desfallecer, como si hubiera sido herida por el rayo, y discurre por sus venas una llama torpe y un corrosivo vitriolo. Vosotros los que os agradáis en las emociones de los trágicos griegos, no os dejéis llevar de sus peligrosos encantos, que son encantos de sirenas. Esos amantes que allí veis, están en manos de las Euménides; huid de ellos, que están señalados con la señal de la cólera de los dioses y están tocados de la peste.

La mujer hebrea era, por el contrario, una criatura benéfica y nobilísima. Poseedores los hebreos de la tradición bíblica y sabedores del fin para que la mujer fue criada, la levantaron hasta sí, amándola como a compañera suya, y aun la pusieron a mayor altura que el hombre, por ser la mujer el templo en donde había de habitar el Redentor de todo el género humano. No fue, a la verdad, el matrimonio entre la gente hebrea un sacramento, como lo había sido antes en el paraíso, y como había de serlo en adelante, cuando el anunciado al mundo viniese en la plenitud de los tiempos; fue, sin embargo, una institución grandemente religiosa y sagrada, al revés de lo que era en las naciones gentílicas. Las bodas se celebraban al compás de las oraciones que pronunciaban los deudos de los esposos para atraer sobre la nueva familia las bendiciones del cielo; con estas solemnidades y estos ritos se celebraron las bodas de Rebeca con Isaac, de Rut con Booz y de Sara con Tobías. El gran legislador del pueblo hebreo había permitido la poligamia y el divorcio, desórdenes difíciles de ser arrancados de cuajo, cuando tan hondas raíces habían echado en el mundo, y sobre todo en sus zonas orientales. Esto no obstante, ni el divorcio ni la poligamia fueron tan comunes entre la gente hebrea como entre los pueblos gentiles, ni produjeron allí la disolución de la sociedad doméstica, neutralizadas como estaban aquellas instituciones con saludables y santas doctrinas; por lo que hace a la esclavitud de la mujer, fue cosa desconocida en el pueblo de Dios, como quiera que la esclavitud no se compadece con aquella alta prerrogativa de ser Madre del Redentor, otorgada a la mujer desde los tiempos adámicos.

Las tradiciones bíblicas, que fueron causa de la libertad de la mujer, fueron al mismo tiempo ocasión de la libertad de los hijos; los de los gentiles caían en el poder de sus padres, los cuales tenían sobre ellos el mismo derecho que sobre sus cosas; los de los hebreos eran hijos de Dios, y uno de ellos había de ser el Salvador de los hombres. De aquí el santo respeto y ternísimo amor de los hebreos a sus hijos, igual al que tenían a sus mujeres; de aquí el exquisito cuidado de las matronas en amamantar a sus propios pechos a los que habían llevado en sus entrañas, siendo tan universal esta costumbre, que sólo se sabe de Joás, rey de Judá; de Mifiboset y de Rebeca que no hayan sido amamantados a los pechos de sus madres. De aquí las bendiciones que descendían de lo alto sobre los progenitores de una numerosa familia y sobre las madres fecundas. Sus nietos son la corona de los ancianos, dice la Sagrada Escritura. Dios había prometido a Abrahán una posteridad numerosa, y esa promesa era considerada por los hebreos como una de las más insignes mercedes; de aquí la esmerada solicitud de sus legisladores por los crecimientos de la población, cosa advertida ya por Tácito, que, hablando del pueblo hebreo, observa lo siguiente: Augendae tamen multitudini consulitur: nam et necare quemquam ex agnatis nefas.

Si ponéis ahora la consideración en la distancia que hay entre la familia gentílica y la hebrea, echaréis luego de ver que están separadas entre sí por un abismo profundo: la familia gentílica se compone de un señor y de sus esclavos; la hebrea, del padre, de la mujer y de sus hijos; entran como elementos constitutivos de la primera deberes y derechos absolutos; entran a construir la segunda deberes y derechos limitados. La familia gentílica descansa en la servidumbre; la hebrea se funda en la libertad. La primera es el resultado de un olvido; la segunda, de un recuerdo; el olvido y el recuerdo de las divinas tradiciones, prueba clara de que el hombre no ignora sino porque olvida, y no sabe sino porque aprende.

Ahora se comprenderá fácilmente por qué la mujer hebrea pierde en los poemas bíblicos todo lo que tuvo entre los gentiles de sombrío y de siniestro, y por qué el amor hebreo, a diferencia del gentil, que fue incendio de los corazones, es bálsamo de las almas. Abrid los libros de los profetas bíblicos, y en todos aquellos cuadros, o risueños o pavorosos, con que daban a entender a las sobresaltadas muchedumbres o que iba deshaciéndose el nublado o que la ira de Dios estaba cerca, hallaréis siempre en primer término a las vírgenes de Israel siempre bellas y vestidas de resplandores apacibles, ahora levanten sus corazones al Señor en melodiosos himnos y en angélicos cantares, ahora inclinen bajo el peso del dolor las cándidas azucenas de sus frentes.

Si reunidas en coros en las plazas públicas o en el templo del Señor cantaban o se movían en concertadas cadencias al compás de sonoros instrumentos, las castas y nobles hijas de Sión parecían bajadas del cielo para consuelo de la tierra o enviadas por Dios para regalo de los hombres. Cuando los míseros hebreos, atados al carro del vencedor, pisaron la tierra de su servidumbre, pesoles más de la pérdida de su vista que de la de su libertad; sin ellas érales el sol odioso, el día oscuro, el canto triste; y luego que por falta de lágrimas suspendieron su llanto y por falta de fuerzas sus gemidos, cerraron sus ojos a la luz y colgaron sus inútiles arpas en los sauces tristes de Babilonia.

Ni se contentaron los hebreos con fiar a la mujer el blando cetro de los hogares, sino que pusieron muchas veces en su mano fortísima y victoriosa el pendón de las batallas y el gobierno del Estado. La ilustre Débora gobernó la república en calidad de juez supremo de la nación; como general de los ejércitos, peleó y ganó batallas sangrientas; como poeta, celebró los triunfos de Israel y entonó himnos de victoria, manejando a un tiempo mismo con igual soltura y maestría la lira, el cetro y la espada.

En tiempo de los reyes, la viuda de Alejandro Janneo tuvo el cetro diez años; la madre del rey Asa le gobernó en nombre de su hijo, y la mujer de Hircano Macabeo fue designada por este príncipe para gobernar el Estado después de sus días. Hasta el espíritu de Dios, que se comunicaba a pocos, descendió también sobre la mujer, abriéndola los ojos y el entendimiento para que pudiese ver y entender las cosas futuras. Hulda fue alumbrada con espíritu de profecía, y los reyes se acercaban a ella sobresaltados de un gran temor, contritos y recelosos, para saber de sus labios lo que en el libro de la Providencia estaba escrito de su imperio. La mujer, entre los hebreos, ahora gobernase la familia, ahora dirigiera el Estado, ahora hablara en nombre de Dios, ahora, por último, avasallara los corazones, cautivos de sus encantos, era un ser benéfico, que ya participaba tanto de la naturaleza angélica como de la naturaleza humana. Leed si no el Cantar de los Cantares, y decidme si aquel amor suavísimo y delicado, si aquella esposa vestida de olorosas y cándidas azucenas, si aquella música acordada, si aquellos deliquios inocentes, y aquellos subidos arrobamientos, y aquellos deleitosos jardines no son, más bien que cosas vistas, oídas y sentidas en la tierra, cosas que se nos han representado como en sueños en una visión del paraíso.

Y, sin embargo, señores, para conocer a la mujer por excelencia, para tener noticia del encargo que ha recibido de Dios, para considerarla en toda su belleza inmaculada y altísima, para formarse alguna idea de su influencia santificadora, no basta poner la vista en aquellos bellísimos tipos de la poesía hebraica, que hasta ahora han deslumbrado nuestros ojos y han embargado nuestros sentidos dulcemente. El verdadero tipo, el ejemplar verdadero de la mujer no es Rebeca, ni Débora, ni la Esposa del Cantar de los Cantares llena de fragancias como una taza de perfumes. Es necesario ir más allá y subir más alto; es necesario llegar a la plenitud de los tiempos, al cumplimiento de la primitiva promesa; para sorprender a Dios formando el tipo perfecto de la mujer, es necesario subir hasta el trono resplandeciente de María. María es una criatura aparte, más bella por sí sola que toda la creación; el hombre no es digno de tocar sus blancas vestiduras; la tierra no es digna de servirla de peana, ni de alfombra los paños de brocado; su blancura excede a la nieve que se cuaja en las montañas, su rosicler al rosicler de los cielos, su esplendor al esplendor de las estrellas. María es amada de Dios, adorada de los hombres, servida de los ángeles. El hombre es una criatura nobilisíma, porque es señor de la tierra, ciudadano del cielo, hijo de Dios; pero la mujer se le adelanta, y le deslustra, y le vence, porque María tiene nombres más dulces y atributos más altos. El Padre la llama Hija, y la envía embajadores; el Espíritu Santo la llama Esposa, y la hace sombra con sus alas; el Hijo la llama Madre, y hace su morada de su sacratísimo vientre; los serafines componen su corte, los cielos la llaman Reina, los hombres la llaman Señora; nació sin mancha, salvó al mundo, murió sin dolor, vivió sin pecado.

Ved ahí la mujer, señores, ved ahí la mujer; porque Dios en María las ha santificado a todas: a las vírgenes, porque ella fue virgen; a las esposas, porque ella fue esposa; a las viudas, porque ella fue viuda; a las hijas, porque ella fue hija; a las madres, porque ella fue madre. Grandes y portentosas maravillas ha obrado el cristianismo en el mundo; él ha hecho paces entre el cielo y la tierra, ha destruido la esclavitud; ha proclamado la libertad humana y la fraternidad de los hombres; pero, con todo eso, la más portentosa de todas sus maravillas, la que más hondamente ha influido en la constitución de la sociedad doméstica y de la civil, es la santificación de la mujer, proclamada desde las alturas evangélicas. Y cuenta, señores, que desde que Jesucristo habitó entre nosotros, ni sobre las pecadoras es lícito arrojar los baldones y el insulto, porque hasta sus pecados pueden ser borrados por sus lágrimas. El Salvador de los hombres puso a la Magdalena debajo de su amparo, y cuando hubo llegado el día tremendo en que se anubló el sol y se estremecieron y dislocaron dolorosamente los huesos de la tierra, al pie de su cruz estaban juntas su inocentísima Madre y la arrepentida pecadora, para darnos así a entender que sus amorosos brazos estaban abiertos igualmente a la inocencia y al arrepentimiento.

Ya hemos visto de qué manera el sentimiento religioso y el del amor y la noticia completa o desfigurada de la Divinidad y de la mujer sirven hasta cierto punto para ponernos de manifiesto las diferencias esenciales que se advierten entre la poesía bíblica y la de los pueblos gentiles. Sólo nos falta ahora, para dar fin a este discurso, que va creciendo demasiado, poner a vuestra vista, como de relieve, la inconmensurable distancia que hay entre las constituciones políticas de los pueblos más cultos entre los antiguos y la del pueblo hebreo, depositario de la palabra revelada, y el diverso influjo que esas distintas constituciones ejercieron en la diferente índole de la poesía gentílica y de la hebraica.

Ya he manifestado antes, y confirmo ahora mi primera manifestación, que las fuentes de toda poesía grande y elevada son el amor a Dios, el amor a la mujer y el amor al pueblo, de tal manera que la poesía pierde las alas con que vuela allí donde los poetas no pueden beber la inspiración en esos manantiales fecundos, en esas clarísimas fuentes. Para que existan esos fecundísimos amores, una cosa es necesaria: que sea conocida la Divinidad con toda su pompa, la mujer con todos sus encantos, el pueblo con todas sus libertades y todas sus magnificencias; por esta razón, allí donde se da el nombre de Dios a la criatura, de mujer a una esclava, de pueblo a una aristocracia opresora, puede afirmarse, sin temor de ser desmentido por los hechos, que la poesía, con toda su pompa y majestad, no existe, porque no existen esos fecundísimos amores.

Ahora bien: la noción del pueblo es el resultado de estas dos nociones: la de la asociación y la de la fraternidad. ¿Sabéis lo que es el pueblo? El pueblo es una asociación de hermanos, y ved por qué la noción del pueblo no puede coexistir en el entendimiento con la de la esclavitud. De donde se sigue que el pueblo no ha podido existir ni ha existido sino en las sociedades depositarias de la idea de la fraternidad, revelada por Dios a la gente hebrea, por Jesucristo a todas las gentes. Lo que en las repúblicas griegas se llamó pueblo no fue ni pudo ser un verdadero pueblo, es decir, una asociación de hermanos, sino una verdadera aristocracia, o, lo que es lo mismo, una asociación de señores.

Esto explica por qué entre los griegos la poesía es eminentemente aristocrática. Homero canta a los reyes y a los dioses, nos dice sus genealogías, nos cuenta sus aventuras, nos describe sus guerras, celebra su nacimiento y llora su muerte. Los poetas trágicos presentan a nuestra vista el espectáculo, soberbiamente grandioso de sus amores, de sus crímenes y de sus remordimientos. Los humanos infortunios y las pasiones humanas, para ser elevadas a la dignidad y a la altura de sentimientos trágicos, debían caer sobre las frentes y conturbar los corazones de hombres de regia estirpe y de nobilísima cuna. El fratricidio no era un asunto trágico si los fratricidas no se llamaban Eteocles y Polinice y si la sangre no manchaba los mármoles del trono. El incesto no era digno del coturno si la mujer incestuosa no se llamaba Fedra o Yocasta y si el horrendo crimen no manchaba el tálamo de los reyes. Por donde se ve que entre los griegos no había asuntos trágicos, sino personas trágicas, y que la tragedia no era aquella voz de terror, aquel acerbo gemido que la humanidad deja escaparse de sus labios cuando la turban las pasiones, sino aquella otra voz fatídica y tremenda que resonaba lúgubremente en los regios alcázares cuando los dioses querían dar en espectáculo al mundo las flaquezas de las dinastías y la fragilidad de los imperios.

Si volvemos ahora los ojos al pueblo de Dios, nos causará maravilla la grandeza y la novedad del espectáculo. El pueblo de Dios no trae su origen ni de semidioses ni de reyes; desciende de pastores. Hijos todos los hebreos de Abrahán, de Isaac y de Jacob, todos son hermanos. Rescatados todos de la servidumbre de Egipto, todos son libres; sujetos todos a un solo Dios y a una sola ley, todos son iguales. El pueblo de Dios es el único de la tierra, entre los antiguos, que conservó en toda su pureza la noción de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad de los hombres. Cuando Moisés les dio leyes, no instituyó el gobierno aristocrático, sino el popular, y les concedió derecho de elegir sus propios magistrados, que, en calidad de guardadores de su divino estatuto, tenían el encargo y el deber de mantenerlos a todos, así en la paz como en la guerra, bajo el imperio igual de la justicia. Desconocíanse entre los hebreos los privilegios aristocráticos y las clases nobiliarias, y temeroso su gran legislador de que la desigual distribución de las riquezas no alterase con el tiempo aquella prudente armonía de todas las fuerzas sociales, puestas como en equilibrio y balanza, instituyó el jubileo, que venía a restablecer periódicamente esa justa balanza y ese sabio equilibrio. Dieron a sus magistrados supremos el nombre de jueces, sin duda para significar que su oficio era guardar y hacer guardar la ley que les había dado Dios por su Profeta, sin la legítima intervención de su voluntad particular y de sus livianos antojos. En este estado se mantuvo la república largo tiempo, hasta que el pueblo, amigo siempre de mudanzas y novedades, cambió su propio gobierno, instituyendo la monarquía por un acto solemne de su voluntad soberana. Este cambio, sin embargo, tuvo menos de real que de aparente, como quiera que el rey no fue sino el heredero de la autoridad del juez, limitada por la voluntad de Dios y por la voluntad del pueblo.

Por eso, el pueblo es la persona trágica por excelencia en las tragedias bíblicas. Al pueblo se dirige la promesa y la amenaza; el pueblo es el que acepta y sanciona la ley; el pueblo es el que rompe en tumultos y rebeliones, el que levanta ídolos y los adora, el que quita jueces y pone reyes, el que se entrega a supersticiones y agüeros, el que bendice y maldice a un tiempo mismo a sus profetas, el que ya los levanta sobre todas las magistraturas, ya los destroza con atrocísimos tormentos; el que magnifica al Dios de Israel y recibe con himnos de alabanza a los dioses egipcios y babilonios; el que, puesto en el trance de escoger las iras del Señor y sus misericordias, en el ejercicio de su voluntad soberana renuncia a sus misericordias y va delante de sus iras. En Israel no hay más que el pueblo: el pueblo lo llena todo, al pueblo habla Dios, al pueblo habla Moisés, del pueblo hablan los profetas, al pueblo sirven los sacerdotes, al pueblo sirven los reyes, hasta los salmos de David, cuando no son los gemidos de su alma, son cantos populares.

Las pompas de la monarquía duraron poco, y se desvanecieron como la espuma. Fueron David y Salomón príncipes temerosos de Dios, amigos del pueblo, en la paz magnánimos y en la guerra felicísimos; gobernaron a Israel con imperio templado y justo, y su prosperidad pasaba delante de sus deseos; el último fue visitado por los reyes del Oriente, levantó el templo del Señor sobre piedras preciosas y le enriqueció con maderamientos dorados; la fama de sus magnificencias y de su sabiduría más que humana se extendió por todas las gentes. Pero cuando estos príncipes dichosos bajaron al sepulcro, luego al punto comenzó a despeñarse la majestad del imperio, sin que nunca más tornara a volver en sí; dividiéronse las tribus, y, rota la santa unidad del pueblo de Dios, se formaron de sus fragmentos dos imperios enemigos, dados ambos a torpezas y deleites. Siguiéronse de aquí grandes discordias y guerras, furiosos temporales y horrendas desventuras. Los reyes se hicieron idólatras y adoraron los ídolos; los sacerdotes se entregaron al ocio y al descanso. El pueblo se había olvidado de su Dios, y las muchedumbres tumultuaban en las calles.

En medio de tan procelosas tempestades, y corriendo tiempos tan turbios y aciagos, despertó Dios a sus grandes profetas, para que hicieran resonar en Judá el eco de su palabra y sacaran de su profundo olvido y hondo letargo a los reyes idólatras, a los sacerdotes ociosos y a aquellas bárbaras muchedumbres, dadas a sediciones y tumultos. Jamás en ningún pueblo de la tierra, antiguo ni moderno, hubo una institución tan admirable, tan santa y tan popular como la de los profetas del pueblo de Dios.

Atenas tuvo poetas y oradores; Roma, tribunos y poetas. Los profetas del pueblo de Dios fueron poetas, tribunos y oradores a un tiempo mismo; como los poetas, cantaban las perfecciones divinas; como los tribunos, defendían los intereses populares; como los oradores, proponían lo que juzgaban conforme a las conveniencias del Estado. Un profeta era más que Homero, más que Demóstenes, más que Graco; era Graco, Homero y Demóstenes a un mismo tiempo. El profeta era el hombre que daba de mano a todo regalo de la carne y a todo amor de la vida, y que, mensajero de Dios, tenía el encargo de poner su palabra en el oído del pueblo, en el oído de los sacerdotes y en el oído de los reyes. Por eso los profetas amenazaban, imprecaban, maldecían; por eso dejaban escaparse de sus pechos, poderosas, tremendas, aquellas voces de temor y de espanto que se oían en Jerusalén cuando venía sobre ella con ejército fortísimo y numerosísimo el rey de Babilonia, ministro de las venganzas de Jehová, y de sus iras celestiales.

Los poetas cesáreos miraban siempre, antes de hablar, los semblantes de los príncipes. Los oradores y los tribunos de Atenas y de Roma tenían puestos los ojos, antes de soltar los torrentes de su elocuencia, en los semblantes del pueblo; los profetas de Israel cerraban los ojos para no lisonjear ni los gustos de los pueblos ni los antojos de los reyes, atentos sólo a lo que Dios les decía interiormente en sus almas; por eso hicieron frente a los odios implacables de los príncipes, que, habiendo puesto su sacrílega mano en el templo de Dios, no temían ponerla en el rostro augusto de sus profetas; por eso resistieron con constantísimo semblante a la grande indignación y bramido popular, creciendo su constancia al compás de la persecución y al compás de las olas de aquellas furiosas tempestades, sin que se doblegasen sus almas sublimes al miedo de los tormentos; por eso, en fin, casi todos, o entregaron sus gargantas al cuchillo o buscaron en tierras extrañas un triste sepulcro.

Yo no sé, señores, si hay en la Historia un espectáculo más bello que el de los profetas del pueblo de Dios luchando armados con el solo misterio de la palabra, contra todas las potestades de la tierra. Yo no sé si ha habido en el mundo poetas más altos, oradores más elocuentes, hombres más grandes, más santos y más libres; nada faltó a su gloria: ni la santidad de la vida, ni la santidad de la causa que sustentaron, ni la corona del martirio.

Con los profetas tuvo fin la época de la amenaza; con el Salvador del mundo comienza la época del castigo. Antes de poner término a este discurso hagamos todos aquí una estación; recojamos el espíritu y el aliento, porque el momento es tan terrible como solemne.

Sófocles escribió una de las más bellas tragedias del mundo, que intituló Edipo rey. Esta tragedia ha sido traducida, imitada, reformada por los más bellos ingenios, y a nosotros nos ha cabido la suerte de poseer con ese título una de las tragedias que más honran nuestra literatura clásica.

Pero hay otra tragedia más admirable, más portentosa todavía, que corre sin nombre de autor, y a quien su autor no puso título, sin duda porque no es una tragedia especial, sino más bien la tragedia por excelencia. Son sus actores principales Dios y un pueblo; el escenario es el mundo, y al prodigioso espectáculo de su tremenda catástrofe asisten todas las gentes y todas las naciones. Entre esa gran tragedia y la de Sófocles, a vuelta de algunas diferencias, hay tan maravillosas semejanzas, que me atrevería a intitularla Edipo pueblo.

Edipo adivina los enigmas de la esfinge, y es reputado por el más sabio y el más prudente de los hombres; el pueblo judío adivina el enigma de la humanidad, oculto a todas las gentes, es decir, la unidad de Dios y la unidad del género humano, y es llamado por Jehová antorcha de todos los pueblos. Los dioses dan a Edipo la victoria sobre todos los competidores y le asientan en el trono de Tebas. Jehová lleva como por la mano al pueblo hebreo a la tierra de promisión y le saca vencedor de todos sus enemigos. Los dioses, por la voz de los oráculos délficos, habían anunciado a Edipo, entre otras cosas nefandas, que sería el matador de su padre; Jehová, por la voz de los oráculos bíblicos, había anunciado a los judíos que matarían a su Dios. Un hombre muere a manos de Edipo en una senda solitaria; un hombre muere a manos del pueblo de Dios en el Calvario; este hombre era el Dios de Judá; aquel hombre era el padre de Edipo. Yo no sé lo que hay; pero algo hay, señores, en este similiter cadens de la Historia, que causa un involuntario pero profundísimo estremecimiento.

Ya lo veis, señores: unos mismos son los oráculos y una misma la catástrofe; ahora veréis cómo una misma ceguedad hace inevitable esa catástrofe y hace buenos aquellos tremendos oráculos.

Edipo sabe que mató a aquel hombre en aquella senda; pero su conciencia está tranquila, porque su padre era Polibio; Polibio estaba muy, lejos de allí, y el que murió, a sus manos era desconocido y extranjero. Los judíos saben que mataron al hombre de Nazaret, saben que le pusieron en una cruz en el monte Calvario y que le pusieron entre dos ladrones para más escarnecerle; pero su conciencia está tranquila; su Dios había de venir, pero aún estaba lejos; su Dios había de ser conquistador y Rey, y había de rugir como el león de Judá, mientras que el hombre de la cruz había nacido en pobre lugar, de padres pobres, y no había encontrado una piedra en donde reclinar su frente. «Si eres hijo de Dios, ¿por qué no bajas de la cruz?», dijo el pueblo judío. «Si el que murió a mis manos me había dado el ser, ¿cómo al darle la muerte no saltó el corazón en mi pecho?» « ¿Cómo es que no me habló la voz de la sangre?», esto dijo el rey parricida. Y el pueblo matador de su Dios y el hombre matador de su padre se complacieron en su sagacidad, y escarnecieron a los oráculos y se mofaron de los profetas.

Pero la Divinidad implacable, que calladamente está en ellos y obra en ellos, los empuja para que caigan y quita la luz de sus ojos para que no vean los abismos. Ambos se hallan poseídos de súbito de una curiosidad inmensa, sobrehumana. Edipo pregunta a Yocasta, pregunta a Tiresias, pregunta al anciano que sabe su secreto: «¿Quién es el hombre de la senda? ¿Quién es mi padre? ¿Quién soy yo?» El pueblo judío pregunta a Jesús: «¿Quién eres? ¿Eres, por ventura, nuestro Dios y nuestro Rey?» El drama aquí comienza a ser terribilísimo; no hay pecho que no sienta una opresión dolorosa, inexplicable, increíble; ni frente que no esté bañada con sudores, ni alma que no desfallezca con angustias.

Entre tanto, la cólera de los dioses cae sobre Tebas: la peste diezma las familias y envenena las aguas y los aires. El cielo se deslustra, las flores pierden su fragancia, los campos su alegría. En la populosa ciudad reina el silencio y el espanto, la desolación y la muerte. Las matronas tebanas discurren por los templos, y con votos y plegarias cansan a los dioses. Sobre Jerusalén la mística, la gloriosa, cae un velo fúnebre; por aquí van santas mujeres que se lamentan, por allí discurren en tumulto muchedumbres que se enfurecen. Todas las trompetas proféticas resuenan a la vez en la ciudad sorda, ciega y maldita, que lleva al Calvario al justo. «Una generación no pasará sin que vengan sobre vosotras, matronas de Sión, tan grandes desventuras, que seréis asombro de las gentes; ya, ya asoman por esos repechos las romanas legiones; ya cruzan por los aires, trayendo el rayo de Dios, las águilas capitolinas. ¡Jerusalén! ¡Jerusalén! ¡Ay de tus hijos! Porqué tienen hambre, y no encuentran pan; tienen sed, y no encuentran agua; quieren hacer plegarias y votos en el templo de Dios, y están sin Dios y sin templo; quieren vivir, y a cada paso tropiezan con la muerte; quieren una sepultura para sus cuerpos, y sus cuerpos yacen en los campos sin sepultura y son pasto de las aves.»

Edipo sale de su alcázar para consolar a su pueblo moribundo, y gobernando los dioses su lengua, los toma por testigos de que el culpable será puesto a tormento y echado de la tierra; lanza sobre él anticipadamente la excomunión sacerdotal; le maldice en nombre de la tierra y del cielo, de los dioses y de los hombres, y carga su cabeza con las execraciones públicas. El pueblo judío, tomado de un vértigo caliginoso, poseído de un frenesí delirante, puesto debajo de la mano soberana que le anubla los ojos y le oscurece la razón y ardiendo en la fragua de sus furores, exclama diciendo: Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos. ¡Desventurado pueblo! ¡Desventurado rey! Ellos pronuncian su propia sentencia, siendo a un tiempo mismo jueces, víctimas y verdugos. Y después, cuando los oráculos bíblicos y los délficos se cumplieron, los torbellinos arrancan al pueblo deicida de la tierra de promisión, y el parricida huye del trono de Tebas.

Edipo fue horror de la Grecia; el pueblo judío es horror de los hombres. Edipo caminó con los ojos sin luz, de monte en monte y de valle en valle, publicando las venganzas divinas; el pueblo judío camina, sin lumbre en los ojos y sin reposarse jamás, de pueblo en pueblo, de región en región, de zona en zona, mostrando en sus manos una mancha de sangre, que nunca se quita y nunca se seca. Prefirió la ley del talión a la ley de la gracia, y el mundo le juzga por la ley que él mismo se ha dado; dio bofetadas a su Dios, y ha ya diecinueve siglos que está recibiendo las bofetadas del mundo; escupió en el rostro de Dios, y el mundo escupe en su rostro; despojó a su Dios de sus vestiduras, y las naciones confiscan sus tesoros y le arrojan desnudo al otro lado de los mares; dio a beber a su Dios vinagre con hiel, y con beber en ella a todas horas el pueblo deicida, no consigue apurar la copa de las tribulaciones; puso en los hombros de su Dios una cruz pesadísima, y hoy se inclina su frente bajo el peso de todas las maldiciones humanas; crucificó, y es crucificado. Pero el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob al mismo tiempo que justiciero, es clemente; mientras que los dioses ningún otro consuelo dejaron a Edipo sino su Antígona, el Dios que murió en la cruz, en prenda de su misericordia, dejó a sus matadores la esperanza.

Entre la tragedia de Sófocles y esa otra tragedia sin nombre y sin título, cuya maravillosa grandeza acabo de exponer a vuestros ojos con toda su terrible majestad, hay la misma distancia que entre los dioses gentílicos y el Dios de los hebreos y los cristianos; la misma que entre la Fatalidad y la Providencia; la misma que entre las desdichas de un hombre y las desventuras de un pueblo que ha sido el más libre de todos los pueblos y el más grande de todos los poetas.

He terminado, señores, el cuadro que me había propuesto presentar ante vuestros ojos; sí os parece bello y sublime, su sublimidad y su belleza están en él, como trazado que, ha sido por el mismo Dios en la larga y lamentable historia de un pueblo maravilloso; si en él encontráis grandes lunares y sombras, esas sombras y esos lunares son míos; por ellos reclamo vuestra indulgencia; vuestra indulgencia, señores, que nunca ha sido negada a los que, como yo, la imploran y a los que, como yo, la necesitan.


Fecha Publicación: 2020-09-03T07:12:00.000-07:00

La casa de don Gonzalo de la Maza y la fundación del monasterio de Santa Rosa de Santa María de Lima en 1708

Arq. Luis Martín Bogdanovich

Publicado en : https://lucidez.pe/la-casa-de-don-gonzalo-de-la-maza-y-la-fundacion-del-monasterio-de-santa-rosa-de-santa-maria-de-lima-en-1708/

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"Desde este lugar, dichosa, Partió con vuelo ligero, Triunfante, pura y hermosa, A unirse con el Cordero, La que fue limeña Rosa."

Así reza, en letras de oro, la inscripción de la placa de bronce que descansa sobre el piso del lecho mortuorio de Santa Rosa de Lima (30 de abril de 1586 – 24 de agosto de 1617), quien murió en casa de sus protectores los señores De la Maza, lugar que años más tarde daría paso al monasterio que lleva su nombre y del que versa este texto.

Santa Rosa, nacida Isabel, fue la cuarta hija de la unión entre Gaspar Flores e Isabel de Oliva Herrera[1] y se le bautizó en la parroquia de San Sebastián el 25 de mayo de 1586.  Desde temprana edad y a pesar de la oposición de sus padres tuvo el propósito de entregarse a Dios. Su madre tenía la intención de casarla con un joven noble y adinerado, para procurarse así una vejez holgada y honrada; pero Rosa con voluntad férrea nunca declinó sus pretensiones espirituales. Tomó el hábito de terciaria dominica, a imitación de Santa Catalina de Siena, cuando tenía 20 años y desde entonces la Santa fue un referente de virtudes cristianas, edificando con su ejemplo la vida de sus contemporáneos.

Años más tarde, el Domingo de Ramos de 1617, Rosa se dirigió afligida a la capilla del Rosario de la iglesia de Santo Domingo, pues había llegado tarde a la repartición de las palmas. Mientras rezaba a la Virgen sintió que el Niño Jesús que portaba la imagen le decía: "Rosa de Mi Corazón, yo te quiero por Esposa", a lo que ella respondió "Aquí tienes Señor a tu humilde esclava". Aquel día tuvo sus desposorios místicos.

Al poco tiempo, el día primero de agosto de 1617, cayó gravemente enferma. Para entonces vivía en casa de don Gonzalo de la Maza y doña María de Uzátegui, su esposa, quienes se habían vuelto protectores suyos. Los últimos días de su vida la aquejaron grandes dolores, a los que ella con un crucifijo en la mano pedía: "Mi Dios, mi Señor, mi Jesús, mi Esposo, y mis amores, dadme dolores"

Murió a los treinta años, tres meses y veinticinco días, en las primeras horas del 24 de agosto de ese año, solemnidad de San Bartolomé, como ella misma lo profetizó. Expiró diciendo: "Jesús, Jesús sea conmigo".[2]

El día de sus exequias su cuerpo fue venerado por miles de devotos y su entierro, según las crónicas, fue uno de los más memorables que se vivió en Lima. El gentío era tal que sus restos tuvieron que trasladarse de la casa a la iglesia del convento dominico. El cortejo estuvo presidido por el Virrey, a quien acompañaron ambos cabildos y representantes de todas la ordenes, además de los oidores y notables.

Fue beatificada por el papa Clemente IX en 1668 y canonizada por el papa Clemente X en 1671 y como primer fruto de santidad americana, fue declarada, primero patrona de Lima y del reino del Perú, y después de todas las islas y tierra firme de América y las Filipinas.

Luego de su canonización, y con autorización del arzobispo, varias jóvenes se congregaron en una casa próxima al Santuario para vivir como "Beatas Rosas", siguiendo el ejemplo de su patrona.  Siendo el número de beatas creciente y habiendo entregado doña Elena Rodríguez de Corte-Real[3] el producto de dos haciendas y varias propiedades cuya suma ascendía a 130 mil pesos que se agregaban a otros 300 mil que se tenía para el mismo fin, se pidió licencia al Rey para erigir la casa en monasterio, permiso que don Felipe V concedió por Real Cédula dada en Madrid el 26 de enero de 1704.  Sin embargo, no fue sino hasta el 2 de febrero de 1708 en que se inauguró el monasterio con el traslado que hizo el arzobispo don Melchor de Liñán y Cisneros de tres monjas del monasterio de Santa Catalina al beaterio, que por aquellas fechas había sido trasladado cerca de la parroquia de San Sebastián.

Aparentemente se pensaba en este lugar para edificar el monasterio de manera definitiva,  pero según atestiguaron los médicos el entorno era malsano. Por otro lado, el reverendo padre Alonso Messía I.H.S. se opuso a que se establecieran en el barrio de San Sebastián y en paralelo inició las gestiones para que el Virrey marqués de Casteldosrius concediera a la nueva fundación la casa de los señores De la Maza, que guardaba el recuerdo de los últimos momentos de la patrona de América. La gracia, finalmente fue otorgada por decreto del 2 de enero de 1709, para el regocijo de las monjas que vivirían en el lugar en que había expirado la Santa.  Así, el 29 de julio del mismo año, tuvo lugar el solemne ingreso de las religiosas destinadas para fundar el nuevo cenobio. Ellas fueron: Leonarda de San José, Rufina Catalina de Loreto y Josefa Portocarrero Lasso de la Vega y Jiménez de Urrea, a quienes se unieron 12 Beatas Rosas.

Al poco tiempo, se concedió licencia para la elección de priora y el 17 de mayo de 1710 el padre Francisco Alonso Garcés invistió como primera prelada a doña Josefa, hija del Virrey don Melchor de Portocarrero y Lasso de la Vega[4], III Conde de la Monclova. Doña Josefa, nacida en Madrid en 1681, había tenido desde pequeña la intención de ser religiosa, ya que al llegar a Lima a los 8 años de edad, había vivido el fervor que despertó en la ciudad la canonización de Rosa. Llegado el momento de la fundación y huérfana de padre decidió ingresar en la clausura, a pesar de la oposición de su madre y sus hermanos.

Ante  la negativa, Josefa resolvió  huir de su casa la noche del 9 de octubre de 1706, para lo cual retiró  algunos balaustres de  una ventana y se arrojó a la calle. Con ayuda de su director espiritual el padre Messía y de otras personalidades que estaban de su parte fue a pedir asilo al monasterio de Santa Catalina, en donde permaneció hasta el día de la fundación de monasterio de Santa Rosa.

Años más tarde, siendo virrey del Perú el conde de Superunda y arzobispo de Lima don Pedro Antonio de Barroeta y Ángel partieron, con la venia de la priora y de la comunidad, de este monasterio de Santa Rosa para fundar en Santiago de Chile, el 16 de agosto de 1754, las madres: Laura Rosa de San Joaquín, como priora; María Antonia del Espíritu Santo, como maestra de novicias; y Rosa de Santa María, como portera. Las acompañó en su periplo quien sería su capellán, fray Diego Flores de Oliva, de la orden de la Merced. Después de instalado el monasterio de Santiago, la religiosas limeñas volvieron a su monasterio de origen, en donde murieron.

Se puede decir, que las religiosas de Santa Rosa han mantenido con considerable celo su legado material, y a pesar de no haber sido durante el virreinato el monasterio más grande o más rico de la ciudad, constituye en la actualidad uno de los ejemplos mejor conservados de Lima.  Son de interés: las escaleras que van al coro-alto, con su retablo dieciochesco de la presentación de la niña María en el templo; el ante-coro y su colección de urnas; el coro-bajo y su magnífico retablo barroco de la Virgen del Rosario, que conserva entre otras cosas reliquias de la Santa; el de Profundis y su interesante retablo policromado del Señor Nazareno, junto a dos importantes tinajeros íntegramente enchapados en azulejos; y el refectorio. Recintos en donde se conservan numerosos objetos de otros tiempos.

Sin embargo, ningún ambiente de los antes descritos destaca tanto y tan particularmente como el Santuario, que se alza en el preciso lugar donde murió la Santa. En esta pequeña capilla, con portada de dos cuerpos y torrecillas, se conserva bajo la bóveda, notable por sus pinturas, reliquias y objetos personales de Rosa de Santa María y de otros santos (la cruz de la Santa, un eslabón de la cadena con la que el fundador de la Orden mortificaba su cuerpo, la sandalia de Santo Toribio y reliquias de San Martín y San Juan Masías), una araña de cristal de la Granja, la serie pintada de la vida de Santa Rosa, y los verdaderos retratos de la virgen limeña y de sus protectores los señores De la Maza, entre otras cosas.  Completan la estancia el zócalo de azulejos y la pintura mural en colores azul turquesa. En conjunto la capilla presenta, tanto por su belleza como por su historia, uno de los más maravillosos tesoros de la antigua ciudad de Los Reyes.


[1]En contra de lo que se piensa sobre el origen étnico de Santa Rosa, el fraile franciscano Gonzalo Tenorio decía en 1670: "… de mezcla de Español, y India que llamamos Mestizos. Deste género fue N. Rosa, pues sus abuelos paternos fueron nacidos en España, y los maternos fueron puros Indios, de los nuevamente convertidos"

[2]Don Gonzalo murió en la misma casa en 1628 y su mujer doña María en 1644.

[3]Fue reconocida como fundadora y nombrada patrona del monasterio.

[4] El virrey contaba entres sus ascendientes a santos, reyes y pontífices y dejó en Lima un hijo natural de su unión con doña María Teresa Gavilán y Campoverde. La nieta de ambos doña Josefa de Portocarrero y Zamudio casó con el III marqués de Torre Tagle, con descendencia en Lima hasta el día de hoy.


Fecha Publicación: 2020-09-02T21:22:00.000-07:00

MONASTERIO NUESTRA SEÑORA DEL PRADO DE LIMA. MEMORIA HISTÓRICA POR LOS 380 AÑOS DE SU FUNDACIÓN

 

El Patrimonio monumental es, sin duda, la fuente fundamental para el conocimiento del pasado de un pueblo, pues une las generaciones presentes con sus herencias y tradiciones culturales, modelando así su identidad. Es a partir de esta, la razón que me lleva a incubar la necesidad de presentar estas breves históricas para poner en valor este cenobio femenino, donde muchas mujeres han dejado huellas de santidad, a puertas de conmemorar nuestro Bicentenario de la Independencia.

 

Este recinto religioso fue fundado el 1° de setiembre de 1640 por cinco religiosas provenientes del Monasterio de la Encarnación de Lima: Ángela de Zárate y Recalde, Francisca de Zárate, Magdalena de Peralta, Juana Bueno y Ángela Serafina de Irarrasabal. Además de dos hermanas legas (Francisca de San Nicolás y María de la O) y dos damas que iban a ser novicias (Antonia de Ondegardo, sucesora de la fundadora con el nombre de Antonia de la Cruz quien acrecentó este lugar arquitectónica y artísticamente; y María de la Cruz, llamada luego María Juana de la Cruz). Del Acta de Fundación, que se reserva en el archivo conventual, se desprende en la parte final: "En este dicho día, mes y año, habiéndose concluido con lo precedente en la iglesia del convento junto al altar mayor, las dichas religiosas y las hermanas por orden de los dichos señores se entraron en el convento por una puerta que al presente está al lado del altar mayor sobre el plan del mismo altar a guardar la clausura que el santo concilio de Trento y bulas Apostólicas y sus Reglas y constituciones ordenan, y habiendo entrado se cerró la puerta por fuera con llave, quedando todas dentro, lo cual hicieron en señal de posesión". El día 2° de setiembre se comprobó la clausura. Su carisma fue la recolección contemplativa según la Regla Primitiva Agustina. Tuvo como ejemplo la reforma de las Recoletas Descalzas Agustinas, fundadas por la venerable Mariana de San José en el Real Monasterio de la Encarnación de Madrid. Por ello, los nombres de las fundadoras cambian por el de una advocación religiosa, llamándose: Ángela de la Encarnación, Abadesa y sacristana; Francisca de la Santísima Trinidad, Priora; Magdalena del Espíritu Santo, Maestra de novicias; Ángela Serafina de San José, vicaria de coro; y Juana de Jesús, portera. Esta última, sobrina del tercer Arzobispo de Lima, Lobo Guerrero, murió en olor de santidad. Los cambios de nombre y entrega de cargos se realizaron el 7° de setiembre, salvo el de Abadesa que fue el día 4°; y rectificado por el Cabildo el día 10°. El miércoles 19° de setiembre el Vicario del Arzobispado, don Juan Cabrera, designó al señor doctor don Francisco de Ávila, canónigo de Lima para darles nuevo hábito y recibirles la revalidación de sus votos y la promesa de clausura. Se estableció que sería habitado por 33 religiosas coristas o de velo negro en memoria de los años que vivió Cristo en la tierra. Además de contar con hermanas de velo blanco o legas dedicadas a labores domésticas según lo establecido en el concilio de Trento. Una gran huella de santidad la encontramos en Sor Gerónima de la Madre de Dios muerta el 22 de febrero de 1653, cuyo cuerpo se encuentra incorrupto; tuvo proceso de beatificación, pero por falta de recursos se truncó a finales de la Colonia. Según su autografía veía a Jesús de tres formas: un recién nacido, un infante nazareno y el rostro de Cristo en la cruz. Fue tentada por el diablo en forma de un feroz perro en la portería. Su primer patrón fue Fray Pedro de Villagómez, sexto Arzobispo de Lima, quien a su muerte en 1671 donó su corazón a este monasterio y se testifica en la leyenda que figura en un lienzo de cuerpo completo: "Hijas hagan oración por quien les dio el corazón". Tuvo sepultura al lado derecho del presbiterio en el altar mayor de la iglesia. Las líneas artistas predominantes son Neoclásica y Barroca.

 

Arquitectónicamente está conformado por: *CLAUSTRO MAYOR de estilo neoclásico, se halla una pileta de bronce y piedra, la cual data del 17 de mayo de 1663; rodeada de 13 celdas o viviendas para religiosas coristas y salas principales. Destacan: Sala Capitular Sala principal que guarda uno de los mejores vestigios pictóricos de Francisco de Zurbarán y su círculo cercano, así como mueblería de época. Tiene cenefas murales con motivos florales. Antecoro Antigua Sala Profundis preside una talla del Señor de la Caña de 1641. Las pinturas están relacionadas con la Pasión del Señor. Da acceso al campanario y sala cal y canto. Coro Primera sala en edificarse. Tiene una sillería barroca del siglo XVIII. En los pisos azulejos colocados el 2 de noviembre de 1743, también se ubican en las hornacinas de las ventanas, en una de ellas se halla la sepultura de la fundadora. Preside una talla de Nuestra Señora del Buen Suceso donada por la hermana de la fundadora. Aquí se elegían a las Prioras. Da acceso a la cripta sepulcral.

 

*CLAUSTRO DEL AROMO, hoy en estado ruinoso, fue habitado por hermanas legas; se localizan pinturas murales.

*CLAUSTRO DE LOS NARANJOS donde vivían 20 religiosas coristas. Este último ya no existe a causa del terremoto de 1940. Hacia 1921 este claustro sirvió de segunda casa para la Congregación de Canonesas del Cruz, quienes venían del Rimac. Este recinto monacal femenino alberga lo mejor de la platería barroca del siglo XVIII, pinturas de la factura de Francisco Zurbarán, Juan de la Parra, Pérez D´Alesio, Bernabé de Ayala; así como diversas tallas en variados estilos, que unidas a otras en su conjunto, forman su gran bagaje patrimonial mueble.

En lo referente a su culinaria han destacado sus escabeches y "las nueces del Prado", dulce manjar codiciado por la aristocracia limeña que Ricardo Palma las menciona en sus Tradiciones Peruanas. Tuvo este monasterio su tiempo de florecimiento, presidían de ordinario con satisfacción sus capítulos de elección de Prioras los señores Arzobispos de Lima y consideraban esta comunidad como modelo para las demás comunidades de religiosas. Pero tuvo como los demás monasterios de monjas su período de decadencia, llegando a tal disminución el número de religiosas de velo negro que en 1864 eran solo seis y no hubo ya capítulos hasta el año 1888 por falta de vida común en que se retomó los capítulos.

 La recolección, como tal, se dejó el 19 de marzo de 1923, fiesta de San José. Su última Priora fue la R.M. Tomasa del Sagrado Corazón de Jesús, quien fue elegida en 1936. Dejó la condición de clausura y pasar a tener vida activa el 26 de marzo de 1940 cuando las Religiosas Agustinas Recoletas se unen con la Congregación de Religiosas Agustinas "Hijas del Santísimo Salvador", gracias a la intervención del R.P.G. Eustasio Esteban OSA.

Esta fusión se consolida con el Primer Capítulo General del 28 de agosto del mismo año, eligiendo como Priora a la R.M. Nicolasa del Corazón de María. Desde esa fecha, la Congregación preserva con mucho celo este patrimonio religioso-cultural. En 1941 se apertura, en algunas celdas, un colegio para señoritas que lleva el nombre de la misma advocación mariana.

En la actualidad, ocupa lo que fue una de las huertas y parte del claustro del noviciado, el cual se unía al del aromo.

 

Al evocar este 380 aniversario de fundación nos compromete a conservar este monacato que fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación por la RDE N° 889/INC del 28 de diciembre de 1972 e inspire a muchos a seguir investigando para difundir la grandeza de este lugar.

 

Mg. Rubén Ramos Campos Museólogo y Gestor Cultural Responsable de los Bienes Patrimoniales del Monasterio "Nuestra Señora del Prado"".

LA IGLESIA DEL MONASTERIO DE NTRA. SRA. DEL PRADO (Texto del P. Antonio San Cristóbal en "Arquitectura religiosa virreinal"

Las pequeñas iglesias de los Monasterios femeninos constituyen en Lima una de las expresiones más típicas de su arquitectura. Algunas como la de Jesús María y El Patrocinio, conservan su planta y elevación original; pero otras reacondicionaron su fábrica de acuerdo a las más diversas contingencias. La capilla de Ntra. Sra. del Prado fue adaptada para servir a la Comunidad de Religiosas Agustinas que junto a ella estableció su Recolección deriva del Monasterio de La Encarnación.

Consistieron las primeras adaptaciones de la capilla en levantar un pequeña Monasterio de 33 celdas individuales, cada una de ellas con su propio huerto. Todavía en julio de 1652 trabajaba el carpintero Pedro de Céspedes en cubrir los locutorios de hombres y de mujeres y en acondicionar otros ambientes monjiles.

A causa de las reducidas dimensiones de la capilla inicial, fue menester readaptar y ampliar su planta. Por lo pronto, las Religiosas situaron el coro bajo a los pies de la capilla donde todavía existe separado del cuerpo de la iglesia por una alta y hermosa reja de madera. Esta añadidura implicaba cercenar una parte importante del ambiente interno destinado al uso de los fieles. Para compensar ese espacio perdido, prolongaron la iglesia por la cabecera, añadiendo nueva capilla mayor o presbiterio. Con fecha 27 de febrero de 1657, los alarifes Domingo de Aguilar y Domingo Alonso se concertaban con la Abadesa del Monasterio del Prado para levantar sobre los cuartos gruesos estribos todavía existentes una cúpula vaída lisa de cal y ladrillo según la traza diseñada por el dominico Fray Diego Maroto, Maestro Mayor de fábricas reales: la obra costó 7.000 pesos de a ocho reales.

El cuerpo de la iglesia quedaba cubierto con alfarje de madera de par y ladrillo. El maestro carpintero Diego de Mondragón se encargó el 29 de abril de 1660 de reparar las alfardas de la cubierta y de repones sobre esta la clásica torta de barro y paja, los zócalos de la nueva capilla mayor se recubrieron con vistosos azulejos cocidos y colocados por el azulejero Juan de Corral, según concierto notarial de 11 de febrero de 1658.

Otra de las adaptaciones fue la referente a las portadas. Las tres puertas iniciales anteriores a 1640 quedaron inservibles a causa de la modificación de la planta. La portada principal en los pies de la iglesia perdió su utilidad desubicada por la misma razón. El remedio consistió en tapiar estos vanos y en abrir la nueva portada lateral que todavía existe. Hizo el diseño y la traza para la portada el mismo Fray Diego Maroto; y la levantó el albañil Diego de la Gama según concierto notarial de 26 de mayo de1657. Esta portada del Prado es una de las más bellas y características del barroco limeño.

Todavía experimentó la iglesia del Prado otras modificaciones a consecuencias del terremoto de 1687. parece ser que entonces se derrumbó el alfarje y la bóveda vaída. El caso es que se prolongó la planta por la cabecera para añadir el brazo del actual presbiterio, y se cubrió el cuerpo de la iglesia con bóvedas de cañón corrido y con una media naranja sobre la antigua capilla mayor, todo ello de madera y yeso.

En la iglesia del Prado trabajaron los más notables retablistas del siglo XVII: Asensio de Salas, Pedro Gutiérrez y Diego de Aguirre que ensambló el grandioso retablo mayor. Actualmente sólo perduran el hermoso retablo de San Agustín, el púlpito y el nuevo retablo mayor, todos ellos obras del siglo XVIII.

Lima no puede perder la histórica iglesia de Ntra. Sra. del Prado, en la que todavía luce su belleza el barroco de los siglos XVII y XVIII. Su restauración debe hacerse con amor y con técnica para mantener sus valores arquitectónicos. Por inconvenientes de último momento no se han podido construir los lunetos para las ventanas de la bóveda; lo que resta de las cubiertas la elegancia que sin duda tuvieron a partir de la restauración subsiguiente al terremoto de 1687. no pueden equiparse, pues, las bóvedas de medio cañón en la iglesia de Ntra. Sra. del Prado con las bellas bóvedas de la vecina iglesia de Ntra. Sra. del Carmen Alto.


Fecha Publicación: 2020-08-29T21:45:00.000-07:00

NECESIDAD DE LOS SACRAMENTOS EN ESTE TIEMPO DE PANDEMIA.

Dr. P. César Buendía Romero, teólogo

 

"Lo que era Jesucristo ahora lo vivimos en los sacramentos"

Estas palabras de San Ambrosio tienen su lugar específico, de modo máximo, en la presencia eucarística. Dice el Santo:

«La palabra de Cristo que pudo crear de la nada lo que no existía, ¿no puede transformar en algo diferente lo que existe? No es menos dar a las cosas una naturaleza del todo nueva que cambiar lo que tienen […]. Este cuerpo que "damos a luz" (conficimus) sobre el altar es el cuerpo nacido de la Virgen. […] Es, ciertamente, la verdadera carne de Cristo que fue crucificada, que fue sepultada; es, pues, verdaderamente el sacramento de su carne […]. El mismo Señor Jesús proclama: "Esto es mi cuerpo". Antes de la bendición de las palabras celestes se usa el nombre de otro objeto, después de la consagración se entiende cuerpo»[1].

Ha sido oportunísima, providencial en este tiempo de pandemia, la declaración de la Comisión Teológica Internacional:

"No pocos católicos se han hecho a la idea de que la sustancia de la fe radica en vivir el evangelio, despreciando lo ritual como ajeno al corazón del evangelio y, consecuentemente, ignorando que los sacramentos impulsan y fortalecen la vivencia intensa del mismo evangelio"[2]. "Dado que la revelación sucede de modo sacramental, el elemento sacramental ha de permear toda la existencia creyente y la misma fe. En efecto, de la sacramentalidad de la revelación, de la gracia y de la Iglesia se sigue la sacramentalidad de la fe, como acogida y respuesta a esta revelación (DV 5). La fe se genera, cultiva, crece y se expresa en la sacramentalidad, en ese encuentro con el Dios vivo a través de las mediaciones por las que Él mismo se dona. Así, la sacramentalidad es el hogar de la fe. Pero también, en esta dinámica la fe se manifiesta como la puerta (cf. Hch 14,27) de acceso a lo sacramental: al encuentro y a la relación con el Dios cristiano en la creación, en la historia, en la Iglesia, en la Escritura, en los sacramentos. Sin la fe los símbolos de índole sacramental no actualizan su significación, sino que enmudecen. La sacramentalidad implica una comunicación y una comunión personal entre Dios y el creyente por medio de la Iglesia y las mediaciones sacramentales"[3].

El texto de la Comisión insiste en vivir los sacramentos desde la fe, es decir, creyendo en ellos, donde está presente el mismo Dios, en un diálogo, donde se da, por parte de Dios, una respuesta. La continuidad entre la Palabra, la Historia de Salvación y los mismos Sacramentos, les quita a éstos todo carácter mágico. Porque también evita considerar, simplemente, al ser humano, al creyente, como un sujeto pasivo. Hay un diálogo, donde Dios está. Desde la Ilustración y los deístas ingleses Dios está convertido en un mudo o un Ausente. Y naturalmente, desde ese presupuesto, la Iglesia y lo que ella significa parece chocar de frente con una concepción en que el hombre es la medida de todo. No es imagen de Dios. Dios es imagen del hombre. El ateísmo contemporáneo, de raíces prometeicas, hijo del racionalismo, no es la mejor base para comprender la fe, puesto que reduce a Dios, y lógicamente, la relación con Él, o a mera ilusión, como hacen los maestros de la sospecha, o a algo peor, a un ser del que lo mejor es defenderse. El mundo actual, con su soberbia y su ciencia, intenta asegurar al hombre. Y la pandemia nos ha demostrado que solo somos creaturas.

Los sacramentos son un escándalo para el mundo, porque reconocemos en ellos a Dios presente, en la vida, en la historia, en los acontecimientos y en la Iglesia.

LA DOCTRINA SACRAMENTAL, TAL COMO LA IGLESIA LA HA RECIBIDO

Los sacramentos son, a la vez, instrumentos y signos de la gracia santificante. Por "sacramento" se entiende lo visible. La gracia santificante es aquella gracia por la que, como hijos de Dios, estamos en comunión con la Santísima Trinidad, por la inhabitación en el alma del Espíritu Santo, que nos hace vivir como hijos del Padre y nos hace compartir la vida eterna. En el estudio de la gracia hay que recordar la posibilidad de crecer en gracia. En este sentido vale la pena pensar en las dos imágenes de la gracia barajadas en Trento, la de Seripando, general de los agustinos, y la que finalmente triunfó en Trento.

Los partidarios de la doctrina de la doble justicia, es decir, de Seripando, que hablan de que el hombre redimido queda en parte pecador y en parte santo, justo internamente pero necesitado exteriormente de una parte de justicia imputada, defendida por el ya nombrado cardenal Seripando,  los teólogos Pflug, Pighi y Gropper, y los cardenales Pole, Contarini y Cervini[4],  distinta de la luterana que defiende la inexistencia de la gracia inherente al hombre, y que dice que el hombre redimido queda, sin embargo, internamente, todo pecador y, con la imputación de la gracia, externamente todo santo, es distinta de la finalmente consagrada en el concilio de Trento que habla de un pecador redimido y un pecado perdonado, con una gracia interna, inherente al hombre, pero también de un hombre capaz de crecer en gracia; repito, los partidarios de la doble justicia o justificación, recibieron una corrección de parte de la doctrina defendida por la Iglesia y consagrada en Trento.

Como digo, la teoría de la doble justificación de Seripando no fue aceptada en el Concilio de Trento: "No se debe creer que falta nada a los mismos justificados para que se considere que con aquellas obras que han sido hechas en Dios han satisfecho plenamente, según la condición de esta vida, a la divina ley, y han merecido en verdad la vida eterna, la cual a su debido tiempo han de alcanzar también, en caso de que murieren en gracia" (Dz. 809). "Si alguno dijere que los hombres se justifican o por sola imputación de la justicia de Cristo o por la sola remisión de los pecados, excluida la gracia y la caridad que se difunde en sus corazones por el Espíritu Santo y les queda inherente; o también que la gracia, por la que nos justificamos, es sólo el favor de Dios, sea anatema" [Dz 821 Can. 11cf. 799 s y 809].

Es necesario, por tanto, preguntarnos ahora si esa justificación interior, que puede crecer, necesita de modo absoluto del signo exterior para ser recibida, es decir, del sacramento. Y la conclusión aparente es que no de modo absoluto, ya que Dios lo puede todo, pero sí en la economía histórica de la salvación, ya que Cristo ha ordenado los sacramentos para la salvación del hombre de modo ordinario.

¿QUÉ APORTA EL SACRAMENTO PARA LA SALVACIÓN?

Al menos, hay algo evidente, el sacramento se ve, se percibe, mientras que la gracia no se ve. Si el sacramento se recibe con la disposición necesaria, aun mínima, el sacramento actúa eficazmente, porque su autor es Cristo[5], aunque en la proporción de la disposición humana en cuanto a la gracia y que es el tema fundamental de la reciente declaración de la Comisión Teológica Internacional.

Aparentemente el sacramento sólo aportaría la exterioridad de la acción de Cristo. Pero podemos preguntarnos si esa acción Cristo la ejerce a través del sacramento o sin él. Si el sacramento sólo aporta su exterioridad, entonces la participación presencial en la Eucaristía no sería necesaria. Sería conveniente, pero no necesaria. Bastaría la participación virtual.

Algo así pensó Berengario. No negó la gracia de la Eucaristía sino la presencia. Si el pan y el vino permanecen sin variar en sus accidentes es que la sustancia no varía, y, por tanto, sólo significan lo que ocurre en otra instancia, en el alma del que lo ve. La exterioridad del sacramento no aportaría nada como instrumento, sino sólo como signo externo. La doctrina protestante en torno a los sacramentos es muy semejante a la de Berengario.

Sabemos que está prohibida la celebración del sacramento de la penitencia sin participación presencial[6]. Y aunque, por otro lado, está permitido el matrimonio por poderes, la indisolubilidad sólo se da cuando está consumado, y tal consumación sólo se da por presencialidad[7]. Por otro lado, sería propio en este caso estudiar bien el sacramento de la Eucaristía. Las especies sacramentales no son meras apariencias, son reales accidentes sin sustancia propia. Si fueran meras apariencias no serían accidentes, porque su medición sería mera apariencia, y su hipotético estudio microscópico también. Eso plantea el tema de qué es la sustancia, pero es claro que ésta es la que da lugar a los accidentes, pero la sustancia es algo de tipo metafísico que, en el caso de la Eucaristía, es la persona del Verbo Encarnado, Crucificado y Resucitado que se ofreció en la Cruz y se ofrece sacramentalmente al Padre. Es claro que virtualmente no hay accidentes, y, por tanto, tampoco la presencia.

 

 

EN EL PROTESTANTISMO LOS SACRAMENTOS NO TIENEN CABIDA.

¿Por qué? Porque no tienen en cuenta, posiblemente en origen por pura ignorancia, ya que no había imprenta y no se podía por tanto conocer universalmente la obra del Aquinate, el sacramento como prolongación de Cristo Encarnado y Resucitado. La Humanidad de Cristo en su contacto con la humanidad de sus discípulos, es decir, con la humanidad de sus ministros y de su Iglesia, es también un dogma que la reducción intimista e individualista de la Devotio Moderna no tuvo suficientemente en cuenta.

Si el ser humano es también carne, es la carne y la materia las que han de ser también redimidas, como la sociedad. Por eso, escándalo para el mundo que pretende adueñarse de la viña, como los labradores homicidas, es que Dios ha bajado para hacerse cargo de él. La lucha de las investiduras dura siempre. Siempre estará en guerra Dios y los poderes del mundo que quieren imponerse. Pero Dios ha entrado.

Bueno, volvamos a la gracia, efecto principal del sacramento. La gracia santificante, aunque no es la sustancia del ser humano, que es su constitución natural, por ser sobrenatural, sí tiene efectos enormes en el ser humano. La excesiva acentuación de su sobrenaturalidad no debe significar la negación de esos efectos. Los apóstoles salieron distintos del Cenáculo en Pentecostés. Santo Tomás dice que la gracia perfecciona la naturaleza[8].

De modo que la justificación significa un cambio total del hombre, y éste, el ser humano, cambia su pecado por la alabanza. El carácter público que nos vuelve Pueblo de Dios. Y es público porque la evangelización es pública. La evangelización es parte de la índole de la Iglesia, porque Cristo se encarnó por el ser humano, éste es concreto, y por eso la Iglesia siente la pasión por el ser humano concreto. Pero, dentro de ese diálogo con la sociedad, aunque es un diálogo interior, puesto que la comunidad no absorbe al individuo, y los pecados, como los méritos, son también personales, hay también una dimensión pública. Los sacramentos nos unen públicamente a la Iglesia.

 

TRENTO TRATA LOS SACRAMENTOS EN TORNO A LA GRACIA DE LA JUSTIFICACIÓN

Sin embargo, en Trento no se trató tanto el tema de la Iglesia, como el tema de la justificación personal, y en eso entraba la concepción protestante de los sacramentos. Los sacramentos en Trento son tratados fundamentalmente en torno a la gracia de la justificación, y ésta está en relación al pecado. Pero en Trento, herederos por fin de Santo Tomás, se ven los sacramentos, después de una enorme evolución intelectual de todo el Medioevo, como instrumentos históricos de la salvación de Cristo, que afecta totalmente al hombre. Por eso, por la unidad humana, lo exterior y lo interior tienen una estrecha relación. Lo exterior de los sacramentos no es independiente de la realidad interior que contienen y confieren por voluntad y obra de Cristo en una unidad. Tampoco el ser humano puede ser concebido sin tener en cuenta su realidad corporal y su realidad espiritual por separado.

Es escandaloso que un hombre pueda perdonar los pecados. Pero si no puede, el hombre no ha sido salvado. El hombre se ha convertido en camino de otro hombre. Y el cuerpo del hombre se ha convertido en instrumento de su alma. Así, Cristo, que es hombre, utiliza al ministro que también lo es, para salvar a la oveja perdida, a otro hombre.

El dogma de la resurrección de la carne significa la total justificación del ser humano, también en lo corporal, en lo exterior y en lo comunitario. El rebaño del Señor se va reuniendo hasta formar la Jerusalén celestial.

Por eso, aunque los sacramentos tengan como fin fundamental dar la gracia directamente en quien no la tenía, o aumentarla en la persona que ya la tenía, individualmente considerada, y la gracia sea algo fundamentalmente espiritual, la unión en el acto sacramental de lo material y lo espiritual es de tal índole que los hace inseparables.

Por esto se da una armonía con la radical unidad personal de cada ser humano, y se da una armonía con la radical, también, necesidad del otro, del hermano, y del radicalmente Otro, Dios mismo, hecho carne y carne crucificada y resucitada en la Unidad del Verbo Divino.

Porque, en el caso de Cristo, se da una unidad inseparable entre la Persona Divina en Él y la naturaleza humana, con su cuerpo humano y su alma humana. Esa unidad profunda le ha hecho hermano del hombre, hijo de María, primogénito de los muertos. La división de la muerte, que separa de la humanidad al que muere, y le separa su cuerpo de su alma, en Cristo ha sido vencida. Por eso es Cabeza del género humano, cuya vocación es la redención.

Cristo es Dios, pero también hombre. Su cuerpo y su alma humana son instrumento y vehículo de su Persona Divina. Los apóstoles son enviados por Cristo con poder y este poder es sacramental. Luego los sacramentos prolongan en la historia la presencia de Cristo también en cuanto revelado, en cuanto exterior, en cuanto instrumento de la Divinidad del mismo Cristo, ofrecido en la Cruz.

 

EN EL SACRAMENTO SE DA LA UNIDAD PERFECTA

Volvamos al sacramento ¿en qué sentido se da esa unidad profunda? No es fácil comprender que la gracia del sacramento esté unida al signo sacramental, ya que estamos diciendo que no actúa sólo significándola sino "realizándola" y otorgándola[9]. Ciertamente el sacramento es un acto, pero en él hay, al menos, varios principios, no homogéneos, actuando conjuntamente, por un lado, Dios Trino y el ministro, y, por otro lado, otro principio personal, el sujeto que lo recibe. Como gesto, como acto consciente, lo es en todos esos niveles personales.

Una idea venció todas las dicotomías, la idea del Aquinate indicando las características distintas pero convergentes de las diversas causas que confluyen en un acto, destacando en él la causa eficiente y la causa instrumental[10].

El hacha del leñador, aun distinta de su mano, cuando trabaja realiza el mismo acto que la mano y que la persona, así el sacramento realiza el acto de la salvación inseparablemente de Cristo y del Padre a través de la persona del ministro, que actúa como instrumento de la misma.

No se opone esta unidad entre sacramento y gracia, a la omnipotencia de Dios. Que Dios sea omnipotente no significa que no haya previsto las mediaciones humanas, especialmente la de la Encarnación de Cristo y la misma Iglesia, e incluso los actos sacramentales concretos. La ley de la comunicación exige compartir el mismo código. Los sacramentos son un código, una cita de encuentro en el espacio y en el tiempo. Y es lógico que sus normas las marque Dios y que sean enormemente concretos.

Es cierto que  "Deus non alligavit potentiam suam sacramentis"[11], es decir, que Dios no necesita, de modo absoluto, para salvar al hombre, de los sacramentos, como dice Santo Tomás, pero también es cierto que hasta que no se hizo visible, y no sólo visible, sino hombre, no salvó a los hombres por el acto único de la cruz.

Y, sin embargo, no es la visibilidad lo que hace eficaz el sacramento, sino que su eficacia es visible para que, al aceptar el signo, el ser humano acepte la salvación ofrecida a través de él.

TODO SACRAMENTO ES UN ACTO DE CONSAGRACIÓN, DEPENDIENTE DE LA CRUZ.

En la cruz, Jesús se consagra al Padre ("Por ellos me consagro Yo" Jn 17,19-21) y el Padre devuelve a Cristo Resucitado. En la Eucaristía el pan y el vino ofrecidos, signo orante de la consagración y ofrenda de la vida de los participantes, recibe en correspondencia la devolución de los mismos, por la comunión, resucitados y unidos profundamente a Cristo. También en los demás sacramentos hay una consagración, una muerte, una ofrenda a Dios por la fe, unida a Jesús en la cruz, que recibe posteriormente del Padre la respuesta de la gracia. Como Isaac ofrecido por Abraham y recobrado con la bendición, así ofrecemos al niño en el bautismo, para recuperarlo libre de pecado, y nos ofrecemos en cada sacramento para recibir de Dios nuestra vida bendecida. Todo ello se hace en la tierra, y por eso visiblemente, para recibir la eficacia del cielo.

A pesar de ello, y no pudiendo despreciar impunemente los sacramentos de Cristo, Dios puede dar su gracia a los no bautizados  que sin culpa desconocen el Evangelio, como dice el Vaticano II[12], porque ellos no son responsables de su ignorancia respecto a   los medios de santificación, pero habitualmente, y, diríamos nosotros, de modo más pleno, más evidente y específico, lo hace a través de los sacramentos de la Iglesia.

El aspecto comunitario de los sacramentos es una asignatura pendiente de la Iglesia y enormemente actual. Ahí entran también ambos aspectos del sacramento, la eficacia y la significatividad. El signo no obra por sí mismo, sino que su eficacia está en lo significado, y lo significado en todo sacramento está relacionado con el Misterio Pascual, con el doble movimiento de ofrecer y recibir, de orar y ser escuchado. Pero, como la significatividad y la transmisión de la verdad operan a través de la índole social del ser humano, también la significatividad sacramental tiene una índole comunitaria. No sólo se me hace saber a mí lo que sucede en mi alma. La Iglesia, representada por el ministro, que es a la vez profeta para mí, ora conmigo, y se nutre de lo que yo mismo recibo. Es más, toda la comunidad vive y se nutre de lo mismo.

 

PARTICIPAR DE LA CABEZA, ES VIVIR COMO CUERPO DE CRISTO, COMO IGLESIA.

Estamos en un mundo muy comunicado. Como nunca lo estuvo. Y somos, desde la pandemia, perfectamente conscientes de que es una aldea global. Pero no hemos sido tan conscientes de que Dios quiere salvar al mundo entero, que la caridad no está separada de la misma salvación individual, que la Iglesia no puede estar separada de los sacramentos, y que la visibilidad de los mismos, así como el diálogo con Dios que suponen, no está separado de la evangelización por la que nos convertimos y nos acercamos a ellos. Hay una unidad que resalta la reciente declaración de la Comisión Teológica Internacional.

Esa realidad, que aparece en la alegoría de la vid de Juan 15, presenta la vida divina de la gracia como una participación de la savia de la misma vid. Pero aquello que parece algo absolutamente individual resulta una participación. Pero la vid, en la que hay muchos sarmientos, que, unidos entre sí a través de su tronco, tienen vida, nos invita a pensar, con San Pablo que se trata, por tanto, de la vida misma divina que está en la Iglesia, de la caridad que los une, y que, sin la Iglesia, es imposible participar de esa vida. La índole de la Iglesia es comunitaria. Participar de la cabeza, es vivir como Cuerpo de Cristo, como Iglesia. De ahí la importancia de la unidad que suplica Jesús al Padre el último día de su muerte, según San Juan. El cemento que une y el vehículo que enlaza todo son los sacramentos de la Iglesia, pues en ellos se hace presente Jesucristo.

El Papa Benedicto ha insistido mucho en su Spe Salvi en el destino de la gracia santificante a la comunión del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. La gracia, que nos pone en relación con la Cabeza y el Cuerpo, y, por eso, el sacramento, que es su instrumento, seguramente debe ser entendida siempre como el fruto de una celebración pública y comunitaria de la misma Iglesia.

Es la Iglesia la que recibe, a través del mismo sacramento, en su seno, al bautizado, al pecador arrepentido, la que une en la misma carne y sangre del Salvador a sus miembros en la Eucaristía. Y la Iglesia es radicalmente visible, además de invisible. Todo sacramento es público, y une con Cristo, aunque sea para recibir las fuerzas necesarias para vivir la misión propia, por ejemplo, del matrimonio. Yo veo aquí no sólo la oración de la Iglesia, que intercede, sino también la respuesta a la intercesión en un solo acto. Pues el cuerpo visible es instrumento del alma invisible, y Cristo y la Iglesia son, como Cuerpo, elementos de una continuidad inseparable. Jesucristo ora en su Iglesia ante el Padre. Intercede. La Iglesia visible y su oración se convierten también en instrumento del Señor invisible[13].

 

¿QUÉ APORTA REALMENTE EL SACRAMENTO A LA CONTRICIÓN PERFECTA?

Hay una pregunta que debe hacerse: si el deseo de confesarse con la debida disposición con contrición perfecta, perdona antes de confesarse ¿qué aporta el mismo sacramento? Hay un atisbo de solución a la pregunta en la obligación de confesar los pecados y recibir la absolución cuando el que se ha arrepentido y no se ha podido confesar tiene ocasión posterior de hacerlo.

Porque si, después, la Iglesia pide que se digan los pecados en confesión y se reciba la absolución, es que algo aportaría el sacramento que no lo habría dado la contrición perfecta. Luego debe haber algo en el sacramento que no lo tiene el simple deseo del sacramento, aunque vaya acompañado de una contrición perfecta.

¿Debemos aplicar esto a todos los sacramentos? Es interesante constatar cómo Trento entiende que el deseo es específicamente deseo del sacramento, como mediación de la gracia inseparable de ella, no simplemente deseo de la gracia del sacramento (o la fe en el amor de Dios que justifica, que sería la posición de los reformados), y, por ello, declara necesario el sacramento y no sólo la fe, para la justificación del hombre:

"Si alguno dijere que los sacramentos de la nueva Ley no son necesarios para la salvación, sino superfluos, y que, sin ellos o el deseo de ellos, los hombres alcanzados de Dios, por la sola fe, la gracia de la justificación, aun cuando no todos los sacramentos sean necesarios a cada uno: sea anatema"( Can. 4).  "Si alguno dijere que el impío se justifica por la sola fe, de modo que entienda no requerirse nada más con que coopere a conseguir la gracia de la justificación y que por parte alguna es necesario que se prepare y disponga por el movimiento de su voluntad: sea anatema" (Can. 9) [14]. Hay un consenso logrado actualmente, según la Declaración Conjunta católico-luterana sobre la Justificación[15].

Por otro lado, está la "res et sacramentum". Los sacramentos tienen, en general, este elemento, aparte del signo o "sacramentum", y de la gracia o "res". En el caso del Bautismo, Confirmación y Orden, se trata del "carácter", y en el caso de la Eucaristía la misma Presencia Real de Cristo en ella. Se trata de algo, distinto de la gracia, que la exige, y en todo sacramento de algún modo se encuentra.

Pongamos un ejemplo, una persona puede casarse y no estar en gracia. En consecuencia, el sacramento, válido, no aumentaría su gracia, porque este sacramento la aumenta si existe. Pero se da el vínculo cuando el sacramento se ha consumado con la unión marital. Una vez se da ese vínculo, independientemente de la gracia, el matrimonio rato y consumado es indisoluble hasta la muerte de uno de los cónyuges. El vínculo es un don del sacramento, la "res et sacramentum", que no depende, del grado de disposición del sujeto.

Luego reducir el sacramento a la formalización externa del perdón alcanzado antes por la fe sería falso. Mi fe no logra el perdón. Es Cristo quien lo da. Mi fe cree en lo que Cristo me quiere dar y yo recibo fundamentalmente de modo pasivo, gratuito, aunque mi fe desee recibirlo. Por eso el sacramento no sirve para comunicarme algo que ya recibí, sino para darlo. Porque en él está Cristo dándomelo.

 La fe es en el sacramento, y de por sí, debe llegar a recibirlo, es decir, la fe está abocada a la recepción del sacramento que da la gracia. La impresión es que el sacramento futuro da la gracia como en el caso de María (ante praevisa merita Christi), en previsión del futuro sacramento al que desea recibirlo.

La fe protestante parecería ser una fe en Cristo Salvador que excluye los medios que Cristo ha dejado para la salvación. Estamos hablando en teoría, en la práctica entre los evangélicos se practica la bendición y la oración. Ambas suponen un momento distinto a la fe. El momento en que Dios da el don. Y ese momento, entre los católicos se llama sacramento si el don que se pide es el de la gracia de ese sacramento.

Dejando de lado, pues, la fe protestante en la salvación, que no contempla en principio la necesidad de los sacramentos, respondamos a la pregunta. ¿Es indiferente la recepción de los sacramentos o la celebración presencial del mismo respecto la gracia que se recibe a través de ellos? Dicho de otro modo ¿se recibe igual la gracia si se está presente corporalmente en el templo donde se celebra el sacramento que si se asiste a él virtualmente?

No es indiferente la presencia corporal. Y no lo es porque no es indiferente recibir el bautismo, aunque haya precedido la fe que salva, la fe informada por la caridad. Tampoco lo es confesarse y recibir la absolución, aunque haya precedido la contrición perfecta. Porque la fe lo es en lo que voy a recibir, y no puedo decir que me es indiferente recibirlo o no. Como no lo es el cumplimiento de la promesa para quien espera algo, aunque pudiera recibir un anticipo de lo que espera; y, como tampoco lo es, comulgar realmente con el Cuerpo y la Sangre de Cristo o desear hacerlo.

 

¿SE DA LA MISMA GRACIA CON LA RECEPCIÓN QUE CON EL DESEO DEL SACRAMENTO?

Pero surge naturalmente una pregunta, derivada de la anterior ¿la gracia que se me concede por la recepción de los sacramentos es la misma que la que se me concede por el deseo de los mismos?

Es claro que, si la gracia, que es el fin personal de los sacramentos, no fuera la misma, no se daría un anticipo de la misma gracia (en el caso del Bautismo, la salvación y el perdón de los pecados, o sea, la aplicación de la redención). Debe ser la misma.

Pero creo que aquí hemos de decir que cada sacramento es distinto. Si en los demás sacramentos la transformación del ser humano se da, en la Eucaristía la unión es máxima porque viene el mismo Señor, no sólo su fuerza, su dynamis, a tomar posesión del hombre.

Pero en la comunión espiritual se desea y se lamenta que todavía no se dé esa posesión, esa transformación interior por la que el hombre se une a Cristo crucificado y resucitado del modo con que se da en la comunión eucarística, justamente porque no se recibe sacramentalmente.

Cuál sea esta unión, por la que el agonizante recibe la comunión como viático para la vida eterna, queda en el misterio. Pero que debe haber alguna diferencia entre desearlo y recibirlo, no. En los sacramentos que imprimen carácter, al menos, la diferencia es que la recepción efectiva produce el carácter y el deseo del sacramento no. Y en el matrimonio el vínculo. Ese vínculo no sólo les hace pertenecerse a los cónyuges, sino que les une indefectiblemente al que dijo: "Lo que Dios ha unido".

Si la plenitud de los sacramentos es la Eucaristía, todo lo anterior se debe dar en ella de modo eminente. Yo lo diría con una palabra: la pertenencia a Cristo, y, por esa unión, a Dios Padre, en el Espíritu Santo.

Y eso lo debe dar el conjunto eucarístico de la ofrenda, consagración y comunión, por la que Dios acepta el sacrificio de su Hijo al que se une la Iglesia, realmente, a través de la comunión, y, aceptado, le entrega todo al Hijo: "Se me ha dado pleno poder" (Mt 28,19).  Nosotros nos entregamos y somos aceptados, y, en ese momento, somos suyos.

Hay una objeción. Si le pertenecemos, ¿por qué vamos a recibirle muchas veces?

El símbolo de la comida expresa lo que ocurre. Como el alimento se une con el que lo recibe hasta el punto de la identificación, así Cristo nos asume al modo trinitario. Somos distintos pero una sola cosa. Pero, así como la historia impide que una comida sirva para siempre, así, el ser humano, capaz de libertad, debe realizar muchas veces la entrega a Dios que es la Eucaristía, porque también muchas veces podría abandonarle. En este sentido la Eucaristía es sacramento que ayuda a la fidelidad. También habría que exceptuar a esto que estoy diciendo la muerte martirial. Si la Eucaristía es ofrecerse incruentamente con Cristo que murió cruentamente, la muerte martirial es tal identificación con Cristo que debe lograr todos los dones de la Eucaristía, y no se repite porque el mártir se entrega de una vez para siempre. Quizá por eso se dé el Viático a los luchan en la tentación tremenda de desesperación que es la agonía, que significa combate. Hay una entrega a Dios en el combate de la muerte, donde se lucha contra la desesperación, y ese momento es llamado en Trento, si en él vence la gracia, el máximo don, el don de la perseverancia final, don que hay que pedir constantemente como hacemos en el Ave María, "ahora y en la hora de nuestra muerte"[16].

San Agustín lo testifica así:

"Quienes, en efecto, mueren por confesar a Cristo sin haber recibido el bautismo de la regeneración encuentran en la muerte tal poder para remisión de sus pecados como si fueran lavados en la sagrada fuente del bautismo. Pues quien dijo: «A menos que uno nazca del agua y del espíritu, no puede entrar en el reino de Dios», exceptuó a éstos en otro pasaje, donde habla con idéntica generalidad: «Al que me confesare delante de los hombres yo también le confesaré delante de mi Padre, que está en los cielos»; y aún en otro lugar: «El que pierda su vida por mí la encontrará»[17].

Se me dirá que ahí San Agustín no habla directamente de la Eucaristía sino del bautismo de sangre, pero también le diría yo que la relación del bautismo con la Eucaristía es la de los tres sacramentos de iniciación, es decir, de identificación con Cristo, de los que la Eucaristía constituye su culminación. De hecho, los mártires nunca necesitaron otra cosa para ser considerados santos.

En el caso que nos ocupa, el COVID 19, hemos de decir que no podemos dejar de lado la necesidad de los sacramentos, porque, en ese caso, dejaríamos de lado la misma Encarnación de Cristo, por la que se hizo una sola cosa, también histórica y comunitaria, es decir, eclesialmente, con nosotros.



[1] De mysteriis, 52-53 [trad. esp. San Ambrosio de Milán, Explicación del símbolo; Los sacramentos; Los misterios (Introd., trad. y notas de P. Cervera) (Editorial Ciudad Nueva, Madrid 2005)].

[3] Ibíd. 19.

[4] "Antes de la reunión del Concilio de Trento, algunos católicos se esforzaron para crear una atmósfera de entendimiento con los protestantes. La "fórmula concordiae" (fórmula de concordia) que creían aceptable para católicos y protestantes fue la de la doble justicia, apoyándose en ciertas expresiones de autores medievales. S. Bernardo, había afirmado que "iustitia hominis est indulgentia Dei" (La justicia del hombre es la indulgencia de Dios) (PL. 183, 892). Una tendencia análoga se encuentra en las corrientes del pensamiento de la Devotio Moderna, particularmente en la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis, quien gusta de repetir que Cristo. es el solo motivo de confianza en la hora de la muerte. Sobre esta corriente teológica se apoya la Escuela de Colonia, representada por Pighi y su discípulo Gropper, y en el Concilio de Trento por el cardenal Contarini, Legado pontificio, y por Jerónimo Seripando, general de los agustinos. La línea, pues, de la escuela de Colonia al respecto es la siguiente: "Nuestra" justicia es doble. Una interior, gratuita desde luego, afirmada contra el puro extrinsecismo de los protestantes; pero esta justicia interior, causa formal de la justificación, es imperfecta y, en consecuencia, tiene necesidad de un complemento. Este complemento, siendo también causa formal de nuestra justificación, es exterior a nosotros por cuanto que es la misma justicia de Cristo que se nos imputa". Sacado de Antonio Vilaplana Molina. Apuntes de clase.

 

[6] Clemente VIII,20 de junio de 1602 DH 1994

[7] Tiene sentido aquí pensar por qué están prohibidas las manipulaciones en el semen masculino.

[8] STh I, 1, 8 ad 2

[9] Repasemos el canon 6 de Trento:" si alguno dijere que los sacramentos…. no contienen la gracia que significan o que no confieren la gracia misma" … Para Hugo de San Víctor "el agua está en un vaso para poder ser bebida, pero no es el vaso quien la ofrece al sediento, ni menos quien la otorga", por eso los sacramentos contienen, según él dice, la gracia. Santo Tomás, al tomarlos como instrumento de un acto único pues el acto del sacramento es único, les reconoce que también ellos participan en el otorgamiento de la gracia, y así lo recoge Trento. Esto se ve claramente en el bautismo, pero tendremos siempre que exceptuar algunos sacramentos, donde no hay una unidad tan evidente. 

[10]Ordeig habla de Rahner y dice lo siguiente: "Comienza, pues, diciendo que «para satisfacer la doctrina de la Iglesia basta con que se retenga que en la administración de los sacramentos se da la gracia por causa del signo sacramental». Continúa lamentándose del poco caso hecho de aquel axioma tradicional en teología: sacramenta significando efficiunt  y concluye estableciendo ese punto de partida buscado en la reducción de la eficacia sacramental a la mera significación: «Desde el mismo punto de partida se puede hacer comprensible que la eficacia de los sacramentos es precisamente la de los signos: el signo, al significar, lleva consigo lo significado"  "La misma «causalidad simbólica instrumental», propia de Schillebeeckx y de Rahner, desemboca, a la postre, en un efecto exclusivamente individual. El sacramento es una expresión de amor del Hombre Dios y ese gesto expresivo de Cristo despierta en nosotros la respuesta... a partir de la cual. podemos realizar el acto teologal del encuentro con Dios en un abandono de fe y de amor". Ordeig identifica a mi parecer un peligro en la concepción de eficacia en cuanto signo. La inseparabilidad no es la reducción de la obra a la palabra, al signo, porque la eficacia provendría sobre todo de la comprensibilidad del signo, lo que lo acerca peligrosamente al pensamiento protestante. Una cosa es la simultaneidad y otra la dependencia causal de una sobre otra. La eficacia no la da el signo sino el autor. SIGNIFICACION y CAUSALIDAD SACRAMENTAL SEGUN SANTO TOMAS DE AQUINO MANUEL J. ORDEIG pg 67-68. https://core.ac.uk/download/pdf/83565259.pdf

[11] S. Th. I-II, q 113, a 3, arg 1.

[12] "Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna" LG 16.

[13] Por algo se les pide a los presbíteros que impongan las manos sobre el que se ordena como tal. Debe haber en la Iglesia, aunque jerárquicamente ordenada, una unidad con la Cabeza que la hace toda ella, no separadamente de su jerarquía, pero tampoco, al contrario, capaz de otorgar el sacramento.

[14] "Este texto reafirma el convencimiento de la fe católica respecto de la necesariedad de la mediación sacramental para lograr la gracia de la justificación, no siendo la sola fe suficiente"  Agustín Podestá http://sociedadargentinateologia.org/wp-content/uploads/2020/05/Podest%C3%A1-Agust%C3%ADn-El-sacramento-de-deseo.pdf

[16] El Segundo Concilio de Orange, en 529 A.D. enseña, contra la posición de los semi-pelagianos, que los que han sido justificados también deben orar constantemente por la ayuda de Dios para tener un buen fin (Denzinger, 380). El Concilio de Trento, en 1547 llama a la perseverancia "un gran don" y dice que los que están en estado de gracia no pueden persistir en amistad con Dios sin especial ayuda divina (Denzinger 1572). La perseverancia final es un don que estrictamente no merecemos. Aun si en la actualidad estamos en gracia, no podemos saber con certeza si vamos a perseverar (a no ser que recibamos una revelación especial al respecto) (Trento, Denzinger, 1566). Por cierto, aunque no estuvieran cuando se celebró la Misa los que comulgan fuera de ella, por la Comunión recibida fuera de la Misa, se unen con la Misa que se celebró.

[17] De Civitate Dei. Agustín de Hipona. Libro XIII, nº 7, https://www.augustinus.it/spagnolo/cdd/index2.htm


Fecha Publicación: 2020-08-19T17:05:00.001-07:00

EL LIBERTADOR SAN MARTÍN, HÉROE SERENO Y CATÓLICO PRACTICANTE

Los presentes apuntes tienen como objetivo conocer la intensa trayectoria vital del más célebre protagonista del Bicentenario de la Independencia del Perú. Tras una síntesis biográfica basada en los momentos estelares de su vida, les comparto el valioso análisis de Basadre, para concluir en las interesantes manifestaciones de su religiosidad y fe católica.

1.   Raíces palentinas y platenses

Pocos recuerdan que los padres del libertador del Perú, aunque casados en Argentina, donde le nacen sus cincos hijos, son de Palencia (España), el padre, Juan de San Martín, de Cervatos de la Cueza, y la madre, Gregoria Matorras, de Paredes de Nava.

Nació el 25 de febrero de 1778, en el pueblo de Yapeyú (Corrientes), capital de su departamento y uno de los cinco en que se dividió el gobierno de los guaraníes, evangelizados de modo ejemplar por los jesuitas. Quinto y último hijo de esta familia palentina cuyo cabeza de familia será teniente gobernador de la provincia. En 1781, se trasladó la familia a Buenos Aires y, destinado el padre a España, llegaron a Cádiz el 23 de marzo de 1784 con sus hijos, José con seis años[1].

Su niñez y primera etapa escolar estará marcada por la ausencia de los jesuitas, expulsados de las Reducciones guaraníes y –ya en Málaga- convertida su casa en escuela gratuita de las Temporalidades. Sus compañeros se quedarán admirados por su inteligencia, su excelente caligrafía, así como su aptitud para el dibujo, la natación y la equitación, requisitos necesarios para su ingreso en el ejército. Durante siete años (de seis a trece) gozará José de la sencilla casa paterna y del austero cuartel. La ciudad andaluza, frente al mar, alegre y bullanguera, no pasaba de los cincuenta mil habitantes. Sus raíces americanas y castellanas, con el influjo del mundo oriental, arábigo o bereber, de puertos exóticos, cimentarán su vigorosa personalidad.

Desde 1791 ingresa como cadete en el ejército y son sólo trece años participa en un combate en Orán, África. Con una formación teórico práctica impecable participa como profesional del Ejército de España y en plena Guerra de la Independencia frente a Napoleón le vemos como consolidado oficial. El parte de guerra de 23 de junio de 1808, de Mourgeón, dirá de San Martín: "Este valeroso oficial atacó con tanta intrepidez, que logró desbaratarlos, dejando en el campo diez y siete dragones muertos y cuatro prisioneros; emprendiendo la fuga el oficial y los restantes soldados, con tanto espanto que arrojaban sus morriones". Su diligente participación en la guerra le valió el ascenso a teniente coronel en 1811.

2.   De militar desencantado a libertador frustrado

 

Sin embargo –sorpresivamente- el 2 de septiembre de ese mismo año- solicitó la baja en el ejército y consigue el pasaporte a Lima bajo el nombre de José Matorras, con intención secreta de ir a Buenos Aires. Parece ser que el motivo fue "el glorioso desencanto", la injusticia profesional con los méritos del padre, oficial "de tropa" muerto con sueldo de teniente; y con él, "cadete de cuerpo" por "hijo de americano" (militar en América), que fue postergado.

Lo cierto es que el día 14 zarpaba para Londres, donde permanece cuatro meses, y el 19 de enero de 1812 se embarca con otros "patriotas" americanos rumbo a Buenos Aires. Llegó a Buenos Aires el 9 de marzo de 1812 y ocho días después ofreció sus servicios a la Junta Gubernativa y siete días después, el 16, se incorporó al Ejército de la Revolución de Mayo que le reconoce el grado de teniente coronel de Caballería.

El 12 de septiembre de 1812 se casaba con María Remedios de Escalada, el 8 de octubre actuó en la revolución que derrocó al Triunvirato, y el 7 de diciembre, ascendido a coronel, se le nombra jefe del formado y ya instruido Regimiento de Granaderos.

El 3 de febrero de 1813, a pesar de la victoria sobre los realistas en San Lorenzo, estuvo a punto de morir. Ese mismo año muere -el 1 de junio- su madre.

En septiembre de 1814 se le nombró gobernador intendente de Cuyo y tuvo que acoger allí a los patriotas que buscaban refugio después de la derrota sufrida en octubre de ese mismo año en Rancagua. Con el apoyo del nuevo director supremo, Carlos de Alvear, organizó un ejército con los refugiados, cuando el Congreso de Tucumán el 9 de julio de 1816 concedió la independencia a las Provincias Unidas del Río de la Plata. Nombrado general en jefe del Ejército de los Andes, lo instruye durante dos años en Mendoza. Desde allí inició el paso de los Andes –incomparablemente mayor que el cruce de los Alpes por Aníbal, César, Alejandro o Napoleón- el 18 de enero de 1817 y que, con 5.200 hombres, en marchas forzadas, los atravesaron en solo veinte días. Ya en Chile, vence en Chacabuco y logra su independencia, declinando el gobierno al brigadier chileno Bernardo O'Higgins. Sufre un revés de los realistas el 19 de marzo de 1818 en Cancha Rayada, pero el 5 de abril, vencen en Maipú, confirmando la independencia de Chile. Es ahora cuando organiza con tropas argentinas y chilenas el Ejército Libertador del Perú. Con el apoyo de la flota al mando de lord Cochrane, los patriotas lograron controlar toda la costa del Pacífico. Así, desembarcó en la bahía de Paracas el 8 de septiembre de 1820 y el 28 de julio de 1821 proclama la independencia del Perú. Como Protector del Perú gobernará el nuevo Estado desde el 3 de agosto de 1821 hasta el 20 de septiembre de 1822. Tras su encuentro con Bolívar en Guayaquil en 1823 abandona el Perú. Aclamado en 1821, nadie le reclama para que siga en 1823. El 20 de enero, yendo a Valparaíso, enfermó gravemente y quedó en Mendoza del 4 de febrero al 20 de noviembre de 1823 en que salió para Buenos Aires al saber la muerte de su esposa.

 

3.   El "héroe sereno" o el alto general de perfil bajo

Entre la numerosa bibliografía les comparto un magistral texto de Jorge Basadre en el que, analizando las diferentes cualidades del militar y libertador, destaca la clave de su serenidad heroica en medio de la tormenta revolucionaria y bélica:  

"Para una generación como la nuestra, que ha aprendido a creer en todo el mundo y en tantos órdenes de la vida, que la prisa es una necesidad, lo utilitario una virtud, la figuración un sinónimo del valer, el grito y el anuncio una fuerza más importante que la razón, puede ser muy útil reflexionar lo que significa la aptitud para saber ser un hombre libre, un individuo capaz de decidir por sí mismo, de acuerdo con las más altas normas éticas, cuándo es un deber actuar, llevando entonces esa acción hasta sus últimas consecuencias, y cuándo es un deber no actuar, aunque en ese caso sea menester aceptar los más dolorosos renunciamientos. Fue sencillamente eso, ni más ni menos, lo que San Martín hizo. Implica el suyo un bello ejemplo de cómo en esa cosa llena de fango y de luz que es la vida, en la que tan pocas son las recetas infalibles, caso lo único verdaderamente reconfortante es que el ser humano, a pesar de todas las pruebas, pueda ser capaz de conservar su lucidez y su dignidad.

La confusión, la algarabía, el gregarismo, la arbitrariedad, parecen originarse en un curioso fenómeno de atolondramiento o de confusión. Y tal vez la más profunda lección de San Martín para nuestro tiempo, fuera de América y en América, sea precisamente una lección de serenidad. De serenidad entendida con algo muy distinto de la calma, el reposo o la tranquilidad, porque emerge del dolor, de la cólera o de la incertidumbre, para dominarlas a la luz de la conciencia de estar procediendo bien.

El más alto sentido de lo heroico en el mundo actual, es el del heroísmo sereno. No hay que buscar hoy al héroe más notable, como en épocas lejanas, en el aventurero que se lanza a los mares lejanos o a las tierras ignotas, sino en el hombre a solas frente a las sectas, frente a los dogmas y frente a los despotismos. Lo que más urgentemente necesitamos todos es no desmoralizarnos. La más insidiosa tentación ahora es la tentación de la cobardía frente a la mentira, frente a la falsificación de valores, frente al mercado negro en lao espiritual. Lo peor que puede pasar a la generación nueva en el mundo es la prostitución. Y San Marín, independientemente de sus errores y deficiencias, que no corresponde a este libro enjuiciar, encarna el heroísmo sereno del hombre a solas que no se prostituye"[2].

4.   No fue masón

Una de las cuestiones más debatidas es acerca de la pertenencia o no de San Martín a la masonería. En mi consulta personal en el Archivo de Salamanca no encontré documentación al respecto. Parece que no consta una actuación masónica de San Martín en Cádiz; en 1810 sólo la logia "Lautaro" trataba de la emancipación americana, vinculada con "La gran Reunión Americana", su matriz de Londres. De la "Lautaro" argentina quedan aún enigmas. Dos años antes de morir, el 11 de septiembre de 1848 escribía desde Boulogne al general Ramón Castilla declarando: "Una reunión de americanos en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos... resolvimos regresar cada uno a al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarle nuestros servicios en la lucha, pues calculábamos se había de empeñar". Roberto Colimodio, miembro de la Academia Argentina de la Historia y de la Academia Sanmartiniana afirma que no hay documento o testimonio alguno que así lo demuestre. Ni siquiera, dos famosos masones como Mitre y Sarmiento lo reconocen como par, como tampoco reconocen a la Logia Lautaro, de la cual San Martín fue fundador en América, como masónica. De todos modos, es innegable su contacto con las ideas ilustradas inglesas y francesas. De hecho, cuando el 19 de enero de 1812 se embarcaba con otros "patriotas" americanos en la fragata George Canning rumbo a Buenos Aires, llevaba una biblioteca con 126 títulos en 430 tomos, muchos prohibidos en España.

5.   Religiosidad persistente

En su práctica se puede observar una permanente religiosidad. Así, en el motín de Cádiz de 1808, siendo edecán del linchado general Solano, buscó asilo en una ermita de la Virgen. La turba, enfurecida, perdonó su vida, al ampararse en la Madre de Dios.

En cuanto a su vida familiar y personal debe rescatarse su raigambre católica como muestra el hecho que sus padres fueran terciarios dominicos y cofrades de Nuestra Señora de la Blanca. Conoció a su futura esposa Remedios de Escalada durante una misa de Gloria, en el templo San Miguel Arcángel. Contrae matrimonio católico y como destaca el historiador Guillermo Furlong "confiesa y comulga al construir su cristiano hogar […]San Martín no sólo fue un católico práctico o militante, sin que fue, además, un católico ferviente y hasta apostólico" [3]

Conservó durante muchos años un rosario de madera del monte de los Olivos, obsequiado por una hermana de caridad que cuidó de él después de Bailén, en 1808. Dicho rosario, hoy en el Museo de Granaderos, fue donado por la familia de Manuel de Olazábal a quien San Martín se lo regaló en 1820 "para que le trajera suerte y se recuperara de sus heridas. Lo usó siempre y se lo vi suspendido del cuello debajo de la casaca a manera de escapulario".

En su epistolario es habitual la mención a Dios. Así, en la carta a Tomás Guido el 15 de abril de 1843: "Quiera Dios oír mis votos, en su favor, ellos serán siempre porque terminen nuestras disensiones y renazcan los días de Paz y unión de que tanto necesita nuestra patria para su felicidad".

Siempre buscó el respeto a los eclesiásticos, conformarse con los postulados de la Iglesia, vivir en armonía con la jerarquía a cuya cabeza estaba el Papa. Ante la carencia de obispos y la vacilante actitud del Vaticano ante la Independencia busca siempre contar con su aprobación. Se ve claramente en su deseo de encontrarse con el representante del Papa en su visita a América. Un integrante de aquella misión diplomática, el P. Mastai Ferreti; quien sería luego el Papa Pío IX, apuntó en su Diario de Viaje: "San Martín […] recibido por el Vicario, le hizo las más cordiales manifestaciones" [4].

6.   Fe pública

En el Regimiento de Granaderos a Caballo creado en 1812 por San Martín, dictó los reglamentos internos y estuvo en los detalles de su organización, incluyendo diaria y semanalmente las prácticas del buen cristiano: "Rezo de oraciones por la mañana luego de tocar diana y el Rosario todas las noches. Domingos y días festivos Santo Oficio de la misa por el capellán del Regimiento en la Parroquia del Socorro".

En Mendoza, en el Ejército de los Andes, se oficiaba la misa en el campamento con un altar portátil que el propio San Martín solicitó a Buenos Aires en 1815. Frente al altar, el General y su Estado Mayor asistían al oficio y a la plática del Capellán Güiraldes. En sus "Memorias" el Coronel Carlos A. Pueyrredón hará constar: "Todas estas prácticas religiosas se han observado siempre en el regimiento, aún mismo en campaña. Cuando no había una iglesia o casa adecuada, se improvisaba un altar en el campo, colocándolo en alto para que todos pudiesen ver al oficiante".

Su presencia en Perú dio pruebas de su religiosidad, desde la célebre proclama de libertad en que menciona explícitamente "la causa que Dios defiende", en la celebración de la Misa Te Deum en la Catedral con los responsables de la Iglesia, la confesionalidad del nuevo Estado en el Estatuto del 8 de octubre del protectorado promovido por él: "La religión católica, apostólica, romana es la religión del Estado. El gobierno reconoce como uno de sus primeros deberes el mantenerla y conservarla por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana. Cualquiera que ataque en público o en privado sus dogmas y principios, será castigado con severidad a proporción del escándalo que hubiere dado".

La Sociedad de la Orden del Sol formada puso por patrona a Santa Rosa. Después de la entrevista de Guayaquil se despidió de Perú con actos que llevan el sello de sentida religiosidad. El 22 de agosto de 1822, ordenó grandes vísperas en honor de Santa Rosa y el 30 solemne misa y procesión. San Martín publicó un decreto para la instalación del Congreso y las funciones religiosas, sobre la protestación de la fe y juramento que debían prestar sus integrantes. Decía: "¿Juráis conservar la santa religión católica, apostólica, romana como propia del Estado y conservar en su integridad el Perú?".

7.   Devoción mariana

Destaca la devoción mariana en la advocación a Nuestra Señora de las Merced. Así, en carta que Belgrano le envió a Tucumán le aconsejaba: "La guerra no debe usted hacerla solo con las armas, sino afianzándose siempre, en las virtudes naturales cristianas y religiosas en la fe católica que profesamos, implorando a Nuestra Señora de la Merced nombrándola generala".

Pocos días antes de iniciar el cruce de los Andes proclamó a la Virgen del Carmen patrona del ejército, según la ceremonia descrita por Gerónimo Espejo y Damián Hudson, junto a la iglesia de San Francisco en la que se formó la procesión que culminó en "misa solemne, panegírico y tedeum. Al asomar la bandera junto con la Virgen, el general San Martín le puso su bastón de mando en la mano derecha".

Tal devoción fue ratificada en otras ocasiones como la del 12 de agosto de 1818 en la que manifiesta la "decidida protección que ha presentado al ejército su patrona y generala, nuestra Madre y Señora del Carmen".

8.   Los reparos de la mística arequipeña y el arzobispo de Lima

El señalar los indiscutibles valores humanos en el Libertador, así como su catolicismo, no significa que estuviese libre de errores y que al igual que muchos de los ilustrados y liberales del primer tercio del siglo XIX su religión estuviese influida por el teísmo y los ideales reinantes de libertad, igualdad y justicia. Si uno preguntase a personajes cualificados del momento como la mística dominica arequipeña Madre María Manuela Ripa (1754-1824) su parecer, nos diría que –vista su alianza con ingleses y franceses a los que consideraba herejes- era como un "azote de Dios, otro Herodes".

Por su parte, el arzobispo de Lima Monseñor Bartolomé de las Heras, generoso y magnánimo como era y a pesar de saber que firmó su destierro, escribió: Créame Ud., amigo que lo encomiendo a Dios diariamente para que le dé la paz al reino cuanto antes. Jamás olvidaré las expresiones de afecto y consideración con que me ha distinguido cuando nos hemos visto, y lo será en todas ocasiones, su más apasionado amigo y capellán que besa su mano. Lima, septiembre 5 de 1821". Sin embargo, ya en Madrid y visto el desarrollo del proceso independentista, él que estuvo dispuesto a firmar la Independencia, renunciar a la comodidad del refugio del Real Felipe y quedarse en Lima con sus fieles por considerar que habría menos atropellos, se siente traicionado por San Martín o sus consejeros, y se confidenciará al Papa con amargura: "ocultó en el principio el conquistador sus interiores designios, así en punto a su gobierno político, como a los religiosos y eclesiásticos; …salían de aquel gobierno unas máximas tan perjudiciales a la religión, a la moral y a la decencia, que se iba introduciendo la total relajación del clero y del estado secular […]quedará marcado y señalado en toda la posteridad por un signo de la mayor ingratitud y fiereza; y lo que más admira y sorprende es que lo hubiese dispuesto y mandado ejecutar el gobierno por órdenes expresas".  

9.   Lo que cuenta es el final

Conmueve pensar que tan significativo personaje se dedicase en la última etapa de su vida –ya en Europa- a la educación de su única hija para la que escribió un tratado con prudentes máximas para "humanizar el carácter, inspirarle amor a la verdad y odio a la mentira., caridad con los pobres., sentimientos de indulgencia hacia todas las religiones., dulzura con los criados, pobres y viejos., amor por la Patria y por la Libertad."

Particularmente me gusta la escena en que don Quijote ruega que le dejen solo, porque quería dormir un poco. Después de más de seis horas, como gran contemplativo, despierta exclamando:

–¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres.

Así me imagino que el final de los días del general San Martín. Sorprende que no fuese ni en su Argentina natal, ni en la España que le forjó, ni en ninguna de las repúblicas que libertó. Se sumerge en un voluntario retiro de la acogedora Francia, ya viudo, a su única hija. Serían días de paz, silencio, de preparación para el gran encuentro con su Padre Dios.

Ante el complejo panorama argentino, hostil a su persona, bastante enfermo, se embarcó con su hija en febrero de 1824.Permaneció algún tiempo en Gran Bretaña y Francia, y al fin se instaló en Bruselas. Tanto en 1827 -por la guerra con Brasil- como en 1829 –luchas entre centralistas y federalistas de provincias- viajó a Buenos Aires para ofrecer sus servicios; pero, ante el malestar político, sin desembarcar, volvió a Europa, en concreto a su casa de Bruselas, desde donde se traslada a comienzos de 1831 a Francia, primero a París, luego a Boulogne. Hasta allí llegarían para visitarlo compatriotas como Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi; su antiguo subordinado el general inglés Guillermo Miller y chilenos o peruanos empujados por el afán de conocer al libertador de sus respectivas patrias. Aquí muere el 17 de agosto de 1850, teniendo a su lado a su hija Mercedes, su yerno Mariano Balcarce y sus dos nietas. el representante de Chile en Francia don Francisco Javier Rosales y el doctor Jordán, quien lo asistió como médico. El diplomático chileno, al comunicar a su gobierno la triste nueva, expresó que el Libertador "acabó sus días con la calma del justo en los brazos de su afligida y virtuosa familia".

En el testamento del 23 de enero de 1844: "En el nombre de Dios Todo Poderoso a quien reconozco como hacedor del Universo". San Martín falleció con un crucifijo en el pecho, no recibió los últimos sacramentos por su muerte repentina. Su responso se rezó en la iglesia de San Nicolás y sus restos embalsamados fueron depositados por once años en la cripta subterránea de la catedral de Boulogne.

Desde 1880 descansa en la catedral de Buenos Aires. Figuras simbólicas que representan a la Argentina, Chile y Perú le rinden guardia permanente. Como bellamente concluye la emblemática página del Instituto que honra su memoria "renunció a la gloria y envainó dignamente su corvo, que nunca fue usado para avasallar naciones, ni para derramar la sangre de sus compatriotas. Sólo ambicionó una cosa: la libertad de América"[5]

BIBLIOGRAFÍA:

BASADRE, Jorge  Historia de la República del Perú 1822-1933, "La retirada de San Martín", Tomo 1, 8ª Ed. La República, Lima, p.6

BRUNO, P. Cayetano "Historia de la Iglesia en la Argentina" Editorial Don Bosco, Buenos Aires, vv.9 y 10, 1974

FURLONG, Guillermo: El General San Martín, ¿Masón - católico - Deísta?, Buenos Aires, Theoría, 1963.

GÁRATE, José María http://dbe.rah.es/biografias/14659/jose-de-san-martin

PICCINALI Héctor "San Martín y el Liberalismo", Revista Gladius, Buenos Aires, Nº 19, 25/12/90.

https://www.facebook.com/institutosanmartiniano.delperu

https://sanmartiniano.cultura.gob.ar/noticia/san-martin-factor-de-union-de-los-argentinos/

https://www.facebook.com/pages/category/Public-Figure/General-Don-Jos%C3%A9-de-San-Martin-128892620514180/



[2] Historia de la República del Perú 1822-1933, "La retirada de San Martín", Tomo 1, 8ª Ed. La República, Lima, p.6

[3] Guillermo Furlong: El General San Martín, ¿Masón - católico - Deísta?, Buenos Aires, Theoría, 1963, pág 136.

[4] P. Cayetano Bruno "Historia de la Iglesia en la Argentina", cit. por Héctor Piccinali en "San Martín y el Liberalismo", Revista Gladius, Buenos Aires, Nº 19, 25/12/90, pág. 116.


Fecha Publicación: 2020-08-08T21:53:00.000-07:00

María Rostworowski y Lima Norte, desde la UCSS

"Hoy recordamos el nacimiento de María Rostworowski, una de las más importantes historiadoras e investigadoras peruanas del siglo XX, autora de diversas publicaciones sobre las culturas prehispánicas y el Imperio Inca" Aprovecho esta emotiva nota por su natalicio, hoy 8 de agosto, del Fondo Editorial del Congreso del Perú, para compartirles su vinculación con Lima Norte.

José Antonio Benito Rodríguez, UCSS

 

La relación de María Rostworowski con la UCSS está vinculada desde los inicios de la Universidad. Incluso el profesor Igor Navarro –actual director de la Biblioteca- consiguió de ella una entrevista para la revista escolar del Colegio "El Buen Pastor", en 1998. Comienzo, por tanto, agradeciendo su permanente y generosa disponibilidad para brindar su tiempo y saber cuándo se la requería para educar históricamente a los jóvenes escolares. Su primera contribución para nuestra casa de estudios se dio con motivo de la celebración del Primer Congreso de Historia de Lima Norte (2005), en el que destacó su valioso aporte a la historia del Valle del Chillón y su participación en el documental "El legado del Chillón. La historia al norte de Lima", elaborado por Humberto Zárate y Omar Terrones, del departamento de producción audiovisual de la oficina de Promoción e Imagen Institucional de la universidad. que obtuvo el premio "Cardenal Landázuri Ricketts", de la Conferencia Episcopal Peruana); en el mismo, llama la atención sobre el patrimonio histórico enfatizando que "debemos terminar por entender el pasado y amar nuestro pasado andino y no tratarlo despectivamente. Tenemos infinidad de cosas preciosas, como un país bellísimo al que no apreciamos". En el histórico evento tuvo el privilegio de ser reconocida entre los "historiadores maestros del Perú" junto a los presentes Waldemar Espinoza Soriano, José Antonio del Busto, José Agustín de la Puente Candamo, P. Armando Nieto, SJ. y Monseñor Severo Aparicio, O.M. En la placa destacamos "además de su edad y su larga carrera como investigadores de nuestra historia peruana, sirven de ejemplo como compromiso humanístico y social".

 

Visitó la UCSS para una conferencia dentro del programa "Forjadores de la peruanidad", con la conferencia "Pachacutec, forjador del Perú"; y, en 2008, la visitamos para comentarle sobre el Programa Defensores del Patrimonio, creado e impulsado por el Centro de Estudios y Patrimonio Cultural (CEPAC), y en dicha ocasión se dirigió a los jóvenes alentando a que "vengan con nuevos entusiasmos porque el trabajo de investigación nunca se acaba".[1]

Con motivo de sus cien años, CAMPUS UCSS dirigido por Kristhian Ayala le dedicó un amplio reportaje titulado "La historiadora histórica" en el que se enfatizó su deferencia hacia nuestra Casa de Estudios y su pasión investigadora por Carabayllo:

Maria Rostworowski significa la pasión viva, vigente de un siglo entero dedicado a la revaloración del pasado prehispánico del Perú, a entender las señales cifradas en la propia historia y trazar el camino por el que muchos estudiantes e investigadores pueden transitar una y otra vez; descubrió un pasado y un conjunto de elementos que nos llevan a la riqueza interminable de un país que trasciende sus actuales fronteras y forma parte de la historia de la humanidad en esta parte del cosmos. Este 8 de agosto, la Dra. Rostworowski cumple 100 años y qué mejor regalo para el Perú que su propia existencia, nuestra "historiadora del siglo" es un patrimonio vivo de investigación y testimonio

Tres colegas del área de Historia manifestaron su aprecio por el magisterio ejercido. Pedro Soto Canales, coordinador del área, destacó que "como cualquier otra persona interesada en la historia autóctona de nuestro país, mi primer acercamiento a la Dra. María Rostworowski fue a partir de la lectura de sus obras, especialmente "Estructuras andinas del poder", que fue uno de los libros indispensables en mi elaboración de la tesis de maestría sobre las etnias de la sierra limeña. Y, en segundo lugar, el encuentro personal que tuve en la UCSS cuando la invitamos a esas charlas magistrales (Forjadores de la Identidad) que coordinaba el Dr. Benito para nuestros alumnos de los primeros ciclos. Para mí es muy significativa su labor de investigadora, pues, a partir de la etnohistoria, ella nos ha enseñado la importancia y la relevancia que tiene el conocer y promover la historia regional y local de los más diversos puntos de nuestro territorio patrio; así, por ejemplo, promovió el estudio de una sociedad prehispánica que se asentó en lo que actualmente es el norte limeño, los Colli. Sin duda, el mejor ejemplo profesional que puede dar la Dra. Rostworowski a las nuevas generaciones es la perseverancia en lo que se investiga, buscar los medios para obtener información y amar aquello que nos da identidad como peruanos"

Por su parte Santiago Tácunan Bonifacio, experto en la historia local de Lima Norte el hecho de cómo "se las ingenió para incursionar de manera libre en San Marcos. He ahí su secreto, asumir con personalidad y carácter su futuro y escuchar a los referentes intelectuales de su época, como Raúl Porras, Julio C. Tello, Luis Valcárcel y Luis Jaime Cisneros, entre otros, quienes, rompiendo con los paradigmas, la aceptaron como alumna libre. Pero esta concesión no fue gratuita, pues ella debía demostrar su valía con méritos propios, tal como lo hizo desde 1953, año en que publicó su primera obra y que fue el inicio de una larga lista, algunas de ellas premiadas, aunque en algunos casos nunca recibió el premio correspondiente. El libro que más recuerdo es "Señoríos indígenas de Lima y Canta (1978)", pues mi afición casi enfermiza por la historia del valle del Chillón me llevó a comprar todos los libros referentes a esta localidad. No invertí mucho, pues a finales del siglo XX, no había muchos, tan solo algunos artículos arqueológicos o, en el peor de los casos, tesis o catálogos arqueológicas pocos conocidos. Como un libro no permite por lo general escribir todo lo que uno sabe sobre un tema investigado, tuve el atrevimiento de buscarla para preguntarle algunas pistas documentales adicionales y grata fue mi sorpresa por su cálida recepción, cuya intensidad no ha variado aun con el paso de los años, tal como pude comprobarlo en una de las últimas entrevistas realizadas hace aproximadamente seis años con motivo de entregarle un reconocimiento de parte de la UCSS y la Municipalidad de Los Olivos, por su trayectoria académica". 

César Cortez Mondragón marca un antes y un después en la enseñanza de la historia del Perú en la década del 70 gracias a su enseñanza: "Los historiadores como Fernando Braudel, y sus continuadores, como Bloch y Febvre, enfocaban, además del nivel episódico, el nivel coyuntural y estructural. Ya en nuestro medio se había indicado los inicios del cambio con los trabajos de historiadores como J.J. Vega, C. Guillen, V. Espinoza, M. Burga y Flores Galindo. Es en esos momentos cuando se inician las publicaciones de Maria Rostworowski. Sus obras tenían el matiz de la reacción frente a la historia tradicional y para nosotros era salirnos del relato, las fechas, los nombres y los hechos. Veíamos que podíamos sacar a nuestros alumnos del paporreteo para quedarnos con el sabor de la vivencia, la vida cotidiana y la dinámica social y espontánea. Las obras, como sobre Pachacutec e Inca Yupanqui, nos motiva el orgullo de nuestra identidad para hacer vivir su cultura a cualquier estudiante peruano. Por su parte, el libro sobre curacas y sucesiones en la costa norte, nos invita a conocer los valles costeños; así como comparar nuestra sociedad actual con los grupos sociales ancestrales, al punto de establecer virtudes y defectos que aún mantenemos. Con "Estructura andina del poder, ideología religiosa y política" podemos dialogar y discutir nuestra forma de ser como pueblo y cultura. "Historia del Tahuantinsuyo", por su parte, nos permite entender la trascendencia del Imperio Incaico en la historia de la humanidad... Mi deuda debida a esas clases en las que pude sentir con mis alumnos la alegría de pertenecer a la tierra de los incas. Las gracias eternas ante cuya labor podemos reafirmar que "Vale un Perú".

Por mi parte, le dediqué las siguientes palabras: "¡Que viva cien años y muchos más!". Sto lat (Cien años) es una canción polaca tradicional cantada para expresar buenos deseos, buena salud y una larga vida a una persona. Sto lat se canta tanto en reuniones informales (cumpleaños), como en eventos formales. Yo la canté con miles de jóvenes para recibir al Papa Juan Pablo II y hoy se la dedico a nuestra entrañable historiadora María Rostworowski. La canción cumple una función equivalente al "Cumpleaños feliz". Su letra en polaco es "Sto lat, sto lat, Niech żyje, żyje nam" y en español "Cien años, cien años, que vivas, vivas para nosotros". El anhelado deseo formulado por la canción se convierte en una hermosa realidad: Sto lat, María, querida Dra. Rostworowski.

Nunca olvidaré cuando tuve la suerte de acompañarle en el taxi de la UCSS a su casa y me hablaba de su vida familiar y profesional (de la mano de Raúl Porras, su viaje a Valladolid para participar en el congreso de americanistas con mi querido maestro, Don Demetrio Ramos y sus cientos de proyectos para la historia del Perú). Me sorprendió su espíritu libre, valiente, indomable para hacer lo que quería. Le recordé la visita al Perú de un "paisano" suyo, Juan Pablo II, y me compartió lo grato que fue el encuentro suyo con él, destacando su simpatía, amabilidad y respeto. Hace unos días, llamé a su casa para comunicarle que la Red Cultural de Lima Norte –en nombre de todas las universidades y municipalidades- quería tributarle un merecido homenaje por sus estudios históricos y muy en particular por los dedicados a la visita de Canta y el señorío Colli, y pude conversar con su hija Cristina, quien me manifestó su dolor al ver a su mamá inconsciente tras el derrame cerebral sufrido a comienzos de este año y el no poder celebrar el centenario como quisiera; yo agradecí su atención y celebré sus cien años al servicio de la historia del Perú, así como el gozo de tenerla viva entre nosotros.

Su vida y su obra son un estímulo a seguir su huella de inquieta y afanosa investigadora, su pasión por conocer de modo científico y profundo el Perú milenario, su generosa dedicación a difundir los trabajos históricos para ayudar a conformar una identidad clara y comprometida. Rescato una cita emblemática de su obra "Pachacámac y el Señor de los Milagros", (Lima 1992): "entre las apretadas filas de sus fieles todas las razas del Perú se hermanan y unen en una misma fe, en una misma oración. El Señor une en su culto a indios, negros y blancos. He ahí su verdadero milagro, la esencia de su fuerza y del respeto cada vez mayor que el pueblo le tributa". Ojalá, doctora María, que su vida y obra centenaria siga ayudándonos a profundizar en nuestras raíces identitarias y a comprometernos con lazos fraternos para caminar a pie firme y hacer grande nuestro Perú. Sto lat, ¡que viva cien años y muchos más![2]

EL LEGADO DEL CHILLON. LA HISTORIA AL NORTE DE LIMA

Sobre el valle del Chillón, en la vertiente occidental de la Cordillera de los Andes, descansa una historia poco conocida, pero con evidentes testimonios arqueológicos. El equipo de Imagen Institucional se encargó de recoger la cruda realidad de este rico patrimonio a punto de perderse si no se conoce, protege y defiende. Para ello se acudió a varios arqueólogos e historiadores que nos ofrecen interesantes testimonios acerca de la trascendencia histórica de los pueblos asentados a la vera del Valle del Chillón. María Rostworowski rescató parte de ella a través de sus intensas investigaciones. Escuchamos sus palabras:

"Encontré un documento muy interesante sobre el Chillón que era un juicio entre tres curacas, señores étnicos del lugar: Los Colli, los Canta y los Quivi, de Santa Rosa de Quives. Ellos peleaban por unas tierras de coca, una coca de la que no se tenía conocimiento que hubiera en todas estas pallas. Era tan preciada esta coca que en el territorio que no era muy grande donde daba esa coca, se podían matar por tener acceso porque para ellos, si no tenían acceso a esa coca especial -de la costa-, tenían que ir a la selva lejana con diversos señoríos, que era muy peligroso conseguir. Entonces era una cosa sumamente preciada y ese juicio es muy interesante, muy largo, porque era muy minucioso como eran los documentos del siglo XVI, repetitivos y espere 15 años para que la universidad de Michigan los publicara en entero. Entonces es por eso que yo estaba tan interesada en Collique y después busqué en los archivos de acá, de Lima, que hay diversos archivos muy buenos, y conseguí mucha más información y entonces se me ocurrió hacer la historia del valle del Chillón. Con toda esa información de archivos pude confirmar que el curacazgo o señorío de Collique, de Colli, que los españoles hicieron Collique, iba desde el mar hasta Santa Rosa de Quives -que se llamaba entonces Quivi- y bajo el poder de este señorío de este curaca, que lo llamaban Collicápac, había una serie de otros pequeños curacazgos, todos subordinados al señor de Colli, -que era muy poderoso- y que habitaban un palacio fortaleza que hasta ahora existe y envuelto sus tierras en una gran muralla -que hasta ahora queda un pedazo chico, cada vez más chico- una muralla muy alta, muy ancha que se podía caminar -un epimural como le llaman- y dentro de sus tierras había dos fuentes de agua, o sea que el Collique, si lo querían atacar los Canta, que varias veces lo intentaron, no podían subordinarlo porque estaba defendido por esta muralla, por su palacio fortaleza, tenía bastante tierras que podía regar, así le cortaran o desviaran el río, o sea que se reía de los asaltos que hacían los curacas de Canta.

Llegado el momento de la expansión inca, llegó Túpac Yupanqui -bastante joven entonces- conquistó ya Lima, Pachacámac y su siguiente meta era Colli. Y le ofreció la reciprocidad, que era un sistema andino, que, si él se sometía al Inca, pero recibía grandes regalos, establecían lazos de parentesco entre ellos, toda una ceremonia de festejos, arreglar sus problemas entre ellos dos, el señor de Colli no quiso, lo rechazó, prefería ir a las armas porque estaba tan seguro en su fortaleza. Pero no sé los detalles de la guerra, el hecho es que fue dominado por los incas y fue ejecutado, muerto.

Durante tres años recorrí con el Seminario de Arqueología de la Católica [PUCP] y la doctora Josefina Ramos de Cox. Íbamos los fines de semana a caminar por estos sitios y poco a poco fuimos conociendo lo que se podía a través de documentos. En nuestras andanzas encontramos tres huacas, tres montículos -que debían ser huacas por su estructura- y había una acequia y en la acequia encontramos pedazos de cerámica de Maranga, pedazos diversos, de Lima, muy interesante pero cuando yo me fui a España, como agregado cultural a Madrid, y regresé después de cuatros años y medio, ya no había rastros de la huaca: las habían arrasado para una ladrillera, sin haber estudiado pero ni siquiera lo que se llama Arqueología de Salvataje, nada se hizo, entonces es así como en el Perú se pierde para siempre toda la información de nuestro pasado, y es muy rico nuestro pasado y muy interesante.

No podemos darnos el lujo de no tener pasado. Por eso somos un país que no se ha integrado, que no tiene identidad. Porque queremos tener identidad ahora, o del virreynato cuando mucho, pero no tenemos más allá; entonces estamos en el aire, como hojas al viento, no tenemos identidad, no tenemos raíces, quién ama lo que no conoce. Ahora, por ejemplo, la gente de Collique tiene raíces, pueden sentir que tienen todo un pasado importante, pero si no lo conocen no pueden amar Collique, pueden amarlo por un sentimiento de una situación de belleza, de apego, pero sin profundizar.

Nosotros tenemos que terminar por entender el pasado y amar nuestro pasado andino, y no tratarlo despectivamente. Porque son nuestras raíces, como si escupiéramos a nuestros antepasados. Tenemos infinidad de cosas maravillosas como un país bellísimo, no lo apreciamos. No apreciamos porque tenemos un complejo de inferioridad.


Fecha Publicación: 2020-08-08T17:38:00.001-07:00

RUBIO WILLEN, José Luis (Coord.)

Isabel la Católica y la evangelización de América. Actas del Simposio Internacional de Valladolid, 15 al 19 de octubre de 2018

(BAC, Madrid, 2020, 457 pp)

José Antonio Benito

El volumen recoge a modo de actas parte de las contribuciones científicas presentadas al Simposio Internacional «Isabel la Católica y la Evangelización de América», celebrado en Valladolid del 15 al 19 de octubre de 2018, organizado por la Comisión diocesana Isabel la Católica del Arzobispa- do de Valladolid y la Universidad Católica de Ávila. En total 16 capítulos más tres apartados correspondientes al prólogo, presentación y saludo, con la homilía de la misa de clausura del simposio y la solicitud de pronta beatificación al Papa por parte de los participantes.

Su objetivo queda bien claro, dar a conocer la verdadera personalidad y obra de la reina, enmarcada en su contexto histórico y considerando el momento actual, siempre con la mira de promover su causa de beatificación. 

Se abre la obra con el breve, pero significativo prólogo del Arzobispo de Valladolid, el Cardenal Ricardo Blázquez, quien recuerda su condición de abulense como la Reina-, y manifiesta el objetivo de la Comisión: "despejar en lo posible tópicos y superar errores e informaciones inexactas e incorrectas sobre la rica personalidad y el extraordinario reinado de esta mujer singular". Por último, comparte su doble gozo de constatar a través de los expertos que la "evangelización de América tuvo su origen en la fuente interior de donde surgían los proyectos más anhelados y queridos de esta católica y singular mujer" y su invitación cordial a "conocer mejor esta gesta maravillosa misionera, cultural, promotora y defensora de los derechos humanos".

La presentación corre a cargo de don Vicente Vara, responsable de la Comisión y auténtico corazón del simposio y la publicación. Él fue quien tomó el testigo del inolvidable Vicente Rodríguez Valencia y que ha sido como el canto del cisne pues apenas vio la publicación falleció.

Sigue el saludo de bienvenida de Monseñor Luis Javier Argüello, obispo auxiliar de Valladolid y secretario general de la Conferencia Episcopal Española, quien destacó el deseo del simposio de "promover la caridad política como camino de santidad en la vida llena de virtudes extraordinarias de una mujer, Isabel I de Castilla" (p.5). Todo ello sin desconocer "situaciones de dificultad, realidades de violencia […] pero, sobre todo, surge la posibilidad de un encuentro que se hizo posible gracias a la evangelización y también al mestizaje […]que afirma, siguiendo las pautas establecidas por la reina Isabel en su testamento y codicilo, la dignidad y ciudadanía de los moradores de aquellas tierras" p.6.

La edición ha sido coordinada por José Luis Rubio Willen quien ha contado con la colaboración académica de Javier Burrieza y Francisco Trullén, así como la corrección de textos de Enrique Gómez. recoge los principales temas abordados en este simposio y que quiere ser "una ocasión para conocer de primera mano la verdadera obra de gobierno como Reina y evangelización en las tierras de América Latina, llevada a cabo por la Sierva de Dios, cuyo faro era la fe católica".

El primero de los diez artículos académicos corresponde a "Isabel I de Castilla, la mujer tras la reina" a cargo de una de las expertas historiadoras de la vida y contexto como es la catedrática universitaria y M.ª Isabel del Val Valdivieso, quien destaca tres decisiones en el camino de la unidad en la fe como fueron la creación del tribunal de la Inquisición , la expulsión de los judíos y los musulmanes de España, su formación religiosa, la vida familiar en particular su relación con su esposo Fernando y sus hijos, el análisis de tres cartas a sus confesores y el testamento con el codicilo que revelan la gran vida interior de la reina y su celo apostólico concretado en el buen trato de sus súbditos de América.

"Isabel, madre de América. Lo recibido y aportado en la Iglesia y la cultura" corrió a cargo de Bertha Bilbao Richter –del Instituto Literario y Cultural Hispánico- quien a partir del entrañable recuerdo de su audaz pedido al Papa Pío XII desde Argentina y la acogida por parte del pontífice y el arzobispo de Valladolid, pasa revista a los aportes culturales de Isabel a quien denomina "madre de América", "la riqueza y  el esplendor de Dios, la mujer de las moradas profundas como la Santa de Ávila, la que es llamada a su resurrección en este siglo XXI para ser santificada, como ya lo está en el corazón de Hispanoamérica" (p.43)

Quizá nadie en el mundo ha dedicado tanto tiempo y talento a la historia de la catequesis como Luis Resines Llorente quien en su artículo "Los catecismos y la evangelización en América" vincula la formación humanística y religiosa de Isabel con la labor evangelizadora en América en sus catecismos.

El capítulo "Evangelización y culturización de América" de Hernán Mathieu, Rector de la Universidad de La Plata, Argentina, enfatiza el hecho de que toda la cultura del Siglo de Oro español "se trasladó a América adaptándose a las condiciones del lugar y sus habitantes, a los que transculturizó con la fe cristiana y los valores de Occidente" (p.90), contando siempre con el impulso decidido de la Reina Isabel, quien logró la forja de una nación con sentido estatal misionero.

Un decisivo aspecto de la renovación religiosa de España fue la reforma conventual practicada en tiempos de los Reyes Católicos por impulso de ellos mismos. Así lo manifiesta Mons. Braulio Rodríguez Plaza, quien formó parte activa de la Comisión de la Causa de Isabel en los siete años de arzobispo de Valladolid en su artículo "Las órdenes reformadas, agentes de evangelización". Siguiendo el magisterio del historiador José García Oro, destaca el apoyo fundamental de Isabel a la reforma de los religiosos y el decidido impulso evangelizador americano que contó con la ayuda del Cardenal Cisneros que convirtieron la Corona de Castilla en un reino misionero.

El actual cronista de Valladolid y catedrático de la Universidad de Valladolid, así como mentor académico del simposio y la edición, Javier Burrieza Sánchez en "Por la Castilla isabelina: Madrigal, Medina del Campo y Valladolid" nos da el marco espaciotemporal castellano de la Reina de lo que Miguel de Unamuno denominaba el "paisanaje" vinculando el territorio con el suceso histórico. De este modo veremos desfilar a Madrigal desde la guerra de sucesión a Germana de Foix, acudiremos a los escenarios de los Trastámara en Madrigal, nos hace sumergir en el Valladolid del matrimonio de Isabel y Fernando, nos presenta a los hombres de la monarquía de Isabel: el cardenal Mendoza,  fray Alonso de Burgos y Colón; de igual modo estudia las resonancias de los Reyes Católicos en las instituciones que definen a Valladolid, para culminar analizando la presencia de Isabel y Fernando en Medina del Campo, específicamente en el palacio testamentario donde muere la Reina

En "Isabel la Católica y mujeres evangelizadoras", Mª del Rosario Sáez Yuguero, rectora de la Universidad Católica de Ávila rescata el rol evangelizador de Isabel como mujer, vinculándola con otras mujeres de la primera evangelización americana, así como en la fundación de beaterios, casas de recogimiento y conventos, en particular el colegio-beaterio de Texcoco por Catalina Bustamante, los recogimientos de Perú, la figura de Rosa de Lima, como misionera patrona de América

Guzmán M. Carriquiry Lecour, secretario vicepresidente de la CAL, Vaticano, en "Isabel la Católica y los santos de la primera evangelización americana" se centra en los santos predicadores del Evangelio, los apóstoles itinerantes de la "Nueva cristiandad de Indias", la opción santa por los pobres, Vírgenes, místicas, penitentes, la "banda" de santos referida específicamente a los jesuitas Anchieta, mártires del Paraguay (Roque, Juan del Castillo y Alonso Rodríguez) Claver, culminando en los nuevos santos como Junípero Serra y Óscar Romero.

Imposible entender plenamente el acontecimiento misionero sin conocer la relación de la Iglesia con el poder civil a través del denominado patronato y vicariato regios, de ahí que el artículo "El Patronato Regio, impulsor de la evangelización y de sus obispos" del actual obispo de Albacete Mons. Ángel Fernández Collado resulte tan clarificador analizando lo que fue la institución, a través de las bulas y breves pontificios en orden a la evangelización en América, la tarea evangelizadora en el nuevo mundo a través del Patronato Regio, sus derechos y deberes, una medida concreta como fue la reforma del episcopado impulsada por los Reyes Católicos, los obispos de Indias, modelo de excelentes pastores y evangelizadores según la legislación real sobre la misión pastoral de los obispos españoles en Indias, concretado en las semblanzas de dos de ellos como los primeros de México y Lima respectivamente Juan de Zumárraga y Jerónimo de Loaysa.

El capítulo "Los concilios y sínodos de santo Toribio en la evangelización de América" corre a cargo de José A. Benito Rodríguez, quien estudia un fruto concreto de la evangelización indiana a través de la titánica labor legislativa del prelado Mogrovejo en sus reuniones metropolitanas para los concilios provinciales o las diocesanas para los sínodos que sirvieron para organizar institucionalmente la América del Sur, llegando a rescatar en ellos todo un catálogo de derechos humanos en beneficio de los indios.

Del capítulo XI al XVI se brindan las comunicaciones expuestas el último día del simposio. El XI corre a cargo de Alejandro Rebollo Matías y lleva por título "La influencia del arte y la arquitectura de los Reyes Católicos en Castilla y América". En el mismo se refiere al interés y la sensibilidad artística estética de la reina, bien patente en los monumentos que aún hoy podemos contemplar. Isabel la Católica fue una gran promotora del arte, tal como se evidencia en este estilo con nombre propio manifestado en la arquitectura isabelina presente en América, nos adentra en los símbolos y motivos decorativos del estilo, nos recuerda los arquitectos de la Corona, así como las principales realizaciones, destacando el gran aporte del urbanismo hispanoamericano.

Nadie mejor que el postulador para contarnos el desarrollo y la actualidad de la "Causa de beatificación y canonización de la sierva de Dios Isabel I de Castilla" el P. Javier Carnerero, osst) quien pese a considerar "apabullante" la documentación recopilada por el infatigable Vicente Rodríguez Valencia y el celo los seguidores en Valladolid no deja de constatar que estamos en un "impasse".

Manuel Reyes, Capellán Mayor de la Capilla Real, en "El mensaje de la Capilla Real de Granada" nos guía artísticamente ante el mausoleo de los Reyes Católicos, considerando "el museo de la vida de evangelización y fe de la reina, a través de sus objetos personales y devocionales".

María Saavedra Inaraja dedica el capítulo XIV a una de las personas decisivas vinculadas con la Reina, en "El cardenal Cisneros y la continuidad en la evangelización tras la muerte de Isabel I"

Carmen Pareja Ortiz nos adentra en el aspecto lector y la biblioteca personal de Isabel y otras mujeres de su tiempo: "Librería de la reina Isabel la Católica y de algunas mujeres del Nuevo Mundo".

El artículo "Isabel I de Castilla: ¿será proclamada santa?" nos comparte el testimonio del colaborador de la causa Roberto Alonso Gómez) quien se hace portavoz de los miles de personas que en el mundo esperan la aprobación de Roma 443

Por último, se ofrece la homilía de la misa de clausura del simposio en el Santuario Nacional de la Gran Promesa de Valladolid a cargo de Mons. Francisco Javier Martínez Fernández arzobispo de Granada, "Ser testigos de la novedad que Cristo trae para hoy" se refiere a la santidad de Isabel La Católica y de la santidad a la que cada día están llamados todos los fieles en su vida diaria.

Como complemento se incluyen 23 fotografías –una por página- a todo color que ilustran de modo atractivo los antecedentes artículos y que corresponden con la vida, obra y representaciones artísticas alusivas a la Reina Isabel.

Culmino agradeciendo y felicitando a la Comisión por este considerable esfuerzo en clarificar y profundizar la denostada figura de la magnánima Reina Isabel, como mujer, política, humanista, evangelizadora, como quizá no se hacía desde el V Centenario de su muerte, 2005. La calidad y actualidad de los 20 textos entre artículos y notas, así como la esmerada edición con el prestigio de la BAC, profusamente ilustrada, recomiendan altamente su lectura. 


Fecha Publicación: 2020-07-30T16:36:00.001-07:00


[1. Conocimiento de la realidad nacional y diplomático]

 

"Era preciso estar dotado de unos conocimientos extensos y profundos en la política diplomática, de una penetración viva y perspicaz y de un talento y acertada previsión del estado a que será reducido el reino del Perú, de resultas de la vicisitudes que padece, para poder con acierto señalar el modo y medios de restablecer los abusos y desórdenes introducidos en la religión católica y su Iglesia, según las variaciones que en el día se advierten en aquel país; no hay en él un sistema de gobierno fijo y estable; tan pronto lo dominan los jefes de la independencia, como vuelen las armas españolas a recobrare su posición; cada partido que lo obtiene, muda el orden de su dirección, expidiendo distintos autos y decretos, en que se trastorna el medio de los negocios seculares y eclesiásticos; el íntimo enlace que tiene la autoridad eclesiástica con la secular, exige la mutua cooperación y auxilio que deben prestarse la una a otra…De aquí se infiere que, si el citado reino queda en poder de la España, es necesario elegir arbitrios y recursos diferentes a los que deben tomarse si queda en la independencia, para reponer los excesos y males indicados […]

Apuntaré, sin embargo, un arbitrio y modo que me parece capaz de que, a cualquiera de los dos partidos a que la América del Sur quede sujeta, pueda irse poco a poco extinguiendo los abusos y desórdenes, y recobrando su pureza y sus derechos la religión, la moral evangélica y la disciplina de la Iglesia. Consiste, pues, este recurso en poner un sumo cuidado y vigilancia en la elección de los obispos que se han de destinar para aquellos territorios: si éstos son buenos y se hallan revestidos de las prendas convenientes para practicar la reforma que se desea, seguramente que ellos sólo son los que podrán verificarla y desahogar la cuidadosa espiritual solicitud sobre aquellas diócesis.

 

[2. Buen teólogo y canonista]

Son muchas las calidades y requisitos que deben concurrir en la persona de un obispo que en las presentes circunstancias ha de ir a gobernar en aquel país:

- en primer lugar, es preciso que esté bastante instruido en la teología dogmática-moral y en los cánones sagrados, a fin de que conozca y advierta los extravíos en la creencia, en las costumbres y en la disciplina de la Iglesia;

 

[3. Sólida virtud]

- con esta ciencia debe juntar una sólida virtud para que le impela a extinguir todo desorden, según la obligación que le impone su elevado ministerio;

 

[4. Firmeza de carácter]

- es necesario que agregue a la virtud y a la ciencia una gran firmeza en el espíritu: de nada servirá que conozca los excesos y su deber indispensable de evitarlos, si no tiene resolución para ejecutarlo, especialmente cuando se le opongan poderosas promesas o amenazas de sujetos que no gustan que les turben sus abusos; esto es muy frecuente en aquel país, por lo que necesitan los prelados estar revestidos de un firme celo, si han de superar estos obstáculos.

 

[5. Prudencia]

-La prudencia es una calidad muy precisa, pues un obispo que va de la península acostumbrado a ver en ella decoro y orden en las iglesias, circunspección y compostura en los eclesiásticos y exterior moderación en los seculares; y de pronto advierte en su diócesis de América un total trastorno en todo esto, como si el vicio hubiese perdido toda su afrenta, sobresaltado su espíritu, quiere inmediatamente abolir estos excesos y se vale de las providencias más severas fija edictos riguroso, prende clérigos y se dirige contra toda clase de personas, aún mas más condecoradas, pretendiendo ejecutar en un momento una completa reforma; en este modo de proceder no consideran que la virtud tiene sus grados y que es preciso irlos subiendo hasta llegar a ser perfecto, pues no es posible pasar en un instante de vicioso y criminal a la santidad perfecta; por esto muchos sabios y virtuoso europeos que han ido allí de prelados, han probado mal y se han concitado la general animadversión, verificándose el axioma de que pastor aborrecido, ganado perdido

 

[6. Complexión robusta]

-Además de las partidas insinuadas, de que ha de estar adornado un obispo del Perú, debe ser también de una complexión robusta y de edad no muy avanzada, a fin de que pueda formalizar la visita de todo su territorio, diligencia conveniente al provecho espiritual de los feligreses; como son tan dilatadas las diócesis y los caminos tan fragosos, si no tienen el vigor y fuerza que es precisa, no es fácil vencer estas dificultades.

 

[7. Discreción en el trato]

-El trato frecuente y familiar con los individuos del país, aunque sean muy distinguidos, es sumamente perjudicial, ya porque despierta una especie de celos en los demás, ya porque le mezclan en los asuntos favorables o adversos de la persona su amiga, ya porque se pierde el tiempo que se necesita aprovechar, ya porque en la comunicación frecuente se descubren ciertas imperfecciones y flaquezas, de aquí adolecemos todos y de ello se siguen gravísimos inconvenientes.

 

[8. Afabilidad y dulzura]

- Sin embargo, en aquella comunicación que sea precisa ha de manejarse con afabilidad y dulzura, mostrándoles a todos buenos semblantes y procurando reprimir los ímpetus de la ira o del enojo, aun cuando tenga un motivo justo; pues aquellas gentes son de un genio tímido y apocado y se exasperan demasiado cuando se les trata con aspereza.

 

[9. No dejarse sobornar con regalos y halagos]

 

- Últimamente, ha de evitar un obispo de la América el recibir obsequios ni regalos, ni aun los que allí se practican con título de sainecitos: en el instante que les conozcan inclinación a estas cosas, ya les parece que han conseguido un gran triunfo. Luego que llega un prelado a aquel país, y lo mismo cualquiera jefe secular, se ponen todos en expectación a fin de averiguar cuál es la pasión que le domina, como las más frecuentes son el placer sensual o la codicia, así que la descubren, ellos mismos le proporcionan los medios de fomentarla, lisonjeándose de que ya lo tienen sujeto para que no pueda ofenderles y en entera libertad de hacer cada uno lo que guste; por otra parte, tiene tanta jactancia y vanagloria que si se les admite un sainecitos, que se compone de dulces o de frutas, suponen recibe obsequios de la mayor entidad:

 

[10. Generoso con los pobres]

- es preciso, pues, que si el prelado ha de conservar su buena reputación y hay de ejercer con libertad y fruto su ministerio, que no sólo se abstenga de admitir la menor dádiva, sino que antes bien sea franco y generoso con toda clase de personas, principalmente con los pobres; pues, si da limosna con abundancia y socorre las indigencias del afligido, no sólo llenará los deberes en la distribución de su rentas a los ojos de Dios, sino también a los de los hombres, sus feligreses le amarán de corazón y le obedecerán con gusto en cuanto mande.

Dejo expuesto con extensión y el arbitrio y medio que creo más eficaz para restablecer en el Perú la decadencia que han padecido las costumbres con la introducción del nuevo gobierno y opiniones del sofístico filosofismo, es decir, la acertada elección de los obispos. Si estos están dotados de las prerrogativas referidas, ciertamente volverán a hacer brillar el expelen de la sana doctrina, de la moral y de la disciplina de la Iglesia. Quedan igualmente evacuadas las respuestas a las preguntas que se han propuesto.

Madrid, 3 de diciembre de 1822


Fecha Publicación: 2020-07-28T09:39:00.001-07:00

 

El Altar Mayor de la Catedral preside con belleza y majestad la fastuosa edificación de la basílica mayor y central de la arquidiócesis de Lima. Su canónigo y cronista José Manuel Bermúdez nos lo describe con todo lujo de detalles al recordar al arzobispo promotor de la obra Monseñor Juan Domingo González de la Reguera. Su autor fue el célebre presbítero, culto y solidario, Matías Maestro.

 

Allí brillan á porfía el gusto más fino y delicado, la mejor distribución de sus partes, la riqueza, el artificio, los más exquisitos adornos que hacen mirar con razón esta obra como que excede a las demás de esta santa iglesia. Tiene todas las proporciones y bellezas, que pueden apetecer los ministros del santuario. Sus dos frentes se presentan con tal novedad a la vista que por todos los lados descubren un perfil que les da la más hermosa variedad. Todo tan ajustado a los límites del sitio y objetos que contiene que mueve a creer, que en su ejecución no se halló embarazo el ingenio; sino que todo vino adecuado a la idea. Mostrándose allí con tanta profusión la magnificencia, aun parece quedar excedida del artificio singular que se admira. Sin que en este caso se tenga por exageración poética, sin por realidad el "materiam superat opus" de Ovidio.

El frente principal está forrado en plata, sus capiteles y molduras taladas y sus adornos dorados. Su planta se formó de un círculo de quatro y media varas, unido a dos triángulos por los costados que extienden su ancho hasta ocho y media varas con la altura de diez y siete. Un zócalo de vara y cuarta recibe la obra y sigue recto hasta las pilastras del presbiterio, dejando dos escalas, a cuyos lados están dos hermosos ángeles con faroles de plata alumbrando el Sacramento. Por su espalda cierra una graciosa baranda, cuyo medio vuela sobre repisa para dejar una mesa de altar. La que mira al frente principal es de dos bellos jaspes cuyas gracias hacen resaltar su base, cornisa, y costados guarnecidos de plata, con un escudo y festones de lo mismo de un estilo serio y magnífico que se hermanan agradablemente para avivar su fondo y aumentar su hermosura.

En este zócalo descansan los pedestales con preciosos relieves, dejando dos puertas a los lados para el manejo de las del sagrario y en su altura se manifiestan tres grandiosas urnas forradas por de fuera exquisitamente del propio metal, y exornadas por de dentro con otros preciosos jaspes. En la del medio se ha depositado una cruz inestimable de oro y Vedreña, presea que fue del Señor Doctor Don Joseph Antonio Cevallos uno de los prelados de esta santa iglesia, en que se deberá colocar el sagrado fragmento del madero de nuestra redención: dádiva apreciabilísima de la santidad de Urbano VIII, que hace nuestro mayor tesoro. Las otras dos urnas de los lados son destinadas a contener las insignes reliquias del santo arzobispo Don Toribio Alfonso Mogrovejo y de Santa Rosa de Lima.

Sobre este fundamento se eleva el tabernáculo sostenido en doce columnas de quatro varas: las seis delanteras forradas de plata de orden compuesto, que forman en el centro un círculo con quatro arcos recibidos de ocho columnas menores, donde se ve el sagrario de plata, en que está la custodia de vara y media. Al pie de este sagrario se gravaron con letras de oro las siguientes palabras del Salvador: Ecce ego vobiscum sum. Y a la verdad que aun cuando así no nos lo enseñase la fe del misterio eucarístico, nos lo haría creer la imagen de Jesucristo maravillosamente bordada en el viso que cubre el Sacramento y los portentos del pincel que nos representan por el frente y la testera, ya al mismo Salvador apareciéndose resucitado a sus apóstoles, o ya conversando con ellos en Meaux. En los dos triángulos laterales se ven las efigies del titular de la iglesia San Juan Evangelista y de Santa Rosa patrona de las Américas y Lima.

Encima de la cornisa del primer cuerpo, rodeada de una baranda e greca se elevan ocho columnas que pisan sobre las pilastras del sagrario y reciben con otra baranda tambien de greca a la altura del pedestal: sirviendo de remate una copa calada con asiento sobre que descansan dos ángeles con una corona. De modo que este cuerpo labrado por dentro y fuera sirve de trono a la hermosa imagen de Nuestra Señora enviada por el emperador Carlos V, y a su espalda el apóstol Santiago. A los lados de este segundo cuerpo y sobre las columnas que sostienen los triángulos cóncavos se levantan dos pedestales redondos con dos jarrones en forma de hachero, que cada uno arroja doce luces y de su cuello cuelgan tres festones o cintas en tulipanes que reciben en triángulo tres ángeles parados sobre las columnas y jarrones sobre las otras.

 

(José Manuel Bermúdez Fama póstuma del Excelentísimo e Ilustrísimo Señor Doctor Don Juan Domingo González de la Reguera., Lima 1805, LXXXVI-XCI).

(Foto de Tomás Sobek)


Fecha Publicación: 2020-07-24T15:03:00.000-07:00

Monseñor Pedro Gutiérrez de Cos (1750-1833), el piurano obispo de Ayacucho en tiempos de la Independencia, luego obispo de Puerto Rico

 Nació en la ciudad de Piura, al norte del Perú, el año 1750, de padre español, Tomás Gutiérrez de Cos y Terán, y madre limeña. Los dos hijos varones, Francisco y Pedro, llegaron a ser sacerdotes. Francisco fue cura de la doctrina de Santo Tomás en la provincia de Chachapoyas. Pedro inició los estudios de filosofía y teología en el seminario de Trujillo donde fue primero pasante en Artes, ocupando luego la cátedra de Latinidad y llegando a ser vicerrector. Obtuvo el grado de Doctor en Cánones en la Universidad de San Marcos y fue abogado de la Audiencia de Lima.

Se ordenó sacerdote en 1784 y sirvió en dos doctrinas del obispado de Lima hasta el año 1798. Fue comisario del tribunal de la Inquisición y vicario juez eclesiástico de ese arzobispado. Desde 1798 participa como canónigo en la catedral de Lima. A finales de 1810, el cabildo de Piura, lo propuso como candidato para representarlo en las Cortes de Cádiz.

El año 1814 obtuvo el puesto de chantre, y por último en 1817, tras el fallecimiento de José de Silva y Olave, fue nombrado obispo de Huamanga. Sus primeros escritos como obispo tuvieron como temática las providencias tomadas para evitar que circulasen papeles subversivos en su jurisdicción. Durante dos años, de 1818 a 1820, administró el obispado sin contratiempo, no obstante, las noticias alarmantes del triunfo de los insurgentes de Buenos Aires cerca de las costas peruanas. Sin embargo, las tropas patriotas del comandante José Álvarez de Arenales penetraron en la sierra central el año 1820, acelerando la escisión política. Gutiérrez fue testigo de excepción de todo este momento de tránsito.

El prelado no se hallaba en la capital cuando el ejército de Arenales se encaminaba a su diócesis, ya que estaba realizando la visita a su obispado. Al tener noticias de que Arenales había destacado un piquete de treinta hombres para prenderle y obligarle a reconocer y jurar la independencia, se dio a la fuga, dirigiéndose a Lima «por caminos extraviados entre nieves y desfiladeros». Cuando, poco después Arenales fue derrotado y desalojado de Huamanga, Gutiérrez de Cos intentó regresar al obispado, mas fue imposible porque los caminos estaban inundados de soldados enemigos, «conocidos con el nombre de montoneras», y de salteadores y asesinos. Ante esta situación, permaneció refugiado tras las murallas de Lima. Mientras, el obispado de Huamanga estaba acéfalo. La misma situación se repetía en Cusco. Los dos lugares tenían gran importancia en este contexto por ser el centro de la resistencia española hasta el final de la guerra. Los obispos se hallaban lejos de su feligresía en momentos en que el poder real se tambaleaba y más necesaria se hacía su prédica entre los fieles. El brigadier español Ricafort y el virrey Pezuela solicitaron el pronto retorno de ambos prelados. La situación no podía ser más desalentadora. A inicios de julio de 1821, el virrey La Serna dio a conocer su decisión de abandonar la capital para dirigirse a la sierra a recomponer el ejército y marchó el 6 de julio. La Serna huía así de una ciudad cercada en los caminos, bloqueada por mar, empobrecida y extenuada, de la que poco más se podía esperar para defender la causa real. A partir del 7 de julio, como es sabido, Lima fue un caos. En ese momento se produjeron las mayores adhesiones al bando patriota: «abandonados» por el virrey, los vecinos limeños vieron a San Martín como su salvador frente a la revolución social que se vivió en las calles de la capital durante aquellas cuarenta y ocho horas. Una junta de vecinos ilustres se dirigió al cuartel general del libertador a solicitarle su pronta entrada en Lima y la pacificación. San Martín aceptó y el 12 de julio, luego de haber restituido el orden, ingresó triunfalmente en la Ciudad de los Reyes.

Cuando el virrey salió de Lima, se enteró casi al mismo tiempo que se anunciaba el hecho, y también intentó huir, pero no lo pudo hacer «porque no había mulas ni cabalgaduras a causa de haberlas tomado ambos ejércitos». Sin embargo, no se unió a las filas patriotas como otros miembros de la elite limeña. La capital se tornó insegura para aquellos que no profesaban estar del lado de la «patria» o del protectorado inaugurado por San Martín. Aun así, asumió el riesgo que suponía no firmar el acta de independencia, ni participar de ninguno de los actos de la proclamación y jura de ésta ni del Estatuto Provisional: «Yo no asistí a estos actos, ni a ninguna función de celebridad; vivía retirado.» Gutiérrez de Cos se enteró de que el libertador «se había resentido» por su decisión de permanecer al margen del nuevo gobierno. Ello motivó un primer intercambio de pareceres, en el que el obispo le reafirmó al propio San Martín su monarquismo, bajo el eufemismo de que correría la suerte de su diócesis, que en ese momento aún estaba bajo el dominio español. Sus palabras son elocuentes: «...le expuse [a San Martín] que mi diócesis de Guamanga permanecía sujeta a la dominación española y que yo no podía prescindir de la suerte de ella, que en el territorio en que me hallaba le obedecería en lo temporal, sin atentar contra su persona y providencias. Al parecer quedó convencido con mi exposición». Gutiérrez estaba reconociendo que iba a respetar y acatar las disposiciones del nuevo gobierno en Lima, quizá por ello San Martín lo dejó en paz durante un tiempo; pero en el fondo, en su alegato el obispo mantenía su adhesión a los realistas, quienes tenían en Huamanga uno de sus principales centros de operaciones. Se podría inferir que Pedro Gutiérrez abrigaba la esperanza de que el orden nuevo fuera efímero. Pero tal y como se sucedieron los hechos en la capital, esta contraposición de lealtades se tornó inadmisible para el gobierno protectoral.

San Martín insistió a Gutiérrez de Cos que jurase la independencia del Perú, «y que al mismo tiempo dirigiese a Guamanga una Pastoral para que allí se hiciese lo mismo... De manera que no pudiendo San Martín ocupar a Guamanga por la fuerza, intentaba revolucionarla por medio de mi Pastoral... neguéme con firmeza.» Esta vez San Martín no fue condescendiente y determinó que el obispo fuese expatriado. Por intermedio del ministro tucumano Bernardo de Monteagudo, el decreto de expulsión del Perú se le dio a conocer el 9 de noviembre de 1821. Gutiérrez de Cos solicitó al gobierno le permitiesen disponer de un mes para poder retirarse del Perú; San Martín no aceptó, reafirmando que el plazo era de ocho días. A pesar de esta orden imperiosa, el obispo retrasó su salida hasta inicios de diciembre de 1821 porque, durante esas semanas, no encontró ningún navío que lo pudiese llevar a otro destino. El último oficio intimidatorio fue redactado el 3 de diciembre, en el que Monteagudo sentenció haberse excedido el plazo para salir del Perú, urgiéndole lo realizase a fin de evitar se tomase otra providencia. Se le dio pasaporte para la península. Gutiérrez se dirigió entonces al puerto del Callao; se presentó la fragata inglesa Harleston, procedente de Calcuta, con cuyo capitán consiguió negociar para que le dejase en Panamá. La persecución contra los anti-patriotas era grande. Temiendo que la «otra providencia» del libertador fuese la prisión en los castillos del Real Felipe mientras esperaba partiese la fragata, como se había hecho con el obispo de Trujillo, Carrión y Marfil, se embarcó en el navío el 4 de diciembre, dos días antes de que zarpase del Callao.

Antes de partir, nombró al deán Tomás López de Ubillús, también piurano, como gobernador eclesiástico del obispado de Huamanga. López de Ubillús, posiblemente pariente lejano suyo, también monárquico. El propio virrey La Serna presentó a Tomás ante la metrópoli como uno de sus más importantes colaboradores en la preservación del Perú para la causa real.

Su salida fue aprovechada por el gobierno realista que se estableció a partir de julio de 1821 en el Cusco, bajo la dirección del virrey La Serna, para convencer a la población de las contradicciones de quienes supuestamente representaban «la libertad». En el viaje llega a México, siendo nombrado como autoridad eclesiástica al lado del reciente proclamado emperador Iturbide. La actitud del clero hacia Iturbide podía deberse al recelo que le inspiraba la insurgencia, y al deseo de alejar de ella a los americanos si la jerarquía eclesiástica tomaba la iniciativa. Esa fue la situación que Gutiérrez de Cos encontró en México, y, por lo que se advierte, no le fue difícil adaptarse a ella. No obstante, las muestras de complacencia y respeto en México, Gutiérrez vivía económicamente limitado. Como su salida de Huamanga fue intempestiva y los caminos de Lima estaban cortados, nunca pudo recibir socorros de su obispado; en la capital vivió «de prestado», y cuando salió del Perú tuvo el apoyo económico de amistades que le proporcionaron pequeñas cantidades de dinero con las que se mantenía. Intentará desde el año 1822, de viajar a La Habana, «o a otro puerto de la dominación española».

 Su incertidumbre era grande, además, porque para el año 1822 la guerra por la independencia en el Perú se hallaba en uno de sus momentos más delicados: la opción realista se tornaba nuevamente asequible y el gobierno protectoral estaba demostrando bastante ineficacia política. Cabía, por tanto, la posibilidad de que las provincias del Perú volviesen al dominio español, con el consiguiente retorno de las autoridades civiles y eclesiásticas. De ahí que tampoco se decidiera a alejarse más del Perú, por si tuviese que volver a Huamanga. Por ello afirmaba: «me hallo en la mayor confusión, porque si las Provincias de Trujillo y Lima ocupadas por el enemigo vuelven a la dominación española, como lo espero, me veré en la obligación de regresar al Obispado, y mientras más me aleje, me será más difícil y penoso el viaje...». Solicitó que la metrópoli le franquease el pasaje a la península con cargo de reintegro, para así encontrarse en lugar seguro desde el cual partir hacia Perú, hecho que, como vemos, por las circunstancias, lo consideraba más que probable. Pero Gutiérrez no viajó nunca a España. Parece ser que la caída de Iturbide y el triunfo de la primera república liberal en México aceleraron la salida del país de nuestro obispo, al que vemos residiendo en La Habana como emigrado en 1825.

En esta isla se desempeñó como gobernador eclesiástico. Luego de cuatro años de solicitudes y desconcierto, Fernando VII lo nombró obispo de Puerto Rico el 9 de junio de 1825. La corona quiso premiar su lealtad durante la revolución de la independencia otorgándole una condecoración especial: un mes antes de desembarcar en Puerto Rico, el 9 de junio de 1826, se le concedió la Gran Cruz de la Real Orden Americana de Isabel la Católica. Mientras tanto, el gobierno peruano desde 1822 le había levantado el decreto de exilio. En la sesión del Congreso del 25 de septiembre de 1822, el diputado José Faustino Sánchez Carrión afirmaba que había que facilitar el retorno de Gutiérrez de Cos: «...que se halla en México y está pronto a jurar la independencia». Consecuencia de esa solicitud, al mes siguiente la Junta Gubernativa determinó que Gutiérrez podía regresar al Perú, encargándose el gobierno de brindarle todos los auxilios que necesitase para tal efecto.

Cuando salió del Perú, Gutiérrez contaba con 71 años de edad. De emigrado se convirtió en obispo de una de las provincias de ultramar que aún se mantenían ligadas a la península. De su acción pastoral caben destacar sus prédicas siempre de tono fidelistas, la visita pastoral y la creación del Seminario Conciliar. Hacía muchos años que no se realizaba la prevista visita pastoral, por lo que la de 1829 constituyó un hecho relevante para la diócesis. Tuvo como objetivo fiscalizar la actuación del clero regular y secular en el desempeño de sus funciones (licencias para confesar, predicar y celebrar), estado material de los templos y la corrección de las costumbres. Un segundo objetivo se centró en evitar la proliferación de ideas subversivas. Finalmente, como era tradición en estas visitas, administró el sacramento de la confirmación en 55 pueblos y a 153.158 habitantes, «incluso los negros africanos y los criollos que hay en las haciendas de los respectivos distritos».

El 7 de abril de 1833 enfermó gravemente y fallece el 9, a los 82 años.

Como concluye su biógrafa Elizabeth Hernández, nuestro protagonista es un claro ejemplo de aquella privilegiada sociedad piurana y peruana que, hasta el último momento, hizo cuanto pudo por mantener su adhesión a una corona de la que tanto dependía. Su formación eclesiástica consolidaba los principios jurídico-políticos adquiridos, de tal manera que, cuando la amenaza de la revolución se hizo presente, fue vista esta como un extravío. La mayoría de obispos en Hispanoamérica rechazó la independencia porque la identificó como herejía o rebeldía frente a una autoridad política consagrada por la divinidad como evidenció en la homilía de 1826 y en el informe de 1829.

José Antonio Benito

Foto facilitada por el P. Martín Laurente del óleo de la sacristía de la Basílica Catedral de Huamanga


Fecha Publicación: 2020-06-30T16:38:00.001-07:00


Su nombre completo fue José Ramón Rojas de Jesús María, natural de Quetzaltenango (Guatemala). Fueron sus padres Lázaro Rojas, un funcionario público, y Felipa Morales. Tuvo siete hermanos, lo que, con los bajos ingresos recibidos por sueldo del padre, obligó a la familia a vivir en extrema austeridad. Esa vida con tanta limitación, aunada a la gran religiosidad de los padres, facilitó el que cinco de los ocho hijos optaran por la vida religiosa.

Su educación escolar la cursó con los frailes franciscanos, mostrando grandes aptitudes para la literatura, el dibujo y la música, artes estas que desarrolló durante toda su vida.

Una vez concluidos sus estudios elementales, se fue al convento, siendo aceptado como novicio a la edad de 18 años (en el año 1794) en el convento de los recoletos de "Cristo Crucificado" de Guatemala, ordenándose como sacerdote en 1798 en la orden seráfica de San Francisco de Asís. Más tarde ingresa a la Universidad de San Carlos, donde estudia Filosofía, Historia, Derecho y Teología, al tiempo que aprende varias de las lenguas indígenas. Esta rica formación le lleva a compartirla en las misiones de Centroamérica; allí será celoso misionero entre infieles por tierras de Nicaragua, Honduras y Costa Rica.

En 1822 estalla la guerra civil en Guatemala y es perseguido y encarcelado por defender los derechos de la Iglesia. En concreto, el partido vencedor, sin permiso de la Santa Sede, erigió en 1824 una nueva diócesis, San Salvador, y nombró obispo al cura Delgado, quien dejándose llevar de la vana carrera eclesiástica tomó posesión del gobierno eclesiástico. Frente a tal atropello y a la nueva constitución liberal de su patria, protesta junto a su arzobispo ante el Papa León XII. Esto le llevó a la cárcel en un calabozo durante dos meses y a punto de ser fusilado. En tales circunstancias, en enero de 1831, se dirigió a Puerto Trujillo en la Bahía de Honduras, consolando y evangelizando a grupos de pobres negros. Viendo que su vida corría peligro, tuvo que salir a media noche del 10 de abril sin poder salvar nada más que su breviario. Con rumbo incierto, se embarcó en la fragata francesa "Mariana Isabel, logrando anclar un 22 de junio de 1831 en el Callao.

Al estar sin documentos que acreditaran su condición de sacerdote y religioso, dirige sus pasos hasta el Convento de los Descalzos de Lima, donde le acogen fraternalmente. Aquí, obtenidas las licencias sacerdotales para predicar y confesar, se lanza por las calles de Lima y Callao, promoviendo el culto y devoción al Santísimo Sacramento y a la Virgen de Guadalupe, imagen que siempre llevaba consigo y que también pintaba; en unión del virtuoso lego Fray José M. Prieto, construye en el puerto del Callao con las limosnas recogidas una capilla dedicada la Virgen de Guadalupe y un pequeño hospital. En el Jubileo Santo de 1834 predicó a los presos, repara la capilla del Hospital de San Andrés. Al ver su preparación y celo, el arzobispo de Lima, Don Jorge Benavente, con quien tuvo una estrecha amistad, le encarga buscar la reforma de la población y de las órdenes religiosas, como efectivamente lo logró.

 

Su gran vocación misionera le llevó a las tierras de Cañete, Chincha y Pisco, culminando en Ica, donde se centró apostólicamente. Allá llevó una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe y promovió intensamente su culto. En esta ciudad levantó el hospital de Guadalupe de Pisco, donde se cuenta que hizo brotar agua en medio del arenal, en el lugar conocido hoy como Pozo Santo.

Su fervoroso apostolado le lleva a edificar y restaurar iglesias y capillas, fundar hospitales y levantar casas de ejercicios espirituales. Su vida de abnegación y de entrega total a los demás produjo abundantes frutos espirituales entre el pueblo y los religiosos; nombrado visitador de éstos -franciscanos, agustinos y hermanos de san Juan de Dios-, renovando sus vidas, mediante el establecimiento de la disciplina y el cuidado del culto.  

El presidente del Perú General Felipe Santiago Salaverry, a su paso por Ica, quedó admirado del fervoroso misionero y le propuso como obispo de Maynas, fray Ramón declinó por dedicarse de lleno a su apostolado iqueño. La tradición oral es muy viva al recordarle como propulsor y asiduo peregrino del Templo de la Virgen de Yauca. De igual modo, está viva en la memoria de los fieles numerosas gracias debidas a su intercesión. A él se le atribuye la calma del otrora amenazador volcán de Cerro Prieto.

Debilitado por los trabajos y mortificaciones, moría el 23 de julio de 1839, a los 63 años de una pleuresía causada por salir una noche de mucho frío y, estando enfermo, atender a la niña Presentación Mantillas en artículo de muerte, a quien consoló y cuya salud recuperó. Al entierro del Padre Guatemala asistió una multitud de más de 5 mil personas, en la antigua iglesia de la Merced –hoy catedral de Ica. Sus restos fueron sepultados en la capilla contigua y también levantada por él con la advocación de Jesús María, en la calle Cajamarca (Ica).

Como escribirá el historiador y hermano de su Orden, P. Julián Heras "a pesar de no haber permanecido sino cuatro años en Ica, la memoria del P. Guatemala no se ha borrado de los corazones de sus habitantes. Y todavía, después del siglo y medio de su muerte, perdura la fama de santidad de este humilde siervo de Dios".  

Dada la popular veneración por parte de los fieles de Ica, en 1871 se inició el proceso de su beatificación, y Dios quiera pronto sea elevado a los altares.

Con motivo del centenario de la muerte de fray José Ramón, el diario el Imparcial de Guatemala le dedicó una edición especial el día 22 de julio de 1932, y la Sociedad de Geografía e Historia le rindió un homenaje póstumo.


Fecha Publicación: 2020-06-23T21:45:00.001-07:00

MONSEÑOR ORACIO FERRUCCIO CEOL B., OFM OBISPO EMERITO DE KICHOW (HUPEH, CHINA) FUNDADOR DEL COLEGIO PERUANO-CHINO "JUAN XXIII" (26-VII-1911 * 23-VI-1990)

P. Fortunato Mattivi, ofm[1]

Era muy fácil hablar de Mons. Ferruccio, cuando se trataba de su vida de Misionero. Muy pocos eran los detalles sobre su niñez en el pueblecito en que había nacido, y él los recordaba con simplicidad, sobre todo las travesuras; y se quedaba como sorprendido de la vivacidad que caracterizó su vida de jovencito, animada por su espíritu de aventura; que preanunciaba un propósito de vida que irá madurando después en el Seminario, para convertirse en espíritu misionero. El mismo lo sintetizó en un mensaje escrito con ocasión del XXV aniversario de fundación del Colegio Juan XXIII: "El propósito inicial y forma de mi vida fue dedicar todas mis fuerzas al Reino de Cristo y logré hacerlo realidad desde el año 1934 en la misión de China".

Hombre activo, tenaz, decidido y generoso. Nacido en el pueblecito de Daiano en el Valle de Fiemme, entre las montañas Dolomitas (los Alpes de Trento-Italia) el 26 de Julio de 1911; respiró el aire de sus montañas y recibió de la familia y de la comunidad parroquial, el ejemplo y la fuerza de una fe cristiana que sería duramente probada durante su itinerario misionero en China y en el Perú. Sus padres, muy pobres de bienes materiales pero ricos en la fe cristiana, le educaron con mucho amor a las virtudes, y se sintieron privilegiados y bendecidos por Dios cuando a los 11 años pidió ingresar al Seminario Menor Franciscano de Trento para cursar allí los estudios secundarios (que no había en su pueblo). Pronto moriría el papá, Marino Ceol, y su mamá, Anna Bozzetta, luchará con fe en la Providencia para criar y educar sola a cuatro hijos. Mientras tanto, el joven Horacio, terminados brillantemente esos estudios, obtuvo de ingresar al Noviciado Franciscano y, en 1932, emitía sus votos solemnes y perpetuos de pobreza, obediencia y castidad en la Orden Franciscana (Provincia de Trento); tomando el nombre de fray Ferruccio.

Tenía poco más de 22 años y medio cuando fue consagrado Sacerdote y pudo celebrar su primera Santa Misa en la pequeña y hermosa iglesia de su pueblo natal, habiendo completado sus estudios en Trento y en Roma (Universidad Antoniana). Ya la mamá y los hermanos sabían de su secreto propósito de ir misionero a China, en donde trabajaban otros frailes de Trento. Tres meses después de su ordenación sacerdotal, el p. Ferruccio toma el barco hacia China. Una vez llegado, inicia los estudios del idioma chino. Era el año 1934. Muy pronto el territorio de la diócesis de Kichow (Hupeh) se convierte en tierra de guerras sin fin: grupos guerrilleros enfrentan en guerra civil a los soldados del Gobierno y los campesinos y la gente de los pueblos sufren todo tipo de presiones e injusticias. P. Ferruccio, que vive con ellos, es buscado, pero se esconde y escapa; sin embargo, no deja solos a sus cristianos a quienes conforta, ayuda y defiende. Pronto cesará la guerra civil, porque un nuevo enemigo, Japón, está invadiendo y ocupando China.

Frente a los innumerables peligros, el Obispo llama a p. Ferruccio de su misión lejana a la ciudad, Kichow. Son muy numerosas las personas que huyen de los invasores; los heridos y los enfermos que llegan a la iglesia en busca de ayuda son miles. "No podemos dejarlos morir así" dice p. Ferruccio. Abre, entonces, una posta médica que pronto se convertirá en un hospital, donde él con otro franciscano serán los primeros médicos, enfermeros, consejeros y evangelizadores. Su obra humanitaria es reconocida por todos al punto que todos respetan el pequeño hospital y la iglesia y todos (la gente, los soldados japoneses, los soldados chinos, los escondidos de noche) acuden a él que a todos atiende.

En 1945 termina la segunda guerra mundial con la derrota de Japón y su retiro; pero, muy pronto, reinicia la guerra civil entre comunistas y nacionalistas. El 28 de junio de 1948 llega la noticia que el Papa le ha nombrado Obispo de Kichow para suceder al anciano obispo que yo no puede hacer frente a los peligros y dificultades de ser Pastor en ese momento y en tales circunstancias. Consagrado obispo, tomará posesión de su diócesis el 3 de octubre de 1948. Tenía 37 años y era el obispo más joven del mundo católico.

En el poco tiempo de paz, después de la II guerra mundial, el trabajo misionero era prometedor, y la iglesia florecía. Pero pronto llegará una hora negra y dolorosa, con una situación que fue destruyendo todas las expectativas. Entonces me acordé que el lema de mi escudo de obispo era "Per Crucem ad Lucem", "sólo se llega a la luz a través de la cruz, el sufrimiento y hasta la muerte por Dios".

En 1949, ya las fuerzas comunistas han conquistado todo el poder sobre China, proclamando la República Popular. La política del nuevo gobierno decide la supresión de todas las religiones, inspirándose en el marxismo ateo; así como obliga al retiro a la casi totalidad de extranjeros (que no sean del bloque comunista). Para Mons. Ferruccio se inicia un calvario que durará varios años, mientras que sus católicos (Sacerdotes, Religiosos y Laicos) son dispersados o sufren diferentes condenas. Monseñor estará primero bajo custodia, sufrirá cárcel y torturas. Muchas veces es visitado por la policía, llevado a la comisaría y objeto de largos interrogatorios. Pero ninguna acusación contra él se sostiene, se revela como un pretexto para poder hacerle perder el cariño y el respeto del pueblo; las amenazas quieren mermar su coraje y su salud. Pero, Dios está con Monseñor que resiste, hasta que en 1951 sufre un juicio popular y es condenado a muerte. Se quedará un año más hasta que la pena será conmutada en expulsión de por vida y el 27 de diciembre de 1952, acompañado por los soldados hasta el puente de Lo Wu (Hong Kong), va hacia la libertad.

Se cerraba así una etapa de su vida misionera marcada por la Cruz: "La hora del Calvario, amarga y dolorosa, convulsionó todas nuestras expectativas. El sufrimiento, la persecución y el martirio físico y espiritual que tuve que soportar, junto con la preocupación por mi Iglesia de Kichow, en donde quedan sacerdotes, catequistas, cristianos, religiosas y catecúmenos solos, indefensos y sin Pastor, me acompañan en todo momento de mi vida". Repetirá constantemente Monseñor.

Nueva Esperanza en Dios. Monseñor retorna a su tierra donde se reencuentra con su anciana madre. Han pasado 19 años desde que la dejó para seguir su vocación misionera; retorna a ella ya hecho Obispo y con las marcas de la persecución. El cariño de los suyos y los aires puros de sus montañas restablecerán prontamente la salud a Monseñor, aun cuando le queda grabado para siempre el recuerdo de la tragedia vivida y de sus cristianos que han quedado solos en la persecución. "Enfrentada y superada con la ayuda de Dios la durísima prueba de la persecución y de la expulsión de China, el Señor me abrió otro camino para hacer el bien entre los chinos emigrados al Perú".

En 1955 la Santa Sede ofrece a Mons. Ferruccio el encargo de ayudar a los Pastores de la Iglesia del Perú en el cuidado espiritual de los chinos residentes en ese país. Desde mediados del siglo XIX muchos chinos dejaron su patria, sumergida en tantas guerras y dificultades, buscando trabajo y residencia en Lima y en el Perú. En el siglo XX este éxodo continuó, porque la situación en la China lejos de mejorar fue haciéndose más y más difícil.

Al ofrecimiento del Papa, Monseñor responde: "Soy feliz de dedicar lo que queda de mi vida a este querido pueblo que vive tan lejos de su patria". Monseñor reinicia pues su camino misionero dando todas sus fuerzas para la evangelización de la familia china del Perú, dispuesto a toda clase de sacrificios y con un gran espíritu de fe y oración. Pronto descubre la necesidad de fundar un Colegio, para que la Colonia tenga una escuela católica que ofrezca esta opción educativa. Mientras tanto, en la Iglesia ha habido grandes cambios. A la muerte del Papa Pío XII, es elegido Papa el Cardenal Angelo Giuseppe Roncalli (1958), quien iniciará una gran reforma en la Iglesia. Pronto convocará a todos los Obispos a Concilio, y también Monseñor participará en el Concilio Vaticano II. Tendrá así la oportunidad de encontrarse varias veces con el Papa, que le escuchará y alentará en sus proyectos.

Una de las grandes preocupaciones del Papa es la situación de la Iglesia Católica en la China. Aprovechando la presencia de todos los Obispos en el Concilio, convocará a los Obispos de China y Mons. Ferruccio será el llamado a exponer ante el Papa el informe que los obispos han preparado. Nace entonces una buena amistad entre el Papa y Monseñor, quien un día le confía su deseo de fundar un colegio católico de la Colonia China, como instrumento de apostolado, educación e integración. El Papa le alienta en su decisión, bendice el proyecto y despide a Monseñor con una frase que es casi un testamento: "Regresa al Perú; trabaja en el nombre de Dios y en el mío y todo será un suceso". Acompañará estas palabras con el importe de 25,000 dólares que será el primer fondo para la construcción del colegio.

"Fortalecido por las palabras y las oraciones del Papa Juan XXIII, entre muchas dificultades, pasando por momentos de entusiasmo y otros de preocupación, pero siempre con la mente fija en hacer realidad mis ideales, pude iniciar casi desde cero la obra que ahora viene creciendo con la bendición del Señor". Escribirá Monseñor. El programa que se había planteado en su labor religiosa y social con esta obra es ambicioso, es importante y profético. El quiere lograr:

  • Que se produzca una sana integración de los niños y jóvenes de ascendencia china con los de ascendencia peruana a través de una sana coeducación.
  • Que las familias orientales conservando sus grandes valores originales de fidelidad, laboriosidad y amor a las tradiciones morales de los ancestros los enriquezcan con la cultura y formación cristianas del Perú.
  • Que se instaure la relación hogar-escuela, escuela-hogar, como base y cimiento de una verdadera educación.

Así nació el Colegio Juan XXIII que abrió sus puertas en abril de 1962 con tan sólo 63 alumnos en una casita alquilada y hoy alberga a casi 2000 alumnos en unas instalaciones que están al día con los mejores requerimientos pedagógicos.
No se tiene los recursos suficientes para construir el Colegio y, entonces, Monseñor Ferruccio se hace mendigo solicitando la generosidad de muchos: la Universidad Católica que le cede el terreno, la gente de la Colonia China que le da su colaboración, pero sobre todo, en los Católicos de Estados Unidos, Alemania e Italia y en los Franciscanos de Trento, que año tras año se acuerdan del obispo "Chino" y le envían los recursos necesarios.

Monseñor Ferruccio fue siempre muy profundamente hombre de Iglesia. Cada vez que podía amaba hacer casi como un peregrinaje a Roma, a visitar al Papa, como lo había hecho Francisco de Asís. A la muerte del Papa Juan XXIII, expondrá su obra al nuevo Papa, Pablo VI, quien tendrá para él palabras de aprecio y estímulo y lo apoyará económicamente. La misma devoción y el mismo cariño tendrá también en su relación con el Papa actual, Juan Pablo II quien se sentía particularmente ligado a Monseñor por compartir ambos la experiencia de la persecución por causa de la fe.

Ya los primeros alumnos son Padres de Familia y recuerdan a su querido "Tío Monse" quien fue para ellos un padre, un amigo, un sacerdote y el más grande bienhechor de la Comunidad China del Perú.

En 1983, Mons. Ferruccio se retiraba silenciosamente. Su obra ya es grande y sólida y está en buenas manos: de los Padres Franciscanos de Trento y de los Padres de Familia, quienes siguen el ejemplo de Monseñor trabajando con amor al Colegio y fe en la Providencia, para los ideales que inspirara el nacimiento de esta Gran Obra. Monseñor quiso que nadie supiera cuando se iba porque "no habría soportado" el sufrimiento de la separación. Como humilde fraile, lo dejó todo y no pidió nada para sí: con el dinero de la venta de la casa en que había vivido, se levantó -en su colegio- la primera parte de un edificio que acoge todos los servicios educativos. Se retiró a la casa para los Hermanos ancianos y enfermos de los Franciscanos de Trento, de donde por unos años salía para colaborar en el trabajo pastoral que el Arzobispo de Trento le solicitara. Pero su salud decaía constantemente y fue retirándose siempre más en oración y silencio, ofreciendo al Señor toda su vida con preocupación y afecto siempre vivos hacia aquellas almas que le fueron encomendadas y las obras que, con la ayuda de la Providencia, él había realizado.

Rodeado por el cariño y la atención de los hermanos, los médicos y amigos, fue apagándose hasta que a las 14.45 del día 23 de junio descansaba en el Señor, después de haber recibido los Sacramentos. Ahora su cuerpo descansa en el pequeño cementerio de los frailes de Trento, compartiendo la paz y la oración de los justos, junto con tantos frailes que como él dieron su vida para el Evangelio.

"Nunca el cristiano está solo, siempre está unido al hermano. Podemos ser misioneros también quedándonos en nuestra patria, con la oración, con el buen ejemplo, con la ayuda. Si así llegamos a salvar un alma, seremos bienaventurados porque esa alma vale Cristo". (Mons. Ferruccio).

 



[1] Semanario Diocesano de Trento, 25-VI-1990


Fecha Publicación: 2020-06-23T21:25:00.000-07:00
 Escribió el libro "Anales de la Catedral de Lima", considerado como historia más completa y auténtica de la Catedral Limense durante la época virreinal, ya que recoge año a año los relatos de los actos de los diecisiete arzobispos de Lima "con llaneza de estilo y minuciosidad".
Nacido en Tarma en 1764, educado en el Seminario de Santo Toribio, del cual fue profesor, desempeñó por muchos años el curato de Huánuco, obteniendo en 1803 su traslación al coro de Lima en la condición de medio-racionero.
En 1806 ocupó la silla de racionero, a la vez que se le nombró Secretario del Cabildo, cargo que sirvió hasta 1814, en que obtuvo la dignidad de Magistral. Fue en esta época cuando el doctor Bermúdez registró archivos, compulsó documentos y acopió los datos que utilizara más tarde para redactar los interesantes Anales de la Catedral.
Como orador, merecieron caluroso encomio sus oraciones fúnebres en memoria del obispo Gorrichategui, del conde de la Unión, del arzobispo La Reguera y del Presidente de las Cortes de Cádiz Morales y Duárez, natural de Lima.
Como escritor, son sus producciones más notables: una Vida de Santa Rosa, (impresa en 1827), y tres opúsculos sobre   materias eclesiásticas, siendo muy elogiado el que consagró a la defensa de la Bula de Pío VI, sobre diezmos y rentas. Fue uno de los colaboradores del famoso Mercurio Peruano.
Gran conocedor de la lengua quechua compuso una gramática y un vocabulario, condenando el gravísimo error de los conquistadores el haber pretendido extinguir aquella lengua que no cede a otra alguna en energía, majestad, precisión, abundancia y dulzura.
Fue electo diputado por Tarma en las elecciones para las Juntas de Cádiz. También fue uno de los vocales que compusieron la junta de pacificación nombrada por el virrey La Serna, para pactar un armisticio con los patriotas y discutir sobre la manera de poner término a la guerra ante el comisario regio Abreu en 1821.
Murió el canónigo Bermúdez en 1830, desempeñando la alta dignidad de Chantre en el coro de Lima, a la edad de 66 años. Ver Mendiburu, Diccionario Histórico Biográfico del Perú, III, pp. 37-39.

Fecha Publicación: 2020-06-22T10:11:00.000-07:00

ANTE UN MUNDO APESTADO ¡UN MUNDO ENSANTADO!

Felicito al portal "Religión y Libertad" por su campaña "Oración de urgencia" en la que invita a escribir a "personalidades católicas relevantes" [quienes] pedirán a Jesucristo, a la Santísima Virgen o a los santos de su elección que nos protejan de estos males y nos ayuden a ponerles fin para que el mundo cumpla la finalidad para la que fue creado: dar gloria a Dios, en vez de arrebatársela". https://www.religionenlibertad.com/mundo/655573732/desconcierto-mundo-religion-en-libertad-campana-oracion-urgencia.html

Me han encantado las contribuciones de Miguel Ángel Velasco, J.M. Cotelo, Olaizola, Vallejo Nájera y desde el Perú colaboro con mi granito de arena.

Estoy convencido con Donoso Cortés que "hacen más por el mundo los que oran que los que pelean", así que oremos, en público y privado, a título corporativo y personal, en familia global planetaria y en la de nuestro hogar, porque aquí también tiene razón el P. Peyton "familia que reza unida permanece unida".

Si el mal de la pandemia nos ha unido de modo misterioso pero real, la lucha para vencerlo debe encadenarnos con un arma clara y mucho más letal, la enseñada por el mismo dador de vida y que se proclamó como la misma Vida, Jesús, el rostro de Dios hecho hombre y el rostro del hombre Dios; basta con recordar su lección: "Padre nuestro…venga a nosotros tu reino".

Si vivimos en un planeta apestado, oremos para que se convierta en un mundo ensantado. ¿Qué hicieron los santos ante las pandemias?

En la tierra ensantada del Perú los cinco santos oraron y actuaron. Así lo declaran los testimonios de su proceso de beatificación.

De Toribio Mogrovejo, segundo prelado limeño y patrono de todos los obispos de América, se lee que- "en el tiempo de las viruelas, que fue peste general en aquel Reino, proveyó de botica y médico y barbero a todos los pobres  y al hospital de san Lázaro, de todo lo necesario; En especial, en el tiempo de las viruelas y peste general que hubo en este reino, que por estar todos los indios en sus casas caídos con la dicha enfermedad, se andaba el dicho señor Arzobispo de casa en casa, a confirmarlos, sufriendo el hedor pestilencial y materia de la dicha enfermedad".

Martín de Porres convirtió el convento en hospital. "Y en este tiempo hubo una peste en esta ciudad de una enfermedad que llaman alfombrilla o sarampión en la cual tuvo este testigo en su enfermería sesenta enfermos, los más de ellos mancebos novicios. Esta enfermedad daba crueles calenturas que se subían a la cabeza… El siervo de Dios estuvo sin parar de día y de noche, acudiendo a dichos enfermos con ayudas, defensas cordiales, unturas, llevándoles también a medianoche azúcar, panal de rosa, calabaza y agua para refrescar a dichos enfermos.

Francisco Solano, cuando en 1604 Arequipa se vio afectada por la peste del vómito negro, predicó contra los pecados capitales, llenándose las iglesias; cientos de personas hicieron penitencia y pidieron a gritos que se expusiese el Santísimo. Un año después, en diciembre de 1605, abandonando su retiro y con un crucifijo en la mano, salió por calles y plazas exhortando a todos a la penitencia por sus pecados. "La vista de aquel fraile, espejo de la penitencia, el ardor de su mirada y el fuego de sus palabras, conmueve a sus oyentes; le siguen hasta la plaza mayor y allí el gentío se hace cada vez más numeroso de tal manera que deben dejar abiertas las iglesias por petición popular de la confesión".

Juan Macías visitaba a los pobres de los hospitales: "les daba los dulces y las flores; y les untaba las manos con el agua de olor para que se recreasen; les amonestaba a la paciencia en su pobreza y achaques, y les aconsejaba el amor de Dios y mudanza de sus vidas". Rosa de Lima "curaba a todos los que podía y para este efecto, los traía a su casa doliéndose de sus enfermedades, sin reparar que fuesen negros o indios, ni de enfermedades asquerosas"

 

Culmino invitándoles a orar como hiciese nuestro Papa Francisco ante las reliquias de los cinco santos peruanos en la Catedral limeña

Dios y Padre nuestro,
que por medio de Jesucristo
has instituido tu Iglesia
sobre la roca de los Apóstoles,
para que guiada por el Espíritu Santo
sea en el mundo signo e instrumento
de tu amor y misericordia,
te damos gracias por los dones
que has obrado en nuestra Iglesia en Lima.

Te agradecemos de manera especial
la santidad florecida en nuestra tierra.
Nuestra Iglesia arquidiocesana,
fecundada por el trabajo apostólico
de santo Toribio de Mogrovejo;
engrandecida por la oración,
penitencia y caridad de santa Rosa de Lima
y san Martín de Porres;
adornada por el celo misionero
de san Francisco Solano
y el servicio humilde de san Juan Macías;
bendecida por el testimonio de vida cristiana
de otros hermanos fieles al Evangelio,
agradece tu acción en nuestra historia
y te suplica ser fiel a la herencia recibida.

Ayúdanos a ser Iglesia en salida,
acercándonos a todos,
en especial a los menos favorecidos;
enséñanos a ser discípulos misioneros
de Jesucristo, el Señor de los Milagros,
viviendo el amor, buscando la unidad
y practicando la misericordia
para que, protegidos por la intercesión
de Nuestra Señora de la Evangelización,
vivamos y anunciemos al mundo
el gozo del Evangelio.


Fecha Publicación: 2020-06-20T19:34:00.000-07:00

EL CARITATIVO CURA CABRERA "DESCUBRIDOR" del pacovicuña

 

El francés Paul Marcoy[1] nos brinda un entrañable relato de un ejemplar sacerdote de Puno, el canónigo, Juan Pablo Cabrera, cura interino de ... Macusani. Este poblado concentra y aún mantiene la diversidad genética de las dos razas de alpacas (huacaya y suri) y sus bióticos, convirtiéndose en el centro del primer cruce dirigido entre alpaca y vicuña, de donde se obtuvo el "Pacovicuña -en pleno periodo independentista de 1824 a 1845- hecho que valió que el gobierno de Ramón Castilla expidiera un decreto de ley el 29 de agosto de 1854 a favor del citado presbítero. Con esta experiencia se logró obtener una mayor y más fina fibra.

Tiene sus orígenes en un premio que le concedió el Congreso de la Republica, al cura de Macusani, Padre Cabrera, allá por 1850, por haber cruzado la vicuña con la alpaca y "haber creado una nueva raza de abundosa y fina fibra: el Paco-vicuña". Hacendados exportadores que tenían licencia para exportar fibra de vicuña, introducían a sus rebaños de vicuñas, algunas alpacas para producir el cruce y obtener especímenes de mayor producción de fibra. Por ejemplo, en la Raya en la década del 60, se encontró un rebaño de Paco-vicuñas de todos los colores y de diversas producciones, herencia de la ex-Granja Modelo de Auquénidos de la Raya del Ministerio de Agricultura. Según los entendidos; a la fecha, si bien el cruce es viable, siendo dominante el color y el temperamento de la vicuña, su producción no es rentable.

Lo que nos importa es rescatar la entrañable y celosa figura sacerdotal descrita por nuestro inquieto y grato viajero. Dios quiera que alguien le dedique un libro a nuestro querido y olvidado cura Cabrera. Al menos, gocémonos con el presente delicioso texto.

 

El intrépido viajero se encontró en el museo de Lima, en un rincón de la sala donde se halla el árbol genealógico de los incas, un retrato del cura de Macusani, don Juan Pablo Cabrera, y declara que "aquella relación de una vida tan laboriosa y santa" le conmovió de tal modo que se prometió no dejar América sin haber "conocido al hombre venerable pintado en el retrato".  Cuando llegó hasta Cabaña el anciano sacerdote, ciego, con el rosario en la mano, le acoge con una gran ternura y le narra su vida:

"He nacido en Canima, una aldeíta de Puno y no en Macusani, como dicen mis biógrafos. A veinte y cinco años era sacerdote y cura párroco en la provincia de Carabaya. Mis dos hermanas Verónica y Epifanía que se quedaron solas después de la muerte de nuestros padres vinieron a vivir conmigo. Penetrado de la grandes de mi ministerio, emprendí la obra de sacar del embrutecimiento en que se hallaban sumergidos a los infelices indios que me había dado Dios a título de rebaño. Abrir los ojos de su espíritu a la luz verdadera, hacer de ellos los hermanos en Jesucristo, indisolublemente unidos por los lazos del cariño, tal fue mi ilusión antes de tomar las órdenes y tal la idea a que resolví consagrar mi vida una vez que había entrado en el sacerdocio.

Al cabo de un año que pasé desempeñando mis funciones y en cuyo tiempo reedifiqué a mi costa la iglesia de Macusani que se caía en ruinas, comprendí toda la dificultad de mi misión apostólica […]

Durante largo tiempo estudié a aquellos seres degradados por los males y por el miedo, buscando un punto vulnerable por donde pudiera penetrar la palabra evangélica, pero me cansé de tal estudio una vez reconocida su inutilidad: aquellas almas endurecidas habrían necesitado uno de esos prodigios particulares en cuya virtud Dios comunica los tesoros de su gracia a los pecadores que quiere convertir.

Cuando me hallaba en el colmo del abatimiento porque veía perdidas todas mis ilusiones, estalló la revolución de 1824 que nos trajo la república. Grandes instituciones se hundieron en un día, los escombros se amontonaron por todas partes y un momento creí que este trastorno político y social resultaría algo grande y útil que comenzaría una era afortunada para nuestras poblaciones, pero mi esperanza no duró mucho: la forma de las cosas cambió, el fondo continuó siendo el mismo. La palabra libertad inscrita en el estandarte de simón Bolívar no fue más que un letrero engañoso colocado sobre el nuevo poder; a los virreyes sucedieron los presidentes y el pueblo no salió de su ignorancia y de su miseria y lo que es peor, se mostró satisfecho de su condición o se consoló de sus males bebiendo.

De ahí la parte de mi ida que no figura en la biografía que acompaña a mi retrato, por la razón de que la han ignorado los hombres; y si yo he querido ocultársela como una llaga secreta, ha sido porque no habría despertado en ellos más que la incredulidad, la indiferencia o la burla, en vez de las simpatías que entre otros habría merecido.

Ahora voy al hecho que me ha valido el honor de figurar en el museo de Lima como uno de los fomentadores de la industria peruana. Un día que erraba yo por la parte montañosa que media entre Macusani y los primeros valles de Carabaya, encontré en el hueco de un peñasco una alpaca macho que había nacido la víspera y cuya madre huyó al verme. Tomé el pequeñuelo en mi sotana y le traje a mi casa confiándole al cuidado de mis hermanos y la alpaca creció en compañía de una vicuña que teníamos. Ahora bien, al cabo de quince meses estos animales nos dieron un vástago cuya lana era admirable y habiendo enviado una muestra de ella a comerciantes de la provincia, llamó en tal alto grado su atención que mis hermanas vieron en el cruzamiento de las razas pachoca y vicuña un medio de rehacer la fortunita que San Martín y los independientes nos habían quitado. Yo las ayudé en la ejecución de su proyecto y después de muchas correrías por las montañas logramos reunir algunos animales de ambas razas que a los siete años componían un rebaño de setenta cabezas. Pero ¡cuánto no nos costó este resultado!"

[Todo ello le valió una condecoración por parte del Congreso de la República, se acuñó una moneda en su honor y que eligieses en el departamento de Cuzco la parroquia que más le conviniera. Por modestia y celo, y por el cariño que a la gente le tenía tras sus 30 años de dedicación pastoral, no quiso salir. Sin embargo, la envidia y maledicencia hizo que envenenaran a sus animales y les obligasen a salir hasta llegar a Cabaña, donde a los dos años se quedó ciego. El obispo debió reemplazarlo nombrando cura párroco en Cabañilla. Al carecer de recursos, sus hermanas se dedicaron a la labranza, criaron gallinas y lechoncillos, hilaron para personas caritativas de Lampa]

"Cuatro años hace ya que llevamos los lazos de nuestro cariño a medida que nos acercamos al término en que la muerte viene a desunirlos". El cura cesó de hablar y su cabeza se inclinó lentamente como agobiada con el peso de un pensamiento secreto. Verónica continuaba hilando, impasible.

Había llegado la hora de recogerse. Yo me quedé solo con el cura, quien después de haberme dado las buenas noches se volvió a la pared y durante un momento le oí rezar en voz baja, mezclando algunos suspiros con sus oraciones".

[Al día siguiente, al despedirse, le ofreció interceder por él ante sus influyentes amigos de Arequipa y Lima y si quería algo. El buen padre le contestó]:

-Absolutamente nada, me respondió. Me quedan muy pocos días que pasar en la tierra para que la protección de los hombres me sea útil ya. Que Dios os guíe, hijo mío; las oraciones del anciano a quien habéis venido a ver de tan lejos no os faltarán mientras viva.

Y el venerable cura me estrechó en sus brazo y Verónica y Epifanía me estrecharon la mano como a un antiguo amigo".

 




[1] MARCOY, Paul. Segunda etapa. De Arequipa a Lampa In : Viaje a través de América del Sur. Tomo I: Del Océano Pacífico al Océano Atlántico [en ligne]. Lima: Instituto français d'études andines, 2001 (généré le 20 juin 2020). Disponible sur Internet: <http://books.openedition.org/ifea/1218>. ISBN: 9782821826670. DOI : https://doi.org/10.4000/books.ifea.1218.


Fecha Publicación: 2020-06-14T07:20:00.001-07:00

P. JOSÉ MATEO AGUILAR (1794-1862), SABIO Y SANTO[1]

 

Nació el 21 de septiembre de 1794 en Ica, de Andrés Aguilar y María Isabel Donayre y, siendo bautizado el 19 de junio de 1795 en la iglesia matriz de San Jerónimo, por el P. José del Río, quien también ofició de padrino.

Su adolescencia transcurrió en Lima, donde se matriculó en el Convictorio de San Carlos en 1808, en tiempos de Toribio Rodríguez de Mendoza, (1750-1825) y José Faustino Sánchez Carrión (1787-1825) y adoptando "doctrinas peligrosas e impías".

Ordenado sacerdote, se le confió la enseñanza de matemáticas y filosofía en los colegios de San Carlos y Santo Toribio, y en vísperas de la Independencia, el 16 de marzo de 1821, fue nombrado examinador de matemáticas y física, en calidad de pasante, en la hasta entonces Real Universidad de San Marcos. Como el Seminario de Santo Toribio había sido clausurado, Aguilar se sumergió en la biblioteca de esa institución para preparar las clases que impartía en el Convictorio carolino. A partir de 1824, José Mateo Aguilar residió en el Seminario de Santo Toribio, y desde 1837, y hasta su deceso, en la casa de la congregación del Oratorio de San Felipe Neri. Tres años más tarde, y hasta el día de su muerte, cumpliría con el cargo de examinador sinodal del arzobispado, por especial pedido de Francisco de Sades Arrieta, quien lo apodaría "Timoteo" por estar dispuesto siempre a cooperar.

En esta segunda etapa de su vida se le pudo ver absolutamente consagrado al prójimo y a la oración. Justamente, los pobres, especialmente las mujeres, constituían una de sus principales preocupaciones y así en mayo de 1853, financió la compra de una casa en la calle de "Llanos", conocida también como la del "Monasterio de Santa Rosa", destinada a damas y doncellas pobres. El P. Mateo vivirá con gran austeridad y se dedicará de lleno al trabajo apostólico con sus sermones y el socorro al necesitado.

Aguilar era naturalmente serio por carácter, sin embargo, en el trato familiar con sus amigos era afable, bondadoso, jovial y hasta festivo en sus conversaciones privadas.

En 1824 tuvo lugar la reapertura del Seminario, nombrándole regente de estudios del mismo. De igual modo se le asigna la dirección y capellanía de la Casa de Ejercicios de San Ignacio de Loyola, conocida también como la del Sagrado Corazón, misión en la que logró numerosas conversiones, contando con el apoyo de los celosos sacerdotes Pedro José Tordoya (1813-1883), Juan Ambrosio Huerta (1823-1897) y Jacinto Amador Sotomayor, y las damas caritativas María de las Mercedes Flores, Josefa Coz y Tiburcia Conde. También en la iglesia de San Pedro, el tercer domingo de cada mes, organizaba retiros para la cofradía de San Luis Gonzaga, fundada en 1824, en el monasterio de Las Trinitarias de Lima, en compañía del P. Juan de Dios Cortés (1788-1843), capellán del convento.

Consciente de los ataques doctrinales del liberalismo supo contrarrestar sus ideas a través de impresos independientes, el diario El Comercio y el Redactor eclesiástico. Son célebres las  controversias con Manuel Lorenzo de Vidaurre y Encalada, Francisco Javier Mariátegui y José Gregorio Paz Soldán y Ureta .

En tiempos del presidente Manuel Ignacio de Vivanco en abril de 1843, fue propuesto para consejero do Estado pero prefirió combatir la injusticia social libre de compromisos políticos. Así lo hizo contra de la usura o "préstamo a interés", contemplada en el artículo 1,265 que venía del Código Civil del Estado Nor Peruano de la Confederación del mariscal Andrés de Santa Cruz, y que se había practicado de forma desmedida en el país.

Lleno de méritos, el Colegio de Abogados de Lima lo incluyó entre sus miembros honorarios, y el 15 de agosto de 1843 la Universidad de San Marcos le otorgó un doctorado en sagrada teología, dándole la cátedra de Nona. Propuesto como obispo en 1855, declinó, aunque el Papa Pío IX no dejó de nombrarlo misionero apostólico y le concedió bendiciones y privilegios espirituales a las obras piadosas que él dirigía.

A fines de 1861, va cayendo su salud por una afección pulmonar y un notorio escorbuto, empezaba a manifestarse y anunciaba el final que tuvo lugar el lunes 28 de abril de 1862.

Ya en el siglo XX, Rubén Vargas Ugarte, S.J. (1886-1975), diría del religioso iqueño que: "Su palabra siempre cálida y penetrante, su caridad inagotable y la austeridad de su vida hicieron de él un nuevo Juan de Ávila"[2]. Su biógrafo, Rafael Sánchez-Concha, le califica como hiciese su discípulo José Antonio Roca y Boloña el san "Jerónimo del Perú".



[1]Basado en el artículo "JERÓNIMO DEL PERU": APUNTES SOBRE LA VIDA Y OBRA DEL DOCTOR JOSÉ MATEO AGUILAR (1794-1862) RPHE, 11, 2011 pp.175-203, Rafael Sánchez-Concha Barrio

[2] VARGAS UGARTE, S.J., Rubén. Historia de la Iglesia en el Perú. Burgos, Imprenta de Aldecoa, 1962, tomo V, p. 348.


Fecha Publicación: 2020-06-11T14:05:00.001-07:00

P. JUAN GARCÍA BLANCO (Salamanca 1933-Colonia 1962)

 DIO SU VIDA POR LOS EMIGRANTES Y UNO DE ELLOS LO ASESINÓ

El martirio olvidado del primer capellán de la Misión de Remscheid 

 

La brutal guadaña del Covid-19 que ha segado la vida de miles de hermanos sin apenas un adiós y en muchos casos sin digna sepultura, con el agravante en muchos casos del olvido, me ha motivado a rescatar el bello testimonio de este sacerdote, capellán de emigrantes en Alemania y que murió acuchillado precisamente por un emigrante. Agradezco a mi prima Lola García Benito, su sobrina, quien me ha facilitado parte del material. Queda pendiente su semblanza y la publicación de su diario de 1952. Les adelanto una de las perlas escritas: "Yo no sé por qué, Señor, me parece moriré joven. Lo que tenga que hacer en esta vida, he de hacerlo pronto para gozar de Dios. Me edifica el estilo del sacerdote francés de comunidad, de caridad. Unido al trabajador alemán. Maravilloso, Señor" (Jueves, 14 de marzo, 1962).

Les presento algunos datos generales, la mención del Archivo de TVE, y el entrañable artículo de don Lamberto Echeverría

Natural de Calzada de don Diego (Salamanca), 23 de febrero de 1933, murió el 5 de abril de 1962. Fue ordenado sacerdote el 16 de abril 1960 en Salamanca. Apoyó la naciente obra de don Juan Trujillano en Armenteros. Por invitación de su Sr. Obispo, en noviembre de 1961, tomó a su cargo la dirección pastoral de sus compatriotas residentes en el Arciprestazgo de Remscheid, Archidiócesis de Colonia (Alemania).

 

Del Archivo de Televisión Española:https://www.rtve.es/television/20150525/alemania-tan-lejos-tan-cerca/1150180.shtml

Alemania Federal, diezmada por la Segunda Guerra Mundial, necesitaba mano de obra extranjera para reconstruir sus ciudades y trabajar en sus fábricas. Viendo una oportunidad para mejorar sus precarias condiciones de vida miles de españoles hicieron las maletas y emigraron a Alemania. Los emigrantes jugaron un papel importante en el llamado "milagro alemán". La Iglesia española envío sacerdotes para  atender espiritualmente a los emigrantes y la Iglesia católica alemana los acogió y puso a su disposición iglesias y locales para que pudieran llevar a cabo su Misión. Así nacieron las Capellanías Españolas en Europa que más tarde pasaron a llamarse Misiones Católicas de Lengua Española para que tuvieran cabida los emigrantes que llegaban de Hispanoamérica. 

Visitamos la Misión de Remscheid que se abrió en 1961. Su primer capellán fue el salmantino Juan García Blanco y todos se entregaron en cuerpo y alma al servicio de los emigrantes. Entre ellos el navarro  José Antonio Arzoz que lleva 48 años en Alemania,  los últimos 15  desempeñando el cargo de delegado nacional de las Misiones Católicas de Lengua Española. 

En Bonn tiene su sede la Delegación Nacional de las Misiones Católicas de Lengua Española y la Academia Española de Formación cuyo director ejecutivo es el asturiano Vicente Riesgo. La Academia, que inició su andadura en 1984, tiene programas para personas mayores, segunda y tercera generación y nuevos emigrantes. Más de 25.000 personas han recibido formación en la Academia. Regresamos a Colonia una ciudad con algo más de un millón de habitantes de ellos 120.000 extranjeros. 4.000 son españoles y más de 5.000 latinos. El número de hispanohablantes aumenta de año en año. Al frente de la Misión Católica de Lengua Española en Colonia  está el vasco Juan María García, religioso "amigoniano" que lleva 35 años en Alemania.  Nos ha dicho que en torno a los mil emigrantes hispano-hablantes  participan en las celebraciones y actividades de la Misión. Son de distintos países  pero todos hablando una misma lengua.

 

 

El bello y difícil oficio de capellán de emigrantes

(Meditación ante el cadáver de don Juan García Blanco) Lamberto de Echevarría, El Adelanto, sábado 14 de abril de 1962

A las doce de la noche del 2 de abril arrancaba yo de la estación de Colonia, bien lejos de pensar que, unos pocos días después, un sacerdote de esta diócesis de Salamanca iba a regar con su sangre aquella tierra de la de Colonia que ya venía regando con su sudor. La admiración que, en cualquier contacto con los españoles del extranjero, se concibe hacia los capellanes que les atienden, se iba a hacer en esta ocasión más inmensa, más inexplicable, al ver rematarse con el martirio los trabajos habituales en su vida.

¡Bella y difícil vida la del capellán de emigrantes! Ante todo, por lo que hacen. Don Juan ha hecho algo muy hermoso: morir mártir de su minsterio. Pero antes había hecho otras cosas no menos hermosas. Aceptar esa vida dura, de permanente tensión, de constante cansancio que es la vida del capellán de emigrantes. Diez, once, doce... hasta quince o dieciséis horas de trabajo. Acosados constantemente por unas necesidades que crecen de manera inexorable. Atendiendo, oyendo, consolando, remediando, desviviéndose. Esta es la palabra: desvivirse. La muerte espectacular, trágica, ha sido mucho. Pero ¡ojo! Que es necesario que sea solo llamamiento a atender a la dureza inexorable y tremenda de la vida de constante sacrificio que lleva el capellán de emigrantes.

Difícil también, aunque bella, por lo que no hacen, por lo que no pueden hacer. El gran sufrimiento del capellán es ver constantemente tragedias a las que no puede alcanzar, males a los que no 'puede poner remedio. Es su gran dolor. Llaman los pobres españoles a su puerta creyendo en su omnipotencia, pensando que él se lo ha de remediar todo. Y él no puede. Son muchos, son tremendos sus problemas, es mínima su cultura y su preparación. No puede. Es suficiente un rato de conversación con cualquiera de ellos para darse cuenta de este constante dolor. El emigrante no comprende, no quiere entender, le resulta demasiado doloroso hacerse cargo de la imposibilidad en que el capellán se encuentra. Y él, después de haber hecho mil favores, después de haberse desvivido, tropieza al fin con la ingratitud más dura. Fue vano que buscara colocación, que encontrara un albergue, que sirviera de intermediario para aplacar una sanción, que facilitara la solución de un problema familiar... El emigrante, al no encontrar una cosa más que pedía, se volvió ingrato. Y el capellán, que no podía hacer aquello, experimenta ese gran dolor de su impotencia y de la ingrata incomprensión con que son acogidas sus explicaciones.

Difícil también, aunque bella, la vida del capellán, al pensar en lo que tiene que hacer. Eso que tan admirablemente entendió nuestro querido don Juan García Blanco. Que la fe, las costumbres, la vida familiar de millares y millares de españoles se está jugando a la hora de su marcha al extranjero. Que esos millares de españoles pueden ser, como supieron ser los irlandeses, fermento de una vida católica y firme soporte para una iglesia floreciente. Que pueden llegar a ser mensajeros de un prestigio conquistado por ellos para su patria lejana. Que todo exige la presencia del sacerdote, presencia sólo posible a trueque de grandes sacrificios. Como los que hizo don Juan al dejar su querida Salamanca, y al irse a vivir, bajo cielo extraño, triste, plomizo, en país de lengua difícil y de costumbres tan diversas. Pero es que era mucho lo que estaba por medio...

Uno de los mejores sacerdotes salmantinos ha muerto. Con muerte hermosísima, en pleno ejercicio de su ministerio sacerdotal. Ha muerto en el corazón de Europa, lejos de su patria y de los suyos. Ha muerto al servicio de los españoles más necesitados. Ha muerto con muerte violenta, mártir en el más pleno sentido de la palabra, al testificar con su sangre la verdad de lo que unos momentos antes había predicado desde el púlpito. Ha muerto con la más hermosa de las muertes que puede apetecer un sacerdote.

Dejar su muerte reducida a una anécdota trágica pero efímera, sería traicionarla. Creo que importa percibir toda su amplia dimensión Esa muerte ha de ser aldabonazo. A unos, con las rudas y hermosas tareas de los capellanes de emigrantes. A otros invitándoles a pensar en la existencia de un problema gigantesco en el que ellos apenas habían reflexionado. A sus hermanos en el sacerdocio, invitándoles a la imitación en el desprendimiento y la entrega. A todos en el deseo de percibir lo que de ejemplaridad, humana, cristiana y sacerdotal hay en ese episodio.

Y junto a estas consideraciones trascendentales justo será también abrir el ánimo a otras, no por menores menos justas. Un pensamiento de sentida condolencia hacia sus familiares. Un recuerdo para su seminario y su diócesis. Y, aunque piadosamente pensemos, y hasta podamos estar seguros de que ya está intercediendo por nosotros, una oración por su alma y por... el arrepentimiento y el bien espiritual de su asesino.

 

NOTA DE "EL Adelanto" (14 de abril de 1962)

Esta mañana, en la iglesia del Arrabal, se celebrará el funeral por el alma del sacerdote asesinado en Alemania. Los restos del Padre García Blanco llegaron ayer a Salamanca.

Procedente de Francfort llegaron a Barajas los restos del Padre asesinado el día 5.

Allí se encontraban el director general de Emigración don Clemente Cerdá, vicesecretario de Obras Sociales, Sr. Galán. Los restos mortales fueron colocados en una ambulancia para ser trasladado a Beleña. En el templo del Corazón de María se celebró una Misa presidida por Monseñor Fernando Ferril. Participaron el Dr. Gral. de Emigración, vicesecretario de Obras Sociales y sus cinco hermanos. En la tarde del viernes 13, a las 7, llegaron los restos a Salamanca.

La Organización Sindical agradece a todos los participantes para honrar al que fue becario de la Organización y más tarde "llevado de su afán social y su celo apostólico, llegó hasta las lejanas tierras de emigración.

 


Fecha Publicación: 2020-06-01T10:19:00.001-07:00

Madre María Manuela de la Ascensión Ripa (1754-1824),OP oráculo místico de la resistencia realista en Arequipa[1]

José Antonio Benito

En el face de la comunidad dominica de Santa Catalina de Arequipa se habla de ella y se presenta como "venerable" a quien se le reza y pide favores: "Monja Dominica de Arequipa, de virtudes notables de la cual se tienen cartas que escribió a su confesor., el R.P Fray Elías Passarell escribió la obra titulada "Vida y doctrina de la venerable madre sor María Manuela de la Ascensión Ripa y de otras religiosas que florecieron en el monasterio de Santa Catalina de la ciudad de Arequipa". De esta religiosa se conservan en el monasterio, dos pinturas de su rostro. Quiera Dios que pronto la honremos en los altares a una verdadera religiosa que siguiendo el ejemplo de la beata Ana de los Ángeles en procurar la observancia del monasterio y rezar por toda la humanidad".

La imagen que presentamos está tomada del retrato post mortem que figura en sala De Profundis con el rótulo "berdadero retrato de la madre sor Maria Manuela de la Asención y Ripa. Murió el dia 4 de junio de 1824".

Si el sacerdote P. Mateo Cosío encarna al doctrinario fidelista y José Gabriel Moscoso al militar defensor de la Corona en el campo de batalla, la madre María Manuela de la Ascensión Ripa, representa a la mística profética que sacraliza el discurso político-realista arequipeño con la coherencia y fama de su vida. A tanto llegó que aun a fines del siglo XX se corría como leyenda que en tiempos de la Independencia ella se enteraba de los resultados de los combates antes de que llegasen los correos. Ella misma nos dejó un epistolario y algunos escritos espirituales, donde plasmó sus visiones extáticas, así como algunos juicios históricos y políticos.

A pesar de su popularidad, a la fecha sólo se cuenta con lo aportado por Pedro José Rada y el P. Elías del Carmen Passarell (1839-1921), quien, en una nota a pie de página de su biografía de sor Ana de los Ángeles Monteagudo, confiesa haber "extractado" sus escritos y preparado una biografía de la madre María Ripa, que anhelaba ver publicada. "extractando las noticias de las cartas de la Madre Ripa a su confesor: empleando cuatro años; y esta es la obra que más trabajo nos ha costado, por ser mala letra, por estar los originales muy deteriorados y llenos de errores ortográficos. La obra no deja de ser muy curiosa e interesante y digna de ser leída. ¡Quiera Dios que se imprima cuanto antes!"

María Manuela Ripa y del Rivero nació el 22 de junio de 1754, en San Pedro de Aplao, en el valle de Majes, doctrina perteneciente entonces al obispado de Arequipa. Fueron sus padres Antonio Ripa y Juana del Rivero; sus hermanos: María Valeriana Ripa, Manuela Joseph, Augustina Castro Rivero (hermanastra de la Madre, nacida diez años antes que ella) y Juan Antonio Luis (nacido en 1759 y que posiblemente no sobreviviera).

Tomó hábito, ya con su nombre de religión María Manuela de la Ascensión, el 29 de julio de 1781 (cuarenta años exactos antes de la proclamación sanmartiniana de la independencia del Perú en Lima) y profesó al año siguiente, el 6 de octubre de 1782. Había renunciado a su herencia en favor de sus hermanas Valeriana Ripa y Augustina Castro un día antes.

Fue priora del monasterio de Santa Catalina de Arequipa, monja de velo negro, y murió el 4 de junio de 1824 poco antes del rezo del ángelus de mediodía, viernes. En la tradición conventual se guarda la memoria de haber tenido gran espíritu de oración y contemplación. Sus cartas hablan de gran e intensa unión mística y espiritual con Dios, su gran devoción a la Virgen Santísima y a los Santos Ángeles. Con toda su comunidad, prometió solemnemente por escrito en el año 1822 trabajar por la causa beatificación y canonización de la madre Monteagudo, a quien le tenía mucha devoción y quería verla honrada en los altares

El historiador Pedro Rada y Gamio en su biografía sobre Melgar[2] refiere algunos conceptos referidos en sus cartas acerca de la agitación entre los criollos a favor de la independencia y los múltiples argumentos con los que pretendían defenderla. Parece ser que de todo esto se enteraba la madre "en el locutorio [donde] mantenía conversaciones pertinentes con diversos sujetos". Las razones van desde la teoría de la usurpación del reino por parte de España y de la prescripción de esta usurpación, pasando por la supuesta religiosidad de los insurgentes de Buenos Aires y Chile, hasta profecías y visiones misteriosas de santa Rosa sobre la restauración de América por mano de los rebeldes. Hay también descalificaciones a los españoles, por su afán por enriquecerse y el hecho de que ellos mismos acabaron por traer la "herejía" separatista a América. De sus juicios místico políticos cabe resaltar su temor a que los patriotas traigan "un Emperador como Bonaparte y que se pierda la fe. Critica a los peninsulares y americanos que solo pensaban en adquirir honores y que se desentrañaban como la araña para subir de un puesto a otro. En visión intelectual, afirma, vio al Rey de España cerca del corazón de Dios y oyó que le decía: 'Hazte niño para entrar en mi reino'. Lo vio al Monarca, rodeado de buenos y malos consejeros y le anunció enviarle una carta de una indiana que quiere liberarlo de muchos males. En la carta anuncia al Rey el estado en que se halla su reino, le pinta su pobreza, anota que Dios descargaba sobre aquél [sic]; invoca la unión de los que luchan, obedeciendo al Monarca como legítimo gobierno para poner fin a la guerra. Los patriotas alegan derechos naturales, escribe, y esperan que Dios les ha de conceder el gozar del propio reino del Inca. Estima el caso oscuro, clama a Dios, que remedie la turbación de los entendimientos. He visto en la luz de Dios, exclama la sapiente Monja, amenazas de un borrascoso porvenir. Tiene luego una visión de gloria, la iglesia canta ese día el hosanna al que viene en nombre del Señor: contempló al Hombre-Dios repartiendo gracias desde Roma a toda la cristiandad, tuvo esperanza de que vendría[n] los arbitrios necesarios, de orden espiritual, para remediar el estado presente. En esa situación dilemática, entre seguir al Rey o seguir a los patriotas, la Madre Ripa se inclina a la causa del primero, a quien cree legítimo soberano. Se lamenta de la guerra, quiere la unión y la paz; teme, ante todo, por la fe católica, se desahoga en cartas con su director espiritual y espera en Dios". Narrar la procesión penitencial de la Virgen de la Asunción, patrona de Arequipa, a pedido suyo y con la ayuda del P. Mateo Joaquín de Cosío y otros eclesiásticos, en las angustiosas horas posteriores a la derrota del ejército del intendente José Moscoso y previas a la toma de la ciudad por parte del insurgente Pumacahua el 10 de noviembre de 1814. Acerca de su tendencia política dice que fue "goda resuelta, pero no empapó su pluma en la hiel de la injuria para los patriotas. Su alta preocupación era salvar la fe católica en el naufragio de las instituciones políticas […]. Han pasado los tiempos y en el templo de la reconciliación por la historia, Bolívar brilla en nuestro cielo por su genio incomparable y la Madre Ripa por sus excelentes virtudes".

Llama mucho la atención un dato que Pedro Rada y Gamio pone al finalizar su recuento En 2006 aparecieron algunos de los textos del epistolario de la madre María Ripa en un libro consagrado a estudiar manuscritos virreinales de religiosas[3]. Son tres cartas de la madre a su director espiritual, el padre Talavera, del 9 de mayo de 1821, del 12 de septiembre de 1822 y del 10 de agosto de 1822; la carta a Fernando VII que escribiera entre el 17 y el 19 de febrero de 1822 y, finalmente, un comentario del padre Elías Passarell sobre el anuncio de la madre de un castigo divino sobre España.

Rescatamos el parecer de la Madre que nos habla también del ambiente cultural que se vivía en los claustros, en particular su juicio sobre José de San Martín a quien consideraba como un nuevo Herodes, otro Atila:

"Ya están alucinando a las monjas haciéndolas creer que lo seguro es seguir a San Martín. Y que en España ya se descubre la herejía. Apenas hay cuatro monjas que quieran ir a España. ¿De dónde proviene esto? De que sujetos de letras están viniendo directamente a los locutorios y a las puertas a explicar mundanamente cuantos puntos heréticos traen las gacetas y cómo están comprendidos los principales sujetos de la clerecía, temiendo que les quiten las rentas. Todos defienden en público y sin temor lo cual hace que en los claustros esté ya la secta extendida. Unas mencionan a tal o cual sujeto, otras sin mentarlos dicen su parecer. Ayer se llegaron a mi cama, que está en el dormitorio y me dijeron: 'don fulano dice que San Martín tiene a su favor cincuenta mil hombres de los más principales, este sujeto es muy amigo de … es seglar'. No pude menos que contestarles, 'sí los tendrá, pero San Martín es un azote de Dios' ".

Ante las posiciones de sacerdotes simpatizantes de los insurgentes, que se congratulan con la toma de Lima por los patriotas, la madre María Ripa, escribirá que "San Martín, como otro Herodes, heredó de ese espíritu, piensa derrocar al monarca y como no es de familia real, solo hace la ostentación de ser americano y con este delirio trae a muchos en su seguimiento. Los entendimientos más agudos se hallan hoy confundidos entre las noticias de la España gobernada por la Junta, nuestro católico monarca precisado a ir con sus dictámenes por una prudencia que le inspira evitar mayores males […]".

Denuncia, por tanto, la ilegitimidad, la alianza con los ingleses y la "desmedida ambición" de una política liberal orientada meramente al crecimiento económico como contrarias a la justicia y, por tanto, incapaces de traer auténtico bienestar a las naciones americanas. Un temor frecuente en sus escritos es el "descubrirse la herejía en España", representada por la legislación anticlerical del Trienio Liberal y la agitación de tintes ilustrados, regalistas y jansenistas en ciertos sectores del clero. La desgracia principal de estas tendencias era tender a enmascarar la revolución y hacerla ver a la opinión pública criolla como protectora de la Iglesia: "Hoy les parece a todas que la fe está siguiendo a San Martín". Como se ve, la Madre no tiene pelos en la lengua a la hora de caracterizar a los patriotas; si a San Martín lo considera "otro Herodes" y un "azote de Dios", del otro gran libertador dirá: "sé de un hombre feroz llamado Bolívar".

Con todo, su gran preocupación es la Iglesia, y considera que el objetivo de la embestida revolucionaria es su destrucción y, a la vez, castigo y medicina para la humanidad: "Los hombres han olvidado a este gran Dios. Se hicieron merecedores de este diluvio de trabajos con que está castigando desde la prisión del sumo Pontífice, de la familia real de Francia y la de nuestro monarca el rey de España. Todos lo hemos visto cumplido con lo que la Santa Iglesia pidió a Dios diciéndole: Aquí quema, aquí corta, como no nos quites la fe como a otros reinos, no desampares a nuestros países".

De esta dimensión mística de la lucha contrarrevolucionaria nos habla la carta a Fernando VII del 19 de febrero de 1822, en la que, tras narrar la visión que tiene sobre su cautiverio y la invasión de España, varios años antes de que sucediese, describe su propia oblación: "El día de la Purificación de Nuestra Señora fui al coro y me dijo el Señor: Ayúdame a padecer por la Iglesia. Contesté que sí y al punto di un grito y caí en tierra. Me llevaron a la celda y esto fue mi prisión porque mandó la prelada que no volviese al coro para no perturbar el Oficio Divino".

Su vida y doctrina constituyen un testimonio de las connotaciones religiosas y místicas que revistió la guerra entre realistas e independentistas. Su mención a los "sujetos de letras" que en los locutorios del convento explican "mundanamente cuantos puntos heréticos traen las gacetas" revela el grado al que el debate político había llegado en los ámbitos urbanos del virreinato, penetrando, incluso, en la clausura de los monasterios y levantado allí también los ánimos. La cultura política y el discurso sagrado se entrecruzan, asimismo, con su gran temor: la herejía. Las alianzas inglesas de José de San Martín y el énfasis comercial y cosmopolita de los independentistas también parecen sublevar el espíritu tradicionalista de la religiosa.

Pero lo que más le angustia es la posibilidad de que la Iglesia sea perseguida y aniquilada en medio de las guerras revolucionarias como de hecho pensaban realistas católicos de la década de 1820. Así lo consideraban los iquichanos y el obispo José Sebastián de Goyeneche -único obispo que, junto al de Popayán, para 1825 permanecía en su diócesis en la Sudamérica hispánica- la defensa del Rey y la lucha anti insurgente estaban vinculadas de manera inextricable con la supervivencia y defensa de la religión.



[1]Los datos se basan en el face de la Comunidad dominica https://www.facebook.com/permalink.php?id=311173609469394&story_fbid=418608808725873 y en la obra de SÁNCHEZ-MARTÍNEZ, César Félix "En pos de una cultura política olvidada: El discurso sagrado de los realistas de Arequipa (1815-1824)" Historia (Santiago) vol.52 no.1 Santiago jun. 2019; https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0717-71942019000100217#fn76

 

[2] Pedro José Rada y Gamio, Mariano Melgar y apuntes para la historia de Arequipa, Lima, Imprenta de la Casa Nacional de Moneda, 1950

 

[3] Asunción Lavrin y Rosalva Loreto (eds.), Diálogos espirituales. Manuscritos femeninos hispanoamericanos. Siglos xvi-xix, Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, 2006.


Fecha Publicación: 2020-05-31T08:07:00.001-07:00

La Virgen del Rocío del Perú

(La Blanca Paloma)

 

P. Alfonso Francia, sdb

 

La Virgen del Rocío se celebra en Pentecostés, se le llama también La Divina Pastora, La Blanca Paloma---); "almonteña" por ser del pueblo de Almonte, donde está el Santuario; las Marismas, tierras pantanosas que rodean al Santuario). El Rocío está a unos 70 kms. de Sevilla, cerca del Atlántico. Estos poemillas los hice sobre todo para Lima donde resido actualmente.

 

image

 

La Virgen del Rocío ya es ciudadana,

a un tiempo española y peruana.

Es guapa y morena, con aire de costa,

de sierra y selva, y vive muy cerca

de santa Rosa, Rosa de Lima,

A la gente alegra que sean vecinas.

La gente limeña le canta y reza,

igual que le canta la gente almonteña,

es que las Marismas son la Iglesia nueva,

que preside María en radiante espera,

de la nueva energía que traerá el Espíritu,

en forma de lenguas, en lenguas de fuego,

Que cantan y rezan, y griten al mundo

que Cristo está vivo, Cumplió su promesa.

 

Virgen del Rocío, Divina Pastora,

haz que siempre y todos desprendamos aromas,

aromas de vida, de paz y esperanza,

de amor y alegría, de fiesta y de pascua.

Tus hijos de España, tus hijos de Lima,

formamos la tuna que canta entusiasta

que eres Madre, Virgen pura, que eres vida,

eres dulzura, eres la llena de gracia,

Eres la puerta segura, la puerta en que nos aguarda

el Divino Pastorcillo que llevaste en tus entrañas,

y educaste como hijo: ¡que su Madre es la que manda!.

Mira a tus hijos de Lima, venimos a saludarte,

Y con tan solo mirarte, desbordamos de alegría.

Y con voz atronadora, todos juntos, y a porfía,

al unísono gritamos: ¡Viva la Blanca Paloma,

la Reina de las Marismas, Nuestra Divina Pastora,

que ha puesto su casa en Lima y bendice a todas horas!

¡Viva, viva, viva, viva, Viva la Blanca paloma!

La Virgen que me enamora la Virgen del Rocío es la Señora,

La que más entusiasma, la que más enamora,

lo mismito en Perú, que en su tierra española.

Quiero que sepas, quiero que sepas, mi Blanca Paloma,

que Perú te recibe como a su novia,

y que llenas de gracia y suavísimo aroma

al Perú de la selva, al Perú de la costa, al Perú de la sierra.

Y yo aquí, Señora, te rezo y te canto lo mejor de mi copla,

lo que ahora más siento, lo que más siento ahora:

Que tú eres mi encanto, que mi alma toda vibra por dentro.

 

Quisiera, Señora, tenerte a mi lado, siempre a mi vera,

para decirte guapa, y cantarte rocieras,

igual que las cantan, en Sevilla y Huelva.

Y quisiera gritarte a toditas las horas:

"¡Que viva el Rocío y la Blanca Paloma!

Peruana y limeña, la Reina y Señora,

la llena de gracia, que pone su casa,

y se hace vecina de Santa Rosa, Rosa de Lima.

Es pura y bella, siempre esperanza;

carne morena de peruana, que baila y canta,

igual marineras, que sevillanas, que rocieras,

Que el Rocío está siempre, donde está ella.

Las aves del cielo forman la tuna,

Que canta a la madre que nos acuna,

que nos hace familia, que nos llena de gracia y de alegría.


Fecha Publicación: 2020-05-26T14:37:00.001-07:00

EL SENTIDO APOSTÓLICO DE LA ADORACIÓN

Dª. Nurya Martínez-Gayol Fernández, ACI. "La dimensión apostólica de la adoración." Aula de Espiritualidad Pedro Fabro. 21/12/2017[1]

 

INTRODUCCION:

La adoración, hablar de la adoración hoy es complicad. La adoración pertenece a ese conjunto de términos, que a mí me gusta denominar, de términos difíciles, porque comprender su esencia y la realidad que palpita debajo de ello se ha convertido en algo complejo que nos exige taladrar muy hondo, ¿pero taladrar qué?

·         En primer lugar, las apariencias. En las apariencias lo que hay es una custodia, más o menos bella estéticamente, más o menos cara.

·         Taladrar también la realidad del grupo humano que está adorando que a veces nos puede atraer, podemos sintonizar con él, en otras ocasiones puede provocarnos rechazo.

·         También taladrar nuestro prejuicio, los que se deben a nuestra cultura, a nuestra experiencia personal, eclesial, la de cada uno, a las cosas que medio sabemos, o que medio sospechamos

·         Y, por fin, taladrar la historia para conocer el origen de esta palabra, para conocer cuál es la realidad a la que se refería originariamente, cuales son las vicisitudes históricas por la que esa realidad atravesó …y que fueron cambiándola y sin embargo seguimos utilizando la misma palabra para referirnos a ella.

El término adoración -y más el termino adoración referido a la eucaristía de la adoración eucarística- es uno de esos vocablos que tienen mucho que taladrar.

Vamos a rescatar una dimensión de esta realidad que posiblemente es una de las dimensiones que hayan sido más marginadas y más olvidadas a lo largo de la historia, incluso hoy y en los ámbitos donde se está intentando reactivar esta praxis de la adoración.

La idea de adoración en general nos habla de oración, de silencio, de reverencia, de reconocimiento de la presencia del misterio en medio de nosotros, en medio del mundo, encuentro con Jesús Eucaristía, como vivió el Beato Pedro Fabro que da nombre al aula.

Pero resulta más extraño reconocer en la adoración eucarística una dimensión apostólica; más bien asociamos naturalmente la adoración a la contemplación y además lo hacemos justamente como contrapunto de la acción, como contra cara de la acción apostólica. Una cosa seria la adoración -contemplación y otra cosa seria la acción apostólica.

Pues bien, el punto de partida que nos permite clarificar el por qué   la adoración tiene una dimensión constitutivamente apostólica es justamente el vínculo de dependencia que une adoración y eucaristía. Si algo es la adoración es   que es prolongación de la eucaristía. Obviamente prolongación de la celebración, pero no sólo prolongación de la celebración, nos quedaríamos muy cortos si cuando pronunciamos   la palabra eucaristía pensamos simplemente en la celebración, en ese ratito en el que celebramos la eucaristía. Por eso, la adoración prolonga la celebración eucarística, pero prolonga también el dinamismo eucarístico que brota de esta celebración, y que va mucho más allá de ella y que permanece en el tiempo y en el espacio, y que permanece en aquellos que habiendo comulgado a Cristo se insertan en ese dinamismo de su presencia y de su entrega eucarística.

Desde los comienzos del cristianismo se hace incontestable la presencia de una dimensión apostólica, de una dimensión social cuando hablamos de la Eucaristía Si la adoración es prolongación de la eucaristía necesariamente esa dimensión social de la eucaristía tiene que estar presente también en la adoración, puesto que la adoración la continúa.

Esto lo vemos desde los orígenes de la Iglesia. Pablo escribiendo a la Comunidad de Corintio, Pablo se pronuncia con claridad acerca de lo lógico de la pretensión de celebrar la cena del Señor estableciendo diferencias, marginando personas, generando divisiones, marcando desigualdades sociales o desde actitudes de discordia, desavenencia o rencor. Y, por otra parte, toda la tradición eclesial ha reconocido con profundidad que sin la comunión no habría amor a los demás. Cada comunión debería hacernos crecer en el amor a los otros. "El otro" decía S. Agustín debería ser nuestra Hostia diaria.

La Eucaristía debería crear en nosotras la decisión consciente de salir hacia los otros y de entregarnos a ellos porque en definitiva eso es lo que es la Eucaristía: entrega, entrega personal por amor y entrega hasta el extremo, y quien participa en la Eucaristía dejando que se apodere de él este dinamismo eucarístico, entonces participa de este dinamismo de entrega.

Por eso, nuestras eucaristías se tornan un escarnio que degrada la memoria de Jesús, cuando de ellas no surgen la solidaridad con los pobres, cuando de ellas no surge la pasión por la justicia, la pasión por la fraternidad, cuando de ellas no salimos con unas entrañas de misericordia mayores que con las que entramos, cuando no surge de ellas un compromiso claro con la salud de nuestros hermanos y hermanas. Es decir, si nuestras eucaristías no son espacios de fraternidad y de inclusión.

Pablo diría que, si esto no se da, entonces ya no es comer la cena del Señor, ya no estamos hablando de la Eucaristía. Pero, la Eucaristía también es falseada cuando olvidas que es el memorial de nuestra reconciliación y la celebramos con el corazón contrariado o enfadado con nuestros hermanos. Los textos aquí son muy claros. El evangelio de Mateo nos recuerda aquello de que, si vas a llevar tu ofrenda al altar y tiene algo contra tu hermano, deja la ofrenda, vete a reconciliarte con tu hermano y vuelve.

La Eucaristía es sacramento de comunión entre hermanos y hermanas que aceptan reconciliarse con Cristo-. Y todo esto se prolonga en la Adoración, se prolonga esta dimensión social, se prolonga esta necesaria justicia, se prolonga esta dimensión de reconciliación

¿Qué ha pasado? Que a  lo largo de la historia de la Iglesia, la devoción al cuerpo de Cristo  ha estado demasiado y peligrosamente  vinculada  a hechos históricos, políticos y sociales  que provocaron por una parte la separación de esta devoción, de la celebración  eucarística, la acentuación exagerada o casi unilateral de lo que es la relación  individual de la persona con Cristo eucaristía, el olvido de que la adoración al  cuerpo de Cristo al  prolongar la eucaristía  celebra la entrega de Cristo por todos, y tiene esa significación fuerte de entrega universal.

Como consecuencia de esto, el culto al cuerpo de Cristo, el culto eucarístico, termina convirtiéndose en una especie de arma arrojadiza o de instrumento de ataque contra otros, ¿contra qué otros? Contra todos aquellos que no reconocen la presencia real de Cristo en la Eucaristía, y esto son los cátaros -por decir, los herejes de la Edad Media o, en el siglo XVI, son los protestantes.

Al convertir la eucaristía en un elemento de diferenciación  o en  un alma arrojadiza contra los otros , contra los que son distintos , hacemos que la adoración pierda su significación reconciliadora, y se convierte en un signo de identidad fuerte, pero  en un signo de identidad  que termina siendo a veces agresivo, incluso en ocasiones violento .De hecho  el repunte  de la adoración en la historia de la Iglesia se va a dar en momentos en los que la Iglesia está viviendo un momento de crisis o de dificultad fuerte; esto le va a dar una identidad muy grande a la adoración, pero tristemente cada vez más separada de la eucaristía por una parte y más vinculada a este deseo de defender la identidad, pero no por defender la identidad en sí, sino por defender la identidad contra otros, contra otros que no tienen esa identidad. La consecuencia es que la adoración deja de aparecer como un instrumento de comunión, como un vínculo de unión y se convierte en un dato de afirmación de la propia identidad religiosa y con ella como un rito diferenciador de confesiones y un rito generador de divisiones.

No obstante, la dimensión apostólica básica de la adoración va a permanecer a lo largo de los siglos en algunos elementos propios que sí se conservaron, como es el elemento de la intercesión: la adoración sea un espacio de oración por los otros (aunque esos otros sean pecadores, herejes) distintos, pero tienen esta referencia a los otros. Otro elemento es el de suplencia: suplencia por los que no están, por los que no adoran, que también a pesar de ese tono crítico no ha dejado de ser nunca un dato constitutivo de la adoración. Pero lo que podíamos llamar las dimensiones apostólicas más profundas de la adoración se van desdibujando y se van perdiendo. Por otra parte, la adoración lleva en sí misma una exigencia profunda de fe, de alguna manera podríamos decir que la adoración es un acto de fe, o es, fe en actos. Adorar no es más que reconocer la presencia del Dios infinito, del Dios absoluto, del Dios indisponible en lo finito, en lo perentorio, en lo caduco, en lo disponible de un pequeño trozo de pan.

Por esta razón, hablar de adoración es hablar de un acto de fe y hablar de un acto de fe como que espontáneamente nos lleva a acentuar con más fuerza la dimensión de relación personal, de encuentro con Dios en Cristo Eucaristía, aunque olvidamos que hablar de fe es hablar también de Iglesia, de Comunidad. El sujeto de fe es la comunidad creyente, es la   comunidad eclesial y olvidamos también que hablar de fe es hablar de algo que si es real se hace operoso por el amor.

No obstante, la dimensión apostólica de la adoración va a ser el centro de esta charla, como dimensión clave a la hora de entender qué es la adoración. Voy a tener como referencia algunos textos de Santa María Rafaela, cordobesa, fundadora de las Esclavas del Sagrado Corazón, del siglo XIX.  El carisma que ella recibe la va a conducir a acentuar este rasgo de la adoración, que a diferencia de otras formas de vivir la adoración y de entenderlas más volcadas en el aspecto de interioridad, o de relación personal con Cristo, ella va a poner de relieve esta dimensión apostólica. Este rasgo particular podría resumirse en esa expresión "Poner a Cristo a la adoración de los Pueblos".  Se trata de una potente invitación de llevar a los otros la experiencia de fe que es la adoración y de presencia que es el objeto de la misma, pero también se trata de que este encuentro y de que esta presencia nos lance hacia al mundo y nos lance hacia los otros, es como un elemento aglutinador que nos puede ayudar a conectar con este elemento constitutivo de la misma adoración

I.- ¿CÓMO Y POR QUÉ LA ADORACIÓN ES APOSTÓLICA?

La primera razón es que la adoración prolonga el dinamismo eucarístico y al prolongarlo prolonga todas sus dimensiones:  - Prolonga la dimensión de alabanza como liturgia, prolonga la dimensión de acción de gracias, la dimensión sacrificial, la dimensión de presencia, la dimensión de banquete y también esta dimensión social, esta dimensión   apostólica que es propia de la eucaristía. Pero, además, la adoración también la tenemos que entender como parte integrante de la misma eucaristía. Hay adoración en la propia celebración eucarística, la hay en la consagración (momento más evidente como reconocimiento reverente de esa presencia de Dios entre nosotros, en Cristo Eucaristía) y la hay también en la comunión.

Podríamos decir que la eucaristía es en sí misma el mayor acto de adoración de la Iglesia. Y el primer acto de la adoración es la comunión, porque adorar etimológicamente es "llevar a la boca", y este comer nos habla de comerlo y esto requiere un proceso, comerlo significa dejar que el Señor entre en mí, que yo sea transformada y me abra a ese gran nosotros de manera que lleguemos a ser uno solo con El y con todos los que participan. La comunión con Cristo, se nos da en la hostia, es un encuentro con el hijo de Dios y por eso comulgar, es adorar, y es reconocer quien es Dios y quien soy yo en referencia a ese Dios

Este reconocimiento reverente, está muy lejos de ser un mero gesto pasivo, implica en primer lugar consentimiento a ser transformado y habitado por ese dinamismo de entrega.

Dice S. Agustín: "Nadie come esta carne sin antes adorarla", como decía también con gran fuerza "esto es un alimento distinto, tú no debes asimilarte a mí, sino que debe ser asimilado por mí, "es decir: la comunión del cuerpo de Cristo no es una experiencia por la que asimilamos a Cristo, sino es la gran experiencia de dejarnos introducir dentro de Cristo y de introducirnos en su dinamismo de entrega, y esto dentro de la celebración eucarística.

¿Pero qué pasa cuando termina la celebración eucarística? ¿Qué pasa fuera de la Eucaristía? En primer lugar, no tendríamos adoración como prolongación de la eucaristía sin la reserva eucarística, y ahí en la reserva eucarística ya apunta con claridad esa dimensión apostólica propia de la adoración porque la razón y la finalidad de la primera reserva en los orígenes del cristianismo era aproximar la eucaristía a aquellos que no podían participar de la celebración: enfermos, presos, moribundos, etc  

La eucaristía se reserva como viático, este es el fin de la reserva eucarística : ser alimento que fortalece, ser alimento que sana, que cura, que perdona, que  libera , que  une, generando comunión  con los que no están …y esto quiere decir que desde sus inicios la reserva tenía una dimensión apostólica., y esto quiere decir que no se trata fundamentalmente de reservar las especies eucarísticas para conservar la presencia, es decir no se trata de retener esa presencia para tenerla a nuestra disposición, se trata justamente  de lo contrario, de dejarla salir, de significar que él se queda entre nosotros sobre todo como esa fuerza , reparadora sanadora, curativa  que alcanzan a los que no están y que alcanzan fundamentalmente a los más débiles, que cura al enfermo, que libera al oprimido, que reestablece al herido. De ahí que debamos decir que la dimensión apostólica de la eucaristía fuera de la celebración está presente desde los orígenes del cristianismo.

¿Qué pasó? Con el paso del tiempo se empezó a venerar este pan reservado, y no solo venerado, sino que se empezó a colocarlo en lugares cada vez más principales e importantes dentro de los templos y dentro de la Iglesia y así poco a poco el uso de la reserva eucarística se va ampliando a la praxis de la adoración explícita y la adoración explicita con dos formas expresivas, por una parte, la procesión y por otra la exposición eucarística.

La eucaristía sale del templo y hemos dicho que la reserva eucarística no tiene como finalidad primera quedarse dentro del tabernáculo, sino justamente lo contrario, este salir de Cristo hacia los que no están, a los que están lejos… Las procesiones de alguna manera acentúan también estos rasgos.

En la historia de la Iglesia sobre todo en la Edad Media la devoción eucarística trata de extenderse a través de una fiesta dedicada a la presencia eucarística de Jesús que se explicita en una procesión, que es la fiesta del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo de Cristo.

Al comienzo del siglo XIII va a ser Juliana de Mont Cornillon (Lieja, Bélgica), monja agustina, abadesa de la Abadía de Cornillon, la que va a ser favorecida con una visión, lo que ella ve, es la iglesia en forma de Luna llena, y esa luna tiene una mancha y la lectura que ella hace de esta visión es que esa mancha está hablando de algo que le falta a la iglesia, y eso que le falta a la iglesia, es una fiesta dedicada al Cuerpo de Cristo. Ella empieza a dedicarle tiempo a intentar que esta idea o visión que ha tenido se acoja, con la idea de establecer dentro de la iglesia una fiesta dedicada a la veneración del cuerpo de Cristo. Esta idea, al principio, encuentra mucha oposición, pero casualmente se topa con el obispo Mons. Roberto de Thorete, obispo de Lieja y con Jacques Pantaleòn, archidiacono de Lieja. Juliana comunicó estas apariciones a Mons. Roberto de Thorete, el entonces obispo de Lieja, también al doctor Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos y a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Lieja, más tarde Papa Urbano IV y conectan con esta idea, primero se  establece la fiesta en esta diócesis y luego por estas cosas del destino , el que era  archidiácono de Lieja es nombrado Papa, con el nombre de Urbano IV, y es en 1264 mediante la bula  "Transiturus", proclama esta fiesta para la Iglesia universal del Corpus  Christi.

Donde me gustaría detenerme y lo que me gustaría poner de relieve de esta fiesta tiene que ver fundamentalmente con la procesión y con la adoración eucarística

En primer lugar, me gustaría señalar cómo en esta procesión es Jesús Eucaristía es quien toma la iniciativa y sale por las calles para decirnos que está en medio de nosotros, en medio de nuestra vida, en medio de nuestra realidad, en medio de las casas, lugares, lugares de paseo. Es El el que sale a nuestro encuentro.

Con la procesión de esta fiesta, la eucaristía sale del templo, la eucaristía se acerca al que está lejos, sale para buscar a los hombres. La eucaristía no solamente es una celebración en la que hay una mesa inclusiva, que acoge a todos, sino que también se extiende, rompe los muros, rompe las fronteras, y sale. Y en esta procesión también la celebración eucarística se prolonga y lo que pone de relieve esta prolongación es que parece que no bastan el espacio, ni el tiempo reducido de la celebración para alabar y dar gracias, que es necesario que este espacio se amplíe a todo lugar y tiempo. Además, también se pone de relieve en la procesión que Cristo se entregó por todos, no sólo por los que acuden a la Iglesia, no solo por los que le buscan, sino por todos, por la humanidad entera, y entonces también por los que están en sus casas, los que están en las calles y no salieron a la procesión, no salieron a buscarle

Esta idea debería animarnos a cambiar un poco nuestras formas, para que nuestras procesiones fueran un signo más elocuente de todo esto, para que transparentaran mejor que es Cristo el que quiere acercarse a nosotros, que no sale para ser aclamado, sino que sale para buscarnos. Esto es una invitación a sustituir expresiones y formas que suenan más a poder y a realeza por otras que transmitan esta proximidad, esta cercanía, este interés, esta invitación de Cristo al encuentro y que pongan también de relieve más esta dimensión universalista que nos recuerda que en nuestra cotidianidad nos visita el Sol que nace de lo alto y nos visita a todos.

En la procesión el Señor se sumerge en la cotidianidad de nuestra vida porque es allí donde Él quiere estar para caminar por donde nosotros caminamos, y para vivir por donde nosotros vivimos. Durante la procesión miramos esa hostia consagrada y lo que vemos es la simplificación sufrida por ese pan consagrado que ha quedado reducido a esa forma circular y que tal vez no ayuda mucho a hacer las conexiones con el pan que nos alimenta, con el pan de la última cena, con el pan eucarístico. Pero en esta forma externa actual que tiene la Eucaristía al menos podemos reconocer dos valores:

          Por un lado, la simplicidad: se trata de una forma extremadamente sencilla de pan y de alimento hecha de harina y un poco de agua y

Por otro lado, la universalidad: la Última Cena que contemplamos como primera eucaristía tiene lugar en un país, en una cultura  para la que el pan era  un alimento fundamental, básico y sencillo para el pueblo, pero cuando el cristianismo comienza a extenderse a otros países, a otras culturas la eucaristía comienza a celebrarse en otros lugares, donde el pan no es el alimento fundamental, sino donde el pan puede llegar a verse como un alimento extraño(ejemplo en Asia, América Latina donde sería el sustituto del pan seria el arroz, y en África por el Fu-fu). Esta deformación de la forma externa del pan actual puede verse como una oportunidad de utilizar un signo que es más universal, más polivalente, que todos podamos reconocer de algún modo ese signo del alimento que se entrega y se da para ser comido. En el fondo esa presencia santa de quien se queda con nosotros en una realidad pequeña, realidad humilde y finita que es el pan.

Al lado de esto, la Eucaristía pone ante nosotros una dimensión ecológica, que es importante no perder de vista. La Iglesia durante la liturgia de la misa, entrega este pan y lo presenta como fruto de la tierra y del trabajo de los hombres. De alguna manera en él queda recogido el cansancio humano, el trabajo cotidiano de quien cultiva la tierra, de quien siembra, de quien cosecha, de quien finalmente prepara el pan, pero también todos nuestros trabajos, cansancios, todo el esfuerzo, la dureza que sufren tantos hombres y mujeres para llevar alimento a su casa y familias. Sin embargo, el pan no es solo un producto nuestro, no es solamente algo que nosotros hacemos, es también fruto de la tierra y, por lo tanto, es también un don, porque nosotros no somos capaces de fecundar la tierra. Por eso podríamos ampliar esta oración de la  Iglesia  diciendo que el pan es fruto de la tierra y, al mismo tiempo, es fruto también del cielo, es decir que presupone esa sinergia entre las fuerzas de la tierra y los dones de lo alto., del sol, de la lluvia del agua, del agua  de la  que tenemos necesidad para preparar el pan y que tampoco podemos producir nosotros, en un momento en el que se habla tanto de la desertización  de la tierra, en el que escuchamos  cómo tantos hombres, tantos animales mueren por falta de agua, el peligro de que estas zonas sean cada vez más amplios, podemos darnos cuenta de la grandeza de este don del agua, que no nos  lo podemos proporcionar por nosotros mismos pero tenemos que darnos cuenta de la responsabilidad de este don para que este don sea cuidado y compartido de tal manera que llegue a todo.

Entonces, al contemplar más de cerca este pedazo de pan, el pan de los pobres se nos presenta de alguna manera como síntesis de la total creación y comenzamos a comprender por qué el Seño escoge un pedazo de pan como su signo

El cuerpo de CRISTO que adoramos reclama una mirada que tiene que extenderse a la totalidad de la creación y de ahí su dimensión ecológica y requiere también nuestra responsabilidad para con nuestros hermanos; de ahí también la dimensión de solidaridad que le es propia.

En la procesión seguimos este signo del pan y siguiendo este signo del pan, seguimos al Señor mismo, pero la procesión aparece también como una invitación implícita a una llamada silenciosa para que otros le descubran y le sigan, para que se sientan convocados por su presencia y de nuevo tenemos aquí la dimensión apostólica y evangelizadora de ese Cuerpo de Cristo adorado. Este seguir en la procesión es también en un caminar detrás del cuerpo eucarístico de Cristo, caminar detrás del cuerpo de Cristo resucitado. Y son los propios relatos de la resurrección los que nos dan una pista para entender que significa este ir detrás.

En todas las apariciones los ángeles dicen a los apóstoles: "El irá delante de vosotros a Galilea y allí le veréis". En Israel Galilea era considerada como la puerta al mundo de los paganos, de los no creyentes y en Galilea va a ser donde antes de la ascensión, el Señor envía a los suyos a hacer discípulos a todas las gentes. Por eso seguir al que adoramos nos envía a las gentes. La adoración del Señor reaparece con su carácter inseparable y fuertemente unido a la misión evangelizadora.

II.  DIMENSIONES APOSTÓLICAS DE LA ADORACIÓN

El sentido apostólico de la adoración brota en primer lugar del hecho de reconocer que la Eucaristía es el corazón pulsante de la misión, esto quiere decir que la eucaristía es fuente, cumbre de toda vida cristiana, el Vaticano II lo dijo con claridad en la Lumen Gentium 11 y así lo repite la Iglesia desde entonces.

Rafaela María lo entendió y da un paso más y destaca de esta afirmación de la LG11, no que la Eucaristía esté solo en el centro de nuestra vida, sino que también está en el centro de nuestra misión, y desde esta perspectiva la dimensión apostólica de la adoración emerge como un rasgo connatural también de la Eucaristía. Rafaela supo hacer de toda su existencia eucarística   el centro de su modo de vivir la misión y se transparentaba no solo en la vivencia de la adoración explicita, sino en un modo de existir que es adorante, y adorando va configurando su misión.

Por tanto, la centralidad de la Eucaristía en la vida se tiene que explicitar en una existencia eucarística y es esta existencia eucarística la que impregna la misión y la centralidad de la Adoración de igual modo se explicita en un modo de estar en el mundo adorando que necesariamente también impregna la misión.

Desde este presupuesto se comprende la afirmación que da título a este epígrafe: la eucaristía es el corazón pulsante de la misión. Esta es una afirmación que se vincula a una antigua tradición cristiana que contempla no solamente  la eucaristía brotando del corazón traspasado de  Cristo y que se convierte en el corazón del mundo y de nuestra misión apostólica, sino también  otra tradición que contempla en la eucaristía el corazón de cristo y que  arrastra detrás de seguir una  tradición de ritos eucarísticos , que más bien se   desarrollan en la Iglesia oriental por la cual en la eucaristía  no solamente se corta la parte derecha de la forma sino que se atraviesa  la propia forma en su centro intentando recordar este momento de la lanzada del corazón de Cristo en la cruz

La eucaristía es corazón en su condición de fuente, de origen y eso le posibilita ser el centro y el motor de la misión apostólica, pero es un corazón pulsante: un centro vital abierto, propulsor, dinámico  que al mismo tiempo dinamiza y lo que dinamiza es la misión, misión que se concentra en unos deseos: deseo de hacernos con Cristo pan que se entrega y vino que se ofrece por la redención del mundo : es el deseo de hacernos a  nosotros también eucaristía y este hacernos eucaristía de nuevo  pasa por incorporarnos a la entrega de Cristo, recibiendo de la propia Eucaristía la gracia que  hace esto posible. A esto se aprende en la Adoración: contemplando a Jesús eucaristía como el corazón pulsante de toda misión: EL nos centra, nos atrae, nos reúne, nos unifica, y al mismo tiempo nos expulsa, no envía fuera, nos hace salir para hacernos nuevamente retornar con otros.

Este es el dinamismo eucarístico que debería regir en nuestra vida de hombres y mujeres que adoran, y que reciben el impulso de este corazón que es el centro de nuestra vida y nuestra misión.

 Se nos apunta a la identificación del Jesús histórico y el Jesús eucaristía, quiere decir que tanto en cuanto actuamos según Jesús de Nazaret como si actuamos según Jesús eucaristía, lo que repetimos, en lo que nos incorporamos es en ese dinamismo de entrega, esa entrega que en el Jesús histórico se percibe en una vida que es toda ella existencia por los demás, dándose a los demás, y en esa presencia eucarística que en donde adoramos, contemplamos ese cuerpo de Cristo que se entrega. Contemplar a uno es contemplar al otro, la entrega a la que somos invitadas se realiza de igual manera en la acción histórica que en la contemplación eucarística.

Dos consecuencias surgen de aquí:

1.- La primera es que acción y contemplación constituyen un mismo movimiento. Constituyen el corazón de nuestra vida, y eso quiere decir que verdadera acción apostólica es aquella que brota de un desbordamiento, del desbordamiento de un amor que recibimos y que lo recibimos estando con Cristo en la intimidad de la Adoración. En esa intimidad comienzan a sentirse y a vivirse como propios los intereses de su corazón y por eso no hay verdadera acción apostólica fuera de la que nace de este desbordamiento, no hay verdadera acción apostólica si esa acción apostólica no nace de ese amor que previamente hemos recibido y en ese sentido podemos afirmar que la adoración es su fuente

2.- se sigue que la misión apostólica deba de ser adorante: es decir somos llamadas a ser contemplativas en la acción, no excluye el ser contemplativos en la adoración.

Cómo ser apostólicos en la adoración:

La santa de Córdoba (Sta. Rafaela) nos da otro texto que da   pistas "poner a Cristo a la adoración de los pueblos", para hacer que todos le conozcan y le amen"

Lo importante para nosotras es que se trata de dar a conocer el Amor de Dios, manifestado en la Eucaristía: llevar a los hombres a reconocer este amor, a sentirse rehechos, resanados, recreados por El. De ahí que todo su interés esté en llevar a Cristo a otros, a poner a la humanidad rota, herida con esta realidad, siendo fuente de vida y de luz

La Adoración es entonces un verdadero foco que alumbra en todas las direcciones los caminos que recorremos hacia el mundo, pero no menos es un centro de atracción que posibilita el encuentro personal de la Humanidad con Cristo.

Adorar no es solamente un acto privado de encuentro personal con el Señor en la Eucaristía, sino es situarnos en ese centro que nos convoca para extender esa presencia en el mundo y para atraer a todos a esa presencia.

Ser adorador es sentirse responsable de transmitir este don y no solamente de transmitirlo, sino de encarnarlo y de hacerlo historia concreta en nuestro hoy.

La Adoración es por eso ese corazón pulsante de la misión. La Adoración es un ritmo cardiaco que nos atrae hacia ella como centro y nos lanza hacia la misión en un armonioso ritmo que precisa de ambos movimientos que son indispensables e inseparables para dejar que fluya la vida que brota de ella: movimiento sístole y diástole, contracción, movimiento de expansión, movimiento de atracción, de inclusión, de convergencia hacia el centro y movimiento también de dilatación, de extensión, de universalización hacia afuera. Este es el deseo que Dios había sembrado en el corazón de Santa Rafaela como interés de su propio corazón.

Por eso la adoración nos invita a:

1.- Poner a Cristo en la adoración de los pueblos, invitación, a salir, acoger la palabra de Jesús que nos invita a darle vosotros de comer, a llevar a Cristo aquellos   y no lo conocen a sacar la Eucaristía fuera de nuestros templos y espacios sagrados, cada nuevo rincón del mundo, cada nuevo espacio donde se adore   será un pulso más en este movimiento de extensión y dilatación, de esta diástole, de este corazón pulsante, estaremos poniendo a Cristo a la adoración de los pueblos.

Pero este movimiento de dilatación, de extensión también es posible llevarlo a cabo con nuestra propia presencia, es decir haciendo de nuestras vidas una presencia y una existencia eucarística, acogiendo esa invitación a hacernos nosotros también un cuerpo que se entrega.

2.- Significa también el ser capaces de atraer al mundo hacia Él, de generar espacios donde se posibilite la experiencia de Dios, el encuentro de ese señor que se queda con nosotros, como compañero de camino, se trata de saber señalar a otros hacia ese centro: de ser testigos adorando delo que hemos visto, oído, de lo que, nuestras manos han tocado de por la causa por la que por nuestro corazón ha ardido. Se trata ahora de ese movimiento de concentración, de reducción de todo, a lo único necesario. de inclusión, del mundo de este corazón que es Cristo eucaristía.

3.- Nos habla de un modo peculiar de Adorar: de vivir adorando, de hacer de la Adoración un modo de existencia. Adorar a Cristo presente en cada ser humano que es su imagen, adorar a Cristo en los pobres, adorarlo en los marginados, en la humanidad sufriente, en sus   preferidos, en sus predilectos, encontrarlo ahí  , en los márgenes, en las fronteras de todo tipo, encontrarlo en las zonas de exclusión, donde están los que no cuentan y ahí adorarlo, y tras este movimiento de diástole, de extensión, tornar al origen en una nueva sístole, llevando nuestro corazón  lleno de rostros, de nombres, retornar a la presencia de aquel que dio su vida por ellos. Y entonces sí: Adorar con todos, adorar por todos y adorar para todos.

Recuperamos aquí este elemento de la suplencia que es tan típico de la Adoración y que nos pone ante unos de los mayores misterios y secreto de la dimensión apostólica de esta adoración.

En la Eucaristía que adoramos Dios se hace presente al mundo en una cercanía extrema: Dios se pone al alcance de nuestra mano, se pone al alcance de la mano del mundo y nosotros somos invitados a poner el mundo al alcance de su corazón.

Somos retados a asumir como nuestra, esta dimensión apostólica del dinamismo eucarístico, de la entrega de la propia vida por los otros, somos invitadas en fin a llegar a la adoración diciendo: "este es mi cuerpo, mi cuerpo cansado, fatigado, roto por el reino, lleno de situaciones dolorosas, de problemas, ante los que me siento impotente, de desesperanza, de debilidad, de pecado, de frustración, tantas veces de miedo propios y ajenos. Este es mi cuerpo cargado de mundo, cargado de rostros, cargado de pueblos, este es mi cuerpo que viene a ti para que tú lo moldéis, y lo acojas en ese tu cuerpo que se entrega.

En la cercanía del tiempo de Navidad, se nos hace más patente esta proximidad del Hijo de Dios que se hace carne débil en el niño de Belén, que se expone ante nosotros, invitándonos a adorarle, pero también invitándonos a ir a contar y a cantar esa buena noticia al Mundo, este nacimiento es la condición de posibilidad para que este hijo de Dios venga a nosotros nuevamente vulnerable, ahora ya no en la carne sino en un frágil trozo de pan. También Él se expone, también nos envía al Mundo, también nos envía a hacerlo presente como alimento que cura, que fortalece, que repara y recrea para que lo pongamos en la ADORACION DE LOS PUEBLOS.


Fecha Publicación: 2020-05-25T06:59:00.001-07:00

http://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/communications/documents/papa-francesco_20200124_messaggio-comunicazioni-sociali.html;

https://www.youtube.com/watch?v=W_IobYsfI6A&feature=youtu.be

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA 54 JORNADA MUNDIAL
DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES

 

Para que puedas contar y grabar en la memoria (cf. Ex 10,2)
La vida se hace historia

 

Quiero dedicar el Mensaje de este año al tema de la narración, porque creo que para no perdernos necesitamos respirar la verdad de las buenas historias: historias que construyan, no que destruyan; historias que ayuden a reencontrar las raíces y la fuerza para avanzar juntos. En medio de la confusión de las voces y de los mensajes que nos rodean, necesitamos una narración humana, que nos hable de nosotros y de la belleza que poseemos. Una narración que sepa mirar al mundo y a los acontecimientos con ternura; que cuente que somos parte de un tejido vivo; que revele el entretejido de los hilos con los que estamos unidos unos con otros.

1. Tejer historias

El hombre es un ser narrador. Desde la infancia tenemos hambre de historias como tenemos hambre de alimentos. Ya sean en forma de cuentos, de novelas, de películas, de canciones, de noticias…, las historias influyen en nuestra vida, aunque no seamos conscientes de ello. A menudo decidimos lo que está bien o mal hacer basándonos en los personajes y en las historias que hemos asimilado. Los relatos nos enseñan; plasman nuestras convicciones y nuestros comportamientos; nos pueden ayudar a entender y a decir quiénes somos.

El hombre no es solamente el único ser que necesita vestirse para cubrir su vulnerabilidad (cf. Gn 3,21), sino que también es el único ser que necesita "revestirse" de historias para custodiar su propia vida. No tejemos sólo ropas, sino también relatos: de hecho, la capacidad humana de "tejer" implica tanto a los tejidos como a los textos. Las historias de cada época tienen un "telar" común: la estructura prevé "héroes", también actuales, que para llevar a cabo un sueño se enfrentan a situaciones difíciles, luchan contra el mal empujados por una fuerza que les da valentía, la del amor. Sumergiéndonos en las historias, podemos encontrar motivaciones heroicas para enfrentar los retos de la vida.

El hombre es un ser narrador porque es un ser en realización, que se descubre y se enriquece en las tramas de sus días. Pero, desde el principio, nuestro relato se ve amenazado: en la historia serpentea el mal.

2. No todas las historias son buenas

«El día en que comáis de él, […] seréis como Dios» (cf. Gn 3,5). La tentación de la serpiente introduce en la trama de la historia un nudo difícil de deshacer. "Si posees, te convertirás, alcanzarás...", susurra todavía hoy quien se sirve del llamado storytelling con fines instrumentales. Cuántas historias nos narcotizan, convenciéndonos de que necesitamos continuamente tener, poseer, consumir para ser felices. Casi no nos damos cuenta de cómo nos volvemos ávidos de chismes y de habladurías, de cuánta violencia y falsedad consumimos. A menudo, en los telares de la comunicación, en lugar de relatos constructivos, que son un aglutinante de los lazos sociales y del tejido cultural, se fabrican historias destructivas y provocadoras, que desgastan y rompen los hilos frágiles de la convivencia. Recopilando información no contrastada, repitiendo discursos triviales y falsamente persuasivos, hostigando con proclamas de odio, no se teje la historia humana, sino que se despoja al hombre de la dignidad.

Pero mientras que las historias utilizadas con fines instrumentales y de poder tienen una vida breve, una buena historia es capaz de trascender los límites del espacio y del tiempo. A distancia de siglos sigue siendo actual, porque alimenta la vida. En una época en la que la falsificación es cada vez más sofisticada y alcanza niveles exponenciales (el deepfake), necesitamos sabiduría para recibir y crear relatos bellos, verdaderos y buenos. Necesitamos valor para rechazar los que son falsos y malvados. Necesitamos paciencia y discernimiento para redescubrir historias que nos ayuden a no perder el hilo entre las muchas laceraciones de hoy; historias que saquen a la luz la verdad de lo que somos, incluso en la heroicidad ignorada de la vida cotidiana.

3. La Historia de las historias

La Sagrada Escritura es una Historia de historias. ¡Cuántas vivencias, pueblos, personas nos presenta! Nos muestra desde el principio a un Dios que es creador y narrador al mismo tiempo. En efecto, pronuncia su Palabra y las cosas existen (cf. Gn 1). A través de su narración Dios llama a las cosas a la vida y, como colofón, crea al hombre y a la mujer como sus interlocutores libres, generadores de historia junto a Él. En un salmo, la criatura le dice al Creador: «Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias porque son admirables tus obras […], no desconocías mis huesos. Cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra» (139,13-15). No nacemos realizados, sino que necesitamos constantemente ser "tejidos" y "bordados". La vida nos fue dada para invitarnos a seguir tejiendo esa "obra admirable" que somos.

En este sentido, la Biblia es la gran historia de amor entre Dios y la humanidad. En el centro está Jesús: su historia lleva al cumplimiento el amor de Dios por el hombre y, al mismo tiempo, la historia de amor del hombre por Dios. El hombre será llamado así, de generación en generación, a contar y a grabar en su memoria los episodios más significativos de esta Historia de historias, los que puedan comunicar el sentido de lo sucedido.

El título de este Mensaje está tomado del libro del Éxodo, relato bíblico fundamental, en el que Dios interviene en la historia de su pueblo. De hecho, cuando los hijos de Israel estaban esclavizados clamaron a Dios, Él los escuchó y rememoró: «Dios se acordó de su alianza con Abrahán, Isaac y Jacob. Dios se fijó en los hijos de Israel y se les apareció» (Ex 2, 24-25). De la memoria de Dios brota la liberación de la opresión, que tiene lugar a través de signos y prodigios. Es entonces cuando el Señor revela a Moisés el sentido de todos estos signos: «Para que puedas contar [y grabar en la memoria] de tus hijos y nietos […] los signos que realicé en medio de ellos. Así sabréis que yo soy el Señor» (Ex 10,2). La experiencia del Éxodo nos enseña que el conocimiento de Dios se transmite sobre todo contando, de generación en generación, cómo Él sigue haciéndose presente. El Dios de la vida se comunica contando la vida.

El mismo Jesús hablaba de Dios no con discursos abstractos, sino con parábolas, narraciones breves, tomadas de la vida cotidiana. Aquí la vida se hace historia y luego, para el que la escucha, la historia se hace vida: esa narración entra en la vida de quien la escucha y la transforma.

No es casualidad que también los Evangelios sean relatos. Mientras nos informan sobre Jesús, nos "performan"[1] a Jesús, nos conforman a Él: el Evangelio pide al lector que participe en la misma fe para compartir la misma vida. El Evangelio de Juan nos dice que el Narrador por excelencia —el Verbo, la Palabra— se hizo narración: «El Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (cf. Jn 1,18). He usado el término "contado" porque el original exeghésato puede traducirse sea como "revelado" que como "contado". Dios se ha entretejido personalmente en nuestra humanidad, dándonos así una nueva forma de tejer nuestras historias.

4. Una historia que se renueva

La historia de Cristo no es patrimonio del pasado, es nuestra historia, siempre actual. Nos muestra que a Dios le importa tanto el hombre, nuestra carne, nuestra historia, hasta el punto de hacerse hombre, carne e historia. También nos dice que no hay historias humanas insignificantes o pequeñas. Después de que Dios se hizo historia, toda historia humana es, de alguna manera, historia divina. En la historia de cada hombre, el Padre vuelve a ver la historia de su Hijo que bajó a la tierra. Toda historia humana tiene una dignidad que no puede suprimirse. Por lo tanto, la humanidad se merece relatos que estén a su altura, a esa altura vertiginosa y fascinante a la que Jesús la elevó.

Escribía san Pablo: «Sois carta de Cristo […] escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de corazones de carne» (2 Co 3,3). El Espíritu Santo, el amor de Dios, escribe en nosotros. Y, al escribir dentro, graba en nosotros el bien, nos lo recuerda. Re-cordar significa efectivamente llevar al corazón, "escribir" en el corazón. Por obra del Espíritu Santo cada historia, incluso la más olvidada, incluso la que parece estar escrita con los renglones más torcidos, puede volverse inspirada, puede renacer como una obra maestra, convirtiéndose en un apéndice del Evangelio.

1 Como las Confesiones de Agustín.

2 Como El Relato del Peregrino de Ignacio.

3. Como la Historia de un alma de Teresita del Niño Jesús.

4 Como Los Novios, como 

5 Los Hermanos Karamazov.

Como tantas innumerables historias que han escenificado admirablemente el encuentro entre la libertad de Dios y la del hombre. Cada uno de nosotros conoce diferentes historias que huelen a Evangelio, que han dado testimonio del Amor que transforma la vida. Estas historias requieren que se las comparta, se las cuente y se las haga vivir en todas las épocas, con todos los lenguajes y por todos los medios.

5. Una historia que nos renueva

En todo gran relato entra en juego el nuestro. Mientras leemos la Escritura, las historias de los santos, y también esos textos que han sabido leer el alma del hombre y sacar a la luz su belleza, el Espíritu Santo es libre de escribir en nuestro corazón, renovando en nosotros la memoria de lo que somos a los ojos de Dios. Cuando rememoramos el amor que nos creó y nos salvó, cuando ponemos amor en nuestras historias diarias, cuando tejemos de misericordia las tramas de nuestros días, entonces pasamos página. Ya no estamos anudados a los recuerdos y a las tristezas, enlazados a una memoria enferma que nos aprisiona el corazón, sino que abriéndonos a los demás, nos abrimos a la visión misma del Narrador. Contarle a Dios nuestra historia nunca es inútil; aunque la crónica de los acontecimientos permanezca inalterada, cambian el sentido y la perspectiva. Contarse al Señor es entrar en su mirada de amor compasivo hacia nosotros y hacia los demás. A Él podemos narrarle las historias que vivimos, llevarle a las personas, confiarle las situaciones. Con Él podemos anudar el tejido de la vida, remendando los rotos y los jirones. ¡Cuánto lo necesitamos todos!

Con la mirada del Narrador —el único que tiene el punto de vista final— nos acercamos luego a los protagonistas, a nuestros hermanos y hermanas, actores a nuestro lado de la historia de hoy. Sí, porque nadie es un extra en el escenario del mundo y la historia de cada uno está abierta a la posibilidad de cambiar. Incluso cuando contamos el mal podemos aprender a dejar espacio a la redención, podemos reconocer en medio del mal el dinamismo del bien y hacerle sitio.

No se trata, pues, de seguir la lógica del storytelling, ni de hacer o hacerse publicidad, sino de rememorar lo que somos a los ojos de Dios, de dar testimonio de lo que el Espíritu escribe en los corazones, de revelar a cada uno que su historia contiene obras maravillosas. Para ello, nos encomendamos a una mujer que tejió la humanidad de Dios en su seno y —dice el Evangelio— entretejió todo lo que le sucedía. La Virgen María lo guardaba todo, meditándolo en su corazón (cf. Lc 2,19). Pidamos ayuda a aquella que supo deshacer los nudos de la vida con la fuerza suave del amor:

Oh María, mujer y madre, tú tejiste en tu seno la Palabra divina, tú narraste con tu vida las obras magníficas de Dios. Escucha nuestras historias, guárdalas en tu corazón y haz tuyas esas historias que nadie quiere escuchar. Enséñanos a reconocer el hilo bueno que guía la historia. Mira el cúmulo de nudos en que se ha enredado nuestra vida, paralizando nuestra memoria. Tus manos delicadas pueden deshacer cualquier nudo. Mujer del Espíritu, madre de la confianza, inspíranos también a nosotros. Ayúdanos a construir historias de paz, historias de futuro. Y muéstranos el camino para recorrerlas juntos.

Roma, junto a San Juan de Letrán, 24 de enero de 2020, fiesta de san Francisco de Sales.

 

Franciscus


[1] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi, 2: «El mensaje cristiano no era sólo "informativo", sino "performativo". Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida».

 


Fecha Publicación: 2020-05-17T06:44:00.001-07:00

 FAZIO, Mario El Papa Francisco: Claves de su pensamiento, su visión apostólica y su afán de diálogo con el mundo. Rialp, Madrid, 2013, 112 pp)

Da gusto leer un libro lleno de vida, bien escrito y que alimenta y tonifica tu alma. Y, además, te deja con las ganas de volver a leerlo. Se convierte en tu amigo, a quien sabes que debes volver a consultar y tratar.

Gracias don Mariano Fazio por este feliz trabajo que tanto ayuda a conocer de verdad al Papa Francisco, las claves de su vida, de su pensamiento, de su acción.

El hecho de que su autor sea argentino, que le haya tratado de cerca en varios momentos –como Aparecida-; su calidad intelectual, espiritual y su facilidad para escribir, me parece que da la pauta para entender su gran valor a pesar de tan pocas páginas.

Es interesante saber que varios de sus libros –Cristianos en la encrucijada, Historia de las ideas contemporáneas– han sido leídos y recomendados por el Papa Francisco en diversas ocasiones.

Les comparto índice, presentación y una página en la que valora la importancia de la "memoria" y la religiosidad popular, mencionando "el catecismo de Santo Toribio".

Ánimo y gocen con su lectura


MARIANO FAZIO (Buenos Aires, 1960) es historiador y filósofo, y Profesor de Historia de las Doctrinas Políticas en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, vicario general del Opus Dei desde 2014.

INTRODUCCIÓN

I.             MISERANDO ATQUE ELIGENDO 1. La vocación 2. Trabajo, familia, dolor 3. De novicio a cardenal de Buenos Aires

II.           DESDE LA CONTEMPLACIÓN DE JESUCRISTO 1. La perspectiva de la fe 2. Vida espiritual cristocéntrica en la Iglesia 3. Primacía de los medios sobrenaturales

III.         SALIR HACIA LAS PERIFERIAS EXISTENCIALES 1. Discípulos del Maestro 2. Salir al encuentro de la gente 3. Evangelizar la periferia

IV.         HACER MEMORIA 1. La memoria de las misericordias de Dios 2. Una fe que se hace cultura 3. La religiosidad popular

V.           DIALOGAR 1. La Iglesia dialoga. El ejemplo del beato Juan Pablo II 2. Diálogos con un rabino 3. Diálogo en la evangelización 4. En busca de una sociedad del diálogo y del encuentro

VI.         UN TESTIMONIO PERSONAL EPÍLOGO PARA ESPAÑOLES Y LATINOAMERICANOS APÉNDICE

 "En su intervención en las congregaciones generales previas al Cónclave, el cardenal Jorge Mario Bergoglio trazó en breves frases la necesidad de evangelizar el mundo — razón de ser de la Iglesia— evitando una posible actitud autorreferencial y mundana, para salir al encuentro de las almas. Hizo referencia a que es el mismo Jesucristo quien, desde dentro, nos impulsa. «En el Apocalipsis Jesús dice que está a la puerta y llama. Evidentemente el texto se refiere a que golpea desde fuera la puerta para entrar... Pero pienso en las veces en que Jesús golpea desde dentro para que le dejemos salir. La Iglesia autorreferencial pretende a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir». En los apuntes de su intervención, que fueron publicados con autorización del Papa por el cardenal de La Habana, Jaime Lucas Ortega, Bergoglio concluye: «Pensando en el próximo Papa: un hombre que, desde la contemplación de Jesucristo y desde la adoración a Jesucristo ayude a la Iglesia a salir de sí hacia las periferias existenciales, que la ayude a ser la madre fecunda que vive de "la dulce y confortadora alegría de evangelizar"». El 13 de marzo de 2013, movidos por el Espíritu Santo, los cardenales reunidos en Cónclave después de la sorpresiva noticia de la renuncia de Benedicto XVI, eligieron a Jorge Mario Bergoglio como 265 sucesor de San Pedro, el hombre que a sus ojos reunía más condiciones para llevar a la Iglesia a las periferias existenciales. Él mismo se definió como el Papa venido del fin del mundo, y cada vez es más conocida su labor pastoral en Buenos Aires a favor precisamente de las personas que —desde una perspectiva mundana— son considerados sobrantes, periféricos.

* * *

El libro que el lector tiene en sus manos está escrito todavía con la sorpresa que suscitó en mí el anuncio del cardenal Tauran. Fue escrito rápidamente —la fecha de publicación está muy cercana a ese 13 de marzo de 2013— pero con seriedad y con un convencimiento personal de la necesidad de hacer conocer las raíces espirituales del Papa Francisco. Espero contribuir con estas breves páginas a un mayor conocimiento de su personalidad, que ayude a los católicos a unirnos más afectiva y efectivamente a la persona del Romano Pontífice. Que sea una realidad para todos aquellos anhelos de un santo de nuestro tiempo, san Josemaría Escrivá de Balaguer: «Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam! —que todos, bien unidos al Papa, vayamos a Jesús por María» [1]. Tuve la fortuna de tratar al cardenal Bergoglio con bastante asiduidad desde el año 2000. Compartí con él y otros obispos argentinos la experiencia inolvidable de la Vª Asamblea General del Episcopado de América Latina y el Caribe, que tuvo lugar del 13 al 31 de mayo de 2007 en Aparecida, Brasil. Vivíamos en el mismo hotel, y el convivir diario me hizo profundizar en su conocimiento. A mi regreso a Argentina en el 2008, después de 27 años de ausencia, seguimos tratándonos frecuentemente. Actualmente soy el Vicario Regional de la Prelatura del Opus Dei en Argentina, y en razón de esta tarea el trato se intensificó. Conservo cartas suyas, el recuerdo de llamadas telefónicas familiares y cercanas, preocupaciones comunes. Las páginas que siguen no serán principalmente testimoniales. Se basan sobre todo en sus escritos y sus declaraciones. El esquema es sencillo. En el primer capítulo abordamos su biografía esencial, desde la perspectiva de su vocación en la Iglesia Después, trataremos de describir algunos rasgos de su vida espiritual, para a continuación abocarnos a las distintas manifestaciones de su fervor apostólico: salir en busca de las almas, implementar una pastoral anclada en la memoria de los bienes que el Señor nos ha hecho —a la humanidad, a cada pueblo, a cada persona—, dialogar con todos —cristianos, judíos, creyentes de otras religiones, ateos— para llegar a la verdad de Aquel que dijo de sí mismo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6). El libro termina con un testimonio personal y un apéndice con un texto del cardenal Bergoglio a los sacerdotes de Buenos Aires del año 2007, muy manifestativo de su talante espiritual y apostólico". (pp.7-8)

"Era el catecismo de santo Toribio de Mogrovejo" p.28

Hay un texto del entonces arzobispo de Buenos Aires que deseo traer a colación, porque se refiere a esa identidad latinoamericana, mestiza y cristiana, que compartimos desde México hasta Tierra del Fuego: «Los pueblos tienen memoria, como las personas. La humanidad también tiene su memoria común. En la cara del mataco está la memoria viva de una raza sufrida. En la voz del riojano está san Nicolás. Mons. Tavella contaba que en un pueblo de su diócesis encontró a un indio rezando tremendamente concentrado. Estuvo mucho tiempo así, al obispo le llamó la atención y le preguntó qué rezaba. «El catecismo» contestó el indio. Era el catecismo de santo Toribio de Mogrovejo. La memoria de los pueblos no es una computadora sino un corazón. Los pueblos, como María, guardan las cosas en su corazón. La alianza del pueblo de Salta con el Señor del Milagro, el Tincunaco, en fin, todas las manifestaciones religiosas del pueblo fiel, son una eclosión espontánea de su memoria colectiva. Allí está todo: el español y el indio, el misionero y el conquistador, el poblamiento español y el mestizaje. Lo mismo pasa aquí en Buenos Aires. A Luján va la gente del interior que vino a buscar trabajo, va el inmigrante que vino a hacer la América... pero el punto de unión es siempre el mismo: la Virgencita, símbolo de la unidad espiritual de nuestra nación, anclada en la memoria de nuestro pueblo» (Mente abierta, p. 88) [1].

Nota: Los matacos son un pueblo indígena del Chaco argentino. San Nicolás es Patrono de la ciudad de La Rioja. Mons. Tavella fue un obispo de Salta, ciudad en la que se venera al Señor del Milagro. Todos los años, desde 1692, el pueblo renueva su alianza con el Señor en una ceremonia emocionante y en la que participan cientos de miles de personas. El Tincunaco es una celebración religiosa y popular de La Rioja, que recuerda la concordia entre indígenas y españoles gracias a la labor paciente de san Francisco Solano, evangelizador de esas tierras en el siglo XVI. Todos los primeros de enero se entroniza una figura de Jesús, el Niño Alcalde, que une a los distintos pueblos.