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Fecha Publicación: 2015-06-06T10:29:00.002-07:00

En la ingeniería de depuración de aguas servidas existe un elemento hidráulico llamado estanque de tormentas. Enormes depósitos del tamaño de un estadio de futbol construidos debajo de ciudades con altas precipitaciones como Tokio, Madrid, en las que las aguas de lluvia son almacenadas para su posterior tratamiento antes de regresarlos a los ríos. Los estanques filtran la suciedad que arrastran las primeras horas de lluvia. Polvos, plásticos y demás restos sólidos que de otra manera terminarían contaminando los ríos y mares, son retenidos en el fondo de los estanques y dispuestos luego en rellenos especiales e inocuos. Pero también sirven para regular el caudal de tratamiento. Pasada la tormenta, el enorme volumen de aguas sucias es tomado de a pocos, en los litros por segundo para las cuales las plantas de tratamiento fueron diseñadas, y son depuradas con precisión y tranquilidad. Lo descubro asombrado en el curso de depuración de aguas que estoy llevando. Para alguien que vive en una ciudad ubicada en medio del desierto, para los habitantes de una ciudad en la que nunca llueve, saber de este tipo de estructuras es como ver las nuevas fotos marcianas del Curiosity. Pero ojalá también nosotros tuviéramos un estanque de tormentas. Nosotros individuo, nosotros sociedad. Un depósito subterráneo donde retener las basuras, donde regular nuestra capacidad de depuración.

Fecha Publicación: 2015-05-15T15:33:00.001-07:00
Solo puedo usar el ojo izquierdo. Una carnosidad ocular que amenazaba invadir la iris y dejarme la visión del cielo con eternos nubarrones, me ha obligado a tenderme en una cirugía. Un parche gordo que deberé usar durante dos días, me cubre el ojo derecho y me impide ver como debiera. Pensé que sería un asunto más llevadero, pero desde que me retiré de la sala de operaciones el ángulo de visión se ha reducido y siento que la distancia de las cosas se ha trastocado y hasta caminar me resulta dudoso. Nada de leer, nada de escribir. Nada de sol, nada de alcohol, me dijo el doctor en un tono más bien cómplice y, sin embargo, aquí estoy frente a la computadora tratando de avanzar la corrección de mi novela, presionando las teclas con torpeza, una por una, como si usara el teclado por primera vez. Y no, no se puede escribir. Entonces me acuerdo de mi pata Tomasini que decía que el secreto para no ver doble y evitar sacarse la mierda de borracho era imaginarse una línea recta y caminar tapándose un ojo. Entonces  hago como que estoy borracho. Hago como que veo doble y que estoy con mis patas de la UNI, bebiendo en una de las fiestas de Civiles. En círculo, alrededor de nuestras mochilas. No estoy borracho, un poco picado nomás. Lo suficiente como mantener la cordura, activar la chispa y romper la timidez. Cierro el Word, abro el Youtube y pienso en alguna canción que no haya escuchado hace años. No sé por qué me viene a la cabeza “Signos” de Soda Stereo. Escojo esa canción, la versión original, la del delay escalado, la del álbum del ochenta y seis. Suenan las notas y ahí, al otro extremo del patio de Civiles, entre el mar de estudiantes, se aparece la de Geología. La de cabellos canela, ojos café y sonrisa blanca. Ella y sus amigas se abren paso entre la gente como buscando un rincón donde recalar. La he mirado desde hace rato, desde que yo y mis patas hemos llegado a la fiesta. Ahorita vengo, loco, le digo al loco Cerrón; ya vengo, voy a tonear. Camino hasta ella que se nota que quiere bailar esa canción porque le gusta Soda: la he escuchado hablar de la banda en la cola del comedor, la he escuchado decir que el concierto más paja al que ha ido ha sido el de Soda Stereo en el Amauta y que quería saber qué efecto es el que usa Cerati para tocar Signos. Hola, ¿bailas?, le digo sin titubear: estoy con unos tragos, pues, se me ha ido la timidez. ¡Es tarde, ya me voy!, me grita ella al odio porque los decibeles apenas nos permiten hablar. ¡Bailamos y te cuento que efecto usa Cerati en esta canción!, le grito yo también al oído y el olor de champú Clinic de su cabello me llena el cerebro. Me sonríe. Me ha reconocido. Soy el pata de lentes redondos a lo John Lennon, ahora sin lentes, que estaba al lado de ella y sus amigas en la cola del comedor cuando hablaban de rock. El mismo que se notaba que quería meter su cuchara en la conversación, pero no se atrevía; el mismo que fingía leer. Sonrío, noto que también ella está picada. Mira a sus amigas como pidiendo su aprobación. Las amigas aprueban y entonces ella mueve los hombros diciendo que sí. Le pide que la esperen unos minutos, que va a bailar un toque, que ya regresa. Me guía hasta el centro del patio y empieza a bailar. Bailando Signos de Soda Stereo, la versión original, la del delay escalado. Y mueve las manos, la cintura, la cabeza, como en la fiesta de Química cuando la vi por primera vez. Hace años, hace años de eso. ¡Es un delay!, le grito al oído. ¡El efecto que usa Cerati en esta canción es un delay! Sonríe de nuevo. Arquea las cejas para expresar que está sorprendida con el dato. ¡¿Tocas guitarra eléctrica?!, me grita al oído. ¡Sí, tengo mi banda!, respondo y extiendo una mano, pongo la otra en el vientre y hago como que estoy tocando la guitarra, como si fuera yo quien está haciendo el tan, tan, tan, tan, con el delay. ¡Si estás oculta, ¿cómo sabré quien eres?, me amas a oscuras, duermes envuelta en redes!, le canto. La miro. La admiro. ¡Signos, mi parte insegura. Bajo una luna hostil, signos, signos!, grita ella también. Se contornea, se da vuelta, regresa a mirarme. Me sonríe, me coquetea. Los dos estamos picados, pues, hemos tomado un poco, los dos hemos mandado a la mierda la timidez. Luego busco otra canción porque ella ha aceptado seguir bailando. Y me presenta a sus amigas. Y hablamos de música y de literatura porque a ella también le gusta escribir y ese día de la cola en el comedor se dio cuenta que yo estaba leyendo a Rimbaud. Y tomamos. Un poco nomás, un poco. Y nos reímos. Y ella ya no se quiere ir de la fiesta porque tendremos dos días sin leer, dos días sin escribir y dos días es un laaaaargo tiempo.

Fecha Publicación: 2015-04-28T17:16:00.000-07:00
Los amigos son esa parte de la raza humana con la que uno puede ser humano

Jorge Santayana


No había duda, aquel tipo era Marcelo Moura. Entre los tantos asistentes al concierto de “Dios salve a la Reina”, entre los muchos colaboradores por la campaña de lucha contra el sida y los 25 años de Fundación Huésped, en medio de la amplitud del Teatro Ópera, el cantante de Virus descansaba del show y departía la noche con sus colegas músicos. Mario dudó en acercar e importunarlo, pero lo hizo. Hola, Marcelo, le dijo como si conocieran, como si fueran viejos amigos. Vengo desde Lima, Perú, ¿me permites una foto? Marcelo accedió y tras la toma Mario le estrechó la mano y le dijo que ya tenía comprada su entrada para el concierto de Virus de la siguiente semana y le pidió si era posible que después del concierto lo buscara en los camerinos para que le firmara un par de discos y el ejemplar del libro autobiográfico, “Virus”, que Planeta acababa de lanzar. Y, es difícil, le dijo Moura, tendrías que hablar con el manager, con la seguridad, esas cosas. Sí, entiendo, respondió Mario y ahí terminó el encuentro.
Pero a la semana siguiente Mario estaba a la entrada del backstage. Después del concierto, con los discos de la banda y el libro esperaba a que Moura asome, deje los camerinos y salga del local porque en algún momento tenía que salir. Pero ya era cerca de una hora que estaba ahí y Moura no salía. Se acercó a la entrada creyendo que, a lo mejor, ya nadie estaba cerca y nadie podía impedirle acceder a los camerinos y entonces caminó unos pasos hasta que el guardia de seguridad apareció de entre las sombras y le impidió el paso. Que a dónde iba, que no podía estar ahí. Quiero hablar con Marcelo, quisiera que me firme unos discos y un libro. Que no, que no se podía, que tenía que retirarse. Vengo desde Lima, Perú, dijo Mario, ¿no podrías preguntarle si podría firmarme mis discos y mi libro? El guardia pareció compadecerse del fanatismo y entonces ofreció llevar los discos y el libro a ver si Marcelo accedía a firmarlos. Mario esperó, esperó, esperó hasta que varios minutos después apareció el mismísimo Marcelo Moura con los discos y los libros en la mano. ¡El peruano de la semana pasada!, dijo al reconocer a Mario y sonrió. Entonces me firmó mis discos, me dice Mario presumiendo de su osadía y mostrándome en el iPhone la foto de ellos juntos. Oye, tú estás recontra loco, Marius, le digo sorprendido con la historia. Eres un “Adolescente sin edad”. Y este es el libro que firmó para ti, me dice luego con una sonrisa de oreja a oreja, chino de risa. “Ulises: con todo mi cariño, Marcelo Moura”, reza escrito en la primera página, con el puño y letra del líder de una de las bandas que más me fascinan. Y yo saltó hasta el techo. Y yo soy otro adolescente sin edad.

Fecha Publicación: 2015-04-18T11:18:00.002-07:00
I
El fin de ciclo en la UNI del ochenta y nueve coincidió con la cosecha de maíz en Colcabamba. Entonces viajé hasta allá y en las semanas de vacaciones ayudé a los taytas y las mamas que ayudaban en las labores a mi madre y mi abuelo. Corté chala, despancé pancas, desgrané mazorcas. Cargué mis quipes, arrié las mulas, armé los tendales. Asoleé los granos, apilé las cargas, almacené los sacos. Pero sobre todo hice geología. A mitad del corte de chala, a mitad del arreo de las mulas, me detenía a observar las piedras que se cruzaban en mi camino y las clasificaba como me había enseñado el ingeniero Palacios en las aulas de Ambientales y los laboratorios de Minas. Ígneas, sedimentarias, metamórficas. Andesita, gabro, calcopirita; esquisto, pizarra, filita; arcilla, travertino, limonita. Observaba las salientes rocosas, los amarus, los cerros y describía sus buzamientos, estructuras, estratigrafías: batolitos, lacolitos, plutones. Ima rarutacc wawayky, mama Satu, le decían las mamas a mi madre. Qué raro es tu hijo. Anda agarrando, mirando piedras nomás.

II

Mi madre ha regresado a Lima después de la semana santa. Me cuenta cómo ha estado la fiesta, cuanta gente ha habido, con quiénes ha conversado en Colcabamba. Me he encontrado con mama Nicolasa, me dice. Me ha preguntado por ti. ¿Quién mama Nicolasa?, digo yo. La que vendía cuchicanca en la plaza, pues. La que nos ayudaba en la cosecha de maíz. La describe. Está viejita, su trenza todo blanco, bajita, con las justas puede caminar. Ah, digo yo fingiendo recordarla. ¿Maypitacc wawayky? ¿Qué es de tu hijo?, me ha preguntado. ¿Cuál hijo? Ese que te ayudaba en la cosecha, ese que paraba recogiendo piedras nomás. Ah, él vive en Lima, dice mi madre. ¿Y qué hace? Es escritor. ¿Escritor? ¿Qué es eso? Escribe pues, cuenta la vida de los otros. Puede escribir tu vida. Puede escribir que vendías cuchicanca. No creo, dice mama Nicolasa y a mí, en la cabeza, me empieza a dar vueltas la imagen de una mama que vende cuchicanca en la esquina de la bajada de Laborpampa. Sentada en cuchillas, con las manos cruzadas descansando sobre las rodillas, hablando quechua-español, me empieza a narrar su historia.

Fecha Publicación: 2015-04-08T17:25:00.001-07:00
Me he quedado a trabajar dos horas más de las cinco. A diferencia de la hora oficial de salida en que los autos y buses de empleados se acumulan ante la garita de control en una larga fila, impacientes de partir, esta vez soy el único que aguarda la autorización de salida. El vigilante repite la robótica tarea de abrir la maletera, echar un vistazo dentro y verificar que no estoy llevando conmigo algún activo de la Empresa. Pero esta vez no camina hasta la garita, ni ordena levantar la tranquera para dejarme salir, sino que bordea el Elefante Gris por el lado del conductor y aparece frente a mí con la gorra levantada. Perdone que lo moleste, ingeniero, me dice sujetando el tablero de registros de entrada y salida como quien sujeta un arma de disuasión. No hay problema, digo yo pensando que, seguramente, va a pedirme el registro de la laptop que traigo conmigo y me adelanto a pensar en alguna excusa por no haberlo registrado. No está apurado, ¿no?, pregunta antes de que yo pueda decir algo. No, no digo esperando el pedido. Es que tengo que contarle algo, responde luego de unos segundos. Sí, dime, continúo, sorprendido con la extraña respuesta. Verá, ingeniero, me dice acomodándose la gorra; a veces a nosotros aquí nos toca hacer turno de noche. Y hacemos guardia. Y nos pasamos toda la madrugada metidos aquí y en el edifico central, sin dormir. Sí, lo imagino, digo yo sin entender a qué viene aquella introducción. Y bueno, antes de cada noche, cuando todos los empleados se han ido, nosotros tenemos que revisar las oficinas, los escritorios, las gavetas. Usted sabe: revisar que todo esté bien cerrado y asegurado para que no se pierda nada y nadie reclame nada. Sí, claro, continúo yo sin entender a dónde quiere ir. Y bueno, yo he revisado sus cosas, ingeniero, suelta la frase como quien está a punto de revelar una noticia bomba. Yo suelto un largo “aaaah”, sorprendido por la confesión y revisando mentalmente, velozmente, mis cosas, pensando en qué podría haber de comprometedor en mi escritorio y mis gavetas que mereciera todo aquel rodeo. Usted es escritor, ¿no?, ingeniero, dice luego. Sí, digo yo. Lo que pasa es que una noche, hace meses, usted no cerró su gaveta y ahí encontré uno de los libros que usted ha escrito. The Cure en Huancayo. Y me lo llevé al hall, ingeniero, a la garita y me lo leí toda la noche. Perdone usted. ¡No, que ocurrencia!, digo yo con los ojos humedecidos, con el corazón en la boca, como se me humedecen los ojos y se me sale el corazón cada vez que algo me conmueve. A lo mejor usted dirá: estos vigilantes no leen. Qué van a saber de libros estos vigilantes. Me ha hecho llorar, ingeniero. Y me ha hecho reír también. Y yo solo quería agradecerle, ingeniero. Y decirle que el libro lo devolví y lo deje igualito, en el mismo lugar en que lo encontré.
Entonces llego a casa, busco un ejemplar de The Cure en Huancayo y, con el corazón todavía saltando, escribo la dedicatoria más justa y emotiva que he escrito para regalarla al día siguiente: “Para Wilson, compañero de trabajo y lector furtivo de estas historias”.

Fecha Publicación: 2015-02-11T18:02:00.005-08:00
En Colcabamba al agave americano le llamamos álamo. Primo hermano del agave tequilano (aquella planta a partir del cual los mexicanos destilan el tequila), también el álamo crece en lugares secos y calurosos abriendo sus hojas verde azuladas, largas y  puntiagudas como espadas, en dirección al cielo. Como el tequila, también el álamo guarda en su piña una savia azucarada que se fermenta y convierte en alcohol, también le toma más de diez años en crecer y también florece una sola vez en la vida y muere a continuación. Sí, al final de sus días, después de los días dulces, desde el corazón del tallo, al álamo le brota un tronco delgado que parece elevarse sinuoso hacia el cielo hasta alcanzar unos diez metros y entonces, en los extremos de su último esfuerzo le brotan unas flores amarillas largas y menudas como chispas al sol. Luego se seca y muere. Quizá por eso suelen ser solitarios. Y quizá por eso prefieren vivir detrás de los cercos de piedra, a la vera de los caminos. Y quizá por eso, aún en tiempos del whastsapp, los amantes utilizan sus hojas para grabar un último mensaje de amor.
Mensajes de adiós grabados en hojas de álamo, al borde de la carretera a Tocas. En Colcabamba, Huancavelica.







Fecha Publicación: 2015-02-09T16:22:00.001-08:00
Desde el fondo izquierdo del auditorio, el hombre me miraba con inquietante atención. Cabello crecido, ondeado y cano; rostro adusto, su cabeza destacaba entre la de los estudiantes, asintiendo con autoridad cada vez que yo contaba algo de Colcabamba, de Huancayo o revelaba algún detalle de los recuerdos que me llevaron a escribir “Ojos de pez abisal”. Su atención se acentuó aún más cuando el conversatorio culminó y algunos asistentes se acercaron hasta mí para firmarles sus ejemplares o hablar conmigo; desde su lugar en la fila y durante los minutos que tomó en llegar su turno, su impaciencia se hacía más evidente al punto que también yo me inquieté. Igualito a tu padre, me dijo cuando por fin estuvimos frente a frente y se quedó observándome con un largo silencio. Seguramente, respondí yo rebuscando su inubicable rostro en los rincones de mi memoria mientras correspondía su apretón de manos. Leí la noticia del conversatorio en el periódico y vi tu fotografía, me dijo luego; y claro, yo al toque dije: este el hijo del “Siete”, igualito a su papá. Qué bien, dije yo sin tener la menor idea de con quién estaba hablando. Soy tu tío loco, agregó adivinando mi turbación y a ahí mismo se me aguaron los ojos.
Cada vez que mis hermanos mayores hablaban del primer libro que habían leído, mencionaban al tío loco. Cuando mis padres vivían en Campo Armiño, Huancavelica, y mis hermanos estudiaban allá la primaria, el tío loco llegaba a casa con un libro para mi hermano Jaime y otro para mi hermana Sonia y se los dejaba a leer. Pero más que por el placer de la lectura, El Caballero Carmelo, Paco Yunque, Los Ríos Profundos, se quedaron en la memoria de mis hermanos por el interrogatorio que luego debían responder cuando el tío loco, al siguiente mes, regresaba a preguntar el resumen de la historia, el perfil de los personajes, las razones del conflicto; un libro tras otro, mes a mes, leídos por obligación con la anuencia de mis padres, hasta que el tío loco se casó y desapareció del mapa del Perú como en las novelas. Así descubrieron mis hermanos mayores la literatura. Yo, no; yo era un niño entonces, uno que apenas caminaba y no sabía leer.
Y era increíble: frente a mí estaba aquel hombre de quien yo no tenía ningún recuerdo físico y al que tan sólo conocía de odias; y ahí estaba yo con los ojos aguados de tan sólo recordar que aquel era el hombre de quien mis hermanos hablaban con cariño cada vez que hablaban del amor a los libros. Y ahí estaba yo abrazándolo como si también yo hubiera crecido con él, como si  también yo hubiera sido un lector obligado, como si también yo hubiera asistido a uno de sus “talleres”…
¡Gracias por el conversatorio, amigos de la Universidad Continental! A Kati Retamoso por la grandiosa organización; a Jorge Salcedo, Giannina Sovero y Sabino Blancas por sus generosas palabras para con “Ojos de Pez abisal” y por acompañarme en la mesa. Gracias a los amigos de la revista Crónika e Incontrastable. A los estudiantes, a los asistentes. A todos por regalarme una noche inolvidable. Y gracias a mi tío loco: solo los locos reaparecen así después de más de cuarenta años. Como en las novelas.

Fecha Publicación: 2014-08-14T17:44:00.000-07:00
¿Hace cuánto que lleva usted este queloide?, pregunta la dermatóloga. Desde niño, respondo. ¿Y cómo es que llego a formarse? De un punto, de una vacuna mal cicatrizada, agrego, mientras ella, sobre mi hombro derecho, analiza la cicatriz con ayuda de una lupa. Lo observa, lo palpa, lo estudia como si se tratara de un ser vivo hasta que deja de hacerme preguntas y regresa a su mesa a preparar las cosas con que habrá de infiltrarme. Aprovecho su ausencia y volteo a ver el queloide a través del espejo que hay en la pared. 
Y me acuerdo de ti.
El queloide ya no tiene la forma de una pisada de oso, como tú decías. Ha crecido, es más grande de cómo lo dejaste. Ahora parece una Sudamérica flaca y deforme. 
Hace tanto que no nos vemos.
La doctora regresa ante mí. Toma una hipodérmica delgada y larga como un lapicero, succiona el cortiflex, un líquido denso y lechoso, de una botella liliputiense y sin miramientos, sin compasión, clava la aguja en el centro mi hombro. Una, dos, tres, cuatro veces. Aquí, allá, como si el queloide fuera una alimaña a la que hay que asesinar a puntadas para que no siga creciendo. El líquido entra y entra en mí por cada punto hasta agotarse. Estira y estira mi piel como una dermis de jebe a punto de romperse y me deja de nuevo aquel dolor tupido, puntiagudo y cruel de cada año. De cada tratamiento. De cada infiltración.
Duele, ¿no?, dice mientras recarga la hipodérmica para el siguiente ataque. Sí, doctora, duele más que el no de algunas mujeres, digo para hacerla reír, para ver si así cambia el rostro de dolor que me devuelve el espejo. La doctora sonríe. «Más que el no de algunas mujeres», repite. Qué gracioso, es usted, dice entre risas y vuelve a clavar la aguja.

El dolor entra de nuevo en mí. Tu «no». Tu adiós. Tu olvido.

Fecha Publicación: 2014-04-22T18:47:00.000-07:00
En las afueras de mi oficina, en la vía de salida a la utopista Ramiro Prialé, en El Agustino, hay un poste de alumbrado público que parece estar vivo. Un poste de cemento, flaco, triste y cabezón, con ramas verdes en la nuca. No es la rama de algún arbusto desterrada en aquel lugar por un viento capcioso o la travesura de un pájaro bromista. No. Es una planta viva. Una planta que crece, crece y crece. ¿A qué tipo de mata se le ocurriría vivir en semejante lugar?, me pregunto cuando paso debajo de él a la hora de abandonar el trabajo. ¿De qué suelo? ¿Con qué agua? Les hago también estas preguntas a los compañeros de labores con los que he pasado por ahí. ¿Qué tipo de vegetal puede vivir en ese lugar, en una ciudad en la que la palabra lluvia es una entelequia? ¿Cómo puede haber vida incluso ahí? No tengo idea. Nadie tiene idea, pero todos al pasar se quedan viendo el poste y sus ramas verdes como quien mira una luna llena, un arco iris, un acto de magia.
Pero ahora que todos hablamos del Gabo, ahora que todos reconocemos en nuestras vidas un antes y un después del Gabo, yo digo que la literatura es como un poste de alumbrado de cemento al que le crecen ramas verdes. Ramas vivas. Ramas que llegan de la nada y se asientan sobre el lomo de la nada. Ramas inconformes con ganas de corregir el mundo, ramas que se revelan a la muerte, a la lógica; aunque sea por corto tiempo. El tiempo que demorarán en sobrevivir sin agua, el tiempo que dura una historia. Una historia que nos saca de la realidad, de la obligación del trabajo y nos lleva a volar. Un vuelo que nos lleva a otro mundo. Otro mundo en el que somos amantes, aventureros, villanos, héroes. Héroes que de otro modo nunca seremos. Seremos que nunca seremos.

Fecha Publicación: 2014-04-01T17:15:00.002-07:00
De pequeño quería ser como el quillincho.«Cernícalo» que le dicen por aquí. En los cielos de Colcabamba, el quillincho solía aparecer en el cielo de la tarde, arriba, bien arriba, más arriba que el común de las aves, volando en círculos, dibujando ochos, elipses sin fin, como un parapente enano, vagando como si el tiempo no importara, como si volar no costara trabajo; entonces yo imaginaba que era un quillincho y que podía ver desde los aires las chacras de mi abuelo, los maizales verdes del valle de Pilcos, las culebras plateadas de agua en los cañones del río Mantaro. Volaba solo, siempre solo, como si ahí arriba fuera normal andar sin nadie, sin amigos, como si fuera normal tanta soledad.
Por eso quería ser un quillincho.
Pero también quería ser un quillincho porque era el ave de la buena suerte. Cuando un colcabambino se topaba con él cerro arriba, en los caminos solitarios, posado en la rama de algún eucalipto o la loma de un peñasco, uno se detenía y lo saludaba como se saludaba a los adultos, «buenas tardes, tayta Guillermo»; así, con nombre propio, porque el quillinchono era cualquier ave, sino un regalo, un buen augurio del destino; «buenas tardes, tayta Guillermo» y el quillincho te miraba en picado, con ángulo de depresión y te miraba y te miraba hasta irse volando.
Pero sobre todo quería ser un quillinchoporque era el único que le paraba bronca al gavilán. El gavilán, el rey de las rapiñas, aparecía volando en el cielo como si fuera el dueño del mundo, con sus alas extendidas, intimidantes y marrones, planeando como un avión espía, al acecho del primer animal distraído y zas, de un golpe, de un pique, se clavaba sobre el lomo de un cordero, sobre la nuca de una gallina, sobre los ojos de una paloma, hasta que, de la nada, aparecía el quillincho, con ese cuerpecito de palomo torcás,  con esa cara de pájaro llorón, con esa pinta de gallito de pelea que no quiere pelear, y en el aire, ahí arriba, en lo alto del cielo, se enfrentaba a aletazos al gavilán, le dibujaba zetas en el aire y le robaba la presa.
Hoy fui un quillincho. A eso de la una de la tarde, mientras el resto de la gente de mi oficina almorzaba y yo leía el National Geographic de marzo dentro de la panza del Elefante Gris, una paloma baya se estrelló delante del estacionamiento, a un lado de la única pampa de gras capaz de verse en el google map en este lado de Lima. Un gavilán aterrizó detrás de ella. La paloma se irguió de inmediato pero el aturdimiento del impacto la tuvo balanceándose como si estuviera borracha. El gavilán extendió sus alas como un murciélago y caminó hacia ella con paciencia, como disfrutando de la cacería, del festín que se iba a dar. Entonces abrí la puerta de la camioneta y salí. El gavilán me miró con extrañeza, como preguntándose quién diablos era yo, cuál era mi problema, qué pito tocaba ahí. Extendí las manos como un quillincho; ¡Shiií!, grité y el gavilán salió espantado.

Fecha Publicación: 2014-03-16T13:38:00.001-07:00
Cuando mi abuelo salió al patio, su caballo Elefante, no estaba en el corral. Tampoco Lucio el mulo. Pensó que habían madrugado antes que él, que se habían zafado de sus lazos y entrado a las chacras, al bosque de choclos a desayunar la chala verde como a veces lo hacían. Pero no estaban ahí. Caminó a la lomada de Maccnopampa, para ver si acaso habían despertado sedientos y caminado al manantial de Chaquipuquio. No estaban ahí. Silbó como se silva a un perro, pero nadie rebuznó una respuesta. Miró a los cerros de Ccochacc hasta donde le daba la vista para ver si en alguno de esos lugares los equinos pastaban a su libre albedrío. Tampoco estaban ahí. Entonces su cuerpo se asustó. «Me lo han robado, carajo, pronunció». Regresó a su casa. Su casa de asceta, de eremita la casa en que vivía solo desde la muerte de mi abuela. Cogió su chompa y salió a buscarlos. Tomó el camino a Ccochacc, y en la loma del cerro Plazapata se encontró con el hijo de tayta Apolnario. Abuelito, ¿a donde vas?, le preguntó en quechua. ¿Nos has visto a mis caballos por aquí?, respondió mi abuelo. Yo pensé que estaban contigo, los vi yéndose por allá, le dijo señalando la bajada al rió Into. Aceleró el paso lento lo más que pudo. Llego a la lomada de Matará y buscó con la mirada en el camino, en el badén del río, en la subida a Chacas. Los animales tampoco estaban. «Éste mierda me ha engañado», pensó. Regresó a la Plazapata. Se preguntó qué haría él si él fuera el abigeo. ¿Qué camino tomaría? ¿A dónde huiría con los animales robados? ¿Cómo despistaría a los perseguidores? Tomó entonces el camino a Huancayoccasa. Trepó por las trochas de acceso de las torres de alta tensión que llevan la electricidad a Ayacucho. Caminó lo más rápido que le permitían sus años hasta que un dolor en el pecho lo atacó a la altura de Ccellorumi. Un dolor agudo, en punta, justo encima del corazón. El frío y la neblina de la mañana le habían cobrado el esfuerzo del ascenso. Se apoyó de espaldas contra el talud del camino para amainar el dolor; trató de continuar, pero el dolor era una pesada ancla. Un cuchillo que ahora parecía horadarlo. Se apretó contra el talud. En esa posición lo encontró un hombre que bajaba de Jabonillo. ¡Tayta, Epico! ¡Iman pasan!, le dijo a mi abuelo al reconocerlo. Ccansoymi nanawachcan, respondió mi abuelo con la voz de un asmático, agarrándose el pecho. El hombre reconoció el mal. Corrió a traer ortiga lambras, lambras itaña, y le untó las hojas en el pecho. El ardor de las espinillas en la piel, fue aplacando el dolor del pecho hasta que por fin pudo respirar mejor. ¿Mayta richcanqui?, preguntó el hombre luego. Mi abuelo le explicó que le habían robado a su caballo y su mula y que iba en busca de ellos. Lloró. Lloró recién en ese momento. El hombre no había visto nada, no se había cruzado con nadie en el camino; los abigeos le llevaban horas de caminata, le llevaban fuerza, le llevaban juventud.
Al día siguiente apareció en nuestra casa en Colcabamba. Caminando. Por primera vez en su ochenta y dos años, llegó a la casa de Colcabamba caminando. Caminando con un bastón. «Me lo han robado al Elefante », nos dijo parado en el portón de la casa. Nunca más lo vimos montado en un caballo. Nunca más lo vimos completo.

Fecha Publicación: 2014-02-13T19:51:00.001-08:00
Despierto asustado por los gritos de pánico alrededor. El cansado autobús en el viajo a Colcabamba, ha sucumbido al soroche de  las punas de Pampas, ha hundido las ruedas derechas en el lodo y ha quedado ladeado al borde del abismo. Todos los pasajeros quieren bajar. Gritan, desesperan, apuran como si el bus estuviera ya en caída libre. Desde mi ventana veo que la situación no es tan grave, el abismo es una pendiente de ichu, el fondo unas chacras de papa, así que guardo la calma y termino siendo el último en bajar. La gente se arremolina alrededor del chofer y lo quiere linchar. Reclaman a gritos el error de haber pegado el bus a la cuneta, cuando cualquiera que haya transitado por esas rutas sabe que las lluvias humedecen los bordes de tierra fina, tanto que en ella es fácil encallar. El chofer se disculpa, pero la turba continua gritando. Yo prefiero subir a la orilla del camino para ver mejor las estepas de ichu y frío en las que no camino desde que era niño y surcaba esas carreteras en el camión de mi tío Máximo. Miro el bosque de pinos enanos que nunca se adaptaron a las punas y quedaron liliputienses, los comparo con mis recuerdos; miro el cerro de en frente con la carretera a Huancavelica serpenteando como una culebra de asfalto, los mechones de ichu, el cielo triste del invierno. Pero una imagen llama mi atención. Un perro bayo, lanudo y sucio, aparece en lo alto. Sentado, el animal mira hacia nosotros y parece preguntarse qué diablos hace tanta gente gritando en semejante puna, en semejante frío. Busco a ver si hay otros perros, recordando la noticia que hace semanas leí acerca de perros salvajes que, por estas tierras, habían matado carneros. Pero, no, el perro está solo. Solo sobre la lomada. Permanece así por varios segundos, pero luego se yergue y camina en dirección al autobús. Con la cola alegre desciende la cuesta casi a trancadas y llega caminando hasta el pie del tumulto. No ladra, no gime, no hace ningún ruido. No mueve la cola. Solo observa. Ve al chofer esgrimir disculpas y prometer que en un momento sacará el autobús del fango y continuaremos el viaje; ve a la mujer más gritona amenazar con no volver a viajar nunca más en esta maldita empresa, ve al resto de pasajeros calmarse poco a poco. Pero nadie parece reparar en él. El perro ahora camina entre la gente que se ha arrinconado a un lado de la vía para vigilar el trabajo del chofer. Parece un fantasma, parece invisible, nadie lo llama, nadie lo alimenta, nadie lo espanta. El animal camina, se sienta, camina como un pasajero más hasta que el autobús se mueve, lucha contra las fuerzas de gravedad y sale del fango. Los pasajeros pelean entonces por subir al autobús. Uno a uno ocupan sus lugares, ríen con la casi volcadura que acabamos de pasar y regresan cada quien a lo suyo. Soy el último en subir. El perro ha trepado hasta lo alto del talud de la carretera y desde ahí, sentado, observa cómo el autobús recupera aire y emprende de nuevo el viaje. Me detento en el pasadizo para ver qué más hace. Desde el autobús, el perro se hace cada vez más pequeño, pero permanece sentado en el mismo lugar, mirando hacia nosotros. El autobús avanza y avanza con lentitud. Entonces el perro se yergue y con la cola triste regresa caminando despacio por el mismo camino por donde apareció. 

Fecha Publicación: 2014-01-30T07:31:00.001-08:00
¿De dónde traían las cancas?, pregunto. Uf, desde arriba, desde San Cristóbal, responde mi madre, mientras me explica cómo fue que construyó mi abuelo la casa en que estamos. Un grupo cortaba las piedras en bloques y otro, los traía al hombro hasta aquí. Entonces imagino lo duro que debió haber sido aquella tarea. Cortar la roca travertina, blanca y porosa como el queso, en ladrillos del tamaño de una caja de frutas; llevarlos desde sus canteras, al hombro, por más de una hora, por caminos de herradura hasta Colcabamba; encajarlos, unos a otros, unirlos con la argamasa de barro para construir aquella casa de habitaciones extensas, paredes altas y ventanas diminutas. El estuco de barro y paja de trigo cubre hoy las paredes, pero la habitación a medio tarrajear en que estoy, todavía deja ver el muro de cancas, su dermis de caliza con restos de plantas fosilizadas. Hojas, tallos, frutos de sabe Dios qué vegetales, qué prehistorias llegadas a esos confines de Huancavelica. Qué loco mi abuelo, pienso. Qué loca la gente de entonces que construía sus casas con aquella piedra para luego cubrirlas con barro y paja. ¿No era mejor ver fósiles de verdad en las paredes de tu casa? ¿No era mejor presumir de ellos? Ojala hubiera una máquina del tiempo para viajar a esa época, pienso. Una máquina que me llevara a mí y mis escuadras al momento en que mi abuelo, hace más de cincuenta años, construía todo aquello. Decirle que había que orientar las ventanas hacía el punto donde nace el sol, hacerlas más grandes, amplias y bajas para ver siempre las montañas azules de La Banda, las nubes lechosas, rollizas y coposas vagando en el cielo; para oír siempre el rumor de pileta de agua del riachuelo que discurre al lado. Que había que nivelar el patio, empedrarlo al estilo portugués para que el agua de lluvia se juntara al centro y fluyera hacia el riachuelo; que había que derribar el muro que divide la casa del huerto, para ver los árboles de palta, ciruelos y guindas desde sus troncos; para ver, para oler la sábana verde de alfalfa, el rojo, amarillo, blanco de los pensamientos; para oír mejor el ship-ship de los chiwacos, el zum-zum de los picachitos, el cri-cri de los chillicos de medianoche. Que había que hacer una puerta por la bajada al estadio para que por ella entraran él, su caballo Elefante y el resto de acémilas sin correr el riesgo de romperse las patas al bajar por escaleras de piedra que amenazan hoy en la entrada. Imagino todo eso ahora que sobre un tablero de triplay, con escuadras y regla «T», dibujo, a la antigua, el plano de la casa para proyectar las mejoras. Mido las longitudes, anchos, alturas; y cada trazo de lápiz sobre el papel, cada acotamiento sobre las paredes, cada replanteo métrico dentro de aquella casa, revive al niño feliz que en ella fui. Una casa de habitaciones gigantes, con un riachuelo y huerto al lado; con árboles, perros, cuyes, patos, caballos. Con papá y mamá y cinco hermanos. Todo para mí. E imagino a mi abuelo mirando con curiosidad lo que dibujo; diciendo, medio en quechua, medio en español aquello que solía responder cada vez que le explicaba algo: A ver, pues, niñito; por algo estarás pisando universidad. Y me imagino a mí también en la nueva casa de cancas. Solo y eremita como él. Leyendo. Escribiendo.