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Seguimos vivos

Después de haber tomado ocho aviones en once días, y a menos de una semana de mi regreso, es imposible no sentir una conmoción emocional después de ver el siniestro ocurrido en Barajas. 153 muertos en un avión que nunca despegó. Entre ellos, veinte niños y dos bebés.
Cada vez que subo a un avión trato de evadir las indicaciones de seguridad. No quiero ver a la señorita haciendo los gestos para ponerse el cinturón, flotador o mascarilla de oxígeno, ni saber nada acerca de la cartilla que está en el bolsillo del asiento delantero. Simplemente, le pongo luz blanca al avión, me persigno y cierro los ojos en el momento del despegue. Tampoco se me ocurre tomar pastillas para dormir. Qué impresión tan grande sería encontrarte con la muerte en pleno sueño. Si voy a morir tendré que saberlo, estar conciente y preparada para recibirla con honores.
Sé que el despegue y el aterrizaje son los momentos más peligrosos de los vuelos. Y uno nunca puede habituarse a esa sensación de vacío en el estómago cuando te ves flotando a miles de metros de altura. ¿La máquina le sirve al hombre o el hombre está a merced de la máquina? Siempre me maravilla el hecho de estar suspendida, tan separada de la estabilidad material —aunque las aerolíneas traten de compensar ese hecho con las ventas por catálogo, ¡más barato que en el aire no encuentras!—. Por eso, los aviones son un buen lugar para imaginar lo inimaginable, nos volvemos más reflexivos, más intuitivos, no hay duda de que estamos más cerca del cielo. Y si bien, uno nunca deja de sorprenderse ante el milagro de la ascensión, después de pasar tantas horas de avión en avión aprendes a reconocer y diferenciar el más mínimo ruido o agitación. El chirrido de las llantas sobre el pavimento y la velocidad que te pega al respaldar del asiento antes del despegue, el movimiento de las llantas cuando se alzan, el sonido agudo del decolaje, las sacudidas de las turbulencias, las pérdidas de altura. Mi juego entre vuelo y vuelo era calificar los aterrizajes. Qué tan suave desciende el avión, si no se te tapan los oídos es una buena señal. El cálculo exacto para abrir el tren de aterrizaje y deslizar las llantas en una alfombra. Los mejores, sin duda, los de Alitalia. No estoy acostumbrada a hacer viajes largos y no sé si es habitual lo que vi, pero tanto en el viaje de ida y como en el de vuelta, la gente agradeció con aplausos la llegada a tierra firme. Es que los vuelos nos confrontan con el deceso, más aún sin duran tantas horas. Un avión es un recinto de tensión, la ansiedad está ahí, acumulada, a punto de estallar. La idea de muerte está en cada alma inquieta y esa energía se hace palpable, nos acecha por las ventanillas, nos sostiene, nos vigila, nos espera. Al final, no queda más que dejar libre doce horas de miedo, inestabilidad y aburrimiento en sonoros aplausos. Al escucharlos, yo también quise aplaudir, y me sentí identificada con esa especie de viajeros angustiados. Todos habíamos estado con el alma pendiendo del avión. Nos imaginé colgados de las alas, el fuselaje y la cola. Marionetas bailando al vaivén del viento, dejándonos zarandear con la fuerza de una revolución que parece externa, pero que en realidad viene de nosotros mismos.
La primera noche que estuve en Lima después del viaje, mi cuerpo aún no había aterrizado. Al poner la cara en la almohada y cerrar los ojos, todavía podía percibir las maniobras del avión, las inclinaciones, las subidas y bajadas. Y no era desagradable, al contrario, era un arrullo que me hacía acordar a las largas horas de mi infancia flotando en el mar. En esa época me pasaba lo mismo cuando llegaba a mi cama por las noches, sentía un delicioso mareo que me adormecía. Finalmente, estar en el cielo es como estar en el mar. Pura inestabilidad, y la inestabilidad hace que nos confrontemos. Los viajes pueden llegar a ser pequeñas crisis que nos movilizan y nos reubican. Y aquí seguimos. No nos queda más que sentirnos privilegiados por haber tenido la oportunidad de mirar un poco más adentro, y agradecerle a Dios por seguir vivos.
Algunas curiosidades del viaje...en fotos

Lo que encontré en Buenos Aires (Calle Corrientes)
En tinieblas: No seré feliz pero tengo marido

Corrí al Ateneo y, después de decepcionarme con los libros, encontré un consuelo
Grande Wendy Bristow!!!
Un misterio indescifrable
En Madrid, leyendo los pasos a seguir para ser una mala mujer
Al fin en París!!!!!! después de una noche en vela y de un recorrido de hora y media desdes el aereopuerto a la ciudad. Mi cuarto de hotel no estaba listo, así que tuve que salir de museo tour sin haber probado las camas parisinas. Imaginen la impresión cuando encontré una, y vaya cama. Estaba a punto de desmayarme en medio del impresionismo del Orsay cuando Van Gogh me rescató. Me bastó verlo para despertar...

El pan nuestro de cada día y un acompañante de lujo: Coca Kilos, mi combustible en París

Haciendo yoga en Versalles

Qué bien los hacían antes… solo por atrás
Museo de Louvre

Por adelante son una estafa!
Museo de Louvre
Sephora, un gustito en París

Infidelidad en Pompidou
Una novia que predijo su futuro... de terror!
La Mariée
Niki de Saint Phalle
Centro Pompidou

París te amo!
Viaje a las estrellas con mi novio Indiana

Varias veces he sido tentada por la magia del tarot, por encontrar la solución de mis problemas o el vislumbre de un destino maravilloso en cartas adivinas. Nunca me ha ido bien. Las brujas suelen acertar en detalles de mi vida pasada, me dicen lo mal que estoy en el presente y hablan de matrimonio como un futuro maravilloso. Hello!!! No todas las mujeres queremos casarnos!!!, sobre todo las que ya pasamos por aquel trance hipnótico de
hasta que la muerte nos separe, o como debería ser,
hasta que la vida nos separe.
La decepción es lo más seguro después de unos seis meses de haberse leído las cartas. Una se la pasa esperando que suceda aquello excepcional que cambiará nuestras vidas y después de un tiempo terminamos resignándonos a seguir sentadas en el mismo escritorio de trabajo y a que el hombre guapo, inteligente, noble y con una billetera abultada nunca va a llegar a tocarnos la puerta (debo decir que lo más difícil de todas las características citadas es encontrar al noble de buen corazón y que esté dispuesto a abrirlo y entregarlo con sinceridad).
Existe una teoría muy buena respecto al fracaso de la lectura de cartas, café, coca, manos, o cualquier técnica de adivinación. Me la dio Indiana, así le digo al primer novio que tuve después de la separación. Lo llamo novio pero, en realidad, mi relación con él fue libre y pasajera, el problema fue que yo ilusamente me aferré a él como mi última oportunidad para ser feliz en el amor. Error. Pensar que el primer hombre que llega a tu vida después de un fracaso matrimonial es “el hombre” es como querer ganar el nóbel sin ser de izquierda.
El caso es que la teoría de Indiana decía que cuando te leen las cartas puede ser que efectivamente lo que aparece en tu futuro sea tu destino, pero que al leerlo se bloquea. Además, decía que las brujas funcionan como mediums, y que las almas que están revoloteando por los alrededores son las que guían las cartas, por lo que resulta peligroso si es que nos encontramos con malos espíritus. Por eso, lo que me recomendó fue la astrología, por tratarse de una ciencia exacta. Nuestra vida está escrita en los astros, es un mapa que se ha trazado en el momento de nuestro nacimiento y existen momentos en que las condiciones están más propicias para el amor, para el trabajo, para tener más dinero, para ser influyentes, de acuerdo al tránsito de los planetas. Pueden aparecer diversas oportunidades pero solo de uno depende tomarlas o rechazarlas, aprovecharlas o darles la espalda, porque sí existe el libre albedrío. Antes de conocer a Indiana yo pensaba que bastaba saber el signo de una persona para tener una idea de cómo era su personalidad. Pero luego me di cuenta de que el asunto es mucho más complejo que eso. Hay que ver en qué signo cae tu luna para saber cómo amas, o en qué signo está tu venus para conocer las características de tu pareja ideal, es decir, a quién debes amar. Y tu ascendente es básico! Es tan importante como el sol en tu signo porque influye en todos los aspectos de tu vida. Nunca olvidaré su explicación acerca de saturno:
cuando saturno está en tránsito no es el mejor momento para tomar decisiones porque solemos equivocarnos, estamos inseguros, inquietos, puede ser que se bloqueen nuestros proyectos o planes. No es un buen momento para actuar pero sí para aprender porque tenemos la oportunidad de entrar en nosotros mismos. Hablaba como un sabio mi querido Indiana. Y hasta me recomendó una astróloga a la que recién visité a finales del año pasado.
Alina no leía las cartas pero de que era una bruja no había duda. Si yo hubiera creado al personaje de una mujer esotérica jamás la habría hecho tan obvia: flaca, pelo y uñas negras, larguísimas, vestida de luto. Vivía en un segundo piso de una quinta en Lince y su consultorio resultó ser un patio techado que utiliza como estudio para pintar y estudiar los astros.
Me condujo al lugar por una escalera de caracol. Era un cuarto amplio, con una mesa vieja en donde tenía desparramados tarros de pintura y pinceles. De las paredes me miraban ojos celestiales enmarcados en triángulos, plantas que se enredaban en el pecho de una mujer voladora, maquinas del tiempo encendiendo venas multicolores. Un arte new age que disparaba en todas direcciones. Al fondo estaba su computadora, junto a un armatoste que funcionaba de equipo para grabar todas sus sesiones. Me senté en un mueble que escupía resortes y que anunciaba cada uno de mis movimientos con el sonido de una funda de plástico rota. Mientras ella llenaba mis datos en su pc, yo me imaginaba siendo devorada por un bicho mitológico que salía de uno de los huecos del mueble. Pero el panorama no podía estar completo sin el gato. De pronto, apareció el animal y saltó a las piernas de Alina, ella lo saludó con alegría y lo metió dentro de un cajón estrecho que cerró sin miedo. No pude evitar mirarla con horror. ¿Dejas ahí al pobre gato? Sí, le encanta, es calientito. Y siguió como si nada rebuscando mi destino en los astros. Que este año solo voy a hacer viajes cortos, por trabajo y no con muy buenas condiciones de salud (¡el sábado me voy a Europa de vacaciones!). Que si en una vida pasada fui madre superiora de un convento y que por eso ahora soy tan organizada (y yo diría, además, tan liberada!!! Se nota que me harté del encierro!!!). Que recién en cuatro años, once meses, tendré un amor maravilloso (o sea, a seguir jugando nomás).
Al final de la sesión pregunté por Indiana. Mi relación con él duró solo tres meses pero no pude quitármelo de la cabeza durante año y medio. Lo conocí por Internet. Yo estaba interesada en hacer un viaje a la selva y por casualidad caí en la página web de un eco-lodge. Él era el dueño y constantemente iba y venía de Lima a Chanchamayo transportando grupos turísticos. Me entusiasmé con las fotos y le escribí para recibir informes. Así se inició todo. Él era un cuarentón separado, con un hijo. Lo había dejado todo por realizar su sueño de vivir en la naturaleza y se pintaba como un Indiana Johns shipibo. De hecho, la imagen que más me llamó la atención fue la mejor foto que tiene: pañoleta amarrada en la cabeza, lentes oscuros, al volante de una camioneta. La última vez que nos vimos fue la noche que celebramos su cumpleaños, y a mí se me ocurrió como gran idea regalarle un cuchillo. Recuerdo claramente cuando bajé del auto porque tuve una premonición. Muchas veces me pasa. Hago declaraciones de la nada, aparecen frases en mi mente como si otra persona me las estuviera dictando, y suelen ser situaciones difíciles de creer. Al cabo de un tiempo, meses, o inclusive años, se cumplen mis sentencias. Esa noche vaticiné que nunca más volvería a verlo, a pesar de que no hubo ningún motivo para pensar tal cosa. Y así fue. Nuestra relación terminó como empezó, por chat. El hombre nunca quiso comprometerse más allá de la relación libre que teníamos.
Lo que Alina me dijo de mi relación con él fue exacto, me explicó la causa de nuestra ruptura vista desde la cara de los planetas:
su saturno está en cuadratura con tu marte y tu marte no cede, va a encontrar mil formas estratégicas para insistir en lo que quiere. No es fácil ponerse de acuerdo. Los dos aparentan indiferencia, pero a ti su indiferencia te aleja. Lo que sucede con él es que tiene miedo a ser herido, aunque contigo a veces ve una opción maravillosa para ser feliz. Y eso es todo, concluyó, dando por terminada la reunión. Sólo una pregunta más, me atreví a decir, ¿sabes qué significa regalar cuchillos? Ella me miró con una medio sonrisa y dijo: ¡no me digas que le regalaste un cuchillo! Él es un mago blanco querida, es vidente, solo que no lo sabe, pero seguro percibió lo que le querías decir, regalar cuchillos significa que estás cambiando a una persona por otra, que estás dando por terminada una relación.
Pasaron unos meses después de la visita a la astróloga y, por casualidad, un día me enteré de que Indiana había vuelto con su esposa, justo después de haber terminado conmigo. En esa época yo lo único que hacía era pensar en él, sin saber que él estaba tratando de rehacer su matrimonio. Me decepcionó mucho. Me di cuenta de que realmente no lo conocía. Siempre me aseguró que jamás volvería con su ex, que era un hecho tan improbable como si yo volviera con el mío. Por eso le creí. Lo triste, y obvio (no para él, claro), fue que seis meses después terminó definitivamente con la esposa.
Con esa noticia al fin dejé atrás a mi novio Indiana (la verdad nos libera) y me di cuenta de que había ido a la astróloga para terminar de desatar nudos. El problema es que me hice de otros. La sensación que sentí después de mi sesión con los astros fue tan nociva como cuando me leen el tarot. Hasta ahora sigo pensando que “el hombre” aparecerá en cuatro años, once meses, tal vez por eso sigo saltando de relación en relación, en espera del amor de mi vida.
Noche de conejita

Una amiga mía se casa. He tratado de convencerla por todos los medios de que no lo haga, pero es testaruda. Diez años de relación, varios pies fuera del plato, poco sexo. ¿Para qué? Para un fiestón de 400 personas que cumpla los sueños frustrados de sus madres, hasta ahora solteras. El sábado fue su despedida. Pía, una amiga en común, se encargó de todos los preparativos. Esa noche íbamos a ser conejitas, así que nos compró pelucas fucsias y nos dijo que teníamos que ir vestidas de negro. Además, había contratado un bus para hacer un recorrido por varias discotecas y bares de Lima, hasta que saciáramos los ímpetus prohibidos de la novia y, por qué no, los nuestros también.
Las 13 de Hugh Hefner nos reunimos en la casa de Sharon, esa sería la nueva identidad de la novia. Nosotras también teníamos permiso para usar un sobrenombre, aunque yo preferí quedarme con el mío, ya es bastante curioso.
Apenas me vio, la futura esposa, o próxima víctima, me tomó del brazo y me llevó a un lado para hablarme de lo infeliz que era al lado de su novio. No paraba de hablar, que me trata mal, que no me toca, que si en un año no cambia me divorcio. ¡A mal palo te arrimas! —gritó Pía— ¡Deja de hablar tanto y ven a chupar! ¡Es que ella es la única que me entiende! —contestó, levantando el vaso de tequila—. Yo no entendía nada, ¡al menos yo me casé enamorada! Pero yo sabía que, secretamente, ella quería cumplir su sueño de la boda de blanco, aunque fuera puro cuento.
Al rato, Pía no aguantó más y la jaló del brazo, es hora de tu discurso, dijo. Sharon no puso resistencia. Sabía que era muy importante lo que tenía que decirnos, así que subió unas cuantas gradas de las escaleras para estar en alto y levantó el brazo con la postura solemne de un libertador:
“Esta noche no somos nosotras, hemos adquirido una nueva identidad que nos permite el vale todo. Sí chicas, como lo oyen. No importa si son solteras, casadas, viudas, divorciadas, convivientes, comprometidas, con agarre, affair, flirt, o inminente enamoramiento. Esta noche nos hemos reunido para cortar cualquier tipo de atadura. Después pueden pegarla, si quieren, con scoth, uhu o conseguir una nueva. Lo que importa es nuestra consigna, la liberación; y el pacto, callar hasta la muerte. Los juicios no existen, ni las caras de horror, ni mucho menos la cordura, el sentido común o la sobriedad. ¡La noche recién empieza! ¡Salud!”. Dicho esto, Sharon sacó del bolsillo de su saco un puñado de condones y los lanzó al aire para sorpresa de todas, incluida yo.
Fue divertido ver la cara de las chicas. Cada una tenía un brillo especial en los ojos, no solo era la despedida de la novia, era una verdadera oportunidad para desinhibirse. Podía percibir la euforia contenida, todavía nadie se atrevía a apoyar abiertamente los deseos de Sharon, pero apuraban los vasos de pisco con entusiasmo y se iban despojando de sus sacos, mostrando escotes y atrevidas minifaldas.
A las 11:00 llegó el bus, ya estábamos listas para salir, cuando se escuchó un derrumbe estrepitoso. Era la novia que se había caído encima de uno de los aparadores de la sala. Los adornos estaban hechos trizas —igual que nuestras ideas de liberación— y ella, sentada con las piernas abiertas y la cara gacha. La habíamos perdido. Cómo no nos habíamos dado cuenta de que se había tomado casi toda la botella de tequila. Aunque le dimos agua, palmaditas en los cachetes y la llevamos a rastras al water para que expulse al demonio de Tazmania, fue inútil. Al rato, todas las cabecitas fucsias estábamos sentadas alrededor del sueño de Sharon, pensando en lo poco que había durado nuestra fantasía. Algunas tenían la ilusa esperanza de que iba a despertar, pedían café para resucitarla, pero las más realistas tuvimos que asumir el grave error de la noche: no haber controlado el excesivo entusiasmo de la novia. No nos quedó otra alternativa que cargarla para llevarla a su cuarto. Cuando la arropamos, la moribunda abrió los ojos y alcanzó a pedir un último deseo:
vayan a divertirse por favor, háganlo por mí, aprovechen su noche de conejitas.
No fue difícil cumplir el deseo de la novia. Ya teníamos el bus pagado, las reservaciones hechas, había trago para todo nuestro recorrido y, sobre todo, nuestras nuevas identidades estaban ansiosas por salir del encierro. Así que subimos al bus, no sin pena y cargo de conciencia, ratificando la consigna y el pacto de la noche en nombre de Sharon. Así, entre flashes para las poses sexys, gritos de salud y cumbia, iniciamos el recorrido saludando a los taxistas, a los aburridos transeúntes, a los que cabeceaban en los micros y de pronto parecían despertar con el color fosforescente de nuestras pelucas y besos volados. Éramos la sensación. Esa noche comprobé que a las mujeres nos encanta ser putas. Apenas se nos da la oportunidad, desatamos nuestras represiones, amparadas en un oportuno disfraz. En las discotecas, los chicos eran nuestros, los sacábamos a bailar jalándolos de los cuellos de las camisas. Parecían poseídos, siguiéndonos como zombis, y las mujeres nos miraban con envidia. Pasamos de Xcess a Spa, Barza y Vocé (ahí perdimos a una, parece que se encontró con alguien, o eso nos dijo), cumpliendo algunos retos divertidos, con un aire de candidez que me conmovió. La máxima hazaña de la noche fue invitarle un trago a un desconocido. Eso fue lo más atrevido que vi, y lo último. Cuando llegamos a Sakuara yo ya estaba harta del trago, del humo, de la música estridente y el tumulto. Hace tiempo dejé la vida loca y ya me desacostumbré a la juerga de “hasta las últimas consecuencias”. Para vacilón ya había tenido bastante y llegó un momento en el que me sentí fuera de lugar. Lo único que me provocaba era que alguien me rescate de ese antro. Así que, amparada por la bravura del alcohol, llamé a J a las tres de la mañana y le pedí que me fuera a recoger. ¿Qué? ¿Quién habla? —contestó con voz somnolienta—. No puedo, llama a un taxi seguro para que te lleve a tu casa. Colgué desilusionada. Su rechazo me había devuelto la sobriedad en un minuto. ¿Qué había hecho? El ridículo. Fui al baño a quitarme la peluca para poder tomar un taxi sin que me confundieran con puta callejera y me encontré con Pía, dispuesta a hacer lo mismo que yo, solo que a ella la esperaba su esposo en la puerta de la disco.
No sé si esa noche todas llegamos a liberarnos y si valió la pena. La novia no había despedido su soltería, ni había sido testigo de nuestros cómicos disfuerzos de seducción. Y mi disfraz de chica playboy me había terminado convirtiendo en una conejita de verdad: desvalida, desorientada y huidiza, buscando cobijo en una madriguera perdida.
La mariposa y la cuchara de plata

Llevé a mi hija al doctor para que le hagan un examen. La cola era larga, esperaríamos por lo menos media hora y yo debía ingeniármelas para distraerla. Sacamos papel y plumones y le hice unos laberintos para que pudiera llegar a casa. Le encantó el ejercicio. Luego ella hizo sus propios laberintos, todos cerrados, para que yo intentara llegar a mi casa también, ¡pero era imposible! No hija, tienes que dejar espacios abiertos para que no me quede encerrada, ¿entiendes? Ah ya, me dijo. Volvió a tomar el plumón y, generosamente, hizo un camino de líneas bastante separadas por donde yo podía pasar sin problemas. Además, dibujó dos puntos de llegada. Uno, la casita; y el otro, las letras “i” “e” “a”. Lo primero que hice fue llegar a las vocales, sin saber que con eso ella me exigiría que le cuente un cuento. Ya, te voy a contar un cuento acerca de la inocencia. ¿Qué es la inocencia mami? Es la capacidad de sorprenderte y disfrutar como la primera vez hijita, así como cuando tú disfrutas de tus cuentos, una y otra vez. Sí sí, es que me encanta que me cuentes cuentos mami, es mi cosa favorita del mundo. Ya, pero ahora te voy a contar uno nuevo, ¿qué te parece? ¡Uno nuevo! ¡Sí!
Cuenta la historia que un día, la mariposa más joven del bosque, se encontró con un objeto brillante que proyectaba una luz intensa. Curiosa, se acercó sin medir el peligro y agitó sus hermosas alas en torno al curioso objeto. De pronto, le pareció ver a otra compañera revolotear al frente de ella, nunca la había visto antes, se posó cerca a la cavidad redonda del objeto para observarla con detenimiento. Su cuerpo era verde con una franja amarilla en cada lado, y sus alas, de un verde más pálido, tenían un círculo rojizo en la parte delantera y un par de manchas transparentes rodeadas por anillos amarillos y azules. Sus alas posteriores terminaban en una fina cola larga que parecía ser el velo de una princesa de cristal. Era perfecta, etérica, delicada, casi transparente, parecía un espejismo. No pudo quedarse mucho tiempo a observarla, el calor que emanaba aquel objeto era muy intenso y su frágil cuerpo no resistía más. Así que salió presurosa y se quedó vigilando el lugar, pero no la volvió a ver pasar por ahí. Por un momento pensó que su imaginación la estaba traicionando y tuvo que comprobar si había inventado aquella visión de ensueño. Así que al día siguiente decidió aventurarse a buscar nuevamente a la magnífica mariposa de cristal. Se posó cerca del objeto extraño e inmóvil y la volvió a encontrar, mirándola también a ella. Parecía atrapada, seguro aquel objeto era del mundo de los hombres, y la tenían presa. Se aproximó lo más cerca que pudo, la otra parecía sentir la misma curiosidad, estaba ansiosa por salir, también la olió y la vio con detenimiento. Pero seguía sintiendo algo extraño en ella, parecía irreal, fantástica y no podía dejar de admirarla. Quedó tan fascinada que todos los días visitaba a su princesa de cristal y le regalaba por horas su compañía y contemplación. Hasta que una mañana, la pequeña mariposa no encontró a su espléndida compañera ni al extraño objeto que la contenía. La buscó desesperada por todo el bosque, pero fue en vano, no la volvió a ver. La cuchara de plata había desaparecido y con ella su propio reflejo.
Debo aclarar que el relato estuvo lleno de interrupciones y preguntas, sobre todo respecto al final, pero mi hija se quedó fascinada y sobre todo entretenida, justo el tiempo que duró la espera. ¡Mamá! —dijo, mientras entrábamos al consultorio— ¿La mariposa no sabía que se estaba mirando en un espejo? No, no sabía, ¡no se conocía! ¿Te imaginas si no supieras cómo eres? Si no existieran los espejos no sabrías como es tu carita amor. Sólo sabrías que eres hermosa porque yo te lo digo, dependeríamos de los ojos de los demás para saber cómo somos. Ella no respondió, no tuvo tiempo, la doctora ya le había tomado el brazo y le estaba dibujando unas cruces. Luego, colocó unas gotitas al costado de cada cruz y pinchó cada una de ellas con unas puntas metálicas. No puedes tocarte, dijo la doctora, te va a picar pero si te rascas te voy a tener que volver a pinchar y eso no queremos ¿no? Y yo debía soplar, distraerla, tenía que seguir hablando, y tomarla fuerte del otro brazo para que no se tocara. ¡No me aprietes mami!, no me voy a rascar, solo te voy a señalar para que me soples. Tuve que soltarla y confiar en ella. Retiré la mano lento, preparada por si caía en la tentación. ¡Esto no me está gustando nada mamá! —me dijo entre lamentos, con desesperación— ¡Me pica! ¡Me pica! Yo sé hijita, pero ya va a pasar, solo es un ratito ¿si? ¿Y en la casa me voy a poder rascar? Sí, en la casa sí amor, solo aguanta un poco más. Te prometo que saliendo de aquí te compro algo riquísimo, lo que tú quieras. ¡No quiero nada! La doctora se levantó de un salto y abrió su armario para sacar unos palitos para lenguas de Micky Mouse. Le regaló uno de cada color. Como por arte de magia —la de Disney, sin duda— mi hija cambió de cara y se olvidó de la picazón. Yo le propuse contar cuántos palitos habían, mientras que las ronchitas de su brazo crecían cada vez más. La doctora aprovechó para sacar su regla de plástico y midió cada una. Luego apuntó en un papel las dimensiones exactas. Finalmente pasó un algodón con alcohol encima del brazo. ¡Eso rasca! Sí amor, al fin se terminó. Es alérgica a tres ácaros —concluyó la doctora— el Dermatophagoides pteronyssinus, el Dermatophagoides faringe y el Blomia tropicales. Están en el polvo, en las cosas guardadas, debe seguir estas recomendaciones, y me dio un folleto: “Orientación para pacientes alérgicos”.
Al salir del consultorio le pregunté a mi hija qué quería, porque había sido muy valiente. Pero, al parecer, realmente no quería nada. Solo chupaba, uno a uno, los palitos de colores con cara de Micky y los juntaba en una bolsa para llevarlos a casa. Su idea era seguir llenando su caja de chucherías, que tiene desde piedritas de colores, stickers y zapatitos de la Barbie, hasta relojes sin pilas y tarjetas de crédito vencidas. Yo estaba dispuesta a comprarle lo que ella me pidiera —si le hago una promesa siempre trato de cumplirla y nunca le miento—. Sin embargo, le había dicho algo que no era totalmente cierto. Mientras salíamos a tomar taxi pensaba que, aunque existan los espejos, siempre dependemos de la mirada de los demás. Por eso no podía olvidarme de la carta de J, y por eso me seguía sintiendo como en una sala de espera, aguardando su llamada. Quizá sea el momento de dejar de esperar, pensé. ¡Sí quiero algo mami!, me dijo al fin, trayéndome de vuelta. ¿Qué hijita, qué quieres? —le contesté con entusiasmo—. Levantó sus ojitos, puso una manito alrededor de su boca y me susurró al oido: una cuchara de plata.
El túnel

Me quedé sin competidores, y sin hija. Se fue el fin de semana a la montaña con su papá. El departamento estaba callado, quieto. La tarde, cada vez más oscura. Vino a mi mente “Tristitia”, por ponerle un nombre a mi estado de ánimo, pero no era el más cercano. Tristia sonaba mejor, como una tristeza feliz pero no tan empalagosa como la de Valdelomar.
Estuve tentada de llamar a J. Marcaba su número una y otra vez. Y una y otra vez me arrepentía. No sabía qué decirle. Tal vez él ha estado esperando que lo llame, pero no quiero matarlo, no a él. Cogí el celular y en vez de seguir intentando con el número de J, caí en el buzón de mensajes de texto. Me sorprendió encontrar unos mensajes antiguos que tenía guardados. Eran los de Leo, nunca pude borrarlos. Leo es un pintor que conocí por Internet, también separado. Salí con él un par de meses, hasta que mi cerebro racional eligió (según mi profesor de yoga tenemos dos cerebros, no dos hemisferios como nos han hecho creer, pero esa explicación será motivo de otro post). Su intensidad me abrumaba, quería convencerme de que, después del divorcio, todavía existía el amor ciego y adolescente, el amor que no razona. Imposible. Aún así, fue una época chispeante, colorida. Por ratos, me dejaba convencer y bailaba al compás de su locura desbordada, hasta que llegó la contraparte: el hombre serio, correcto y responsable que no cantaba versos de amor pero sabía cocinar. El chico del Pilaf que tampoco funcionó. Ningún extremo funciona. Estos son algunos de los mensajes que leí esa tarde y que me sacaron una sonrisa:
- Hoy amanecí reposando sobre una niebla blanca y densa. Caían letras del cielo, abrí la boca y me tragué la palabra “amor”. Desperté atorándome…
- Taba medio apagado desde ayer, pero con tu msn ahora ilumino como fokito ahorrador. Vino a mi mente la canción de Charly “alguien en el mundo piensa en mi”.
- Te entiendo bella y ya debes haber percibido hace siglos ke lo último ke aspiro es convertirme en una interferencia para ti. Te kiero como te kiero.
- No sé por x ke carajo, pero acabo de verte comiendo tu hamburguesa de Bembos en Larcomar! ¡Inolvidable!
- Jajajaja, no sé, veía tus ojazos mientras devorabas de un bocado esa hamburguesa ke, de pronto, se convertía en mi boca. Ke imaginación la mía, pero ya te tenía hambre jajajajaja.
- Escucho un piano y me acuerdo de ti. Sigo pintando. Ayer me traicionó el pincel, ¡tu belleza es impintable! Vi nuevamente tu reflejo en el mirrow de tu cuarto, fuera de este mundo. Kerida, amada. Beso.
- Deja de escribir cojudeces y dime ¿cuándo nos casamos? Ké kieres, ¿Ke me aparezca con mariachis un día en tu chamba y te haga pasar el roche de tu vida? Jajajaja. ¡Te siento tan ajenamente mía! Muchos besos y silencios…
- ¡Al menos para algo sirvo! Para hacerte reir. Me encanta. Amo tu sonrisa, tus carcajadas, tus ojitos picarones con miel de maple. ¡Amote!
- Más bello que nunca, y feliz como niño en navidad cada vez que leo un msg tuyo, ¡si vieras mi carita! ¡T extraño! Ayer hice simulacro de montaje, ¡quiero que lo veas!
- ¿Cómo amaneció mi florcita de machaguay? ¿Mi agua bella de san isidro? ¿Mi buñuelito de zapallo con miel de chancaca?
- ¡2 más, carajo, me abrumas! No sigas ke me la voy a creer. Ta bueno, el trago te inspira y dices cosas hermosas… te kiero más!
- ¡No pierdas tu tiempo de esa forma! Hay tantas estrellas, piedras, plumas al viento, chicles de metro, ceniceros derrotados, huellas en la arena, puertas, y tantas otras cosas ke nos podrían inspirar más ke un pobre leo en sepia, divorciado y atrapado en su propia libertad. ¡Escribe de las nubes!
- Todo te lo perdono bella novia, mi nobleza es milenaria. Un café espera por nosotros en algún lugar. Frío también sabrá delicioso junto a ti, te kiero… aún ja!
- Estoy creando y, de pronto, un cabello tuyo se me enreda en el pincel. ¿Ke shampoo usas? Deja pintar pe carajo! Jajajaja, te adoro…
- Hola mi amor, acabo de leer tu correo: crudo, letal, frío como poto de pingüino. No sonó a despedida eterna, cosa ke no estoy dispuesto a aceptar. Podría, haciendo un esfuerzo sobrehumano, claudicar a mi condición de amante maltratado y usado como una servilleta de chifa jajaja, ¡pero perder tu amistad y tu existencia! ¡Eso jamás! Te amo y espero verte feliz al lado de alguien lo maaaas parecido a mi! Jajajaja. ¿Empezamos una nueva etapa? ¡Mi Maya x siempre!
- Y nooo deberías tener nunca otra pareja! ¡Solo a mi! Jajajaja no sé si encuentres algún parejo ke esté a la altura de tus exigencias, o te conformes con lo ke más se aproxime. Aki tienes a tu leo “único” x siempre lleno de amor y con unas ganas necias y absurdas de amarte! Bruja de m…
- Hola mi amor, ¿sabes ke hago? Miro la foto ke te tomaste para mi como un imbécil!!! Si vieras la cara de huevón de tu leo! Mierda, ¡ke foto! Te amo y extraño…
- Hoy me levanté excitadísimo, ¡con unas ganas de vivir ke te cagas! Y encima tu! Siente esa carretera como un caminito que se entierra directamente en mi pecho, las colinas son mis brazos abiertos. Aki toy esperándote….
- Hola María (Iribarne), espero que hayas pasado un día maravilloso! Lejos de este pintor ke se enreda en sus propios hilos multicolores, y ke espera el dia en ke cuelguen sus obras a vista de la gente, en una ciudad ke soporta con resignación de polilla. T extraño María, solo estoy esperando el momento en que veas esa ventanita en mi cuadro. Te mando un beso, Juan Pablo (Castel).
- ¿Sabías que el cuadro de Juan Pablo Castel se llamaba “Maternidad”? Te mando un abacho grande y puro como tu admirable maternidad!!!! Ke luminosa eres! Cocha pochocha, ¡cosa bien hecha! Jajajaja te kierooo.
¿Qué será de Leo? Pensé en marcar su número, pero sus palabras me habían empujado al librero. La “Tristeza” ya no sonaba tan mal, qué sentido tenía decorarla. Siempre es mejor llegar hasta el fondo. Me eché en el sillón de cuero de la sala, me arropé con una frazada y entré en el Túnel…
La mujer pantera

Sí, es un hecho, soy la mujer pantera. J me lo confirmó en un mail:
“No sé cómo no entré a tu blog antes. La Maya es de temer! Yo jamás podría enamorarme de una chica como ella. Es una mujer castradora, incapaz de involucrarse con las personas que están a su lado, sumamente controladora, que hace competir a dos hombres que no se conocen y que no saben que están compitiendo. Siempre está buscando los defectos de los otros, pero parece que le es imposible darse cuenta de sus propios errores. La Maya no es una mujer dura o exigente, sino una persona impermeable al afecto de los demás, llena de prejuicios, y que se niega a sí misma la posibilidad de salir de sus propios temores y sus conflictos no explícitos, pero que cualquiera puede ver. Ella no está poniendo requisitos a sus novios, está poniendo reparos. Tiene demasiado miedo a ser lastimada y por eso no puede involucrarse y prefiere castrar a sus pretendientes antes de que le den un beso o le hagan el amor. Le doy toda la razón a tu amigo de casi cuarenta, La Maya es la mujer pantera. Anda por el mundo con un traje de amianto para que los demás no la influyan y un control remoto para manipular. No, no podría enamorarme de esa chica.”
Qué mail tan cierto. No puedo más que rendirme y declararme completamente enamorada de este hombre que ya no me quiere. Ahora solo me queda asumir quien soy. Y si alguna vez un hombre me besa, me convertiré en pantera para asesinarlo. Avisados están.
El libro de los grandes penes

Y hablando de penes, esta semana el diario El Mundo de España ha anunciado la publicación de “El libro de los grandes penes" (“The Big Penis Book”), que defiende la tesis de que la talla del pene sí importa.
Según la nota, el tamaño máximo que debe tener un pene para una relación sexual satisfactoria es de 20.32 cm. Es decir, que el héroe del libro, con un pene de 27.94 cm, solo satisface al ego masculino y al morbo femenino. ¿Para que tanto no? Habrá que ver ese libro. Aquí, parte de la noticia:
Este volumen, publicado por la editorial de arte Taschen, compila unas 400 fotografías —entre artísticas y pornográficas— que muestran una realidad que para la mayoría de las mujeres y gays se encuentra lejana: unos atributos varoniles con medidas a partir de 'bastante grande'.
Y aunque "la mayoría de los hombres que posan no son profesionales", según la editora de los libros de 'Sexo' de Taschen, Dian Hanson, éstos se desnudan para mostrar que rompen con la talla media y las estadísticas desde la misma portada.
Así, el libro comienza como un juego: si se le despoja del plástico de la portada se descubre que los calzoncillos del modelo se retiran también y "¡oh la la!" se ve otro panorama, ya que el hombre que posa está considerado el propietario "del pene más grande —11 pulgadas (27,94 centímetros)— de estos tiempos", ha afirmado Hanson.
(...) La idea que propugna Hanson es que "cuando un hombre tiene un pene muy grande quiere mostrarlo y que los demás lo miren", y de ahí que entre millones de fotografías de hombres dotados con estos atributos de grandes a supergrandes haya tenido que bucear en archivos para editar el libro, tarea que no la ha agotado.
"Realmente me divertí mucho en la edición de las fotografías" y "nunca me aburrí de ver este tipo de fotos", ha declarado la editora riéndose con picardía, debido a que era la primera vez que tenía que deliberar "sobre fotos de hombres", un tanto especiales en este caso.
(...) "Las mujeres van a comprar este libro" —que ya es número uno de ventas en algunos países de Europa—, porque "es rotundamente cierto que a ellas les interesan los penes grandes" y este libro se ve, pero no se lee, no porque no haya texto —en inglés, francés y alemán— sino porque nadie pasa del título.
De cuerpos, penes y otros delitos

El cine tenía que ser mi siguiente salida, algo tranqui nomás. Mauricio me llevó a ver la última película de Cronenberg, Promesas Peligrosas (Eastern Promises en inglés) y, aunque parezca frívola, lo que más me impactó de la cinta fue ver a Viggo Mortensen luchando desnudo en un baño público. Lo grandioso de la escena es cómo logran ocultar al pequeño tesoro de Mortenssen. Entre cuchillos y demás puntas filudas —sigo sin entender ese afán impráctico de la mafia rusa de ir al matadero sin una moderna arma de fuego con silenciador —, el hombre es capaz de esquivar la cámara, una y otra vez, mientras una ávida espectadora se empeñaba en ver más allá de lo evidente. Mi querido Viggo la tiene chica, pero claro, nunca podremos saber qué tan grande luce durante la verdadera acción. Mauricio se rió y me dijo bromeando, la tiene chica, y a mí no me quedó más que reírme también, aunque la situación me pareció un poco incómoda. ¿Qué significaba ese comentario? Me lo decía porque la tenía más grande o porque se aliviaba de que el gran Viggo la tuviera chica, como él.
La preocupación por el tamaño del pene no es un mito, es una realidad tanto para hombres como para mujeres. Pero parece que Viggo no tiene ningún complejo y deja ir de aquí para allá, con una gracia casi pueril, al órgano en mención. Es desconcertante ver a un hombre rudo, fuerte y valiente luchando a golpes mientras su pene lo acompaña con vaivenes de bailarina. En todo caso, el punto a favor para Mortenssen, o para Nikolai, el personaje que encarna, es la seguridad para soportar una escena como esa: él demuestra que ni siquiera en un momento tan vulnerable, como estar desnudo y ser atacado en un sauna por dos hombres armados, pueden acabar con él. Y si no han podido derrotarlo con su humilde desnudez, ¡ese hombre es invencible!
Lo que me parece poco inteligente o nada vendedor es utilizar el desnudo masculino COMPLETO para promocionar un perfume de hombre, como lo hace la marca Yves Saint Laurent. Si al menos, el modelo fuera especialmente dotado, entendería que los hombres compren la fragancia por un impulso aspiracional o por simple identificación, pero ese no es el caso. Y si lo que han querido hacer es atraer al público femenino para que sean ellas quienes compren la fragancia para sus parejas, pues se nota que no conocen qué enciende nuestra líbido. No se trata de cucufatería. No. Se trata de un simple sentido de estética. Quién le dijo a esa marca que a nosotras, las mujeres, nos puede parece sexy ver a un hombre con un pene chorreado. Por qué no dejarlo en una misteriosa insinuación. Por qué no mostrar solo hasta aquellos provocativos pliegues que recorren las ingles para conducir al lugar predilecto. No es necesario más. Sino, vean al hombre Dendur Zero Grados de la marca Unique que demuestra que el frío extremo quema.
Pero alejémonos un poco del tema del pene porque puede poner nervioso a los lectores masculinos. Mejor quedémonos con el cuerpo. Qué placer poder contemplar el cuerpo atlético de un hombre como Viggo, de casi cincuenta años. Tal vez tiene un poco de barriguita pero no hay que ser tan exigentes. Y si él se mantiene así, por qué no reclamarles lo mismo a los que casi llegan a los cuarenta. Por qué el descuido. Por qué las barrigas prominentes o los bíceps tristemente escondidos. O peor aún, la incapacidad para mover el cuerpo más allá de su escritorio de trabajo, el televisor o la cama. Basta de exigirles a las mujeres las siluetas perfectas si es que ellos no hacen un esfuerzo por mejorar sus condiciones físicas. Nosotras no pedimos tanto, solo un poco de igualdad en la figura. No esperamos Sportakus gimnastas, aunque podría ser interesante. No, interesante no es la palabra, sería estimulante imaginar alguna de esas piruetas que hace el héroe de Lazy Town en una Active Bed, una fantasía tan improbable como la existencia de un hombre que come sano y hace ejercicio.
Después de haber expuesto este preámbulo queda claro que ninguno de mis dos galanes se ejercita. No están mal, pero les hace falta una vuelta por el gimnasio para que se acuerden de que existe el músculo. No en vano una soporta como mártir los asientos violadores de las bicicletas de spinning y las aburridísimas repeticiones de las pesas para moldear un cuerpo de madre. Además de las dolorosas contorsiones del yoga para la elasticidad y la relajación. Mi próximo galán tiene que estar a la altura de mis sudores. Sea quien sea tendrá que acompañarme en mis desgastados esfuerzos por mantenerme en los treinta, con las carnes bien puestas.
Todo esto pasaba por mi mente cuando veía la película. O sea, tengo que comprarme el dvd para volverla a ver. Será una buena oportunidad para tomar el control remoto y hacer pausa en la escena del sauna. Podré avanzar y retroceder a mi antojo y detenerme un millón de veces en el cuerpo del delito.
Como imaginarán, después de tanto pensar en penes y cuerpos, el cine terminó con un acalorado encuentro en el carro de Mauricio. Nos besamos como dos adolescentes, y cuando estábamos a punto de compartir nuestros tesoros decidí hacer un stop. Sí, yo sé, qué antipática aguafiestas. No soy de las mujeres que les gusta encender un cigarrillo para terminar apagándolo en la piel del agitado compañero. Solo que en ese momento candente me di cuenta de que debía de hacer un alto definitivo con el chico. No por ningún tema físico o de química, sino por un sencillo tema de conciencia: sexo = mayor enamoramiento = sufrimiento. Lo malo es que, además de tener que dejar de verlo (es un excelente conversador y una cálida compañía) siempre me quedaré con la duda respecto a lo que quiso decir con su comentario durante la película. ¿Sería burla real o pura identificación? Nunca lo sabré.
Examen de admisión

El sábado llevé a mi hija al colegio para que diera su examen de admisión. Por supuesto que no mencioné la palabra “examen”. Sólo iría a jugar. ¿Y por qué? Porque la gente del cole te quiere conocer y yo quiero que tú también los conozcas. ¿Y si no me gusta? Si no te gusta ya veremos hijita. Pero tienes que entrar sola al salón. Yo te esperaré afuera ¿Ok? Y si te portas bien nos vamos a comer pizza después. ¡Siiii, yupi yupi, pizza!
Ese fue mi preámbulo una semana antes. Cuando llegó la hora, mi hija no quiso entrar sola al salón y, al ver que tenía que hacerlo, aceptó entre llantos que me quedara afuera pero con la condición de dejar la puerta abierta. Así lo hice. Me alcanzaron una silla y me quedé en la puerta del salón con mi libro en la mano. De rato en rato, mi hija volteaba a mirar para comprobar que yo seguía ahí. Ella no sabía que la estaban evaluando y no quería separarse de mí.
J tampoco sabe que lo estoy evaluando y tampoco quiere que me separe de él. Es curioso, nunca he sido tan racional para elegir una pareja en mi vida. Pero cómo no ser así, cómo no tener cuidado después de un divorcio. A veces pienso que la costra que me ha dejado la separación nunca va a terminar de caer, es como un metal indestructible que cubre mi pecho e impide que me vuelva a enamorar como antes.
A la hora, mi hija estaba entretenida con unos rompecabezas y las miradas hacia la puerta casi habían desaparecido, por lo que la psicóloga me dijo que ya era hora de que me vaya. ¿Y no me puedo despedir? No, dijo con una media sonrisa, va a ser más difícil después. Imaginé lo que estaba pensando, que era una madre sobre protectora. ¡Pero no lo soy! No soy de esas madres que sienten que sus hijos son una extensión de su cuerpo, como una amiga mía que no dejaba que su hija vaya a los cumpleaños con la abuela porque ella no iba a ser testigo de su disfrute. Cómo SU hija iba a gozar sin ella. Lo que pasa conmigo es que, en situaciones como esta, mi época traumática del nido aparece como una ráfaga fría que me hiela los huesos. Salí con el corazón anudado. Yo le había prometido que me quedaría afuera esperándola y pensé que cuando se diera cuenta de mi ausencia se sentiría traicionada. Pero no me quedó otra alternativa que irme, era la única mamá que había estado sentada afuera del salón para tranquilizar a su hija, o mejor dicho, para que yo me tranquilice.
Salí a caminar buscando desesperadamente un café. Debía encontrar un Starbucks cerca, esos locales se han reproducido de una forma casi patológica. Y efectivamente, lo encontré, a dos cuadras de Wong de la Av. Benavides. Entré y me sentí como en casa —he pasado buen tiempo en ese café escribiendo mi novela—, tenía dos horas enteras solo para mí. Cuando tengo tanto tiempo a mi disposición a veces me abrumo y lo desperdicio. Tal vez es el miedo del que habla Rosa Montero en La loca de la casa, el miedo a enfrentarte al papel y no poder encontrarte con tu daimon, aquella fuerza inspiradora que te hace escribir sólo textos geniales. Así que “despedicié” mi tiempo leyendo una revista y hojeando la sección cultural del periódico, y comprobé lo lento que pasan las horas cuando no las necesitamos. Quería recoger a mi hija en ese instante y que me diga contenta que la pasó lindo, que le gustó el colegio que elegí para ella.
Al cabo de un rato me relajé y me vinieron a la mente aquellos ojos azules que me persiguen. Tanto J como el otro candidato, Mauricio, tienen los ojos azules. Y los dos aman el arte. J la literatura, Mauricio, la música. Los dos son separados, la diferencia es que J tiene un hijo y Mauricio no. Tal vez suene radical, pero a pesar de que la boca de Mauricio y la mía encajan como piezas de tangram (todavía no pruebo a J), me temo que ha perdido muchos puntos. Uno de los requisitos que tiene que cumplir mi próxima pareja es que tenga un hijo. La razón más importante es porque mi instinto maternal está más que satisfecho. Ser mamá es una tarea demasiado intensa y, en casos extremos, la palabra “madre”, que tanto glorifican, puede llegar a significar: Mujer Agotada Desesperada Renegona Esclava. La segunda razón es porque el novio en cuestión no podría entender mi labor y aceptar que:
1. Prefiera quedarme en casa por cansancio o porque la nena enfermó.
2. Mis fines de semana los pase con ella, ya que trabajo todos los días.
3. No puedo dormir en otro lugar que no sea mi casa o, peor aún, dejar que él se quede en mi cama.
Entonces, qué me queda, tener relaciones libres hasta que aparezca el candidato ideal o hasta que yo esté preparada para asumir compromisos. El problema es que Mauricio no parece estar conforme con pasar el rato. Su vulnerabilidad le impide ver nuestra relación con un sentido práctico y me temo que se está enamorando. Así me la pasé, enumerando todos los peros posibles para descartar al chico, hasta que al fin el reloj marcó las 12:20. Debía volver al colegio. Cuando llegué, había un grupo de padres atiborrados en la puerta y un vigilante, con radio en mano, anunciaba la llegada de cada uno. Después de unos minutos, vi a mi hija aparecer de la mano de una auxiliar con la carita sonriente. ¡Mamá! ¡Me gustó el colegio! Luego me llevó con entusiasmo hasta adentro para mostrarme lo que había hecho, una flor y un corazón de plastelina. Inhalé aire hasta levantar los hombros —como en mis clases de yoga— y lo exhalé en forma tan sonora que la chica que nos acompañó dio un pequeño brinco de susto. De pronto, todos mis temores parecían desvanecerse. Por qué tendría que ser tan estricta con Mauricio, y por qué no podría propiciar yo misma una situación más íntima con J, para de una buena vez decidir si elijo a uno de ellos o me despido de los dos. Esa tarde, comiendo pizza y bailando en la silla del restaurante con mi hija, sentí que yo había aprobado un examen. Me faltaba poco para ingresar a una nueva etapa en mi vida, igual que mi hija.
Cohibidos en el Cohíba

Abril se nos fue, las mañanas limeñas están cada vez más frías. Vivo en un octavo piso en San Isidro y desde mi ventana puedo ver la neblina colándose por los edificios. El viento está cambiando, ya se escuchan los susurros del invierno. Es inevitable. Aunque me gusta la imagen deprimente de los días grises de Lima —debe estar relacionado con algún hecho feliz en mi niñez— me cuesta habituarme nuevamente a las medias pantys y a los calentadores de nylon que me pongo debajo de la blusa. Por eso en invierno me visto con más color, para compensar la luz del verano que está de vacaciones.
Es evidente que mi estado de ánimo no es el mejor y J, un amigo literato que conocí hace poco, me dijo que había una cosa que podía compensar la melancolía del invierno: bailar salsa. La idea me pareció divertida, así que acepté su invitación para ir a algún lugar de salsa pura. Claro, no fuimos tan osados y elegimos un salsodromo en el que podíamos hacer el ridículo sin roche, el Cohíba de la Avenida El Ejército. A mi pareja y a mí, principiantes aún, nos hubiera encantado quedarnos tumbados en el Tumbao de la Victoria. Pero bueno, tampoco hay que ser tan desubicados, en el Tumbao sí que nos hubieran dado una buena tunda.
Ir a bailar salsa era todo un acontecimiento para mí y debía vestirme de acuerdo a la ocasión. Estuve a punto de ponerme una minifalda negra, de esas que cuando das un giro se vuelven vaporosas y demasiado permisivas a los ojos ajenos, pero para mala suerte de mi acompañante, se le rompió el cierre y tuve que reemplazarla por un pantalón negro, muy serio para mi gusto. Busqué en mi guardarropa algo que lo hiciera sexy y tropicalón y encontré un polo de licra pegadito que termina en falda. El color verde estaba perfecto para la ocasión, pero ni con esas pude animar a J. Cuando me vio quedó bastante decepcionado. Aunque mencionó un “linda” por ahí, sé que en su mente reclamaba ¡las piernas con taco aguja! Yo, en cambio, suspiré de alivio cuando lo vi con su camisa blanca de manga larga. Tenía un look desaliñado y chic que le caía muy bien. Uf!!! Si se hubiera aparecido con una guayabera colorida —amenazó con eso— o muy formalito, con la camisa dentro del pantalón y el pelo engominado, habría perdido algunos puntos. Debo confesar que este chico está en competencia con otro, pero eso es historia de otro post.
Cuando llegamos, el lugar estaba repleto. Tuvimos que cruzar la pista de baile para sentarnos en una mesita libre al lado del estrado, donde estaba ubicaba la banda. Una morena apretada endulzaba a las parejas con el azúcar de Celia, mientras nosotros nos comenzábamos a habituar al ritmo del bongó y la gaita. Qué sabes bailar mejor, le dije, salsa cubana o de línea. Me miró sorprendido con una sonrisita nerviosa, esperando que yo develara la broma. ¿Cómo que salsa de línea? Sí pues, para mí es más fácil la de línea, le dije. Se rió a carcajadas. Pucha, me fregaste, no tenía idea que existía la salsa en línea, me tienes que enseñar. Y salimos a bailar. Me tomó de la cintura y pude sentir un temblor en sus manos, era la primera vez que estábamos tan cerca. Uno, dos, sígueme. Sí, así, a ver, probemos con una vueltita. Definitivamente no iba a conquistarme con salsa, su terreno eran las letras y punto, pero pensé que me había llevado hasta ahí para sorprenderme. Me había imaginado que si sabía contar historias tal vez podría llevarme con soltura de un tema a otro, hacer saltos de tiempo, darme giros inesperados, no sé, yo solita me hice una novela en la cabeza. Sólo a mí se me ocurría pensar que un hombre acostumbrado a los vaivenes de la mente podía ser experto en estos menesteres. Su propuesta fue sólo un juego, una excusa divertida para poder salir conmigo.
A la hora nos rendimos y nos dedicamos a conversar más que a bailar, viendo a los personajes del lugar. ¡El asilo se había salido en tropel! Todos parecían enamorados y excitados. ¿Es que todavía existe el sexo a los sesenta? Además, se habían reunido todas las trampas de Lima, seguros de que en ese lugar podrían expresar su amor sin tapujos. Y el espectáculo de la danza fue otro cuento. Estaba el típico tío escandaloso de camisa roja que bailaba la salsa como si fuera marinera; el dotado de gracia, ligero y elegante, que sabía mover las caderas sin aspavientos; y, claro, no podía faltar el salserito de barrio, el cholo power que perseguía a su pareja en una carrera atropellada, porque su salsa era demasiado rápida, brusca y enredada. Incluso hacía piruetas arrodillado y empujaba las sillas invadiendo a los novatos como nosotros, que nos sentíamos intrusos en ese lugar.
Así no las pasamos, divertidos con el espectáculo que nos rodeaba hasta que llegó el momento de la verdad: el bolero. No tenía idea de que en los lugares de salsa tocaban bolero. ¡Esa era la trampa! J me había llevado hasta ahí para bailar pegadito, cachete con cachete. No pude rechazar su invitación y salimos con Sabor a mí. Me sentía igual que en la adolescencia, bailando lento con el chico que te quiere caer. La diferencia era que no estábamos escuchando el inglés susurrado de Air Suply o el More than words de Extreme, sino ¡el lento de mi abuelita! Un día tenemos que ir a bailar bolero al Bolívar, en una loseta, me dijo al oído. Y tú tienes que ir con vestido y yo con terno. Ay qué flojera, vestirse tan formal no es mucho mi plan. Le dije eso, pero la verdad es que no me imagino en un encuentro tan romántico si es que no estoy segura de qué es lo que va a pasar con él. Pero, por otro lado, para poder elegir tengo que probar el material. En algún momento tendrá que ocurrir, ya llevamos saliendo más de dos semanas y nunca ha tratado de besarme. Su forma de demostrarme que está interesado en mí son sus detalles. Un día se apareció en mi casa con veinte dvds de películas clásicas, porque a mí se me ocurrió mencionarle que quería saber más de cine. Me escribe mails gigantescos y la última vez que se fue de viaje no dejó de sacar regalitos de su bolsa de Papá Noel.
El asunto es que yo sabía que esa noche no se iba a atrever a hacer nada. Sacarme a bailar lento fue su máximo esfuerzo y yo no estaba preparada para besarlo. Después de varias decepciones amorosas, al fin he decidido que estoy mejor sola. No es una pose. Sencillamente no estoy desesperada por conseguir pareja y disfruto de mi soledad, aunque eso no quita que pueda divertirme. El problema es que J no es chico de una noche y si lo besaba, tal vez lo hubiera interpretado como un “sí” (a veces me sorprendo a mí misma hablando como si fuera un hombre).
La noche de salsa terminó con el bolero. Fue tan tenso ese abrazo que los dos terminamos exhaustos. Alrededor, las parejas seguían dándose piquitos y mirándose con adoración, mientras a nosotros nos había invadido una fría sensación de incomodidad. El Grinch del amor estaba más presente que nunca (así me ha bautizado J). Definitivamente, el invierno ha llegado.
El pilaf

Mi último amorío comenzó con una cita a ciegas. Karen, una amiga de la oficina, quedó en presentarme a un chico. Digo chico, pero en realidad no era ningún chibolo, tenía 38 años. Después de mi separación, la única relación importante que tuve fue con un “chico” de 40, o sea, que este se le acercaba. El día de la cita, el chico, al que le vamos a llamar… Eduardo, nos invitó a su departamento, él iba a cocinar.
Llegamos a las 10 de la noche. Su departamento era de esos a los que entras por la puerta del ascensor. Detalle un poco claustrofóbico para mi gusto. El lugar era amplio. Sillones modernos, una alfombra colorida en el medio, sin mesa de centro. El comedor, de líneas rectas y madera oscura. No había cuadros, se acababa de mudar hacía un mes. Cuando salimos del ascensor él hizo su aparición desde la cocina y lo que vi me desconcertó. ¡Realmente no esperaba a un chico! ¡Se le veía muy joven! Me remonto nuevamente a mi relación anterior: un hombre serio, con dos grandes entradas en las esquinas de su pelo, todo un señor. Eduardo, en cambio, parecía un treintón como yo, no un casi cuarentón. Nos recibió con una gran sonrisa y no pude ver en él un signo que delatara la impresión que le causé.
Eduardo había estado preparando la cena desde el día anterior. El muchacho se había esmerado. Lo desconcertante es que nos contó que se había quedado hasta las dos de la mañana preparando el asado. Es que la carne se debe cocinar lento, como en cuatro horas, nos dijo. Así que se había tomado su tiempo, vaya detalle. Ni siquiera me conocía y había hecho eso por quedar bien, me imaginé lo que podría hacer por mí cuando realmente me conociera (una idea ilusa, teniendo en cuenta que las valoraciones de las mujeres no suelen coincidir con las de los hombres). Pero después me di cuenta de la verdad del asunto. No es que me haya querido impresionar, o, en todo caso, no fue sólo eso. Lo que pasa es que el muchacho era lento en su quehacer de chef aficionado. Desde las diez de la noche que llegamos, lo vi ir de aquí para allá, haciendo no sé qué, porque se supone que la carne ya estaba lista y todo ya lo tenía picado. A sí, le faltaba juntar las lechugas, mandarinas, espinacas y croutones de la ensalada, hacer el arroz y la salsa. En un momento entré a la cocina para husmear y vi que estaba licuando el caldo de la carne en el nuevo mixer que acababa de abrir. Y por hacerle conversación se me ocurrió decirle que lo empuje hasta abajo, que no tuviera miedo, porque todo lo hacía con tanta minuciosidad y perfección que a veces me desesperaba. Pues me hizo caso, y al instante le salpicó un poco de salsa naranja en su polo inmaculado. Eso era lo que no quería que pasara, ¡ya ves! Nos reímos. En realidad, toda la noche nos reímos gracias al esposo de Karen, que no dejaba de hacer bromas en torno a la parsimonia de su amigo. Y encima, A Eduardo se le ocurrió comentar que él no era paciente. ¡Dios, qué ser loco y endemoniado seré yo! Bueno, así pasaron las horas, con varias copas de vino, yo conversando con mi amiga y visitando al chef de vez en cuando en la cocina. En una de aquellas visitas lo vi lavando sus implementos de cocina. Observé cómo echaba el detergente encima de la olla. Era de esos detergentes concentrados que vienen en gel y que deben diluirse en agua para usarse. Pues él no diluía nada, y yo veía cómo se iban chorros de chorros de aquel gel verde y su plata de paso. Además, me imaginaba que si no enjuagaba bien se estaría intoxicando en los próximos días, semanas, meses. Verán que yo también soy algo maniática, ese detalle de la limpieza me lo heredó mi queridísimo ex esposo.
Ya habían pasado dos horas y todavía no había terminado. No entendía. Al fin decidió que era hora de hacer el arroz. Es un arroz pilaf, nos dijo. Se cocina en el horno y lleva curry. Qué cara le habré puesto que de inmediato me preguntó, te gusta el curry ¿no? No mucho, le dije, y reí, pensando que lo iba a tomar con humor. Pero es una pizca, me dijo con un gesto de incomodidad. Me di cuenta de que no podía ser tan sincera y traté de barajarla. Sí, en realidad, no me gusta cuando se siente muy fuerte el sabor, pero seguro te queda riquísimo, y volví a reir. Era inútil tratar de arreglar lo que dije. Y el esposo de mi amiga aprovechó el detalle para seguir fastidiando a Eduardo.
Después de cuarenta y cinco minutos más, Karen y yo decidimos instalarnos en el comedor, no debía quedar ninguna duda, ¡teníamos hambre! Hubiéramos podido hacer la rabieta de los cubiertos y golpearlos contra el vidrio que hacía de mesa, pero algo más lamentable lo impidió, estábamos cansadas. Yo tenía la mano apoyada en la quijada, todas mis fuerzas estaban enfocadas en tratar de mantener los ojos abiertos. Ese día había sido el santo de mi hija, cumplía cuatro años, y no había sido una tarde muy relajada que digamos. La nena no quiso participar del show, se sentó al lado de su caja de regalos, una nueva extensión de su cuerpo, y mientras le cantaban el happy birthday ella entonaba su propia melodía de gritos desaforados. Y para colmo de males, cuando el hijo de Karen le entregó su regalo ella se paró encima de la caja y comenzó a chancarla. Un caos que me dejó exhausta. Nunca me había pasado esto con una chica, dijo Eduardo cuando vio que mis ojos iban cediendo a la ley de la gravedad. ¡Te estás quedando dormida! Y regresó a la cocina con la misma sonrisa de preocupación que puso con lo del curry.
A la una de la mañana estaba todo listo, menos el pilaf. El arroz nunca se cocinó y Eduardo tuvo que servir el asado solo. Nos consoló con pan baguette y con la ensalada que estaba a punto de marchitarse en el olvido. Cuando tuve el plato al frente sentí pánico. Eduardo no hubiera podido soportar un fracaso más, si ese asado estaba feo no quedaría nada para salvar su ego de perfecto anfitrión. Pero para suerte de todos, eso no ocurrió. La carne se deshacía en la boca y la sazón estaba realmente exquisita.
Así empezó mi historia con este “chico”, y después de un par de meses, así terminó, como el pilaf que nunca se coció.
ALGUIEN QUE ME QUIERA

Presentación de la novela Alguien que me quiera de Giselle Klatic.
Miércoles 19 de diciembre de 2007, a las 7:30 p.m. en el bar Patagonia, Bolívar 164 Miraflores. Los comentarios estarán a cargo de Iván Thays y Mihaela Radulescu.
Sinopsis:
Fátima va a cumplir 30 años. Desea escribir un libro, pero la idea de un diario íntimo la seduce primero. Así, aparece ante nosotros el Místico, su primer amor, con el que descubre un universo de chakras y guías espirituales; Amador, el maestro de las palabras, que le abre las puertas al mundo de la literatura; y Salvador, un terapeuta que la hipnotiza, revelándole los misterios de su niñez y de otras vidas. Fátima los llama sus tres “magos” y en medio de ellos aparece el Poeta, amigo de la infancia, con el que reencuentra viejos tiempos y perturbadores deseos.
El parto del diario es también el parto de su hija, y el lector entra sin querer en la vida secreta que Fátima trata de develar en cada domingo solitario de café. Amor, ternura y soledad son los ingredientes de este libro, que despierta en nosotros el deseo original de ser protegidos: abrir los brazos y buscar, con el llanto del niño recién nacido, el cuerpo de alguien que nos quiera.
Héroe de papel

Esa tarde me dediqué a observarla. Ya la había visto otros días en el mismo lugar, en la última mesa del corredor que daba a la calle, pero esta vez se veía alarmada e impaciente. No dejaba de mirar a la puerta y entre sus manos tenía una servilleta que le había servido para hacer improvisadas figuras de origami: un avión que luego se había convertido en barco y que jugaba a encogerse y alargarse entre sus manos. Aburrida, lo volvió a deshacer y procedió nuevamente a doblar. Era un tarea que hacía mecánicamente y sin prestarle mucha atención. Finalmente, irritada por la aparente espera, terminó por deshacer un pájaro y de mala gana arrugó la servilleta y la echó con gesto displicente en la taza de café. Estuve tan atento a sus maniobras y encariñado con sus creaciones que casi pude ver cómo el papel iba absorbiendo el líquido negrusco y se teñía, haciéndose cada vez más frágil. En ese preciso momento entró un joven con apariencia de yupi de Wall Street y se sentó en la barra. Ella quedó paralizada, era evidente que era la persona que estaba esperando hacía media hora. Se le quedó mirando mientras se mordía una uña y dejaba caer los dedos de su otra mano alternadamente sobre la mesa. Pasaron unos minutos y pareció haber encontrado una respuesta. Volteó súbitamente para coger su cartera y sacó un lapicero, tomó una servilleta y escribió algo de unas tres líneas. Lo dobló y le pidió al mozo que se lo diera al joven. Luego salió rápidamente del café. El yupi en cuestión recibió el mensaje, lo leyó e hizo un gesto de búsqueda en dirección de la última mesa que le había señalado el mozo. Luego sonrió burlonamente, lo arrugó y lo echó en el plato con restos de papas fritas y ketchup.
Este evento me había dejado inquieto. Ver a esa jovencita, no muy agraciada por cierto, con aire de intelectual y evidentemente desesperada por aquel hombre me había puesto nervioso. Volví a pensar en ti, aunque desde el incidente no puedo dejar de hacerlo cada minuto, pero después de ver a esa muchacha te me presentaste tan vívidamente que no pude contener algunas lágrimas. No te veo hace tanto tiempo, todavía me asusta que estés sola, en otro país, a merced de cualquier desgraciado que te rompa el corazón. Pero claro, tú eres linda… peor aún, ser muy linda en este mundo también es un problema y para ti fue una desgracia. Siento mucho nuestra pelea de la última vez, fui muy grosero contigo y hasta hoy no puedo llamarte, no me dejan. Sé que te quedaste muy alterada y en el camino te volviste a topar con aquel infeliz que se quiso aprovechar de tu soledad, de nuestra soledad mi amor. Si yo hubiera estado a tu lado, nunca hubiera permitido que te trataran como aquella servilleta inservible que luego es arrugada y tirada sobre los restos de un caníbal. Pero mejor te sigo contando para que sepas lo que hice por ti.
A las siete salí del lugar y me fui caminando a casa. Todavía seguían las bocinas, los cambistas, la gente que iba y venía, siempre apurada, subiendo a los taxis y a los micros. El pavimento vibraba bajo mis pies, era toda esa urbe adolorida que parecía estar gritando auxilio. Y yo, escuchándolos a todos, a toda esa calle que volaba y me oprimía. Me fui directo a un grifo y me compré una botella de pisco. Acá no tengo pisco, ni nada, apenas ayer pude ver el jardín hermoso por donde caminas. Ya vi cómo les sonríes a todos con tu vestido blanco y a mí ni me miras, ¿sigues enfadada conmigo?
A la mañana siguiente me desperté pensando en mi nombre: Elías Aguirre. Irónico no? un nombre de héroe para alguien que no ha hecho nada importante en la vida. Otra vez comenzó a torturarme esa idea, en unos veinte años más, si tenía suerte, me moriría sin haber dejado algo que me perpetuara. Miré por la ventana para ver si me animaba un poco, era uno de esos días opacos, el invierno había llegado con toda su insolencia y del mar se aproximaba una neblina densa y una sensación húmeda que me calaba los huesos. De inmediato lo relacioné con mi rodilla, me la había malogrado en un partido de fútbol por tratar de seguir creyéndome un muchachito. Esa rodilla me traería problemas más adelante, lo sabía. Seguí colgado del paisaje, tratando de ver al menos un poco de espuma y algún brillo en aquellas aguas plomas, pero fue inútil, la neblina ya se había desplazado tapándome el horizonte y ahora tenía en frente a un montón de vejestorios practicando una especie de danza ridícula que se había puesto de moda. Cerré la ventana, me dio escalofríos imaginarme a mí en esas danzas, todavía no estaba tan viejo, pero estar solo me había echado encima un paquete de años que no me correspondía. ¿Sabías que ya no tengo ventana? Ahora tengo neblina por los cuatro costados y la rodilla, esa rodilla me tiene aquí sentado todo el día. Pero mañana seguro te vuelvo a ver y cuando sepas como terminó todo me vas a perdonar y vamos a volver a escuchar a Louis Armstrong. ¿Te acuerdas que lo poníamos todos los domingos cuando preparábamos juntos la cena? Ese día estaba desesperado, con la impotencia de no poder volver a verte, así que salí dispuesto a ser por fin un hombre digno de llevar mi nombre, a ser tu héroe chiquita.
A las seis de la tarde volví al cafetín. El lugar parecía oler a ti, no entendía bien qué sucedía hasta que me di cuenta de que en los parlantes sonaba Mack the knife, eras tú mi vida, anunciándomelo todo. Me puse un poco nervioso, ya no tenía dudas de lo que pasaría, a pesar de que no veía a la muchacha en el lugar de siempre. Pero a quien sí vi fue al yupi con su mismo plato de bistek con papas, devorando, sin ver a nadie más a su alrededor. Me quedé hipnotizado viendo a esa bestia que deglutía sin parar y cuando menos lo esperé llegó el mozo nuevamente con una servilleta doblada. Giré la cabeza hacia la última mesa del corredor y la vi a ella, esta vez no había huido, sino que esperaba conteniendo la respiración, mirándolo fijamente. El le devolvió la mirada y sin quitarle los ojos de encima se limpió la boca con el mensaje, lo arrugó y esta vez lo echó en la taza de café a medio terminar. Ahora aquella servilleta estaba corriendo la misma suerte que las figuras de origami que hacía la muchacha, la misma suerte que corriste tú hijita, ahogada en un pozo negro, cada vez más frágil, flotando y deshaciéndote, con alguna súplica borrada en el fondo de la taza. No quise voltear a mirarla, humillada, solo me paré, me dirigí a la barra y tarareando el inglés ronco de Armstrong tomé el cuchillo del bistek y se lo clavé en el estómago (para que no pudiera digerir su último bocado). El hombre cayó de la silla con cara de horror y se agarró el vientre ensangrentando pidiendo ayuda. Yo me lo quedé mirando, cantando ahora sí a voz en cuello y esperando por ti.
Ropa sucia

Eran las tres de la mañana. Bernardo la vio cruzando la pista. Llevaba un abrigo largo, hasta los tobillos. Se paró en la plaza San Martín y encendió un cigarrillo. No parecía temer nada, a pesar de que era un blanco fácil para los pirañitas de la zona. Pero los chibolos que pasaron por su lado la trataron con familiaridad, se quedaron conversando un rato y luego se fueron, después de que ella les diera un paquete pequeño dentro de una bolsa blanca. Bernardo no pudo evitar la curiosidad, aquella mujer parecía su salvación después de haber pasado una noche bastante aburrida. Se acercó resuelto a entablar una charla con ella. Hola, ¿no te da miedo estar aquí tan solita? Ella lo miró de reojo y botó una bocanada de humo. Ya te había visto y no pareces del tipo violador de esquinas, además creo que el que debería tener cuidado eres tú. ¿Ves a esos chiquillos? —dijo señalando con el cigarrillo hacia el cine Colón—, ya te están tazando, cuando te vayas te van a atracar. Bernardo se puse un poco nervioso y volteó a mirar. Efectivamente, había dos de ellos merodeando en una esquina. Alrededor la calle estaba desierta. No pareces ser de por aquí, nunca te he visto. A veces me vengo a tomar unas chelas al Munich. Y ¿estás solo? Sí. Entonces te aconsejo que me invites una chela si quieres salir vivo de aquí, vamos. Bernardo aceptó la propuesta de la mujer, no por miedo sino por puro sentido de aventura.
Bajaron al bar y pidieron una jarra. Ella encendió otro cigarrillo y se le quedó mirando. Él también la miró como pocas veces miraba a una mujer: de frente, directo a los ojos. Los tenía tan negros que parecían dos túneles por donde uno podía perderse. Bernardo sintió una ligera sensación de angustia que cerró su garganta, tal vez era el bate que se había fumado antes de salir del bar. Ella se quitó un mechón que le caía sobre la frente y apoyó la mano del cigarrillo debajo de la quijada. Los rizos desordenados de su pelo enmarcaban un rostro rudo, y el humo y la poca luz la hacían ver como una aparición fantasmal. Él la siguió mirando, y su cara comenzó a transformarse, la vio como a una fiera: salieron un par de colmillos de su boca, la nariz erizada de aletas abiertas exhalaba un vapor furioso, y su mano apoyada en la cara era una garra. Bernardo cerró los ojos por un momento y los volvió a abrir, al fin les habían traído la jarra y tomó un trago. Estoy buscando mi ropa, dijo la mujer con la mirada perdida. Me la robaron, la tenía pegada a la piel y era roja. Su voz era más grave y con una cadencia mortuoria. Qué interesante, pensó él, esta mujer está loca, y comenzó a subirle una sensación de euforia que lo puso colorado. Ella volvió su mirada hacia él y le dijo: a ti hay que quitártela, por eso has venido a buscarme ¿no? No en realidad, no lo planeé, pero ya que lo mencionas, puedo dejar que me la quites. Y le alargó una sonrisa con sus ojos semi dormidos, sintiendo que ahora la euforia se alojaba debajo de su pantalón. Tú y yo no somos iguales, no sabes lo que es estar metido en la mierda. Volteó la cara con amargura. Él levantó su vaso e hizo un gesto de brindis para que ella le devolviera sus ojos. Y tu ropa, esa que estás buscando, ¿por qué te la robaron? Porque estaba sucia, pero era mi ropa y yo podía haberla limpiado. No te apenes, seguro puedes ponerte otra más bonita. Ella levantó la mirada y le lanzó sus ojos furiosos. No entiendes nada, le dijo. Tal vez, a veces soy un poco bruto, no te molestes, si quieres yo te ayudo a buscarla, y le tomó la mano. Ella hizo un gesto ambiguo con la boca, podía ser un intento de sonrisa o una señal de fastidio. Ahora estoy desnuda y vulnerable y cualquiera puede tomarme, por eso llevo mi navaja. Metió la mano al bolsillo y sacó un cuchillo pequeño con una punta fina. Con esto me defiendo. Eres pata de los chibolos de por acá ¿no? Sí, a veces les dejo unos sánguches que me prepara mi mamá, pero yo no los como, no confío en esa bruja, por su culpa me robaron mi ropa. Deberíamos irnos, acá estamos rodeados de demonios. ¿Demonios? Pero si los demonios no existen, nosotros los creamos y están aquí —dijo él tocándole el corazón con el dedo índice. Hacer eso fue como apretar el botón de una bomba, la mujer se lanzó sobre Bernardo y le volteó la cara de un bofetón. Él se quedó paralizado, viendo cómo ella acercaba su cara poco a poco, hasta rozarle la punta de la nariz. ¡No te metas conmigo!, ¿quieres que te de otra? No, le dijo él, manteniendo su cara firme, no me gusta que me peguen. Entonces vámonos de una vez de aquí. Ella tomó su mano y de un jalón lo sacó de la silla.
En la calle, Bernardo caminaba como un zombi a su lado, con miedo pero sin poder reaccionar. Se dejó llevar hasta un callejón y entró a un cuartucho oscuro que tenía una tarima, una mesita de noche y una silla. Había una cómoda con los cajones abiertos y con ropa colgando. Olía a humedad y a aquel tufo salado que había sentido en su piel cuando la tuvo tan cerca. Desde ese momento lo que sucedió pudo haber sido obra de su imaginación. Ella se quitó el saco, tenía puesto un camisón delgado que apenas le cubría el cuerpo, comenzó a desvestirlo y a besarlo sin respiro. Él la ayudó con la correa, el cierre de su pantalón, los zapatos. Cuando menos lo esperó estaban tendidos en la tarima. Ella se pegó a él como una sanguijuela, succionando su miembro desde un hueco negro y húmedo, dejándolo aferrado al colchón como por una fuerza centrífuga. Él pudo ver claramente cómo sus manos se alargaban, metiéndose dentro de unos pechos que se abrían y cerraban como pétalos carnívoros. Abrió más los ojos, tratando de recobrar la lucidez, pero aquel trance era más fuerte que él. Sus alucinaciones no cesaban. Aparecía y desaparecía el rostro que vio transformarse en fiera, los demonios que él mismo había dejado salir, tocando esa piel blanda que parecía de hule bajo sus manos. Un fluido caliente subió por sus venas haciéndolo pestañar. Su cabeza comenzó a girar cada vez más rápido y una sensación de vértigo lo hizo caer. La luz de la ventana dio contra su cara.
Cuando Bernardo despertó ella ya no estaba. Sólo estaban él, su resaca y una sensación extraña de falta. El cuarto ahora tenía las paredes descascaradas y el piso de losetas desvencijadas. Se incorporó con dificultad y levantó su pantalón para buscar la billetera. Lo primero que vio fue el condón que no usó y que le restregaba en la cara lo imbécil que había sido. Luego se dio cuenta de que ella no podía haberse llevado nada porque los últimos soles que tenía se los había gastado en el bar. Trató de recordar cómo había sucedido todo pero las imágenes iban apareciendo desconectadas unas de otras, hasta que después, cuando llegó a su casa, pudo reconstruir los hechos y relatarlos guiado por las emociones que habían quedado grabadas, más que por el sentido lógico de la razón. Los días pasaron y aquella sensación de haber sido despojado de algo seguía latiendo, como una alarma que no dejaría de sonar hasta que despertara de un sueño letárgico. No fue sino meses después cuando por fin despertó y se dio cuenta de que verdaderamente algo le faltaba, su ropa no volvió a ser la misma.
Ciudad revelada

Todos los sábados, a las tres de la tarde, me esperaban en el cuarto de la muerte. Era un cubículo oscuro e infectado, y llegar hasta ahí significaba morir un poquito cada semana. El lugar quedaba en la Av. Abancay, así que tenía que atravesar esa Lima que rebalsa, en un trayecto de bocinas infames, humos densos, rostros de hastío y resignación. Y yo debía estar acorde con aquel aire moribundo: buzo viejo, polo largo y ancho, cara lavada, pelo recogido de colegiala. Mis tabas, las más gastadas.
Bajaba del micro una esquina antes de llegar al edificio. Mi paso ligero hacía mover mi cola de un lado a otro. Iba directo a mi objetivo. Sin titubear, esquivaba las manos hambrientas, el discurso de los ambulantes a medio camino, alguno que otro escupitajo. Miraba a todos lados, siempre atenta del fulano que iba detrás, sujetando con fuerza las asas de mi mochila. Una tienda de tortas coloreaba el paisaje gris con rosados chillones y quinceañeros. He venido hasta aquí para verte sufrir, traidora, solía gritar la cumbia de un parlante. O también, miénteme, miénteme, hazme creer que este es el paraíso papi…
El edificio era un bloque teñido de todos esos dióxidos que habitaban la calle a diario. Había una reja que siempre estaba abierta, y al entrar, un olor rancio a orines secos te golpeaba la cara. Había un ascensor, pero nunca se me ocurrió entrar, quedarme atrapada en aquel aparato me asustaba más que volar los cinco pisos que me llevaban hasta mi destino. En esas carreras desesperadas siempre imaginaba que alguien aparecería y trataría de hacer uso de lo ajeno, de mi cuerpo claro, porque otra cosa no se podrían llevar, no cargaba nada de valor. Pero siempre me acompañó un silencio de abandono. Nunca se asomó un alma por aquellas escaleras que subía de a tres. Aunque una vez comprobé que el edificio no estaba deshabitado.
Cuando llegaba al piso tenía que caminar por un corredor vacío hasta el 508, el número salvador. Una de aquellas veces vi en el camino una puerta entreabierta y no pude resistir la tentación de asomarme. Una familia numerosa estaba reunida en una mesa larga y se escuchaba el parloteo de un televisor. En la cabecera de la mesa, un hombre parecía hipnotizado. Espalda recta, mirada perdida, su mente estaba atrapada en un barullo de voces fantasmales. Lo quedé mirando y logré entrar en su letargo y ser él por un instante, hasta que sus ojos me encontraron. Desvió la mirada nerviosamente y yo sólo atiné a alejarme lo más rápido que pude.
El 508 era la cuarta puerta del corredor. Debía tocarla dos veces, dejar un silencio y volver a tocar una vez más. Esa era mi clave, nunca supe bien por qué la usaban, si era porque no querían recibir a alguien o porque el lugar era más peligroso de lo que imaginaba. Si no estaban listos ellos respondían con dos toques y yo tenía que esperar de dos a tres minutos más. Si estaban listos abrían la puerta haciendo sonar el pegamento de la cinta aislante que se desprendía de la pared. Ya adentro me codeaba con dos o tres personas en un cuarto minúsculo, con un ventilador que recirculaba nuestras respiraciones apretadas y nos hacía creer que entraba aire fresco. A veces tenía suerte y sólo estábamos Rolando y yo, pero siempre pasaba ahí dos horas asfixiada de químicos, que poco a poco hicieron que mi cuerpo generara un rechazo brutal al fixer, al dektol y al ácido ascético. Pero en ese momento estaba tan fascinada viendo la magia de los revelados que no me daba cuenta. Esperaba paciente los segundos del reloj para sacar las tiras de prueba y luego los minutos inacabables meciendo bateas para obtener la imagen que había proyectado. Los papeles nadaban después de haber pasado por mil y un artimañas bajo la luz de la ampliadora, en la que unos aparatos hechos de cartulina y alambre o incluso las mismas manos, servían para tapar algunas zonas o para exponer otras a más tiempo de luz.
Así fueron mis primeras prácticas en el cuarto oscuro de la Avenida Abancay. Nunca salí de ahí con una foto reveladora. Mis blancos y negros eran todavía demasiado contrastados y el papel barato no ayudaba a ocultar las huellas de un químico a destiempo. Lo que sí fue revelador me lo llevé de una imagen que no estaba hecha ni de plata ni gelatina, sino de aquella especie de vida agonizante que merodeaba la ciudad.
El terremoto

Diario de Fátima
17/08/07
Hoy día mi hija me regaló un dibujo. ¿Qué es esto hijita? Es el terremoto mami.
El terremoto ha roto partículas, las ha mezclado, ha remecido cada uno de los cajones de mi conciencia y me ha traído una extraña calma. La huelo, la reconozco, es miedo disfrazado de calma, un miedo emergente que quiere gritar. ¿Disfrutas más sola o sufriendo por alguien? No lo sé. Mejor que venga el ángel a regalarme su aliento fresco. Sólo eso. El piso tiembla y tiembla, sigue temblando. Tengo inyectado el miedo en las venas. Estoy con los átomos revueltos, se han confundido, generan cortos circuitos involuntarios. Y el niño hombre aparece otra vez, entre nubes amorfas. ¡Qué locura maternal tan devastadora! Ha llegado con la mirada quebrada, la de aquel que está desarmado por un segundo y en ese instante puedes verle el alma. Me dice adiós, él también, es hora de que regrese a su mundo.
Ha habido un terremoto, aquí adentro…
Relato de una mujer nueva

La noche está fría, ya se siente aquel viento helado que trae el invierno. Me enfrento a la corriente y tengo que agachar la cabeza y cerrar el saco contra mi pecho. Quiero enfrentar también mi miedo y vencerlo, pero sigue conmigo, volando a la par que mi pelo. Llego al bar a la hora prevista pero me voy directo al tocador, tengo que asegurarme de que me veo bien. Me miro al espejo, me he puesto el vestido rojo que me regaló la Lola el día de mi cumpleaños, el par de tetas falsas se asoman por el escote. Me siento orgullosa, de todas las chicas del bar soy la que tiene menos cortes y más atributos naturales. Arreglo mi pelo con las manos, el viento ha aumentado su volumen. Siempre me ha gustado verme con el pelo abundante, así me queda mejor. ¡Ay! como odiaba aquel corte militar que me hacía mi madre, si me viera ahora, creo que se volvería a morir. Me inclino hacia el espejo para mirarme de cerca. Sin duda, el maquillaje es mi mejor aliado, me siento más segura bajo esa máscara de polvos y pinceladas que afinan mis rasgos. Repaso el delineado en mis cejas, separo mis pestañas pegoteadas por el rímel, aumento el carmín en mis labios y el color en mis mejillas. Veo mis argollas y recuerdo al español perverso que le gustaba hacer cochinadas con mis pies, sólo Dios sabe por qué lo aguanté. Tengo ganas de orinar, siempre me pasa eso cuando estoy nerviosa. Voy al water y orino sentada. Acomodo nuevamente el calzón apretado y las medias pantys. ¡Carajo! es todo un trámite esto de ir al baño para las mujeres. Son las nueve y cuarto, ya debo salir, seguro me esta esperando. Salgo del baño y lo veo sentado en una de las mesas que están junto a la ventana, mira la calle con un vaso de whisky en las manos. El no bebe whisky, seguro también esta nervioso. Se ve adorable, hermoso, ¡tengo tanto miedo de acercarme! Camino despacio pero el sonido de los tacones me anuncia. Gira la cabeza, me paralizo, me mira triste con ese par de ojos pardos que me heredó. Hola papá, me dice.
Mantis

Diario de Fátima02/04/06
Abro los ojos y la veo. Me está esperando como a una presa, sentada sobre sus apéndices traseros y haciendo colgar sus patas opuestas debajo de un hilo blanco y baboso. Sus globos se posan hipnóticos. No puedo zafarme de esa mirada que cavila un único propósito, hacerme suya. Sus antenas juegan alternas acariciando mi cuello y las púas de sus patas me apuntan generosas, dispuestas a esperar el tiempo necesario para atraparme. Yo sigo inmóvil, incapaz de hacer un movimiento que pueda perturbarla. Me cae sudor de la sien y empiezo a mojarme, me empapo hasta los dedos de mis pies y siento un olor venenoso que me atrae inexorablemente. Quiero ser atrapada, mi mente comienza a desvanecerse, caen mis párpados, siento una necesidad absurda de beberme sus fluidos. La mantis clava sus filudas púas en mi cintura, me tiene colgada con la cabeza hacia atrás y mete su lengua en mi boca. Me besa ahogada y escucho un rezo de amor. Al fin me devora.
Sopa de Nora

Diario de Fátima
22/01/06
¡Nora! ¡Despierta! Hay que preparar la cena. Esas eran las palabras finales que cerraban la pesadilla. Presentía que algo no andaba bien. El fogón, la cacerola… El cucharón marcaba la décima vuelta y hacía dispersar unas burbujas revoltosas que pretendían salirse de la olla, y el olor picante de la pimienta se le comenzaba a meter por los huesos para desbaratarla. El vapor la iba cubriendo sigilosamente. Ya había tomado la mitad de la habitación y amenazaba con metérsele en el cuerpo para quemar su sangre. El tiempo, de pronto, había culminado, ya lo sabía, y debía añadir el ingrediente final que haría de aquella sopa la más suculenta, la sopa que llevaría su nombre, su piel, sus fluidos más íntimos. Nora se quita la túnica y se dispone a entregarse como sabor último, para quedar impregnada en el paladar familiar… ¡Nora! ¡Despierta! Así lo hizo. Nora decidió no dormir esa noche y se atrevió a hacer realidad su sueño macabro. Nunca más se enfrentaría a la duda de saberse deliciosa en la extrañísima receta de su propia muerte.
Pies de cuello largo

Todos los martes, a las once y media de la noche, Alicia sueña con una persecución. Desde que se divorció no ha podido evadir aquel sueño repetido. Ni siquiera ahora que ha cambiado de cama para que sus nuevos amantes no se contagien de los espacios geométricos de su ex esposo (tarea inútil. Ellos, en vez de hacerle olvidar al ex, le recuerdan el mismo código atávico que la atormentó la mitad de su matrimonio). Sin embargo, la persecución del último martes fue distinta. Hubo un ligero cambio en la secuencia matemática de su inconciente, que la hizo perder el equilibrio y caer de la cama. Algo había cambiado en ella, tal vez las sesiones sicológicas la estaban volviendo más loca aún.
Alicia ha buscado en su memoria algún indicio que aclare el misterio de los martes, pero no logra encontrar una respuesta. Tampoco ha podido evadir la hora de ir a dormir. Cada vez que ha intentado cambiar el horario ocurre algo, y siempre, párpados caídos pegados como imanes, el sueño la lleva al mismo mundo de unos pies perseguidores. La sicóloga le ha preguntado si tiene alguna idea acerca de la identidad de aquellos pies. ¿Podrían ser los suyos? No, dice Alicia con seguridad, no se parecen a sus extremidades anchas y pequeñas. Los pies de su sueño son finos, largos y el dedo índice sobresale del pulgar, detalle que ella siempre había visto como un defecto hasta que se dio cuenta de que ella era la de los pies raros. Su esposo siempre le decía que cómo iba a tener estabilidad con esos pies que no sabían aferrarse al suelo y pisar firme. Ella era una voladora, imposible no serlo con ese dedo gordo tirado hacia un lado, que por su corta estatura había perdido el respeto de los otros, más unidos y parejos. Y su pisada hacia adentro, claro reflejo de aquel mundo interior que él nunca pudo explorar a cabalidad, le había dejado dos grandes huellas de callos amarillentos que pretendían afianzar una pisada menos anónima. Pero si casi todo el mundo tenía problemas con sus pies y sus pisadas, le decía ella, menos tú claro, hecho a la medida de alguno de esos dioses griegos, tan simétrico y equilibrado.
Alicia puede recordar con precisión cada detalle de su sueño, sobre todo la imagen del par de pies que debieron irse con la antigua cama, pero que la siguen persiguiendo descalzos. Ella los puede ver en primer plano: el contraste perfecto de unos empeines lisos, respingados y dorados; con dos plantas finamente arqueadas, pálidas, casi traslúcidas. Los ve al ras del piso, de frente, obligándola a retroceder, porque aquellos talón-planta-punta se aproximan con la tibia amenaza de aplastarla. No cabe duda, son los pies de su ex marido, que cada vez apuran más el paso hasta hacerla correr, y correr en retroceso (la forma más absurda del miedo: temer y no poder dejar de vigilar lo que se teme). Pero el cambio significativo en el sueño del último martes fue que ella no despertó en esa carrera al revés, sino que detuvo su marcha y dejó que aquellos pies la embistieran y se enredaran en los suyos. Así, ella pudo encontrar el asidero que necesitaba para llegar a la cima. Ya arriba, después de haber escalado unas piernas tubulares que no tenían fin, pudo ver a los pies de lejos, pequeñitos y se sintió poderosa, se entregó al vértigo que la llamaba y se dejó caer desde lo alto de aquellos pies que no tenían tobillos sino cuello, y un cuello que había perdido la cabeza.
Perro amor

¿Quién no tiene una amiga desesperada por conseguir pareja? Y si está en la treintena peor. Y cuando una mujer está desesperada a veces no lee bien las señales, o se hace la de la vista gorda (sólo de la vista porque para conseguir pareja hay que estar más anoréxicas que nunca). Bueno pues, la historia que voy a narrar a continuación es la de una amiga con la vista gorda, a la que voy a llamar Miranda.
Miranda es una mujer guapa, con un buen trabajo y vive sola en un departamento en Miraflores. Parece muy segura de sí misma pero en lo que respecta a relaciones de pareja ella se cataloga como un desastre. Siempre elige al hombre equivocado. Cuando cumplió treinta su mamá le regaló un perro como consuelo por no haber conseguido marido. Este es un compañero fiel que jamás te dejará —esas fueron sus palabras de felicitación—. Claro que lo que logró la mamá fue que Miranda se sintiera más sola aún y más patética que nunca. Sin embargo, no pudo evitar sentir un deseo instintivo de protección y acoger al pequeño pastor inglés con la ilusión de un nuevo amor. La diferencia es que éste sólo sabía hacer mimos, no hablaba para herir y siempre estaría alegre cuando ella llegara a casa.
Al principio, a Miranda le preocupaba su vertiginoso crecimiento, que los colocaría a ambos en una situación un poco apretada. Pero para su sorpresa, hicieron tan buenas migas que cada uno se acopló al otro y aprendieron a ceder sus límites para poder hacerse compañía sin reclamarse nada.
Así han pasado tres años (o sea, Miranda ya tiene treinta y tres). Hoy, mi amiga dice que no podría vivir sin su querido Benjamín (sí, así le puso al perro, yo sospecho que es el nombre de algún antiguo amor) y desde que lo recibió en su casa no ha hecho otra cosa que mimarlo: le prepara hamburguesas de verduras con arroz, le celebra su cumpleaños con torta, globos y pica pica, lo lleva a la peluquería y hasta le envuelve sus regalos en navidad y los pone debajo del árbol. Pero el viernes de la semana pasada ocurrió algo insólito, Miranda se olvidó de prepararle su cena. Y mientras ella iba y venía por el departamento, atareada con los preparativos de otra cena, Benjamín la miraba con sus ojitos dormidos desde un rincón de la cocina, esperando con pasividad a que ella le prestara atención. Fue la primera vez que el animal no reclamó por su alimento. Al parecer, presentía que el descuido de su ama se debía a algo importante. Y efectivamente, se trataba de una cita con un prospecto de pareja que, según ella, era muy prometedor. Así que ese mismo viernes salió temprano del trabajo para ir al súper y comprar todo lo que necesitaba para impresionarlo. El era un hombre controlado, muy mental y le costaba expresar sus emociones, lo notó al instante el día en que lo conoció, pero Miranda ya no estaba para tolerar miraditas sutiles y frases de doble sentido, ella quería acción y ese hombre necesitaba un empujoncito. Pensando en eso buscó una receta del diario de su tía Claire, que según ella, podía enloquecer a cualquier ser que tuviera papilas gustativas y hacer que se quedara con las ansias de un enamorado primerizo. Se debe servir poco para dejar al comensal con la miel en los labios y cuando quiera repetir será el momento de atacar. Eso decía en letras pequeñas como pie de página (siempre pensé que su tía estaba medio loca pero era muy divertida).
En la familia de Miranda siempre fueron todas mujeres. Su abuelo y su padre murieron cuando ella era muy chica, su hermana mayor se divorció al poco tiempo de casarse y la menor cambiaba de enamorados como de ropa interior. Tenía una tía viuda y a la tía Claire, solterona pero muy sabia en asuntos amorosos. Podía parecer contradictorio que se quedara sola pero ella decía que lo más estimulante del trance amoroso era la conquista, y cuando ya tenía a los hombres a sus pies perdían el encanto. La magia está en la caza, no en comerse a la presa. Esa era su frase favorita y Miranda siempre había querido ponerla en práctica pero nunca le había dado resultado. Por más que intentaba no podía entenderla, su temor a la soledad la hacía entregarse demasiado rápido y al parecer ahuyentaba a los hombres antes de que se diera cuenta de que la presa era ella y que no había luchado por salvar su propia vida.
Pero por alguna extraña razón, Miranda tenía demasiadas expectativas puestas en este hombre (bueno, no es extraño, conociéndola). Parece que realmente la impresionó: maduro, unos diez años mayor que ella, gerente de una empresa transnacional, amante del arte y con un par de ojos gigantes que desde un principio la desarmaron. Pensando en esos ojos había planeado todo muy bien, calculando cada paso para no caer en falso. Por fin había sabido usar la máscara de la mujer independiente que goza de su soledad y que podía allanarla en favor de otro ser solitario. Apenas lo conocía, habían coincidido en una exposición de arte de un amigo mutuo y sus gustos se alinearon de inmediato. Ella pensó que por fin había llegado el momento de su revancha en la vida y se esmeró en cada detalle para no arruinar la noche. Sin embargo, tenía “un bichito en el corazón” (esas fueron sus palabras exactas) que le decía que algo no andaba bien, pero prefirió no escucharlo y seguir en su carrera vertiginosa para lograr la cita perfecta. No quería arruinar la noche con sus inseguridades, además, todo había comenzado de maravilla, la invitación a cenar salió tan natural que prácticamente pareció que él se había auto invitado. Por fin se estaba volviendo calculadora de verdad y la mitad del camino ya lo tenía ganado. Eso tenía que ser una buena señal.
Lo que ocurrió ese viernes sólo le puede pasar a mi amiga Miranda. Sólo a ella. Ya estaba todo listo: la cena en el horno, la mesa puesta y vestía un traje sencillo y casual, no podía parecer una mujer desesperada. Benjamín la había visto ir de aquí para allá, decidir el mantel, el color de las velas, el florero para las astromelias y ella prácticamente lo había ignorado todo el día. El estaba silencioso y meditativo, con la cabeza apoyada en medio de las patas, mirando las manecillas del reloj, con una tristeza que comenzó a alarmar a mi amiga. A las 9:30 sonó el teléfono y sintió una punzada en el pecho (era el bichito que la estaba fastidiando de nuevo). Antes de contestar miró al animal que parecía saberlo todo y él le hizo una venia con el hocico para que tomara el auricular. Que había olvidado el cumpleaños de su esposa y que la cena debía ser con ella, que seguro Miranda lo entendería, además la había librado de una noche aburrida. Colgó el teléfono y se quedó inmóvil, al fin, después de tantas correrías. Siempre había imaginado que era divorciado. (I m a g i n a d o, él nunca se lo había dicho pero como no llevaba anillo a ella se le ocurrió inventárselo). Benjamín se acercó a paso lento y alzó la cabeza. Ella lo miró y él comenzó a mover la cola, era la primera vez en el día que le prestaba atención. Dio unos aullidos, unas vueltas sobre el sitio y se atrevió a sentarse en una de las sillas del comedor. Mi amiga Miranda sonrió amargamente, sacó la cena del horno y se la sirvió a Benjamín para compensarlo del cruel olvido de su alimento. También se sentó ella, no podía hacerle un desplante, sabía lo que se sentía. Así que destapó el vino, se sirvió una copa e hizo el brindis de la noche, en honor a él y a todos los amores perros.
La tía que nunca cumplió treinta

Ayer cumplí treinta. La tía Liz solía decir que ella no llegaría a aquella edad apocalíptica. Y cumplió con su palabra. La noche anterior a su muerte mi hermana y yo dormimos en su casa, en su mismo cuarto, en una cama que tenía desocupada al lado de la suya. A mi hermana y a mí nos fascinaba ir a aquella casa. Siempre teníamos algo nuevo por descubrir, estaba llena de recovecos, desniveles, infinidad de baños, cuartos con walking closets. El estudio tenía un coqueto balcón con vista a la sala principal y estaba adornado con unas cortinas hechas de piedras de colores. Era el escenario perfecto para reinventarnos. Cuando rozábamos aquellas piedras y las hacíamos chocar unas con otras daba la impresión de que estábamos en una playa. Aquel sonido de lluvia, la caricia del mar sobre las piedras. El encuentro entre lo infinito y lo tangible. El movimiento y la quietud. Cierro los ojos y aún puedo evocarlo. Nos encantaba perdernos por los rincones de aquella casa que quedaba frente al Campo de Marte y que había ganado un concurso de arquitectura por su diseño de vanguardia. Pero aquel recinto, que para nosotras era un escenario fantástico, se había convertido en la cárcel de la tía Liz. Su familia gozaba maltratándola, física o psicológicamente. Tenía cuatro hermanos que se dedicaban a pisarle los talones y a veces hasta la encerraban en su cuarto. Para su madre no era lo suficientemente bonita —aunque era una princesa árabe que guardaba en sus ojos dormidos un par de esmeraldas—. Cuando bebía, aquellos ojos brillaban insolentes y se convertían en dos puñales afilados. Pero cuando estaba sobria, y la euforia había cedido a sus estados depresivos, eran dos faroles apagados que miraban su cuerpo con desprecio. Nunca podía ser lo suficientemente delgada, aunque las clavículas y las rótulas de sus hombros amenazaban con salírseles de la piel. Para nuestros ojos infantiles, la tía Liz no tenía motivo para ser infeliz: era bella, tenía dinero y se la pasaba horas inventando formas, jugando con pinturas y pinceles, recolectando chucherías que le servían para crear adornos inservibles, como decía su madre. Pero en ese entonces, nosotras no podíamos entender lo que significaba vivir sin amor. En su corta vida no encontró a nadie que la amara, y es que ella nunca aprendió a amarse a sí misma. Y surge el círculo. Cómo podría amarse ella misma si no la amaron. Pero algo sí era cierto, nosotras, de alguna manera, le alegrábamos un poco la vida. Éramos sus mascotas. Se divertía con las impertinencias vivaces de mi hermana y mi dulzura callada la enternecía. Nosotras le alimentábamos el instinto materno que nunca llegaría a saciar. Nos invitaba a bañarnos en su piscina en forma de riñón y nos dejaba jugar con sus peluches importados y con sus miniaturas. El día anterior a su muerte la pasamos con ella en su piscina. Aún recuerdo su imagen. Se había recogido el pelo en un moño y estaba con todo el cuerpo sumergido en el agua, apoyada con los codos sobre el borde de la piscina. Estaba triste y parece que aceptó que nos quedáramos a manera de despedida. Aquella noche la muerte nos rozó los talones. Cuando las tres dormíamos, sonó el teléfono. Mi hermana levantó el auricular y cuando iba a hablar se dio cuenta de que ya habían contestado en algún otro lugar. Era la empleada que hablaba con un hombre. Hoy no, están las niñas —dijo—. El hombre insistió en que debía ser ese día, pero ella recalcó que los planes debían cambiar. En la tarde del día siguiente encontraron a la tía Liz colgada. Los exámenes médicos revelaron que había ingerido una gran cantidad de pastillas y, según la reconstrucción de los hechos, después de tomarlas habría perpetuado el suicidio. Pero aquella hipótesis era absurda, el efecto de tal cantidad de somníferos la habrían dejado casi inconsciente, totalmente inhabilitada para dar dos pasos sin tropezar, y mucho menos para subirse a una silla y tener la fuerza para atar la sábana a una lámpara. Pero el caso quedó como suicidio y fue enterrado con ella, poco antes de que el ex marido recibiera una abultada herencia. Nunca más volvimos a aquella casa magnífica, sólo sé que hoy la ocupa una congregación de monjitas.
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