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- ¿Quieres decirme, por favor, qué camino debo tomar para salir de aquí? -
- Eso depende mucho de a dónde quieres ir - respondió el Gato.
- Poco me preocupa a dónde ir - dijo Alicia.
- Entonces, poco importa el camino
que tomes - replicó el Gato-
Alicia en el País de las Maravillas
(Lewis Carroll)
Pueden deslizarse los días, los años; la piel se quiebra, los ojos se achican, el pelo se blanquea, los pies se cansan, el mundo se contiene y vuelve a girar. Algunos se van, otros regresan. Los ríos cambian de cauce. Pero hay un eco que sigue estrellándose a lo largo del interminable suceder de la vida: es el ser uno mismo. Le llaman personalidad.
Es nuestra individualidad que nos llevamos hasta el borde la misma tumba.
Tenemos todos unos hilos conductores que se eternizan. Puede ser un gesto, un halo inmaterial que nos acompaña en el transcurso de todas las estaciones por las que atravesamos. Es el toque divino del Creador, un trabajo fino, detallista y personalizado. Es ese no sé qué que nos permite reconocernos en los distintos espejos que nos reflejan. Seguimos siendo los mismos aunque pasen los años…
Fuimos un poco más de diez personas sentadas alrededor de una mesa muy larga. De manera explícita, el cien por ciento de los asistentes fuimos gays. Yo estaba ahí por una razón bastante clara: saludar por su cumpleaños al agasajado, un amigo bastante querido.
Mientras me iba llevando algún bocado de lasagna y la masticaba perezosamente y mientras sorbía de tanto en tanto un trago de vino tinto me envolví en mí mismo, tomé consciencia escrupulosa en el cómo me sentía en ese instante; en silencio, presté atención a las cruzadas conversaciones y observaba gestos.
Me sentí incómodo. Casi todos ahí, eran personas a las que les tengo algún tipo de simpatía. Son amables. Alegres. Sencillos. Sin embargo, la idea de que yo desentonaba no me dejaba divertirme. El hecho de que la mayoría estaba emparejada, no me contrariaba. No. Era una sensación a la que ya estoy consumadamente desacostumbrado. Eso de sentirme conciudadano del mismo país ha pasado a ser parte de mi pasado. Mi entorno no es más un hábitat íntegramente gay. El ambiente ya no es más mi ambiente.
La cosa se ha empeorado con los años. Siempre he sido un desadaptado empedernido y constitutivo. A lo largo del tiempo, he ido emigrando de clan en clan como un recolector de hortalizas antediluviano que apenas va asomándose el invierno, se marcha en búsqueda de otros alimentos.
Los desiertos abiertos transitados, las incontables escaladas por montes escarpados y las larguísimas temporadas de safari me han hecho un nómada incorregible. Apenas aprendo un dialecto y una tradición y consigo una ligera estabilidad social, los pies -en verdad creo que es el espíritu- me pican y emprendo el éxodo. Habito y convivo bien durante una estación alrededor de la fogata común pero seguidamente me vuelvo lánguido, abstraído, perdido e intransigente con los componentes del clan. Sus códigos, manías y perspectivas. Sus comidas de siempre no me nutren más. Me vuelvo desnutrido y aburrido y termino corriendo de puntillas hacia otros espacios.
Yo voluntariamente me convierto en un apátrida. Un fugitivo de las naciones. Un desertor de cualquier regla de coexistencia social. Un hambriento loco de nuevos locos con nuevas locuras. Un extranjero de mí mismo.
Todo parece indicar que en esta incesante y testaruda huida, he hallado a otro ermitaño de barbita castaña crecida que con dos o tres mantas de algodón trenzado, una mano fuerte, un corazón mullido, una naturaleza amoldable, una fuente de agua fresca y un sin fin de idiomas ha montado una tienda apacible y segura donde el viento sopla mansamente a través de las paredes y el cielo luce esplendoroso traspasando el techado que nos resguarda.
En varias ocasiones de mi vida he regresado a Góngora como se regresa a los recuerdos y a las viejas pantuflas. Leerlo es como tomarme un sorbito de vino tibio a media tarde. Lo paladeo sin importarme qué me quiere decir, solamente me dejo arrullar con su partitura y esa tan suya arquitectura de palabras. Dejo mi almohada en un lado de la cama, apago la radio con música en inglés y recorro sus romances que tengo fotocopiados para tomar contacto con su suavidad y sonoridad que siguen intactas con los siglos.
Un poeta es ese hombre hecho con alguna otra clase de arcilla, muy diferente a esa con la que nos hicieron a las comunes criaturas que somos. Algún soplo de vida distinto le insufló un Dios también distinto. Mira con algo más que los ojos. Habla en otra lengua, en una Babel de hombres mudos.
Cierta vez leí que Luis de Góngora dijo que al escribir quería «hacer algo no para muchos». Y me parece que lo consiguió. No conozco a nadie en mi vida que lo lea con esa dedicación y ansia de refugio como las mías.
le trajo, en las hojas de un papel, si no en hojas de oliva, señas de serenidad, si se cree al arco de Amor. Si se cree que el amor de su dama serenará realmente el dolor del peregrino.
Mi musito me dice que soy su chico rococó. Cuando converso con él me gusta colorear la cama con mis palabras como en un manuscrito ilustrado. Cuando le escribo un brevísimo mensaje escrito, aparecen las rimas, me convierto en beato escribiendo un códice.
Quizás, lo oscuro, lo pesimista y lo religioso me hacen ser un barroco. Pero además, por ese afán mío por lo desproporcionado y recargado, por lo mundano y colorido, íntimo y delicado, me convierto de pronto en un rococó moderno. A pesar de que disfrute con mi musito de un amor presente y grácil, palpitante y leve, fácil y urgente; de pronto, nos remontamos en un abrazo largo al siglo XVI y XVII.
El amor no sólo lo hago, también lo escribo y lo construyo. Ribeteo la piel. Acaricio mil sonetos. Imprimo gimoteos. Agito frases. Cruzo músculos y letrillas. Suspiro hondo, muero en vida pero expiro con poesía. Exploto de placer y llega el arte.
Ándeme yo caliente
y ríase la gente.
Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno.
Y las mañanas de invierno
naranjada y aguardiente,
y ríase la gente
Uno:
Le abrí la puerta para que ingresara a la habitación. Una sonrisa suya me hizo olvidar que llegaba tarde a la cita. Durante los dos segundos en que pasó delante de mí, inhalé su fugaz rastro con todas mis fuerzas como si así se convertiría en un gas exótico y fuera a engullirle por completo. Quise comérmelo oliéndolo.
No sé qué sería ese aroma que despidió al cruzar brevemente. No logré identificarlo. Era dulce y ácido a la vez, como el de un fruto desconocido que ha caído de un árbol que aún no ha florecido en el jardín vecino. Sugestivo. Agresivo. Era su estela.
Agradable. Tanto como es él. Hace dos meses que le conozco, no he rosado ni una partícula de su piel pero pareciera que le conociera por dentro y por fuera. Es una de esas criaturas que va destilándose lentamente por donde pisa. Deja huellas a los que le seguimos de cerca sin seguirle. Transmite su existencia como una lluvia fresca en un día soleado, como un reflujo de arena fina que deja ciego en el medio de una avenida fuertemente transitada.
No sé qué tiene. Me despierta sentidos que no conozco. No sé qué quiero de él. No me excita. No me seduce. Simplemente me señala con su presencia que existe no sé si para ser olido y disfrutado fugazmente; o para inflamarme con nuevas sensaciones a las que aún nadie se ha atrevido a ponerles nombres.
El otro:
Sabía que estaba loca y perdidamente enamorado, pero no sé por qué, a pesar de haber pasado un fin de semana a solas con él en el campo, nunca intenté, ni siquiera se me cruzó por la mente, abrazarlo, tocarlo, besarlo, mucho menos intimar con desnudez o morbo. Nunca pude desatar el corsé que usaba frente a él que me impedía tocarlo. -Me relató con inquietud y con una emoción que no supe identificar en su voz-
¿Cómo fue tu primer encuentro sexual? ¿A qué edad? -le pregunté por teléfono de una manera inofensiva- Se hizo un silencio. Se hicieron dos. Era evidente que había tocado una herida escondida por debajo de su locuacidad. Me propuse quedarme callado hasta que contestara o al menos, emitiera un sonido que me revelara su agitación o su incomodidad.
¿Por qué me preguntas eso? -contesto finalmente-
Se había revelado. No había marcha atrás para él. Era un tema delicado, sin duda. Sin querer lo había arrinconado a un episodio de su vida que nunca había puesto en palabras. Fue transparente al tratar de mantener una conversación abierta, a pesar de la sangre que podría empezar a correrle por un costado. Noté que su voz temblaba. A pesar de que no lo veía, mis brevísimas palabras del diálogo fueron cargadas de delicadeza, respeto y acogida.
Me contó con lujo de detalles esa violenta, incomprendida y enterrada en la memoria experiencia con un familiar de su mismo sexo, ligeramente mayor, cuando apenas tenía nueve años de edad.
Después de escucharlo por varios minutos, no pensaba en otra cosa que el querer abrazarlo en silencio y decirle como un padre a su pequeño hijo que teme el sonido del viento porque un día él se llevó ferozmente su cometa querida.
Quise asegurarle y convencerle que volvería a tener otras cometas y que hasta volaría él mismo por los cielos, que las estaciones cambian y con ellas, los vientos se vuelven nuestros aliados. No sé más de él.
Mi querida Toñi, me dice a menudo que soy su <<chico triste>>. Cuando ella me lo ha dicho, mis reacciones han sido de lo más opuestas. Alguna vez, me arrancó una sonrisa. Otras, me hizo soltar bruscamente, una gorda lágrima.
He escrito decenas de veces sobre mi tristeza. Lo hago notar de manera frecuente con todo lo que escribo. Ostento un condimento inoculado en mis venas o en mi composición personal que cualquiera puede olfatear a distancia. Pueden seguir llamándome triste. Nostálgico. Depresivo. Drama Queen. Lo que quieran.
Pocos aciertan en la palabra que dibuje cabalmente mi talante emocional. Los norteamericanos, que son tan creativos e influyentes en popularizar sus términos y referirse a fenómenos y conceptos nuevos, usan la palabra Blue. Ellos dicen: “Im feeling blue” no “I’m blue”.
Y creo que es muy adecuado este uso gramatical. No es que yo sea, es que estoy. De esta forma, queda claro que se trata de un estado temporal y no, de una forma de ser. Es un sentimiento transitorio y de ninguna manera un rasgo de mi personalidad. Sentirme blue responde a una naturaleza y disposición de todo ser humano.
Hay quienes me dicen que es normal sentirse así. A mí, que me importa poco ser normal o sentirme normal, me satisface en gran medida esta palabra blue. Mi estado de ánimo es como un color, como uno de los matices de un cuadro de Van Gogh, un azul oscuro al lado de un ribete amarillo, encendido y resplandeciente. Ambos componen la obra de arte. La armonía policromática de luces y sombras.
Parece que cada vez más está vedado estar blue. La sociedad no nos lo permite. Somos los aguafiestas. Los seres queridos nos impugnan y estimulan de mil maneras a sonreír y andar de cascabeles por la vida. Quizás sea porque no soportan su incapacidad para consolar y compartir sentimientos adversos a los suyos. Quizás sea más fácil converger en la risa y en las explosiones de alegría.
Los chocarreros son mejor vistos. Tienen mejor prensa. Son más populares. Toda esa literatura de autoayuda es una clara señal de todo esta tesis. Hay que desterrar a los tristes porque les recordamos infaliblemente que hay tristeza. Hay que mantenernos silenciados, que por favor no se nos escuchen nuestros palabras azules, que nuestros mínimos sollozos no les queme el pastel de cumpleaños-feliz. Hay que amordazarnos para que no se sepa que hay sufrimientos incurables, para que no les recordemos la muerte ni las tinieblas, que no arruinemos el tiempo de la vendimia con nuestros ayes de guerra.
Sin embargo, me miro en el espejo y me veo bonito, equlibrado y digno; como el cuadro de la Noche estrellada de mi amado Vincent. No me podrán añadir colores. Estoy hecho un blue esparcido en el turbulento horizonte de donde cuelgan esplendidas estrellas luminosas.
El paisaje se completa. La obra maestra estará aquí para ser mirada con detenimiento y recorrida con un dedo tibio de artista.
He tenido que aprender a lavar la ropa. Cosa que nunca hice ni de niño ni de jovencito. Claro, eso es un decir, porque quien en verdad lo hace es la lavadora. Pero de todas maneras, uno tiene que instruirse en ciertas técnicas para que algunas prendas y tejidos no se echen a perder. Que ya me pasó. Por ejemplo, la ropa de interior blanca, tiene ciertos cuidados especiales para que mantenga su pulcritud en el color y su suavidad: antes de que termine el ciclo en la máquina, la dejo remojando de la noche a la mañana con bastante detergente y clorox. Los cuellos y puños de las camisas de vestir tienen que ser individualmente restregados y atendidos con espero para que queden totalmente limpios. Los calcetines tienen que colocarse en una redecilla para que no terminen solos e incomprendidos de manera enigmática. Que también varias veces me ha pasado. Mis boxers que tanto cuido y tanto me cuestan, tienen que secarse con aire frío porque sino, terminan achicharrándose sus elásticos.
Se aprende. Se ensaya y se yerra. Poner cuidados. Distinguir texturas. Medir espumas y velocidades. Combinar temperaturas. Advertir impurezas. Buscar blancuras. Insistir. Limpiar telas y limpiar vestimentas. Enjuagar atuendos y volverlos a enjuagar. Seguir así, incansablemente.
No es tarde de lavandería, es una actividad seria y para siempre. Hay que cuidar la ropa, la vida, el alma.
me basta una foto tuya impresa en blanco y negro,
uno de tus emails ardientes.
un poco de crema para manos
y lograr la velocidad apropiada...
Los días lunes, minutos antes de las 6 de la tarde, tengo que caminar unos trescientos metros hasta un extremo de la universidad para dictar una clase. Faltaban pocos metros para llegar al aula cuando una alerta me notificó que un email me había llegado al buzón. En verdad no quise revisarlo. De ninguna manera podía tratarse de una emergencia porque para eso, están las llamadas telefónicas.
Los minutos previos a entrar a clase siempre me inunda una suerte de concentración o de mini entrenamiento mental y muscular, que desdibuja de mi rostro cualquier gesto revelador convirtiéndolo en uno neutro, que prepara mi ánimo en uno dócil para dar la cara a mis alumnos.
Sin embargo, aquel día, una leve y misteriosa vibración me recorrió el pecho. Aquella notificación de correo reverberaba notoriamente cerca del corazón. Era como si una invisible inoculación se hubiera producido por mis venas, oxigenándome la sangre con alguna sustancia inmaterial. Sentí una fuerza inusual, un ímpetu, una súbita alegría.
¿De dónde provenía ese soplo repentino de vida?
Al llegar al aula, saludé a mis alumnos con la cordialidad acostumbrada. Cerré la puerta después de ingresar. Eché un vistazo y me encontré con todas las miradas de siempre, unas acuciosas, otras aburridas. Pero mis ojos debieron ser diferentes, mis pupilas se habrían desplegado hacia otra dimensión porque todo, absolutamente todo, de pronto se iluminó de manera incomprensible. Un universo nuevo habría irrumpido conmigo por esa puerta. La pizarra brillaba. El techo era celeste. Y los alumnos, eran seres que nunca había visto antes.
¿Qué sucedía? ¿Qué Pentecostés era éste? ¿Qué espíritu incierto había descendido aquel lunes a mi vida?
Al abrir mi maletín para apagar el celular, vi en la parte superior de la pantalla encendida, aquella pequeña señal anaranjada que indicaba el mensaje no leído.
Como automatizado, me volteé y di la espalda a los alumnos para que no vieran que revisaría mi correo electrónico. Presioné el ícono correspondiente, tomó una milésimas de segundo en aparecer la bandeja de entrada. En el asunto aparecían unos puntos seguidos. En el remitente, el nombre de mi Musito. Toqué el botón correspondiente. Ahí estaba el mensaje breve que explicaba ese cambio gravitacional en mi tarde de lunes:
- Te amo
Ay amigos venezolanos, olvidándose de la política y cuestiones de ideología, ustedes debieron -it was a must- votar unánimemente por Capriles. Bastaba elegirlo porque es un cuero, un churro, un bombón. ¿O acaso no saben apreciar la belleza masculina? ¿Me van a decir que hay otro criterio para votar por un gobernante? Ayayay lo que daría por tenerlo de presidente...

Algo delicado está pasando en el mundo. No hablo de las guerras nucleares que nos amenazan ni de las crisis económicas que nos rodean. Me refiero a la cantidad de hombres, en teoría felizmente casados, que nos buscan a nosotros los gays para echar a andar sus fantasías sexuales escondidas o para redimir sensibilidades que nunca una relación heterosexual les permitió expresar. ¿Cada vez hay más? ¿O son cada vez más osados en sus avatares? ¿O simplemente, de manera extraña, estoy siendo yo el blanco de estos señores machitos que tienen una rosa tatuada en el corazón y por debajo de la bragueta, un delicado calzoncillo rosado con bobos?
Para muestra un botón. Un tal Mauro, ha resucitado de entre los muertos que dormían en el cementerio de mis contactos pasados. Parece que lee regularmente mi blog. Me ha enviado una seguidilla de emails encendidos y desahogados. Me ha preguntado qué tal me va en mi nueva relación amorosa. Me ha insistido en vernos para tomar un café. Me dice que fui lo más cercano a tener un romance fuera de su matrimonio. Me asegura que yo le desperté emociones que nadie más le ha podido provocar. Dice haberse dado cuenta tarde, que quiere enamorarse de un hombre.
Acepté mantener una conversación telefónica. El monólogo duró alrededor de 25 minutos. Nadie que pudiera haberlo escuchado podría imaginarse que se trata de un hombre hecho y derecho que recoge diariamente a su hija del selectísimo Colegio Villa María. Un director de una prestigiosa ONG. Un sociólogo que soluciona profesionalmente aquellas vidas despreciadas por la sociedad. Un activista de causas minoritarias. Un caballero que visita congresistas y asiste a forums con corbatas oscuras.
Sin embargo, necesita -literalmente me lo dijo- un hombre como yo en su vida. Según sus palabras, una mujer jamás le ha podido hacer plenamente feliz. A sus cuarenta y pico años se siente fragmentado, desamparado y acorralado en una vida que no es suya. La angustia y la envidia por los que sí se atrevieron , el freno y sus lamentos, lo han despersonalizado convirtiéndolo en un pordiosero de amor.
Escucharlo, no lo niego, estimuló mi curiosidad y hasta me resultó morboso. No hay nada más intrigante que un hombre que destila masculinidad al decir que quiere ser más que un hombre. Uno, que implora como un adolescente que le atiendan en su ausencia de placer, calor y en su soledad. Su solicitud, por más triste que suene, era que le amara como nadie lo ha amado ni le amarán. Su testosterona anda contaminada de sensibilidad y va en contra del tráfico. Por sus venas corre una sangre sin oxígeno y en su piel empezarán a notarse un resecamiento y pequeñas señales de muerte en vida.
No quiero ventilar inoportunamente conceptos que están en juego pero que para él suenan a palabras huecas e inaccesibles: bisexualidad, homosexualidad, matrimonio, infidelidad, moralidad, justicia, familia, apariencias, engaño.
Sólo veo en él, a millones que sufren por un sentimiento, una vocación y un instinto; pero tienen que callar. Es un hombre más como todos nosotros que sus circunstancias, sus miedos, paradigmas y entornos familiares supieron encarcelaron en una celda de donde salir o escapar sólo causaría un desmoronamiento colosal.
Así como Mauro, he recibido señales de humo de varios hombres que me leen, que por casualidad aterrizan cerca a mi vida desenfadada y despejada en el plano afectivo-sexual, que cruzan sus miradas con la mía que intenta ser siempre afable y libre de prejuicios; aunque a veces sea malinterpretada. Creo que no buscan amar ni sexo, sólo buscan que los escuchen.
No me iría a la cama con un casado. Eso está claro. Ni por arrechura temporal ni por lástima generalizada. Ahora menos que nunca, que tengo a mi Cuchi rebalsándome y completándome con amor y sexo de los buenos. Sin embargo, abro mis brazos y mi corazón compasivo -sólo ello- a quienes viven tan terribles crisis de identidad y doliente soledad. Yo mismo lo he vivido así en el pasado.
Sospecho, no sé por qué, que Mauro como tantos otros, tienen un dedo estirado y tembloroso a pocos centímetros de un botón que activaría sus propios misiles nucleares en sus opresivos territorios familiares y sociales. Mientras tanto, por las noches siguen dando la espalda a sus esposas, a sus deseos, a su naturaleza, a su vida.
Que Dios les dé caminos de solución efectiva y de redención, porque yo, no puedo hacer nada más que lo que he hecho.
Puede ser que dada la plena, firme y florecida relación de amor que experimento y gozo en estos momentos de mi vida, esté yo en mejores condiciones de sugerirles estas reglas (elegidas y ordenadas de manera absolutamente subjetiva) para seguir en nuestras relaciones:
1. Elegir una pareja sabiamente y bien. Nos suele atraer la gente por todo tipo de razones. Unos nos recuerdan a alguien de nuestro pasado. Otros porque nos llenan de regalos y con ellos nos hacen sentir importantes. Habrá que evaluar una posible pareja como si fueras un simple amigo. Observar su carácter, su personalidad, sus valores, su generosidad de espíritu, la correlación entre sus palabras y sus acciones, sus vínculos con los demás.
2. Conocer las expectativas que tenga la posible pareja sobre sus próximas relaciones. Diferentes personas tienen diferentes creencias; y a menudo, son contradictorias. No hemos de querer enamorarnos de alguien que se vea tercamente amenazado por probables faltas de honestidad, porque sino, tarde o temprano las va a crear donde no existen.
3. No confundir el sexo con el amor. Especialmente en el comienzo de una relación; la atracción y el placer en el sexo a menudo se confunden con el amor.
4. Conocer las necesidades del otro y hablarlas con claridad. Una relación no es un juego de adivinanzas. Muchas personas, tanto hombres como mujeres, tememos mostrar nuestras necesidades y, en consecuencia, las camuflamos artísticamente. El resultado será la decepción al no conseguir lo que de verdad se quiere y también el enojo por tener al lado una pareja que jamás satisface nuestras necesidades simple y llanamente porque nunca fueron expresadas abiertamente. La intimidad no puede lograrse sin la honestidad. Una pareja por mucho amor que tenga, no puede leer las mentes.
5. Respeto, respeto, respeto. Dentro y fuera de la relación. Actuar de tal modo con la pareja que siempre se mantenga el respeto por él. El respeto mutuo es esencial para una óptima relación.
6. Verse a sí mismos como un equipo. Lo que significa ser dos individuos únicos que llevan a la relación: diferentes perspectivas y fortalezas. Ese es el valor en un equipo: sus contrastes.
7. Saber cómo manejar las diferencias, pues ello será la clave para el triunfo en una relación. Los desacuerdos no hunden relaciones, los agravios sí. Aprender a manejar los sentimientos negativos porque ellos son fatalmente el subproducto de las diferencias no trabajadas entre dos personas. Al obstruir o evitar los conflictos no se están gestionando correctamente.
8. Si no se entiende o no gusta algo que la pareja está haciendo, preguntarle por qué lo está haciendo. Conversar y explorar, nunca asumir.
9. Resolver problemas tan pronto surjan. No dejar que los resentimientos se cocinen a fuego lento. En la mayor parte de lo conflictos que tienen las parejas, se puede encontrar entre sus causas, un espíritu que fue lastimado en el pasado y que hoy, erige murallas elevadísimas, convirtiéndose ambos en simples extraños. O en enemigos.
10. Aprender a negociar. Las relaciones modernas ya no se basan en los roles impuestos por la cultura. Las parejas crean sus propios roles, de modo que prácticamente todo acto demandará el negociar. Se funciona mejor cuando prevalece la buena voluntad. Dado que ahora las necesidades de las personas están en un constante fluir y se modifican con el transcurso del tiempo y dado que las exigencias de la vida también cambian velozmente, las buenas relaciones han de negociarse y re-negociarse constantemente.
11. Escuchar, escuchar atentamente a las preocupaciones de la pareja y a sus quejas sin prejuzgar ni juzgar. La mayoría de veces, tener a alguien que escuche es todo lo que necesitamos para resolver los problemas. Además, abre la puerta a la sana confianza y a la empatía que es crucial. Mirar las cosas desde la perspectiva del otro, tanto como la nuestra.
12. Trabajar duro para mantener la contigüidad emocional. La cercanía no se logra por sí sola. En su ausencia, las personas se alejan y son susceptibles de affairs. Una buena relación no es una meta final, es un proceso de por vida que se alimenta a través de la atención regular.
13. Tener una visión de largo alcance. Por ejemplo, un matrimonio, es un acuerdo para pasar un futuro juntos. Echar un vistazo a los sueños entre sí con regularidad para asegurarse de que los dos están en el mismo camino. Actualizar sus sueños con regularidad.
14. Nunca subestimar el poder del acicalamiento personal.
15. El sexo es bueno. El Pillow Talk es aún más. El sexo es fácil, la intimidad es difícil. Se requiere honestidad, transparencia, auto-revelación, el compartir de las preocupaciones, miedos, tristezas, así como el de las esperanzas y sueños.
Soy culto. No en ese sentido que todos creen. No es que opere una gruesa cuota de cultura general y tradicional. No me refiero a que sea un ilustrado ni que navegue diariamente entre bellas artes y humanidades. Quiero decir que a lo largo de los años, verifico hoy que poseo toda una propia extensión de territorio donde he cultivado mis propios gustos, celebraciones, ideas y expresiones.
Los años y la experiencia aprendida que viene con ellos, han ido gota a gota regando mis arideces hasta convertirlas en un campo florido y exuberante; casi diría yo, muy fructífero.
Sin embargo, donde me detengo insistidamente es en esa música House, que lleva en su médula y en su tun tun tun, la orden para que yo vaya directamente a una pista de baile. Encuentro en ella, un hechizo oculto, una sutil destilación de sensualidad y un no sé qué, como si transmitiera un mensaje subliminal haciendo apología del coito anal. Es una música que ensalza muy bien mi jardín florido y maricón. Es parte emblemática de mi cultura contemporánea. Aligera la circulación de mi sangre por las arterias, cuerpos cavernosos y dobleces de mi querido aparato saltarín.
Cuando la bailo, bailan especialmente mis zonas bajas. Se activan mis sentidos de forma esplendorosa. Me siento diva con los testículos en movimiento. Me convierto en vagabunda culta, sacerdotisa de mi propio ritual, en un convidado a mi gaudeamus personal.
Mi música me define. Cerca mis dominios. Me retrata y refina. Es aquello que no vino con mis genes sino que la fui recibiendo y absorbiendo, clasificando y representando con mis propios símbolos.
El resultado de toda esa evolución es evidente: soy un sujeto gay como cualquier gay pero sin ser un típico gay. Así me aman y que me sigan amando.
Pd. Les dejo un último vídeo de Jessie Ware, a quien escucho casi a diario. Que aunque ahora con una fuerte influencia de pop británico, sigue siendo de mi reserva personal. En él pueden observar varios de mis objetos sagrados contoneándose, mis cánones de belleza, mis ritos primitivos, pautas eróticas, códigos de vestir, tradiciones sórdidas, mi baile, mi conllevada y a la vez, particular cultura. Disfruten de lo que soy.
A continuación, les enumero la cantidad de PARES que muchisimas personas me han dado a lo largo de mi vida. Muchos de estos consejos los sigo, otros intento seguirlos. Ve si tú puedes detenerlos.
Para de gastar tiempo con las personas equivocadas (las correctas son las que están contigo hasta el final, vayan bien o mal las cosas)
Para de huir de tus problemas ( sólo comienza, no estamos hechos para ser capaces de resolver los problemas instantáneamente)
Para de mentirte (el inicio de todo buen camino es ser honesto consigo mismo)
Para de ponerte en segundo plano (lo peor en el proceso de amar a alguien más, es creer que tú no eres especial también)
Para de ser quien no eres (siempre hay alguien más bello, más inteligente, más fuerte, más joven; pero nunca será tú)
Para de permanecer en el pasado (no se pasa al próximo desenlace releyendo el capitulo pasado)
Para de tener miedo de cometer un error (es probable que te arrepientas más de lo que dejaste de hacer que de lo que te equivocaste )
Para de reprenderte por errores pasados (puedes haber amado o llorado por la persona u objeto equivocado, pero sin duda, ahora te ha acercado a encontrar la persona u objeto correcto para ti)
Para de comprar la felicidad (entiende de una vez que aquello que de verdad te satisface no se puede comprar)
Para de encontrar la felicidad en otro u otros (si no estás contento interiormente, será imposible ser feliz con los demás)
Para de pasar el rato pensando (de tanto pensar, creas nuevos problemas que no estaban al comenzar a pensar)
Para de pensar que no estás preparado (nadie lo está 100% cuando la oportunidad aparece)
Para de involucrarte en relaciones por razones equivocadas (las compañías deben elegirse sabiamente)
Para de rechazar relaciones sólo porque las pasadas no funcionaron (todas las personas de tu pasado te probaron, usaron o enseñaron algo; pero sobre todo, sacaron lo mejor de ti)
Para de competir con otros. (El éxito que tanto se busca, es una batalla contra uno mismo)
Para de estar celoso (es mejor preguntarse, “Qué tengo yo que todos quieren”)
Para de quejarte y de auto-inculparte (si miras atrás, verás que eso de que te quejas, te condujo a un mejor lugar, persona, estado mental o lugar)
Para de albergar resentimientos (es mejor que digas, “no voy a permitir que arruines mi felicidad”)
Para de permitir que otro te arrastre hacia abajo, donde está él (rechaza que te arruine así, en lugar de que ese otro, eleve sus propios estándares)
Para de justificarte ante los demás (tus amigos no lo necesitan y tus amigos no te creerán)
Para de hacer sin descanso, lo mismo y lo mismo. (si sigues haciendo lo mismo, obtendrás lo mismo)
Para de desdeñar la belleza de los pequeños momentos. (quizás más adelante, al voltear atrás, descubrirás que eran grandes momentos)
Para de intentar hacer las cosas de manera perfecta (el mundo no recompensa a los perfeccionistas sino a los que hacen cosas)
Para de seguir la Ley del mínimo esfuerzo (especialmente cuando lo que quieres conseguir es algo grandioso)
Para de comportarte como si todo está bien si no lo está (no todo tiene que ir bien siempre ni tienes que simular que eres fuerte)
Para de culpar a otros por tus problemas (si haces esto, significa que has dado poder a esos otros sobre el control de tu vida)
Para de ser todo para una sola persona (¡eso es imposible!)
Para de preocuparte (si sabes que en un mes, un año o cinco años no va a preocuparte, entonces es mejor no preocuparse hoy)
Para de enfocarte en aquello que no quieres que suceda (sí, en lo sí quieres que suceda)
Para de ser desagradecido con la vida (en vez de pensar en lo que te falta, trata de pensar en lo que sí tienes y que tantos otros quisieran tener)
Mi relación con los Celos ha sido de lo más diversa. Tanto como yo mismo. Soy tan raro que hasta en eso soy tambaleante, irregular. He sido celoso y no lo he sido.
He sido de los que ha hecho sangrar sus labios al mordérselos voluntariamente y así preferir ese dolor físico, ese ardor, antes que los punzantes ramalazos en el espíritu, mente y corazón que se llaman Celos. Es aún difícil de describir para mí, ese padecimiento generalizado, esa sensación de querer matar al amado y luego, poéticamente, quitarse la vida. Todo por los celos.
Sé que algunos los llaman celos enfermizos. Patológicos. Celopatía. ¡Qué se yo! No puedo hablar de niveles. Todos los grados despiertan esa especie de terror ante la amenaza de perder al ser amado. En todos los casos hay una pérdida de control, un vapor que nubla la visión y la razón.
El sólo hecho de imaginármelo en otros brazos, que hablara con la misma magia, que su boca saboreara otra piel, que su respiración se mezclara con la de otro, que desbocara su pasión en otro cuerpo, que un atisbo de afecto pudiera competir con mi sobredimensionado amor, que pronunciara otro nombre con la misma ternura que pronuncia el mío; todo eso, simplemente era una agonía cruenta e inaguantable.
Pero crecí. O fui creciendo.
Aprendí. O fui aprendiendo. Gané una seguridad proveniente de no sé dónde. O sí sé de dónde vino: de la certidumbre de sus palabras que declaran su preferencia por mí. No puede haber celos cuando uno está convencido de que le aman. ¿Cómo sentir celos si te expone mirándote a los ojos e irrefutablemente que no quiere entristecerte por ningún motivo o hacerte sentirte atemorizado por nada del mundo?
No ha desaparecido esa amenaza de perderlo por otro, pero no es más una agonía. Ahora le comunico mi sensación. Digo con frescura que no me gusta temer ni desconfiar, y sobre todo, que sólo deseo su felicidad ante cualquier otra cosa, incluso ante ese mi sentimiento de amenaza.
Y hacia ahí quiero ir. Hacia el absoluto desinterés de mi amor. Hacia la mejor seguridad que puedo albergar: la seguridad de que lo amo por encima de todo y de todos. Incluso quiero ir hacia la ausencia total de exclusividad. Quiero avanzar, serena y decisivamente, hacia la Compersión.
Compersión – Es el sentimiento de felicidad de conocer que aquel que amas, disfruta amando a alguien más. Es con exactitud, el antónimo de los ya explicados celos. Tener compersión es lo opuesto a sentir celos.
Algunos creen que es incongruente tener compersión en una relación monógama. Pues, es difícil tenerla. No lo niego. Pero alguien que desea amar con libertad, oxígeno y seguridad tendrá que trabajar hacia eso.
Sí, quiero honestamente ser compersivo.
No hago lo que esperan de mí.
Me he pintado las uñas de rosado.
No quiero ser normótico como tú
El psiquiatra Christopher Bollas inventó el término de Normopatía para describir a las personas que están tan centradas en la armonización y en el ajuste a las normas sociales, que eso se convierte en una especie de manía.
Una persona que es normótica, a menudo está malsanamente obsesionada con no tener personalidad en absoluto, y sólo hace exactamente lo que se espera por la sociedad. Pierde su subjetividad. La Normopatía extrema es interrumpida por pausas de la norma, donde la persona normótica cede bajo la presión de conformarse y se vuelve violenta o hace algo muy peligroso.
Muchas personas experimentan leves niveles de Normopatía en diferentes momentos de sus vidas, especialmente cuando se trata de encajar en una situación social nueva, o cuando se trata de ocultar las conductas que creen que otras personas se condenan.
Es el nuevo totalitarismo moderno. Los medios de comunicación -ahora el internet y la publicidad- van señalando silenciosamente las normas. Ahora se nos dice qué es normal y qué no.
“Son aquellos que hoy en día desean triunfar social y profesionalmente y que, para alcanzar sus objetivos, han de mostrar necesariamente ciertos niveles de domesticación y limitarse a hacer "lo que se espera de ellos"
En los años que me queden de vida, Dios mío líbrame de esta patología pandémica, de este "mal", como lo rezo todos los días en el Padrenuestro. Dame valor, huevos, mente ancha, impudicia, libertad, criterio personal, osadía, consciencia y voluntad para seguir mis propias normas, no las que los demás me impongan a su real gana e interés. Señor mío, no quiero ser el sujeto normal que ahora prolifera en el mundo moderno. Amén
Casi nada de palabras para un mensaje contundente.
1. Ten en cuenta que el gran amor y los grandes logros en general, implican siempre grandes riesgos.
2. Cuando pierdas, no pierdas también la lección.
3. Sigue las tres Rs: 1. Respeto a ti mismo 2. Respeto a los demás 3. Responsabilidad por todas tus acciones
4. Recuerda que no conseguir lo que quieres, a veces es un maravilloso golpe de suerte.
5. Aprende las reglas. Así luego sabrás cómo romperlas apropiadamente.
6. No dejes que una pequeña disputa dañe una gran amistad.
7. Cuando te des cuenta que has cometido un error, inmediatamente toma medidas (por muy pequeña que sea) para corregirlo.
8. Cada día, pasa algo de tu tiempo a solas.
9. Ábrete a los cambios, pero no dejes que en ellos, se pierdan tus valores.
10. Recuerda que el silencio es a veces la mejor respuesta.
11. Vive una buena y honorable vida. Luego, cuando envejezcas y mires atrás, serás capaz de disfrutar cada segundo.
12. Una atmósfera amable en tu hogar es el fundamento para toda tu vida.
13. En los desacuerdos con tus seres queridos, expón sólo la situación actual. Nunca traigas problemas del pasado .
14. Comparte tus conocimientos. Es una forma de adquirir inmortalidad.
15. Sé gentil con el planeta.
16. Una vez al año, vé a un lugar donde nunca has ido antes.
17. Recuerda que la mejor relación es aquella en donde el amor al otro, es más grande que la necesidad del otro.
18. Juzga tus éxitos en función de lo que has tenido que perder o dejar, para obtenerlo.
Y llegó el amanecer del domingo. Y con él, una nueva palabra tiene más sentido que nunca, es la Esperanza. La verdadera Esperanza con la que vivimos los cristianos, la que nos muestra que es posible convertir el agua insípida en vino, el dolor en más vida y que la muerte no es el final.
Se corrió la dura y pesada piedra del sepulcro. Y continuó la vida hacia la eternidad.
La Resurrección de Jesucristo permite que se pueda estar misteriosamente alegre después de haber vivido un Viernes Santo.
Los que me leen a menudo, saben que he tenido varios viernes sangrientos en mi vida. He subido literalmente a varios calvarios. He dejado la piel en varios eventos. Muertes y fracasos. Desalientos y caídas estrepitosas. También saben que por momento destilo una tristeza incomprensible. Y es que el que ama a Jesucristo no puede olvidar la cruz que lleva a cuestas.
Pero también puedo demostrar cuando escribo, que me envuelve una alegría muy única. Después de los latigazos que sobrellevo en la vida diaria, puedo reírme a carcajadas, gozar como un demente y explotar con todo tipo de placeres innombrables. Tendré ojos chinitos, sí, pero a la vez, una mirada ancha y precisa que siempre advierte todos los sufrimientos a mi alrededor. En seguida, me prendo con la belleza humana. Puedo empaparme los ojos de tanto llorar pero a continuación, no dejo de recrearme de la hermosura de un siempre nuevo amanecer.
Ahí está lo sobrenatural. No es natural vivir con ardor una Semana Santa porque no es natural la muerte. Corremos fuera de la ciudad durante el fin de semana para que no nos salpique el dolor, evadimos el silencio de un templo porque nos escapamos del auto examen y nuestros vacíos, de nuestras heridas ocultas y nuestras magulladuras.
Si tan sólo supiéramos que ahí no está el final, que podemos vencer la cruz, que hay más camino por recorrer, que el Amor nos salva, que la noche no es eterna, que Dios no ha dejado de pisar nuestras calles, que no todo está perdido, que no estamos solos en medio de la multitud, que nuestro corazón puede estar alegre..
Sé que hay una Resurrección. Sé que no es en vano tener Fe. Sé que celebro la Vida. Sé que el mundo sigue creándose para mí. Sé lo que es cantar Aleluya. Sé lo que es la verdadera Alegría.
Padre, a tus manos
encomiendo mi espíritu
Lucas 23
Mil veces he encomendado mi espíritu al Padre. He agachado la cabeza. He cerrado los ojos ante Él. Acomodé mis músculos maltrechos de dolor y mordí mi limitada humanidad para liberar y dar paso a su misericordiosa divinidad.
Aprender que Dios es Dios y no nuestra patita de conejo de la suerte o nuestro analgésico, aprender que hasta nuestro espíritu que creíamos invencible tiene un tope, es una tarea para emprender todos los seres mortales. Tarde o temprano aprendemos la lección. Abajo se quedan nuestros envalentonamientos. Llega la Cruz a nuestras vidas y cuando ya no podemos respirar, sólo nos queda un poco de oxígeno para que precisamente esa voz apagada pueda apenas pronunciar: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.
¿Y qué viene después?
No, no es la muerte como muchos pueden pensar. Para Jesucristo no es el anuncio fúnebre de que se aproximaba el fin o que sus fuerzas se habían acabado. No. Jesús conocía de su poder y podría haber bajado de la cruz si lo quería, con sólo haber movido su dedo meñique. Encomendarle su espíritu al Padre fue una proclamación más de su Evangelio. Era el anuncio una vez más de que una buena noticia se acercaba.
La noticia es simple: Que Dios Padre llega ciertamente ante el clamor de su hijo. Que Dios empieza a ser más Dios cuando el hombre termina de ser hombre y se deja a las manos de su creador. El Amor de ese Padre es presto. Apenas un hijo amado le dice que ya no puede más, Él convierte el escenario de dolor y muerte en uno de Esperanza.
En el momento más negro del calvario, en el preciso instante en que aceptamos nuestra fragilidad y extenuación, en que tiramos la toalla de nuestra suficiencia, de nuestra escondida arrogancia, de nuestros estúpidos engreimientos, Dios nos recuerda delicadamente la próxima Resurrección.
Ahí, al final de la Cruz, aparece la Esperanza de que hay más vida después de eso que ha dejado de ser vida. Se abren los ojos ante la tormenta y aparece el Padre de brazos extendidos, de mensaje redentor, de dulce acogida para bajarnos de la Cruz. Y así llega la Luz.
Aunque andaré en valle de sombra de muerte,
no temeré mal alguno
Salmo 23
Que el Señor Jesús,
en la noche en que iban a entregarlo,
tomó pan y, pronunciando la acción de gracias,
lo partió y dijo:
«Esto es mi cuerpo,
que se entrega por vosotros.
Haced esto en memoria mía.»
Lo mismo hizo con el cáliz,
después de cenar, diciendo:
«Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis,
en memoria mía.»
San Pablo a los Corintios,11
He estado una temporada sin participar en la Eucaristía. Pasaban los domingos y aun aquellos que me conocen bien, empezaban a inquietarse con mi larga temporada de inasistencias. Algunos me insistían. Otros, hasta me constriñeron con grandes castigos. ¿Cómo tú, siendo tan católico puede estar tanto tiempo sin ir a misa? ¿Ahora eres un ateo?
Mi sonrisa era delatora. ¿Qué podrían saber esos que preguntan? Soy un convencido del poder divino de los sacramentos en nuestra vida. Son signos visibles de nuestra experiencia de Fe. Son la exteriorización de que Dios interviene y acompaña nuestro camino que llamamos vida. Son señales de un Dios que se regala gratuitamente.
Y la Eucaristía es eso. Una celebración material en respuesta a una vivencia inmaterial. Si ella, no se vive con hondura, pues deja de ser vivencial y se convierte en un acto frío y sin sentido. Muchísimos años había participado con devoción y alma extasiada. Sentado mil y una veces en una banca del templo había sido testigo cercano y actor convencido del sacrificio de Jesucristo, como uno más de sus íntimos apóstoles en frente de él en la última cena. Había sido una fuente y camino de mi débil andar de cada semana.
Y de pronto, vinieron los eventos más tristes de mi vida. Muertes punzantes, circunstancias desafiantes, súbitos desintereses, cansancios espirituales, angustias paralizantes, soledades deliberadas. Necesité irme solo al monte. Llorar mi propia sangre. Ayunar de celebraciones. Rumiar mis desventuras en solitario.
Pero jamás dudé que regresaría a misa. Quizás porque nunca me fui de ella. Crucé el atrio una tarde de verano en que el sol destellaba a través de los vitrales con centenares de tonalidades. Traspasé la puerta siempre abierta, me senté al final de la nave y suspiré hondamente. Mi Casa era la misma de siempre. La fiesta no había cambiado en nada: era el mismo anfitrión de corazón infinito, era el mismo hábitat amoroso, el mismo mensaje, la misma vibración alegre, el mismo alimento en la mesa, los mismos convidados hambrientos. La Misa era la misma. Dios no había desalojado ni un centímetro ese trozo de Cielo aquí en la Tierra. El que ha cambiado en estos últimos meses soy yo.
Y he vuelto. Aunque con más arrugas invisibles, con heridas aun sin cicatrizar y el alma más hambrienta que nunca, he vuelto para comer y beber hasta saciarme de Jesús, pedacito tibio de pan, traguito fresco de vino.
Tú, cuando vayas a rezar,
entra en tu aposento,
cierra la puerta y reza a tu Padre,
que está en lo escondido,
y tu Padre,
que ve en lo escondido,
te lo pagará.
Mateo 6
Yo, no cierro la puerta. Al contrario, la dejo entreabierta de mi habitación, quizás como señal de que me quedo en el mundo sin estar en él.
La mejor forma que he adoptado para rezar es la de simplemente, hacer silencio. Desde hace mucho que es así. Las palabras, que tanto amo y utilizo, quedan al orar, fuera; porque ellas, son ideas y suelen embotar mi mente. Para el mundo interior y el mundo de Dios, he de experimentar un desierto acogedor y confortable donde todo queda reducido a la nada, porque su presencia es todo. Miro a Dios, nada más. Si algo pasa en la Oración, es que miramos la vida sin los ojos, solamente con el corazón.
Esta tarde tuve que ir de compras al supermercado. Yo mismo me asombré que rodeado de frutas hermosas y alimentos procesados, pude encontrar escondido a Dios. Todo estaba ahí para alimentarme: a mi relativo alcance. No pensé en nada ni siquiera en lo que necesitaba o en sus precios, sólo me dejé abrasar por los colores, formas, texturas y propiedades alimenticias de todo lo exhibido ahí. Dios hablaba sin hablar a través de todos los productos. Aquello que está fuera de mí, que es parte del mundo y del comercio del hombre, de las calles y los campos, de las fábricas y huertos; también habla de Dios y por Dios.
Al regreso a casa, con un paso calmoso y la mirada viva, reparé cruzarse a muchas personas, de todas las edades, apuradas, impasibles, distraídas, hurañas. Y volvió a hablarme Dios: con otras vidas, acudí directo a la mía. Me vi en ellas.
Prendí la televisión. Hice zapping. No sé qué buscaba en ella, algo ruidoso que me distrajera como los peatones en la avenida, algún mensaje directo o una señal codificada, un dulce recuerdo o un vaticinio alentador. Al recorrer resueltamente de canal en canal, todo se movía con la velocidad de mi propia imaginación. Muchos hablaban. Había algarabías, parajes del mundo entero, escenarios, recintos de todos los continentes. Miré detenidamente gestos, unos eran radiantes, otros de terror y muchos no expresaban nada. Algunos programas se abrían a la luz, otros mostraban expresamente la oscuridad y el drama. Y el Padre, asomaba escondido detrás de toda esa ficción y realidad. Hablaba muy quedo, con sutileza y precisión.
Por unos minutos me asomé por Internet. Leí algunas noticias. Navegué sobre los mares de todos los días. Me abrí a las vidas de seres queridos. Saludé. Comenté. Jugué con palabras.
Y detrás de mis ventanas, más allá de mis aposentos, Dios me habló acertadamente de Amor. Y todo en silencio, sucedió ante mis ojos. No fue un día de Oración, sino una Oración en la vida. Y así, al llegar la tarde, entendí que Dios, efectivamente como lo prometió, me lo pagó.
«Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.»
Isaias 16
Dios ¿estará orgulloso de mí?
Es una pregunta que podría desatar una tormenta por su fuerza. Podría esperar su respuesta para siempre. Pero en seguida, como un soplido tibio, como una voz nítida en medio de la selva, me viene su contestación:
«Sí, porque me amas»
¿Cómo puedo asegurar que sí está orgulloso de mí? ¿Cómo puedo ser tan pretencioso? En todos mis años de recorrido por múltiples caminos y atolladeros, de nubes y espinas, un solo destino final me ha esperado, es el haber conocido el Amor de Dios. Con la velocidad de un rayo, me vienen mil memorias y después de eso, compruebo que todo eso me ha acercado a su presencia fiel y constante.
Haber experimentado su mano poderosa y tierna, su misericordia y salvación, me da esa misteriosa certeza con que hoy declaro que ni un segundo he dudado de que me ame. Con mis pasajes de egoísmo, de parálisis afectiva, de incredulidad y superficialidad, Dios me ha amado. Con mis etapas de alejamiento voluntario, de escapadas y escondites, de silencios y necedades, me ha sabido amar. En mis complejidades y enajenaciones, mis descarrilamientos y ensoberbecimientos, su Amor ha sido persistente y concreto.
Ahora, le amo yo.
Con más años y más lecciones de vida. Con todo lo que me ha quitado, que sigue siendo infinitamente menos que lo que me ha dado. Con todo lo que me falta por aprender. Con todo lo que nunca llegaré a ser, le amo.
Y durante el más recóndito diálogo en silencio que entablo con Él, veo aparecer su sonrisa en señal de aprobación y satisfacción. Puedo dormir tranquilo. Dios está orgulloso de mí. Dios me ha sonreído.
María se presentó con un frasco de perfume muy caro, casi medio litro de nardo puro, y ungió con él los pies de Jesús; después los secó con sus cabellos. La casa se llenó de aquel perfume tan exquisito.
San Juan 12, 1-11
María de Betania, amiga cercana y muy querida de Jesús se pone de rodillas ante Él en clara muestra de adoración y servicio. Judas que está siendo testigo de esa escena y es el administrador del dinero, se altera diciendo que cómo es posible que se gaste tanto en un perfume, si eso se podría destinar a los pobres.
Los que actúan en función del Amor, no hacen cálculos numéricos a la hora de manifestar su sentimiento. Amar es a menudo actuar contra la corriente social y más difícil aún, en contra de la sensatez.
Los que amamos estamos un poco locos para este mundo juicioso y prudente. Somos capaces de arrodillarnos, de untar los pies del ser amado con perfume. Nos tildarán de sometidos, humillados, desquiciados, imbéciles por tener tales detalles.
Frecuentemente he tenido que defender a los enamorados, a aquellos que se desviven por el bienestar del ser amado, que dejan de lado hasta sus propios intereses, quienes dejan de comer por dar de comer al otro, quienes hacen de todo por complacer. Ya sea en la vida consagrada o en la vida laica, el Amor se comporta igual, sin cálculo ni condiciones.
Este día tengo que agradecer a la Vida por haber sido yo objeto de estas manifestaciones de amor. Por haber sido el blanco de tan puros y rendidos amores. Me han ungido con los más deliciosos perfumes que han hecho de mi vida, mejor. Como dice en el Evangelio, dichas muestras de afecto desinteresado han llenado mi casa de aromas exquisitos. He respirado mejor, he ido extendiendo la sensación de ser amado a otros que no lo son tanto. Bendito sea Dios que con esta escena me enseña a ser humilde en recibir ese amor gratuito y beneficioso y me invita sutilmente a expresar del mismo modo un amor dócil y entregado.
Siempre habrá algún Judas cerca que te dice “que es demasiado”, “que hay que pensar en uno”, “que está bien culantro, pero no tanto”, “que no es bueno amar hasta el punto de despersonalizarse o perjudicarse”, “que hay que medirse”.
Cada uno sabrá con qué y cuánto perfume ungir al ser amado. Cada uno sabrá a quién ama con esa locura poco comprendida por los demás. Sin embargo, Jesucristo señala que la medida del Amor es precisamente la desmedida.