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La poesía hispanoamericana y sus metáforas
Camilo Fernández Cozman. La poesía hispanoamericana y sus metáforas (Universidad de Murcia, 2008)
Hace poco incorporado a la Academia Peruana de la Lengua, Camilo Fernández Cozman (Lima, 1965) es uno de nuestros más importantes críticos literarios de hoy. Tiene publicados siete libros de ensayos, desde Las ínsulas extrañas de E.A. Westphalen (1990) hasta Mito, cuerpo y modernidad en la obra de José Watanabe (2007), la mayoría de ellos dedicados a analizar las obras de los más destacados poetas peruanos. De lo nacional a lo continental, Fernández acaba de publicar en España La poesía hispanoamericana y sus metáforas (U. de Murcia, 2008).
Partiendo de los aportes de la Retórica General Textual (del español Antonio García Berrio y el italiano Stefano Arduini), los once ensayos aquí reunidos interpretan cada uno un poema (en un par de casos, un poemario) de Neruda, Vallejo, Borges, Paz, Belli o Watanabe. El método es casi siempre el mismo: se analizan algunas figuras retóricas empleadas en el poema, especialmente las metáforas y sus campos semánticos, para de ahí ver la forma en que esas figuras ("operadores cognitivos") se articulan en el texto, no solo como el desarrollo de un tema sino también como manifestación de la particular visión del mundo del poeta.
El modelo funciona bien, por ejemplo, en el ensayo sobre el poema "Idilio muerto" de César Vallejo. El estudio de la métrica, aliteraciones, metáforas y símiles del texto le permite a Fernández –pasando de lo formal a lo ideológico– afirmar que se trata de una "lírica de la interculturalidad", "una meditación simultánea acerca del pasado, del presente y del futuro andino luego de la invasión occidental". Logros similares obtiene al abordar los poemas "No hay olvido" de Neruda, "La piedra alada" de Watanabe, y también en el ensayo "La ironía desmitificadora como figura retórica en la poesía de C.G. Belli".
Hay, sin embargo, en Fernández –como señalamos con respecto a su libro Raúl Porras B. y la literatura peruana (2000)– una cierta tendencia a forzar las interpretaciones para que encajen en sus propias suposiciones. En estos ensayos encuentra reiteradamente actitudes de rechazo a la "cultura occidental", incluso en textos en los que este rechazo no existe, como en el poema "Las cosas" de Borges. No obstante, esta y otras discrepancias (con respecto a los textos de Paz y Neruda), la edición de este libro es un merecido reconocimiento a la labor crítica de Fernández y un destacable aporte a la difusión y comprensión de la poesía.
(Artículo publicado originalmente en La República)
Los diez mejores poemarios
En el suplemento Semana del diario La Primera me pidieron una lista de los diez mejores poemarios de la literatura peruana del siglo XX (uno por autor). Traté de hacerla siguiendo más el consenso de la crítica que mis gustos personales. Los poemarios están ordenados de acuerdo a la fecha de nacimiento del autor.
Simbólicas. José María Eguren (Lima, 1911)
La crítica considera a José María Eguren (Lima, 1874-1922) el fundador de la modernidad en la poesía peruana. Antes de él, todo era retórica declamatoria (neoclásica, romántica o modernista) y la poesía se limitaba a ensalzar sucesos históricos, personajes o paisajes. Pero Eguren era un hombre extraño y solitario que vivía inmerso en su propio mundo interior; un universo en el que coexistían lo gótico y lo infantil, lo lúdico y lo trágico. En Simbólicas, su primer libro, Eguren nos presenta ese peculiar universo en hermosos y enigmáticos poemas dedicados a personajes como "Los reyes rojos", "El duque" o "La tarda". Con ellos llega a nuestra literatura la subjetividad, lo simbólico y la poesía pura.
Trilce. César Vallejo (Lima, 1922)
Hacia 1920 César Vallejo (1892-1938) ya había publicado su primer poemario, que lo convirtió, en opinión de J. C. Mariátegui, en la mayor promesa de nuestras letras. Entonces una serie de confusos incidentes ocasionó que fuera encarcelado por tres meses. En prisión, en la mayor soledad, escribió Trilce, su obra más personal y arriesgada, un conjunto de 77 poemas en los que los más audaces recursos de la vanguardia sirven para expresar la honda humanidad y profundidad de pensamiento del autor. Trilce es una de las obras cumbres de la literatura del siglo XX, a nivel mundial, y aunque sus poemas no tienen título (sólo numeración), muchos de ellos son fácilmente identificables por sus versos iniciales.
5 metros de poemas. Carlos Oquendo de Amat (Lima, 1927).
La vida y la obra de Carlos Oquendo de Amat (1905-1936) fueron sumamente breves. Casi todos sus poemas están reunidos en su único libro, 5 metros de poemas, un “libro objeto”, vanguardista y sumamente creativo. Todo en estos poemas está relacionado con la experiencia de la vida urbana más moderna y especialmente con el cine: el “metraje” del título, el empleo del espacio y hasta los títulos de los poemas ("Réclame", "Film de los paisajes"). Pero no se trata de un canto a la modernidad; al contrario, el poeta intenta alcanzar a través de estas efímeras y audaces imágenes la inocencia y ternura propias del mundo de la infancia. De ahí que el poema más conocido del libro sea precisamente "Madre".
Travesía de extramares. Martín Adán (Lima, 1950)
Rafael de la Fuente Benavides (1908-1985), más conocido por su seudónimo literario de Martín Adán, es uno de los escritores peruanos más eruditos y difíciles. Como Borges, se inicio dentro del vanguardismo (con la novela La casa de cartón) pero después escribió en los versos y estrofas más tradicionales de la poesía en español. Travesía de extramares es un conjunto de 50 rigurosos sonetos endecasílabos, dedicados cada uno a una obra de Chopin y que desarrollan diversos motivos literarios y filosóficos, presentados en los numerosos epígrafes y citas en alemán, francés inglés, etc. Poemas herméticos y de un deslumbrante virtuosismo formal, requieren de lectores especializados.
Las ínsulas extrañas. Emilio Adolfo Westphalen (Lima, 1933).
En la línea de la poesía pura y subjetiva de Eguren, el primer libro de Emilio Adolfo Westphalen (1911-2001) sorprende por la conjunción de recursos propios del surrealismo y de la poesía española clásica (el título proviene de un verso de San Juan de la Cruz), además de una poco común imaginación y libertad en el uso del lenguaje. Son sólo nueve poemas, sin títulos ni signos de puntuación, de entre dos y cuatro páginas de extensión, en los que a través de elementos esenciales y con una fuerte carga simbólica (árbol, río, mar, sol) se crea un mundo mítico, en el que se unen lo natural y lo onírico: “La mañana alza el río la cabellera / Después la niebla la noche… ”
Reinos. Jorge Eduardo Eielson (Lima, 1945)
La trayectoria poética de Jorge Eduardo Eielson (1921-2006) es verdaderamente ejemplar: una evolución coherente y de calidad sostenida que va desde el manierismo de sus poemas iniciales hasta el minimalismo de los últimos. Entre sus libros destaca Reinos, su primer poemario que le hizo merecedor del prestigioso Premio Nacional de Poesía. Es el punto más alto de la “poesía pura” escrita en el Perú, tanto por sus imágenes deslumbrantes (de estirpe simbolista y surrealista) como por el precoz virtuosismo en el manejo de la retórica poética. Reeditado numerosas veces Reinos contiene textos infaltables en cualquier antología de la poesía peruana, como "Parque para un hombre dormido" o "Piano de otro mundo".
Canto villano. Blanca Varela (Lima, 1978)
Blanca Varela (Lima, 1926) es considerada la más importante voz femenina de la poesía peruana del siglo XX. Su primer poemario, Ese puerto existe, contó con un elogioso y entusiasta prólogo de Octavio Paz; pero es Canto villano el libro “con el que alcanza su más potente madurez”, en palabras del poeta Javier Sologuren. Como en el caso de Eielson, al surrealismo de sus primeros poemas le siguió un largo proceso de depuración y ascetismo formal, que en este poemario se suma a una visión muy dura y crítica de la vida cotidiana, en la que priman la angustia y el escepticismo. El poema emblemático del libro es "Currículum Vitae", que en once versos breves presenta una imagen sombría del destino humano.
Contranatura. Rodolfo Hinostroza (Barcelona, 1971)
La poesía de Rodolfo Hinostroza (Lima, 1941) es la versión erudita y hermética de la poética de la generación del 60. Tras un largo periodo de formación, que incluye el libro Consejero de lobo, Hinostroza logra en Contranatura (Premio Maldoror 1971) un excelente poemario, que integra –de una manera que hoy calificaríamos de posmoderna– las citas y referentes literarios, los pasajes de intenso lirismo, y los más diverso símbolos, desde matemáticos hasta zodiacales. Sin perder calidad literaria, los poemas de este libro se van haciendo cada vez más complejos y difíciles de leer. De ahí que los más conocidos y antologados sean los primeros: "Gambito de Rey" e "Imitación de Propercio".
Canto ceremonial contra un oso hormiguero. Antonio Cisneros. (La Habana, 1968)
Antonio Cisneros (lima, 1942) es el autor emblemático de la renovación que significó la generación poética del 60: influencias anglosajonas, lenguaje coloquial y un discurso que integra lo narrativo y lo lírico, lo individual y lo social, lo histórico y lo actual. Todas esas características encuentran su mejor expresión en Canto ceremonial contra un oso hormiguero, un libro orgánico y muy bien estructurado que obtuvo el Premio Casa de las Américas 1968. La rebeldía, el optimismo y espíritu crítico de los años sesenta expresados en poemas tan conocidos como "Karl Marx. Died 1883 Aged 65", "Crónica de Lima", "El cementerio de Vilcashuamán" y el épico "Crónica de Chapi, 1965".
Cosas del cuerpo. José Watanabe (Lima, 1999)
Surgido de la generación poética del 70, José Watanabe (1945-2007) desarrolló lo más importante de su obra a partir de la segunda mitad de la década del 80. Cosas del cuerpo es el punto más alto de esta poesía, pues conjuga la madurez literaria y personal, además de unir elementos occidentales y orientales (el imaginismo anglosajón, el haiku japonés) en una poética centrada en el cuerpo y su materialidad elemental. Las imágenes, rigurosamente trabajadas, dan prioridad a seres casi elementales ("El lenguado", "Las malaguas"), a cuevas y desiertos y hasta deterioradas estatuas de yeso. Watanabe continuó las propuestas de este libro en Banderas detrás de la niebla y La piedra alada.
(Artículo publicado previamente en La Primera).
Cuzco: Tierra y muerte
Hugo Neira. Cuzco: Tierra y muerte (Editorial Herética, 2008)
El tema central de casi toda la literatura indigenista –la narrativa de Alegría y Arguedas, los ensayos de Mariátegui y Valcárcel– es el "problema de la tierra", el enfrentamiento entre los comuneros desposeídos y los poderosos terratenientes. Fue recién en los años 60 que ese problema se solucionó, no con la reforma agraria de la dictadura militar, sino a partir de las acciones de los propios campesinos quienes, unidos y agremiados, comenzaron a invadir las tierras en disputa. El historiador y sociólogo Hugo Neira (Abancay, 1936), enviado especialmente por un diario limeño, fue testigo de esta épica gesta, y publicó en 1964 un libro que hoy ha actualizado y vuelto a editar: Cuzco: tierra y muerte (Editorial Herética, 2008).
Neira permaneció en Cusco entre diciembre de 1963 y marzo de 1964, y las crónicas que entonces escribió constituyen el núcleo del libro. Son una serie de entrevistas con hacendados, campesinos y autoridades locales, entre estos últimos "el diputado democristiano Valentín Paniagua". Todos exponen sus razones y argumentos, pero las simpatías del autor están con los campesinos, especialmente con la Federación Departamental de Campesinos, dirigida por Urbano López (Hugo Blanco estaba por entonces en prisión) y que congregaba a 1,500 pequeños sindicatos. Es esta FDC la que organiza las invasiones, que en la mayoría de los casos se desarrollan sin violencia.
Entre estas crónicas destacan las dedicadas a describir la dinámica de las asambleas de campesinos y de las propias invasiones, o el rol protagónico de las mujeres de la región ("El NO de las campesinas", "Mujeres encabezaron los disturbios"). En el aspecto narrativo, el texto más importante sin lugar a dudas es Redada gigante en el Cuzco, el relato de los enfrentamientos entre policías y campesinos producidos el 7 de febrero y que concluyeron con 13 muertos (incluyendo niños), 40 heridos y 200 dirigentes detenidos.
Neira, actual director de la Biblioteca nacional del Perú, acompañó las crónicas con dos ensayos: "Los primeros pasos" es un conciso estado de la cuestión que hace las veces de prólogo; y "El sur antes y después", el epílogo, es una interpretación marxista de los sucesos. A ellos se suma, en esta nueva edición, "La ambigua historia. La paradójica revolución capitalista rural", una relectura desde el punto de vista actual hecha por el autor. Cuzco: tierra y muerte es, por ello, un valioso documento histórico, el testimonio del mayor y más trascendente movimiento de masas campesinas "que el Perú contemporáneo haya conocido".
(Artículo publicado previamente en La República)
La siguiente entrevista es del programa Presencia Cultural.
La aldea encantada
Abraham Valdelomar. La aldea encantada (Alfaguara, 2008)
El narrador y poeta iqueño Abraham Valdelomar (1888-1919) está considerado entre los fundadores de la literatura moderna en el Perú tanto por ser uno de los iniciadores del cuento como género literario en nuestro país, como por haberse constituido en uno de nuestros primeros escritores “profesionales”. Su prematura muerte, a los 31 años de edad, truncó una obra sumamente valiosa, pero también lo convirtió en un mito. La editorial Alfaguara, dentro de su Serie Roja (dirigida a los lectores jóvenes) acaba de publicar el libro La aldea encantada, una amplia antología de la obra de Valdelomar, con selección y estudio de los textos a cargo del crítico y miembro de la Academia Peruna de la Lengua Ricardo González Vigil.
El título de esta antología corresponde al de un proyecto frustrado de Valdelomar, un libro en el que pensaba reunir algunos de sus relatos más famosos, los conocidos como “cuentos criollos”, aquellos que remiten a su infancia pasada en la aldea de San Andrés (cerca de la ciudad de Pisco) y que están protagonizados por un niño que descubre, entre asombrado y asustado, los misterios de la vida y la muerte, del amor y la venganza, la realidad y la fantasía. RGV sostiene que esta “aldea encantada” de la infancia es el eje de las obras más importantes de Valdelomar y se contrapone a otro eje, el de la modernidad y el cosmopolitismo, que se manifiesta en sus obras menores, en las que prima el exotismo, lo irónico y lo grotesco: los cuentos “chinos” y “yanquis”, narraciones como La ciudad de los tísicos.
Acorde con esta elección RGV inicia su selección con una serie de textos autobiográficos en los que Valdelomar recuerda el mundo de su infancia: prosas, poemas, conferencias y la extensa y conmovedora carta que escribió a su hermana Jesús y que fue publicada en la revista Vesperal, en mayo de 1916, como el prólogo de libro “… La aldea encantada, que aparecerá en estos días”. Por supuesto, la segunda sección del libro está constituida por los cuentos criollos: “El caballero Carmelo”, “El vuelo de los cóndores”, “Los ojos de Judas”, “El buque negro”, etc. En las siguientes secciones se incluyen muestras de los otros tipos de relatos: cuentos andinos, cinematográficos, maravillosos, humorísticos,chinos y yanquis.
Un elemento importante en los libros de la Serie Roja de Alfaguara son los estudios sobre El autor y su obra. En esta oportunidad el ensayo de Ricardo González Vigil tiene más de 50 páginas, y en ellas el crítico analiza tanto la trayectoria vital como la obra literaria de Valdelomar, exponiendo sus propuestas acerca de los ya mencionados dos grandes ejes dentro de esta narrativa, y haciendo el deslinde entre el escritor real y su ya legendaria imagen pública de “dandy”. La aldea encantada cuenta además con un breve, pero sumamente interesante, prólogo del maestro Luis Jaime Cisneros, en el que reflexiona acerca de la prosa y el estilo de Valdelomar.
Otros textos sobre La aldea encantada: José Güich.
La mujer cambiada
Teresa Ruiz Rosas. La mujer cambiada (Editorial San Marcos, 2008)
La escritora Teresa Ruiz Rosas (Arequipa, 1956) ha estado siempre ligada al quehacer literario, ya sea como traductora (radica en Alemania) o como creadora. Hija y hermana de conocidos poetas (José y Alonso, respectivamente) destaca, no obstante, en la narrativa: su primera novela, El copista (1994) fue finalista del premio Herralde y su cuento Detrás de la calle de Toledo obtuvo el premio Juan Rulfo 1999. Ella acaba de presentar su tercera novela, La mujer cambiada, un drama cuyo trasfondo es la violencia política de los últimos decenios en nuestro país.
Elvira Peña es una ayacuchana que llega a una exclusiva clínica limeña para que le cambien el rostro. Ahí hace amistad con el Dr. Gerardo Bustíos, quien realiza la operación y se convierte en su socio. El primer tercio de la novela está centrado en esa amistad, hasta que Elvira tiene que enfrentar su pasado, el motivo del cambio de rostro. Casada con un poderoso ganadero, lo abandonó por Felipe Arréstegui, un profesor universitario que desapareció, aparentemente asesinado por subversivos. Lo que se descubre entonces es que Felipe murió en un cuartel del ejército, donde estuvo encerrado y sometido a las peores torturas.
Estamos ante un relato en la línea que inició Alonso Cueto con sus novelas Grandes miradas y La hora azul. Como en ellas, aquí la protagonista descubre los excesos y crímenes cometidos en la lucha contra la subversión a través de diálogos con efectivos del ejército ya retirados. Y también como Cueto, incluso en mayor grado, Ruiz Rosas se deja llevar por la tentación costumbrista, por la reproducción "directa" del lenguaje de sus personajes (empleando uno cargado de lugares comunes) y por la acumulación de detalles para enfatizar las diferencias sociales, especialmente en los ámbitos correspondientes a la "clase alta".
Hay otros problemas en La mujer cambiada (errores en la trama, cierta teatralidad y efectismo), pero no por ellos deja de tener pasajes de intensa emotividad o de valor documental, pues reconocidas personalidades aparecen con sus nombres reales o apenas cambiados. No obstante, dado que la obra figuró también entre las finalistas del premio Herralde, cabe preguntarse si estas novelas sobre la violencia política, que ponen tanto énfasis en los detalles costumbristas y el "color local" (otro ejemplo es Abril rojo de Santiago Roncagliolo), no se están convirtiendo en una fórmula narrativa netamente "de exportación".
(Artículo publicado previamente en La República)
El hombre de la azotea
Abelardo Sánchez León. El hombre de la azotea (Alfaguara, 2008)
El sociólogo y escritor Abelardo Sánchez León (Lima, 1947) es uno de los mejores poetas peruanos surgidos durante la década de 1970, junto con Enrique Verástegui, José Watanabe y los integrantes del grupo Hora Zero. Paralelamente a su obra poética (que a la fecha abarca diez libros), ha escrito una también importante serie de novelas –Por la puerta falsa (1991), La soledad del nadador (1996) y El tartamudo (2002)– en las que es posible encontrar, tras las tramas, las observaciones y reflexiones del sociólogo. Sánchez León acaba de publicar una nueva novela, El hombre de la azotea (Alfaguara, 2008), en la que por fin se decide a poner en primer plano el mundo de los investigadores sociales peruanos.
El protagonista de esta novela es Gustavo Ibáñez, sociólogo limeño y directivo de una de las más importantes ONG del medio. Tras largos años de servicio en esa institución, Gustavo es despedido intempestivamente. Pero ese tiempo de trabajo, dedicado más que nada redactar farragosos e intrascendentes “informes”, lo ha llevado a un cierto grado de alienación y a la obsesión por seguir redactando informes. Su esposa Victoria encuentra en ese detalle el pretexto para deshacerse de él (para entonces ella se ha convertido en amante de un joven colega de Gustavo), encerrándolo en la azotea de su casa y proporcionándole todo lo necesario para que se dedique a esa actividad.
El cuerpo de la novela no es otra cosa que ese “informe final” (Gustavo muere antes de concluirlo), en el que se detalla la historia de la ONG –cuyo modelo es una reconocida institución local–, sus actividades, las relaciones personales entre sus integrantes, las intrigas internas por el poder y los pormenores de la captación de recursos provenientes de instituciones internacionales como el Banco Mundial. Así, el relato amplia sus ámbitos y se enriquece con una interesante galería de personajes extranjeros (latinoamericanos y europeos) a los que el narrador bryceanamente denomina con irónicos apelativos como “Mr. Meeting”, “Amor sin fronteras”, “Emma World Bank”, etc.
El repaso de los más de 20 años de historia de esa ONG se convierte en un testimonio del devenir de nuestros intelectuales de izquierda, desde el entusiasmo revolucionario de los 70’s hasta su modernización y reacomodos de fines del siglo XX, ante el triunfo del liberalismo económico e ideológico. Reacomodos que incluyen procesos de reingeniería que hacen desaparecer prematuramente a dos generaciones de investigadores sociales. La honestidad y espíritu crítico de este testimonio se aprecia en los descarnados retratos de algunos de los miembros de esa ONG (con modelos “reales” también fáciles de identificar), su pobreza intelectual o sus reacciones cuando ven amenazados sus ingresos.
Pero Sánchez León no ha encontrado la forma novelesca más apropiada para este interesante material. Por eso la narración resulta demasiado caótica, con personajes que entran y salen (cuyos nombres son también los títulos de los capítulos) sin que se establezcan claramente las líneas directrices del relato; con cambios abruptos que llevan del divertido cuadro de costumbres (las negociaciones internacionales) a los dramáticos diálogos del protagonista con su esposa o compañeros caídos en desgracia. Tampoco tiene la novela un lenguaje propio, pues constantemente está saltando del típico humor limeño ya mencionado a la prosa inexpresiva y disonante con que Gustavo redacta su informe final.
A esos problemas estructurales y de lenguaje, se suma el propio protagonista, pues Gustavo no está a la altura del Benjamín Hassler de La soledad del nadador o el Ernesto Montoya de El tartamudo, con sus complejidades, contradicciones y profunda humanidad. Esta vez el protagonista parece demasiado cercano al autor (por profesión e historia) y esa falta de distancia ha impedido el desarrollo del personaje y una más eficaz utilización de su potencial representativo y simbólico. Sin por ello perder su valor testimonial, El hombre de la azotea representa una ligera caída en la hasta ahora ascendente obra novelística de Sánchez León.
(Artículo publicado previamente en La Primera)
Otros textos sobre El hombre de la azotea: Jorge Paredes.
Fórnix
Fórnix N° 7. Revista de creación y crítica
Revista dedicada a la difusión de la poesía que se escribe en la actualidad, Fórnix nos entrega esta vez una edición especial, enfocada en la poesía española más recinte. Destacan los textos de Antonio Gamoneda, Premio Cevantes 2006, y autores como Juan Carlos Mestre, Juan González Soto y Marta López. Los textos de estos autores "consagrados" se complementan con una amplia muestra de "poesía española joven", autores nacidos entre 1971 y 1976, preparada por Juan Carlos Reche.
De nuestro continente, figuran una serie de textos escritos por poetas jóvenes argentinos; y por supuesto, también de poetas jóvenes peruanos, drepresentados esta vez por dos de nuestras más interesantes nuevas voces femeninas: Denisse Vega y Andrea Cabel. En el área del ensayo se incluyen los artículos Arden las palabras. Aproximación a la obra de Antonio Gamoneda de María Ángeles Maeso y Ele Hache: Aniversario con divertimento de Edgar O'Hara (dedicado a la obra de Luis Hernández), entre otros.
Fórnix es dirigida por el escritor y traductor Renato Sandoval (Lima, 1957), autor de seis poemarios (entre ellos los reconocidos Nostos y Suzuki blues), y está disponible en internet en Página de poesía. Se puede bajar completa, o por partes (primera, segunda y tercera), así como también una entrevista con Sandoval.
Grandes ilusiones
Isaac León Frías. Grandes ilusiones. De Eisenstein a la neo-comedia romántica (Uqbar, 2008)
Fundador y director de la revista Hablemos de cine (1965-1986), Isaac León Frías es uno de los críticos de cine más respetados y de mayor trayectoria en nuestro medio. Su producción abarca más de cuatro décadas y, aunque algunos de sus comentarios y ensayos se han integrado a libros como Ojos bien abiertos (2003), la mayor parte permanece dispersa en revistas especializadas y académicas. Isaac León acaba de publicar el libro Grandes ilusiones. De Eisenstein a la neo-comedia romántica, una recopilación de diecisiete de esos ensayos, escritos entre 1984 y 2002.
Los textos aquí reunidos son básicamente de dos tipos. El primero es el de los estudios sobre la filmografía de reconocidos directores, ya sean maestros apreciados mundialmente (Eisenstein, Ford, Welles, Kubrick) o creadores alejados del mainstream cinematográfico (hollywoodense o europeo), como los latinoamericanos Aristarain y Ripstein, o el iraní Kiarostami. León sigue sus trayectorias paso a paso, con admiración y rigor crítico. Pero, como los textos datan (en promedio) de hace diez años, se hace sentir la ausencia de la producción más reciente de estos directores. Especialmente en casos como el de Almodóvar, cuya obra ha tenido un interesante cambio en los últimos años.
Otros ensayos están dedicados a los géneros más frecuentes entre los blockbusters de la década pasada: la neo-comedia romántica, las películas de acción y su hiperviolencia, el neo-western. Géneros que han seguido evolucionando, perdiendo o ganando importancia. Aquí se aprecia lo acertado de los juicios de León, que pronostica la muerte del neo-western (entonces en su punto más alto con Danza con lobos y Los imperdonables) y más bien apuesta por las posibilidades de "éxito" futuro de las vertientes hiperviolenta y neo-romántica, relacionándolas con ciertas tendencias de la política norteamericana.
Por supuesto, no faltan los ensayos dedicados al cine peruano (Cine y conocimiento histórico) y latinoamericano (La experiencia del cine militante en los años 60 y 70) o los análisis de temas más específicos, como la importancia de la música en la filmografía de Nikita Mijalkov o los cambios producidos en la de Eisenstein con la incorporación del sonido. No obstante que algunos ensayos parecen necesitar un mayor desarrollo, Grandes ilusiones es, en conjunto, una interesante invitación a la reflexión y discusión sobre el cine, una de las expresiones artísticas más populares y características de nuestro tiempo.
(Artículo publicado originalmente en La República)
El jardín de los encantos
Dimas Arrieta. El jardín de los encantos. Habla el gran Sinonés (Fondo Editorial Cultura Peruana, 2008)
El escritor piurano Dimas Arrieta (Huancabamba, 1964) se hizo conocido como poeta hacia finales de los años 80 con los libros Concierto de la memoria (1987) y Recuento de las épocas memorables (1989). No obstante, en los años 90 inició un ambicioso proyecto narrativo: una serie de novelas sobre el universo mágico y mítico del norte del Perú, en especial todo lo relacionado con los guayacundos y las famosas lagunas de las Huaringas. Las dos primeras entregas de esta saga fueron Camino a las Huaringas (1993) y En el reino de los guayacundos (2003), a las que ahora se suma El jardín de los encantos. Habla el gran Sinonés, extensa narración que concluye y resume la trilogía.
A la manera de algunas novelas de Mario Vargas Llosa (El hablador, El paraíso en la otra esquina) El jardín de los encantos presenta dos relatos que se van alternando. En los capítulos impares (señalados con números “romanos”) se cuenta la historia de Juan Carlos Asturriaga, un piurano cuya vida oscila entre la modernidad limeña y el mundo mágico de su infancia; los capítulos pares (en números “naturales”) son las experiencias del protagonista cuando, a través del consumo de ciertos alucinógenos, (como el sampedro) establece contacto con una serie de personajes míticos. En estos viajes Juan Carlos se convierte en “el nostalgiador”, quien escucha atentamente las palabras del gran Sinonés.
Como ha señalado José C. Bello, a propósito de En el reino de los guayacundos, hay varios aspectos que destacar en el proyecto narrativo de Arrieta: la recuperación de la tradición cultura oral de su Huancabamba natal, la apuesta por las posibilidades literarias de esta tradición y la necesidad de su incorporación al canon literario peruano, y la búsqueda de un saber alternativo a la razón instrumental occidental. Es este último elemento el más importante, pues determina tanto la estructura de la novela (basada en la oposición entre modernidad y tradición) como los temas de los largos discursos del gran Sinonés, quien critica constantemente la pérdida de la sabiduría ancestral a partir de la conquista y sucesivas oleadas modernizadoras en nuestro país.
El peligro en una doble narración en paralelo es que una de las dos historias no esté a la altura de la otra, como sucedió en El paraíso en la otra esquina. En esta novela de Arrieta ocurre algo de eso, pues el relato de los capítulos impares, centrados en las relaciones de la pareja conformada por Juan Carlos y la histérica y prejuiciosa Patricia (y cuya conclusión precede a los capítulos pares), no resulta funcional para la propuesta del autor ni llega nunca a captar el interés del lector. Cuesta entender que el místico y sereno protagonista se mantenga unido a una mujer tan materialista y problemática. Hasta los diálogos de esta pareja parecen algo torpes y poco verosímiles.
Por otra parte, sin esta débil trama narrativa, los capítulos pares, en los que habla el gran Sinonés, acaso estarían más cerca del testimonio antropológico que de la ficción literaria. Ese es precisamente el mayor problema de esta trilogía de novelas: a pesar de la importancia y originalidad del valioso material cultural en el que están basadas, su formulación literaria no parece la más apropiada. Una lástima, pues es evidente que Arrieta ha dedicado muchos años y esfuerzo a este proyecto (esta tercera entrega tiene 400 páginas de formato grande) y que de verdad está identificado con las tradiciones y mitos que recrea.
Las mejores páginas de El jardín de los encantos son aquellas en que el gran Sinonés se expresa en extensos monólogos cargados de emotividad y en los que además se conjuga el lenguaje oral característico de la región con imágenes y recursos poéticos. Especialmente cuando describe minuciosamente el paisaje y la geografía de la región, cada una de las siete lagunas de las Huaringas; o cuando cuenta la historia y las propiedades de cada una de las siete yerbas mágicas. Arrieta logra así, con estas tres novelas, su principal propósito: incorporar el imaginario del norte peruano a nuestra narrativa.
(Artículo publicado originalmente en La Primera)
Trabajo de campo
Matilde Gamarra. Trabajo de campo (Editorial El Río, 2008)
La escritora Matilde Gamarra afirma no pertenecer a ninguna generación poética, aunque afectivamente está ligada a la del 60, pues fue esposa del poeta Reynaldo Naranjo y amiga de César Calvo y otros autores de esa generación. A pesar de ello, sus dos primeros poemarios fueron publicados recién a finales de los 90: Las luces apagadas (1997) y 1991 y otros años (1999). A esos libros se suma ahora Trabajo de campo (2008), un amplio conjunto de poemas en los que la autora recrea líricamente diversas facetas de su vida.
El poemario está dividido en cuatro secciones, aquí denominadas "recorridos". En la inicial, Primer recorrido. Melancólico esquizoidal, se reúnen los recuerdos de infancia: el circo, las fiestas infantiles ("gelatina globos sorpresas torta / con velitas multicolores felices"), las mascotas y especialmente las personas del entorno hogareño: madre, hermanos, abuelo. Sin contar episodios específicos de su pasado, la autora va creando atmósferas a través de la acumulación de objetos y detalles vistos desde la perspectiva de la niña que ella fue: "Es la hora del té en la mesa grande / y yo debajo ordeno mis tacitas".
En estos primeros textos ya se hacen evidentes algunas de las constantes formales del libro, como son el lenguaje sencillo, los versos y estrofas breves, y los recursos retóricos más ligados a la tradición. Opciones plenamente justificadas en la primera sección, pero que limitan un tanto los textos de las siguientes. En Segundo recorrido. Neurótico mórbidus, que ocupa más de la mitad del libro, los poemas se vuelven bastante tópicos, especialmente cuando el tema es el erotismo, el amor perdido o el amado distante. Pero cuando la poeta reflexiona sobre el paso del tiempo y la muerte, logra algunas de las mejores páginas del libro.
Las dos últimas secciones son Tercer recorrido. Otras formas del compromiso y Cuarto recorrido. Jocus X ludus. Son poemas diferentes. Apreciaciones personales sobre temas diversos y que alcanzan su punto culminante en las estrofas sinceras y juiciosas de "Decires", el texto final del libro, que remite a las Canciones de Antonio Machado. El referente explica que Gamarra se defina a sí misma como una poeta "marginal y a contratiempo", del mismo modo que Enrique López Albújar se calificaba de "retaguardista". Por eso, Trabajo de campo es un libro que definitivamente no está dirigido a los lectores especializados, ávidos de virtuosismos poéticos o nuevas modas literarias.
(artículo publicado previamente en La República)
Entrevistas: La Primera, La República, Rumbos.
Campo Santo
G. W. Sebald. Campo Santo (Anagrama, 2007)
El escritor alemán G.W. Sebald (1944-2001) murió en un accidente de carretera cuando su obra comenzaba a ser reconocida como una de las más importantes de la literatura europea actual, en especial sus cuatro libros de narrativa, desde Vértigo (1990) hasta Austerlitz (2001). Radicaba desde 1970 en Inglaterra, dedicado a la docencia universitaria y al ensayo literario, en el que destacó mucho antes de su tardío salto a la ficción. Al morir dejó una serie de textos pertenecientes a estos dos géneros, que fueron reunidos en el libro póstumo Campo Santo (Anagrama, 2007) y que muestran la sobresaliente calidad y coherencia de su obra.
Los cuatro relatos aquí reunidos forman parte de un viejo proyecto del autor, un libro de viajes sobre Córcega, en la línea de Los anillos de Saturno (1995), en el que narró sus caminatas por el condado de Suffolk, al sur de Inglaterra. Sebald describe lugares, paisajes y personajes con una prosa sobria y reflexiva que gira en torno a temas como la muerte, la decadencia y el peso del pasado. Son, sin lugar a dudas, sus demonios personales, los que guían, en el texto, sus pasos a museos y casas antiguas (Pequeña excursión a Ajaccio), a los restos de antiguos bosques (Los Alpes en el mar) y a un cementerio que da título al libro y que recuerda cómo los muertos son olvidados cada vez más rápido.
Los ensayos ocupan muchas más páginas y están dedicados a la literatura, pero vista desde la perspectiva de Sebald, como ocurre en Construcciones del duelo, en el que reflexiona sobre la destrucción de las ciudades alemanas en la Segunda Guerra Mundial, o Sobre memoria y crueldad en la obra de Peter Weiss. Son análisis que van desde amplias generalizaciones (la novelística alemana de los años 50, por ejemplo) hasta análisis de detalles sutiles, como en El lebrato –es decir, la liebrecilla–, dedicado al simbolismo de este animal en la poesía de Ernst Herbeck.
En los últimos ensayos encontramos al mejor Sebald, más libre y confiado en su inteligencia, formación humanística (historia, arte, psicoanálisis, filosofía) y sus muy personales recursos literarios. En Un intento de restitución, por ejemplo, parte de un recuerdo de infancia para reflexionar sobre la guerra, la figura del poeta Friedrich Hölderlin y también un ajusticiamiento masivo ocurrido en Francia en 1944. Las conclusiones, sin embargo, son sobre la propia escritura: "Hay muchas formas de escribir, pero solo en la literatura, por encima del registro de los hechos y de la ciencia, puede intentarse la restitución".
(Artículo publicado previamente en La República)
Otros textos sobre Campo Santo: Nicolás Cabral, Santos Domínguez, Alejandro Gándara, Ciro Krauthausen, Patricio Lennard, Rafael Narbona, Enrique Vilas-Mata,
Las cárceles del emperador
Jorge Espinoza Sánchez. Las cárceles del emperador (Fondo Editorial Cultura Peruana, 2007)
Además de las novelas que aparecen en la listas de los libros más vendidos, existen otras novelas peruanas “exitosas”, que se reeditan numerosas veces y llegan a un amplio sector de lectores. Son una especie de best sellers alternativos, publicados, comentados y difundidos fuera del ámbito de la literatura oficial. El mejor ejemplo es la novela El retoño (1950) de Julián Huanay, las aventuras de un niño provinciano en su penoso peregrinaje hacia Lima. Mucho más reciente, la novela que motiva este artículo: Las cárceles del emperador (2002) del poeta y editor Jorge Espinoza Sánchez (Lima, 1953), ya cuenta con seis ediciones, la última de ellas de 3 mil ejemplares.
Las cárceles del emperador es un testimonio novelado que narra un dramático episodio de la vida de Espinoza: los quince meses que pasó injustamente en prisión como sospechoso de integrar un organización de artistas populares ligada a Sendero Luminoso. Las acciones se inician en julio de 1992, cuando el autor (protagonista y narrador) es capturado por la policía antiterrorista. Las casi 400 páginas del libro cuentan en forma minuciosa las experiencias carcelarias de Espinoza, poniendo especial énfasis en los terribles abusos y humillaciones a que eran sometidos entonces los presos en el penal Miguel Castro Castro.
Espinoza va directamente a los hechos, y ya en el primer párrafo de la novela cuenta la violenta forma en que fue secuestrado por la policía. Nadie le da ninguna explicación, ni le dicen a dónde lo llevan. Y ése es apenas el inicio, como se puede apreciar en los títulos de los más de 60 capítulos: Una rata en el menú, Durmiendo con un cadáver, Quemaron a los muchachos, etc. Además de lo que el protagonista ve y escucha, se incluyen los testimonios de sus compañeros de prisión, algunos de ellos sobrevivientes de sucesos como los de El Frontón del 18 de junio de 1886.
Así, la novela abarca casi diez años de abusos cometidos en las cárceles de nuestro país, un tema de latente interés para los peruanos. Lamentablemente, estas historias pierden bastante por el escaso oficio narrativo del autor. En primer lugar, por lo afectado de su prosa. Cuando, por ejemplo, los policías (que lo llevan prisionero dentro de un automóvil) le cubren los ojos con un trapo, el autor da rienda suelta a su estro poético: “Un relámpago cubrió mi rostro con la gruesa venda, estaba ahogado en la playa solitaria, las balas escupían canciones de guerra sobre mi cuerpo flotando a la deriva en las aguas infestadas de cocodrilos. Esposado y ciego, hervía la vida toda en mi cerebro…” (p. 10)
Hay importantes antecedentes de novelas peruanas dedicadas a este tema –el inhumano trato a los prisioneros políticos–, como La prisión (1951) de Gustavo Valcárcel y El sexto (1961) de José María Arguedas. En ambas, las cárceles se convierten en una metáfora de la sociedad peruana –con su marcada división entre criollos y andinos, privilegiados y excluidos– y los protagonistas sufren una transformación radical a partir de estas experiencias. Nada de eso sucede aquí, pues el autor está más interesado en denunciar a los culpables de su encarcelamiento y en mostrarse como un hombre digno, que no pierde nunca la compostura. Son sus compañeros quienes sufren las golpizas y humillaciones, mientras él está dedicado a leer grandes obras literarias.
Acaso por esa actitud no hace amigos ni establece vínculos afectivos en esos quince meses. Es más, durante buena parte de ellos, sus dos compañeros de celda ni siquiera le dirigen la palabra, a consecuencia de un problema omitido en la narración. Se pierden así las grandes posibilidades de los diálogos más personales, centrales en este tipo de novelas, como sucede en El beso de la mujer araña (1976), del argentino Manuel Puig. A pesar de estos defectos “literarios”, el realismo de las historias narradas en Las cárceles del emperador mantiene siempre vivo el interés del lector, que no puede dejar de emocionarse e indignarse con estos sucesos que ya forman parte de la ominosa historia del sistema penitenciario peruano.
(Artículo publicado previamente en La Primera)
Otros textos sobre Las cárceles del emperador: Jorge Coaguila,
La generación del 50: un mundo dividido
Miguel Gutiérrez. La generación del 50: un mundo dividido (Arteidea, 2008)
A veinte años de su publicación original, acaba de aparecer la segunda edición del libro La generación del 50: un mundo dividido (Arteidea, 2007) de Miguel Gutiérrez (Piura, 1940), polémico balance de los aportes de esa importante generación de escritores, artistas e intelectuales peruanos. Un libro que en su momento fue ampliamente discutido y hasta censurado por la perspectiva marxista-maoísta empleada en los análisis y los elogios a Abimael Guzmán, el líder de SL, justo en los momentos más álgidos de la guerra interna iniciada precisamente por ese grupo armado.
En lo que respecta a la literatura, Gutiérrez pasa revista a las obras de escritores nacidos entre 1921 y 1936, desde Jorge Eduardo Eielson hasta Mario Vargas Llosa. Y si bien en el capítulo dedicado a la poesía los criterios y clasificaciones resultan hoy un tanto anacrónicos, en el correspondiente a la narrativa (casi cuatro veces más extenso) los resultados son mucho mejores, debido a la sólida formación en el género de Gutiérrez, uno de los más importantes novelistas peruanos de la actualidad. Así, con lucidez y conocimiento dela materia, aborda las obras de Eleodoro Vargas Vicuña, Carlos Eduardo Zavaleta, Julio Ramón Ribeyro, Antonio Gálvez, Oswaldo Reinoso y MVLL.
Pero los temas literarios ocupan solo una mitad del libro. La otra está dedicada a delimitar a esta generación, a explicar su contexto y antecedentes históricos, tanto locales (las generaciones del 900 y del centenario) como globales (posguerra, imperialismo, existencialismo). El capítulo final se titula Las formas del compromiso social, y en él Gutiérrez enfatiza la falta de ese compromiso y las debilidades personales (vicios, ambiciones, inconsecuencias) de buena parte de estos escritores, incluso aquellos que ha elogiado más; Ribeyro, MVLL, Washington Delgado.
Por último, sobre la relación de los intelectuales de izquierda con el poder, Gutiérrez analiza las trayectorias del sociólogo Aníbal Quijano y el filósofo y líder senderista Abimael Guzmán. Hoy cuesta entender sus fuertes cuestionamientos a Quijano y su entusiasmo ante la inteligencia, voluntad y "coherencia" de Guzmán. A pesar de los problemas que estas páginas le han originado, Gutiérrez ha preferido mantenerlas en esta nueva edición (salvo un par de adjetivos, nos dice en el prólogo), lo que es una muestra de su honestidad intelectual y respeto a un texto que representa, más que nada, un testimonio del tipo de debates y posturas de nuestros intelectuales frente a una de las peores crisis vividas en la historia del Perú.
(artículo publicado originalmente en La República)
En zonadenoticias se puden leer los prólogos del libro, tanto el original como el de esta segunda edición. El cambio más notorio es que mientras en el primero se dice reiteradamente que el libro es producto del trabajo de un "equipo de investigación", en el segundo ese equipo no es mencionado en absoluto.
El guachimán y otras historias
Luis Nieto Degregori. El guachimán y otras historias (Alfaguara, 2008)
El escritor Luis Nieto Degregori (Cusco, 1955) es autor de una importante obra narrativa que se inició con los cuentos de Harta cerveza y harta bala (1987), y que ya abarca cuatro libros de cuentos y dos novelas, Cuzco después del amor (2003) y Asesinato en la gran ciudad del Cuzco (2007). Fue uno de los primeros en escribir ficciones sobre la violencia política de las décadas pasadas en el Perú, y su cuento Vísperas es infaltable en las antologías sobre este tema. Nieto acaba de publicar el libro El guachimán y otras historias que reúne tres novelas cortas en las que continúa incorporando nuevos ambientes y personajes a su narrativa.
La primera de estas novelas, La mala conciencia, sucede en la ciudad de Puno y es la historia de un lujurioso sacerdote católico y su amante Ester. El narrador es el sacerdote, quien cuenta sus aventuras sin remordimientos de ningún tipo, incluyendo acosos sexuales, seducciones y hasta abortos clandestinos. Pero finalmente es Ester el personaje más logrado: de origen muy humilde, violada muy joven y víctima recurrente de abusos de todo tipo, ella encuentra en el erotismo la única forma de hacerse un lugar dentro de esa sociedad provinciana y abiertamente machista.
Los otros dos relatos están ambientados en la Lima de hoy. Ninotchka cuenta un peculiar triángulo amoroso entre un hombre casado y sus dos jóvenes amantes que tienen el mismo nombre: Ninotchka. Aquí lo que más llama la atención es el empleo exclusivo del lenguaje callejero limeño, en una versión casi lumpenesca. Lo mismo sucede en El guachimán, el relato más extenso (inspirado en un suceso real), que narra las aventuras de un agente de seguridad que roba una bolsa con 40 mil dólares. Y lo que hace con ese dinero no es otra cosa que buscar sexo, primero con su enamorada (a quien encuentra con otro hombre) y después con prostitutas cada vez más caras, quienes lo desprecian y ofenden constantemente por su aspecto y su forma de vestir.
Ya en sus anteriores novelas Nieto había mostrado que entre las obsesiones recurrentes de sus personajes estaban el erotismo y la sexualidad, pero no en sus aspectos más trascendentes e importantes, sino a través de ciertas patologías y prácticas degradantes. En esas ficciones los sexual se presentaba en paralelo con temas más elevados y dignos, como el destino de la ciudad del Cusco tradicional en Cuzco después del amor. En estas tres nuevas novelas no encontramos esos otros temas, por lo que la promiscuidad sexual pasa a un primer plano y la reiterada e injustificada presencia de infidelidades, abortos, prostitutas y pornografía llega a hastiar al lector.
En estos nuevos relatos, además, Nieto se sumerge completamente en el universo de sus personajes, hablando como ellos y apelando a su esquemática forma de pensar (llena de prejuicios y lugares comunes), llegando así a un realismo fotográfico e ingenuo. Los diálogos reproducen palabras y frases que se pueden escuchar cotidianamente en la calles limeñas; material que se incorpora a la ficción “en bruto”, casi sin ningún trabajo literario por parte del autor. Y peor aún resulta cuando el narrador omnisciente, quien por lo general utiliza otro registro, apela a expresiones netamente coloquiales como “una pareja que está en pleno agarre” o “hombres que fácil tienen sus cuarenta años”.
Pero la mayor debilidad de estas novelas es el escaso desarrollo de los personajes, construidos en base a los más gruesos estereotipos. Tanto el sacerdote como las ninotchkas y el guachimán carecen de una psicología propia y por su aspecto, costumbres y reacciones están más cerca de la farsa o la parodia que de la narrativa realista. El interés de Nieto por abordar nuevos ámbitos literarios lo ha llevado a incursionar en el universo urbano limeño, que acaso no conozca lo suficientemente bien. O que no resulta tan propicio para esta narrativa como el mundo andino, sus habitantes (la ya mencionada Ester es puneña) y ciudades; en especial Cusco, donde transcurren las dos anteriores novelas de Nieto, muy superiores a las reunidas en El guachimán y otras historias.
(artículo publicado previamente en La Primera)
En El Comercio se puede leer completo el relato La mala conciencia y un fragmento de El guachimán.
Otros textos sobre el libro: Jack Martínez.
Entrevistas: Carlos Cabanillas, Pedro Escribano, La Primera, Tomacini Sinche, Carlos Sotomayor,
Chesil Beach
Ian McEwan. Chesil Beach (Anagrama, 2008)
El escritor Ian McEwan (Aldershot, 1948) pertenece a la brillante generación de novelistas británicos que incluye a Martin Amis, Julian Barnes, Hanif Kureshi y Kazuo Ishiguro. Es autor de una docena de libros de narrativa, entre los que destacan las novelas Amsterdam (1998, Premio Booker) y Expiación (2001). Cambiando de registro, la más reciente novela de McEwan es Chesil Beach (Anagrama, 2008), un melodrama breve e intenso cuya versión fílmica estará a cargo del español Almodóvar.
Ambientada en Inglaterra en 1962, la novela cuenta los sucesos de la noche de bodas de una pareja de jóvenes, Edward y Florence. A pesar de las diferencias sociales, todo parece marchar bien entre los dos: la pareja se ama y comparte el proyecto de una sólida familia con hijos. Pero a medida que avanza la noche, que pasan en la suite de un hotel del balneario de Chesil Beach (frente al Canal de la Mancha), Florence se muestra cada vez más inquieta y angustiada. Su profunda aversión a todo lo relacionado con el sexo, sumada a la torpeza y prejuicios de Edward, hacen de esa primera noche una agobiante prueba.
McEwan cuenta esta historia a la manera antigua, apelando a un narrador externo a la ficción, el que se permite algunos atisbos a los pensamientos y emociones de los protagonistas, e incluso comenta los sucesos desde la libertad sexual y apertura propia de inicios del siglo XXI. Un recurso manejado con mesura y que se complementa con descripciones detalladas. Los recorridos por el pasado de Edward y Florence (especialmente las relaciones con sus respectivos padres) o los pormenores de sus oficios (él es historiador, ella violinista) son evocados con una prosa sobria y precisa.
El tema es, por supuesto, la forma en que hasta hace poco era tratado todo lo relacionado con el sexo, incluidos el matrimonio, el amor y hasta la familia. Pero McEwan no se queda en el retrato de época, pues buena parte de esos problemas han existido siempre y subsisten todavía hoy. Así lo indica el símbolo de la playa de Chesil: "la exuberancia sensual y tropical de la vegetación" asentada en suelos pertenecientes a diferentes estratos geológicos. Detalles que demuestran la manera en que se desarrolla este drama intimista, sin caer en excesos (hay datos importantes apenas insinuados) y conjugando armoniosamente los elementos psicológicos, históricos, sociales y literarios. Una excelente novela.
(artículo publicado previamente en La República)
Se pueden leer las primeras páginas de la novela en adn.es y las últimas en Últimas páginas.
Otros textos sobre Chesil Beach: Carmen Álvarez, Juan González, Mónica Lavín, Camilo Marks, Eduardo Mendoza,
Sur y Norte
En la guerra y el amor
José de Piérola. Sur y Norte (Norma, 2008)
Largo ha sido el camino recorrido por José de Piérola (Lima, 1961) hasta alcanzar el reconocimiento literario con sus novelas Un beso de invierno (2000, Premio del Banco Central de Reserva) y especialmente El camino de regreso, una de las mejores novelas peruanas del 2007. Antes de ello, de Piérola se desempeñó como ingeniero civil y consultor de sistemas; recién en la segunda mitad de los años 90, tras radicarse en Estados Unidos, comenzó a figurar entre los finalistas de importantes concursos de narrativa. En 1998 ganó el Premio Internacional de Cuento Max Aub y en 2000 la XI Bienal de Cuento Premio Copé. Algunos de esos relatos, sumados a otros de más reciente factura, han sido reunidos por de Piérola en el libro Sur y Norte (Norma, 2008).
Los cuentos que integran este libro están divididos en dos secciones: Sur, con relatos ambientados en el Perú en los años de la violencia política (1980-1992), y Norte, textos protagonizados por peruanos que, debido a ese problema, han tenido que emigrar a Estados Unidos. La violencia es uno de los temas dominantes y es abordada directamente desde el primer cuento, En el vientre de la noche: una patrulla del ejército lleva de prisionero a un senderista y uno de los soldados inicia una conversación con este prisionero (“indio ilustrado… con voz tranquila y modulada”) que se prolonga demasiado y se va haciendo cada vez más personal. El castigo al soldado por esa “falta” es matar él mismo al prisionero.
Los enfrentamientos, por discrepancias éticas, entre los integrantes de las patrullas militares que operaban en la zona de conflicto son también tema central de los cuentos La viuda de Cayara y Mañana los buscamos. Este último, perteneciente a la sección Norte, es narrado por un ex soldado, asilado político en Estados Unidos. Son los mejores cuentos del libro y reúnen sus mayores virtudes: historias interesantes, de un realismo directo y honesto (a pesar de enfocar sólo un lado del problema), contadas con destreza técnica y un lenguaje eficaz. Pero también muestran algunas de sus debilidades, como la tendencia al efectismo o las recurrentes y exageradas apelaciones al universo afectivo de los personajes.
Estos elementos se vuelven dominantes en otro grupo de cuentos, historias de amor protagonizadas por artistas delicados e incomprendidos. En El futuro en la mirada (el cuento más extenso) el pintor Juan Delfín tiene en Gioconda a una misteriosa y agonizante musa; En Desearé Claudio le dice a su amada “Desiré, siempre te desearé, siempre te Desiré”;y en Extraño a Miles Davis, un hombre viejo y rudo se enamora de una joven y virtuosa violinista mientras escuchan discos de Davis. De Piérola no teme caer, en estos relatos, en lugares comunes y cursilerías: “Entonces esa callosidad firme que había construido con los años… empezó a pelarse capa a capa hasta dejarlo en carne viva frente a aquella mujer de palabras precisas como bisturíes” (pág. 71). Esa “callosidad” es una no muy acertada metáfora de las barreras psicológicas con las que nos protegemos de los demás.
Entre los relatos aún no mencionados, habría que destacar a Nieve, la aventura de tres sudamericanos que tratan de entrar ilegalmente a Estados Unidos por la frontera mexicana. El protagonista, un peruano, narra esta historia en segunda persona, como si estuviera conversando con su amada ausente, a quien no volverá a ver. En general, de Piérola tiene la tendencia a atribuirle a sus protagonistas –hasta a los de la novela El camino de regreso–, algún amor platónico y sin futuro que los hace especialmente vulnerables y emotivos. Un mal hábito, pues mucho del valioso realismo de sus relatos se pierde en la artificiosa y edulcorada subjetividad de los personajes.
No obstante estos reparos, los cuentos de Sur y Norte, escritos a lo largo de más de diez años, confirman que José de Piérola es un narrador en constante y notoria superación. Por eso hay grandes expectativas acerca de su próxima obra, con la que completaría una trilogía de novelas dedicadas a la violencia política de los años 1980-1992.
(Artículo publicado previamente en La Primera)
El cuento La viuda de Cayara se puede leer en Zonadenoticias.
Otros textos sobre Sur y Norte: Marlon Aquino.
Entrevistas: Ernesto Carlín, Carlos Sotomayor.
Valle sagrado. Almas en pena
Odi Gonzales. Valle sagrado / Almas en pena (Santo Oficio, 2008)
El escritor cusqueño Odi Gonzales (Calca, 1962) se hizo conocido con el poemario Valle sagrado (1993) que obtuvo dos premios nacionales de poesía. Se trataba de un conjunto de poemas que unía muchas de las características de la poesía urbana y coloquial de los 60 y 70 con una temática ligada a ambientes rurales y netamente andinos. Gonzales seguiría desarrollando su propuesta en Almas en pena (1998), libro que cierra esta etapa de su obra, sin duda la más importante. Diez años después, ambos poemarios han sido reunidos en el recién publicado Valle sagrado/Almas en pena (Santo Oficio, 2008).
Los poemas de Valle sagrado narran sucesos de la vida cotidiana cusqueña, que van desde un paseo lleno de reminiscencias históricas por la Antigua Villa de Zamora (la Calca natal del poeta) hasta los trágicos accidentes de carretera de Volcaduras. El discurso del autor, objetivo e irónico, se alterna con las palabras de los propios protagonistas de esos sucesos, quienes se expresan en el peculiar lenguaje hablado en la región, remitiéndose constantemente a leyendas y creencias populares. Gonzales encontró la fórmula para reunir en sus poemas todos esos elementos (narratividad, polifonía, diversidad de registros) y sin caer en barroquismos, mediante versos breves y sencillos.
El poeta pronto se dio cuenta de que más interesante que los sucesos era la forma en que los protagonistas los integraban a su fuerte religiosidad, en la que se mezclan la iconografía católica con dioses y mitos prehispánicos. Las secciones Cuaderno de confesiones (fragmentos de confesiones sacramentales) y Huanca. Peregrinación a la vasta cima... conducen a Almas benditas, en que estas almas hablan de sus vidas pasadas. Idea que Gonzales ampliará en Almas en pena, poemario dedicado exclusivamente a este universo entre mágico y religioso, como indican claramente los títulos de sus secciones: Lecturas de coca, Rituales, Entradas de ánimas/condenados.
Almas en pena resulta por eso un libro más sólido y logrado, un amplio recorrido por el imaginario andino de nuestro tiempo. Gonzales, estudioso de la tradición oral quechua, aborda estos temas con una actitud crítica que le permite evitar los errores y excesos de los escritores del realismo mágico. Para esta nueva edición, el autor ha retocado ligeramente tanto los textos de Almas en pena como de Valle sagrado, libros que en su primera edición, a pesar de los premios y elogios de la crítica, no tuvieron la difusión que merecían.
(Artículo publicado previamente en La República)
Entrevistas: Pedro Escribano, Abelardo Oquendo, La Primera.
Himnos
Miguel Ildefonso. Himnos (Apolo Land, 2008)
La producción poética de Miguel Ildefonso (Lima, 1970) presenta dos etapas bien definidas. Una comprende los tres primeros libros –Vestigios (1999), Canciones de un bar en la frontera (2001) y Las ciudades fantasmas (2002)– que consagraron a Ildefonso como una de la voces emblemáticas de la generación poética del 90. La segunda se inició con los libros M.D.I.H. y Haeutontimoroumenos (2004), en los que la creación poética era asumida de una manera mucho más libre y arriesgada. Ildefonso acaba de publicar dos nuevos poemarios, Los desmoronamientos sinfónicos (Hipocampo, 2008) e Himnos (Apolo Land, 2008), que muestran tanto las virtudes como los peligros de esta segunda etapa de su obra.
Los desmoronamientos sinfónicos es un conjunto de poemas en prosa, en los que Ildefonso vuelve a los temas y ambientes de sus primeros libros: la descripción de la vida urbana limeña, pero desde la perspectiva de sus pobladores más pobres y marginados; y la reflexión sobre la muerte, la soledad y la propia poesía. Son textos sin signos de puntuación (a excepción del punto) y en los que las imágenes (métaforas, símiles) fluyen sin cesar, pues incluso las disquisiciones metaliterarias se realizan a través de ellas: “juntar palabras como ladrillos. he ahí mi realidad. la poesía es caminar por Lima… en la poesía existe el mar. la vida no. la vida es otra cosa…”.
Himnos, desde el título, remite a la tradición de los grandes poetas románticos. Especialmente a Himnos a la noche de Novalis (1772-1801), libro en que el poeta alemán se sumerge en la oscuridad (la noche, la muerte, la nada) para llegar a lo más luminoso y trascendente. Ildefonso parte también del “oscuro pozo de la muerte”, que en este caso remite al caos y la violencia de los ámbitos urbanos más sórdidos y que gracias al poder de la poesía y el amor se transforman en lugares sagrados en que las personas más pobres adquieren una cierta divinidad: “… con su mandil sucio y sus zapatillas rotas de niña / sus cabellos blanco que salían del gorro… / la anciana miraba la avenida y dormitaba / así fue que vi a Dios”.
No obstante este esquema, un proceso con principio y final, estos Himnos (escritos en versos libres) casi no apelan a aquellos elementos narrativos tan importantes en los libros iniciales de Ildefonso. En general, en esta segunda etapa, y después de dos libros de narrativa –El paso (2005) y Hotel Lima (2006)–, la poesía de Ildefonso se ha vuelto más esencial y pura, basándose exclusivamente en el poder de las imágenes, las palabras y las ideas. Los textos se desarrollan impulsados por la propia sensualidad de las imágenes y la sonoridad de las palabras, alcanzando momentos de intenso lirismo, especialmente en Los desmoronamientos sinfónicos.
Con estos dos libros (basados en textos escritos hace más de diez años) Ildefonso continúa en la búsqueda del sentido de la vida y la muerte, de la armonía entre el destino individual y el universo natural; y también del papel de la poesía y el arte en una sociedad y una época como la nuestra. Lamentablemente en Himnos esa búsqueda se pierde en las recurrentes apelaciones a la luna y las estrellas, al corazón y los sueños. Además, los versos presentan demasiadas repeticiones, errores y deslices: “Y la ingravidad se convierte en ese errar y amar”, “Porque el amor se para para mirar”, “Empédocles se arrojó al río Etna”.
Los poemas de Los desmoronamientos sinfónicos mantienen un mayor rigor poético, aunque la imaginería desplegada a veces parezca más propia de la escritura automática surrealista que de la poesía urbana y coloquial de Ildefonso y la generación del 90. Sin embargo, las descripciones del paisaje urbano resultan aquí más acertadas, las reflexiones más originales y lúcidas, y el conjunto tiene una mayor unidad y solidez. Acaso la diferencia se deba a que estos textos han sido más trabajados a lo largo del tiempo, pulidos y hasta reformulados varias veces. Incluso el conjunto fue reunido hace algunos años en un libro “virtual” que Ildefonso difundió gratuitamente a través de Internet.
(Artículo publicado previamente en La Primera)
Otros textos sobre Himnos: David Abanto.
Otros textos sobre Los desmoronamientos sinfónicos: Javier Ágreda, David Abanto, José Güich, José Pancorvo, José Carlos Yrigoyen.
Entrevistas: Carlos Sotomayor, Jennifer Thorndike.
El autómata y otros relatos
Xavier Abril. El autómata y otros relatos (PUCP, 2008)
Continuando con su labor de rescate de importantes obras literarias, la colección El manantial oculto, del rectorado de la Universidad Católica, acaba de publicar el libro El autómata y otros relatos, una recopilación de textos narrativos escritos por el peruano Xavier Abril (1905-1990). Más conocido por su poesía surrealista, Abril es autor de la “novela poemática” Hollywood (1931) y una serie de relatos que la crítica considera entre lo más destacado de la narrativa vanguardista peruana, junto con libros como La casa de cartón de Martín Adán o Escalas melografiadas de César Vallejo.
El autómata es una novela corta que Abril escribió entre 1929 y 1930 y de la que, por mucho tiempo, se conocieron apenas algunos fragmentos publicados en revistas. Tiene solo dos personajes, Sergio y su padre (el primero, el autómata, está encerrado en un manicomio; el segundo es un alcohólico), y ambos están en el umbral entre la vida y la muerte. En los ocho capítulos de la novela, el narrador omnisciente más que contar, describe esas extrañas agonías –desde el aspecto físico de los personajes hasta sus pensamientos y emociones– apelando a recursos netamente poéticos: “El aire serpentea la lengua de la llama que es una voz, tal vez la última palabra en la cueva de los ojos.”
En el estudio prologal de este libro, Xavier Abril y la experiencia de la vanguardia, el escritor Jorge Valenzuela (responsable de esta antología) afirma que esa “concatenación de imágenes”, a pesar de sus semejanzas con el fluir de la conciencia joyceano o la escritura automática surrealista, se diferencia por la “mediación conceptual e ideológica” del autor, su cuestionamiento de “los decadentes valores de la burguesía”. Abril recurre, como Breton en Nadja, al tópico de la locura, para describir “la conciencia errática y desintegrada de los retoños de esa clase social”. Hay que recordar que este escritor formó parte del grupo de intelectuales y artistas congregados por J. C. Mariátegui en torno a la revista Amauta.
Valenzuela ha rastreado en la obra de Abril, tanto en prosa como en verso, aquellos textos en los que se cumple con la diégesis, “narración de estados o acontecimientos en el tiempo, seguida de una transformación de la situación plateada en el inicio”. Por eso ha incluido en El autómata y otros relatos un capítulo completo de Hollywood –Prosas para una dama de Europa– y fragmentos de otros dos; así como Dos relatos (1930) y una Radiografía de Charles Chaplin (1929).
(Artículo publicado previamente en La República)
El libro Poesía soñada reúne la obra poética completa de Xavier Abril.
Otros textos sobre El autómata y otros relatos: Christian Elguera, Abelardo Oquendo.
La maravillosa vida breve de Óscar Wao
Junot Díaz. La maravillosa vida breve de Óscar Wao (Mondadori, 2008)
Junot Díaz nació en República Dominicana, en 1968, pero desde los seis años vive Estados Unidos. Su primer libro Drown (1996, cuentos), escrito en un inglés plagado de términos propios del español dominicano, lo llevó a ser considerado como uno de los más importantes escritores norteamericanos de la actualidad. Díaz tomó esa fama con calma y trabajó casi una década en su siguiente obra, la novela The Brief Wondrous life of Oscar Wao, publicada el año pasado y que ha obtenido los premios Pulitzer y National Books CircleAward. Traducida hace poco al español, La maravillosa vida breve de Óscar Wao ya esta circulando en nuestro medio.
Díaz cuenta en este libro la historia de Óscar, un joven de origen dominicano que vive en Paterson (Nueva Jersey). Óscar es moreno, obeso y un “nerd” a carta cabal: obsesionado con la ciencia ficción y los videos juegos, casi no tiene amigos y menos amigas, al punto que su gran temor es convertirse en el primer dominicano en morir virgen. A pesar de ello, siempre está perdidamente enamorado de alguna mujer imposible para él. Díaz narra las desventuras de este personaje con un deslumbrante sentido del humor y un lenguaje que mantiene el ritmo y la gracia del “spanglish” hablado por los latinos en Norteamérica.
La unión de humor, ironía, oralidad y talento literario debe ser lo que más ha llamado la atención de la crítica en su país; pero a los lectores peruanos esa combinación los remitirá irremediablemente a la narrativa de Alfredo Bryce, en especial por los enamoramientos del protagonista: Óscar incluso intenta suicidarse por una decepción amorosa. En todo caso, Díaz sería una especie Bryce puesto de cabeza: mientras que los personajes del peruano suelen ser de clase alta y con un aristocrático “buen gusto”, los de Díaz son casi seres marginales que viven inmersos en la cultura de masas: películas, series de televisión, música pop. El libro se inicia con una cita de Stan Lee, un diálogo de Los cuatro fantásticos, que anuncia la importancia que estos referentes tienen en el imaginario de los personajes.
Además de la vida de Óscar, la novela cuenta la de tres generaciones de su familia, remontándose hasta la República Dominicana de la dictadura de Rafael Trujillo (1930-1952). Díaz relata en clave humorística, aunque sin escatimar los detalles más terribles, los excesos y abusos que soportaron los dominicanos en aquella época. Uno de los capítulos centrales está dedicado a Abelard Cabral, el abuelo de Óscar, quien entre 1944 y 1946 vivió una experiencia similar a la de Agustín Cabral en La fiesta del chivo, la novela de Mario Vargas Llosa: Trujillo, famoso por sus lujuriosos caprichos, quiere tener relaciones sexuales con la hija adolescente de Cabral. A diferencia del vargasllosiano, este Cabral no cede al capricho del dictador, originando así la terrible maldición (el “fukú”) que marca a todos sus descendientes.
La forma en que estos dos narradores han afrontado esta historia muestra las diferencias entre la modernidad y la posmodernidad. Vargas Llosa, no obstante sus audacias técnicas y estructurales, se centra en el “sacrificio” de la hija por parte del padre, casi como si se tratara de una tragedia griega. Díaz integra esta anécdota a su divertida saga familiar, vinculándola con un episodio de la serie televisiva La dimensión desconocida, comparando constantemente a Trujillo con Sauron (el oscuro personaje de El señor de los anillos), apelando a mitos ancestrales dominicanos y, por supuesto, aludiendo reiteradamente a la novela de Vargas Llosa.
A pesar de ciertos desbalances (la historia de Óscar pierde importancia ante las de sus parientes) y lo repetitivo de algunos recursos, La maravillosa vida breve de Óscar Wao es una muy buena novela, que merece todos los reconocimientos y premios que ha obtenido. Díaz ha sabido unir lo posmoderno, la historia y el verdadero trabajo literario; toda una lección para aquellos escritores que intentan ser actuales copiando descaradamente temas y personajes del cine o la televisión.
(Artículo publicado previamente en La Primera)
Se pueden leer fragmentos de la novela en Casa del libro y El Cultural.
Otros textos sobre La maravillosa vida breve de Óscar Wao: Frank Báez, Nuria Barrios, Cristina Castrillón, El Confidencial, José Antonio Gurpegui, Asima Saad.
El mundo sin Xóchitl
Miguel Gutiérrez. El mundo sin Xóchitl (Santillana, 2008)
A pesar de haber publicado su primera novela El viejo saurio se retira en 1969, el escritor Miguel Gutiérrez (Piura, 1940) inició su gran ciclo narrativo más de veinte años después con Hombres de caminos (1988), libro al que siguió la monumental novela La violencia del tiempo (1991), considerada por buena parte de la crítica como la más importante entre las publicadas en el Perú durante la última década del siglo XX. Completaría este ciclo, de aliento épico y centrado en la violencia social y su importancia en el proceso histórico, La destrucción del reino (1992). Luego de dos libros narrativos de carácter experimental –Babel, el paraíso (1993) y Poderes secretos (1995)- Gutiérrez inició una nueva etapa de su obra con la publicación de El mundo sin Xóchitl (2001), una extensa y nostálgica novela sobre el amor de una pareja de hermanos.
La historia se basa en un manuscrito dejado por Wenceslao, miembro de una importante familia piurana y coetáneo del autor, a su amigo de adolescencia Martín (¿Villar, el protagonista de LVT?). En este manuscrito el personaje ya maduro, cuenta la estrecha relación -de carácter incestuoso- que mantuvo con su hermana Xóchitl, un año mayor que él. Las tres partes en que está dividido el libro corresponden a diferentes momentos de esa relación: la infancia feliz, llena de aventuras y travesuras; el reconocimiento de los hermanos de lo prohibido de su vínculo, lo que los lleva a aislarse y a odiar a todos los que intentan separarlos, especialmente a su anciano padre Don Elías; y, después de la muerte del padre, un breve período de libertad y plenitud de la pareja, que concluye con la prematura muerte de Xóchitl.
En varios textos críticos Gutiérrez ha planteado la existencia de básicamente dos tipo de novelas, abiertas y cerradas, tolstoianas y dostoievskianas. Las primeras tratan de trascender lo individual para buscar lo comunitario; las segundas están basadas en la introspección, en la profundización en el mundo interior de los personajes. Los modelos serían, respectivamente, La guerra y la paz y Crimen y castigo. No dudamos que, de acuerdo a esta clasificación, al propio Gutiérrez le gustaría que su obra sea considerada “tolstoiana”; toda a excepción de El mundo sin Xóchitl, una evidente incursión en terrenos novelísticos dostoievskianos. Crímenes largamente planeados (el del padre o el triste final de Mathilde, la primera esposa de Don Elías), el sentimiento de culpabilidad por vivir en pecado, los castigos terribles e ineludibles (no sólo el destino de Xóchitl, también la existencia de un tercer hermano retrasado mental); el autor ha apelado a toda la parafernalia relacionada con este tipo de novelas.
El resultado, sin embargo, no es una novela densa y trágica, el Crimen y castigo piurano planeado por Gutiérrez, sino un relato gótico y decadente más parecido a La caída de la casa Usher de Edgar A. Poe, como con ironía señala el propio autor. La diferencia podría radicar en la falta de profundización en la psicología de los protagonistas (Wenceslao, el narrador, parece no saber nunca lo que pasa en la mente de Xóchitl) y en los excesos de truculencia y retorcimiento de ciertas situaciones y personajes como Constanza, la madre de estos hermanos (cantante de ópera, posiblemente prostituida en su adolescencia, y que aún en su adultez juega con muñecas), o la zamba Pelagia, malvada sirvienta que practica la magia negra. Ni siquiera las connotaciones míticas de la historia (la pérdida del paraíso original, el asesinato del padre) sobreviven a estos excesos.
Contribuyen a acentuar estos problemas ciertas indecisiones del autor. Hay en la novela un pasaje clave al respecto, cuando después de narrar uno de lo recorridos nocturnos de la pareja de hermanos por las calles de la ciudad, se da cuenta que nos ha mostrado una mundo desierto, sin habitantes. Gutiérrez parece reflexionar en voz alta acerca de los “cerrado” de su historia principal, tan intimista y por momentos melodramática (la importancia determinante de la ópera en la vida de los protagonistas es otro detalle “auto-irónico”), y decide “abrirla” añadiendo numerosos personajes secundarios con sus respectivas historias. Una decisión que va en desmedro de la propuesta dostoievskiana original de la novela pero que afortunadamente la lleva a ámbitos más afines con la personalidad literaria del autor.
Así, el relato se convierte no sólo en la recapitulación de la vida de dos generaciones de esa familia sino también en un amplio retrato de la sociedad piurana de los años 50’s (pero que llega a abarcar todo el siglo XX), desde los estratos más altos (Don Elías, la familia de Mathilde) hasta los más pobres (los sirvientes, los campesinos que los hermanos conocen en sus paseos en moto, en la parte final del libro). Todo personaje parece tener una historia interesante que contar, hasta el gato Don Pasquale; y lo mismo sucede con los objetos (libros, muebles, pianos), al punto que la mansión familiar sus diferentes ambientes y los cambios que sufren (esplendor, divisiones por disputas conyugales, decadencia) se convierten en elementos centrales de la novela.
Es en estas historias secundarias donde nos reencontrarnos con las mayores virtudes narrativas de Gutiérrez: la funcionalidad de sus descripciones, su poco común capacidad de fabulación, su minucioso trabajo de documentación, y especialmente la acertada estructuración del relato, que incluye saltos en el tiempo bien dosificados y el oportuno uso de documentos tales como cartas y diarios. Si la historia de estos hermanos incestuosos (que ya estaba anunciada en El viejo saurio...) representó durante décadas un verdadero reto narrativo para Gutiérrez, El mundo sin Xóchitl finalmente demuestra que ha salido muy bien librado de ese reto, aunque para lograrlo haya tenido que renunciar a sus admirados modelos literarios Tolstoi y Dostoievski, para remontarse a un realismo ambiental muy similar al de Balzac.
(Artículo publicado previamente en La República)
Se puede leer el prólogo de la novela en Zonadenoticias.
Otros textos sobre El mundo sin Xóchitl: Melvin Ledgard, Carlos Morales, Javier de Taboada,
Entrevistas: Jorge Coaguila, Carlos Sotomayor,
La muerte lenta de Luciana B.
Guillermo Martínez. La muerte lenta de Luciana B. (Planeta, 2007)
Doctor en Ciencias Matemáticas y escritor, Guillermo Martínez (Bahía Blanca, 1962) es uno de los más notorios representantes de la narrativa argentina actual. En su obra, que alterna los libros de narrativa con los de ensayo, hay dos hitos importantes: la novela Acerca de Roderer (1992), que lo consagró en su país; y Crímenes imperceptibles (2003), un relato policial que obtuvo el Premio Planeta y fue hace poco convertido en exitosa película, protagonizada por John Hurt y Elijah Wood. Martínez ha unido elementos de estos dos libros en la muy buena novela La muerte lenta de Luciana B., su más reciente publicación.
Luciana es una joven argentina cuyos amigos y parientes más cercanos comienzan a morir asesinados o víctimas de extraños accidentes. Ella piensa que detrás de estas muertes está el reconocido escritor Kloster –autor de oscuras novelas con crímenes y personajes malévolos–, a quien alguna vez ocasionó involuntariamente un terrible daño. Como la policía no le cree, busca la ayuda de otro escritor, un rival literario de Kloster, el innominado narrador y protagonista de esta novela. Los encuentros entre ambos escritores, sutiles e intensos enfrentamientos verbales, llevan a plantear hasta cuatro posibles explicaciones a esa serie de muertes.
En las novelas de Martínez hay siempre, detrás de los sucesos y los personajes, alguna disyuntiva intelectual: la inteligencia asimilativa vs. la creativa en Acerca de Roderer, los razonamientos inductivos vs. los deductivos en Crímenes imperceptibles. En La muere lenta de Luciana B. el dilema se da entre el azar y la causalidad, puntos de vista sostenidos por el narrador y Kloster, respectivamente. Pero ese transfondo teórico no hace perder humanidad ni verosimilitud a los personajes, pues Martínez, admirador confeso de Henry James, les otorga una compleja vida interior (emociones, dudas, pasado) que se manifiesta hasta en sus más pequeñas decisiones y gestos.
Hay todavía otras virtudes que señalar en este libro: el cuidadoso manejo del lenguaje, trabajado hasta lograr la máxima precisión y economía; o el acertado manejo de la trama, en la que las diversas versiones de los hechos (sin contradecirse en nada) dan lugar a interpretaciones completamente diferentes. Y si en Crímenes imperceptibles encontrábamos algunas concesiones al "gran público lector", en La muerte lenta de Luciana B. Martínez hace un feliz retorno a temas y motivos más personales, aquellos ya presentes en sus primeros cuentos y novelas.
(Artículo publicado previamente en La República)
Se pueden leer las primeras páginas de la novela en amazon.com
Otros artículos textos sobre La muerte lenta de Luciana B: Elena Bisso, Artemio Echegoyen, Javier Fresán, Aurora Intxausti, Jorge Monteleone, Javier de Navascués, Ricardo Senabre.
Entrevistas: Héctor Guyot.
La ciudad de los culpables
Generación perdida
Rafael Inocente. La ciudad de los culpables (Editorial Zignos, 2007)
En estos tiempos de marketing literario, en que los libros suelen presentarse con campañas mediáticas y anuncios publicitarios, todavía existen algunas obras cuyo prestigio está basado exclusivamente en los comentarios honestos de aquellos que las han leído. En el caso de La ciudad de los culpables, primera novela de Rafael Inocente (Lima, 1969), la fama antecedió a la propia publicación del libro, pues el manuscrito circuló entre críticos y escritores durante varios años, obteniendo comentarios tan elogiosos como el incluido en el libro de ensayos El pacto con el diablo de Miguel Gutiérrez.
Ambientada en la Lima de fines de los 80 e inicios de los 90, la novela (que hasta hace poco se titulaba Ciudad enferma), es un amplio retrato de los barrios más pobres y marginales de la ciudad (los “conos”, como se dice en el texto) elaborado a través de las historias, contadas siempre en primera persona, de una serie de jóvenes hijos de migrantes y de origen andino. El más importante de ellos es Orlando Zapata, perteneciente a una familia tradicionalmente ligada a las luchas populares: su abuelo fue un “aprista de lo viejos” que murió encarcelado en El Frontón, y una tía le hace leer tempranamente El Capital. Por esos antecedentes, Orlando es capturado por la policía y pasa diez años en la cárcel acusado injustamente de ser terrorista.
Las historias de los otros personajes –Lucía, Julia y Sebastián, entre otros– son bastante similares y muestran a adolescentes que terminan su educación escolar justo en el momento más álgido de la violencia política en nuestro país. Todos ellos fracasan en sus intentos de hacerse de una formación universitaria, un trabajo decente o al menos una vida digna. Peor aún, Lucía y Sebastián, amigos y compañeros ideológicos de Orlando, tienen finales trágicos, ambos víctimas de los excesos de la política antisubversiva. Sólo Julia parece librarse de ese destino, y es a través de ella que la narración sale del ámbito urbano y se traslada a la selva, mostrándonos que todo el país se encuentra inmerso en la violencia y el caos.
Ya otros narradores peruanos han abordado esa época, temática y generación, en especial Daniel Alarcón y Jorge Eduardo Benavides. Este último tiene incluso una novela muy parecida a la de Inocente, El año en que rompí contigo (2003), desarrollada también a partir de las historias de un grupo de jóvenes limeños. Pero mientras los personajes de Benavides pertenecen a la clase media y alta, los de Inocente son de extracción mucho más popular. Sin lugar a dudas la mayor virtud de La ciudad de los culpables es mostrar de la manera más fidedigna el mundo de esos jóvenes: su vida cotidiana, sus anhelos y expectativas; y su propia cultura, desde sus lecturas y música que escuchan (huaynos, salsa, rock) hasta la forma de hablar, con su agresivo lenguaje y peculiar sentido del humor.
Muy pocos autores se han atrevido a emplear en sus obras el lenguaje casi lumpenesco que aparece aquí, por ejemplo, en las cartas que “el erótico Fuentes” le escribe a Orlando. Lamentablemente, el libro tiene muchas debilidades desde el punto de vista estrictamente literario: la retórica, la técnica narrativa y la estructura de la novela muestran claramente a un autor en proceso de aprendizaje y que todavía comete demasiados errores. A eso hay que sumar el monótono y enfático discurso social, compartido por casi todos los personajes, y que en muchos casos llega al más abierto didactismo. Al menos así lo reconoce Sebastián: “…le dije, y mi maldito didactismo nunca fue más evidente”.
Por eso, aunque compartimos en buena medida el entusiasmo con que Miguel Gutiérrez comenta esta novela (destacando “el conocimiento verdaderamente excepcional de la Lima andina que tiene Inocente”); no creemos, como él, que se trate de una obra que se adscriba a la narrativa picaresca. Más bien nos atreveríamos a vincular a La ciudad de los culpables con las vertientes más radicales del realismo, aquellas que rozan el panfleto político.
(Artículo publicado previamente en La Primera)
En Internet se puede leer un cuento de Rafael Inocente.
Otros textos sobre La ciudad de los culpables: Augusto Higa, Carlos Rengifo, Tomacini Sinche, Rodolfo Ybarra.
Entrevistas: José Luis Ayala.
La Divina Comedia. Voces y ecos.
Jorge Wiesse, editor. La Divina Comedia. Voces y ecos (Universidad del Pacífico, 2008)
Dante Alighieri (1265-1321) comenzó a escribir la Divina Comedia en 1307, durante su prolongado exilio –por motivos políticos– de su Florencia natal. Conmemorando los siete siglos de este clásico de la literatura italiana y mundial, la Universidad del Pacífico organizó el año pasado una serie de actividades, cuyo punto central fueron seis conferencias de destacados especialistas, tanto peruanos como extranjeros. Los textos de esas disertaciones han sido reunidos por el escritor y docente universitario Jorge Wiesse en el libro La Divina Comedia. Voces y ecos (U. del Pacífico, 2008).
Como el título indica, estos ensayos abordan tanto la obra misma como su influencia en la literatura y el arte en general. Giuliana Contini (Venecia, 1940) establece un vínculo entre dos cumbres de la cultura italiana en La gloria de aquel que todo lo mueve: Dante y Miguel Ángel. El profesor Carlos Gatti (Lima, 1942), miembro vitalicio de la Dante Society of América, analiza una de las grandes sinfonías de Liszt en Ecos musicales de la Divina Comedia: la sinfonía Dante de Franz Liszt y Jorge Wiesse se centra en el episodio de Pía, que Dante presenta apenas en siete versos y que fue desarrollado posteriormente en dramas de Gaetano Donizetti y Marguerite Yourcenar.
Distinto es el enfoque de Joaquín Barceló (Chile, 1927), filósofo y rector de la Universidad Andrés Bello, en sus ensayos Las ideas políticas de Dante y La Divina Comedia: poema de amor. En este último interpreta la obra de Dante a partir de la filosofía neoplatónica (en especial su particular interpretación del amor), de tanta vigencia durante la Edad Media. Y el poeta Marco Martos (Piura, 1942), actual presidente de la Academia Peruana de la Lengua, reflexiona sobre algunos episodios y personajes, en los que están basados sus poemas reunidos en el libro Dante y Virgilio iban oscuros en la profunda noche (2008).
La Divina Comedia. Voces y ecos contiene también interesante material gráfico: las series de pinturas que, a partir de la lectura de este clásico, han realizado los artistas Luis Alfredo Agusti y Susan Zimic; y la portada de Ricardo Wiesse. Además el libro está acompañado del DVD La Divina Comedia: voces e imágenes" con lecturas de diversos pasajes de la obra a cargo de Leopoldo Chiappo, Ana María Gazzolo, Julio Picasso, entre otros; así como imágenes de algunos ilustradores de la Divina Comedia y fragmentos de la Sinfonía Dante.
(Artículo publicado previamente en La República)
Otros textos sobre La Divina Comedia. Voces y ecos: Alonso Cueto, Ricardo González Vigil.
Uñas
Travesuras de otra niña mala
Carlos Rengifo. Uñas (Ediciones Altazor, 2007)
Surgido en plena eclosión de la violenta narrativa urbana limeña de los años 90, Carlos Rengifo (Lima, 1964) se ha convertido en uno de los escritores más constantes y productivos de su generación. Su obra se inició con los cuentos de El puente de las libélulas (1996) y se ha desarrollado, con algunos altibajos, en otros cinco libros de narrativa, entre los que destaca claramente la novela corta La casa amarilla (2007). Rengifo acaba de publicar Uñas (Ediciones Altazor, 2008), también una nouvelle, pero que muestra aspectos menos interesantes de su narrativa.
Uñas es la peculiar historia de amor de una pareja de jóvenes pertenecientes al grupo de escritores, artistas y personas marginales que animan la vida nocturna limeña. El narrador es un fotógrafo enamorado de Tatiana, una muchacha hermosa pero con “ciertas goteras en la azotea”. Ella rechaza el amor que el fotógrafo le ofrece insistentemente; no obstante, recorren juntos bares y locales nocturnos, donde ambos coquetean con otros. Así entran y salen de la narración una serie de personajes bohemios, con los que la pareja de protagonistas (cuya relación recuerda en mucho a la de los protagonistas de Travesuras de la niña mala) va formando extraños triángulos amorosos. La mayoría de los 13 capítulos del libro están centrados en alguno de esos fugaces amantes de los protagonistas.
Pronto la historia de amor se diluye y la novela se convierte en una galería de seres marginales (poetas malditos, freaks, emos, etc.), de aspecto grotesco y comportamiento casi estúpido: la poetisa erótica Cynthia Obregón, la suicida Darlina, el autista Fontanés, la enana de los piercings, entre otros. Ciertos datos y guiños indican que algunos de estos personajes están basados en personas reales; pero eso no añade interés a un relato que, a pesar de su brevedad, resulta demasiado disperso, con personajes poco elaborados y episodios importantes mal resueltos. Un par de ejemplos: el incidente que da título al libro, en el que Tatiana usa sus uñas como armas; y la venganza final del narrador, anunciada desde la primera página y que no llega a contarse.
Estos problemas ya habían sido advertidos por la crítica en los anteriores libros de Rengifo. “sus personajes… pierden verosimilitud y ganan maniqueísmo hasta devenir en meros esbozos caricaturescos” señaló Olga Rodríguez con respecto a El rumor de la tormenta (2007); mientras que para Marcel Velázquez los primeros libros de Rengifo estaban demasiado inmersos en “la vorágine kitsch de la marginalidad urbana”. Pero el mismo Velázquez reconoció que en La casa amarilla Rengifo superó ese y otros defectos gracias a la “la cabal reconstrucción de la vida interior del personaje central”. Como hemos señalado, Uñas muestra un marcado retroceso en este aspecto.
Más alarmante resulta la caída de la calidad de la prosa. Rengifo siempre ha tratado de unir el lenguaje coloquial, dominante en su narrativa, con pasajes de un cierto aliento poético; aunque esta combinación nunca estuvo libre de asperezas e irregularidades. Para corregir esos errores se necesita un paciente trabajo de corrección, que seguramente sí se hizo en La casa amarilla, un libro que esperó varios años por su publicación. En esta nueva novela, publicada pocos meses después, abundan los errores gramaticales, las imágenes fallidas y hasta las palabras mal empleadas: “Su coexistencia en estos ambientes... debió haber sido muy frustrante para ella, al punto de cubrir su rostro de niña tradicional, de hijita de papá, con una falsa máscara de guerrera indomable que, visto a la distancia, era pura apariencia” (p. 14).
Definitivamente, Uñas no es de lo mejor de la producción literaria de Carlos Rengifo, pero sí una ratificación de su vocación de narrador, dedicación al trabajo creativo y fidelidad a ciertos temas, personajes y ambientes. Pero el elemento esencial de la literatura son las propias palabras, y cuando éstas son tratadas con superficialidad o ligereza, todo el trabajo literario se pierde irremediablemente.
(Artículo publicado previamente en La Primera)
Otros textos sobre Uñas: José Güich.
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