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Fecha Publicación: 2015-07-24T09:20:00.000+02:00

Relato: ¿Salvados?

    

El coche frenó bruscamente, pero el conductor no anduvo vivo y se le fue de la calzada. Cuando él y el otro ocupante quisieron darse cuenta, medio automóvil colgaba peligrosamente de un enorme farallón hacia abajo. Oscilaba amenazante hasta que por fin paró de zarandearse y se estabilizó.

Cuentos y relatos sobre aliens. Extraterrestres.-¡Pásame ese martillo, deprisa, que nos caemos! Menos mal que tengo aquí mi material de escalada de los domingos. Clavaré unas puntas, después pasaré esa cuerda y…
-¿Y no sería mejor intentar salir del coche sin más, abrir la puerta y salir?
-Si salimos bruscamente, todo caerá, y nosotros también. 
-Espera. Yo tengo una solución más sencilla. 

El copiloto sacó un silbato de su bolsillo y lo hizo sonar. Al momento ocurrió algo que ni su compañero de viaje ni nadie más sabía, que él guardaba un as en la manga. Un caballo blanco alado llegó volando hacia ellos.

-No puede ser… ¿qué es eso? –preguntó él, fuera de sitio. Ese animal no existe.
-No es un animal. Es un dron. No alucines tanto.
-¿Un dron con forma de Pegaso?
-Eso es. Llevo toda la vida trabajando para conseguir una maravilla como esa. Cuando tú salías de marcha y yo me quedaba en casa, trabajaba en él. Cuando tú te ibas de vacaciones y yo no te acompañaba, trabajaba en él. Pero ya lo he terminado y funciona.

El dron pegasoEl caballo se acercó a los dos hombres que permanecían dentro del coche que amenazaba con caer al vacío. Ambos saltaron a la vez a su grupa ayudados por un brazo biónico que les ayudó a acomodarse adecuadamente.

Entonces, el coche se precipitó hacia las fauces del mar.

Los hombres cabalgaron en el dron pegaso hacia un lugar indefinido. Nunca más se supo de ellos. El inventor ignoraba que su obra no era más que una idea que alguien desde otra parte de la galaxia le había inculcado durante sus sueños para atraerlo hacia sí. Sin embargo su amigo sobraba, no entraba en aquel ataque a la libertad, por lo que, antes de llegar a destino, el pegaso sacó su brazo biónico, tomó al hombre en volandas y lo lanzó en medio del mar. El inventor, horrorizado por lo que acababa de ocurrir con su hermano, trataba de dominar la consola insertada en la cerviz de su invento bajo la falsa piel, pero éste parecía actuar de forma independiente: sabía a dónde iba. Y cabalgaba las nubes a tal velocidad que el hombre empezaba a notar la falta de aire. 

Cuando el inventor miró al lugar al que el dron se dirigía sintió un escalofrío, pero antes de ver algo más sufrió un desvanecimiento que le dejó sin sentido durante la última parte del viaje. Una nave interestelar le esperaba con sus puertas abiertas, ya casi en los límites de la atmósfera. Unos seres de aspecto extraño aguardaban bajo el umbral de la puerta.

Cuentos y relatos sobre extraterrestres. Aliens.
-Ya está aquí –dijeron en un lenguaje ininteligible para el recién llegado-. Ya no saben vivir sin la tecnología. Éste nos facilitará aún más las cosas. Un científico más para los miles que ya trabajan para nosotros. ¡Todos preparados! ¡Ya llega el siguiente! ¡Soldados, en formación! 

-Perfecto –contestó otro que parecía estar por encima en el escalafón social-. La rebelión de las máquinas se acerca, y nos allanará el camino. Pronto el planeta azul será nuestro.



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Fecha Publicación: 2015-07-21T09:31:00.000+02:00

Relato: Almas de seda blanca


Versalles, diciembre de 1763

Cuentos y relatos sobre la música y la igualdadHenriette se escondía siempre. No le estaba permitido asistir a los conciertos de los diferentes compositores que solían celebrarse en palacio, pero había uno que desde que llegó unos días atrás le cautivó sin remedio, y eso que no era más que un niño: Mozart, de seis tiernos años de edad. Su afición por la música del joven compositor le llenaba tanto el espíritu, que maldecía su humilde cuna cada vez que las adornadas puertas beiges del salón de conciertos se cerraban ante ella, dejándola fuera. Adoraba la viva suavidad del sonido del clavecín que tantas veces había oído tocar, pero nunca de aquella manera tan imaginativa, diestra y precisa.

Henriette pertenecía al servicio de palacio. Hacía camas, barría, quitaba el polvo, vaciaba las bacinillas en los dormitorios de los nobles, limpiaba cristales, lavaba y arreglaba la ropa de los nobles con primorosos zurcidos que así disimulaban su uso ante la alta sociedad. Se decía que gracias a sus manos la ropa de los reyes lucía como nueva durante años. Pero ella no podía comprender que aquellas notas que salían de aquel salón sólo pudiesen ser disfrutados por gentes que ostentaban grandes pelucones, pañuelos sujetos por anillos a sus dedos y que todos y todas movían con un desparpajo cargado de frivolidad, vestidos inmensos que no cabían por las puertas cuajados de pedrería y finas laminillas de oro, zapatos de tacón alto y grandes hebillas, rostros maquillados sin discreción y lunares pintados sobre bocas más rojas que la sangre. 
Se decía que Mozart sólo permanecería en Versalles hasta mediados de enero del año siguiente. Entonces ella resolvió que deseaba, por encima de cualquier cosa, conseguir un recuerdo del que consideraba el mejor músico que nunca había pisado aquellos salones. Su oído, a pesar de no haber tomado clases de música en su vida, era tan fino, y su gusto tan delicado, que, de haberse casado con algún noble de relumbrón, nadie habría notado su ascendencia plebeya en cuanto a su instinto musical. Y es que ella había nacido y crecido en aquel ambiente, eso sí, entre escobas, montones de patatas y bacinillas llenas, pero escapándose siempre que podía a ocultarse tras las puertas cerradas para ella, que no cejaba en su empeño, pues pensaba que como ella en sus gustos “la música es libre y no puede encerrarse en una sala”. Efectivamente, la música salía libremente y allí estaba ella para recibirla en su atribulado espíritu.

Cuentos y relatos sobre la música y la igualdad.
Una de aquellas veladas en que ella había terminado ya sus tareas, el pequeño Mozart daba uno de sus conciertos ante su majestad Luis XV y la marquesa Madame de Pompadour. El niño dio todo lo que tenía dentro, y, acuciado por una infancia nada convencional cargada de viajes, sólo buscaba reconocimiento a través de besos y abrazos, como cualquier otro niño. Pero, al terminar la audición, Madame de Pompadour se negó a besarlo, lo que produjo en el niño tremenda desazón, y abandonó la sala corriendo, sacando fuerzas de su universo infantil para cerrar la gran puerta sin mirar atrás. Cuando salió allí estaba Henriette. Ella, al tenerlo tan cerca, se asustó.
-¿Qué haces aquí escondida? –preguntó el niño.
-Yo… sólo quería escucharos. Adoro vuestra música. Sois el mejor intérprete que nunca ha pisado estos suelos que yo limpio a diario.
- Pues permíteme decirte que están muy limpios. A mí me gusta correr por lo suelos encerados y tirarme por ellos resbalando, ¿a ti no? –preguntó.
-Sí, pero si me ven jugando por el suelo, me despedirán. No puedo hacer lo que quiero. Si me dejaran, hubiera estado ahí dentro disfrutando de vuestra música.
-Haremos algo. Vas a entrar porque yo lo digo. La bruja de Pompadour no ha querido darme un beso al terminar, pero si tú me das uno, entraré y tocaré para ti.
-Todos se están marchando ya.
-Por eso, nadie te dirá nada, y si lo hacen te defenderé.
-¡Gracias! –dijo mientras ella le daba un sonoro beso en la mejilla.
Entraron en el salón, mano sobre mano, como si ella fuese la hija del rey, pero cuando todos los que allí permanecían tras la marcha del monarca y la marquesa vieron a quién traía de la mano se horrorizaron: una joven sin peluca, sin maquillar, casi descalza, vestida desde luego no para la ocasión, pues no era más que una pobre muchacha que vaciaba los orinales de palacio.
-Siéntate –le dijo el niño y ella obedeció-. Señores, señoras, voy a tocar una pieza para mi amiga... ¿cómo era tu nombre?
-Henriette…
Cuentos y relatos sobre la música y la igualdad-Voy a tocar una pieza para mi amiga Henriette.
Todos se sentaron sin entender nada. Mozart sacó toda su ternura y su fuerza al mismo tiempo, y tocó durante media hora más. Fue grandioso, y Henriette lloraba de emoción, aplaudía, reía y hasta se sentía un tanto ruborizada por la situación que jamás pudo imaginar ocurriría.
Cuando terminó dio a la joven sirvienta su pañuelo con las iniciales WAM, para que nunca olvidara ese día. Ella se fue feliz a dormir aquella noche y guardó el pañuelo de seda blanca como uno de sus más preciados tesoros.
El padre del niño, al salir hacia sus aposentos le preguntó, por qué había entrado en el salón de la mano de una sirvienta.
-Porque ella me dio el beso que Madame de Pompadour me negó, se lo merece más que la marquesa. Y además adora mi música  –respondió sin pestañear.

-Y así fue cómo conocí a Mozart, queridos nietos –dijo la anciana todavía emocionada con el pañuelo ya desgastado por el tiempo y las muchas horas de contemplación entre sus manos, mientras las notas de aquel concierto todavía resonaban en su cabeza.




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-Amarna o el principio de todo. Relato que nos presenta un enigmático diálogo entre Nefertiti y Amenofis IV (Akhenatón), ambientado en el antiguo Egipto.
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Fecha Publicación: 2015-07-16T08:27:00.000+02:00

Relato: Bestia o ángel


Cuentos y relatos.
El chico quedó paralizado mientras aquella bestia amenazaba con destrozarlo. Se trataba de uno de esos perros creados en laboratorio durante la Segunda Guerra Mundial. “No debería estar permitido que perros como éste campen a sus anchas sin bozal, correa y su dueño siempre cerca”, pensaba mientras le temblaba todo el cuerpo. Y eso era mucho temblar. El perro se encontraba como a veinte metros del muchacho, y ladraba con tal insistencia, que se le hizo imposible avanzar.
Al joven le había costado una enfermedad acudir al médico para tratar esa obesidad que le estaba aislando de la sociedad: a sus veintidós años aún no había conocido mujer, pues en su enorme humanidad sólo el sudor le acompañaba tercamente, como en una alianza que nadie quiere, como un castigo que ninguno cree merecer. Su madre, sus hermanos, su único amigo habían insistido tanto y durante tanto tiempo que acabó por claudicar y visitar al endocrino. Éste le proporcionó una dieta y un plan de ejercicios que, dado el tremendo peso que sufría, consistía en salir a andar durante el primer mes rodeando la manzana de casas de su barrio, cosa que alguien en su peso no podía tomarle más allá de cinco minutos a él le llevaba media hora. Una vuelta a la manzana las primeras dos semanas, dos vueltas las dos siguientes, y así hasta el regreso a la primera revisión, un mes después. 
Inició la rutina del quinto día de la segunda semana. Caminaba con mucho esfuerzo, animado por esa ansiedad que crea el deseo de cambio, aunque pocas jornadas antes él ni se había planteado darle una vuelta tan radical a su vida: comer mejor y levantarse del sofá. Pero, mientras doblaba la primera esquina salió ese perro desconocido a ladrarle, paralizándolo de terror. Él, en lugar de hablar cariñosamente al animal para calmarlo, lo puso más nervioso, comenzó a sudar copiosa y visiblemente. El perro continuaba ladrando, y el joven ya no sabía qué hacer, si retroceder, si avanzar ignorando al perro o si pedir ayuda a gritos ante semejante alarde de mala uva.
Cuento corto sobre las falsas apariencias.Entonces ocurrió algo inesperado. Se oyó un estruendo en la calle a la que el joven trataba de acceder. Había estallado una bomba. El perro dejó de ladrar, la bomba le había alcanzado de lleno. Al retenerle, el can que parecía tan amenazante le había salvado la vida. El joven comprendió al instante y se acercó al perro para ver si podía hacer algo por él, pero el animal falleció en sus manos, mientras se las lamía. Compró un pequeño ramo de flores y lo depositó en el lugar en el cual había caído su salvador. El joven decidió dedicar al animal todo su esfuerzo para lograr su meta. Juró no olvidar aquella lección que momentos antes no supo interpretar, nunca más dejarse llevar por las apariencias, pues el perro, a pesar de su feroz aspecto, demostró tener buenas intenciones.

No obstante, si no se hubiera asustado, posiblemente habría muerto… Si no le hubieran impactado las apariencias del perro, ¡quién sabe si habría sido alcanzado por la explosión! El joven creyó aprender que es deseable no dejarse llevar por las apariencias, aunque en este caso concreto, este prejuicio le había salvado la vida.



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Fecha Publicación: 2015-07-14T09:43:00.000+02:00

RELATO: ¡GUERRA!


cuentos y relatos sobre la guerra
Estaba mirando por la ventana que daba hacia el río, por la parte opuesta a la fachada del edificio. Mi ciudad en sueños siempre se manifiesta tomando lo que he visto de otras ciudades y me gustó de algún modo subconsciente, y aquella vez no fue distinto: era una mezcla entre Ponferrada, Santiago de Compostela y San Sebastián, y la parte del río era netamente ponferradina, con el castillo templario en la parte alta de la ribera del Sil.
     Pero ese día no me gustó lo que vi, aquello me hizo gritar, el castillo estaba ardiendo, los edificios que bordeaban la orilla inferior del río, ardían igualmente. Caían bombas de lejanos aviones, y mucha gente, como yo, miraba por la ventana profiriendo gritos de espanto, otros corrían por las calles echándose las manos a la cabeza cuando veían la magnitud del desastre. Nadie nos había avisado, pero obviamente estábamos en medio de una guerra. Se oían tremendos ruidos de derrumbes a nuestro alrededor. Yo aquel día estaba sola con mi hijo pequeño, de apenas tres años, mi compañero aún no había regresado del trabajo, y tomé la decisión de salir de allí a escape. Lo tomé en brazos y huimos hacia el parque de la parte alta. 
Cuentos y relatos. Cuento corto que transcurre en una Ponferrada en guerra.
Allí algunas personas habían levantado refugios de lata, chabolas que presumían eran resistentes a las bombas, y, aunque parecían pequeñas, en su interior albergaban miles de personas. Mi compañero estaba allí, y me dijo que habían decidido venir hacia ese lugar directamente desde el trabajo, pensando que, viendo la situación, yo haría lo mismo. Él me conocía bien, era notorio. La consigna era permanecer acostados boca abajo dentro del albergue, y a través de ventanucos a ras del suelo veíamos cómo caían las bombas sobre toda la ciudad, que ardía casi completamente. Súbitamente oímos una sirena que anunciaba un bombardeo sobre el lugar en el que estábamos, así que nosotros tres salimos corriendo de allí sin pensarlo, mientras una bomba destrozaba el refugio  y cientos de personas resultaban heridas o muertas. Permanecimos escondidos entre los setos y rosales del parque, y de esa forma, las bombas dejaron de caer. Unas horas después, salimos de allí, cuando comprobamos que ya había parado el bombardeo, y nos dimos cuenta entre risas, que estábamos salvados.

     Pero mirando desde aquella colina del parque, vimos que la ciudad no era más que una pila ingente y kilométrica de cadáveres y escombros. No se veía a nadie más con vida: estábamos solos.



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Fecha Publicación: 2015-07-08T15:47:00.000+02:00

RELATO: EN EL PANTEÓN


cuentos y relatos
Mi hermana pequeña había enfermado. Tenía apenas dos años y todos nos habíamos encariñado tremendamente con ella, por su carácter mimoso y zalamero. Pero un mal día, o más bien, una mala noche, ella dejó de vivir. Horrible noticia. Lloré amargamente, como sintiéndome culpable por no haber sido capaz de haber espantado la enfermedad del cuerpo de mi hermana;  yo no era médico por lo que mi responsabilidad en esta muerte no existía, y sin embargo  me sentía culpable. Había  sido la sensación más desagradable que jamás me tocó soñar, aunque no sería la única.
     Se oficiaron los funerales, muchas personas llenaban la iglesia, y como era costumbre en el siglo XIX, el sepelio tuvo lugar en el cementerio que rodeaba la iglesia, en el panteón familiar, pues gozábamos de una alta posición social.
     Cerraron la puerta de barrotes de hierro negro. Los ataúdes de cristal de toda la familia yacían allí, a la vista, y su visión provocaba en mí tremenda congoja, forraban las paredes y el polvo se acumulaba sobre todos ellos, aumentando mi desazón. ¿Se habrían equivocado? Me habían dejado dentro de aquel lugar, en cuyo centro descansaba el ataúd transparente de mi hermana. Grité con todas mis fuerzas, pero vi cómo toda mi familia, enlutada de arriba abajo, se iba de aquel lugar dejándome allí, con el cadáver de mi hermana, sin hacer caso de mis lamentos. La decoración del panteón había variado, ahora dos ataúdes de cristal transparente descansaban en su centro.
     Así que esa era la explicación de todo. Las dos estábamos ya del mismo lado, mas, ¿cuánto tiempo llevaba yo en aquel lugar? ¿Fue la llegada de mi hermana lo que me hizo salir de mi mortaja? La miraba dormida en su cama de cristal, y nunca me había sentido tan triste.

     Aún recuerdo la visión de la luna en cuarto menguante, iluminando las vetustas cruces de las otras sepulturas, a través de los barrotes de la puerta.



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-Caida libre. El protagonista nos habla de su atroz vértigo y de un abominable y recurrente sueño.

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Fecha Publicación: 2015-07-06T16:00:00.000+02:00

RELATO: MELENAS


relatos y cuentos cortos.
Melenas había nacido libre. Era un caballo de hermosa planta, alto, fibroso, de brillante piel negra y largas crines. Melenas sabía correr como el viento, alzarse de manos hacia las nubes y rodearse de otros que, como él, sólo aspiraban a vivir en la naturaleza, felices. Melenas trotaba, pastaba y amaba tiernamente a Lunita, la yegua por la que había abandonado a sus padres. Melenas y Lunita tenían dos preciosos potrillos que crecían felices a su lado. Pero un día unos hombres que pasaban por aquellas praderas americanas lo vieron, y, sin piedad, le tendieron una emboscada. Lunita pudo escapar, pero Melenas fue secuestrado y llevado a un rancho lejano. Ya no era libre. Ya no era feliz.


Una vez allí recibió golpes en su grupa que un hombre de facciones duras le propinaba con una fusta, hasta que le hacía sangrar, así una jornada tras otra. Melenas se cansó de tanto dolor gratuito y un día decidió rebelarse y golpeó al hombre con sus dos patas de atrás, el cual cayó con tan mala suerte, que dio con la cabeza en una piedra y perdió el conocimiento. Nuestro amigo se marchó hacia el otro lado de la zona acotada por altas vallas donde otros caballos pastaban tranquilos. Nadie lo había visto, pero el hombre sabía lo que había ocurrido. Cuando llegaron otros humanos a ver qué había pasado y se encontraron con aquello, decidieron que debían castigar a aquel díscolo que sólo echaba de menos a su manada pero sobre todo, a su libertad. El hombre al despertar contó que el caballo le había coceado, sin darse cuenta de que él sólo reclamaba mejor trato, y desde luego, regresar con su familia a su tierra con la que soñaba cada noche.
Cuento corto sobre la opresiónMientras tanto, Lunita oteaba cada día el horizonte esperando verlo regresar, pero siempre volvía al seno de la manada triste, aunque sin perder la esperanza. Sabía que era tan fuerte su amor que él nunca se daría por vencido.
A Melenas lo amordazaron para que no relinchara, le redujeron el tiempo de pasto y de abrevadero, y lo sometieron a trabajos forzados en los campos durante tres años, convirtiéndolo en un esclavo. Melenas miraba hacia las estrellas y les pedía que un día aquello se acabara, que aquel abuso absurdo debía terminarse, y que si no podía regresar con los suyos, recibiría a la muerte con agrado. Cualquier cosa antes que continuar así. Los días resultaban muy duros y los castigos corporales y la reducción de su sustento seguían torturándolo. Pero al comprobar que la muerte no llegaba, se acrecentaron las ansias de Melenas por recobrar su libertad perdida y el amor de los suyos.
Un día, otro hombre de largos cabellos como el enflaquecido y avejentado Melenas, que se vestía con un taparrabos y llevaba una pluma en la cabeza lo vio, y se apiadó de él, pues era el caballo de peor planta de la manada cautiva en aquel lugar. Aquella noche lo sacó subrepticiamente de aquel cercado y se lo llevó.
Pero, para sorpresa de Melenas, una vez lejos de aquel rancho, el hombre se bajó de su grupa y lo animó a marcharse. Melenas agradeció el gesto de aquel humano diferente con una caricia de su hocico en el rostro del hombre y se marchó, con energías renovadas en busca de Lunita y sus potrillos, a los que a buen seguro ya casi no reconocería.
El reencuentro fue un estallido de felicidad para toda la manada, a pesar del lamentable estado físico del caballo. Melenas y Lunita recobraron su vida, su amor, libres de humanos que coartaban las libertades, pero agradecidos a otros que sí las protegían.



When all else fails,
you can whip the horse's eyes,
and make them sleep,
and cry…

Jim Morrison





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Fecha Publicación: 2015-07-01T08:56:00.000+02:00

CUENTOS DE SUEÑOS, 1. CAÍDA  LIBRE


Lo clásico. Me encontraba parada frente al precipicio, tranquila, mirando hacia abajo. Teniendo en cuenta mi vértigo ancestral, mi terrible miedo a las alturas, no dejaba de ser algo extraño en mí. Yo soy la clásica que tiembla ante la perspectiva de tener que alcanzar algo en altura, y tener que subir a una silla o escalera para llegar, y dadas mis escuetas medidas a lo alto, era algo a lo que me enfrentaba casi a diario.

Relatos y cuentos sobre sueños     Y allí estaba yo. Sola. Mirando hacia el vacío. El tiempo pasaba lento, y no parecía variar mi situación frente a la nada. No se veía el fondo, pero eso no parecía inquietarme.

     En un momento dado, una mano invisible me empujó en dirección al vacío, y me dejé llevar. Al principio grité desesperada por lo inminente de mi final. Pero no se producía, porque el fondo no llegaba. Me callé y traté de concentrarme en divisar el suelo, pero no se veía, y mi velocidad era endemoniada, caía y el terror se apoderó de mí por lo prolongado de la certeza del final, porque inexorablemente yo no vería terminar el nuevo día que acababa de nacer. La locura sustituyó al susto, y llegué a rogar para que aquello concluyese cuanto antes, pero el suelo no parecía existir, y mi velocidad aumentaba hasta límites que producían dolor.

     El fin no llegaba, y me preguntaba si el infierno se parecería a esto que me tocaba vivir. Cada noche lo mismo. Cómo odiaba en aquellos días mis sueños.

     Nunca dejé de caer, y nunca un abismo fue tan profundo. Descubrí el valor de lo eterno. 



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Fecha Publicación: 2015-06-30T10:00:00.000+02:00

Relato: Amarna o el principio de todo


Cuentos y relatos. Cuento corto sobre el antiguo Egipto.
-Saldremos mañana en cuanto amanezca –dijo Amenofis mientras miraba hacia un horizonte adornado por innumerables tonos de amarillo.
-Nos buscarán y nos matarán –aseguró Nefertiti, la esposa del faraón-. Ellos no se van a resignar. Estás haciendo historia, pero no podrás disfrutar de la leyenda que hoy nace. Se está levantando aire. Es peligroso cruzar el desierto en estas condiciones.
-Llevan años construyendo el que tras el viaje que mañana emprendemos se convertirá en nuestro hogar. Un hogar en el que nos sentiremos seguros. Es maravilloso, querida esposa. Allí llegarán más hijos que bendecirán nuestra vejez.
-Amarna. Ya. La ciudad de Tebas se ha quedado pequeña para tus pretensiones. No nos dejarán llegar a la vejez, si crees en otra cosa muestras una ingenuidad impropia de un faraón. Conspirarán para matarnos y así restituir el poder a la clase sacerdotal.
-No pretendo más que instaurar la razón. No hay más dios que Atón, esa bola amarilla que da color a la arena del desierto. No se necesitan sacerdotes para adorarlo, yo seré el mediador entre el pueblo y el dios. Nada más. El sol nos da luz, calor, rige las estaciones y nos proporciona cosechas. Cuando se digna en honrarnos con su presencia trae alegría a los corazones de los hombres. Se lo debemos todo, y fragmentar la devoción que sólo a él le pertenece  es un acto injusto que yo califico de…
-…de lo mismo que los sacerdotes te acusan hoy a ti. Te acusan de herejía y sacrilegio. Niegas el carácter sagrado del resto de divinidades, esas que han sobrevivido el paso del tiempo hasta que llegaste tú y te empeñaste en cambiarlo todo. Podríamos vivir tan felices sin esta locura que has desatado. Tiembla mi alma de pensar que acabaremos asesinados en cualquier esquina y tirados en cualquier fosa sin someternos al rito que por realeza nos corresponde. Eso significa que nuestra muerte, cuando llegue, será definitiva.
cuentos y relatos
Akhenatón y Nefertiti
Amenofis IV mudó el color de su rostro, que tomó un tono rojizo, camuflando la ira que sentía ante la verdad. Sólo a ella le toleraba esos arranques de sinceridad. No era el primero que por mucho menos había servido de aperitivo a los cocodrilos.
-Ya no pueden acusarme de nada, porque Amenofis ha muerto. Nos espera ya toda la corte para la ceremonia. Hoy me coronan en la nueva fe con un nombre que saldrá en todos los cartuchos que de mí hablen en adelante. Seremos Akhenatón I y su esposa Nefertiti, la mujer más hermosa que el único dios llamado Atón ha otorgado jamás a un hombre.
-¿A un hombre? ¿Acaso no eres tú un dios como tu condición de faraón hace suponer?
-Sólo hay un dios, y no soy yo. Las cosas van a cambiar.
Mientras tomaba de la mano a su esposa, el faraón pensaba. Pero le fue imposible hacerse una idea de cómo iban a cambiar las cosas.



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Fecha Publicación: 2015-06-22T01:20:00.000+02:00

Relato: Toulouse to lose

París, 1892


Bailarinas. Cuentos y relatos sobre el París bohemio de Toulouse-Lautrec.
"La estrella o bailarina en escuela".
Degas, 1878
Henri asistía al Moulin Rouge como cada noche. Le gustaba moverse entre la farándula, los ilustres que pululaban por allí, pero sobre todo, entre las chicas. Henri estaba obsesionado con una de ellas, Camille Couret, que brillaba entre las otras por parecer la menos llamativa de todas. Camille gozaba de una juventud carente de ilusiones, pero las lágrimas de su hijo cada día le obligaban a ejercer como bailarina muy a su pesar. Con aquel empleo lo alimentaba y vestía profusamente en un París tan gris como la masa de pobres que la surcaban desde el Sena hasta Montmartre. Aquel barrio tan cuajado de estrellas del arte que sólo caminando por sus calles se alimentaba el espíritu, los talleres, los pintores callejeros, la bohemia que desprendía cada poro de piel entre aquellas añejas cuestas e interminables escaleras. 


Camille no era especialmente guapa, pero su rostro desprendía una dulzura que tanto había extrañado él en su infancia. Por eso la miraba casi sin pestañear, sus evoluciones con las demás chicas sobre el escenario, las piernas desnudas al aire, los pechos enhiestos y expuestos a las miradas curiosas del público, hombres, y también mujeres.

Henri no sabía si ella se sentía también fascinada por él. Nunca habían hablado, pero lo que él de verdad buscaba era una musa que le impulsase a abandonar su afición por los bares y le devolviese la pasión por los pinceles. Y lo estaba consiguiendo. Cada noche, cuando Henri regresaba a aquel ático frío y añejo que le servía de refugio, taller y hogar, tomaba un pincel de los mil que proliferaban en aquel cuartucho y comenzaba a pintar a la bailarina de memoria. Pensaba que lo hacía para no olvidarla, el caso es que entre trazo y pincelada se juntó con una buena colección de cuadros y carteles publicitarios sobre ella, tantos, que los amigos del pintor decían que Toulouse-Lautrec era el pintor de los cabarets y la vida nocturna de París. Nunca se lo había planteado así, pero un día en el Moulin se encontró con un marchante de arte que quiso ver sus cuadros. Henri no quiso decirle lo mucho que aquella bailarina de aspecto vulgar le inspiraba: prefería que fuese el mismo Arthur Piaget el que descubriese su secreto. Cuando Piaget los vio no pudo contenerse, y captó a la primera que tenía ante sí uno de aquellos nombres que el tiempo iba a glorificar y conservar. Organizó una gran exposición en una sala que su empresa poseía en plena Plaza de la Opera, en el corazón de la ciudad.

Los cuadros y los carteles tuvieron una gran aceptación. La sala permanecía llena a todas horas y se vendieron gran cantidad de las casi doscientas obras que pendían de sus paredes. Por fin podría justificar su procedencia noble manteniéndose él mismo con su esfuerzo, sin depender de los títulos nobiliarios que adornaban sus apellidos. Henri se estaba convirtiendo en una celebridad de un día para otro, y ya mucha gente le paraba por la calle, unos para felicitarle, otros para maldecirle por considerar que su obra glorificaba un oficio que no creían digno de ser mostrado en plena calle a espíritus puros.

Cuentos y relatos sobre el París de Toulouse-Lautrec.
Plaza de la Ópera, París.
Especialmente doloroso fue un encuentro de Camille Couret con el artista. Cuando ella supo que alguien se estaba lucrando enseñando sus partes íntimas en plena Plaza de la Ópera, montó en cólera, y lo buscó por todas partes hasta que dio con él. Un día se encontraron en la cima del monte en el que las obras del Sacre Coeur parecían no terminar nunca.

La joven se plantó ante Henri y le gritó de muy malos modos y los brazos en jarras:

-¡Hey! ¿Ya eres millonario? De todas las prostituciones posibles, ésta es la peor, ¡la que deja fuera a la modelo de tanto arte y condena a tantas a seguir revoloteando entre la basura!

-Había imaginado mi primer contacto con mi musa de otra manera más pausada, suave, como eres tú –le dijo mientras acariciaba la piel de su rostro.

-¿Y cómo soy yo? ¿Una palurda levantando las piernas para que los que la miran desde debajo fabulen sobre sus atributos hasta que revientan de tanto amor contenido? Porque yo los veo polucionar, desde arriba se ve todo. Eso soy yo: una simple prostituta que consigue vaciar a quinientos hombres por noche a distancia sin que la toquen, eso sí es arte, amigo. Ni siquiera me sabía musa de pintor.

Toulouse-Lautrec. Cuentos y relatos.
Boceto de Toulouse-Lautrec
-Calla. No lo estropees, no pierdas el encanto que tanto me ha costado plasmar. He creado una Camille a la que amo desesperadamente, pero, ¡ay! estamos en pleno Romanticismo y eso me aboca a un final amargo, sin musa, pero repleto de amor…

-¿Sí? Pues muy bien. Hagamos algo. Yo sigo siendo tu musa, incluso posaré para ti si lo deseas, con ropa, sin ella, vestida solo de saliva si eso quieres, pero tú me retribuirás por ello. Estás utilizando mi imagen para crear tu propio mito.

 -Te equivocas –dijo comenzando a entender que la tristeza era la única sombra que ya nunca le abandonaría-. Mi empeño no es ser un mito, ni utilizar a nadie ni mucho menos pagarle por posar para mí como hacen algunos triunfadores que viven y trabajan en este barrio. Yo sólo quería pintar. Mi retribución hacia ti está clara. Te he regalado la inmortalidad. Nadie hará nada parecido por ti.

-La inmortalidad no aplaca el hambre –y dándose la vuelta, desapareció por alguna de las callejuelas parisinas.

Se quedó pensando. ¿Y si ella tenía razón? ¡Qué bonito sería recibirla en casa y que posase para él! Tal vez acabaría por enamorarla y hacerla suya. Un traje de saliva, nada le inspiraría más que confeccionarle uno con su lengua, pero… aquella gitana le había predicho que jamás sería amado por las musas… por musas vulgares, pero nada dijo de musas delicadas, pulcras y elegantes que se mezclaban entre sí, y que esperaban agazapadas entre los recovecos del cabaret para cazar un artista del que enamorarse y al que entregarse a cambio de besos y humeantes croissants al amanecer. Aunque el artista midiese escasos 1,60 metros, pues entendían que pasar hambre era peor y, al fin y al cabo, el talento de un hombre no residía en su estatura, sino en dos lugares muy concretos: su cerebro y su entrepierna, extremo que todas las mujeres del cabaret conocían muy bien. Esa clase de amor siempre entrecomillado.

Así que, él tenía que perder a Camille, necesitaba la desazón del loco bohemio parisino, la tristeza crónica, el esplín y el sino negro, lo entendió todo de golpe y ya nunca volvió a hablar con ella. Un ser que escondía bajezas que él no iba a plasmar, porque sus ojos no las veían. Se veía condenado, pero la vida siempre trata de sorprender, y a Henri le sucedió eso mismo.

Cuentos y relatos cortos
Camille era inmortalidad pura, pero dejó de ser su musa de un día para otro, en que otra de las bailarinas se le ofreció para posar para él a cambio de comida. Ella llegó un día, se despojó de toda prenda, se tumbó, y se ofreció a él sin límites, y así Henri pudo explorar sus misterios fascinado y con tal fruición, que todo el edificio de cinco plantas reverdecía de envidia, gritando ambos de gozo en plena noche, complaciéndose hasta la extenuación. Él la pintaba sin parar, entre cópula y caricia, en una celebración del arte y del placer a partes iguales. Jane Avril, a la que el bajito artista llamaba Salomé en homenaje a su amigo Oscar Wilde, era bellísima y pasional, cuerpo perfecto, pechos memorables que aún no habían amamantado, labios gruesos y entrabiertos que sugerían tragarse mil locuras, un volcán de infinitas delicias que le hizo olvidar a Camille, un regalo que enloqueció al pintor, centrarse en ella, amarla como a ninguna otra, saberse su sexo de memoria hasta poder pintarlo con los ojos vendados.

Sin embargo, la gitana acertó, y Jane un día se marchó y no se volvieron a ver. Sólo quedaron sus cuadros, que por fin un día dejó de mirar para centrarse en su perpetua tristeza.

Pero, quedaba el recuerdo de lo que aquel amor fue, y consiguió en su casa a diario y de madrugada entre pincelada y pincelada lo que todas ellas habían logrado cada noche en aquel cabaret: una explosión de amor  general en la platea y el regocijo de todos los concurrentes, sudorosos, ligeramente avergonzados, jadeantes, corridos… mientras todas ellas, pezones henchidos de plenitud y triunfo, sabían que por aquella noche ya habían cumplido.



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