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Todos estos candados son dejados por parejas con sus nombres grabados y luego, ellas avientan la llave al Río Sena como símbolo de su amor eterno. Desafortunadamente para ellos, cada tres meses viene alguien con grandes tijeras cortametales...
Julián ama. Eso es, al menos lo que repite por todo lado. Se pasa la tarde suspirando apenas el cielo empieza con su festival de colores. Un nuevo sabor le recorre el paladar cada día, se disuelve al tragar con esfuerzo un sorbo de su propia saliva, hasta que vuelve a pensar en Joseph y la boca se le vuelve a poner dulce y ácida y amarga. Por las noches llora con pequeñas gotas de rocío de sólo recordarlo, como cuando roncaba a su lado y él, fastidiado y soñoliento, se tenía que ir a la otra habitación a seguir durmiendo. Transpira y empapa su almohada. En plena oscuridad de su habitación, ahora se siente como transitando el planeta a solas. La vida ya no es la misma, ahora todo el presente se ha convertido en pasado.
A pesar de que no sabe ni el día en que vive, Julián no duda que ama. Tiene la angustia y premura de demostrar minuto a minuto que su amor es imbatible, inmarcesible, infinito y fértil como aquel día en que lo reconoció una mañana en que Joseph ya se había marchado para siempre, después de una larguísima noche ciega de sexo y pasión.
Y seguirá amando sin siquiera saber ni importarle que Joseph haya cruzado el océano y el firmamento entero buscando algo más que amor. No le afecta los rumbos tan opuestos ni las condiciones.
Julián ama. Y no imagina otra cosa que seguirlo amando.
¿Cómo es mi vida hoy por hoy? ¿Estoy contento con mis circunstancias? ¿Me quejo más de lo que agradezco? ¿Habrá algo que estoy dejando de hacer? ¿Habrá algo que tengo frente a mis narices y no veo?
Vaya con las preguntitas. Yo mismo, al tipearlas me sorprendía del gran efecto que iban teniendo en mí al formulármelas en silencio.
Contesto algo de ellas: Las personas más cercanas, mis confidentes amigos o amigos confidentes, los vigilantes de mi alma, saben bien que no estoy precisamente pasando buenos momentos. Dicen algunos que se me nota de sólo hacerme un seguimiento a los temas que escribo. Soy, dicen, bastante transparente para decir mucho sin decir mucho.
Ya sé. La Felicidad no es ni puede ser completa. Varias cosas me preocupan de mi futuro próximo. Tengo nostalgias que no me sueltan. Me siento inseguro hasta para cruzar las pistas. Me baño a diario y a pesar de ello, ciertas mugres no dejan mi piel. A mediodía ya quiero que llegue la noche que trae silencio y aislamiento. El invierno me hace más vulnerable como las crisálidas. Me temo a mí mismo. Transpiro sin haberme movido ni un milímetro...
Pero de pronto, como si encendiera la vela blanca que está al lado de mi monitor, una idea me alcanza, me cambia el gesto y me hace sentir parte del universo que momentos antes no existía.
Viene a mi auxilio el significado de una palabra griega que me gusta tanto: Kairós. Una parte inentendible de mí me hace sospechar que el tiempo que vivo es un lapso que no tiene dimensión y que sólo debo reconocerlo como un momento adecuado que precede a algo bueno. Aquello que he descrito más arriba no es sino un enigma insondable de que algo importante va a suceder.
Kairós no es otra cosa que el tiempo de Dios, a diferencia del Cronos, que es el tiempo del hombre. Abrazar el Kairós es como atravesar una puerta invisible que me hace ser parte de una dimensión que mi mente estrecha, mi lógica impaciente y mi miopía espiritual no se atreven a traspasar.
Todo esto que vivo es por algo. Tengo que pisar fuerte mi camino personal. No puedo estropear lo que Dios quiere para mí, lo que me tiene reservado, lo que desde la eternidad ha diseñado para mí. Todo lo que hoy llamo sucesos temporales o circunstancias, terminarán tomando su forma más perfecta.
Y encontraré lo nunca hallado. Y descubriré lo que en un momento fue incierto. La Revelación será sólo para mí. La obra se completará sin que yo haya puesto ni un miserable ladrillo. Y será el momento en que el propósito será sólo de Dios. El día en que Él habrá obrado. Bendito sea su tiempo que no es mi tiempo.
En sus manos están mis tiempos
Estuve conversando con mi Musito sobre la belleza masculina. A pesar de ser un exacerbado adicto, consumidor, hincha y comentarista de todo ejemplar que ven mis ojos en la vida real y por las redes, tengo alguna reflexión más por hacer:
En varias oportunidades, después de contemplar a alguien que considero bello, he tenido que terminar con la frase concluyente “tiene un no sé qué”.
En verdad, creo estar ahora en condiciones de decir qué es ese “no sé qué”. Ibsen decía que la Belleza es el acuerdo entre el contenido y la forma. A ver, me explicaré:
Desde mi experiencia, los mejores perfumes que he tenido y que han marcado mi gusto personal en ellos, curiosamente han venido en una presentación muy básica. Sus frascos han sido llanos y sin tanta aspiración a parecerse en una obra de arte y diseño. Algo similar me ha sucedido con los hombres.
Todo comenzó por verlos en algún escaparate. Llamaron mi atención. Me fijé en algún detalle externo que los hacía sugerentes. Mis sentidos se ponían alertas.
Unos ojos almendrados que iluminaban mis noches apagadas. Unas pestañas rizadas o tupidas que hacían sombra en el desierto personal. Una nariz recta como centro de atención. Unos labios mordibles. Un cabello que fuera distinto al mío. Una barba acariciable. Unos hombros de los cuales colgarme cuando me faltara el equilibrio. Una estatura que me hiciera voltear la mirada hacia arriba, siempre arriba. Unas carnes bien repartidas pero nunca almacenadas en el vientre.
Mis sensaciones primarias y mi sentido de proporción se aliaban para dar un expeditivo veredicto sobre el hombre que se me ponía al frente. Instantáneamente capturaba su aspecto material. Se trataba de un escaneo natural sobre su fachada. Intervenían mis cánones, mis propias mediciones. En mi cerebro evaluador se producía un proceso apremiante que detectaba y convertía todas las energías que ingresaban por mis ojos, oídos, tacto, olfato y gusto.
Pero hasta ese punto no podía llegar a la conclusión de que se trataba de un hombre bello. Tenía que pasar otras tasaciones más...
Lentamente, con otros caracteres que iban emergiendo, menos tangibles, pertenecientes a espacios más escondidos; con fragmentos impalpables, con mensajes interiores, con rayos invisibles, con exhalaciones y armonías sutiles que pacificaban mi cosmos siempre en guerra, llegaba pues a la conclusión de que sí se trataba de un hombre bello.
Al destapar el frasco, al girar un par de veces la válvula, dejaba escapar su mejor esencia natural. Si eso que quedaba al descubierto, era congruente con todo lo que mis cinco sentidos ya habían inspeccionado previamente, entonces se originaba el espectacular big bang que daba vida a mi vida. Era entonces que le imponía el título, el cetro y su ubicación preferencia en mi podium personal correspondiente.
La Belleza de un hombre -y claro, también de una mujer- es así pues, un toque divino donde se ensambla lo que vemos y no vemos. Lo que no existe y termina existiendo para uno. Es la unión perfecta entre lo que la Vida nos regala y lo que en la vida pedimos. Es la alianza de la Creación con nosotros, sus criaturas.
Sí, eres bello.
Carlos Augusto Zambrano (Callao, 10 de julio de 1989) es un futbolista peruano. Juega de defensa y su actual equipo es el Eintracht Frankfurt de la Bundesliga de Alemania. También forma parte de la selección de fútbol del Perú.
No será un churro ni un arquetipo de belleza, pero tiene ese sello de hombre peruano. Me gusta. Su porte muy latino y gesto serio, fuerte, firme. Como siempre digo yo, cuando un espécimen tiene algo, pues, lo tiene.
Yum...

Pocas veces me han pegado. Ahora que hago memoria, el puñetazo que más me dolió fue el de un tal Hernando, al terminar un partido de basquet. Fue directamente al estómago y a mi inexperiencia de adolescente. Su puño cerrado se estrelló con furia, y por breves segundos, me quitó la respiración. La vista se me nubló. Un par de compañeros fueron testigos de aquel suceso y reaccionaron inmediatamente separando al agresor. Un profesor que vigilaba la hora del recreo se acercó y tajantemente le dijo: -sígueme, a la Dirección-
Un guantazo como ése se queda reverberando para toda la vida. Los músculos, en mi caso, los del abdomen, se recompusieron a los minutos, pero una especie de magulladura se quedó cristalizada en la mente y en mi visión del mundo.
Había que aprender a defenderse. Había que saber que yo, sería para siempre, el blanco de mil y un violencias de todo tipo. Había que conocer la crueldad. Y lo que es peor, había que ser, entre los demás, algo que yo no era: un peleador.
Tengo que confesarlo, me aterra cualquier clase de violencia física. Desde aquella vez en mi colegio del apacible distrito de San Isidro, con mil recursos, he tratado de no usar la fuerza. Sin embargo, hay veces que una corriente inflamada me visita el cuerpo debilucho que tengo, la mente aguda y el corazón blando cuando temo que alguien quiere convertirme en el destinatario de su violencia o de su perversidad contenida. Seguidamente, la mano me punza, se forma un nudo con mis dedos, prenso sus huesos y me provoca sin pensar, asestar un golpe mortal y desahogarme.
Respiro hondo. Aquella corriente se convierte en un frío interno, en un temblor imperceptible y en un llanto silencioso. Así, pasan los minutos, las horas, los días y la vida entera. Todas esas díscolas emociones se almacenan como el polvo entre los libros, como la grasa animal en las arterias, como el oscuro sedimento de los ríos más pobres. Los recuerdos de vivencias injustas, irascibles y desalmadas no son sólo recuerdos, son cicatrices que gotean un extraño veneno en el alma. Un golpe recibido o contenido queda doliendo para siempre.
No guardo rencores felizmente, no conozco lo que es el odio; pero sí me doy cuenta, que enfundo agujetas y desconfianzas de tiempos lejanos. Hernando debe vivir por ahí, qué sé yo. No sólo habrá envejecido y no tendrá más la agilidad en el basquet, habrá aprendido a perder; también habrá agravado sus tendencias agresivas. Me pregunto cómo ha de tener las manos y lo que es peor, cómo el corazón.
Llegué de trabajar, como siempre, casi bordeando las once de la noche. Estaba tendida en la cama, recostada sobre un par de almohadones. El televisor permanecía encendido para olvidar el silencio. La luz era tenue en toda la tibia habitación como indicio de que algo se iba debilitando en el universo.
Me incliné y acerqué para besarle una mejilla, pero en cuestión de milésimas de segundos, una necesidad de seguir besándola, se apoderó de mis labios. Un amor de bebé recién nacido, de niño empezando a caminar, de adolescente sensiblón, de jóven confundido y de adulto racional, irrumpieron con la urgencia de un rayo. Quise besarla desde siempre y para siempre.
Cerró los ojos y respondió cuidadosamente a cada uno de mis besos. En mi memoria, con exactitud, están grabados cada uno de los sonidos que sus labios hacían al juntarse y estrellarse delicadamente contra mi cara. Con la mirada que ya no era su mirada, con la sonrisa que ya no era más su sonrisa pero con su cercanía física, me reincorporé y me fui a cambiar a mi dormitorio con la puerta cerrada. Me quité el traje de cordura que tengo que usar diariamente para el trabajo, me puse el pijama, abrí la ventana para dejar entrar una ráfaga de aire frío, muy frío de septiembre, me asomé y dejé volar invisiblemente cada uno de esos besos hacia la Eternidad, hacia esa incomprendida y cruel Eternidad.
Don't let memory play games with your mind
She's a faded smile frozen in time
I'm still hanging on...
Lo vi hace unos meses en el noticiero. Pregunté -¿Quién es?-. Me respondieron: -¡Neymar, pues! Futbolista-.
No lo sabía. No me importó a qué se dedica. Pero lo miré y algo, no sé qué mierda es, me gustó, me gusta y gustará de él.
Qué cosa tan rara me pasa: cada amanecer me siento más misógino, y a la vez, enigmáticamente, me siento más hermanado a las personas extrañas. A toda criatura que se cruza en mi camino, parece que yo le lanzara una cuerda imaginaria para acercarla hasta mí y husmearle sus aromas más íntimos como un sabueso.
Viviré eternamente esta incongruencia de vivir ermitañamente y acompañado por todos a la vez. A solas y alerta a los otros.
Quizás sea como los vampiros de las más tenebrosas pesadillas que por las noches salen a beber la sangre fresca de otros para seguir viviendo. Igual, mi lánguida alma necesita almas para venerar y así, permanecer sobreviviendo un siglo más.
A veces me basta una mirada fugaz de un alumno sentado al fondo del aula, un movimiento imperceptible de la mejilla del portero que intenta ser sonrisa cuando me abre la puerta del edificio, un reflejo de luz en una larga cabellera de la chica que cruza apuradamente la avenida Pardo, un suspiro delicado de mi papá mientras lee el periódico o una palabra balbuceada a lo lejos en el supermercado. Me basta algo así para que yo aprese algo de esa esencia y me quede seducido y embriagado. En medio de mis peregrinajes diurnos y solitarios por la existencia, pareciera, que una muchedumbre de almas necesitadas y perdidas me gritara al unísono que les dé una señal para encontrar el camino de regreso a casa. Como si yo supiera. Como si tuviera respuestas. Pareciera que esa multitud sin nombre me implorara urgentemente que la ame sin saber nada de ella, que la toque sin tocarla, que la empuje en alguna dirección que ellos no ven ni verán jamás.
A pesar de la escisión que sufro con el mundo, no puedo desligarme de las vidas ocultas de todos los que transitan por mis mismas calles. Les oyo. Les leo. Les entiendo. Les amo. En medio de mi tan bien salvaguardada y familiar oscuridad, hallo en ellos pequeñas luces como las que aparecen en la carretera, al voltear una curva y encontrarse en medio de la nada y la noche, la ciudad iluminada a lo lejos que anuncia la bienvenida al destino anhelado.
Olga by Nigel Hess on GroovesharkSer maricón no es cosa de un día para otro. No me molesta en algunas ocasiones referirme a mí mismo con este término que se supone que es despreciativo para todos, pero en mi caso, es hasta a veces, reivindicativo. Nada de mariquita, ni mariconcito, ni marica. Soy maricon, pues.
Uno se va haciendo maricón de adentro hacia fuera, como esos reptiles que van resecando su piel escamosa para que de forma natural aparezca una nueva piel. La muda se produce por caricias del viento externo, por golpes de la vida cotidiana o por simples cambios de estación.
Haciendo un vuelo rápido por mi infancia, hoy constato que tuve varios cambios de piel. Y los seguiré teniendo. Comencé cuando veraneábamos en una playa al sur de Lima y me era imposible pisar la arena porque simplemente me daba asco. No resistía que nada me ensuciara la piel. Mientras todos los niños y niñas les gustaba revolcarse en la orilla, yo no dejaba la toalla extendida. Seguí en el colegio, me era impracticable, como lo hacían todos mis compañeros al terminar la hora de educación física, bañarme en las duchas de los camerinos. Me daba asco también pisar sus losetas, el cemento húmedo; eso de calatearme en público y exhibir mi piel lampiña era como hiperventilar las semillas que dormían y germinaban abrigadamente debajo de mi ropa de deporte.
Demoré hasta los diez años para aprender a montar bicicleta. Todo porque no quería ningún rasguño en esas intentonas por guardar el equilibrio o ninguna caída de esas en las calzadas de piedra que causara alguna herida que demorara en cicatrizar o adelantara bruscamente mis cambios de piel.
Siempre anduve seguro, consciente de mi piel, temeroso de súbitos desgarrones infantiles y juveniles que dejaran expuesta mi carne viva. Protegí mi piel a lo largo de toda mi vida con cremas hidratantes y velos de seda, porque ella, con sus regeneraciones y endurecimientos sería la que me permitiría subsistir elegantemente en la jungla y salvarme de tantos otros especímenes, la mayoría de ellos, depredadores. Mi piel cubre memorablemente mi alma endeble y dúctil.
Tener una piel mimetizada es poseer finalmente una vida flexible. He sido y soy un hombre entre hombres que le gustan los hombres. Un maricón para ellos. Un hombre que convive y se comunica espléndidamente con otras mujeres sin desearlas. Un delicioso y útil maricón para ellas.
Como buen maricón, he de usar mi piel para salir airoso de toda contingencia. He de camuflarme. He de hacerme invisible. He de confundirme para que nadie me reconozca cuando me pierdo entre los matorrales. Frente a cualquier adversario o posible apareamiento, apelo a mi natural y desarrollada capacidad de pigmentación para pasar desapercibido o brillar según me lo pida la vida.
He sido con mi piel, un destello de colores entre los colores. Una sombra entre las sombras. Soy gracias a ella, un camaleón de ciudad, protegiendo su corazón.
Sí es cierto, paso por largas temporadas en las que apenas cruzo palabras con las personas que amo. Lo único que me queda es aceptarme así, bloqueado y encerrado dentro de los pasillos de un castillo de cristal desde donde veo y escucho todo lo que pasa afuera pero donde nada de lo que siento llega a oídos de nadie.
La vida novelada de Jorge Javier Vasquez me ha hecho tomar consciencia de este síndrome del gay adolescente, en el que toda la sensibilidad habitual se derrocha en mirar cómo la vida está llena de colores y en oír las mil confesiones de almas ajenas.
Así fue gran parte de mi vida. Masticando mis propias experiencias, buceando en mi propio océano, alimentándome de golosinas que crecen en la oscuridad; pero a la vez, saliendo de vez en cuando para cruzarme con otros habitantes del mundo. Les escuché sus vidas tan normales: sus amoríos en los parques, sus proclamaciones a voz en cuello, sus conflictos a puertas abiertas, sus tertulias de media mañana, sus travesuras de fin de semana, sus cortejos de verano, sus conquistas y sus botines de juventud. Escuché y viví en cada una de sus vivencias.
Mientras tanto yo, no podía hablar de mí. No sé quién me negó la capacidad del habla con la adyacente sensación de que había mucho por decir. Algo o alguien me cercenó las cuerdas vocales. Hoy no me importa descubrirlo o responsabilizar a nadie más que a mí mismo. Todo lo que podría ser parte de mi mensaje por comunicar yo mismo lo censuraba. Todo me resultaba vergonzoso. Mi vorágine de emociones y encantos se quedaron bajo siete llaves.
A pesar de haber escrito ya descaradamente miles de páginas sobre mi vida, aun me quedan conductos taponados. Músculos de mi pobre lengua se han quedado atrofiados en el camino de tantos años de silencio. Hay restos de culpas adheridas en las paredes de mi habitación.
El proceso es largo y complejo. Los ropajes van cayendo lentísimamente. La mente hizo su trabajo de esclarecer y descifrar lo que antes era una maraña de pavores y cobardías. La boca se abre por lapsos cortos para aflojar los ataderos y gritar y descargar, para aspirar y escuchar luego mis propios ecos que se estrellan en otras vidas que transitan por aquí.
Que mi boca hable, por Dios, que hable; con la misma fiereza con que mi alma revienta de pasiones y desconsuelos. Habla Vicho, habla.
...se nota la diferencia. Todo encaja: los ojos ajustan su mirada y aparece un rectángulo verde en la imagen, como en esas cámaras digitales que registran un perfecto encuadre, como si se tratara de la Belleza que asoma detrás de las nubes del mediodía. El corazón salta, reaccionando ante la emoción de la gema hallada en la misma entraña de la tierra seca después de una ardua extracción y extenuación.
Musito se presentó así en mi vida. Cada día que pasa es más nítido, es más precioso. Sus frases y gestos, sus terminaciones y presencias, sus argumentos, sus reglas de vida, su sensibilidad me hacen sentir afortunado.
Sin duda, he encontrado un verdadero hombre.
Sí es cierto, tengo muchísimas personas que me aman. No lo dudo. Es algo real. "Amigos" les llaman. Benditos sean porque siempre están por aquí cerca.
Pero en estos últimos días de intrusa bruma y poca visión, ha habido sólo dos personas -aunque puede ser que sean más que personas y sean pedacitos de Cielo- quienes con una frase breve y terminante me han restituido a la vida.
A ustedes dos, mi canario y mi madrileña, gracias por esa frase tan útil y reparadora: “te amo así”.
- ¿Quieres decirme, por favor, qué camino debo tomar para salir de aquí? -
- Eso depende mucho de a dónde quieres ir - respondió el Gato.
- Poco me preocupa a dónde ir - dijo Alicia.
- Entonces, poco importa el camino
que tomes - replicó el Gato-
Alicia en el País de las Maravillas
(Lewis Carroll)
Pueden deslizarse los días, los años; la piel se quiebra, los ojos se achican, el pelo se blanquea, los pies se cansan, el mundo se contiene y vuelve a girar. Algunos se van, otros regresan. Los ríos cambian de cauce. Pero hay un eco que sigue estrellándose a lo largo del interminable suceder de la vida: es el ser uno mismo. Le llaman personalidad.
Es nuestra individualidad que nos llevamos hasta el borde la misma tumba.
Tenemos todos unos hilos conductores que se eternizan. Puede ser un gesto, un halo inmaterial que nos acompaña en el transcurso de todas las estaciones por las que atravesamos. Es el toque divino del Creador, un trabajo fino, detallista y personalizado. Es ese no sé qué que nos permite reconocernos en los distintos espejos que nos reflejan. Seguimos siendo los mismos aunque pasen los años…
Fuimos un poco más de diez personas sentadas alrededor de una mesa muy larga. De manera explícita, el cien por ciento de los asistentes fuimos gays. Yo estaba ahí por una razón bastante clara: saludar por su cumpleaños al agasajado, un amigo bastante querido.
Mientras me iba llevando algún bocado de lasagna y la masticaba perezosamente y mientras sorbía de tanto en tanto un trago de vino tinto me envolví en mí mismo, tomé consciencia escrupulosa en el cómo me sentía en ese instante; en silencio, presté atención a las cruzadas conversaciones y observaba gestos.
Me sentí incómodo. Casi todos ahí, eran personas a las que les tengo algún tipo de simpatía. Son amables. Alegres. Sencillos. Sin embargo, la idea de que yo desentonaba no me dejaba divertirme. El hecho de que la mayoría estaba emparejada, no me contrariaba. No. Era una sensación a la que ya estoy consumadamente desacostumbrado. Eso de sentirme conciudadano del mismo país ha pasado a ser parte de mi pasado. Mi entorno no es más un hábitat íntegramente gay. El ambiente ya no es más mi ambiente.
La cosa se ha empeorado con los años. Siempre he sido un desadaptado empedernido y constitutivo. A lo largo del tiempo, he ido emigrando de clan en clan como un recolector de hortalizas antediluviano que apenas va asomándose el invierno, se marcha en búsqueda de otros alimentos.
Los desiertos abiertos transitados, las incontables escaladas por montes escarpados y las larguísimas temporadas de safari me han hecho un nómada incorregible. Apenas aprendo un dialecto y una tradición y consigo una ligera estabilidad social, los pies -en verdad creo que es el espíritu- me pican y emprendo el éxodo. Habito y convivo bien durante una estación alrededor de la fogata común pero seguidamente me vuelvo lánguido, abstraído, perdido e intransigente con los componentes del clan. Sus códigos, manías y perspectivas. Sus comidas de siempre no me nutren más. Me vuelvo desnutrido y aburrido y termino corriendo de puntillas hacia otros espacios.
Yo voluntariamente me convierto en un apátrida. Un fugitivo de las naciones. Un desertor de cualquier regla de coexistencia social. Un hambriento loco de nuevos locos con nuevas locuras. Un extranjero de mí mismo.
Todo parece indicar que en esta incesante y testaruda huida, he hallado a otro ermitaño de barbita castaña crecida que con dos o tres mantas de algodón trenzado, una mano fuerte, un corazón mullido, una naturaleza amoldable, una fuente de agua fresca y un sin fin de idiomas ha montado una tienda apacible y segura donde el viento sopla mansamente a través de las paredes y el cielo luce esplendoroso traspasando el techado que nos resguarda.
En varias ocasiones de mi vida he regresado a Góngora como se regresa a los recuerdos y a las viejas pantuflas. Leerlo es como tomarme un sorbito de vino tibio a media tarde. Lo paladeo sin importarme qué me quiere decir, solamente me dejo arrullar con su partitura y esa tan suya arquitectura de palabras. Dejo mi almohada en un lado de la cama, apago la radio con música en inglés y recorro sus romances que tengo fotocopiados para tomar contacto con su suavidad y sonoridad que siguen intactas con los siglos.
Un poeta es ese hombre hecho con alguna otra clase de arcilla, muy diferente a esa con la que nos hicieron a las comunes criaturas que somos. Algún soplo de vida distinto le insufló un Dios también distinto. Mira con algo más que los ojos. Habla en otra lengua, en una Babel de hombres mudos.
Cierta vez leí que Luis de Góngora dijo que al escribir quería «hacer algo no para muchos». Y me parece que lo consiguió. No conozco a nadie en mi vida que lo lea con esa dedicación y ansia de refugio como las mías.
le trajo, en las hojas de un papel, si no en hojas de oliva, señas de serenidad, si se cree al arco de Amor. Si se cree que el amor de su dama serenará realmente el dolor del peregrino.
Mi musito me dice que soy su chico rococó. Cuando converso con él me gusta colorear la cama con mis palabras como en un manuscrito ilustrado. Cuando le escribo un brevísimo mensaje escrito, aparecen las rimas, me convierto en beato escribiendo un códice.
Quizás, lo oscuro, lo pesimista y lo religioso me hacen ser un barroco. Pero además, por ese afán mío por lo desproporcionado y recargado, por lo mundano y colorido, íntimo y delicado, me convierto de pronto en un rococó moderno. A pesar de que disfrute con mi musito de un amor presente y grácil, palpitante y leve, fácil y urgente; de pronto, nos remontamos en un abrazo largo al siglo XVI y XVII.
El amor no sólo lo hago, también lo escribo y lo construyo. Ribeteo la piel. Acaricio mil sonetos. Imprimo gimoteos. Agito frases. Cruzo músculos y letrillas. Suspiro hondo, muero en vida pero expiro con poesía. Exploto de placer y llega el arte.
Ándeme yo caliente
y ríase la gente.
Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno.
Y las mañanas de invierno
naranjada y aguardiente,
y ríase la gente
Uno:
Le abrí la puerta para que ingresara a la habitación. Una sonrisa suya me hizo olvidar que llegaba tarde a la cita. Durante los dos segundos en que pasó delante de mí, inhalé su fugaz rastro con todas mis fuerzas como si así se convertiría en un gas exótico y fuera a engullirle por completo. Quise comérmelo oliéndolo.
No sé qué sería ese aroma que despidió al cruzar brevemente. No logré identificarlo. Era dulce y ácido a la vez, como el de un fruto desconocido que ha caído de un árbol que aún no ha florecido en el jardín vecino. Sugestivo. Agresivo. Era su estela.
Agradable. Tanto como es él. Hace dos meses que le conozco, no he rosado ni una partícula de su piel pero pareciera que le conociera por dentro y por fuera. Es una de esas criaturas que va destilándose lentamente por donde pisa. Deja huellas a los que le seguimos de cerca sin seguirle. Transmite su existencia como una lluvia fresca en un día soleado, como un reflujo de arena fina que deja ciego en el medio de una avenida fuertemente transitada.
No sé qué tiene. Me despierta sentidos que no conozco. No sé qué quiero de él. No me excita. No me seduce. Simplemente me señala con su presencia que existe no sé si para ser olido y disfrutado fugazmente; o para inflamarme con nuevas sensaciones a las que aún nadie se ha atrevido a ponerles nombres.
El otro:
Sabía que estaba loca y perdidamente enamorado, pero no sé por qué, a pesar de haber pasado un fin de semana a solas con él en el campo, nunca intenté, ni siquiera se me cruzó por la mente, abrazarlo, tocarlo, besarlo, mucho menos intimar con desnudez o morbo. Nunca pude desatar el corsé que usaba frente a él que me impedía tocarlo. -Me relató con inquietud y con una emoción que no supe identificar en su voz-
¿Cómo fue tu primer encuentro sexual? ¿A qué edad? -le pregunté por teléfono de una manera inofensiva- Se hizo un silencio. Se hicieron dos. Era evidente que había tocado una herida escondida por debajo de su locuacidad. Me propuse quedarme callado hasta que contestara o al menos, emitiera un sonido que me revelara su agitación o su incomodidad.
¿Por qué me preguntas eso? -contesto finalmente-
Se había revelado. No había marcha atrás para él. Era un tema delicado, sin duda. Sin querer lo había arrinconado a un episodio de su vida que nunca había puesto en palabras. Fue transparente al tratar de mantener una conversación abierta, a pesar de la sangre que podría empezar a correrle por un costado. Noté que su voz temblaba. A pesar de que no lo veía, mis brevísimas palabras del diálogo fueron cargadas de delicadeza, respeto y acogida.
Me contó con lujo de detalles esa violenta, incomprendida y enterrada en la memoria experiencia con un familiar de su mismo sexo, ligeramente mayor, cuando apenas tenía nueve años de edad.
Después de escucharlo por varios minutos, no pensaba en otra cosa que el querer abrazarlo en silencio y decirle como un padre a su pequeño hijo que teme el sonido del viento porque un día él se llevó ferozmente su cometa querida.
Quise asegurarle y convencerle que volvería a tener otras cometas y que hasta volaría él mismo por los cielos, que las estaciones cambian y con ellas, los vientos se vuelven nuestros aliados. No sé más de él.
Mi querida Toñi, me dice a menudo que soy su <<chico triste>>. Cuando ella me lo ha dicho, mis reacciones han sido de lo más opuestas. Alguna vez, me arrancó una sonrisa. Otras, me hizo soltar bruscamente, una gorda lágrima.
He escrito decenas de veces sobre mi tristeza. Lo hago notar de manera frecuente con todo lo que escribo. Ostento un condimento inoculado en mis venas o en mi composición personal que cualquiera puede olfatear a distancia. Pueden seguir llamándome triste. Nostálgico. Depresivo. Drama Queen. Lo que quieran.
Pocos aciertan en la palabra que dibuje cabalmente mi talante emocional. Los norteamericanos, que son tan creativos e influyentes en popularizar sus términos y referirse a fenómenos y conceptos nuevos, usan la palabra Blue. Ellos dicen: “Im feeling blue” no “I’m blue”.
Y creo que es muy adecuado este uso gramatical. No es que yo sea, es que estoy. De esta forma, queda claro que se trata de un estado temporal y no, de una forma de ser. Es un sentimiento transitorio y de ninguna manera un rasgo de mi personalidad. Sentirme blue responde a una naturaleza y disposición de todo ser humano.
Hay quienes me dicen que es normal sentirse así. A mí, que me importa poco ser normal o sentirme normal, me satisface en gran medida esta palabra blue. Mi estado de ánimo es como un color, como uno de los matices de un cuadro de Van Gogh, un azul oscuro al lado de un ribete amarillo, encendido y resplandeciente. Ambos componen la obra de arte. La armonía policromática de luces y sombras.
Parece que cada vez más está vedado estar blue. La sociedad no nos lo permite. Somos los aguafiestas. Los seres queridos nos impugnan y estimulan de mil maneras a sonreír y andar de cascabeles por la vida. Quizás sea porque no soportan su incapacidad para consolar y compartir sentimientos adversos a los suyos. Quizás sea más fácil converger en la risa y en las explosiones de alegría.
Los chocarreros son mejor vistos. Tienen mejor prensa. Son más populares. Toda esa literatura de autoayuda es una clara señal de todo esta tesis. Hay que desterrar a los tristes porque les recordamos infaliblemente que hay tristeza. Hay que mantenernos silenciados, que por favor no se nos escuchen nuestros palabras azules, que nuestros mínimos sollozos no les queme el pastel de cumpleaños-feliz. Hay que amordazarnos para que no se sepa que hay sufrimientos incurables, para que no les recordemos la muerte ni las tinieblas, que no arruinemos el tiempo de la vendimia con nuestros ayes de guerra.
Sin embargo, me miro en el espejo y me veo bonito, equlibrado y digno; como el cuadro de la Noche estrellada de mi amado Vincent. No me podrán añadir colores. Estoy hecho un blue esparcido en el turbulento horizonte de donde cuelgan esplendidas estrellas luminosas.
El paisaje se completa. La obra maestra estará aquí para ser mirada con detenimiento y recorrida con un dedo tibio de artista.
He tenido que aprender a lavar la ropa. Cosa que nunca hice ni de niño ni de jovencito. Claro, eso es un decir, porque quien en verdad lo hace es la lavadora. Pero de todas maneras, uno tiene que instruirse en ciertas técnicas para que algunas prendas y tejidos no se echen a perder. Que ya me pasó. Por ejemplo, la ropa de interior blanca, tiene ciertos cuidados especiales para que mantenga su pulcritud en el color y su suavidad: antes de que termine el ciclo en la máquina, la dejo remojando de la noche a la mañana con bastante detergente y clorox. Los cuellos y puños de las camisas de vestir tienen que ser individualmente restregados y atendidos con espero para que queden totalmente limpios. Los calcetines tienen que colocarse en una redecilla para que no terminen solos e incomprendidos de manera enigmática. Que también varias veces me ha pasado. Mis boxers que tanto cuido y tanto me cuestan, tienen que secarse con aire frío porque sino, terminan achicharrándose sus elásticos.
Se aprende. Se ensaya y se yerra. Poner cuidados. Distinguir texturas. Medir espumas y velocidades. Combinar temperaturas. Advertir impurezas. Buscar blancuras. Insistir. Limpiar telas y limpiar vestimentas. Enjuagar atuendos y volverlos a enjuagar. Seguir así, incansablemente.
No es tarde de lavandería, es una actividad seria y para siempre. Hay que cuidar la ropa, la vida, el alma.
me basta una foto tuya impresa en blanco y negro,
uno de tus emails ardientes.
un poco de crema para manos
y lograr la velocidad apropiada...
Los días lunes, minutos antes de las 6 de la tarde, tengo que caminar unos trescientos metros hasta un extremo de la universidad para dictar una clase. Faltaban pocos metros para llegar al aula cuando una alerta me notificó que un email me había llegado al buzón. En verdad no quise revisarlo. De ninguna manera podía tratarse de una emergencia porque para eso, están las llamadas telefónicas.
Los minutos previos a entrar a clase siempre me inunda una suerte de concentración o de mini entrenamiento mental y muscular, que desdibuja de mi rostro cualquier gesto revelador convirtiéndolo en uno neutro, que prepara mi ánimo en uno dócil para dar la cara a mis alumnos.
Sin embargo, aquel día, una leve y misteriosa vibración me recorrió el pecho. Aquella notificación de correo reverberaba notoriamente cerca del corazón. Era como si una invisible inoculación se hubiera producido por mis venas, oxigenándome la sangre con alguna sustancia inmaterial. Sentí una fuerza inusual, un ímpetu, una súbita alegría.
¿De dónde provenía ese soplo repentino de vida?
Al llegar al aula, saludé a mis alumnos con la cordialidad acostumbrada. Cerré la puerta después de ingresar. Eché un vistazo y me encontré con todas las miradas de siempre, unas acuciosas, otras aburridas. Pero mis ojos debieron ser diferentes, mis pupilas se habrían desplegado hacia otra dimensión porque todo, absolutamente todo, de pronto se iluminó de manera incomprensible. Un universo nuevo habría irrumpido conmigo por esa puerta. La pizarra brillaba. El techo era celeste. Y los alumnos, eran seres que nunca había visto antes.
¿Qué sucedía? ¿Qué Pentecostés era éste? ¿Qué espíritu incierto había descendido aquel lunes a mi vida?
Al abrir mi maletín para apagar el celular, vi en la parte superior de la pantalla encendida, aquella pequeña señal anaranjada que indicaba el mensaje no leído.
Como automatizado, me volteé y di la espalda a los alumnos para que no vieran que revisaría mi correo electrónico. Presioné el ícono correspondiente, tomó una milésimas de segundo en aparecer la bandeja de entrada. En el asunto aparecían unos puntos seguidos. En el remitente, el nombre de mi Musito. Toqué el botón correspondiente. Ahí estaba el mensaje breve que explicaba ese cambio gravitacional en mi tarde de lunes:
- Te amo
Ay amigos venezolanos, olvidándose de la política y cuestiones de ideología, ustedes debieron -it was a must- votar unánimemente por Capriles. Bastaba elegirlo porque es un cuero, un churro, un bombón. ¿O acaso no saben apreciar la belleza masculina? ¿Me van a decir que hay otro criterio para votar por un gobernante? Ayayay lo que daría por tenerlo de presidente...

Algo delicado está pasando en el mundo. No hablo de las guerras nucleares que nos amenazan ni de las crisis económicas que nos rodean. Me refiero a la cantidad de hombres, en teoría felizmente casados, que nos buscan a nosotros los gays para echar a andar sus fantasías sexuales escondidas o para redimir sensibilidades que nunca una relación heterosexual les permitió expresar. ¿Cada vez hay más? ¿O son cada vez más osados en sus avatares? ¿O simplemente, de manera extraña, estoy siendo yo el blanco de estos señores machitos que tienen una rosa tatuada en el corazón y por debajo de la bragueta, un delicado calzoncillo rosado con bobos?
Para muestra un botón. Un tal Mauro, ha resucitado de entre los muertos que dormían en el cementerio de mis contactos pasados. Parece que lee regularmente mi blog. Me ha enviado una seguidilla de emails encendidos y desahogados. Me ha preguntado qué tal me va en mi nueva relación amorosa. Me ha insistido en vernos para tomar un café. Me dice que fui lo más cercano a tener un romance fuera de su matrimonio. Me asegura que yo le desperté emociones que nadie más le ha podido provocar. Dice haberse dado cuenta tarde, que quiere enamorarse de un hombre.
Acepté mantener una conversación telefónica. El monólogo duró alrededor de 25 minutos. Nadie que pudiera haberlo escuchado podría imaginarse que se trata de un hombre hecho y derecho que recoge diariamente a su hija del selectísimo Colegio Villa María. Un director de una prestigiosa ONG. Un sociólogo que soluciona profesionalmente aquellas vidas despreciadas por la sociedad. Un activista de causas minoritarias. Un caballero que visita congresistas y asiste a forums con corbatas oscuras.
Sin embargo, necesita -literalmente me lo dijo- un hombre como yo en su vida. Según sus palabras, una mujer jamás le ha podido hacer plenamente feliz. A sus cuarenta y pico años se siente fragmentado, desamparado y acorralado en una vida que no es suya. La angustia y la envidia por los que sí se atrevieron , el freno y sus lamentos, lo han despersonalizado convirtiéndolo en un pordiosero de amor.
Escucharlo, no lo niego, estimuló mi curiosidad y hasta me resultó morboso. No hay nada más intrigante que un hombre que destila masculinidad al decir que quiere ser más que un hombre. Uno, que implora como un adolescente que le atiendan en su ausencia de placer, calor y en su soledad. Su solicitud, por más triste que suene, era que le amara como nadie lo ha amado ni le amarán. Su testosterona anda contaminada de sensibilidad y va en contra del tráfico. Por sus venas corre una sangre sin oxígeno y en su piel empezarán a notarse un resecamiento y pequeñas señales de muerte en vida.
No quiero ventilar inoportunamente conceptos que están en juego pero que para él suenan a palabras huecas e inaccesibles: bisexualidad, homosexualidad, matrimonio, infidelidad, moralidad, justicia, familia, apariencias, engaño.
Sólo veo en él, a millones que sufren por un sentimiento, una vocación y un instinto; pero tienen que callar. Es un hombre más como todos nosotros que sus circunstancias, sus miedos, paradigmas y entornos familiares supieron encarcelaron en una celda de donde salir o escapar sólo causaría un desmoronamiento colosal.
Así como Mauro, he recibido señales de humo de varios hombres que me leen, que por casualidad aterrizan cerca a mi vida desenfadada y despejada en el plano afectivo-sexual, que cruzan sus miradas con la mía que intenta ser siempre afable y libre de prejuicios; aunque a veces sea malinterpretada. Creo que no buscan amar ni sexo, sólo buscan que los escuchen.
No me iría a la cama con un casado. Eso está claro. Ni por arrechura temporal ni por lástima generalizada. Ahora menos que nunca, que tengo a mi Cuchi rebalsándome y completándome con amor y sexo de los buenos. Sin embargo, abro mis brazos y mi corazón compasivo -sólo ello- a quienes viven tan terribles crisis de identidad y doliente soledad. Yo mismo lo he vivido así en el pasado.
Sospecho, no sé por qué, que Mauro como tantos otros, tienen un dedo estirado y tembloroso a pocos centímetros de un botón que activaría sus propios misiles nucleares en sus opresivos territorios familiares y sociales. Mientras tanto, por las noches siguen dando la espalda a sus esposas, a sus deseos, a su naturaleza, a su vida.
Que Dios les dé caminos de solución efectiva y de redención, porque yo, no puedo hacer nada más que lo que he hecho.