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Una vez me sent� Beckenbauer
La imagen es de un VHS viejo, que hoy debe estar enmohecido en una de las tantas cajas llenas de cachivaches que mam� guarda en la casa. Ah�, al costado del tocadiscos que saco de cuando en vez para escuchar Sinfon�a Inconclusa en la Mar, Piero. El video, que me regal� pap�, dice en la tapa �The World Greatest Players�, o algo as�. Y chiquita, a un costado de la imagen detestable de Pel� saltando, aparece un gringo con cara de buena gente. Esa es la imagen que recuerdo con m�s cari�o de un f�tbol que no he visto en esta vida.
En la semifinal de M�xico �70, esa que todo el mundo recuerda por m�ster Do Nascimento y nuestros futbolistas viejos, Franz Beckenbauer se disloc� el hombro derecho y jug� as� los tiempos suplementarios del partido que su selecci�n perdi� 4-3 con Italia: con el brazo en cabestrillo, vendado, aferr�ndose con la mano de su extremidad lastimada a su coraz�n, para que no cupiera duda. Y as�, perdi�.
Solo una vez me sent� cerquita a esos jugadores elegidos. No me refiero a lo que sucedi� en mayo, cuando mi clav�cula izquierda se sali� de su lugar en medio de una noche en que me sent� un arquero suicida: �Hace poco, cosa de cinco meses, se convirti� en un joven futbolista retirado: salt� para despejar una pelota y un tipo de 150 kilos le cay� encima. Se rompi� el hombro y el brazo izquierdo�, as� lo narr� Villegas en un libro que pensamos publicar. Pero no hablo de ese d�a.
En realidad, me refiero a lo que sucedi� en noviembre del 2000. Entonces jugaba v�ley, no le�a diarios deportivos y estaba en quinto de media. Era mi �ltimo a�o en la selecci�n del cole y ten�a una cinta en mi camiseta que indicaba que era el capit�n de un equipo condenado a ganar un solo partido, como todos los a�os, contra el m�s d�bil del grupo.
No recuerdo el nombre del equipo con el que jug�bamos. Por la camiseta amarilla y el tipo alto que asesinaba con sus mates, creo que era el Santa Mar�a, uno de esos colegios que se hacen cl�sicos rivales porque compet�amos por mujeres y en peleas, como animales salvajes dispuestos a marcar territorio.
La jugada precisa fue provocada por un mate de ese tipo del que solo recuerdo el metro noventa y seis. El bal�n lo recibi� �scar, uno de esos hermanos que no tengo y que por su contextura y por su andar se hab�a ganado el mote de �cansado�. El bal�n sali� disparado hasta una posici�n imposible y yo fui por �l. Cuando estaba apunto de llegar, mi rodilla maltrecha golpe� la banca y escuch� un ruido suave. Me cambiaron. Por m� ingres� C�sar, me pusieron �ter mientras el gordo cumpl�a con su labor de futbolista de equipo chico: pod�amos vencer a todo un equipo los dos solos en el entrenamiento, pero apenas se pon�a la camiseta, le pesaba. Luego ingres�. Nunca lo dije, pero esa noche no pude dormir por el dolor y me dop� con antiinflamatorios hasta que mi rodilla regres� a su tama�o normal. Carlos, la �nica persona que conozco a la que no le importa lo que pueda pensar fue testigo presencial. Ca� justo a un metro suyo.
�Puta madre, estuve a esto de llegar �le dije, separando mi �ndice y mi pulgar apenas un par de cent�metros.
�No llegabas �replic�.
�Ten�a que haberlo hecho.
�No ten�as por qu� hacerlo. Sab�as que no ibas a llegar, pero yo s� que pensaste que si lo hac�as nadie se iba a dar cuenta que jugabas con la rodilla lesionada desde antes. No puedes con tu ego, solo quer�as que dijeran que hiciste la salvada de la d�cada. Eres un huev�n.
De luto...
A todos...
Somos los nietos, los hermanos, los sobrinos, el hijo de quien fue para nosotros algo m�s y distinto que una gran artista popular. Con ella compartimos la vida, las alegr�as y las angustias privadas. Porque esa gran artista fue adem�s nuestra abuela, nuestra hermana, nuestra t�a, nuestra mam�. Es por eso que queremos llegar a ustedes desde ese lugar �ntimo, lejos de la severidad y la dureza de los comunicados oficiales: porque sabemos que tambi�n la quisieron y la siguen queriendo a�n mucho m�s all� de la cantante y de la artista que los acompa�� tantas veces, a la que han hecho parte de su familia a�n sin tener lazos de sangre.
Es desde este lugar que queremos contarles que Mercedes -la mam�, la t�a, la abuela, la hermana-abandon� este mundo el d�a de hoy. Pero tambi�n queremos decirles que estuvo siempre acompa�ada-inclusive cuando ya no pod�a saberlo- por un desfile interminable de amigos y artistas populares, y en cada uno de ellos: Ustedes. Y que a pesar de lo triste de cualquier agon�a, pas� esos �ltimos momentos en paz, peleando aguerridamente contra una muerte que termin� gan�ndole la pulseada.
Por cierto estamos conmovidos y queremos compartir con ustedes esta tristeza. Aunque, al mismo tiempo, nos queda la tranquilidad de que todos hicieron lo posible- incluida nuestra Negra- para quedarse un ratito m�s entre nosotros.
Lo que m�s feliz la hac�a a Mercedes era cantar. Y seguramente ella hubiera querido cantarles tambi�n en este final. De modo que as� queremos recordarla y as� los invitamos a hacerlo con nosotros.
Infinitas gracias por ese acompa�amiento que jam�s dej� de estar presente.
Familia de Mercedes
Fuente: La web de la Negra
Hay cosas que no cambian
Hace cuatro a�os, cuando trabaj�bamos en la redacci�n de El Boc�n (un diario deportivo de Lima), Kike, Eloy, Diego y yo nos tomamos esta foto.

Cuatro a�os despu�s, ninguno de nosotros trabaja ah�. Ya no estamos tan flacos y a cada quien la vida lo ha engre�do y golpeado de la forma en que lo ha buscado. Que paja saber que a pesar de esas cosas, todav�a podemos tomarnos fotos como entonces. Eso es casi como tener un tambor de hojalata.

En invierno es mejor un cuento triste
Hoy es d�a para un post triste. Intent� besar a mi ex y me rechaz�. A veces pienso que a ellas les gustan los tipos malos. Especialmente los tipos que se acercan sigilosos con cara de buena gente y les rompen el coraz�n. Esos que terminan siendo sus amigos porque ya cumplieron la meta y se fueron. Lo siento, soy un coraz�n roto. Un coraz�n inerme que se ha ido a la mierda. Bonito, de a poquitos y con dolor, como debe de ser. Porque siempre me han gustado las cosas que son como deben ser. Como anta�o, porque me imagino a los abuelos afan�ndose. As� que creo que es la hora de terminar contando la historia calata, sin ropa interior. Nom�s porque estoy deprimido, y siempre es bueno echarle la culpa a una enfermedad, aunque este no sea el caso.
Kathy y yo nos conocimos en la universidad. Nacional, Mayor, de San Marcos y eso. Bailamos cheek-to-cheek (como dijo Telmo) una salsa preciosa y atorrante. La miraba con ojos raros, lo s�. Con mis ojos de mirada profunda, como dec�a una amiga m�a, a la que no puedo recurrir a estas horas. No pas� nada aquella vez.
A�os despu�s rob� vilmente su celular. Le dije a una amiga suya que llamara del m�o y luego, con el tel�fono de mi antigua chamba, hablamos durante horas. Mi jefe me dijo que ten�a consumidos m�s de mil minutos al mes y que pod�a botarme. No me import�. Le dije, ol�mpicamente, que soy bueno en lo que hago y que no me joda. Jorge entendi�. El d�a que me lo dijo, comiendo un caldo de gallina en una esquina de Canad�, me dijo que viviera, y que si era con ella, mejor. Ese d�a lo bautic� como mi padre (putativo, of course).
Esta es una declaraci�n de principios. �mala sobre todas las cosas. No tomes su nombre en vano. Santificar�s sus fiestas (o d�as gratos). Desde que salimos, un tarde del 25 de junio del 2006, hasta que terminamos, el jueves antes del 12 de setiembre del 2007, quisimos ser felices.
El 12 de setiembre del 2007, en un ataque hedonista, fum� una buena marihuana y me hizo ver colores en mi v�mito. Desde ah�, he vagado entre mujeres de sonrisa f�cil y coraz�n roto. He viajado (o huido) buscando a mi abuelo y a m� mismo. No los encontr�, sino detr�s de sus ojos color pepita de n�spero. He querido pensar que las historias de las comedias rom�nticas de Tom Hanks no son ficci�n y que alg�n d�a har� una locura lo suficientemente grande para que vuelva. No se puede. Ella est� lo suficientemente loca para que cada una de las cosas que haga le parezcan locuras tristes de un tipo triste. Y s�, lo soy.
Estoy triste porque hoy hice el �ltimo gran intento. Portarme como uno de esos patanes que le rompieron el coraz�n (incluyendo los �ltimos dos, que ella no sabe que yo sab�a� en realidad no supe, sino que lo sent�). No pude. Casi, casi, le ped� permiso. Lo s�, soy un huev�n. Hoy, no s� qu� pase.
Hoy no s� qu� pase porque es la primera vez que admito en p�blico que hay cosas que no hemos terminado. Que hay cosas que no debo contar aunque por un ratos diga que prefiero la verdad calata, sin ataduras. Que no funcion� el consejo de los amigos (sus amigos, que a�n me quieren de cu�ado) de forzar las cosas. Porque en eso s� soy d�bil. En ella.
Con ella, en cambio, era(mos) fuerte(s), pero eso es otra historia. A veces, en invierno, es mejor un cuento triste. Y a�n no llegamos a primavera.
PS: No le he hecho ping a mis auspiciadores. Es mejor que el pueblo no me vea tan vulnerable.
La canci�n que escucho justo ahora.
En buenos Aires brilla el sol�
�Hoy reserv� mi pasaje a Baires! Y casi tengo hotel de mochileros gracias a la Pioja que me dio todos los tips para convertirme en un turista que no har� circuitos tur�sticos� Bueno, igual tengo que ir al estadio de Boca cuando jueguen con Newell�s para saber si es verdad que tiembla cuando est� lleno� Y al cementerio de la Recoleta a ver si encuentro la tumba del tal Natalio Ruiz� Y a Caminito, para ver de nuevo a Escol�stico M�ndez� Y a la UBA, a ver si hay alg�n posgrado bueno, bonito y barato� Y tambi�n al Museo de la Memoria nom�s porque Angelito Cappa llev� ah� a sus jugadores para mostrarles la Argentina de verdad� Y volver� a conocer la calle mas larga, el rio mas ancho, las minas mas lindas del mundo (como dice la Bersuit)� Y me subir� al metro� Y me ir� a Uruguay en ferry a ver si puedo encontrarme con Tupa Ginares (el de verdad, que es como el de mis cuentos, pero m�s entra�able)� Y hablando de Dolina, la Pioja (mi gu�a antitur�stica) �Me ha dicho que se pueden conseguir entradas para su programa en el teatro donde se presenta el Negro!... Lo �nico malo es que no hay conciertos de Fito por esos d�as� Aunque f�cil el digo al buen Fer Roques que mande al diablo a la aerol�nea y convoque a todos los Viejos Macabros en honor a mi llegada� Y tengo que visitar a la China en La Plata un d�a, eso de caj�n, pero ser� sorpresa (as� que no le digan nada)� O de repente le digo que se venga a Buenos Aires conmigo para caminar un rato� Y volver� a visitar a Alfredo, el vendedor de libros de Corrientes que tiene todo sobre Dolina (Bueno, solo ten�a las Cr�nicas del �ngel Gris, pero ese libro es TODO)� Y tengo que ir al teatro, porque todas las amigas teatreras gauchas de Nelly dicen que es vital que vaya� Hablando de ellas, es una l�stima que no conocer� a los pap�s de Liber (el chiquito que corr�a desnudo por el mundo). Ellos viven en C�rdoba� Caracho, a�n no llego y ya quiero quedarme m�s d�as� Y quiero conocer gente� Y bailar tango (bueno, eso no)� Y quiero beber� �Y quiero� Z�s� Z�s! (Como dir�a El Chavo)� Y no estar� para el cumple de Mario (pero le traer� un regalo sorpresa)� Y a mi regreso le dir� a la Gi para ir a tomarnos un caf� y le contar� toooooooooodo� Y claro, volver� m�s pobre que El Chavo en Acapulco, pero ver� a Charly (en Lima) cuando se presente el 23 de setiembre por ac� (si no es que no me quedo por all�)�
Y nada, nom�s porque es Baires, les dejo Fito
Y a la Bersuit
Luc�a
Luc�a tiene el cabello casi rubio, pero no es una casi-rubia-tonta como piensa Carolina, una morocha que infatigablemente la apura con la mirada. No confiaba en nadie la Caro, menos en m�. Cuando nos conocimos, cerquita al parque Kennedy, Luc�a me dijo con ese tono tan mel�dicamente detestable.
��Disculpe, sab�i de alg�n sitio d�nde comer por aqu�?
Esa tarde de octubre, Luc�a, la Caro y yo nos conocimos. Me abordaron en una esquina de la avenida Pardo mientras yo fumaba un cigarro. Luc�a solo me pregunt� d�nde pod�an comer y yo decid� acompa�arlas porque mi hora de almuerzo me martillaba el est�mago con la misma fuerza que sus ojos pardos. Luego supe que estaban hospedadas en un hotelito sanisidrino que no conoc� hasta la noche, despu�s de que cenamos pizza y bebimos pisco peruano y vino chileno.
Esa noche, en el segundo restaurante al que �bamos juntos desde que nos conoc�amos, descubr� que ambas eran diez a�os mayores que yo y nos morimos de risa, comimos y bebimos. Mientras la Caro nos vigilaba, Luc�a y yo nos tomamos de las manos. Por un momento, me vino a la mente el nombre de esa vieja serie gringa: Yo amo a Lucy.
Yo am� a Lucy. Y ella a m�. Nos amamos esa noche mientras la Caro dorm�a en la habitaci�n de al lado y nos seguimos amando un par de noches sucesivas. La cuarta noche fui hacia el aeropuerto a dejarlas.
Lucy deb�a tener 30 a�os el 2004 y desde aquellas tres noches no dejamos de hablar por MSN. Todos los lunes, a las 6 p.m., convers�bamos sobre cualquier cosa que nos permitiera pensar que ella andaba por Lima nuevamente, o que yo conoc�a esa ciudad extra�a y fr�a llamada Valdivia, cerquita de La Serena.
Un lunes no lleg�. Al siguiente, tampoco. A la tercera semana la Caro me contact�: el cerebro loco de Lucy hab�a rebotado mil veces en el interior de una camioneta luego de la volcadura. Que no me preocupe. Que el siguiente lunes Lucy estar�a de vuelta. El lunes de la cuarta semana apareci�, adolorida, ante su webcam. Y yo ante la m�a, acariciaba uno y cada uno de los golpes que hab�a tenido. Que suene cojudo: reci�n ese d�a nos soltamos un �te amo�. Lucy (y yo) en el cielo, con diamantes.
Un d�a, tiempo despu�s, Lucy me propuso ir a verla. And�bamos por marzo y mis ahorros estaban designados a un boleto de avi�n sin pasaje de vuelta. Una semana despu�s me propuso vivir con ella. Yo ya hab�a hecho mis maletas sin que mam� y pap� supieran que sacar�a un pasaporte, renunciar�a a mi trabajo, abordar�a un vuelo directo a Santiago y luego tomar�a un tren al sur (o algo que se le parezca). Hasta que tuvimos esta charla:
Lucy says: Hola beb� �C�mo and�s?
Angel says: Peor que t�, espero ;)
Lucy says: Tenemos que hablar.
Lo que sigui� fue un final del que solo recuerdo algunas frases:
Lucy says: �T� me pedir�as que cambie por t�?
Angel says: Nunca.
Lucy says: Pues yo no puedo pedirte que cambies tu vida entera por m�.
Ese d�a Lucy me confes� que desde el accidente sufr�a dolores de cabeza, tomaba pastillas para disolver un co�gulo rebelde y olvidaba cosas de tanto en tanto. Que algunas veces hab�a dejado de entrar al MSN porque no recordaba que su contrase�a era Tinta Roja, el t�tulo de uno de nuestros libros favoritos. Me dijo tambi�n que ser�a la �ltima vez que usar�a esa cuenta de correo. Y lloramos hasta que no pudimos m�s.
Hace mucho que no s� nada sobre Luc�a, pero hace poco pens� en ella mientras caminaba por Miraflores y fumaba un cigarro, cinco a�os despu�s, en aquella esquina de Pardo. Ahora que recuerdo, un d�a apareciste. Fue despu�s del terremoto que zarande� todo Lima el 15 de agosto del 2007. Tu nickname dec�a: �Espero que te encuentres bien�.
Tres historias del Bronx
�Te voy a decir algo. T� solo tienes permitidas tres grandes mujeres en tu vida. Ellas llegan como los grandes luchadores, una vez cada diez a�os: Rocky Marciano, Sugar Ray Robinson, Joe Louis. A veces las tienes todas a la vez�
Sonny, en Una historia del Bronx (A Bronx Tale). 1993
La primera, casualmente, tambi�n se llama C. Ten�amos 15 y jugamos a ser novios en la sala de su casa, donde nunca nos encontraron haciendo el amor. Hice que me dejara mientras yo me encontraba de viaje y me termin� en una llamada, un 14 de febrero, solo para que suene huachafo cuando lo cuente. Aquel d�a yo estaba ebrio luego de haberme tomado un tequila y el �nico testigo de mi primer coraz�n roto fue un tel�fono p�blico. Con ella aprend� a no ser nunca como su padre.
La segunda se llama B. Me ense�� a bailar y comer en sitios caros, a vestir camisas y a regalar rosas compradas en florer�a. Tambi�n aprend� que uno debe conocerse. A sus 24, ella quer�a rebelarse a su familia estando con un chico cuatro a�os y medio menor, y yo le dije que estaba dispuesto a no enamorarme para que cumpliera su cometido. Me equivoqu�. Me dej� y le debo haber dicho cosas horribles cuando lo hizo. Tantas, que no la he vuelto a ver.
Miento. La tuve cerca una vez. En ese entonces estaba con L. �cuya inicial verdadera no pienso citar� y fuimos a una discoteca. De pronto, lleg� B. Yo le hab�a contado la historia a mi novia de ese entonces y su reacci�n fue alucinante: Me tom� de la mano, me llev� a bailar cerca de B. y su nuevo novio. Y me bes� con toda la ternura con la que puede hacerlo una cazafantasmas. Nunca le vi la cara a B. y no me importa si ella me vio. Solo quer�a que el tiempo se congelara en la sonrisa de L.
La sonrisa de L. se congel�. Poco a poco se fue volviendo fr�a y no hice lo m�nimo indispensable para calentarla. El jueves anterior al 12 de octubre del 2007, en una calle de San Borja, me dijo adi�s sin que yo atinara a pedirle que se quede. Y ese fue mi error.
Nunca m�s le he vuelto a contar cuentos a nadie en un parque. No he vuelto a recorrer medio Lima en tiempo r�cord. No he huido de ladrones aferrado a la mano de alguien a quien quer�a proteger. He dejado de escribir cuentos con dedicatoria que alg�n d�a ser�n un libro. Y no he vuelto a disfrazarme de payaso para mi sobrina mientras pensaba que la funci�n era para dos. Con ella aprend� a pensar de a dos, aunque a ratos olvid� c�mo.
Lo curioso es que los caminos de L. y el m�o se cruzan todo el tiempo. No s� si es porque cuando uno quiere a alguien, un ente supranacional hace que esas personas est�n cerca. O si solo es que nuestros intereses siempre han sido los mismos. Algunos me dicen que la odie, otro que la deje en paz. Unos pocos hombres del �ngel Gris me piden que siga luchando, no porque el que persigue alcanza, sino porque cerca de ella es la �nica forma en que yo sea el tipazo que soy. Quiz�s ya pasaron las tres de las que le habla Sonny al joven C. Solo tengo 25, y una afirmaci�n as� da miedo.
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PS: De las tres, solo L. pas� a la primera (en un taxi y no en un auto que no tengo) la Prueba de la Puerta, que Sonny tambi�n dio a conocer a C. (Callogero, para su padre). Aqu� la transcripci�n.
- Hazle mi prueba, la Prueba de la Puerta �le dijo Sonny a C.
- �Qu� es eso? �pregunt� Callogero
- Esc�chame: Llegas a recogerla. Antes de salir del auto asegura ambas puertas. Sales del auto, caminas hacia ella. La llevas al carro. Tomas la llave y abres la puerta para ella. La haces entrar y cierras la puerta. Caminas detr�s del auto y miras detr�s de la ventana trasera. Si ella no se estira y quita el seguro para que t� puedas entrar, d�jala.
- �As� nada m�s?
- Esc�chame muchacho. Si ella no se estira y levanta el seguro para ti� Es porque ella solo piensa en s� misma y todo lo que est�s viendo es la punta del iceberg. D�jala r�pido.
- �Y qu� hay de todas las cosas bellas que acabas de decirme sobre hacer lo que mi coraz�n me diga, encontrar a alguien que ponga viento en mis velas? Ella podr�a ser una de las grandes.
- Tonter�as chico, lo que importa es la prueba de la puerta.
La Prueba de la Puerta, seg�n Sonny, est� en los �ltimos tres minutos de este video.
Un poema violento
(o un triste y pobre homenaje al buen Mario Benedetti)
Necesito drogarme,
necesito alcohol,
necesito una hembra que cabalgue en mis piernas,
la necesito a ella
.
.
.
No,
solo a ella
Querida C. (y otros cuentos de vampiros)
Son casi las 4:30 p.m. de Viernes Santo y hoy, como otros d�as, pienso que a la medianoche de Berl�n te conectar�s para alegrarme el d�a. Lo necesito para rumiar mi tristeza contigo y olvidarme que es solo m�a. A veces, cuando estoy azul, recuerdo tus ojos grises que cambian de color. Curiosamente, cuando se tornan azules (mi color triste), t� est�s feliz, y aunque solo los he visto as� una vez, es suficiente para recordarme que durante la luna llena se puede estar feliz. Todav�a veo, de vez en cuando, nuestras fotos. El subject de ese email dice: �Fotos de los amigos que nos extra�amos entre nosotros�. Como siempre, tu imagen captada en video o fotograf�as no te hace justicia. Es como si fueras otra, como los vampiros, cuyas almas, de verdad, no pueden ser captadas. Claro, lo olvidaba. Eres rumana, nacida en Transilvania. Aunque t� me digas, molesta, que es invento gringo y que tu padre no te contaba cuentos derivados de la novela de Bram Stoker, sino historias de la Segunda Gran Guerra. A�n as�, hay vampiros en todas partes, y t� no sueles dormir de noche, porque alguien tambi�n te ha robado el alma.
Breve tratado sobre la depresi�n
"Bostezaste. Acabo de decirte algo interesante, as� que no es aburrimiento. Son las once de la ma�ana, est�s bebiendo caf�, as� que no est�s cansado. No bostec�, as� que no es un bostezo inducido. Es un s�ntoma".
Gregory House
Soy depresivo. A veces soy tambi�n deprimente, pero eso no est� en cuesti�n ahora. Me lo han diagnosticado y la prueba de ello es que estoy escribiendo mientras mil quinientas cosas pasan por mi cabeza. Pronto dejar� este post a medias y lo olvidar� un tiempo, hasta que sobrevenga otra de esas etapas maravillosas en las que uno es Superman. Dentro de poco pasar� mis dos d�as libres sin ba�arme, en frente de la computadora, leyendo cualquier cosa o viendo una serie. Seguramente, volver� a abandonar mi tesis.
La depre es as�. Te enga�a como una mujer a la que le das todo y luego te deja porque no pudiste darle m�s. A una mujer le echaba las culpas de mi tristeza hace unos meses, cuando terminaba en un bar llorando en el hombro de un buen amigo. Eran las mismas l�grimas que derramaba antes, por otra chica, o quiz�s porque no me sent�a lo suficientemente bueno en mi trabajo. O en los estudios. O whatever.
Mientras no est�s deprimido (y no est�s �nomal�), est�s euf�rico. Esa etapa me gusta. Usualmente tengo mil temas sobre los cuales escribir y no duermo m�s de dos horas al d�a. Las ideas sobre cada uno de los textos se agolpan en mi mente y he aprendido que todo se hace tan confuso que es imposible sacar una sola l�nea coherente.
Entonces retengo en mi mente cada una de esas ideas hasta que tienen que salir. Quiz�s es la capacidad que m�s he ejercitado, la �nica que puedo usar cuando s� que estoy feliz y que pronto empezar� a ponerme de un insoportable color azul.
Cuando me pongo azul me medico con cafe�na. En realidad no lo supe hasta que entend� por qu� el estado de cuenta de mi tarjeta de cr�dito empezaba a tener consumos cada vez m�s frecuentes en Starbucks en mis momentos tristes. O hasta que descubr� que la hierba mate no tiene cafe�na, pero s� mate�na, que es -en correcto peruano- la misma chola con diferente calz�n.
En personas excesivamente melodram�ticas, obsesivas y exageradas como yo (�Se fijaron c�mo exager� esto?), de vez en cuando sobreviene -como dec�an Pablo y Pachu- "la hecatombe". Usualmente cuando un caf� no es suficiente busco otras maneras de hacer que la adrenalina fluya. Lo que provoca una seguidilla de hechos bochornosos en los que intervienen no solo t�, sino cualquiera que ose ponerse en frente en medio de esa b�squeda de emociones.
Deprimido, he bebido en la absoluta soledad de un bar en Venezuela. Me he expuesto a que un ladr�n peruano me pegue un tiro en una barriada en M�rida (posibilidad que no lleg� a consumarse al reconocerme como connacional). he provocado que un amigo m�o maneje, conmigo de copiloto, a 160 Km/h en la V�a Expresa. He gastado fortunas en llamadas de larga distancia. He echo un viaje no planeado buscando las ra�ces de mi depresi�n. Y un largo etc�tera lleno de errores que me hacen deprimirme a�n m�s cuando los recuerdo.
Hoy, por ejemplo, acabo de enterarme que Danica McKellar (la Winnie Cooper de Los A�os Maravillosos) se ha casado. Alguien ha decidido as� darle un golpe tan duro a mi euforia que me ha quitado las ganas de escribir. No tiene nada que ver con el ni�o que llevo dentro, sino con aquella vana nostalgia por los amores perdidos. Felizmente, estoy saliendo de mi casa para verme con Rudy, y seguir planeando un libro que no tiene cu�ndo salir, y la melancol�a -para esas cosas- es necesaria.
A veces, cuando uno est� deprimido, ni los consejos m�s sabios sirven (Pero cuando uno ve este video, le dan ganas de hacer pesas).
Para los depresivos, obsesivos, megaloman�acos y melodram�ticos, una canci�n que me recuerda que a veces se puede salir de los momentos azules con un poquito de hipocres�a.
�Winnie Cooper, por qu� te casaste?
El post que no pienso escribir
S� que si alguien (aunque lo dudo) ha seguido mi peregrinaje, estar� esperando el momento en que vea la luz al final del t�nel y descubra a mi abuelo. Yo, al menos, he esperado el momento en que lo ideal se ha ido al diablo y descubro que su nombre, pese a ser igual al m�o, no es lo mismo. Ese momento lleg�, pero me he prohibido escribir sobre eso.
Sobre la historia de mi viaje por aquella zona del Valle Sagrado que casi no aparece en las gu�as oficiales de turismo (y por la que he caminado sin el m�s m�nimo inter�s en turistear), solo puedo decir que llegu� a donde el abuelo y que, como siempre, las respuestas est�n m�s cerca de lo que uno cree.
Luego de apu�alar un tronco de �rbol regresaba derrotado rumbo al cruce de caminos, hasta que vi a una mujer que dice llamarse Elizabeth. Tiene 26 a�os y tres hijos. Yo le creo porque gente como ella no tiene por qu� mentir. Ha salido de entre unos arbustos con la menor de sus ni�os envuelta en una lliclla que puede haber sido improvisada con una s�bana color celeste-deste�ido-que-en-otro-tiempo-pasado-fue-mejor.
La ni�a se llama Diana y su madre es la encargada de cuidar lo que alg�n d�a fue la casa de mi abuelo, y de mi viejo. He abrazado (a Elizabeth), y he cargado entre mis brazos (a Diana) como si fuera un n�ufrago mientras le explicaba a la madre cosas dementes sobre una b�squeda de mis ra�ces que seguramente no ha entendido. Durante quince minutos le he contado la historia de mi familia y he inspeccionado la casa donde vive de lejos, porque a nadie le gusta que un desconocido entre en su casa y esa no es la m�a. Tampoco la de ella, porque Elizabeth la cuida junto a un esposo ausente en ese instante.
Luego, he regresado al cruce de caminos, he terminado de llenar de polvo mi jean con una caminada de quince minutos a Santa Mar�a. He regresado a Quellouno en la tolva de una camioneta de aquellos buenos amigos de la municipalidad, he tomado una ducha luego de haber sido brutalmente ba�ado por una tormenta selv�tica y he vuelto a alg�n lugar donde siento que todav�a pertenezco. A Quillabamba. Despu�s Cusco. Arrib� al terminal a las 6:00 a.m. y me fui a dormir.
Ese mismo d�a, por la tarde, en Cusco, descubr� quien era mi abuelo. Me lo dijo una t�a, vieja como el tiempo, a la que llamar� la curandera, pues fue ella quien san� el brazo roto de mi padre con un par de ca�as, la savia de un �rbol y hojas de pl�tano, junto a mi abuelo. Cuando sal� de su casa escrib� los detalles en un cuaderno, llov�a y las hojas sobre las que garabateaba se mojaban con mis l�grimas. No puedo contar m�s. La curandera me hizo prometerle que mi padre nunca se enterar�a de los detalles. Yo he decidido cumplir.

Elizabeth y Diana (o la luz al final del t�nel)

Santos Aires (o lo que queda de...)
Eso que llevas ah�
Me he dado cuenta que en la última foto mis mejillas están hinchadas. Como si súbitamente hubiera engordado pese a los desarreglos de las noches cusqueñas que me llevaron a besar a una sueca con los ojos del color de un mar diáfano, el alcohol que he vuelto a tomar desde que dejé los ansiolíticos y a la gran cantidad de amanecidas conversando con Juanjo. En una de ellas, el Jotas me dijo una de aquellas verdades que uno siempre sabe pero no quiere admitir.
– Tú y yo sabemos que estás huyendo, no buscando.
Es verdad. He huido hasta un cruce de caminos, casi a 180 kilómetros de Camisea, que en el mapa apenas puedo identificar. Ahí me ha dejado una camioneta propiedad de la municipalidad de Quellouno, el último pueblo antes de llegar a Santos Aires.
De pie ahí, al lado del camino, me he dado cuenta que he variado el plan que me tracé cuando salí de Quillabamba. No llevo mi bolsa de dormir, lo que significa que no dormiré en medio de la selva. Solo traigo una casaca –por si llueve– y un canguro, donde descansan el mp3 y la navaja del abuelo.
Nunca, hasta ahora, he tenido la sensación de estar perdido. La de transitar solo por el lugar equivocado. Me he sentido perdido en el sentido de haber errado en mis acciones, y casi siempre he estado en lo correcto cuando he tenido la mínima noción de estar metiendo la pata, pero incluso aquella vez que me perdí en una barriada en Mérida y me apuntaron con un arma en la cara, tenía fija en la cabeza la idea de que algo iba a pasar. Pero esta vez la incertidumbre corta hasta la voz de Fito Páez y oculta el latido acelerado de mi corazón.
Hace una hora que he dejado el cruce de caminos. No llevo mapa, solo una indicación que me dieron antes de dejarme: “Ve por ahí, deben ser cuarenta minutos. En el camino te encontrarás con alguien de la familia Cahuache, un poco más allá encontraras la hacienda de la familia Centeno”, me dijeron. “Hace más cincuenta años esa era la hacienda de los Pilares”, pensé mientras me ponía los audífonos y colocaba aquella canción.
Estoy perdido. Encontré a una mujer con zanjas en el rostro que me anunció que estaba por buen camino: “Solo cruza el río y ahí nomás está, papá”. He despreciado un tronco viejo y llego de hongos por otros tres que ofrecían mayor garantía y he empezado a subir por un cerro sin saber que acababa de tomar, como diría Villeguitas, “una combi asesina directamente hacia la mierda”. Me doy cuenta de ello cuando he subido demasiado, me he fumado mi último cigarro, y veo –a los lejos– el cruce de dos ríos donde según la narración de mi padre, estaban los dos pabellones que componían su casa.
Me he sentado nuevamente en aquellos tres troncos que me hicieron atravesar el río para perderme durante una hora. Mi reloj dice que falta poco para que los benefactores que me llevaron hasta el cruce de caminos pasen por Santa María, un poblado de carretera donde me recogerán. De no alcanzarlos, bien podría buscar un lugar en el suelo para poder dormir hasta el día siguiente, cuando pasen nuevamente las camionetas del municipio. Desenfundo el cuchillo, admiro su hoja afilada antes de salir de Lima, con la que sin querer me hice un corte días antes. A mi mente llegó una frase, según la cual, nadie arriba a un lugar para el que no está preparado.
Tiempo atrás, Óscar Rodríguez –uno de los amigos más sensatos y entrañables que me dejó la escuela– me dijo que sabía cuándo pensaba que había errado cuando empezaba a golpear mi cabeza. La lectura semiótica de aquel castigo es que no me sirve de nada ser tan inteligente como todos dicen, cuando fallo en una cosa que cualquier otro podría hacer.
Hoy me he golpeado la cabeza tantas veces con la palma de mi mano, que he decidido despedirme de mi abuelo habiendo fracasado, y he tallado sus iniciales (que son las mías, a su vez) en uno de los tres troncos sobre los que estoy sentado. Con el movimiento, mi mp3 se ha encendido y nuevamente escucho aquella canción, solo quizás ahí me di cuenta que ya está muerto y dibujo una cruz encima. Luego, mi rabia empieza a apuñalar salvajemente el tronco sobre el que estoy sentado mientras las lágrimas corren por mi rostro. Cuando me detengo, ha empezado a llover. Es como una señal: “Lo importante no es llegar, lo importante es el camino”, dice Fito en mis oídos.
(La tumba de mi abuelo, poco después de la lluvia)
Esta es la canción que escuché todo el camino, mientras me picaban los mosquitos y una cantidad enorme de bichos que no sabía que existían. Casi, casi, un himno para aquellos que buscamos.
George of the Jungle
T�o George fue el primero que me ense�� el vicio de los videojuegos. Una de las contadas veces que he visto a mi padrino (guarapero, mujeriego y patadeperro) camin�bamos por la residencial San Felipe y yo me qued� viendo una de aquellas maquinitas �coin-op� con alg�n p�simo �shooter� que entonces me parec�a el mejor de los simuladores de vuelo.
El tipo enorme y fuerte, aunque delgado, me hizo entrar al local y, llegando en puntas de pie, pude jugar un rato. Luego vendr�an las �pocas de Street Fighter y sus secuelas, el reciente vicio de FIFA que disfruto junto a una cajetilla de cigarros algunas noches, cada vez m�s separadas una de la otra.
La �ltima vez que lo vi �l ten�a un corte longitudinal a lo largo del abdomen y otro, en forma de arco que nac�a en un costado del est�mago, pasaba por debajo de su caja tor�cica siguiendo el diafragma y continuaba hasta terminar en el lado opuesto. Pesaba 45 kilos y luego de una complicada operaci�n en el hospital Mar�a Auxiliadora, hab�a sobrevivido de milagro al c�ncer. Tiempo despu�s de enter� que dijo lo siguiente:
�El doctor me orden� que no coma helados. Yo pens� que era por lo fr�o, pero las chelas heladas pasan nom�s�
Desde entonces no toma l�cteos, lo han operado dos veces m�s (una del est�mago y otra por un �lifting� que acentu� su vanidad) y yo he aprendido a querer a mi padrino por ese cari�o demente que le tengo a la gente libre. Sin embargo, su libertad (Aqu� viene el momento en que alguien me dir� que no la confunda con libertinaje, pero es mi t�o y prefiero pensarlo libre) lo ha llevado a caminos extremos.
Jorge, el que solo fuma cuando bebe o cuando viaja a Cusco para ver a Cienciano, dej� a su esposa en Quillabamba y se fue a Maranura, una ciudad vecina, donde le puso a su amante una tienda. Si la de mi t�a Berna (horrorosa forma de nombrar a una mujer que se llama Sabina) tiene afuera un r�tulo que dice �Mi Bodeguita�, la de la otra se llamaba �Su Bodeguita�. Luego, cuando los males lo aquejaron, dej� a su amante y regres� a su ciudad, y a su casa, pero en una habitaci�n a treinta metros de la de su esposa.
George, de cari�o, es el hijo mayor de mi abuelo. Dice Sabina Flores, su esposa, que ambos �son igualitos de pinta y de car�cter�. Aunque ignoro si mi abuelo enga�� a mi abuela, lo sospecho. El d�a que llegu�, mi t�o George entr� al cuarto que me hab�an cedido. A pesar que hab�a llegado tres horas antes y que lo busqu� por toda esa ciudad chica no lo encontr� pues se hab�a pasado el d�a dando vueltas en el mismo auto que hace poco choc� y que le vali� una pelea con dos mototaxistas. Usa lentes oscuros, para que no se le vean los moretones.
�Yo viv�a en Canto Grande, por Acho �me dijo cuando finalmente pude hablar con �l.
��Tu has vivido en Lima?
�Claro. Yo era muy andariego, conozco Lima, Huaral, Huacho, Paramonga, Huarmey, Supe. Todo eso.
��Y qu� hac�as ah�?
�Trabajando en lo que sea. Trabaje en el Ministerio de Salud. Era matarrata.
��Mararrata?
�Fumigador, pues. Al Banco de la Naci�n entr� como cadenero, esos que cuidan las puertas, y ascend� hasta apoderado (N. de R: Eso s� no tengo idea qu� cosa sea). Trabaj� 39 a�os y 9 meses, ya despu�s de mis aventuras.
��Y c�mo te mandaste a mudar?
�No aguantaba, mi viejo era jodido. Me pegaba. Una vez hab�a un mulo grandazo, tendr�a yo 13 a�os. Hab�a un saco que pesaba un quintal, o sea unos cincuenta kilos, y quer�a que lo suba. Lo empuj� de m�s, se cay� al otro lado y me meti� una patada. As� era �l, hasta que no aguant� m�s y agarr� un cami�n. Me aloj� en San Cosme, en el cerro El Pino, en Bre�a. Ah� chambeaba de jalapitas, en un ascensor. No me gust� y me fui a Puente Piedra. Ten�a 17 a�os cuando me fui de la casa.
Esa conversaci�n la registr� con una grabadora encendida subrepticiamente y dur� apenas media hora. Yo vest�a los mismos jeans rotos con los que llegu� a Quillabamba y que no me cambi� hasta que lleg� el momento de regresar a Cusco. Al d�a siguiente me llev� a una hacienda llamada Potrero, donde mi abuelo trabaj� como capataz mucho tiempo despu�s de vender sus tierras en Santos Aires. Me dijo, ese d�a, que extra�aba a su viejo, mientras yo jugaba con la escopeta que usa Jorge cuando va al monte, de cacer�a.
�Yo tambi�n�, le dije. No hablamos m�s. Al d�a siguiente, a las cinco de la ma�ana, tom� una combi asesina que llevar�a mi rabia a su siguiente destino, con la convicci�n de que cuando uno busca encuentra muchas cosas. Incluso aquellas que no quiere saber. A pesar de todo, quiero mucho a George of the Jungle y a mi abuelo. Total, las andanzas de mi t�o Jorge las conoc� desde ni�o y no han cambiado la opini�n que tengo de �l, as� que con mi abuelo pasa lo mismo. Todav�a recuerdo a Jorge Pilares sonriendo, cuando pas� al segundo nivel de aquel videojuego viejo.
Reci�n me he dado cuenta que escribir me pone triste, que quiz�s he descubierto, como dir�a ;el buen Pedrito, que las fiestas de fin de a�o hacen que uno recuerde a los que no est�n. Acaban de pasar y he recordado, de pronto, aquel vaticinio tan lleno de honestidad que hiciera el t�o George cuando me fui de Quillabamba.
��Cu�ndo te voy a volver a ver?
�Ya no me vas a ver de nuevo. Ya me estoy jugando los descuentos.

T�o George y yo (aunque te juegues los descuentos).
Dead Man Riding
He llegado a Quillabamba. Mi salida de Cusco se pospuso tres d�as por un derrumbe en la carretera. A�n as� he decidido subir a un bus maldito y no al carruaje destartalado al que sub�a una noble mujer de ojos alegremente tristes, porque no quiero distracciones para esta peregrinaci�n.
Una frase que encontr� en Internet me dijo, d�as antes de tomar un bus, que la muerte es una peregrinaci�n incierta. Esta lo es de todas maneras porque desde que llegu� al terminal de Punqui �en Cusco todav�a� el sol acababa de salir y el mercado circundante despertaba junto a los ladrones y a un hombre ebrio al que el sol le daba en la cara. Al ver el brazo con el que se cubr�a, me fij� en uno de esos tatuajes que solo se hacen en las c�rceles como Quencoro, un penal que hace diez a�os quedaba en las afueras de la ciudad y que hoy queda en medio de su casco urbano.
Reci�n ahora me doy cuenta que este terminal queda en la misma avenida que el cementerio donde est� enterrado mi abuelo, el mismo cuya historia he venido a contar. �Todo debe estar relacionado�, pienso ahora mientras me cago de risa, no s� si de miedo o de una inesperada tranquilidad.
Al comprar mi pasaje me pregunt� si tendr�a que caminar para hacer trasbordo por los derrumbes, si tendr�a que pernoctar en alg�n lugar de la carretera o si me iban a abandonar en el camino y me ver�a obligado a caminar por alg�n lugar inh�spito. �Ha llamado un pasajero, dice que ha hecho trasbordo y que el carro lo ha dejado�, dijo minutos antes de mi partida la chica que vend�a los boletos. Pensando en eso �ltimo fue que me obligu� a llevar mi bolsa de dormir, con la esperanza de no abrirla nunca.
El autob�s al que subo tiene tantos kil�metros recorridos por el Valle Sagrado que lo �nico que parece estar en su sitio es el nombre de la empresa. �Ampay�, en quechua significa bostezar, pero en el Per� esa palabra la us�bamos los ni�os que jug�bamos a las escondidas cuando nos tocaba la mala fortuna de ser aquel que buscaba al resto. Todav�a me pregunto qu� voy a encontrar mientras cierro los ojos y trato de descansar un rato.
El bus maldito me ha dado un susto al poco tiempo de despertarme. Estaba parado, no hab�a posibilidades de avanzar hasta que alg�n buen obrero nos diga que ten�amos la v�a libre. Cuando veo por la ventana solo hay niebla y un barranco hacia el lado izquierdo. Una mujer con el rostro m�s arrugado que mi pantal�n, ha empezado a orar el Salmo 23, aquel que empieza con �El Se�or es mi pastor� y que siempre he o�do en los velorios que aborrezco porque detesto las despedidas. Yo me puse a rezar con ella, sin que lo supiera, porque sab�a que en este viaje algo de mi iba a irse. En ese momento, vi el acantilado demasiado cerca, y avanzamos.
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Episodio I: La amenaza fantasma
Nuca me gustaron los cementerios. Vengo, casi, obligado por esa est�pida misi�n de saber qui�n soy, de donde vengo y a d�nde voy. Me he disforzado tanto que casi hasta podr�a cantar esa canci�n la, si supiera la letra. Estoy extra�amente excitado mientras busco dos nichos peque�os, uno al lado de otro, ah� donde han sido mudados aquellos cuyos cuerpos fueron cremados.
***
�Ni se te ocurra enterrarme en la misma tumba que tu padre �le dijo mi abuela a mi t�a Elva, veinte a�os antes, quiz�s m�s.
Mi t�a Elva me lo hab�a contado un par de d�as atr�s durante el almuerzo. Ella es la �nica soltera de los ocho hermanos (Solterona, corrijo) y vive en la misma casa que comparti� con mi abuela hasta que esta falleci�. Un d�a, cercano a 1960 mis abuelos se separaron y se repartieron los hijos. Jorge y Rebeca �los mayores� se fueron solos. El resto, con Mar�a Nelly Casas Alarc�n. El abuelo, se qued� solo.
��Por qu� se separaron?
�Nadie sabe. Nunca se pelearon delante de nosotros.
***
El cementerio de la Almudena es uno de esos camposantos antiguos que quedan en barrios igual de viejos. El barrio se llama Santiago, y la Almudena est� en la misma avenida en la que mi padre jugaba en su adolescencia, cuando ya hab�a dejado Quillabamba y mucho despu�s de salir de un lugar perdido en la selva llamado Santos Aires.
Ah� est�n las cenizas del abuelo. A menos de cien metros de la entrada y a cinco cent�metros del suelo. Cerca de una iglesia vieja y a la entrada de un antiguo camposanto donde, hasta hace algunos a�os, dorm�an los restos de los hijos ilustres del Cusco colonial. Mi abuela est� a su lado. Cuando ambos murieron, sus restos ocupaban nichos distintos. Luego decidieron cremarlos y mi t�a Elva los ubic� juntos, pero no revueltos.
En contra de la usanza cusque�a, que ubica a las parejas cremadas en un mismo hoyo en la pared, a ellos los colocaron uno al lado del otro. Presumo que mi t�a tuvo a bien seguir fielmente las indicaciones de su madre y sacarle la vuelta a la situaci�n. Mientras tanto, yo he confundido el nicho con otro donde el nombre se lee a medias por la cantidad de flores e, incluso, he tratado de abrir aquel recinto equivocado con una llave peque�a. Le ofrezco un clavel a aquel difunto cuyo sue�o he interrumpido y encuentro, gracias a Juanjo (el primo-gru�a que me acompa�a pese a que odia los cementerios tanto como yo), el lugar correcto. Jos� �ngel Pilares Campana muri� un tres de febrero de 1982. A veces es la muerte el lugar por donde se empieza a buscar.

Preludio (o la novia de Wolfgang)
Se casa en diciembre. Me lo cont� con el rubor en las mejillas de alguien que llama a ese acto "un error". Tiene 19. Se sienta a mi lado durante poco m�s de seis horas y me coquetea descaradamente para luego hacerse la ofendida cuando la beso, despu�s de la cena en un bus que camina a paso de locomotora desde Lima hasta Cusco.
No dir� su nombre completo porque uno no puede andar publicando esos datos. Su futuro esposo, el alem�n, tiene suficiente con no saberse cornudo y yo me siento como si hubiera roto el pacto m�s importante del mundo al no haber sido capaz de cumplir con eso de la solidaridad de g�nero. Sin embargo, su frase �extra�da de toda una infancia viendo telenovelas� todav�a retumba en mis o�dos.
� �Por qu� me besaste?
Villegas (o el hermano Miguel), me dijo una vez algo que me doli�, entre las muchas cosas dolorosas que me ha dicho: �Un hombre puede tener mil relaciones y morir enamorado de la misma mujer. En cambio, cuando una mujer busca a otro hombre, es que ha olvidado al que lo precedi�. Nunca m�s equivocado. Milagros me demostr� que a�n una mujer puede estar enamorada de otro y hacerse la ofendida cuando uno la besa. �O es que de verdad cree haberse equivocado con el gringo?
Cuando me deja, abandono ese estado raro de qui�n no sabe c�mo comportarse. Es m�s f�cil andar sin compa��a en esas circunstancias. M�s a�n en las que me obligan a tomar un bus que en poco menos de 20 horas llega a una ciudad lluviosa que amo y en la que un taxista, Jorge, me recibe a bordo de un Tico adornado con una multitud de im�genes del Se�or de Huanca y del Taytacho de los Temblores.
Antes de hacerle cambiar cincuenta soles para pagarle una carrera que cuesta tres, dispara: ��C�mo est� Lima? �A qu� viene?�. No se si de dio cuenta por la pinta de n�ufrago, por los jeans viejos, o la mochila enorme sobre la que se alza un sleeping bag. "Puta madre �pienso� yo que no quer�a parecer lime�o". Felizmente, no lo soy.
� He venido a buscar a mi abuelo �le dije a Jorge, sin contarle que �l muri� hace veintis�is a�os.
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Telemaqu�a (o el regreso a uno mismo)
El título de este post me lo dio Luna Longwood, hace casi un año, cuando le conté mi plan. Ella me dijo que todo hombre, en algún momento, deseaba regresar a la figura paterna ausente, como el buen Telémaco en la Odisea. Hoy es mi día. Y no hay planes.
El único plan que tengo es llegar a Cusco. Después ir donde los tíos y embarcarme hacia una hacienda perdida en la selva de la que solo quedan casuchas viejas. Se llama Santos Aires y ahí vivió el abuelo. Nunca lo conocí. De él solo sé que murió un año antes de que yo naciera y que se llamaba Ángel, como yo.
Fuguet citó alguna vez a Alejandro Jodorowsky. En su libro La Danza de la Realidad, Jodorowsky dice: “Con los años comprendí que el nombre y el apellido encierran programas mentales que son como semillas. De ellos pueden surgir árboles frutales o plantas venenosas. En el Árbol genealógico los nombres repetidos son vehículos de dramas. Es peligroso nacer después de un hermano muerto y recibir el nombre de un desaparecido. Eso nos condena a ser el otro, nunca nosotros mismos”.
Con el abuelo sucede lo mismo. Nunca lo conocí y, aunque nadie espera que yo sea como él, he querido siempre aprender lo que él alguna vez supo: disparar una carabina, o curar una fractura con cañas y savia de un árbol. Sin embargo, soy citadino. Nací en Arequipa, la tercera ciudad más grande del Perú y luego me moví a una urbe convulsionada como Chiclayo, en el norte. Luego llegué a Lima en la época en que Alan García (quien por estos días anda repitiendo mandato) convirtió a los peruanos en millonarios a los que un ajo de billetes no les alcanzaba para comprar un pan.
Pero regreso al abuelo. O al menos ahí siempre quise volver, aunque la gente no entiende mis motivos y yo no sé explicarlos. No me interesa llegar a un lugar lleno de casuchas viejas, sino descubrir a quien vivía ahí. El plan, repito, es que no hay uno. Solo sé que debo regresar el 26 a Lima, para trabajar nuevamente y que, entre mis reglas, solo figuran no beber, preguntar mucho y fumar solo lo necesario.
En mi equipaje solo llevo el mp3 con el soundtrack de mi vida y mi cámara, dos libros de referencia y un reportaje de Tom Wolfe que compré en Buenos Aires, una libreta para tomar notas y una grabadora de audio, poco dinero y una navaja que mi abuelo usó. Papá la ha guardado celosamente desde que falleció. Al igual que mi padre, aquella navaja no ha podido regresar jamás a Santos Aires.
Dicen que todo viaje es una pequeña muerte. Cuando uno deja su casa, la vida continúa para aquellos que abandonó, o que lo dejaron. Yo lo sé y este viaje es una manera de terminar de dejar atrás cosas que siguen doliendo (aunque cada vez meno). Por mi parte, el asunto es aprender a descubrirme a través de aquel que llevó mi nombre. Solo así podré entenderlo a él, a mi padre, a mi, y a las generaciones que me sigan.
Historias del d�a de brujas
El padre Dubois dice que todas las mujeres son, en realidad, brujas. Y que todas las brujas son el diablo. Desde su p�lpito colige que todas las mujeres son �sin saberlo� el demonio, que toma diferentes formas para que los hombres tengan, al menos, un pecado capital en su vida.
El turco Ahmed, cuentan en el barrio, fue seducido por una mujer misteriosa que lo hizo desaparecer de la casa que luego ocup� Tupa Ginares, el yorugua del tambor piano, mucho antes que el �rabe Akram y sus hijos llegaran en el barco. Omar, el hijo del �rabe, recogi� de las historias que se cuentan durante las partidas de dados en la trastienda de su padre, una lista de aquellas mujeres que el turco Ahmed no hab�a podido olvidar y se dio cuenta que el desaparecido podr�a ser el �nico hombre del mundo que ha sido seducido por siete brujas y siete pecados distintos.
La lista elaborada por Omar el �rabe compromet�a a las siguientes mujeres y los pecados, listados en este orden: Gula, avaricia, envidia, ira, pereza, soberbia y lujuria.
F�tima. Gitana. Caderas anchas y busto generoso. �l la ve�a a diario caminar por la vereda de enfrente. Una noche decidi� cruzarse con ella y la invit� a comer, haci�ndole prometer que solo se ir�a cuando acabara la cena. Ahmed comi� toda la noche esperando convencerla de quedarse con �l hasta que se le acab� el pan para los kebabs. Cuando fue a comprarlo se escuchaba un tango, ella desapareci� siguiendo la m�sica.
Monique. Francesa. Delgada y de cabello azabache. Cuando Ahmed la conoci� ella bailaba en la feria que una vez al a�o se montaba en octubre y solo se deten�a para contar las pocas monedas que le daban los parroquianos. Ahmed arroj� su �ltimo centavo antes de que ella regresara a la mansi�n que ten�a en las afueras de la ciudad.
La reina de Saba. Prostituta. Sus dotes no est�n en discusi�n para nadie en el barrio. Su nombre verdadero nadie lo sabe. Ella se enamor� perdidamente del turco luego de haber conocido a varias de las mujeres con las que �l se hab�a acostado. Se mat� cuando se dio cuenta que no pod�a tenerlo.
Sabina. Brasile�a de ojos grises. �l la saludaba todos los d�as y dibujaba una flor sobre la marca de su aliento en el vidrio para quitar el laconismo de su mirada. El idilio dur� tres d�as, hasta que se besaron a trav�s del cristal de la casa de cambio que ella regentaba. Cuando �l se despidi�, con la promesa de regresar al d�a siguiente, ella lanz� una banca contra la ventana e incendi� el edificio. Dicen los que estuvieron ah� que nunca hab�an visto tanto fuego en los ojos de una mujer. No se ha vuelto a saber de ella, aunque algunos cuentan que en el barrio alto hay una dama que golpea demasiado fuerte.
Paula. Paraguaya. En el �nico viaje que hizo el turco Ahmed desde que lleg�, ella lo sedujo. Cuando �l se acercaba, ella se alejaba. Cuando se aburri�, lo dej� en medio de una pista de baile, completamente enamorado. No hay mayores cr�nicas al respecto, pues al d�a siguiente el turco fue asaltado y le robaron, junto al poco dinero que le quedaba, sus recuerdos de la noche anterior. Tuvo que regresar a casa luego de trabajar dos meses en un restaurante de mala muerte.
Luc�a. Chilena. Un d�a, luego de muchos a�os de enviar y recibir misivas, el turco Ahmed recibi� una que ten�a escrita una sola l�nea. �Querido Ahmed, lo amo. Luc�a�. El turco, en ese tiempo joven, alist� las maletas, listo para viajar a la direcci�n del remitente. En el mismo barco que iba a abordar, llegaba otra carta: �Estimado Ahmed: Tengo novio. Usted deber�a tener novia. No puedo obligarlo a seguirme hasta ac� y usted no puede obligarme a llevar una vida diferente a la que acostumbro�. Ahmed llor� y no recibi� m�s cartas pese a que todos los d�as bajaba al puerto para ver si uno de los miles de sobres que hab�a enviado llegaba a su destino. A ella, por obvias razones, nadie le vio nunca el rostro. Incluso hay quienes piensan que fue solo un producto de la imaginaci�n del turco. Ahmed tambi�n.
Inmaculada. Argentina. Nunca se oy� tanto ruido en la casa como cuando vivieron juntos, hasta que apareci� el yorugua tocando un candomb� con su tambor piano, varios a�os despu�s. Ella, que hab�a permanecido siempre virgen, le gritaba al turco toda la noche hasta que �l ca�a rendido en el intento de desflorarla. Una vez, luego de haber bebido whisky con unos irlandeses reci�n llegados, Ahmed confes� nunca haberla tocado, hasta el d�a en que ella muri� repentinamente.
Dicen que despu�s de �sta �ltima, el turco Ahmed conoci� a la suma de todas ellas y desapareci�. Aquella mujer de busto generoso, que bailaba demencialmente y hac�a el amor como si la noche se acabara a la hora siguiente, ten�a los ojos grises y lo despreciaba antes de decirle que lo quer�a. Era el diablo en persona.
La mujer de tus sue�os tiene el cuerpo de un Ferrari
�Qu� le puede dar a un hombre m�s placer que una mujer? Un aspirante a periodista busca a la mujer perfecta -o parte de ella- a sabiendas que no la va a encontrar, o que no tiene el dinero para comprarla.

En Jap�n, donde uno s�lo imagina hombres peque�os y fr�os que calman sus inquietudes sexuales con actos masturbatorios al borde de su Palm, un ingeniero de 45 a�os vive una historia de amor con cerca de treinta Love Dolls, una versi�n sofisticada y mucho m�s cara que las modestas mu�ecas inflables que adornan la vidriera de Sex Juguetes, una de las tiendas sexuales con m�s sucursales en todo el Per�.
El japon�s se llama Ta Bo. Su nombre difiere por una letra de un arte marcial que algunos sexoadictos me han contado, les ayuda a sobreponerse a la guerra de sus impulsos y a pasar el d�a sin esperar la recompensa de una mujer al final, pero Bo es un pacifista frustrado que bautiza con nombres cari�osos a las mujeres sint�ticas que lo acompa�an a ver TV: "Las chicas de carne y hueso pueden llegar a pelear con uno. Ellas est�n de acuerdo conmigo siempre", dice, y por ello ha gastado en su harem lo mismo que cuesta un Ferrari F430 del 2008, que acelera de 0 a 100 kil�metros por hora en cuatro segundos, s�lo para no escuchar su voz.
El Ferrari de las mu�ecas inflables a la venta en Per� no tiene nombre. Duerme un mes antes de navidad en una caja de treinta cent�metros de altura donde una mujer de medidas superlativas en lencer�a roja garantiza un "incesante d�a o noche de placer entregado justo en su puerta". He venido a verla. He descubierto que es la �ltima de un lote de veinte se�oritas importadas de Estados Unidos y que una -mejor dicho, varias- noches de placer con ella vale 600 soles, cien m�s que el sueldo m�nimo vital decretado por el gobierno, pero en la foto al costado de la caja parece m�s uno de esos juguetes que usan los ni�os para no hundirse en las piscinas.
Su hermana menor es a�n m�s modesta. Cuesta la mitad y se llama Pamela. Promete "carne suave como la piel, un busto joven y maduro, muslos y piernas curvil�neas, cabello largo y sedoso, labios amorosos" y dem�s invitaciones que har�an salivar al Marqu�s de Sade. Cuando uno entra a una sex shop tiene la impresi�n de que va a entrar al segundo c�rculo del Infierno de Dante donde los lujuriosos son arrollados por un torbellino que flagela implacablemente sus cuerpos.
Para descender al infierno uno sube dos tramos de escaleras. El primero de los diecisiete locales que Sex Juguetes tiene en todo el Per� est� ubicado en la segunda planta de una casona con pisos de madera en pleno Jir�n de la Uni�n, un paseo comercial que une la Plaza San Mart�n con Palacio de Gobierno, en el centro de la ciudad de Lima. Uno asciende al infierno convencido por volantes del tama�o de un billete que ofertan pastillas y cremas que aumentan el tama�o del miembro viril y la potencia sexual, junto a una multitud de artefactos indescifrables.
En la tienda no hay mu�ecas a la vista. Apenas las cajas en las que descansa su placer. Tampoco un Max California personificado por Joaqu�n Phoenix, con cabello azul y que lea a Truman Capote bajo el forro de una novela er�tica. Max California es el �ltimo dependiente de una sex shop que vi en el cine. En la pel�cula 8mm guiaba a un detective privado interpretado por Nicholas Cage en su cacer�a del snuff, un mito urbano del porno duro en el que el acto sexual culmina con un homicidio real filmado en celuloide.
Los vendedores de una sex shop no son enciclopedistas del sexo. Tampoco pervertidos. Comercian con la misma minuciosidad con la que un vendedor de autos vende un auto de lujo pero nunca han conocido el placer que puede dar una de esas mujeres de mentira y jam�s utilizar�n alguno de los artilugios que ofertan. Mucho menos con sus esposas. Mi gu�a no se llama Virgilio, sino Henry, un hombre que me ha dicho que nunca le llevar�a un consolador a su novia y que apenas saco la c�mara, para fotografiar a ese Ferrari sin nombre, saca el cuerpo. Un vendedor en la sucursal de Miraflores, una zona residencial de Lima, me dijo que su familia sabe en qu� trabaja: "En papeler�a".
Se llama Sandro, y mientras conversamos un hombre alto entra al cub�culo que funge de tienda, en una galer�a cercana a la municipalidad, en el que conversamos. El arete en su l�bulo izquierdo dice que es heterosexual y el tatuaje en el hombro no es el de un cr�neo con dos tibias cruzadas, pero le da una apariencia ruda. El prejuicio lime�o indica que un pendiente en la otra oreja corresponde a los homosexuales. Da vueltas un rato hasta que pregunta por un vibrador de 180 soles, pide rebaja y luego pide que se lo envuelvan en papel de regalo.
- �Para la novia? -le pregunto.
- Ahhh... -es su manera de asentir.
No se lo digo a Sandro, pero su mirada me confirma mi sospecha: Esa noche no ser�a su novia, ni ninguna mujer, quien lo use. Alexandra Rampolla, la puertorrique�a gur� del sexo que hace poco pas� por Lima inaugurando dealcoba.com, una sex shop virtual, dice que es muy dif�cil que "un hombre latino, con una cultura machista donde el culo no se toca" admita la fantas�a del sexo contranatura, mucho menos si se trata de autosatisfacci�n, pero tambi�n dice que la masturbaci�n "es la relaci�n sexual m�s importante que t� puedes tener en toda tu vida porque la tienes contigo. Porque darte ese autoplacer es conocerte, es integrarte contigo mismo". El hombre del arete puede ser heterosexual, pero conoce su cuerpo como la palma de su mano.
Tambi�n hay los que quieren que su pareja disfrute: "Los hombres homosexuales son los que tienen m�s problemas para comprar. Los 'normales' son m�s desvergonzados. Una vez vino un cliente que me pidi� algo para que el miembro se le achique", me dice Henry California. El hombre peque�o y fr�o se llev� un vibrador de diecis�is cent�metros, de tama�o normal. Dijo que era para su novia, que podr�a por fin ser feliz. Las dos horas que estuve en cada local, no hubo un solo hombre que se acerque para preguntar por un Ferrari, pero la variedad de productos para el disfrute sexual me dice que todos tienen su propio vicio.
"Diga su vicio y yo digo el precio", dec�a Max California. En una tienda sexual hay precios para todos los bolsillos necesitados de placer que no desean acudir a una mujer de alquiler. Y si uno no quiere comprar una mujer completa, puede tenerla por partes: Moldes hechos de silicona con la forma de los labios de una mujer cuestan alrededor de 300 nuevos soles, casi lo mismo que otras con la apariencia de los �rganos genitales de una dama sin rostro. Un par de gl�teos hechos de silic�n cuestan incluso m�s que una dama completa: 800 soles. Todos tienen un aditamento que les permite vibrar. Las bater�as est�n incluidas, pero nada se compara a ese Ferrari con apariencia de flotador. A�n as�, cuando tiento un orificio en su caja, la textura de su piel es fr�a y h�meda como los labios de una mujer que no te ama. Yo hasta la miro con ternura, pero Virgilio la ve como una mercanc�a.
A los hombres les gusta jugar con mu�ecas. Dice Henry California, con el su mirada papel moneda, que es porque hay quien no puede satisfacer a una mujer. La Rampolla asegura que la infidelidad sucede por muchas cosas que no tienen nada que ver con sexo. "Muy a menudo tiene que ver con que las personas no se sienten bien atendidas emocionalmente". Le creo tanto a ella como a Henry California. La mayor�a de los clientes que compran productos para sus mujeres reales, o mu�ecas para ellos, son hombres mayores de cuarenta a�os. Un estudio reciente de la Asociaci�n Mundial de la Salud Sexual se�ala que alrededor de un mill�n de peruanos mayores de 40 a�os padece disfunci�n er�ctil, por lo que comprar un vibrador para su esposa o un artefacto para su propio disfrute sexual debe ser como una traves�a a la juventud.
Las primeras mu�ecas inflables no ten�an aire dentro y se les llamaba "damas de viaje". Estaban hechas de trapos y las usaban los marinos para aplacar la soledad. La leyenda dice que Adolf Hitler mand� a fabricar miles de mu�ecas inflables de belleza aria y l�tex para sus tropas. Las love dolls de estos tiempos son fruto del trabajo de un artesano japon�s graduado en la Facultad de Arte de la Universidad de Tokio, que tarda cuatro d�as de trabajo continuo en crear mu�ecas cuyo cuerpo est� integrado por un esqueleto mec�nico articulado y gozan de la capacidad de poder intercambiar sus cabezas para tener varias mujeres diferentes. El sue�o de las treinta mu�ecas de Ta Bo hecho realidad en una sola y tenerlas cuesta alrededor de los 29 mil soles seg�n la p�gina web de la empresa francesa Doll Story, lo mismo que un trabajador de rango medio gana anualmente en el Per�.
El artesano se apellida Atsumi, y mientras hace moldes de arcilla para sus creaciones se las imagina tomando vida, habl�ndole coquetamente. Su filosof�a de trabajo es tan oriental como el Kamasutra: "La veo pasar su mano por sus cabellos, imagino lo que ha comido anoche, donde sali�, con que ropa durmi�... Le pongo mucho amor antes que nada y respeto a esta historia que me creo, y luego, la fabrico como un sue�o. Y es este sue�o que me invade mientras trabajo en ella".
Las mujeres artificiales de Atsumi no jadean, ni su ritmo cardiaco aumenta junto a su temperatura corporal mientras hacen el amor como las que fabrica Michael Arriman, un mec�nico aeron�utico de N�remberg que dedic� su vida a crear a la mujer artificial m�s real de la historia. Tampoco tienen la apariencia de Jessica Love-Hewitt, Tori Spelling, Lindsay Lohan, Eva M�ndez, Jessica Alba o su estrella de cine favorita, que es lo que oferta Pipedream Products, una de las tiendas sexuales m�s grandes del internet.
Tambi�n hay otras con cuerpo de transexuales, gordas y ancianas. Mis gustos no son lo suficientemente extravagantes para ello, ni para tomarme el tiempo conectar a un inflador esa bolsa hecha de l�tex con la textura de los labios h�medos de una mujer que descansa en una caja, ni para bombear hasta darme cuenta que estoy muy cansado para hacerle el amor pensando que tiene nombre y su cabello artificial es un c�mulo de rizos hidratados. He buscado y no he podido encontrar una mujer de mentira que me deje tranquilo sin discusiones, como le sucede a Ta Bo. Prefiero aquellas fruncen el ce�o y luego te abrazan. Sin embargo una extra�a intranquilidad recorre mi cuerpo cuando bajo las escaleras del segundo c�rculo del infierno con las manos vac�as. Me viene a la mente una frase de Max California: "Peque�o, si bailas con el diablo el diablo no cambiar�, �l te cambiar� a ti".

Dos p�jaros, un tiro. El concierto de los que sobran
A las 9 en punto de la noche del 21 de diciembre, Joaqu�n y Joan Manuel bajaron unas escaleras. Se burlaron uno del otro y me hicieron llorar encima de otras escaleras que el sue�o de todo fan�tico hubiera querido que bajen ellos mientras cantaban, tal como lo hac�an a cincuenta metros de mi. De mi y de todos.
Las escaleras son el camino al cielo. En la Biblia, Jacob tiene una visi�n en la que sosten�a una escalera que llegaba hasta el cielo. Desde la cima de la escalera, escuch� la voz de Dios, que repet�a muchas bendiciones hacia �l. Cuando yo sub� una escalera, escuch� una bendici�n de Joaqu�n y Joan Manuel que no recuerdo.
Promet� ir a ese concierto como he prometido ir al de Soda Stereo, pero no pod�a pagar los 118 soles que cuesta la entrada m�s barata, de la que s�lo quedaba la �ltima fila dos d�as antes del evento. En su lugar, hice lo de Jacob y tom� una escalera. La del puente peatonal del Jockey Club. Pero no era el �nico.
Cuando llegu�, hac�an veinte minutos que hab�a empezado Dos P�jaros de un Tiro, la gira mundial de Sabina y Serrat, o viceversa, que no es lo mismo ni es igual. Veinte minutos de concierto ya me dec�an que hab�a veinte personas en el puente peatonal. Lo m�s ir�nico es que los despose�dos escuchan el concierto justo al frente de donde ingresan aquellos que poseen una entrada Platinum que costaba 495 soles con 50 centavos.
Hab�an veinte personas tomando y fumando mientras trataban de oir cada canci�n. Ya lo dije, pero lo repito con la misma insolencia con la que Sabina tom� una foto antes de decirle a su compadre que "los catalanes han inventado el amor por no tener que pagar por tirar". Yo no pod�a verlo, creo que ni siquiera lo escuch�. S� que lo dijo y lo imagino como imaginaba, al igual que todos los que est�bamos en esa escalera que se necesita para subir al cielo, por t� ser�, por t� ser�.
"�Chela, chela? �Causa, quieres chela?" era un susurro que recorr�a la escalerita esta que me andaba llevando hasta el cielo. Quique y yo compramos una a cuatro soles, pidiendo rebaja. Si una escalera te lleva al para�so, el s�lo hablar de dinero te regresa de un jal�n a la tierra mientras Joaqu�n alterna con Serrat eso de que "Tu nombre me sabe a hierba / De la que nace en el valle / A golpes de sol y de agua / Tu nombre me lleva atado / En un pliege de tu talle / Y en el bies de tu enagua / Porque te quiero a ti, porque te quiero / Aunque est�s lejos yo te siento a flor de piel". Bis, bis, bis.
Una hora despu�s hab�a o�do Princesa, mucho antes que Serrat le respondiera a Sabina que catalu�a ha aportado a la historia de la humanidad, cosas de tanta importancia como Ronaldinho, Leonel Messi y el consolador. Me dieron las diez, pero no me dieron nunca las once. A las 10:20 hab�an cincuenta hombres y mujeres queriendo tener un o�do de t�sico insuperable. Cuando hab�a invertido un cigarro en gilearme a un p�simo prospecto y a Quique su prospecto se le hab�a escapado (o mejor dicho, la mand� a volar), cuando la conversa con Zelez y Vlad (que no conversaba, s�lo a�oraba) se hab�a vuelto casi perfecta, se acab� la magia.
Todos esos que esper�bamos que alguna de las mil 130 entradas que se hab�an quedado sin vender llegaran a nuestras manos y estir�bamos los cuellos para poder ver la mitad de la cabeza de alguno de los dos p�jaros en una pantalla gigante tapada por un muro, fuimos expulsados de nuestra escalerita al cielo por una horda de hombres color verde polic�a. Ese color que uno aprendi� a odiar en la Venezuela de Ch�vez. Ellos, of course, se quedaron escuchando algo que sus cerebros no les permit�an entender, como no comprendieron la afrenta de Zeles, cuando nos �bamos, de subir la escalerita, caminar por el puente, escuchar un poquito, y bajar.
En mi bolsillo s�lo hab�an, adem�s de mis pasajes y una cajetilla de cigarros, nada. No iba a ir a La Noche a esperar el milagro de que Joaqu�n y Serrat aparezcan a tomarse una copa del Perinet de las bodegas que tiene Serrat. Al d�a siguiente, tempranito, ellos se iban con un mill�n de d�lares en el bolsillo. Al menos as� me dijeron. Pero cumpl� la promesa de ir a escuchar a dos p�jaros matarse de un tiro. La �nica que le cumpl�.
Es inhumano dispararle a un cad�ver
No conozco a do�a Alejandrina Camacho del Corral. Nunca le v� la cara. S�lo s� que se apellida igual que un amigo m�o y apenas pude ver la talla treinta y cinco de sus pies descalzos envueltos en pantymedias de nylon. Nunca conoc� su rostro. Pero imagino que tiene el cabello cano que corresponde a sus setenta y siete a�os. No s� si vive en Miraflores, si tiene familia, o si vive tan sola como cuando empez� a cruzar la avenida Diagonal, desde el parque Kennedy hacia el Cine Pac�fico. Conozco la direcci�n de su caminata, pero no hacia d�nde iba.
A la 1:30 p.m. del jueves 22 de noviembre, Alejandrina se cruz� conmigo. Cincuenta minutos antes, una coaster placa UQ-8905, conducida por Wilber Ch�vez Sandoval, la hab�a dejado tendida en el pavimento. Seg�n los testigos, su agon�a dur� dos minutos exactos. El chofer del veh�culo que la atropell�, aceler� sin ver a una anciana que cruzaba con pasos cortos y lentos porque intentaba ganarle pasajeros a otro que cubre la misma ruta todos los d�as. La ruta de esa unidad pasa por San Marcos, la misma universidad donde estudi�.
No est�bamos en San Marcos, en el l�mite de Cercado de Lima y el Callao. Est�bamos a poco m�s de nueve kil�metros de ah�, en pleno centro de Miraflores, el distrito lime�o que inici� siendo un balneario fuera de Lima y ahora es una zona residencial, dentro del casco urbano de la capital peruana, donde al d�a circulan m�s de ciento treinta l�neas de transporte p�blico. Cada una de las rutas debe tener al menos veinte unidades, lo que da un total de m�s de 2 mil 600 buses, coasters y combis recorriendo dicha jurisdicci�n las veinticuatro horas del d�a, en los estimados m�s modestos. Estoy en Miraflores, Wilber Ch�vez Sandoval acababa de atropellar a Alejandrina Camacho del Corral. Yo soy un bachiller en periodismo que espera conseguir su licenciatura y que se acaba de cruzar con el primer muerto de su vida.
"Un periodista es periodista las veinticuatro horas del d�a". Lo record� cuando caminaba por el medio de una avenida Diagonal en la que no pasaban autos. El tr�fico estaba cortado, seg�n yo, por la construcci�n de un estrado donde al d�a siguiente habr�a un festival por el D�a Mundial de la M�sica. Era la 1:30 p.m. cuando me cruc� con Alejandrina y mi c�mara empez� a trabajar. Casi al instante consegu� toda la informaci�n que pude y envi�, en mi d�a de descanso del diario deportivo donde trabajo, un despacho detallado a los periodistas de policiales que alimentan a los tres medios no deportivos de Epensa, la empresa period�stica donde trabajo.
No recuerdo cu�ntas fotos tom�. Recuerdo el vestido azul con vivos celestes, las pantymedias marrones. Tengo en mi cabeza el color rojo de la sangre y c�mo esta se sedimentaba dejando el plasma separado de los gl�bulos rojos. Recuerdo la adrenalina recorriendo mi sistema y c�mo nunca tuve remordimiento. En mi cabeza retumban las palabras de Jos� Ortiz (31), que sali� a comer en el momento del atropello y un cuarto de hora despu�s regres� diciendo que los efectivos de Serenazgo de la municipalidad no ayudaron a Alejandrina durante los quince minutos que dur� su agon�a. Yemerson Rengifo, un hombre de cuarenta y nueve a�os que se gana la vida lavando autos los desminti�. "Ahora la gente habla huevadas". Me tranquiliz�: Todos los cambistas de d�lares de esa calle me recuerdan que fue Yemerson quien vi� con sus propios ojos, cansados por el sol de mediod�a, el accidente completo.
El alcalde de Miraflores llega. Manuel Mas�as fue elegido luego que venciera en elecciones a su antecesor, Fernando Andrade. El argumento de campa�a de Andrade era la continuaci�n de la obra de su hermano Alberto: el ordenamiento de Miraflores y bastante seguridad ciudadana, matizado con obras cumbres como la remodelaci�n del puente Villena para quitarle el estigma del para�so de los suicidas. Nada con el tr�fico ni las combis. Mas�as aparece en medio de los quince sem�foros del cruce donde falleci� Alejandrina. Dice que tiene un proyecto para reducir el n�mero de combis. Una chica le pide que la silueta de Alejandrina sea marcada con pintura blanca para que haya un recuerdo. El dice que lo tomar� en cuenta. Yo sigo tomando fotos y sigo apuntando cada palabra.
A medio d�a no hay sombra. Lo recuerdo muy bien, pero no recuerdo cu�ntas fotos tom�. Recuerdo mucho aquella donde un polic�a descubre los pies de Alejandrina. En la espalda del chaleco del polic�a dice "Lima, ciudad segura". Es el sarcasmo andante. Es el mismo que minutos antes casi me bota porque pensaba que no era periodista y que de cuando en cuando descubre el cuerpo cuando las c�maras est�n estrat�gicamente colocadas. Recuerdo todo. Lo �nico que no recuerdo es aquella por la que no pude disparar: Ante la se�al de un camar�grafo de Am�rica TV, un polic�a le descubre el rostro. Yo estaba en mala posici�n y, si fuera un fot�grafo de policiales, deb�a correr unos diez metros para ubicarme y disparar. Prefer� caminar lento. Es inhumano dispararle a un cad�ver y es m�s inhumano a�n mirarle a los ojos mientras lo haces. No pude hacerlo. No conozco a Alejandrina y supongo que es un mecanismo de defensa no querer conocerla. Prefer� dejarle ese trabajo a un fot�grafo como Erick.
- �T� no eres de los que les descubre el rostro para tomar la foto? -le pregunt�. Erick cerr� sus ojos verdes y movi� la cabeza de lado a lado. Luego hizo un gesto de fastidio.
- Estoy tratando de que no salga la sangre.

Fumar

Un d�a intent� dejar de fumar. Fue una de esas locuras de amor que se hacen cada cierto tiempo: Ella no soportaba verme con un cigarro en la boca a pesar que me conoci� fumador y mucho menos aguantaba el sabor de un lucky light en mis besos. Un d�a de verano decid� que iba a dejar de escabullirme en las madrugadas para cruzar al grifo enfrente de mi casa a despertar a Erwin y pedirle una cajetilla de cigarros. Hasta que se acab� el amor.
Fumo desde que tengo 12 a�os. Mi primera pitada fue una calada profunda y sin golpear que le di a un Hamilton en la plaza principal de Caman�, una ciudad costera al sur del Per� donde pas� uno de los mejores veranos de mi vida. Una vez escrib� una columna en el diario donde trabajo, desde alg�n lugar de T�chira a mitad de camino entre M�rida y San Crist�bal, lo siguiente: "Fumaba en la universidad, en las amanecidas de estudio, fumo a la salida del cine, camino al trabajo, en el ba�o, e incluso una vez hice acrobacias para hacerlo mientras me duchaba". Era l�gico que no haya podido dejar de fumar aquella vez.
Lo cierto es que lo intent�. Con todas mis ganas. Hasta un d�a, con la excusa de escribir un cuento en el que recordaba mi primer fallo, fall�. Compr� un s�lo Montana, uno nada m�s. Son los cigarrillos m�s baratos que puedes encontrar en Per� que a�n conservan el sabor del tabaco. El resto de cigarros que s�lo afectan al pulm�n y no al bolsillo, saben a madera o pasto seco.
Inmediatamente despu�s corr� donde Erwin y fum� toda la noche con el sentimiento de culpa m�s grande del mundo. Cuando iba a verla fumaba un cigarro antes de subir al micro y ten�a la ventana abierta mientras masticaba cantidades industriales de Halls, Clorets y caramelitos de menta marca Ambrosoli. Nada m�s feo que negarse a uno mismo.
Desde entonces no he parado de fumar. Creo que a�n conservo la foto que me tomaron para el carnet universitario despu�s de ese verano sin nicotina. Me veo con cinco kilos m�s y con los cachetes inflados, casi igual de rechoncho que en la �poca en que era un ni�o gordo, enano y que caminaba como ping�ino. A�n camino como uno, pero estoy delgad�simo excepto por la panza que detesto. Lo bueno es que sigo siendo yo.
PS: No, el de la foto no soy yo.
Pap�s por siempre

Acabo de leer un post de
Renato acerca de esos d�as que a todas las mujeres deben venir y de los estragos que provoca el hecho de que esos d�as no lleguen, y empec� a recordar el d�a en que ese d�a no lleg�.
"No viene", me dijo. Ten�amos 16 y pas� 26 d�as consecutivos (incluyendo s�bados, domingos y fer�ados) yendo a ver a mi madre -la imagen de la virgen mar�a de la iglesia del parque Kennedy-, rog�ndole que ese d�a llegue y buscando trabajo en los clasificados del Comercio.
Por esos d�as, mam� (la que me pari�, no la Virgen) me mostr� ese horroroso documento sobre el aborto que les daban a las chicas del colegio donde trabaja como profesora, en el que un feto cuenta a mam� lo que le sucede desde el momento en que es concebido, hasta el momento en que someten a su madre a un aborto inducido. Imag�nense, no hab�a salido del colegio, ya pensaba en ser pap�, y me ponen eso al alcance de los ojos.
Por fin, un d�a antes de que ella se someta a la prueba de orina que decidir�a el d�a de mi muerte con un paternal balazo en la cabeza, lleg�. No pas� nada, felizmente, pero no entiendo hasta ahora c�mo una mujer puede sufrir un retraso de 26 d�as. A�n as� este post no es sobre mi, sino sobre aquellos amigos que no tuvieron mi suerte, pero s� el valor para vivir y ser felices con sus hijos y sus novias.
Un d�a recib� un email de C, el hermano que nunca tuve. Me pareci� raro porque �l no suele escribir y mucho menos enviar cadenas. Lo abr� y dec�a, en pocas palabras y con una emoci�n incontenible, que yo y los cinco amigos de su universidad a quienes iba dirigido el correo masivo �bamos a ser t�os. Tom� el tel�fono y apenas contest� le pregunt�, con la misma impactante franqueza con la que nos hemos tratado siempre, si deb�a felicitarlo o compadecerlo. Cuando sent� su tono de voz aliviado, lo felicit�, colgu� y luego grit� por toda la redacci�n que iba a tener un beb�. Eso fue mucho menos surrealista que cuando recib� una llamada de M, uno de mis mejores amigos del que s�lo criticaba sus ansias de ser irresponsable toda la vida.
- �D�nde est�s? -me dijo con una voz de velorio que s�lo pod�a interpretar como que acababa de pelearse con A-.
- Abajo de mi casa, en la cabina de internet. En un toque zafo a la Universidad, que tengo clases.
- Ven -replic� como esposa urgida-- Tengo clases -respond� sin ganas de ir a verlo-.
- Creo que met� la pata.
Bast� que M dijera esa frase para que le dijera que llegaba en cinco minutos. Sal�, tom� un taxi. Contrario a mi costumbre no le dije ni p�o al taxista porque s�lo pensaba en llegar a la esquina de Javier Prado donde hab�amos quedado en encontrarnos. Ah� estaba �l y la chica que en uno de esos breves breaks que dan lo novios, me hab�a gustado.
El tr�mite fue r�pido. Me dio el sobre que ya hab�an le�do y cuyo resultado no hab�an podido descifrar m�s all� del "felicidades, est�s embarazada" que les dijeron en la cl�nica. Quer�an que fuera yo quien les dijera que ella ten�a 6 semanas de embarazo. �Felicidades? Suena a cacha a veces. Tuve un arranque histri�nico y adopt� la postura firme y la cara seria mientras mis manos temblaban. "And the winner is..."
Hoy M y C viven felices con sus novias y los peque�os M y C. El primero aprendi� a crecer y el segundo a ser feliz viendo como su hijo aprende a hacer caquita por si mismo. Ambos tuvieron que aprender a cambiar pa�ales. Lo �nico es que yo hasta ahora no aprendo a ser t�o. Si no s� ser t�o, peor a�n ser�a si fuera padre.
La novia de mi mejor amigo (o la hermana, o la prima...)
Admito que he violado una regla inviolable m�s de una vez. Que me he enamorado (o algo parecido) de la novia de un amigo. Lo peor es que he tenido la desfachatez de dejar que ellos se enteren con los m�s variables resultados. Supongo que este post es una forma de catarsis que me permite reconciliame con ellos, ellas, y conmigo.
La primera vez se trat� de V, la novia de JC con quien no he vuelto a hablar con la misma intimidad de confidentes que ten�amos en quinto de media. El me contaba los mil problemas que ten�a con V y yo le contaba los que ten�a con mi enamorada de ese entonces.
El problema es que yo ten�a la misma intimidad (amical, aclaro) con su enamorada. Un d�a de borrachera en casa de JC, le dije a todos mis amigos -menos a �l-, lo mismo que le hab�a dicho a V: Que me sent�a mal porque ella me gustaba. Les ped� a todos una discreci�n que todos rompieron. JC debe seguir creyendo hasta ahora que yo me agarr� a V y por eso no me ha vuelto a hablar.
Por eso debe ser que cuando me empez� a gustar A, el trauma revivi�. A es una de mis mejores amigas y en esa �poca era s�lo la novia de M. Hoy es la madre de su hijo y la mujer de su vida. Pero entonces s�lo era su novia, o mejor dicho, su ex. Acababan de darse uno de esos breaks que le vienen tan bien a los partidores y serruchos -como los conoce el imaginario lime�o- para hacer su trabajo.
La cosa es que tuve la previsi�n de no decirle nada a nadie, excepto a la hermana de M, que se lo cont� a mi amigo sin que yo lo sepa. Tiempo despu�s se lo dije al buen M y me d� con la sorpresa que sab�a de mi deslealtad y me acogi� como el hijo pr�digo que dej� la casa de su padre. Hoy M y yo somos tan (y m�s) amigos que siempre. Yo ya no le cuento m�s cosas a su hermana.
Pobre M. Seguro tambi�n sabe que en alg�n momento de soledad quise algo con su hermana, pero es porque en esa �poca andaba s�lo, los ve�a mucho, ella andaba en problemas con el enamorado de turno y yo tiendo a mostrar simpat�a hacia los sufrientes. La hermana de M tiene un problema que puedo traducir como un sentimiento de culpa m�s doloroso que la patada de una mula en los cojones.
Cuando le coment� a ella que en alg�n momento me hab�a gustado, ella se lo cont� a su novio, un troglodita que termin� por amenazarme de muerte en la azotea de la casa de M. Me dej� con cara de idiota porque, para variar, no estaba prevenido de la boca floja de mi amiga. S�lo pude responderle al energ�meno que yo pod�a decir muchas cosas, pero que mi tratamiento de Litio me hac�a olvidarlas.
Salida perfecta, me dej� en paz un par de d�as hasta que lleg� a casa de M y me encontr� d�ndole un abrazo efusivo a su novia, la hermana de M. Yo estaba en terno, y luego de repetir su amenaza, le dije que si tuviera otra ropa, quiz�s peleaba, pero que no iba a malograr mi terno por �l. Lugeo, hu� como suelo intentar antes de una pelea inevitable. Esa vez me dio resultado.
S�lo digo lo mismo que dije al principio. Que supongo que este post es una forma de catarsis que me permite reconciliame con ellos, ellas, y conmigo. JC, mil disculpas. M, gracias totales (como dir�a Cerati), por aguantarme.
Para Elisa
Me hice una prueba de VIH hace un mes. Sali� negativa. Ped� que extrajeran varias gotas de mi sangre an�mica porque unos d�as antes hab�a le�do el reporte de
USAID/ONUSIDA y quer�a saber si se siente miedo. Dej� que pase todo el tiempo del mundo para recoger mis resultados y olvid� hacerlo incontables veces.
Ayer los recog� en la cl�nica de la Universidad y es curioso, pero aunque uno nunca haya tenido conductas de riesgo, busca la sinraz�n para que la sicosis le gane. Pens� que quiz�s, en una de mis visitas a la Posadita del Buen Pastor, un albergue para ni�os con VIH en Magdalena, podr�a haberme infectado sin querer. Mi otro lado paran�ico no pod�a recordar si la �nica vez que don� sangre, la aguja que me clavaron era nueva o usadita. Y as�.
En la Cl�nica Universitaria de San Marcos tampoco ayudaron al momento de entreg�rmelo. Primero, te lo dan a trav�s de una ventanilla desde donde puedes ver la impresora donde, valga la redundancia, imprimen tus resultados. Es m�s, de reojo llegu� a ver el NO REACTIVO en el papel, cinco minutos antes de que la se�ora que atend�a me diera el resultado.
Lo raro es que a pesar que lo hab�a visto, segu� sudando fr�o hasta el momento en que tuve el papel en mi mano. Cuando la do�a de los resultados sali� con tres sobres cerrados, le ped� el m�o pese a que sab�a que ninguno de los dos era el m�o. De paso me tortur� pensando en que cada que mientras buscaban mi nombre, andaban apuntando el resultado para coment�rselo entre ellos. Y asi, un largo etc�tera lleno de delirios de persecusi�n.
Toda la experiencia de p�nico hizo que me pusiera a buscar el informe de
USAID/ONUSIDA acerca de la situaci�n de la plaga hasta el 2006 y llegar al perfil de
Per�. Los datos realmente me alarmaron.
1. Existen 93 mil personas infectadas con VIH en el Per�.
2. El 22.6 por ciento de los hombres homosexuales y el 20 por ciento de los trabajadores sexuales est�n infectados.
3. Del total de infectados, s�lo el 52% de hombres y mujeres reciben terapia de antiretrovirales.
4. El gobierno expende 4 millones 272 mil 35 d�lares para controlar la epidemia (el resto lo hacen los organismos privados).
5. Apenas el 3.5 por ciento de madres infectadas recibe tratamiento para evitar la transmisi�n de madre a hijo
6. Y ninguna fuente oficial ha dado informacion acerca de qu� tan informados est�n los jovenes sobre c�mo prevenir el contagio.
7. Esa informaci�n sale de los casos reportados. La del Per� no oficial son m�s y la situaci�n peor.
Adjunto Para Elisa, la de Beethoven (Cortes�a de alguien que colg� su video en Youtube)