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Etiquetas: [cine americano]  [cine independiente]  [crítica]  [John C Reilly]  [Rick Alverson]  [séptimo arte]  [Tye Sheridan]  
Fecha Publicación: 2016-05-23T20:17:00.000-05:00
Estamos ante la vista de un tipo ilustrado en la derrota, un perdedor más dentro de una sociedad que fustiga a los perdedores y celebra la popularidad y lo que aquello significa, por lo que no suena extraño ver que nuestro protagonista es un comediante, pero no cualquier comediante, uno que se retrata en lo opuesto a lo carismático, un sujeto desagradable que se hace preguntas que llevan respuestas crueles, ofensivas, al ejemplo usado, o vulgares. Lo interpreta Gregg Turkington, un comediante real, en su alter ego de trabajo, Neil Hamburger, aunque no se menciona en el filme. Un tipo despreciable que acomoda en su axila dos o tres vasos de cóctel, mientras pierde la endeble paciencia y empieza a insultar a los clientes que no le prestan atención o yacen disgustados con su performance, todo cuando va haciendo su seco y áspero show de auto-preguntas, que intensifican la sensación de abismo que reina en su vida como persona, de la mano de esas llamadas telefónicas a la hija que no ve y que no responde.

El filme llega a exhibirlo en comienzos de enloquecimiento, en visiones surrealistas que desdibujan la línea entre realidad y pesadilla, de lo que muchos lo pueden ver como un seguidor del cine de David Lynch, viendo a una mujer dar a luz sin ayuda en un baño o hallarse dentro de un juego infantil en medio de una atmósfera dudosa u oscura, de sospecha de algún acecho. De lo que el sujeto en cuestión parece estar algo al tanto, cuando vemos que lleva sesiones de cromoterapia, o que llega a tirarse de pronto a una piscina de la supuesta desesperación y crisis que mantiene, y que alarma a los presentes, en un estado de soledad marcado, no obstante también parece ser todo parte de un sentido del humor perverso y raro (la verdadera distinción de la propuesta, a partir de una lógica entendible que gira alrededor de ser un perdedor  y, en grado secundario, un enemistado con el mundo), uno que revela una pequeña crítica contra el entretenimiento del statu quo, en varios sentidos.

La figura se mueve hacia el perder la cabeza, en un mundo alterno inmerso literalmente en la idea de una telenovela o serie cómica latina de la televisión americana, propia del desierto de Mojave, California, por donde se mueve el extravagante cómico. En ello hay hasta una broma de humor negro en que se puede anticipar esos ataques de furia de francotiradores salidos del pueblo americano, producto de algún marginamiento o sentirse uno humillado de alguna manera, incluyendo la sola propia percepción, bajo la mirada de la derrota.

El cómico tiene algunas proximidades, como un primo tipo hacendado (el siempre apreciable John C. Reilly) que trabaja en el show business y se da cuenta que el cómico no tiene futuro o no mucho si sigue con su estilo bruto, duro, o llámese difícil, de espectáculo, léase la doble lectura de su propia vida y el negocio del entretenimiento, que yacen emparejados, habiendo una clara ironía hacia el mundo del cine independiente o el cine del director de la película, Rick Alverson, lo cual, desde luego, es como un estado de orgullo, finalmente, la lucha de una vocación amante del arte, por lo que el sentido del humor con temáticas sensibles resulta central en el filme. Además, hay que hacer buena mención del compañero del cómico que hace Turkington, una cierta copia menor, más cool y consciente, de una exhibición de humor absurdo, en el payaso cowboy que hace el talentoso Tye Sheridan. 
Etiquetas: [cine europeo]  [crítica]  [Sarunas Bartas]  [séptimo arte]  
Fecha Publicación: 2016-05-23T00:52:00.001-05:00
El último filme del respetado cineasta lituano Sarunas Bartas puede leerse como dos propuestas en un mismo lugar, aunque interconectadas, una más narrativa y convencional, poco original y básica, la de un chiquillo de un hogar conflictivo jugando con un arma robada de unos cazadores, la otra sobre el dolor existencial, en un sentir poco claro, ambiguo o medio silencioso, a la vera de la búsqueda de la coherencia del mundo (incluyendo lo ficticio, preguntas filosóficas y también tan cotidianas, ya que conciernen nuestra paz), partiendo de nuestra realización emocional, para lo que el sufrimiento se divide en tres casos, que son fatalidad, nostalgia y depresión. 

Bartas interpreta a un padre y amante, haciendo de guía espiritual y psicólogo, de su hija y de su pareja, la hija es la propia en la vida real, debut de Ina Marija Bartaité, que recuerda la belleza física de su verdadera madre, Yekaterina Golubeva,  musa de las primeras películas de Bartas, a quien trataba en sus obras con delicadeza, pero de a pie, en las peores condiciones contextuales de una trama realista y social, extrayendo a la mejor actriz de ella, como ahora lo intenta pacíficamente con Ina. 

Peace to us in our dreams (2015) es en buena parte autobiográfica, dedicada a la figura de Yekaterina Golubeva, a la que vemos en archivo brevemente y queda en el ambiente, en el que es un trabajo con los lugares típicos de estudio de Sarunas Bartas, un mundo humilde, solitario, melancólico, pero  aun así con belleza, por lo menos en alguna expresión (acotando que a Golubeva solía extraerle grandes momentos), en el campo o en el lugar más frío del planeta. Bartas captura y trasmite sensaciones, tanto como estados de ánimo, destellos, teniendo un manejo hermoso de lo femenino en estado puro, y con ello nuestra humanidad general, como en aquel desnudo de esa violinista sufrida que interpreta otra debutante, Lora Kmieliauskaite.  
Etiquetas: [crítica]  [literatura]  [novela]  [Philip Roth]  
Fecha Publicación: 2016-05-18T14:09:00.002-05:00
Philip Roth, más allá de su maestría y reconocido talento que siempre lo coloca en las apuestas de ganar el Premio Nobel, puede ser un escritor complejo y algo pesado, pero leer este Roth es de cierta sorpresa, tal cual el motivo de éste giro en su recién comenzada carrera literaria, en el que fue su cuarto libro, escrito en 1969, que como suele pasar en los inicios de todo artista se propone en un lado rebelde, trasgresor y osado que queda plenamente dibujado en esta popular y curiosa obra, que resulta muy entretenida y distintiva, desconcertando a los que creen conocer su escritura. Posee gran sentido del humor, y polémica, si se quiere, en las formas del lenguaje y la temática sexual explicita que aborda, como a su vez en el aspecto de romper con la ciega devoción y modo de vida inmaculado del judaísmo (del que se llega a renegar y querer liberarse, aunque últimamente a no poder evitar), plenamente contextualizado y sentido a cada momento en la figura edípica de la madre, viviendo una vida sensual heterosexual libre y promiscua, rompiendo con los estatutos tradicionales de formar tempranamente una familia y ser parte de la comunidad de su ascendencia, en el orden de los hijos y la esposa, lo que se busca afirmar en las visitas orgullosas de los siempre sacrificados y preocupados padres tradicionales (él, un vendedor de seguros laborioso, explotado y encasillado en un puesto de bajo rango; ella, ama de casa), que en la mentalidad del protagonista son dominantes, intrusivos y castradores.

Nuestro protagonista, el intenso y a veces furioso Alexander Portnoy, es un joven treintañero profesionalmente exitoso, dentro de un trabajo con mucha carga social y humanitaria. Solo que no puede contener su libido, su cierto lado “perverso” (en una férrea y constante lucha, hasta la extenuante sobreexplotación protagónica, por liberase del peso de culpa del placer y la liberalidad, sobrecargada emotiva y psicológicamente por las potentes raíces de la tradición cultural judía, representada en los padres, el hogar y la familia, y que, desde luego, implica a la moralidad colectiva general social), tras su deseo de mantenerse soltero y activo sexualmente con bellas mujeres de diversa índole y fe,  de lo que lo importante es que estén apetecibles, a las que Roth describe perfectamente en casos específicos y hasta extensos, en féminas que tienen un aire medio a putas, como naturalmente le movilizan y las suele visualizar nuestro protagonista (el que llega a ironizar sobre las enfermedades venéreas, en algunas soluciones sexuales desesperadas o en su proclamada tendencia adolescente a la masturbación, acción que le trae más de un enredo cómico, excesivo y extravagante habiendo que lidiar con una discreción que no siempre mantiene), en solo interesarle el cuerpo, y no ninguna relación duradera más allá de lo aventurero (habiendo un ménage à trois que resulta jocoso, en la declarada altisonante dualidad leitmotiv del libro, placer y dolor de cabeza, producto de terminar renegando de los propios actos o que nos inviten a renegarlos), si bien tendrá que soportar el pedido inevitable de formalizar con alguna, entre quejas, deslindes y machaques sarcásticos.

El mal de Portnoy es un libro que es toda la lectura un monólogo, el de Alexander a su psicoanalista, el Doctor Spielvogel, uno de gran habilidad narrativa, suma solvencia, partiendo de un lugar que pudo acartonar el texto y cansar al lector, pero que es todo lo contrario, demuestra un gran ritmo, es ameno, genera muchas imágenes mentales, presenta harta variedad explicativa bajo un logrado dispositivo oral, aunque dentro de una monotemática, el deseo sexual incontenible de Alexander, de lo que para muchos puede ser una normal soltería, pero que habla de la libertad, de nuestro libre albedrio, y de romper con tabúes y cualquier limitación de no anclarse al placer, que es discutible, pero valioso en su discusión, por encima de ser simplemente irreverente, o de proclamar la sordidez, apreciando que Roth puede tener un lenguaje directo, pero mantiene ciertos parámetros en el exceso, de lo que en buena parte se escuda en lo carismático juvenil y en el humor, en la cierta inmadurez de todo hombre, mezclando espontaneidad, descubrimiento, aventura y vivacidad, con una tesis cultural y social bajo el brazo que suena muy americana (el libro es un canto nacional), aunque Roth haga sus bromas sobre esta percepción de identidad en pugna, usando además la lengua hebrea, no pudiendo desligarse de su herencia judía, en la que parece una batalla perdida, pero, aun así, sin final próximo. 
Etiquetas: [cine asiático]  [comedia]  [crimen]  [crítica]  [Festival de Cine Independiente de Buenos Aires]  [Kim Sangchan]  [séptimo arte]  
Fecha Publicación: 2016-04-27T15:05:00.000-05:00
Un karaoke de pueblo chico es regentado por un dueño melancólico y solitario con inclinación al suicidio, al porno y a los dulces, llamado Sung-wook, que para mejorar la asistencia de su negocio contrata a una asistente para los clientes, a Ha-Suck, donde ella aparte de ser adicta a la computadora, vestir un poco femenino buzo verde o un atractivo vestido blanco, tiene la particularidad y voluntad propia de darles sexo oral a los clientes para mantener el buen rendimiento del karaoke. Entre Sung-wook y Ha-suck hay una relación de conmiseración mutua que subvierte cualquier imperfección social, extrañeza laboral y peligro de denuncia  (aun teniendo a la policía cerca, en un ávido contador de sucesos criminales), un sentimiento que circunda por todo el filme, como el concepto de una familia atípica.

Ésta familia del karaoke cargan todos pasados miserables, yacen golpeados por desgracias y pérdidas (secuestro y muerte, un accidente fatal, una madre soltera huyendo, una violación en grupo), hasta el daño psicológico. Familia de la que es parte otra ayudante de karaoke que se dice profesional, Na-Ju, una mujer vivaz e intensa pero ansiosa y necesitada de producir mucho dinero, y un gigante medio retardado, sordomudo además, que se encarga de la limpieza.

El filme ciertamente maneja sordidez y perversión a grados mayúsculos, pero todo lo toma con una tranquilidad, descaro y comedia pasmosa, que puede verse con desagrado, producto de sentir su extrema superficialidad y vacío, a lo que se agregan momentos de ternura y reforzamiento familiar y humano chirriantes e incongruentes de cara a tanto trauma, luciendo abusivamente sentimentales, ridículos, hasta bochornosos, y fuera de lugar en su seriedad y cambio de registro, su falta de identidad, quererlo todo, producto de tomarlo tan ligeramente, y no porque quiera cundir el absurdo o el humor negro, no hallando un buen equilibrio entre lo harto desagradable y grave, lo intrínsecamente polémico, y lo sensible, relajado y buena onda. Pero también puede verse como un filme inclasificable, curioso e irreverente, aunque como la intervención de una porcelana en forma de pene usada como rezo para curar los traumas sexuales –vaya incoherencia- se tiende a subrayar el querer ser extravagante, distintivo e irónico, y pierde el filme capacidad de novedad, simpatía y autenticidad.  

El aspecto de locura está sobre-marcado en el filme, del sur-coreano Kim Sang-chan, que puede resumirse el producto en una comedia tonta con una intrascendencia atroz, como en una quinta de las ocurrencias, detrás de la expectante imagen congelada o el movimiento tipo túnel de aquel arco del pasadizo de entrada. La propuesta mezcla irreverencia, lascivia, oscuridad y melodrama, aunque teniendo momentos sensibles y fáciles de lo que quiere ser obviamente simpático con personajes al uso, pero conseguidos, el depresivo, la chica bella, alegre y cool, los freaks. Ostenta también una narrativa donde pasan muchas cosas (incluso tiene de thriller, de crimen perfecto, en una película que recuerda a The Quiet Family, 1998), entretiene, y exhibe una gran estética, a ratos lúgubre y misteriosa, en otras radiante, de lo que es como un cuento de hadas perverso. Con lo cual tenemos una propuesta irregular, con mucho defecto y un raro encanto.
Etiquetas: [cine asiático]  [cine documental]  [crítica]  [Festival de Cine Independiente de Buenos Aires]  [Jumana Manna]  [séptimo arte]  
Fecha Publicación: 2016-04-26T19:38:00.002-05:00
La directora americana nacida en Palestina Jumana Manna hace un filme convergente, dirige la eterna enemistad árabe y judía compartida centralmente en el territorio de Palestina e Israel, donde enfoca sus visitas, exposiciones y conversaciones, hacia la música autóctona de las distintas etnias de Oriente Medio y el norte de África, llegando incluso a poner a prueba al oído vernáculo tocando los sonidos del otro, fomentando unidad y sentido de pacifismo y alegría conjunta –tal cual el cierre del filme- en lo que nos hace a todos humanos y hasta dignos de cariño, todos iguales en la belleza y la variedad de la música folclórica, apareciendo, entre cantos, distintos y curiosos tipos de instrumentos de viento, cuerda y percusión.  

El ambiente escogido por Jumana para cada encuentro no es otro que el del hogar, apuntando a que sus invitados hagan una especie de ofrenda, a desarmarse por entero, a tomárselo con relajo, a no pensar en rechazo ni enemigos (que eso es lo que propone tener la cámara enfrente, como hace ver la sugerente pregunta de ¿qué piensan tus padres de tu trabajo?, y no parece tan fácil, pero termina siéndolo), que mejor que en el espacio más íntimo y auténtico que tenemos, en todo un ejemplo de comunión, en el lugar que solemos proteger más, que a través de este documental muestra todo el calor que uno puede tener y eso lo hace posible la música, y la finalmente buena voluntad que la mayoría de hombres tienen, en medio de tazas de café, cocinas, libros ancestrales e historia, regar las plantas, fumar, hervir alguna hierba, hace yoga o estar frente a la computadora, es decir, dentro de la mayor cotidianidad, calma y naturalidad, habiendo también ratos de franqueza y alguna pequeña crítica, no es que tampoco se trate de tapar el sol con un dedo, no obstante éste filme no pretende abordar ningún estado de conflicto, que no sea mostrar que árabes y judíos pueden ser capaces de llevar la fiesta en paz y hasta de provocar entre ellos felicidad, la mágica sustancia que flota dentro de uno, que anuncia el título.

Un hombre mayor y muy bien instruido expone con claridad y sin dilatarse la problemática de la región revisando la disposición histórica al vínculo entre judíos y árabes en Palestina, luego cuando va a dar una conclusión, hacia una imposible buena interrelación, corta el tema político y decide ir a disfrutar de la vida, no pretende complicarse ni enarbolar ningún odio, tal cual es el concepto del filme. De lo que muchos invitados aparecen practicando la devoción de la fe, y yacen en familia o con amigos. En un trabajo que se inspira en las grabaciones de radio de la década de 1930, del etnomusicólogo judío alemán Robert Lachmann, que emitió desde los territorios palestinos un programa sobre música oriental de todos para todos.
Etiquetas: [cine asiático]  [crítica]  [Festival de Cine Independiente de Buenos Aires]  [Pimpaka Towira]  [séptimo arte]  
Fecha Publicación: 2016-04-25T12:44:00.000-05:00
Laila (Heen Sasithorn), su hermano y un amigo, jóvenes que radican en Bangkok, deciden ir al sur de Tailandia, empecinada la mujer –una dama segura de sí, aprehensiva, curiosa, sensible; como suponemos a la directora- en buscar a una “extraña” tía, al lugar de origen y creencia religiosa de estos hermanos, a la provincia de Pattani, una de las tres provincias del país que tienen predominio musulmán y que contiene un centenario y antiguo conflicto separatista que es sofocado por el gobierno de turno, en especial el militar, tema y presencias –la fe musulmana; maniobras del ejército- que el filme de la tailandesa Pimpaka Towira deja ver, mucho como destellos, pequeñas Mise-en-scène bastante artísticas, o flashbacks, lo que aparentemente es la lectura central de la propuesta, en medio del entretenimiento de un filme con cierto aire a uno de género, manejando misterio y suspenso, pero que va más allá, trata la realidad política general de su nación, de inestabilidad –tanto cambio y golpe de estado- y cierta sombra de una falta de libertad, desde la religión (en un país mayoritariamente budista).

El filme es potentemente inquietante, donde el miedo tiene mucha presencia, como lo representa el amigo llorando y esperando lo peor del viaje, o que Laila vea un especie de fantasma, en plena carretera, en que observa cruzar frente al auto a una mujer desnuda, sucia y encadenada, una imagen sugerente –esencia del estilo sutil de expresión del filme, se habla de algo que no se ve, luego tras finalizado el periplo lo visualizamos literal y metafóricamente- de la realidad que se vive en Tailandia (donde esta vez la fantasmagoría, la mitología y el folclore yacen tenues, pero se esconden a su vez en el ambiente, en algunas visiones que tienen de realidad y sueño –una mujer sumergida en el río en plena noche tras el viaje medio místico en bote-, o debajo del descubrimiento tras las pesquisas de la villa de Al-kaf, de una procesión funeraria, de una isla que aunque más lúgubre recuerda a El hombre de mimbre, 1973), una amenaza a la libertad y al derecho no explicita (claramente emparejada con la atmósfera del filme), sino implicando harta sutileza, hasta “abrirse” hacía la conversación de la cena de aquella casona en medio de la selva, en un filme que sabe a aventura de aire siniestro, bajo tentativas de que algo puede suceder en cualquier momento, la que fácilmente pudo ser una película de terror.
Etiquetas: [cine asiático]  [comedia]  [crítica]  [fantasía]  [Festival de Cine Independiente de Buenos Aires]  [Lee Chung]  [séptimo arte]  [thriller]  
Fecha Publicación: 2016-04-23T23:44:00.002-05:00
Un asesino a sueldo (Joseph Chang), que toma su trabajo como uno cualquiera, sin ninguna animadversión, menos remordimiento, con todo profesionalismo (hasta una misión implica que se travista), se ve perseguido por los fantasmas (ancianos, jovencitas, gente sencilla) de las personas que ha asesinado. Estas almas no quieren vengarse de él ni torturarlo como en principio parece, estilando una comedia de terror, apareciendo en su pequeño cuarto y generando una notoria claustrofobia, de lo que surgen momentos de humor bajo la gracia, simpatía y desenfado de un atemorizado, algo ridículo y sorprendido Chang, sino desean descubrir la razón de sus muertes, asunto que desconoce nuestro protagonista, que simplemente cumple las instrucciones que le envía la despampanante y fría femme fatale A-Gu (Sonia Sui), dueña de una lavandería, donde se desaparecen finalmente los cadáveres haciendo de cubierta criminal.

The laundryman interactúa entre la comedia  y el thriller, habiendo escenas de acción, peleas a puño limpio, muy bien coreografiadas, intensas, impredecibles, usando cualquier cosa para golpear, ostentando su toque de gracia y una música de buen rock de fondo, potenciando los fuegos artificiales. Hay un estupendo combate bare-knuckle en el lugar menos apropiado, incomodo, en que pelea el (anti)héroe que hace Chang con múltiples atacantes, u otro donde se le unen mujeres, descubriéndose como artistas marciales bastante atléticas, veloces y gimnasticas.

No abundan las peleas, habiendo centralmente la búsqueda de la solución para cada fantasma, quienes fomentan su propia historia y ocurrencias, pero el filme llena tranquilamente el requerimiento de escenas marciales de decente extensión, ya que esta propuesta pretende plasmar ante todo una historia variopinta, curiosa, más que una película de acción pura y dura, en medio de sencillas sub-tramas, hasta la reveladora y remate, de lo que la película llega a convertirse en algo compleja, justo cuando el argumento parecía haber ya mostrado la mayor parte de sus cartas, al abrirse una “nueva” perspectiva con el origen de la lavandería en una especie de Correccional, medio Manicomio, y el sobrenombre “No 1, Chingtian St.” de Chang, aunque hay que decir que el filme nunca abandona la broma ni el entretenimiento, la aventura fantástica, la pesquisa, que es, desde luego, lo que más le importa al director taiwanés Lee Chung, para lo que interviene un tercer puntal (el cuarto es el dúo de policías que es de lo más flojo y poco que mencionar) en que la médium y exorcista Lin (Regina Wan) implica mucha locura y extravagancia, típica oriental, como que al musculado y asesino implacable Chang le sale la pareja romántica más infantil y menos glamorosa del planeta, aunque divertida y plástica, con un trato tipo de amigos cercanos, en contraste con uno lujurioso y de forcejeo con A-Gu.
Etiquetas: [cine latinoamericano]  [crítica]  [Festival de Cine Independiente de Buenos Aires]  [Rodrigo Lima]  [séptimo arte]  
Fecha Publicación: 2016-04-23T13:27:00.001-05:00
Un hombre formal de mediana edad juega solitario a los dados (el azar romántico, la vida misma), en medio de una habitación adornada de muchas bellas y poco explicativas pinturas, como quien le propone un reto al espectador, luego decide salir de ésta silenciosa casona de campo e internarse sin destino preconcebido en la naturaleza, atraído por algo, lo que responde a una aparición fantasmal, medio animal, sensual, cuando de pronto sale una hermosa mujer de un lago, muestra sus seductores pechos y un enigma,  ¿de qué trata todo?, en ello el filme es bastante misterioso, sin embargo afloran varias lecturas, no solo la lírica de una danza difuminada por el lente, también como implica el propio título, ahí anidan las vidas paralelas (ese cambio de posición en el reflejo del lago) y los dobles (como vemos en el final).

El debut del brasileño Rodrigo Lima, basado en el cuento homónimo de Joaquim Machado de Assis, tiene su discurso, uno que versa sobre la complementariedad indisoluble del mundo externo e interno, como que el hombre se ata a algo opuesto que puede ser cualquier cosa, a grosso modo la relación fantasmal, pero ¿quién es real en la actualidad del filme?, todo apunta a que la mujer de aire vampírico y sexual es parte de un viaje espiritual, quizá simplemente lisérgico, parte de la memoria del lugar, del hombre, quien la despierta,  pero también yace el eco de una muerte violenta (como señala el encuentro de un arma y un disparo, o puede que sea solo la poética del abandono, tal cual el sombrero mojado), todo es gaseoso, y es que el surrealismo y la oscuridad dominan el relato, un escenario poético, pero también salvaje, como la interrelación de esta pareja, que habla de lujuria, intensidad y exceso, tanto de melancolía, como bien expresa un bote, un paseo romántico, de la mano de la rotura y la inundación simbólica. No obstante, aparecen imágenes familiares, de infancia, en el lugar, en formato Super 8, que se pliega a un aire experimental y al extrañamiento general, al juego de lo semi-narrativo. De lo que sabe a cierto cuento de terror, en un poderoso emerger del lago y deambular selvático, donde subyacen las sensaciones, los besos, los encuentros sensuales, la memoria.
Etiquetas: [cine documental]  [cine latinoamericano]  [crítica]  [Festival de Cine de Rotterdam]  [Festival de Cine Independiente de Buenos Aires]  [Melisa Liebenthal]  [séptimo arte]  
Fecha Publicación: 2016-04-22T22:46:00.000-05:00
La argentina Melisa Liebenthal con solo 24 años demuestra harta noción (de lo que significa el documental en esencia), entrega y un aire fresco en su ultra honesta (hasta la “auto-zancadilla”), inteligente y simpática ópera prima, que en lo principal y más destacado es un estudio sobre los arquetipos contemporáneos de la belleza, pasando revista de paso a la historia de la estética femenina en el tiempo y su relevancia social y humana, habiendo una reflexión y crítica intrínseca a ciertos parámetros de exclusión, ya que la propia Liebenthal se pone de ejemplo (contrario), exhibiéndose críticamente sobre no pertenecer al ideal ni al canon de la belleza, de lo que siempre se consideró una mujer poco agraciada, producto de varios factores, que llegan a lo especifico, como tener una voz masculina (que inclusive hacía que la señalaran de lesbiana, asunto que ha pasado por su existencia en el apunte de que una de sus mejores amigas es gay), por su ancha ropa a lo tomboy, por no desear sonreír ante la cámara (como sentido de rebeldía y a su vez de auto-contemplación estética), o por no fomentar en sí un cuidado más femenino (como la depilación), teniendo una cierta mayor necesidad de arreglo a la que no estaba muy dispuesta (le abunda el vello corporal), no obstante, como refleja el filme, la belleza ha sido y es parte de su vida, tener siempre presente ser aceptable para el contrario.

Melisa Liebenthal no se desespera por querer que nos congraciemos con la situación que presenta o ha presentado, sobre todo poniéndose ella de precepto, como quien diría que pretende que lapidemos las exigencias sociales de la belleza, como haría la mayoría (y sería el gancho obvio), ¡no!, más bien es como una comparación, científica, a un punto, departe de la autora, entregada a una temática vivencial, tanto como de sensibilidad y auscultación reflexiva que nace en el espectador, en un sentir de crecimiento e identidad (que atañe a todos), la documentación de un yo, dentro de la adolescencia, mientras pone en el tapete la discusión voluntaria, libre, de estas disposiciones, quedando procesarlo y dirigirlo por uno mismo, al dejar simplemente unas bases comparativas, con una conclusión que queda elíptica en Liebenthal, bajo un toque de ironía y positivismo, un optimismo que recorre todo el filme, por lo que corre por nuestra cuenta determinar una conclusión, pero que naturalmente cae por su propio peso.

En el documental no hay una exigencia moral ni nada por el estilo, nada directo. Pero sí se comprende que la belleza puede ser algo tan vacío y cruel, un problema para muchos, que puede crear complejos y hasta una vida mermada, pero no exageremos, porque el filme no lo hace nunca, la relación saludable pasa por aceptarnos, por perpetrar pequeños cambios y sobre todo no darle sobredimensión al asunto, pero sí dándole la noción y el entendimiento justo y sano, y en ello es un llamado colectivo, no de lastima, sino de sentido común, y de mayor alcance de madurez con el tema, e interrelación humana, desde toda persona, principalmente desde uno.

Liebenthal para proponer todo esto hace uso de un extenso material –de una recopilación cariñosa y lúdica de más de una década, con participaciones muy íntimas, incluso tiene una buena amiga que no quiere salir hoy en día en cámara, le tiene fobia- de video casero, fotos y recuerdos, reuniéndose con su pasado y diario vivir, o sea, sus fuertes lazos con las amigas de siempre, con las que comparte vivencias en el presente del filme. Pasando revista junto a ellas a las distintas etapas de su infancia, adolescencia y juventud, en un canto de sonrisas, contextos y anécdotas, que como todas las relaciones humanas es todo un universo propio, aunque común. Al respecto el filme exhibe una narrativa amable, fácil de sobrellevar, que predomina en el conjunto, donde hay unas intervenciones que no siempre son las más interesantes o profundas, pero avivan la identidad, la espontaneidad y la amabilidad general, porque rayan en la sencillez de las amigas participantes, que pueden no ser tan curiosas a fin de cuentas, aunque bajo la “grandilocuencia” de suponer parte trascendental del documental, cosa que no es equivocado, tienen su cierto encanto menor y necesidad, pero el verdadero poder del filme yace en las pocas intervenciones visuales, la voz en off de ella siempre acompaña, y hay documentación casera, de la directora, intelecto y protagonista. Que logra concebir un documental alegre y a la vez pensante, con una fisonomía humilde, seria, radiante, que la hacen una propuesta enriquecedora dentro de un empaque relajado y por una parte superficial, porque todos lo somos al fin y al cabo, por eso no se trata de lapidar ni encender nada, como hace Liebentahl en su tono, sino tomárselo tranquilo, con humor, y superándolo con madurez, tal cual lo ha consumado este pequeño documental, que tiene todo en su punto, luciendo ligero en muchos sentidos, pero también suficientemente inteligente para trascender, apoyando la noción de que la belleza yace en el compartir con los que amamos (los lindos/lindas, para nosotros),  dejando a la par una deliciosa, alturada, ligera, crítica constructiva y complementaria, tras la audacia de manejar eternas presiones sociales.
Etiquetas: [cine asiático]  [crítica]  [drama]  [Festival de Cine Independiente de Buenos Aires]  [Lee Seungwon]  [séptimo arte]  
Fecha Publicación: 2016-04-22T00:21:00.000-05:00
El debut del sur-coreano Lee Seung-won es un filme provocador, aunque al cine cada vez le cuesta más extrañar al espectador curtido, no obstante, ciertamente, sale del común denominador del arte de su país, aunque puede verse como un Hong Sang-soo hiriente, mucho más cruel y perverso (donde el alcohol tiene su uso propio), hablándonos de una relación “amorosa” entre una empleada de limpieza y un profesor, cuando tienen pasados cargados de traumas, la pérdida de seres queridos, tomar medicación y un grave sentido de culpa, que los hace vagar por el mundo, sobreviviendo como pueden  tratando de resistir sus pesadas y dolorosas mochilas existenciales, teniendo ambos problemas mentales de paso, rondando el suicidio y una desesperación interna que aflora en sadomasoquismo o potentes depresiones que los materializa como unos freaks y antisociales, más visible –y mejor trabajado- en ella que se lapida siendo promiscua con maestros (le entra a todo, quiere que la humillen, que alguien se vengue de ella), de lo que la película abre con una llamada de atención -y clásico encuadre de cine arte- a esta mujer sufrida, que de espaldas a la cámara estática escucha y afirma descaradamente toda la increpación que deja anonada a su interrogadora que poco puede entender su actitud y libertinaje, para lo que avanzando el metraje el filme se justificará plenamente.

Grabada en blanco y negro luce su bajo presupuesto con todo el ingenio de las tramas mínimas y del vivir complejo de nuestra humanidad social, haciéndonos ver a dos seres al límite de sus fuerzas, entregados a hacerse daño, como ella que férreamente quiere castigarse, y hace de éste maestro introvertido una relación más de ese aspecto, cuando éste no sabe a lo que se entrega (una prueba muy grande que exagera), habiendo más un camino de machaque que de liberación, que hace exigente a muchos de resistir, visto que es común otorgar siempre muchos respiros en el cine. Un cierto problema puede ser la credibilidad del enamoramiento, aunque puede que en realidad no exista y sea solo un tumbo más de éstas almas perdidas, no obstante yacen en el proceso de algo, pero no la comunión típica del lugar romántico. De lo que asoma una frialdad narrativa, pero cuidada, viendo cómo se entregan sin cortapisas a la miseria anímica.

Es un filme con varios flashbacks, los que fortalecen el conocimiento de su manera de comportarse en el presente. No todo está expuesto, hay que decir, le sobreviven pequeños lugares de llenar espacios, queda medio oscurecido, aunque más que suficiente, ya que vemos mucho background de todas formas. El filme es sencillo, pero decentemente ingenioso, como notable la escena de uno de los encuentros de esta pareja en que el sexo es el hallazgo de sus pesares y deficiencias, con el uso de chopsticks. No esperen un filme de tragedia y romance típico, sobre todo en la veneración del séptimo arte por las mayores resurrecciones y triunfos desde bien abajo, sino es el grito de los derrotados e invisibles, uno que se repite una y otra vez, donde no suelen aflorar los reconfortantes y fáciles finales felices.
Etiquetas: [cine africano]  [cine documental]  [crítica]  [Festival de Cine Independiente de Buenos Aires]  [Rama Thiaw]  [séptimo arte]  
Fecha Publicación: 2016-04-22T00:07:00.001-05:00
Se acercan las elecciones a Senegal y el actual presidente Abdoulaye Wade quiere reelegirse por segunda vez, perpetuarse en el poder bajo una controversia constitucional, por lo que en este filme vemos desde a fines del 2011 en adelante cómo surge un movimiento contra aquel político, llamado Y'en a marre ("Estamos hartos o ya tuvimos suficiente”), donde parte importante de esta sacudida popular la lideran dos raperos senegaleses, Kilifeu y Thiat, padre e hijo, que pertenecen al grupo de hip hop “Keur gui” junto a un poco versátil DJ. Ambos vocalistas no quieren pertenecer a la política, simplemente son activistas por la democracia y lo que creen mejor para el país, mientras ejercen su música que está impregnada de mensajes directos sobre la realidad de su nación y la lucha contra los corruptos o los malos dirigentes políticos.

El documental de la adoptada y comprometida senegalesa nacida en Mauritania, Rama Thiaw, es la vista del movimiento enfrentando naturalmente en las calles a la policía tras sus marchas, pero enarbolando sobre todo un mensaje pacifista, aunque intenso y frontal, no siendo ninguna revolución tradicionalmente violenta, más bien moderna y si se quiere alturada en lo posible, no obstante la música de Keur gui es potente y filosa, poco sutil, como la convicción de estos raperos sobre fiscalizar el poder. Thiat mucho más que el pretencioso Kilifeu, el primero activista acérrimo, el segundo más artista, como se auto-califican, que incluso Kilifeu se compara con raperos afroamericanos como Tupac Shakur o Snoop Dogg y dice ser mejor que ellos, fantaseando, claro, porque la música de Keur gui es demasiado explicita, concerniente a la realidad actual de Senegal, aunque tampoco es que sean muy diferentes de los raperos típicos americanos de los que indefectiblemente beben, como se puede ver en Straight Outta Compton (2015), sobre el legendario grupo nacido a mediados de los 80s, NWA, que le cantaban a la problemática del afroamericano de barrio enfocados en la realidad de Compton, California, quienes tenían por rival a la policía, a razón de señalar abuso, excesiva fuerza y vigilancia, al confundir a todos los afroamericanos por drogadictos, pandilleros y comercializadores de droga, que justa e irónicamente es a lo que le cantaban en buena parte los NWA (donde sobresalen los raperos Ice Cube, Dr. Dre y Eazy-E).

El filme pasa por la conflictiva elección presidencial y continua en sus mismas ideas, tal cual no hubiera cambiado nada para nuestros protagonistas, Kilifeu y Thiat, que siguen con sus mensajes combativos, enfrente y detrás del escenario musical (porque trabajan en “dos” frentes). Viajando por el interior del país o por fuera como cualquier grupo, pero dando a la vez charlas y exposiciones políticas, instalando su perenne revuelta, su sentido del descontento y constante vigilancia, desilusión y desconfianza del poder. Por lo que The Revolution Won't Be Televised se parece tanto a muchos lugares, indudablemente también al Perú. En una propuesta que es grato ver que plantea modernidad en su ilustración, que Senegal no es un lugar exótico, aunque humilde en varias formas, no muy distinto de los demás.

En el camino también se coloca a la música hip hop detrás de las imágenes in situ de esta “revolución” popular, o, mejor, derecho a la fiscalización, donde brilla la amalgama de activismo y sonidos, con el arte que proclama compromiso y movilización, buscando despertar a la gente, de lo que se deja ver que el ideal circunda en el grupo (el que no se vende, como se dice tras el apoyo al contrincante de Wade, Macky Sall), y esto en lugar de destruir una carrera, tipo lo que vemos en el filme What Happened, Miss Simone? (2015) en la carrera profesional de Nina Simone, producto quizá de cierto mayor extremismo o desvirtuar mucho su tipo de música, proclama la valentía, la justificación y el (“pequeño”) éxito de Keur gui. 
Etiquetas: [cine europeo]  [comedia]  [crítica]  [Festival de Cine Independiente de Buenos Aires]  [séptimo arte]  [Xavier Seron]  
Fecha Publicación: 2016-04-17T21:42:00.003-05:00
Un perdedor que intenta convertirse en actor y falla estrepitosa y “cómicamente”, encuentra un trabajo vendiendo electrodomésticos, tiene una pareja bella y loca (Fanny Touron) pero desilusionada con el discurrir de su carrera como pintora, y una madre corpulenta y vivaz (Myriam Boyer), que toma todo el día champagne, sobrellevando un cáncer al seno, lo cual le perturba, dejándolo en la situación de un hipocondriaco que teme absurdamente tener el mismo mal, producto de que se le está cayendo el cabello y cree tener un bulto en el pectoral.

Estamos ante una comedia de humor negro, del belga  Xavier Seron, que debuta en el largometraje de ficción, una película a la que, desde luego, le sobra irreverencia, burlándose de hasta lo impensable, como ver a un suicida desnudo en un balcón en medio de la sensación de estar próxima la epifanía (no nos engañemos, esta no es ese tipo de película) del protagonista, Michel Mann (Jean-Jacques Rausin), que simplemente termina sintiéndose mal, desmayándose; o el juego bobo con una prótesis mamaria en el espejo del baño, o el ponerse a jugar infantilmente a la película de acción con un niño en el hospital, de lo que reconocemos que la propuesta tiene ternura en algunos pasajes, en medio de la predominante terrible burla del patetismo de su criatura, que no escatima ridículo, llegando a desnudarse en una sala de arte de posar y dibujar en pos de obtener la atención de la amada, mientras se dedica a beber y a sufrir –o quizá, mejor dicho, a sentir un extraño placer- en la idea de su muerte cercana.

La ternura aflora poco en el filme, pero ayuda a no perpetrar tanta crueldad, observando que ésta abunda, ya que Xavier Seron no tiene clemencia en su humor (tan) indie, expuesto, por supuesto, en blanco y negro. Donde la trama tiene muchos ratos de un tono impertérrito, con una calma atroz, aun tratando con la muerte y una terrible enfermedad. El cariz de melancolía se disfraza de abiertamente sarcástico, y eso lo hace un filme medio difícil de tolerar, aunque sea –o por eso- tan transparente. Encima somete a la broma la iluminación y a la iconografía cristiana/católica, en que Michel es como el santo patrono de los perdedores (también comparado con la inocencia de Mickey Mouse, y la realidad del parecido con una rata), que va cuesta abajo sin freno, teniendo cada vez menos cabello, menos seres queridos cerca, dedicándose a tomar más alcohol  y volviendo a tener gatos a su alrededor (símbolo de cierta soledad). 

En el filme hay como leves intentos de arreglar la situación (aunque hay también métodos risibles, tanto como desesperados, como ver a la madre impidiendo la venta de su casa), pero se perpetran en el absurdo, tales las miles de pruebas, revisiones y cuidados por sobre una enfermedad imaginaria, mientras el complejo de Edipo aflora, en el extraño placer que sobrevuela hacia la muerte, en el nexo que trasmite la madre al hijo en su final, lo que puede ser una negación de un dolor tan determinante, no obstante es pedirle mucho al filme, que no deja de divertirse a costa del protagonista. En ese sentido Miryam Boyer está esplendida, y Rausin se presta hasta para lo peor. Lo que muchos rechazaran, mostrar a un ser tan trágico en un tono tan despreocupado, y otros aplaudirán por su potente irreverencia. 
Etiquetas: [cine africano]  [crítica]  [drama]  [Festival de Cine Independiente de Buenos Aires]  [séptimo arte]  [Tamer El Said]  
Fecha Publicación: 2016-04-17T21:29:00.000-05:00
Contextualizada a puertas de la primavera árabe, la película debut del egipcio Tamer El Said refiere al fin del gobierno de casi 30 años de Hosni Mubarak tras las protestas populares, pero se extiende a otras zonas, como refleja aquella reunión, tras una exposición cultural, de los amigos del protagonista, el que interpreta Khalid Abdalla (actor conocido por Cometas en el cielo, 2007; y por participar como revolucionario en el documental The Square, 2013, sobre justamente el movimiento que derrota a Mubarak), en especial a Bagdad (Irak) y Beirut (Líbano). Sin embargo el filme no queda ahí, no pretende predominar un registro documental de aquellos memorables sucesos para Egipto, más bien es un canto muy personal, aunque reflexionando bajo ese contexto, que implica a Khalid como un claro alter ego de Tamer El Said, que desde su individualidad – no obstante ayudado por sus mejores amigos- piensa a su país, lo ama y lo sufre, mientras trata de capturarlo en su naciente vocación de cineasta, y la de sus camaradas. Khalid en su propia idiosincrasia tiene a su madre enferma y sufre la distancia de una mujer.

El filme contiene un trabajo más que decente de estética, composición y expresión, de creatividad visual, en paisajes o fondos, en detalles, busca el arte, y digamos que lo logra en buena proporción, superando el señalamiento de superficialidad, aunque dejándose ver un poco, o quizá fallándole el sentimentalismo por su nación en ciertos momentos, que no llegan a ser malos, puede que hasta logren la plenitud de una compenetración, pero que huelen algo a cursis. En una propuesta que no esconde tratar de ser poética, saludable riesgo que en la presente funciona más que falla. A eso se le suma la elipsis, y, a veces, una cualidad de incompleto que puede desconectar al espectador.  

In the last days of the city es ante todo un recorrido, el de Khalid, quien yace observando a su patria y a esa vera a lugares similares, viviendo el padecimiento de su población a través de sus mejores amigos. Es, qué duda cabe, un observador privilegiado de lo que cuece la caída y la desesperación del mandato de Mubarak, como de las contradicciones de sus compatriotas. Notable ver que la primavera árabe y la revolución en Egipto toman distintas formas, teniendo en buena parte una expresividad light en ello (más allá de poéticas y algunos ratos de explicites, unos obvios, otros potentes),  como que escuchamos mucho a través de las radios, habiendo harta información, pero también como estilo narrativo y esencia bien dibuja a la película el interés por los resultados del equipo nacional de futbol y la felicidad que conlleva en el pueblo. El filme, por otra parte, desde luego, sirve de intelectualización, pero habla mucho más de sentimientos, donde Khalid es un amante hijo de su nación. 
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Fecha Publicación: 2016-04-13T20:09:00.000-05:00
Siempre hay ideas que cuando uno las ve por primera vez puestas en práctica, se dice, ¿cómo no  pasó antes?, ¿cómo no se les ocurrió a otros?, con una sonrisa, de lo aparentemente “obvio” que se ve, y eso es justamente Bone tomahawk, el debut celebrado de S. Craig Zahler, una película que mezcla el western con el terror, específicamente con el subgénero del canibalismo, donde es como si John Ford tuviera que lidiar con Ruggero Deodato. La mayor parte del metraje, casi hora y media, es típico western, de bajo presupuesto, pero saludablemente serio y muy bien hecho, incluso hay un rescate que recuerda a Centauros del desierto (The Searchers, 1956) y un vaquero (anti)héroe a William Munny de Los imperdonables (Unforgiven, 1992), el vanidoso y dandy John Brooder (Matthew Fox) que cuenta haber matado más de 100 indios incluyendo mujeres y niños, y que no demora en cargarse en el trayecto a 2 mexicanos sin saber a ciencia cierta si son o no asaltantes en esta tierra de nadie que es en buena parte el oeste. Brooder es uno de los cuatro hombres civilizados y del lado de la ley que tienen que salvar a una mujer y  a un joven compañero de una tribu de indios sin mayor identificación que considerarlos trogloditas, ellos son: el inválido Arthur O'Dwyer (Patrick Wilson) que tiene una pierna rota y es esposo de la bella dama que van a rescatar, por lo que le urge ir y nada le detendrá; el anciano, viudo y ayudante bonachón Chicory (un irreconocible Richard Jenkins);  y el sheriff Franklin Hunt (Kurt Russell), el hombre de acero.

El filme en la última media hora se transforma en una película de terror, con el antecedente de que han profanado un cementerio indio (con la breve participación de esa leyenda del cine explotation y del terror, Sid Haig, El capitán Spaulding), y que los salvajes hayan ido al pueblo por venganza, o simplemente se vieran arrastrados por la curiosidad de los rastros del vagabundo y ladrón que hace David Arquette en una endeble performance. La propuesta vira en el gore y en la lucha desigual entre el bien y el mal de la forma más violenta, fría e impiadosa, pero a la vez inteligente (sumado a que casi no existe score o banda sonora y se imprime una sequedad narrativa, que aporta al filme más bien, aunque a sacrificio de disminuir los fuegos artificiales), contra unos extraños indios espolvoreados de blanco y dueños de un esperpéntico silbido producto de una joya incrustada en la tráquea, de lo que a ese respecto se ha trabajado una figura bastante básica, pero que acentúa la brutalidad de sus acciones. El filme previo al terror ahorra espectacularidad y, desde luego, imaginamos que gastos, con un western que es muy sencillo, pero formal, habiendo ese ámbito donde los héroes son gente ordinaria, no muy culta y se percibe en las conversaciones, no vulgares pero sí bastante humildes y algo inocentes adrede, habiendo también cierto humor negro en esos diálogos, y esa audacia de hablar de algo intrascendente pero curioso, típico de buenos guiones, en ese sentido hay mucha palabra, y no resulta ni ridícula ni pesada, sobre todo cuando yace muy presente, como las que discuten las relaciones de matrimonio y la inteligencia o como leer en la bañera sin mojar los libros.

El filme en gran parte es como que no pasara nada importante, en el recorrido que lleva a interrelacionarse al grupo del sheriff en medio del desierto tras los trogloditas, en ese punto puede que a muchos les parezca una propuesta sosa y larga, sin embargo toda esta descripción, aventura y comunión de la banda yace bien formada (el viejo, el cojo, el Billy de Kid dandy y el “bruto” idealista recio líder), va creando un background y una aclimatación que habla de trabajo individual por sobre la forma del contexto que es bastante austera, y de la solvencia y sumo peso de las interpretaciones, todas destacadas en el orden de la necesidad. El aspecto rudo y firme de Kurt Russell que dibuja al clásico cowboy héroe o de excepción (pero que tiene momentos de tocar piso que dan cierto balance), el engreimiento y la fría supervivencia de Matthew Fox (hasta ese final a lo teniente Dan Taylor, Forrest Gump, 1994, con esa línea cáustica y políticamente incorrecta de “soy demasiado vanidoso para vivir lisiado”), el cariz de granjero tipo clase media de Patrick Wilson (el americano promedio haciendo lo correcto, convirtiéndose en héroe frente a las circunstancias, producto de un intrínseco aire poético y romántico, como el de la carta para la amada, donde no es la estética, sino los sentimientos y las emociones lo que cuenta), y el tipo humilde, gracioso, leal y simpático de Richard Jenkins, el Walter Brennan o el Thomas Mitchell de la película, donde en el trayecto pelean, se ayudan, ríen juntos, se admiran mutuamente, en un trato sin demasiados adornos, pero lleno de momentos “especiales”, formando una banda entrañable de alguna forma, provocando esa magia que plasma confabulaciones y emociones y es tan vital para soportar hora y media de “simples” correrías, sumado a que la brutalidad de los indios tiene sentido (aunque la propuesta no es que busque lo políticamente correcto, sino se afirma en su creatividad, humor negro y verosimilitud, teniendo sus propias reglas), de lo que estos indios no resultan insalvablemente incongruentes con el conjunto, aunque no sean típicos del western por su exageración y gore en el primitivismo y la deshumanización absoluta de los contrincantes, más allá del eterno cliché de secundarizar como enemigos bárbaros y poco justificados a los indios, de lo que en este filme son producto de la imaginación y el género del terror, monstruos salidos de oscuros actos primarios, asesinos por naturaleza, crueles caníbales (profesando un sentido de comunidad, en aquel silbido, y creer en la espiritualidad), peligrosos, magnificados y temidos incluso por sus propios congéneres.
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Fecha Publicación: 2016-04-12T13:04:00.000-05:00
El segundo largometraje de ficción del portugués João Nicolau, tras A Espada e a Rosa (2010), es una película coming of age (de crecimiento), un simpático y dulce retrato sobre la adolescencia femenina, en la figura de Rita (Julia Palha), una muchachita de 15 años que es como cualquier joven de su edad en nuestros tiempos, baila lambada, adora la música que oye en su ipod, vive en el internet, toma sol en su balcón, va a fiestas a beber y a bailar, se adormece en el sillón viendo televisión, y sobre todo pasa el rato con su mejor amiga, dentro de su propio código juvenil, o sea es una persona feliz. Todo normal, al igual que la narrativa de la película que retrata su vida de lo más común. Hasta que Rita descubre en un centro cultural al que asiste para tocar el piano que el curador y fotógrafo de una muestra de las islas de Melanesia, su vecino, mucho mayor que ella, es un hombre que le atrae, por el que se trastoca la realidad en pos de permisividad, junto con la narrativa del filme que se torna surrealista, onírica, en la ilusión que siente la chiquilla por este hombre que luce muy sencillo, pero también afectuoso y agradable, como vemos en el cuidado de una niña pequeña, en medio de un paternalismo ejemplar.

La perspectiva entera del filme, toda la esencia, es la de Rita que se deja apasionar tanto por lo exótico y paradisiaco de Melanesia, como por su vecino, a los que mezcla en un propio mundo que ella diseña en su vitalidad y curiosidad, dentro de un aire ordinario. El filme tiene la delimitación, primero lo real, luego lo fantástico, a partir de una niebla barata que hace como de sueño, de lo que risiblemente parece que alguien ha lanzado una bomba lacrimógena en el ambiente, habiendo cierto sentido del humor en cómo se va dando esta relación idílica en la mentalidad “infantil” y la poética de una jovencita abriéndose al mundo, a sus anhelos y apetencias, formándose aun emocionalmente, habiendo todavía un lado Disney en ella.

En el sueño surge un poco de vandalismo, un aire aventurero y entretenido a lo Indiana Jones y luego como en ese culto religioso a John From de las islas tratadas vivir como los nativos melanesios venciendo el frío urbanismo, ese que vemos cuando la cámara se fija desde afuera en el edificio donde vive Rita y sus padres. El filme respira juventud, en la invasión de la imaginación, libre, lejos de cualquier limitación o perturbación, en la que es una película austera, e impoluta, aun a costa de saltarse restricciones psicológicas, morales y legales, pero como todo parte de la perspectiva inocente y romántica de una muchachita (aunque apreciando que sí ha tenido relaciones sexuales), el asunto y el filme resulta si se quiere bello y sano, incluso ante la intromisión de una imagen donde el pequeño fotógrafo es un Casanova que alegremente, como en un show de variedades, va besando a sus jóvenes modelos, por lo que hay un leve y discreto asomo del mundo imperfecto de lo real, donde anida el rechazo, lo feo y el aprovechamiento.  
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Fecha Publicación: 2016-04-11T21:25:00.002-05:00
Película húngara dirigida por László Nemes, quien fuera asistente de dirección de Béla Tarr en El hombre de Londres (2007). El hijo de Saúl ganaría el Oscar 2016 a mejor película extranjera, y el gran premio del jurado y el fipresci en el festival de cine de Cannes 2015, propuesta que tiene la particularidad de tener la pantalla en un formato casi cuadrado, aun rectangular, un tamaño menor al que se acostumbra en el cine, con lo que provoca presión. Y que en buena parte del metraje esté en primer plano nuestro protagonista, Saul Ausländer (Géza Röhrig, de trascedente rostro compungido), prisionero de  Auschwitz, como teniendo la cámara al hombro y yendo a su ritmo, ajetreado, acelerado, en largas tomas, cuando los contornos y la realidad del terrorífico campo de concentración yacen desenfocados desde su predominancia motriz y figurativa, ocultando parcialmente toda la brutalidad nazi, ya que llegamos a observarla en varias formas, habiendo una cierta disposición de equilibrio en ese respecto, aunque no tan perfecto (mermado el salvajismo, como quien yace en medio de una carnicería metido dentro de un submarino con toda la presión del trayecto en su cabeza, pero en otros tiene de bastante explícito con tanto cadáver regado, removido y manipulado, o en la eliminación común y despreocupada que llega a filmarse, y ese sentir de que la vida vale tan poco en el trato de los soldados alemanes), de lo que tranquilamente se puede vislumbrar indirectamente lo que sucede con la pantalla difuminada, haciendo trabajar inmediatamente a la mente en esa condición, a la vez que mediante los descriptivos y poderosos sonidos, o a través del trabajo de Saul y la humillación perenne que le profesan.

Saul es un Sonderkommando, un prisionero encargado de la limpieza del territorio de los hornos crematorios, a cambio del privilegio de prolongarle la vida, enterado de lo que le sucede/sucederá a los otros judíos, por lo que el nivel de crueldad en el entendimiento de aquella posición de supervivencia es de un grado mayúsculo, con respecto a la falta de humanidad, frialdad, a la putrefacción moral que se le impone a este especie de esclavo, como el otorgamiento de otro tipo de horrenda pequeñez, provocando culpa, una cierta complicidad, esa que en la locura de enterrar a un niño muerto intenta el protagonista vencer, recobrando un sentido y purificación en medio de tanta corrupción e iniquidad, en la que representa una acción de liberación y entrega, de ahí que Saul arriesgue la vida repetidamente por esta aparente absurda decisión, lo que apunta a humanizarnos dentro del peor escenario, cuando este busca propagar lo contrario, volvernos unos muertos vivientes, que se pierda el alma, con lo que me recuerda a Aurora (2014), donde adoptar a un (bebé) cadáver abandonado en un basurero parece también una acción extraña, descabellada e inútil; para lo que El hijo de Saúl clama por otro tipo de humanidad y enorme esfuerzo, habiendo también el simbolismo de una salvación general, tanto como una individual (la del cadáver), de la mano de la propia, el polo aumenta en uno y disminuye en el otro (el yo, y a quien se rescata espiritualmente), pero atienden semejanzas entre dichas películas (de diferentes estéticas y estilos, pero ambas muy elogiables), en su particular sacrificio personal en aquellos actos unitarios sobrehumanos o excepcionales que reivindican al mundo, el nuestro, el de todos. 
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Fecha Publicación: 2016-04-07T15:13:00.001-05:00
Ambientada en los 50s, en la edad de oro de Hollywood, con el Macartismo y la guerra fría de fondo, donde la figura graciosa del filme dibuja a los comunistas nacionales como unos fanáticos secuestradores en pos de reivindicaciones sociales e ideológicas de los trabajadores tras bambalinas y la cadena más baja del cine (todo en un tono de intrascendencia, exageración, burla sofisticada, deformación, habiendo un mínimo de autocrítica en general, ese no es el sentido, sino bromear con la fe –véase esa consulta revoltosa, inocua y boba a jefes religiosos-, la política, lo social y la industria del cine), en una banda de intelectuales sentados a conversar con sus “victimas” en una bella sala en medio de bocaditos, suma amabilidad y un diálogo interesante pero dentro de un aire banal y cómico, para lo que se llevan a la estrella Baird Whitlock (George Clooney) para pedir un cuantioso rescate, que por querer hallarlo estresará y romperá la cabeza del héroe del filme, el productor Eddie Mannix (Josh Brolin) quien es el adalid de la buena reputación de actores, directores y protagonistas de su Compañía Capitol Pictures (los extras no cuentan, además de perpetrarse peligrosos por ser anónimos en todo sentido, dicho sarcásticamente en el filme), para lo que Mannix inventará historias felices evitando el escándalo de la prensa (por las anodinas gemelas interpretadas como caricaturas por Tilda Swinton) haciendo de cierta forma de matón, u hombre fuerte y duro, aunque religiosamente vaya a confesarse casi a diario (¿hipocresía?, ¿verdadero sentido de culpa?), no obstante entendiendo que su labor es la de plasmar un Hollywood impoluto y familiar, imponer lo correcto, el llamado del Señor (el filme juega con las posturas “contrapuestas”), como teniendo en sus manos algo más allá de lo tangible y superficial, la ambición y lo glamoroso, tal cual detrás de la ilusión yace la imperfección y la vulgaridad terrenal, esa que debe ocultarse. Con lo que queda bastante curioso y original la imagen directriz de un productor heroico (teniendo un verdadero aspecto de antihéroe pasado por agua tibia) luchando contra una banda de comunistas patrios salidos del cine, en la lectura oficial de los 50s, de quien no se toma nada en serio, mucho menos reivindicación alguna; lo que implica ese submarino (no eran malos tampoco, nos expresa cierto ridículo), y esa “inocente” caída del maletín, de lo que revolotean algunas ideas, ¿importa/importó la causa?, ¿quién tiene la razón?, ¿existieron esos malvados opresores?, ¿lo es el familiar, laborioso y preocupado Mannix? El cine es muchas cosas. Claro, también es humor negro.

Hail Caesar!, de los hermanos Coen, un grito irónico de subordinación, como meta-cine, cuenta una historia libre bíblica muy parecida a la de Ben Hur (1959), donde un líder romano, interpretado por (el impresionable) Baird Whitlock, se topa con la luz en su encuentro con Cristo, y de paso la ideología del socialismo que articulaba el hijo de Dios, con unas reivindicaciones que pasan por el tamiz de la ironía del capitalismo americano que incluye al cine en el sistema, que como dice un diálogo descarado, pero conocido, y auto-paródico, no es la búsqueda del arte y lo bello, sino los millones que hay detrás lo que importa, y para ello solo hacen falta un par de cachetadas para despertar del alma social a quienes tienen el deber de simplemente entretener y portarse como gente iluminada por la fama (a la vista del productor de antaño), dibujándose supuestamente intachables, generando y solo atendiendo a la magia en el ecran, como aquella deslumbrante danza marina de una sirena, en manos de la rústica en la realidad DeeAnna Moran (Scarlett Johansson), que luce acompañada de una interpretación digital vista la perfección y fantasía acrobática de la escena; o ese baile más realista, entretenido y audaz en los marinos apunto de zarpar y no ver mujeres por un buen tiempo, a la cabeza de otra estrella, Burt Gurney (Channing Tatum), de lo que resulta una imponente estética dancística, en un musical harto divertido, típico contagio de alegría (cuando hay muchos musicales en el cine que dan sueño), representada satíricamente, con unos marineros medio brutos (rompen todo a su paso), pero a la vez asomando en risibles roces rítmicos sospechas de homo-erotismo.  

Una sub-trama que hallo de relleno, pero puede tomarse como afirmación de ese encanto en el cine –que llega a tener el propio filme- y desilusión en la vida real que maneja toda la película, es con el vaquero y promesa Hobie Doyle (Alden Ehrenreich, que actúa muy bien), haciendo de un inepto en actuación, aunque tremendo hombre de acción, que parece haber sido sacado de ser doble de algún western, y puede referirse a John Wayne, a su lado más bruto y mítico. Tanto como las gemelas Thacker imitan a Hedda Hopper, periodista amarillista y Macartista.
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Fecha Publicación: 2016-04-05T11:45:00.000-05:00
Que Drácula haga su aparición embistiendo en forma de un búho y no como un murciélago da la nota de cómo será la presente película, del maestro del giallo, Dario Argento, que tiene películas destacadas como Profondo rosso (1975), Suspiria (1977) o Phenomena (1985) que todo amante del cine de terror debe ver.  Es así, que Argento seguirá la historia clásica del Conde Drácula, sea en el secuestro de Jonathan Harker, la transformación de Lucy (Asia Argento, fetiche cinéfilo que explota un potente lado carnal) y el enamoramiento ancestral con Mina Harker (bella y competente Marta Gastini), junto a personajes típicos de la novela, solo que sumado a varios cambios narrativos, distintas secuencias de trepidante acción de terror, intervenciones de nuevos roles y sobre todo de un estilo particular, el que caracteriza al genio italiano, como en su extravagancia y su toque sangriento, excesivo y chillón, donde pocos saldrán con vida. Al respecto hay muchas escenas que si uno se deja llevar, y conoce como trabaja el arte del horror de Argento, las encontrará sumamente entretenidas, vivas e intensas, por encima de cierto rechazo e incomprensión, como de algunos efectos especiales, véase la incineración de un vampiro; apreciando por el contrario que la película está  cargada de grato hedonismo cinematográfico, hay mucho de lo cual agarrarse y pasar emoción, como al ver una mantis religiosa gigante haciéndose cargo de algunas muertes, o cuando hace presencia el temido Conde Drácula (Thomas Kretschmann), en una sala de justificados conspiradores, de siervos traicioneros, y hace un festín de sangre con todos ellos, a poco de converger tras un enjambre de moscas.  El Conde Drácula de Argento posee la mezcla de la elegancia ortodoxa de la historia de Bram Stoker con la modernidad del exceso de los hechos mortales, de la mano de una gran sensualidad y belleza, hasta el punto de sobrellevar un momento homo-erótico, cuando grita ¡es mío!, peleándose por chupar la sangre de Jonathan Harker con la vampira Tanja. Más adelante hará su esperada aparición Van Helsing (el viejo pero mítico Rutger Hauer) que le otorgará porte mayor aunque no demasiada solemnidad al filme (Argento mantiene su esencia de dominante relajo, creyéndose lo que cuenta), con lo que el devenir final será la eterna reencarnación de la pasión de un hombre por una mujer, tal como el fuego que brilla en el alma de un imperfecto, pero autentico y admirado Dario Argento. 
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Fecha Publicación: 2016-04-04T17:45:00.001-05:00
The witch por una parte es la historia de una adaptación, de cómo los colonos ingleses se aclimatan a la nueva tierra, a EE.UU, y la brujería, el mal, es la representación de la dificultad de conquistar el territorio, vencer sus miedos, y tener una vida plena, es la concepción de la derrota. Esa prosperidad que se le niega a la familia de William (Ralph Ineson), a su desilusionada y difícil esposa Katherine (Kate Dickie), y a sus 5 hijos, quienes no logran sembrar fructíferamente, cuando pretenden la independencia, de la colonia, habiendo sido desterrados del grupo, como una repetición alternativa de esa mayor que es la conquista anglosajona, mientras el mal asoma, tienta, pero se camufla, se esconde, ¿y dónde? No solo en el alma y en la hipocresía y la mentira, sino yace en el bosque, ese donde una bruja se baña con la sangre de un niño no bautizado, en plenas tinieblas, porque The witch yace siempre entre la sombras, como un llamado subterráneo en toda la película, tal cual ese doble juego con The black Philips, que los niños cantan “inocentemente”, y debajo se halla la implicancia de la posesión y de la compensación maligna, mostrándose destellos de su verdadero rostro, como en el monstruo avejentado, promiscuo y sucio que aparece intempestivamente en el granero, cundiendo la ilusión y el deseo tras lo oscuro y cruel (el cuervo picoteando un seno en lugar del bebé amamantado), en la labor de las brujas que esperan condenar a la gente, sacrificarla, matarla o adoctrinarla.

El filme debut de Robert Eggers, que entusiasmó en el festival de Sundance 2015, juega a la intriga y al misterio, ¿quién es la semilla del mal en la familia?, y todo apunta a Thomasin (Anya Taylor-Joy), aunque con ninguna prueba ni señal de su parte, que no sea estar en el lugar donde ocurren los daños, articulándose la mutilación del concepto de unidad, en una desintegración lenta, detallista. Observando que Thomasin incluso reza y pide perdón por sus pecados, al igual que parece dispuesta a respaldar a su familia, una en que todos tienen puntos flacos, la madre que todo lo juzga con desdén y autoritarismo, cierta falta de compasión, el hijo que siente deseo sexual por la hermana, los gemelos que señalan burlándose o negando a sus propios hermanos, o el padre que solo se dedica a cortar leña y no puede sustentar su hogar. Todo preparado para que el demonio se acerque y los corrompa, estando tan cerca.

Otro punto es la debilitación de la fe, a partir de que Dios parece que no apoya la prosperidad de este hogar, ante no escuchar sus ruegos, de lo que se pone peor cuando empiezan las desapariciones, teniendo el ubico y temido folclore que simboliza el bosque por el tiempo en que nos ubicamos, el siglo XVII, el lugar de los peligros y desvíos. De lo que el mal tiene varias injerencias, una visualmente espectacular en el aquelarre volador alrededor del fuego, y otra menos vistosa en el contexto natural, que es lo que predomina, ese que se demora la película en ilustrar y tiene mucho de elíptico, el de la pobreza, la carencia y la necesidad, el de la exigencia de los dogmas y su silencio a cambio, cuando el otro pecaminoso ronda y efectúa. Asiendo la acotación de que la maldad llega a grados muy altos, pero el quehacer cinematográfico en ese horror es sutil, refinado y breve. Teniendo un filme muy arduo, aunque narrativamente sencillo, en la figura de la casa de la fe a puertas del bosque tenebroso y corruptor.
Etiquetas: [ciencia ficción]  [cine europeo]  [Colin Farrell]  [crítica]  [Festival de Cine de Cannes]  [séptimo arte]  [Yorgos Lanthimos]  
Fecha Publicación: 2016-03-20T13:32:00.001-05:00
En el bosque se esconden los rebeldes, los solteros, cuando la ley de este mundo distópico, creado por el director griego Yorgos Lanthimos, no permite que existan, hay una ley que dice que quien no tiene pareja debe ser llevado a El hotel, donde tienen 45 días para hallar a alguien o se convertirán en un animal que previamente han escogido. David (Colin Farrell) será, de fallar, una langosta, de ahí el título, de la dificultad de relacionarnos sentimentalmente. En un filme típico de Lanthimos, un director con gran imaginación, que no se queda ahí, suele implicar una lectura social que yace en la distorsión de la realidad, como puede ser un aprendizaje propio y nuevo de comportamiento y visualización del planeta, o la imitación de la vida ante el duelo bajo una transacción, en que nace la pregunta ¿qué nos hace humanos?, en que parece ser todo una ilusión o tan arbitrario como el propio mundo que fabula Lanthimos, lleno de extravagancia y su propia percepción de la realidad.  

The lobster pone en discusión la obligación o naturaleza de amar a alguien, si antes fue cómo entender el mundo, cómo nos comportamos siendo tan potencialmente maleables hasta la peor sinrazón, luego como percibimos nuestras emociones y las representamos (o poseen de teatralización), ahora se ocupa de lo que significan las relaciones de pareja, en donde los defectos físicos unen más que el deseo corporal o la atracción de conocerse. En que la sociedad impone, al igual que en el hotel y en el bosque, en que la libertad no existe, hay una disposición a delimitar. Cosa que un pusilánime David no es que quiera enfrentarse al sistema, sino que las circunstancias de sobrevivencia lo empujan a la reacción, primero a escapar del hotel, luego del bosque, como quien renuncia tanto a la soltería como al matrimonio, hasta hallar un romance idílico que empuja el sacarnos los ojos, pero que también homogeniza al hombre, cosa que pelea el cine de Lanthimos, en un canto constante por lo freak, y en contra de la superficialidad.  

En esta película de ciencia ficción es como no esperar nada, no dar nada por hecho, es la discusión de todo, de eso va Lanthimos, un anarquista del cine, un buscador e impulsador de creación, que en el camino presenta un hilo entretenido y curioso que es un viaje “alegre” por lo raro, donde la crueldad no suele presentar juicio. David es atado de un brazo al pantalón en sus primeros días de estadía en el hotel, le es llevada una mucama (la talentosa Ariane Labed) para que desfogue su libido mientras espera casarse, sale a cazar personas, a los rebeldes o solteros, esos que bailan solos, no pueden copular, pero pueden masturbarse, o puede ser castigado con quemarle una mano en una tostadora. Lanthimos no teme el ridículo, como todo aquel quien cree en lo freak, y lo roza, lo hace suyo, lo maneja. Ese aire bien lo consiguen todos los actores que se prestan al juego, Farrell con su cara de tonto (gracioso pero todos los que yacen en el hotel tras un matrimonio tienen esa figura), Léa Seydoux hace de ruda y firme líder rebelde, Rachel Weisz de bondadosa e inocente.

En el fondo es la historia romántica del hombre bueno y amable tras la mujer ideal para él y viceversa, pero es el mundo el que torpe, inclemente y frío impide que surja la poesía, y claro, nuestras decisiones también influyen, y es que algo siempre anda mal, como en aquella mesa de restaurante donde una princesa se queda sola (ante el alto requerimiento, como antes el mal manejo de la libertad), que se acopla a esas otras reacciones de frustración, histriónicas o histéricas, en esa mujer que salta de la ventana al no ser correspondida por nadie o esa otra que le dispara a un aparente inocente caballo, representación de quien no corresponde a ninguna pareja. Pero también está la otra cara, viendo que el amigo de David (Ben Whishaw), desesperado, vive en la mentira, en las falsas apariencias, hace de todo por sostener un matrimonio. Mientras el amor –o algo parecido- de David y la mujer bella, cariñosa y rebelde del bosque brilla cuando yace en el anonimato, escondido, en el cariz de peligro, que lo hace intenso y sensual. De lo que Lanthimos detrás de lo raro hace un análisis de variedad de formas de relación de pareja, con una mirada poco optimista, aunque ante todo lúdica y desenfadada, habiendo muchos momentos donde más que todo prima sacar una buena risa, ironizar.  
Etiquetas: [cine latinoamericano]  [crítica]  [Lukas Valenta Rinner]  [séptimo arte]  
Fecha Publicación: 2016-03-20T13:26:00.001-05:00
¿Qué hacer si se acerca el fin del mundo?, eso de cierta forma se responde la ópera prima del austriaco radicado en Argentina, Lukas Valenta Rinner, aunque no sea de la manera más humanitaria, cuando un oficinista de lo más común influenciado al parecer por La carretera de Cormac McCarthy, donde el ser humano se degenera y se vuelve amenaza mortal para el prójimo en un mundo post-apocalíptico, decide ir a prepararse para esta especie de guerra, entrenando en una reserva en el Delta del Tigre, en cómo sobrevivir, camuflarse, usar armas o luchar cuerpo a cuerpo. En esta escuela de cómo ser un guerrillero, que luce igual a un campamento de vacaciones, el hombre junto a otros de lo más ordinarios se alista, para terminada su capacitación viajar a los alrededores –con la mirada de que el mundo es una selva, y solo importa dominar y subsistir a toda costa- y usar la fuerza al mismo estilo de una tierra sin reglas, desprovista de moral alguna. Todo parte de pequeños indicios, la radio anuncia saqueos, hay una atmósfera de tensión reflejada en la debilidad del protagonista que de buenas a primeras toma la decisión de ir a esta reserva, que tiene de ligera ironía en el asunto, pero yace más en la “seriedad” del caso, que señala que la gente tiende a corromperse, convirtiéndose en seres violentos o auto-destructivos, sobre todo cuando las ansiedades apremian. Es curioso ver que el protagonista es como un autómata, que ha visto peligrar su monotonía y quiere defenderla, cómo quien lucha por lo más primitivo. Cuando todo pareciera apuntar a que el absurdo o la locura movilizan a los guerrilleros, empiezan a llover meteoritos en la ciudad. Y es que algunas imágenes poseen harta sugerente potencia visual, como en el arranque del filme donde yace la sensación de que algo oscuro se avecina, que recuerda a Post tenebras lux (2012), hasta esa otra fantástica de la ciudad a la distancia viviendo el apocalipsis mismo Fight Club (1999). 
Etiquetas: [cine documental]  [cine latinoamericano]  [crítica]  [Festival de Cine de Cartagena de Indias]  [José Luis Torres Leiva]  [séptimo arte]  
Fecha Publicación: 2016-03-09T19:49:00.000-05:00
Ganadora de la competencia de documentales en el festival de cine de Cartagena de Indias 2016, dirigida por el chileno José Luis Torres Leiva. Tiene de guía, entrevistador en fuera de campo, conversador casual in situ, aventurero tranquilo y protagonista al documentalista chileno Ignacio Agüero, basado en un viaje al archipiélago de Chiloé, al sur de Chile. En un filme que tiene una agenda diversa, por un lado es la ilustración de lo folclórico y localista, como con la performance de dos talentosas niñas acordeonistas o la de un “arrojado” niño baterista, la muestra de celebraciones funerarias que duran 9 días tipo circunspecta fiesta patronal con comida y alcohol, o ver locales mezclados con animales, vacas pasteando, o a algún chancho castigado y torturado. Dentro de un documental que está al acecho de la novedad, pero con autenticidad, ofreciendo harta paciencia y buena onda, donde el poblador tiene la oportunidad de brillar, pero la humildad de su vida y vivencias les gana, habiendo una anciana que inquiere por un hijo que no se comunica con ella hace 30 años, en un intento de showman narrando sobre sus 8 vástagos, como quien da sus últimas palabras sobre las tablas, para que al terminar de hablar deje escapar una risa fresca agradeciendo que sorprendentemente la hayan escuchado, y es que no se termina de creer en el ambiente que la sencilla cotidianidad de esta gente pueda ser cautivante para alguien, en el que es un himno a la humildad absoluta, a cierto vacío, y  a su vez a una gran humanidad. También es la búsqueda de la leyenda, Agüero carga consigo una historia que preguntar, la de unos Romeo y Julieta que ante la negativa de su relación desaparecieron, esto se complementa con la idea de que en la isla de Meulín hay dos sectores divididos por un puente, uno llamado San Francisco y el otro El tránsito, uno de ellos una zona donde viven indígenas, mapuches, y en la otra mestizos, que en una época se tenían rivalidad y no se mezclaban, por lo que los apellidos eran formas de separación.

En el trayecto Agüero trata de hallar algún relato fantástico e interesante conversando con los pobladores de Chiloé, pero en la mayoría de veces las respuestas son tímidas, austeras, esquivas o poco sólidas, respetándose una clara espontaneidad que no siembra todo su fruto, hay una carencia de cuentacuentos y de espectacularidad (como ese niño jugando en el desenlace, no obstante el filme registra todo y proyecta otro tipo de interés, ya no en la riqueza de un relato original, sino en la afabilidad y la sencillez existencial, familias amplias, celebraciones caseras, vidas satisfechas ausentes de grandilocuencia, sentido de comunidad, juego, hasta un casting sin pretensiones), que te mantiene entretenido, relajado y atento, donde se ha logrado plasmar no solo mucha naturalidad, de ahí los “defectos” en el alcance de las historias, sino simpatía, como con unos bailes de unas colegialas y otros cantos curiosos. Porque este documental en otra faceta es el pretexto del casting de una película, de lo que a lo Eduardo Coutinho se van dando entrevistas que intentan plasmar esa magia que conseguía el brasileño en sus obras.  

La mejor historia proviene de una indígena acriollada casada con un mestizo y venida a vivir a su territorio, los habitantes bromean hablando de fronteras en su isla. Agüero se detiene en una caminata y fluye una conversación atravesada por una alambrada, la mujer ya de cierta edad con gran carisma y soltura brinda hasta el último detalle. Este pareciera que fuera el leitmotiv del filme, la repetición del Romeo y Julieta de Chiloé, en que hasta en ello hay un pequeño sentir de sabotaje, y sin embargo el documental es muchas otras cosas, como que Agüero simplemente echa a andar, manejar o tomar un taxi, dialogando con quien se le cruza mientras hace de turista curioso, y la cámara y la experiencia conjunta lo respalda en todo momento, y a la propuesta, en el que es el espíritu del triunfo a toda prueba. 
Etiquetas: [cine asiático]  [cine documental]  [crítica]  [Ju Anqi]  [séptimo arte]  
Fecha Publicación: 2016-03-07T00:34:00.000-05:00
Grabada en setiembre del 2002 y editada en junio del 2013 hasta julio del 2014, fueron más de 10 años de distancia para llevar la película a una sala de exhibición, y eso predica una época que ha fugado, y que se ha quedado congelada en el filme, en este retrato de China, que fueron 40 días de viaje para concretar esta road movie por la región de Xinjiang en que un joven poeta llamado Shu pasea por la zona en busca de prostitutas de lo más simples, mientras vamos leyendo en pantalla bajo su voz en off 16 poemas suyos que surgieron durante el periplo. El director chino Ju Anqi, invisible, sólo con su cámara, sigue a Shu que toma el ómnibus, tira dedo en la autopista o se las ingenia para recorrer Xinjiang con poco dinero en el bolsillo, comportándose como un mochilero sin mayores razones para justificar su viaje que de fluir e ir por ahí a la aventura, aunque yace siempre en su mente preguntar por las tantas prostitutas de la región, los negocios, con las que se va acostando, mientras muestra la humildad de cierta China, en un estado bastante cool, tanto como harto universal, con unos poemas poco solemnes, pero admirativos de la vida, dedicados a una inspiración determinada de su recorrido, pero sobre todo a esas joyas que brillan: el sexo de las prostitutas. En donde hasta lo vemos acostarse con algunas (al comienzo y al final), conversar con ellas alrededor de la disyuntiva de escoger entre el matrimonio o el dinero, haciendo un recorrido poco trascendente en realidad, donde son situaciones sin mayores pretensiones las que se presentan, pero que hacen de Shu un tipo tan igual a muchos, en una transparencia bárbara, en que lo vemos en toda faceta posible, siendo fresco, tranquilo. En el que es un filme sencillo, pero muy bien filmado, con la naturalidad del caso, en un blanco y negro que evoca los tantos años que la propuesta durmió esperando su momento de revelación. Es el filme que muchos hubieran querido grabar, concibiendo algo entretenido, curioso, y muy común a la vez, que hace ver a China como un lugar más de viaje, donde nos parecemos tanto. En una época de paz, con la sazón de las mujeres de la vida y la aventura de ir tras ellas como quien degusta sabores, apelando a cierto romanticismo, pero no cayendo en ningún estado de inocencia, existe conciencia, a la vez que un afecto y entusiasmo por el mundo que nos contiene, nuestras raíces, desde la simpleza de internarnos en la provincia, donde largos caminos de tierra, conversaciones casuales al paso y tonteo bravo, pero agradable, se matizan con letras que van embelleciendo lo rural y a nuestra humanidad más de a pie. 
Etiquetas: [cine latinoamericano]  [crítica]  [Felipe Guerrero]  [Festival de Cine de Cartagena de Indias]  [Festival de Cine de Rotterdam]  [séptimo arte]  
Fecha Publicación: 2016-03-07T00:25:00.002-05:00
Debut en el largometraje de ficción del colombiano Felipe Guerrero que llevó su película a la competencia principal del festival de Rotterdam 2016. Oscuro animal puede referirse a un ser maltratado, como a un poder intimidante detrás de nosotros. Son tres mujeres tratando de salir de la selva e ir rumbo a la ciudad de Bogotá, sufrientes de la prostitución, la vejación y la posibilidad de ser asesinadas a razón de la guerra interna y su relación con la guerrilla. Oscuro animal es la potencia feminista y de supervivencia en Colombia, hacerse fuertes y escapar de la brutalidad, no convertirse en objetos sexuales ni secundarios de la guerra. Por ello vemos sus semblantes tomando tanta expresividad, llorando, sorprendiéndose, asustándose, para luego decidir luchar, y dejar atrás la naturalización de la violencia. Una mujer rescata a una niña, otra aún lo es, juega con muñecas, pero pronto deben acarrear madurez y responsabilidad, sin enloquecer o morir en el trayecto. Es una película visceral, de fuerte carga emotiva, que no posee diálogos, pero deja reflejar esa dolorosa interiorización de sus personajes. Felipe Guerrero pretende un canto de voluntad, de cambio, en medio de la militarización de la zona, de esa tierra de nadie que representa la selva atestada de paramilitares, donde la mujer es tratada como un animal. En un filme que se sostiene de los tres recorridos de escape, donde está gran parte del metraje y la trascendencia de la propuesta, la contextualización de las huidas, y estas en sí brillan por otorgar personalidad y fuerza, como en el mejor set hollywoodense, ganando por su poderosa verosimilitud. En un territorio vivo, intenso, pobre. Mientras esas mujeres humildes solo presentan un único deseo, vivir sin humillación ni temor a ser una estadística más de algún desaparecido. El filme aplica un trabajo profundo con un fuerte neorrealismo, uno pronunciado en especial al gesto dolido, gran seña de identidad del filme, que a veces yace de flaco favor, pero en general logra consumar un notable propósito de conmiseración. 
Etiquetas: [cine latinoamericano]  [crítica]  [Rubén Imaz]  [séptimo arte]  [Yulene Olaizola]  
Fecha Publicación: 2016-03-04T17:04:00.001-05:00
En 1519, el capitán español Diego de Ordaz (Xabier Coronado) y dos subalternos son enviados por el conquistador Hernán Cortes a subir hasta la cumbre del volcán de Popocatépetl en busca de azufre para la pólvora de su armamento y divisar el paso hacia la conquista de México. Esa es la premisa de la que se valen para esta película los directores mexicanos Rubén Imaz y Yulene Olaizola (que debutó por la puerta grande con el documental Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo, 2008), en que vemos la decisión férrea casi demencial de una hazaña, como puede verse a la conquista de América, en que el frío y la distancia parecen crear un caso perdido, sin embargo Ordaz arenga a su equipo y les promete la gloria al final del camino, de que la historia los iba a inmortalizar y la corona recompensar a sus familias y descendencia, además de decirles que Dios y su fe los amparaba y que retroceder sería perder lugar y respeto, verse débiles, frente a los nativos que los tenían por dioses.

En el trayecto vemos como el subalterno conocido como Gonzalo de Monovar (Martín Román) muestra esa ambivalencia que surge de todo el reto histórico y recuerda la brutalidad y los abusos propios de la conquista, y lo designa por el mal, que luego es refutado por Ordaz y el dolor. Es en toda esa subida y caminata lenta, frente a la inclemencia de la potente naturaleza que estudiamos un poco el mito, otorgándole un cariz humano, pero considerándolo extraordinario. Es una lectura sencilla, que trata una lucha simbólica, de cara a las condiciones extremas y precarias del volcán, esencia del anhelo más intenso de éxito e inmortalidad, de lo que se van dando varios diálogos que dibujan el retrato de lo que significaba y fue la conquista, aquí más honor (carta de memorias), pero también interés material (escudos familiares por venir). En ese lugar anida una lectura buena onda, algo inocente, que puede tildarse de muy respetuosa, no obstante asoma alguna pequeña crítica. Es mucho expuesto desde la visión española, que la mexicana.

Epitafio es un filme de recursos mínimos, tras despedirse de los pobladores de Huejotzingo, son tres hombres, tres conquistadores, contra la subida del volcán, el imponente México, eso sería todo a grandes rasgos, con la naturaleza al estilo de Fogo (2012, co-escrita por Imaz, y dirigida por Olaizola) brillando por su gran protagonismo, su poderío y como el hombre trata de resistirle, no rendirse ni abandonarle, y seguir adelante, habiendo fuerte emotividad hacía el territorio. No es que sea un filme complejo, ni grande, le falta mayor alcance argumental, pero está bien tratado, en cómo ir perpetrando esa escalada, en como desfallecen (especialmente el soldado llamado Pedrito, interpretado por Carlos Triviño) y siguen intentando, con alucinaciones de por medio, o en aquel motor de motivación (y fuerte interpretación) que es Ordaz, en plasmar una marca y legado propio, un ennoblecimiento, y la gloria para su nación, la corona y la iglesia española.