Te encuentras en la páginas de Blogsperu, los resultados son los ultimos contenidos del blog. Este es un archivo temporal y puede no representar el contenido actual del mismo.

Comparte esta página:


Fecha Publicación: 2015-07-13T13:06:00.000-07:00
EL LOBO QUE ADORABA LAS OVEJAS
(Cuento africano)
(Ilustración - Fuente: Internet)



Erase una vez un lobo que le encantaban las ovejas. Se subía a lo alto de una colina para observar como comían el pasto fresco  y mientras las miraba él pensaba con una gran sonrisa “Que sigan comiendo y cuando estén bien gorditas me las comeré yo”
Había una oveja especialmente rechoncha al que el lobo le tenía puesto el ojo.

Un día bajó de la colina y se acercó a la oveja y se la quedó mirando fijamente. La oveja pensó que era muy bonita y que por eso la miraba, pero cuando vio al lobo babear y relamerse se dio cuenta que no la miraba por lo bonita sino por que quería comérsela. La pobre oveja se puso a temblar y rápidamente pensó como salir de aquel problema entonces le dijo:

- Hola lobo, que haces por aquí.

- Pues mirando lo hermosamente gorda que estás y lo bien que lo voy a pasar comiéndote.

- No creas, no estoy tan gorda. Si me das unos días para seguir comiendo, seguro me podré más gorda y tendré más carne. Pero si vuelves en un mes, te aseguro que seré la oveja más deliciosa que hayas probado jamás.

El lobo era tan goloso que inmediatamente aceptó el trato.

-Volveré dentro de un mes y te estaré observando.- dijo el lobo.

Al cabo de un mes el lobo volvió a buscar a la oveja y la encontró tendida de espaladas y con las patas apoyadas en una roca muy grande.

- No te imaginas cuánto me alegro de que estés aquí! – dijo la oveja jadeando- Esta roca está a punto de caer sobre la casa del granjero y si no llego a impedirlo con mis patas seguro mata a mi dueño y no tendrías ni una sola oveja que comer porque nos habrían vendido de inmediato.

Entonces el lobo dijo:

- Todas las ovejas vendidas! ¡No puede ser! tengo que impedirlo como sea!

Sin pensarlo dos veces, se deslizó junto a la oveja y apoyó con fuerza sus patas contra la roca.

- ¡Muchas gracias lobo!- exclamó la oveja mientras se alejaba corriendo hacia el rebaño- ¡Volveré en cuando haya descansado!

El lobo pasó tres días enteros bajo la roca y sin poder dormir, esperando que regrese la oveja. Agotado por el esfuerzo pensó “Si no salgo de aquí pronto esta roca me aplastará a mi”. Así que con mucho cuidado salió de debajo de la roca pero al salir de allí, la roca no se movió ni un poquito.

- ¡Esta oveja sinvergüenza me ha tomado el pelo! – gritó el lobo y hecho una furia se fue a buscar a la oveja.

Cuando llegó dio un grito muy fuerte:

- ¡Es hora de cenar oveja!

Entonces la oveja tratando de mantener la calma dijo:

-Es una verdadera lástima lobo, porque si me comes ahorita no podrás probar el delicioso queso que esta noche flotará sobre el lago.

- Bueno, no pasa nada si espero hasta la noche, un buen trozo de queso es el aperitivo perfecto- Pensó el lobo que hacía un mes no comía nada.

Cuando anocheció la luna llena se elevó en el cielo. La oveja acompañó al lobo al lago y le mostró el enorme queso redondo que resplandecía sobre la superficie del agua.

Nada más al verlo el lobo se lanzó de cabeza al lago pero por mas que se acercaba al queso no conseguía morderlo.
Le daba bocado tras bocado y solo se llenaba de agua, hasta que por fin, se dio por vencido.
El lobo salió arrastrándose del lago agotado por tanto esfuerzo, entonces una rana que estaba mirando todo le dijo:

- ¿Qué haces?

- Tratando de comerme el queso.

-¿El queso?, mira lo tonto eres, esa es la luna, has estado tratando de comerte el reflejo de la luna en el agua, ¡cabeza hueca!

- ¡Gggrrrr! – gruño el lobo- ¡Esa maldita oveja me las va a pagar, nadie se burla de mi!

El lobo se sacudió y salió corriendo por la oveja.

- ¡Eso no era queso, mentirosa!- dijo el lobo gruñendo furioso- ¡era el reflejo de la luna!

- Lo siento mucho lobo, pero no era mi intención engañarte. Por favor te ruego que me perdones, soy mas que una tonta oveja.

- ¿Perdonarte?, no, ya me has engañado dos veces, así que ahora te comeré!

Entonces el lobo abrió la boca tanto que hubiera podido tragarse a la oveja de un solo bocado.

- Está bien, esta bien – dijo la oveja temblando- Pero antes de morir quiero pedirte un favor, uno chiquito.

- ¿Un favor?, ¿después de todos los engaños quieres que te haga un favor?- dijo el lobo.

- Es uno chiquitito, no seas malo. Lo único que quiero es que me tragues entera. Me horroriza pensar que vas a descuartizarme con esos dientes afilados y que después me masticaras  poco a poco.

Al lobo le daba lo mismo tragarse a la oveja de un bocado o saborearla. Lo único que quería era comerse a la oveja cuanto antes.

- Bueno como prefieras- dijo el lobo y abrió la boca lo mas grande que pudo.

- Por favor cierra los ojos y da un paso atrás, yo correré y me meteré a tu boca.
El lobo cerró los ojos, abrió la boca  y en un instante el pobre animal no paraba de toser y escupir porque se asfixiaba. Y es que la oveja le había metido en la boca una buena mata de plantas repletas de espinas.

- ¡Que sabor tan asqueroso tienes oveja!¡ pinchas y sabes muy mal!- gritaba el lobo mientras corría desesperado hacia el lago para calmar con el agua su garganta ardiente- ¡Prefiero morir antes que comerme otra oveja asquerosa!

Y dicen que desde ese día el lobo nunca más volvió a intentar si quiera comerse una oveja.


FIN.

Fecha Publicación: 2015-06-19T12:26:00.000-07:00
LOS TRES CERDITOS
(Cuento popular)
(Ilustraciones-Fuente: Internet)



Había una vez tres cerditos que eran hermanos que vivían en una cabaña pequeñita en el corazón del bosque. Un día su mamá los llamó y les dijo:

- Hijitos, en esta pequeña casa ya no entramos todos juntos así que ha llegado el momento de que ustedes hagan sus propias casas.

Los tres cerditos aceptaron pero antes de partir su mamá les dijo:

- ¡No olviden, deben tener mucho cuidado con el lobo!

- No te preocupes mamita, lo tendremos- contestaron y después de llenarla de besos partieron.

De pronto llegaron a un claro en el bosque, cerca de al río y es ahí donde deciden construir sus casitas.

-La mía será de paja - dijo el más pequeño de los cerditos-, la paja es blanda y se puede sujetar con facilidad . Terminaré muy pronto y podré ir a jugar.

El hermano mediano decidió hacer su casa de madera:

-Puedo encontrar un montón de madera por los alrededores (explicó a sus hermanos), construiré mi casa en un santiamén con todos estos troncos y me iré también a jugar.

Pero el hermano mayor no estaba de acuerdo, así que él decidió construir su casa con ladrillos.

- Aunque me cueste mucho esfuerzo, será muy fuerte y resistente, y dentro estaré a salvo del lobo. Le pondré una chimenea para asar zanahorias y preparar deliciosos caldos.

Cuando las tres casitas estuvieron terminadas, los cerditos cantaban y bailaban en la puerta, felices por haber acabado con el problema.

El lobo los había estado observando a lo lejos mientras pensaba: “A uno me lo como estofado, al otro lo meteré al horno y con el tercero preparé un sabroso caldo”, mientras se relamía y salivaba.

Entonces esperó el momento indicado hasta que por fin llegó.
Una mañana el cerdito menor estaba jugando por los alrededores cuando vio venir al lobo. Rápidamente se metió a su casa de paja y cerró la puerta.

El lobo se acercó y tocó mientras decía:

- ¡Ábreme la puerta!

- ¡No te voy a abrir la puerta lobo malo! – contestó el cerdito aterrado. 

El lobo dijo:

- Si no me abres, ¡soplaré y soplaré y tu casa derrumbaré!

- No importa mi casa es resistente, sopla lo que quieras.

Entonces el lobo tomo aire y sopló con todas sus fuerzas y la casa del pobre cerdito salió volando por los aires con cerdito y todo.

El cerdito menor cayó en el pasto y se levantó del jardín como pudo y comenzó a correr a la casa de su segundo hermano, el que había hecho su casa de madera.

 -¡Nos comerá el Lobo Feroz! ¡Entremos a tu casa!-gritaba el cerdito alertando a su hermano. Pronto los dos estaban metidos en la casa temblando y el lobo toco y dijo:

- ¡Ábranme la puerta!

- ¡No te vamos a abrir la puerta lobo malo! – contestaron los cerditos asustados. Entonces el lobo dijo:

- Si no me abren, ¡soplaré y soplaré y su casa derrumbaré!

- No importa esta casa es resistente, sopla lo que quieras.

Entonces el lobo tomo aires y sopló muy fuerte tirando por los aires la casa de madera con los cerditos incluidos.

Cayeron sobre el pasto y como pudieron se levantaron y fueron corriendo a la casa del tercer hermano, el que había hecho su casa de ladrillos.

 -¡Nos comerá el Lobo Feroz! ¡Entremos a tu casa!-gritaban los cerditos alertando a su hermano mayor. Pronto los tres estaban metidos en la casa temblando y el lobo toco y dijo:

- ¡Ábranme la puerta!

- ¡No te vamos a abrir la puerta lobo malo! – contestaron los cerditos asustados. Entonces el lobo dijo:

- Si no me abren, ¡soplaré y soplaré y su casa derrumbaré!

- No importa, esta casa es resistente, sopla lo que quieras.

Entonces el lobo como ya había tirado dos casas no le pareció mala idea seguir soplando, así que tomo aire y sopló muy fuerte, pero la casa no se movió. Volvió a tomar aire y volvió a soplar pero nada, la casa no se movía.

Le dio tanta rabia que comenzó a gritar:

- ¡Esta casa no se mueve! ¿Que hago ahora?- Entonces revisando la casa notó que en el techo había una chimenea, así que dijo:

- ¡Por ahí me meteré!

Trepó por la pared y se metió por la chimenea. Se deslizó hacia abajo... Y cayó ¡Plafff! en el caldero donde el cerdito mayor estaba hirviendo sopa de nabos. Escaldado y con el estómago vacío salió huyendo de aquel lugar y escapó de allí dando unos terribles aullidos que se oyeron en todo el bosque. Y mientras corría juró nunca más acercarse a los tres cerditos, ¡Nunca!

Los dos cerditos entonces construyeron sus casas de ladrillos y el hermano mayor los ayudó y dicen que vivieron muy felices en el bosque.

Fin.




Fecha Publicación: 2015-05-11T15:52:00.000-07:00
LA VAQUITA PARDA

(Cuento del libro "Cuentos populares Rusos I" de Aleksandr Nikolaevich Afanasev)

(Ilustración: Isabel Hojas - http://tierradehojas.blogspot.com)
(Fuente: Internet)


Éranse en un reino un zar y una zarina que tenían una hija llamada María. Cuando
la zarina murió, el zar se casó al poco tiempo con una mujer llamada Yaguichno. 
De este segundo matrimonio tuvo tres hijas; la mayor La madrastra no quería bien a su hijastra María, y un día la vistió con un vestido viejo y sucio, le dio una corteza de pan duro y la envió al campo a apacentar una vaquita parda.

La zarevna condujo a la vaquita a una pradera verde, entró en la vaca por una oreja y salió por la otra, ya comida, bebida, lavada y engalanada.
Limpia y arreglada como una zarevna, cuidó todo el día de la vaquita, y cuando el sol se puso María se quitó su vestido de gala, vistió su traje andrajoso, volvió a casa con la vaquita y guardó el pedazo de pan duro en el cajón de la mesa.

‘¿Qué es lo que habrá comido?’, Pensó la madrastra. Al día siguiente Yaguichno dio a su hijastra la misma corteza de pan duro y la envió a apacentar la vaquita; pero hizo que la acompañase su hija mayor, la que tenía un solo ojo, a la que antes de marcharse dijo:

— Observa, hija mía, qué es lo que come y bebe María, la cual vuelve saciada sin haber probado el pan que le doy.

Llegadas las muchachas a la pradera, María dijo a su hermana:

— Ven, hermanita; siéntate a mi lado y apoya tu cabeza sobre mis rodillas, que te voy a peinar.

Y cuando apoyó la cabeza en sus rodillas, peinándola, dijo:

— No mires, hermanita; cierra tu ojito; duerme, hermanita mía, duerme, querida.

Cuando la hermana se durmió, María se levantó, se acercó a la vaquita, entró en ella por una oreja, salió por la otra comida, bebida y bien vestida, y todo el día, engalanada como una zarevna, cuidó de la vaquita.
Cuando empezó a obscurecer, María se cambió de traje y despertó a su hermana, diciéndole:

— Levántate, hermanita; levántate, querida; es hora ya de volver a casa.

‘¡Qué lástima! — Pensó entre sí la muchacha—. He dormido todo el día, no he visto lo que ha comido y bebido María y ahora no sabré lo que decir a mi madre cuando me pregunte.’
Apenas llegaron a casa, Yaguichno preguntó a su hija: 

— ¿Qué es lo que ha comido y bebido María?

— ¡Yo no he visto nada, madre! — Respondió la hija.

La madre la riñó, y a la mañana siguiente envió a su segunda hija, la que tenía dos ojos.

— Ve, hija mía, y mira bien qué es lo que come y bebe María.

Cuando llegaron al campo María dijo a su hermana:

— Ven aquí; siéntate a mi lado y apoya tu cabeza sobre mis rodillas, que te voy a hacer la trenza.

Y cuando apoyó su cabeza María dijo:

— Cierra, hermanita, un ojo; cierra el otro también. Duerme, hermana, duerme, querida mía.

La hermana cerró los ojos y se durmió hasta la noche y, por consiguiente, no pudo ver nada.

El tercer día, Yaguichno envió a su tercera hija, la que tenía tres ojos, diciéndole:

— Observa bien qué es lo que come y bebe María Zarevna y cuéntamelo todo.

Llegaron las dos a la pradera para apacentar a la vaquita parda, y María dijo a su hermana:

— ¿Quieres que te peine y te haga las trenzas?

— Házmelas, hermanita.

— Pues siéntate a mi lado y descansa tu cabeza sobre mis rodillas.

Cuando tomó esta postura, María Zarevna pronunció las mismas palabras de siempre.

— Cierra, hermanita, un ojo; cierra el otro también. Duerme, hermana, duerme, querida mía.

Pero olvidó por completo el tercer ojo; así que dos ojos dormían, pero el tercero observaba todo lo que María Zarevna hacía. Ésta se arrimó a la vaquita, entró en ella por una oreja y salió por la otra, comida, bebida y bien vestida.

Apenas se escondió el Sol, María se cambió de vestido y despertó a su hermana:

— Levántate, hermanita, que es ya hora de volver a casa.

Llegaron a casa y María escondió su corteza seca de pan en el cajón de la mesa.

— ¿Qué es lo que ha comido María? — Preguntó a su hija la madrastra.

La hija contó a su madre todo lo que había visto; entonces ésta llamó al cocinero y le dio orden de matar inmediatamente a la vaquita parda. El cocinero obedeció y María Zarevna le suplicó:

— Abuelito, dame, por lo menos, el rabo de la vaquita.

El viejo se lo dio; ella lo plantó en la tierra, y en poco tiempo creció un arbolito con unos frutos muy dulces, en el que se posaban muchos pájaros que cantaban canciones muy bonitas.

Un zarevich llamado Iván, oyendo hablar de las virtudes y belleza de la zarevna María, se presentó un día a la madrastra, y poniendo un gran plato sobre la mesa, le dijo:

— La muchacha que me llene de fruta este plato se casará conmigo.

La madrastra envió a su hija mayor a coger la fruta; pero los pájaros no la dejaban acercarse al árbol y por poco le quitan el único ojo que tenía. Envió a las otras dos hijas; pero éstas tampoco pudieron coger un solo fruto.

Finalmente, fue María Zarevna, y apenas se acercó con el plato al árbol y empezó a coger frutos, los pájaros se pusieron a ayudarla, y mientras ella cogía uno, los pajaritos le tiraban al plato dos o tres.

En un momento estuvo el plato lleno. María Zarevna puso entonces el plato sobre la mesa e hizo una reverencia al zarevich.
Prepararon la boda, se casaron, tuvieron grandes fiestas y vivieron muchos años muy felices y contentos.

Fin.

Fecha Publicación: 2015-04-09T14:50:00.004-07:00
LA PASTORA QUE SE CONVIRTIÓ EN ZARINA

(Cuento de Bulgaria)

(Ilustración: Carolina Robiano Navas)

(Fuente: http://www.ediciona.com/ilustradora_carolina_rubiano_navas-dirf-13260-c17.htm)



Cuentan que hace mucho tiempo, hubo una vez un Zar que mandó a publicar un edicto que decía que aquel quien pudiese romper una piedra, de forma que saliese sangre, sería nombrado primer dignatario del reino.

De todas partes llegaron valientes muchachos, aguerridos caballeros y hombres de fuerza descomunal, pero ninguno de ellos pudo romper la piedra; además no sabían cómo se podía matar una piedra. 

En un pueblo no muy lejano, vivía una honrada muchacha que cuidaba ovejas, y cuando oyó lo que había dicho el Zar, supo que hacer, así que se vistió de hombre, fue a su presencia y le dijo:

-Señor, yo puedo matar la piedra.

El Zar asombrado ante la seguridad de el joven le dio una fecha para resolver el problema.

Por todas partes se extendió la noticia de que había alguien que decía poder matar a la piedra, y muchísima gente vino a ver cómo lo hacía.

Cuando llegó el día señalado, el Zar y todos sus dignatarios salieron de la ciudad y se dirigieron a una explanada, y allí, ante todos, era donde la muchacha debía matar la piedra.

La joven sacó el cuchillo, se volvió al Zar y dijo:

-Señor, si quieres que mate la piedra, dale primero un alma, y si entonces no la mato, te ofreceré mi cabeza.

El Zar se sorprendió de lo que oía y dijo:

-Eres el más inteligente de mis súbditos, y voy a nombrarte primer dignatario; y si además haces lo que voy a decirte, serás para mí como un hijo.

La joven respondió:

-Dime, señor, lo que deseas; haré todo lo que pueda para hacer lo que me ordenes. 

El Zar dijo:

 -Dentro de tres días volverás otra vez aquí; cuando llegues, cabalgarás y no cabalgarás, me harás un regalo y no me lo harás; todos, dignatarios o no, saldremos a recibirte y tú llevarás a la gente a donde te reciban y no te reciban. 

La pastora aceptó el reto pero le pidió tres días para poder cumplirlo. Es así que volvió a su pueblo y pidió a los campesinos que capturaran tres  o cuatro liebres y dos palomas. Los campesinos lo hicieron así.

Al llegar el tercer día, cuando la muchacha tenía que volver a presencia del Zar, puso a cada liebre en un saco distinto, se los dio a los campesinos para que los llevaran y les dijo:

-Soltad los animales cuando yo os diga. 

Ella cogió las dos palomas, se montó en una cabra y se dirigió al encuentro del Zar; antes había mandado emisarios para que anunciasen su llegada.

El Zar, al enterarse de que la pastora se aproximaba, salió de la ciudad a recibirla, con todos los dignatarios y una multitud de curiosos. 
Cuando la joven estaba cerca del Zar, vio que había acudido mucha gente a recibirla y, al aproximarse aún más, ordenó a los campesinos que soltasen las liebres ante la multitud. 
Tan pronto como vieron correr los animales, la gente se lanzó en su persecución, intentando atraparlos.

La pastora, que iba montada en la cabra, andaba llevando al animal entre las piernas, y levantando alternativamente los pies  cabalgaba sobre el animal.

Cuando llegó junto al Zar, sacó las dos palomas del pecho y se las entregó. En el instante en que el Zar abría las manos para recibirlas, la muchacha las soltó, y las palomas echaron a volar.

Entonces la pastora dijo:

-Ya veis, señor, que la gente me ha recibido y no me ha recibido; he cabalgado y no he cabalgado; te he traído un regalo y no te lo he traído.
El Zar respondió:


-Desde hoy serás como mi hijo.

Pero ella se acerco lentamente al Zar y le dijo al oído:

-No soy hombre, sino mujer.

El Zar, que no estaba casado, se sorprendió doblemente y al ver su verdadera naturaleza la hizo su esposa; y de esta forma, la pastora, gracias a su inteligencia y astucia, se convirtió en Zarina. 

Fin.

Fecha Publicación: 2015-03-09T15:37:00.005-07:00

 LA FLOR DE LIROLAY
(Cuento folclórico Argentino)
(Ilustración - Fuente: Internet)


Este era un rey ciego que tenía tres hijos. Una enfermedad desconocida le había quitado la vista y ningún remedio de cuantos le aplicaron pudo curarlo. Inútilmente habían sido consultados sabios más famosos.


Un día llegó al palacio, desde un país remoto, un viejo mago conocedor de la desventura del soberano. Le observó, y dijo que sólo la flor del Lirolay, aplicada a sus ojos, obraría el milagro. La flor del Lirolay se abría en tierras muy lejanas y eran tantas y tales las dificultades del viaje y de la búsqueda que resultaba casi imposible conseguirla. Los tres hijos del rey se ofrecieron para realizar la hazaña. El padre prometió legar la corona del reino al que conquistara la flor del Lirolay.


Los tres hermanos partieron juntos. Llegaron a un lugar en el que se abrían tres caminos y se separaron, tomando cada cual por el suyo. Se marcharon con el compromiso de reunirse allí mismo el día en que se cumpliera un año, cualquiera fuese el resultado de la empresa.
Los tres llegaron a las puertas de las tierras de la flor del Lirolay, que daban sobre rumbos distintos, y los tres se sometieron, como correspondía a normas idénticas.

Fueron tantas y tan terribles las pruebas exigidas, que ninguno de los dos hermanos mayores la resistió, y regresaron sin haber conseguido la flor.

El menor, que era mucho más valeroso que ellos, y amaba entrañablemente a su padre, mediante continuos sacrificios y con grande riesgo de la vida, consiguió apoderarse de la flor extraordinaria, casi al término del año estipulado.
El día de la cita, los tres hermanos se reunieron en la encrucijada de los tres caminos.

Cuando los hermanos mayores vieron llegar al menor con la flor de lirolay, se sintieron humillados. La conquista no sólo daría al joven fama de héroe, sino que también le aseguraría la corona. La envidia les mordió el corazón y se pusieron de acuerdo para quitarlo de en medio.
Poco antes de llegar al palacio, se apartaron del camino y cavaron un pozo profundo. Allí arrojaron al hermano menor, después de quitarle la flor milagrosa, y lo cubrieron con tierra.

Llegaron los impostores alardeando de su proeza ante el padre ciego, quien recuperó la vista así que pasó por los ojos la flor de Lirolay. Pero, su alegría se transformó en nueva pena al saber que su hijo había muerto por su causa en aquella aventura.

De la cabellera del príncipe enterrado brotó un lozano cañaveral.
Al pasar por allí un pastor con su rebaño, le pareció espléndida ocasión para hacerse una flauta y cortó una caña.

Cuando el pastor probó modular en el flamante instrumento un aire de la tierra, la flauta dijo estas palabras:

No me toques, pastorcito, 
ni me dejes tocar;
mis hermanos me mataron
por la flor de Lirolay.

La fama de la flauta mágica llegó a oídos del Rey que la quiso probar por sí mismo; sopló en la flauta, y oyó estas palabras:

No me toques, padre mío,
ni me dejes tocar;
mis hermanos me mataron
por la flor de Lirolay.
Mandó entonces a sus hijos que tocaran la flauta, y esta vez el canto fue así:

No me toquen, hermanitos,
ni me dejen tocar;
porque ustedes me mataron
por la flor de Lirolay.

Llevando el pastor al lugar donde había cortado la caña de su flauta, mostró el lozano cañaveral. Cavaron al pie y el príncipe vivió aún, salió desprendiéndose de las raíces.
Descubierta toda la verdad, el Rey condenó a muerte a sus hijos mayores.

El joven príncipe, no sólo los perdonó sino que, con sus ruegos, consiguió que el Rey también los perdonara.
El conquistador de la flor de Lirolay fue rey, y su familia y su reino vivieron largos años de paz y de abundancia.

Fin.




Fecha Publicación: 2015-02-17T13:37:00.004-08:00

LA BELLA DURMIENTE DEL BOSQUE
(Versión de Charles Perrault)
(Ilustración: Víctor Vasnetsov - Fuente: Internet)
En otros tiempos había un rey y una reina, cuya tristeza porque no tenían hijos era tan grande que no puede reponerse. Fueron a beber todas las aguas del mundo, hicieron votos, emprendieron peregrinaciones, pero no lograron ver sus deseos realizados, hasta que, por último, quedó encinta la reina y dio a luz una hija. La fiesta que hubo en el palacio no hay como describirla. Las madrinas de la princesita fueron todas las hadas que pudieron hallar en el país, pero solo siete fueron con el propósito de  concedrle un don, como era costumbre entre las hadas en aquel entonces; y por este medio tuvo la princesa todas las perfecciones imaginables.
Después de la ceremonia del bautismo, todos fueron a palacio, en donde se había dispuesto un gran festín para las hadas. Delante de cada una se puso un magnífico cubierto con un estuche de oro macizo, en el que había una cuchara, un tenedor y un cuchillo de oro fino, guarnecido de diamantes y rubíes.
En el momento sentarse a la mesa, vieron entrar una vieja hada que no había sido invitada, debido a que durante más de cincuenta años no había salido de una torre y se la creía muerta o encantada.
Mandó el rey que le pusieran cubierto, pero no hubo medio darle un estuche de oro macizo como a las otras, porque sólo se había ordenado construir siete para las siete hadas. Creyó la vieja que se la despreciaba y gruñó entre dientes algunas amenazas. Una de las hadas jóvenes que estaba a su lado, la escuchó, y temiendo que concediese algún don dañino a la princesita,  fue a esconderse detrás de un tapiz para ser ella la última en hablar y poder reparar hasta donde le fuera posible el daño que hiciera la vieja.
Comenzaron las hadas a conceder sus dones a la recién nacida. La más joven dijo que sería la mujer más hermosa del mundo; la que la siguió añadió que sería buena como un ángel; gracias al don de la tercera, la princesita debía mostrar admirable gracia en todo lo que hiciera; bailar bien, según el don de la cuarta; cantar como un ruiseñor, según el de la quinta, y tocar con extrema perfección todos los instrumentos, según el de la sexta. Le llegó el turno a la vieja hada, la que dijo, temblándole la cabeza más a impulsos del despecho que de la vejez, que la princesita se heriría la mano con un huso y moriría de la herida.
Este terrible don a todos estremeció y no hubo quien no llorase. Entonces fue cuando salió de detrás del tapiz la joven hada y pronunció en voz alta estas palabras:
-Tranquilizaros rey y reina; vuestra hija no morirá de la herida. Verdad es que no tengo bastante poder para deshacer del todo lo que ha hecho mi compañera. La princesa se herirá la mano con un huso, pero, en vez de morir, sólo caerá en un tan profundo sueño que durará cien años, al cabo de los cuales vendrá a despertarla el hijo de un rey.
Deseoso el monarca de evitar la desgracia anunciada por la vieja, mandó publicar  un edicto prohibiendo hilar con huso y guardarlos en las casas, bajo pena de muerte.
Transcurrieron  diez y seis años, y cierto día el rey y la reina fueron a una de sus posesiones de recreo; y sucedió que corriendo por el castillo la joven princesa, subió  hasta lo alto de una torre y se encontró en un pequeño desván en donde había una vieja que estaba ocupada en hilar su rueca, pues no había oído hablar de la prohibición del rey de hilar con huso.
-¿Qué hacéis, buena mujer?, le preguntó la princesa.
-Estoy hilando, hermosa niña, le contestó la vieja, quien no conocía a la que la interrogaba.
-¡Qué curioso es lo que estáis haciendo!, exclamó la princesa. ¿Cómo manejáis esto? Dádmelo, que quiero ver si sé hacer lo que vos.
Como era muy vivaracha,  en cuanto hubo cogido el huso se hirió con él la mano y cayó sin sentido.
Muy espantada la vieja comenzó a dar voces pidiendo socorro. De todas partes acudieron, rociaron con agua la cara de la princesa, le desabrocharon el vestido, le dieron golpes en las manos, le frotaron las sienes con agua de la reina de Hungría, pero nada era bastante a hacerla volver en sí.
Entonces el rey, recordó la predicción de las hadas, y al ver que lo sucedido era inevitable,  dispuso que la princesa fuera llevada a un hermoso cuarto del palacio y puesta en una cama con adornos de oro y plata. Tan hermosa estaba que cualquiera al verla hubiera creído estar viendo un ángel, pues su desmayo no la había hecho perder el vivo color de su tez. Sonrosadas tenía las mejillas y sus labios asemejaban coral. Sólo tenía los ojos cerrados, pero se la oía respirar dulcemente, lo que demostraba que no estaba muerta.
Mandó el rey que la dejaran dormir tranquila hasta que sonara la hora de su despertar. La buena Hada que le había salvado la vida condenándola a dormir cien años, estaba en el reino de Pamplinga, a doce mil leguas, cuando le ocurrió el accidente a la princesa; pero bastó un momento para que de él tuviese aviso por un diminuto enano que calzaba botas, con las cuales a cada paso recorría siete leguas. Se puso inmediatamente en marcha la hada y al cabo de una hora la vieron llegar en un carro de fuego tirado por dragones. Fue el rey a ofrecerle la mano para que bajara del carro y la Hada aprobó cuanto se había hecho; y como era en extremo previsora, le dijo que cuando la princesa despertara se encontraría muy apurada si se hallaba sola en el viejo castillo. He aquí lo que hizo.
A excepción  del rey y la reina, tocó con su varilla a todos los que se encontraban en el castillo, ayas, damas de honor, camareras, gentiles-hombres, oficiales, mayordomos, cocineros, marmitones, recaderos, guardias, suizos, pajes y lacayos; también tocó los caballos que había en las cuadras y a los palafraneros, a los enormes mastines del corral y a la diminuta Tití, perrita de la princesa que estaba cerca de ella encima de la cama. Cuando a todos hubo tocado, todos se durmieron para no despertar hasta que despertara su dueña, con lo cual estarían dispuestos a servirla cuando de sus servicios necesitara. También se durmieron los asadores que estaban en la lumbre llenos de perdices y de faisanes, e igualmente quedó dormido el fuego. Todo esto se hizo en un momento, pues las hadas necesitan poco tiempo para hacer las cosas.
Entonces el rey y la reina, después de haber besado a su hija sin que despertara, salieron del castillo y mandaron publicar un edicto prohibiendo que persona alguna, fuese cual fuere su condición, se acercara al edificio. No era necesaria la prohibición, pues en quince minutos brotaron y crecieron en número extraordinario árboles grandes, pequeños rosales silvestres y espinosos, de tal manera entrelazados que ningún hombre ni animal hubiera podido pasar; de manera que sólo se veía lo alto de las torres del castillo, y aun era necesario mirarle de muy lejos. Nadie dudó de que la Hada había echado mano de todo su poder para que la princesa, mientras durmiera, nada tuviese que temer de los curiosos.
Pasadas los cien años, el hijo del monarca que reinaba entonces, debiendo añadir que la dinastía no era la de la princesa dormida, fue a cazar a aquel lado del bosque y preguntó que eran las torres que veía en medio del espeso ramaje. Unos le dijeron que aquello era un viejo castillo poblado de almas en pena y otros que todas las brujas de la comarca se reunían en él los sábados. Según la opinión más generalizada, moraba en él un ogro que se llevaba al castillo todos los niños de que podía apoderarse para comerlos a gusto y sin que fuera posible seguirle. 
No sabía a quien dar crédito el príncipe, cuando un viejo campesino habló y le dijo:
-Príncipe mío: hace más de cincuenta años oí contar a mi padre que en aquel castillo había la más bella princesa del mundo, que debía dormir cien años, estando reservado el despertarla al hijo de un rey, de quien debe ser esposa.
A estas palabras sintió el joven príncipe que la llama del amor brotaba en su corazón, y sin duda al instante creyó que daría fin a aventura tan llena de encantos. Impulsado por el amor y el deseo de gloria, resolvió saber en el acto si era exacto lo que el campesino le había dicho, y apenas llegó al bosque cuando todos los añosos árboles, los rosales silvestres y los espinos se separaron para abrirle paso. Caminó hacia el castillo, que veía al extremo de una larga alameda, en la que penetró, quedando muy sorprendido al observar que los de su comitiva no habían podido seguirle porque los árboles volvieron a recobrar su posición natural y a cerrar el paso en cuanto hubo pasado. No por eso dejó de continuar su camino, pues un príncipe joven y enamorado siempre es valiente. Penetró en un extremo del patio, y el espectáculo que a su vista se presentó era capaz de helar de miedo. El silencio era espantoso; se veía en todas partes la imagen de la muerte y la mirada tropezaba en cuerpos de hombres y animales que parecía estaban privados de vida; pero solo le basto fijarse  en las pequeñas lámparas encendidas para comprender que sólo estaban dormidos; además, los vasos, en los que sólo se veían restos de vino, decían que se habían dormido bebiendo.
Atravesó otro gran patio con pavimento de mármol; subió la escalera y entró en la sala de los guardias, que estaban formando hilera con el arcabuz al hombro y roncando ruidosamente. Cruzó varios aposentos llenos de gentiles hombres y de damas, de pie los unos, sentados los otros, pero todos durmiendo. Penetró en una cámara completamente dorada y vio en una cama, cuyos cortinajes estaban abiertos, el más hermoso espectáculo que a su mirada se había presentado: una princesa, que parecía tener quince o diez y seis años y cuya deslumbradora belleza tenía algo de luminosa y divina. Se aproximó a ella temblando y admirándola y se arrodilló al pie de la cama.
Como había sonado la hora en que debía tener fin el encantamiento, la princesa despertó; y mirándole con tiernos ojos, le dijo:
-¿Sois vos, príncipe mío? ¡Cuánto os habéis hecho esperar!
Y llenaron de contento al príncipe tales palabras, y más aun la manera como fueron dichas. No sabía como encontrarla su alegría y agradecimiento y la aseguró que la amaba más que a si mismo. Mal hilvanadas salieron las palabras de los labios de ambos, pero a esto se debió que fueran más atractivas, pues poca elocuencia es señal de mucho amor. La confusión del hijo del rey era mayor que la de la princesa, cosa que no ha de sorprender, pues ella había tenido tiempo de pensar en lo que le diría; pues se supone, aunque nada de ello indique historia, que la buena Hada le había procurado el placer de agradables sueños durante los cien años que estuvo dormida. Cuatro horas hablaron y no se dijeron la mitad de las cosas que querían decirse.
El encantamiento del palacio cesó al mismo tiempo que el de la princesa, y cada cual pensó en cumplir con sus deberes; pero como no todos estaban enamorados, su primera sensación fue la del hambre, que sensiblemente les aguijoneaba. La dama de honor, hambrienta como las demás, se impacientó y dijo a la princesa que la comida estaba servida. El príncipe la ayudó a levantarse. Estaba vestida con mucha magnificencia, pero se parecían a los vestidos de su abuela y que la moda del cuello que llevaba había pasado hacia mucho tiempo; pero su vestido y adornos en nada disminuían su belleza.
Pasaron a un salón con espejos y en él cenaron servidos por los gentiles-hombres de la princesa. Los músicos tocaron con los violines y los oboes antiguas piezas, pero muy bonitas, por más que hiciera cien años que nadie las tocaba y después de haber cenado, los casó sin pérdida de tiempo el gran limosnero en la capilla del castillo.
Al día siguiente el príncipe volvió a la ciudad. Dijo que cazando se había perdido en el bosque y había pasado la noche en la choza de un carbonero que le había dado pan negro y queso para cenar. El rey su padre, que era muy bonachón, le creyó, pero no del todo su madre al ver que casi todos los días iba a cazar y que siempre tenía una excusa a mano cuando pasaba fuera dos o tres noches, y supuso que se trataba de amores. El príncipe vivió con la princesa más de dos años y tuvo de ella dos hijos; una niña llamada Aurora, y el segundo un niño, al que pusieron por nombre Día, pues aun parecía más hermoso que su hermana.
La reina hizo varias tentativas para que su hijo le revelara su secreto, pero el príncipe no se atrevió a confiárselo, porque si bien la amaba, le temía por proceder de raza de ogros, a pesar de lo cual el rey había casado con ella porque su fortuna era grande. Además, se murmuraba en la corte, pero en voz muy baja, que tenía las inclinaciones de los ogros y que, al ver pasar los niños, con mucha dificultad lograba contener el deseo de devorarlos. A esto se debió que el príncipe nada le dijera.
Pero al cabo de dos años murió el rey, y al subir su hijo al trono, declaró públicamente su matrimonio y fue con gran ceremonia a buscar a la reina su esposa a su castillo. La recepción que le hicieron en la ciudad, que era la capital, cuando se presentó en medio de sus dos hijos, fue magnífica.
Algún tiempo después el príncipe fue a la guerra contra su vecino, el emperador Cantagallos. Confió la regencia a la reina madre y le recomendó mucho a su mujer y a sus hijos. Debía estar en la guerra todo el verano; y en cuanto estuvo fuera, la reina madre envió a su nuera y sus nietos a una casa de campo que había en el bosque para poder satisfacer con mayor libertad sus horribles apetitos. Algunos días después fue a la casa de campo y por la noche dijo a su mayordomo:
-Mañana quiero comerme a Aurora.
-¡Ah! señora..., exclamó el mayordomo.
-Lo quiero, contestó la reina con tono de ogra que desea devorar carne fresca, y quiero comerla en salsa picante.
El pobre hombre comprendió que no había que andarse con bromas con la ogra; tomó un enorme cuchillo y subió al cuarto de la pequeña Aurora. Tenía entonces cuatro años, y al verle corrió hacia él saltando y riendo, le abrazó y le dio un caramelo. El mayordomo se puso a llorar, se le escapó el cuchillo y bajó al corral, degolló un cordero y lo aderezó con una salsa tan rica que la reina le dijo que nunca había comido cosa mejor. Al mismo tiempo el mayordomo llevó la pequeña Aurora a su mujer para ocultarla en su casa, que estaba situada a un extremo del corral.
Ocho días después aquella mala reina dijo a su mayordomo:
-Para cenar quiero comerme a mi nieto Día.
El mayordomo no replicó porque ya tenía formado el propósito de engañarla como la otra vez. Fue en busca del niño. Le llevó a su mujer, que le ocultó junto con Aurora, y el mayordomo sirvió a la reina madre un cabritillo muy tierno, que halló sabrosísimo.
Hasta entonces todo había marchado perfectamente pero una tarde aquella perversa ogra dijo al mayordomo:
-Quiero comerme a la reina aderezada en salsa picante, lo mismo que sus hijos.
El buen hombre quedó aplastado no sabiendo como engañarla. La joven reina tenía veinte años, sin contar los cien que había pasado durmiendo; el pobre funcionario desconfiaba de hallar en el corral una res cuyas carnes fueran semejantes a las de una princesa de tan extraña edad. El mayordomo, para salvar su vida, tomo la resolución de degollar a la reina y subió a su cuarto con la intención de realizar su propósito. No quiso cogerla de sorpresa, y con mucho respeto le dijo cuál era la orden que le había dado la reina madre.
-Cumple tu deber, contesto ella tendiéndole el cuello; ejecuta la orden que te han dado y volveré a ver mis hijos, a mis pobres hijos, a quienes amaba tanto.
Desde que se los habían quitado sin decirle nada, la reina les creía muertos.
-¡No, no, señora!, exclamó el pobre mayordomo muy conmovido; no moriréis, pero no por eso dejaréis de ver a vuestros hijos, pues los veréis en mi casa en donde les he ocultado. 
Llevó en el acto a su habitación y dejó que abrazara a sus hijos y confundiera sus lágrimas con las suyas, mientras él se fue a guisar otro animal, que la ogra se comió a la cena con el mismo apetito que si hubiese sido la reina. Estaba muy satisfecha de su crueldad y se disponía a decir al rey, cuando regresara, que los lobos hambrientos se habían comido a su mujer y sus hijos.
Cierta noche que, según costumbre, rondaba por los patios y corrales del castillo por si olfateaba carne fresca, oyó que su nieto lloraba porque su madre quería pegarle por haber hecho una maldad, y también oyó la vocecita de Aurora, que pedía perdón para su hermano. La ogra reconoció la voz de la reina y de sus dos hijos, y llena de ira por haber sido engañada, ordenó al amanecer del día siguiente, con acento tan espantoso que todo el mundo temblaba, que pusieran en medio del patio un enorme tonel que hizo llenar de sapos, víboras, culebras y serpientes para arrojar en él a la reina, sus hijos y al mayordomo, su mujer y su criada, mandando que los trajeran con las manos atadas a la espalda.
En el patio estaban los infelices, y los verdugos se disponían a echarlos en el tonel, cuando el rey, a quien no se esperaba tan pronto, entró de repente a caballo. Había corrido mucho y preguntó muy admirado qué significaba aquel horrible espectáculo. Nadie se atrevía a contestarle, cuando la ogra, furiosa y llena de miedo al ver lo que pasaba se arrojó de cabeza al tonel y en un instante fue devorada por los asquerosos reptiles que había mandado echar dentro. El rey no dejó de sentir disgusto y pena, pues era su madre, pero pronto se consoló con su hermosa mujer y sus hijos.

Fecha Publicación: 2015-01-08T16:05:00.000-08:00
De cómo la Vida se fue por el mundo
(Cuento Africano del libro: El círculo de la Choza – Ediciones Gaviota)
(Ilustración - Fuente: Internet)




Un día la Vida se fue por el mundo. Caminó, caminó y caminó hasta que encontró un hombre con el cuerpo tan hinchado que apenas podía moverse.
- ¿Quién eres? – preguntó el hombre.
- Soy la Vida.
- Si eres la Vida, quizá puedas devolverme la salud…
- Te devolveré la salud – dijo la Vida - , pero sé que me olvidarás por completo, como a tu enfermedad.
- ¿Cómo podría olvidar? – exclamó el hombre.
- Bueno. Volveré dentro de siete años y ya veremos –dijo la Vida.
Luego echó un poco de polvo del camino en la cabeza del hombre y le curó.
La Vida prosiguió su camino y encontró a un leproso.
- ¿Quién eres? –preguntó el hombre.
- Soy la Vida.
- ¿La Vida? –se extrañó el hombre-. ¡Entonces puedes devolverme la salud!
Sí, puedo –dijo la Vida-. Pero sé que, si lo hago, me olvidarás  por completo, como a tu enfermedad.
-¡No, no lo olvidaré! –prometió el leproso.
- Volveré dentro de siete años y ya veremos –dijo la Vida.
Luego echó polvo del camino en la cabeza del hombre y el leproso quedó curado.
La Vida prosiguió su camino y encontró a un ciego.
- ¿Quién eres? –preguntó el ciego.
- Soy la Vida.
- ¡Ah! ¡La Vida! –exclamó el hombre-. Te lo suplico, devuélveme la vista.
- Te devolveré la vista, pero sé que me olvidarás tan completamente como a tu ceguera – dijo la Vida.
-Jamás lo olvidaré y te estaré agradecido hasta el fin de mis días – prometió el ciego.
- Muy bien. Volveré dentro de siete años y ya veremos- dijo la Vida.
Luego echó polvo del camino en la cabeza del hombre y éste pudo ver.
Pasaron siete años y la Vida se fue otra vez por el mundo. Se hizo pasar por ciego y se dirigió al hombre al que había devuelto la vista.
- ¿Puedo pasar al noche contigo? –preguntó.
- ¡No! –gritó el hombre-. Sigue tu camino. NO quiero saber nada de enfermos como tú.
- ¡Lo predije! – exclamó la Vida - . Hace siete años eras ciego y te devolví la vista. En esa época me dijiste que no me olvidarías jamás ni tampoco tu ceguera.
Luego cogió polvo del camino, lo echó en las huellas de los pasos del miserable ingrato y el hombre quedó ciego de nuevo.
La Vida prosiguió su ruta y fue a ver al leproso que había curado siete años antes. Se transformó en leproso, se acercó a ´le y le preguntó si podía pasar la noche bajo su techo.
- Sigue tu camino – gritó el hombre-, ¡o me contagiarás!
- Lo predije – dijo la Vida- . Hace siete años te curé y me prometiste no olvidarlo jamás.
Cogió polvo del camino y lo echó en las huellas de los pasos del hombre, que volvió a ser leproso.
La Vida prosiguió su camino, infló su cuerpo hasta el punto de no poder ni moverse y fue al encuentro del último de los tres hombres que había curado siete años antes.
-¿Puedo pasar la noche aquí? –preguntó.
- Naturalmente –dijo el hombre-. Entra, entra. Siéntate y te daré de comer. Sé lo mal que debes sentirte porque yo también estuve así. Pero hace siete años, la Vida pasó por aquí y me curó. Me dijo que volvería siete años más tarde. ¿Por qué no la esperas aquí? Quizá te devuelva la salud…
-YO soy la Vida y tú eres el único que he curado y que todavía se acuerda de mí y de su enfermedad. Por ello estarás curado para siempre.
Y luego le dijo:
- La Vida es un perpetuo cambio. La buena suerte se transforma de repente en mala suerte, la pobreza en prosperidad, el amor en odio. ¡Pobre del que  lo olvida y no actúa en consecuencia!

Fin.



Fecha Publicación: 2014-12-05T11:19:00.001-08:00
EL PATO BLANCO
(Cuento Ruso del libro Cuentos de Hadas Rusos)
(Ilustraciones - Fuente: Internet)




Había una  vez un príncipe muy rico y poderoso que se caso con una princesa muy hermosa. Pero no tuvo tiempo para contemplarla, ni tiempo para hablarle, ni tiempo para escucharla,  porque se vio obligado a separarse de ella dejándola bajo la custodia de personas extrañas.

Le aconsejó que mientras el no estuviera no abandone sus habitaciones y que no tuviera tratos con gente mala, que no prestara oídos a malas lenguas y que no hiciera caso a mujeres desconocidas. La princesa prometió hacerlo así y cuando el príncipe se alejó, ella se encerró en sus habitaciones. Allí vivía y nunca salía.

Transcurrió un tiempo más o menos largo, cuando un día, la princesa que estaba sentada en la ventana de su habitación llorando, vio pasar a una vieja.
Era una mujer sencilla de aspecto bondadoso que se detuvo en la ventana y le dijo con voz dulce:

- Querida princesa, ¿por qué estas siempre triste y afligida? Sal de tus habitaciones a contemplar un poco el hermoso mundo o baja a tu jardín y observa las lindas flores, de esa manera disiparás tus penas.

Durante largo tiempo la princesa se negó a seguir aquel consejo y no quería escuchar alas palabras de la mujer; pero al fin pensó: “¿Qué inconveniente ha de haber en el jardín de este palacio? Otra cosa sería pasar el arroyo.”

La princesa ignoraba que aquella mujer era una hechicera y quería perderla porque la envidiaba, de modo que un día la princesa salió al jardín y estuvo escúchanos sus palabras. Cruzaba el jardín un arroyo de aguas cristalinas y la mujer dijo a la princesa:

- Hace un día muy caluroso y el sol quema como fuego, pero este arroyo es fresco y delicioso. ¿Por qué no bañarnos en él?

- ¡Ah! ¡No! – exclamó la princesa. Pero luego pensó: ¿por qué no? ¿Qué inconveniente puede haber en tomar un baño?”

Se quitó el vestido y se metió en el agua entonces la hechicera le toco la espalada con su varita y dijo:

- ¡Ahora nada como un pato blanco!

De esa manera la princesa fue convertida en un pato blanco.
La hechicera se puso enseguida los vestidos de la princesa, se ciñó en la cabeza la diadema y se convirtió en la princesa. Entonces fue a la habitación de la princesa a esperar al príncipe.

En cuanto oyó ladrar el perro y tocar la campanilla de la puerta, corrió a recibirlo, se le arrojó al cuello y lo besó en un abrazo. El príncipe estaba tan radiante de gozo, que fue el primero en abrirle los brazos y ni un momento sospechó que no era su mujer si no una malvada bruja a quién abrazaba.  

Y sucedió que el pato, que como es de suponer era hembra, puso tres huevos, de los que nacieron dos robustos polluelos y uno débil, porque se anticipó a romper la cáscara. Sus hijos empezaron a crecer y ella los criaba con esmero.

Los paseaba a lo largo del río, les enseñaba a pescar pececillos de colores, recogía pedacitos de ropa y les cocía botitas y desde la orilla del arroyo les enseñaba los prados y les decía:

-¡No vayan allá hijos míos! Allá vive la malvada bruja que me hechizó a mí y seguro que los hechizará a ustedes también.

Pero los pequeños no hacían caso de su madre y un día jugaban por la hierba, y otro proseguían hormigas y cada día se alejaban más hasta que llegaron al patio de la princesa. La hechicera los conoció por su instinto y rechinó los dientes de rabia; pero se transformó en una belleza y los llamó al palacio y les dio exquisitos majares y excelentes bebidas. Después de haberlos mandado a dormir, ordenó a sus criados que encendieron fuego en el patio y pusieran a hervir una caldera y afilaran sus cuchillos. Los hermanos dormían, pero el nacido débil no dormía, sino que  veía y escuchaba todo. Y aquella noche la hechicera fue al cuarto que ocupaban los hermanos y dijo:

- ¿Están durmiendo pequeñitos?

Y el más pequeño de los hermanos contestó por sus hermanos:

- No estamos durmiendo pero pensamos que nos quieres hacer pedazos. Las ramas arden y las caldera están hirviendo, los cuchillos están afilados.

- No duermen – dijo la hechicera y se alejó de la puerta. Dios unas vueltas por el palacio y se acercó nuevamente a la puerta:

- ¿Están durmiendo hijos míos?

Y el más pequeño sacó la cabeza de debajo de la almohada y contestó:

- No estamos durmiendo pero pensamos que nos quieres hacer pedazos. Las ramas arden y las caldera están hirviendo, los cuchillos están afilados.

- ¿Cómo es que siempre me contesta la misma voz? – pensó la hechicera- Voy a ver.

Abrió la puerta poco a poco y miró y vio que dos de los hermosos estaban profundamente dormidos. Entonces los mató a los tres.

Al día siguiente, el pato blanco empezó a llamar a sus hijos, pero sus queridos hijos no contestaron a su llamado. Enseguida sospechó que lago malo había sucedido. Se estremeció de miedo y voló al patio de la princesa, donde tan blancos como pañuelos blancos, tan fríos como peces escamados yacían uno al lado del otro los tres hermanitos. Voló sobre ellos, agitó desesperadamente sus alas, daba vueltas en torno a sus hijos y gritaba con voz maternal:

“¡Cuá, cuá, cuá, mis queridos hijitos¡
¡Cuá, cuá, cuá, mis tiernos pichoncitos¡
Yo bajo mis alas siempre los protegí
Y el pan de mi boca solícita les di.
Por verlos felices yo nunca dormía
Pensando en ustedes noche y día.

El príncipe oyó aquellos lamentos  y llamó a la hechicera, a la que creía su esposa.

-¿Mujer, has oído eso, eso tan terrible?

- Debe de ser tu imaginación ¡EH, criados! ¡Arrojad ese pato del patio!
Los criados salieron a ahuyentar al pato, pero éste volaba dando vueltas sin parar de gritar:

“¡Cuá, cuá, cuá, mis queridos hijitos!
¡Cuá, cuá, cuá mis tiernos pichoncitos!
Causó su ruina la vieja hechicera,
La astuta serpiente, la gran embustera.
Que bajo la hierba se arrastra cruel.
Ella a su padre, mi marido fiel,
Nos quitó y a un río nos ha condenado
Y en blancos patitos nos ha transformado.
Vistiendo su crimen de falso oropel,
Para que lo ignoren mi amado fiel.”

El príncipe comprendió entonces que en todo aquello había un gran misterio y gritó:

- ¡Tráiganme inmediatamente a ese pato blanco!

Todos se apresuraron a obedecer, pero el pato estaba girando en círculos y nadie lo podía coger. Por fin salió el mismo príncipe a la galería y el ave voló a sus manos y cayó a sus pies. El príncipe la cogió suavemente pro las alas y le dijo:

- ¡Blanca abedul ponte detrás y hermosa dama ponte delante!

Al momento, el pato blanco volvió a tomara la forma de la bellísima princesa, entonces el príncipe dio órdenes para que fueran a buscar  un frasco de agua de vida y del habla al nido de la urraca.  Roció a sus hijos con el agua de vida y se movieron, luego los roció con agua del habla y empezaron a hablar. El príncipe se vio rodeado de sus hijos sanos y salvos y todos vivieron felices, practicando el bien y evitando el mal.

Pero a la bruja, por orden del príncipe, la ataron a la cola de un caballo que la arrastró por la inmensa estepa. Las aves del aire le arrancaron la carne a picotazos y los vientos del cielo esparcieron sus huesos y no quedó de ella ni vestigios ni memoria.

Fin.



Fecha Publicación: 2014-11-11T17:45:00.001-08:00

LA INVERNADA DE LOS ANIMALES
(Cuento Ruso)
(Del libro Cuentos populares Rusos de Aleksandr Nikolaevich Afanas’ev)
(Ilustración - Fuente: http://vanesegura.blogspot.com/2010/09/casita-en-la-nieve.html)

Había una vez un toro que pasaba por un bosque y se encontró con un cordero.
-¿Adónde vas, Cordero? -le preguntó.
-Busco un refugio para resguardarme del frío en el invierno que se aproxima -contestó el Cordero.
-Pues vamos juntos a buscar.
Continuaron andando los dos y se encontraron con un cerdo.
-¿Adónde vas, Cerdo? -preguntó el Toro.
-Busco un refugio para el crudo invierno -contestó el Cerdo.
-Pues ven con nosotros.
Siguieron andando los tres y de pronto se les acercó un ganso.
-¿Adónde vas, Ganso? -le preguntó el Toro.
-Voy buscando un refugio para el invierno -contestó el Ganso.
-Pues síguenos.
Y el ganso caminó con ellos. Anduvieron un ratito y tropezaron con un gallo.
-¿Adónde vas Gallo? -le preguntó el Toro.
-Busco un refugio para invernar -contestó el Gallo.
-Pues todos buscamos lo mismo. Síguenos -repuso el Toro.
Y juntos los cinco siguieron el camino, hablando entre sí.
-¿Qué haremos? El invierno está empezando y ya se sienten los vientos fríos. ¿Dónde encontraremos un albergue para todos?
Entonces el Toro les propuso:
- Que les parece si entre todos construimos una cabaña, porque si no, es seguro que nos helaremos en la primera noche fría. Si trabajamos todos, pronto la veremos hecha.
Pero el Cordero repuso:
-Yo tengo un abrigo muy calentito. ¡Miren qué lana! Podré invernar sin necesidad de una cabaña.
El Cerdo dijo a su vez:
-A mí el frío no me preocupa; me esconderé entre la tierra y no necesitaré otro refugio.
El Ganso dijo:
-Pues yo me sentaré entre las ramas de un abeto, un ala me servirá de cama y la otra de manta, y no habrá frío capaz de molestarme; no necesito, pues, trabajar en la cabaña.
El Gallo exclamó:
-¿Acaso no tengo yo también alas para preservarme contra el frío? Podré invernar muy bien al descubierto.
El Toro, viendo que no podía contar con la ayuda de sus compañeros y que tendría que trabajar solo, les dijo:
-Pues bien, como quieran; yo me haré una casita bien caliente que me resguardará; pero ya que la hago yo solo, no vengan luego a pedirme amparo.
Y poniendo en práctica su idea, construyó una cabaña y se estableció en ella.
Pronto llegó el invierno, y cada día que pasaba el frío se hacía más intenso. Entonces el Cordero fue a pedir albergue al Toro, diciéndole:
-Déjame entrar, amigo Toro, para calentarme un poquito.
-No, Cordero; tú tienes un buen abrigo en tu lana y puedes invernar al descubierto. No me supliques más, porque no te dejaré entrar.
-Pues si no me dejas entrar -contestó el Cordero- daré un topetazo con toda mi fuerza y derribaré una viga de tu cabaña y pasarás frío como yo.
El Toro reflexionó un rato y se dijo: «Lo dejaré entrar, porque si no, será peor para mí».
Y dejó entrar al Cordero. Al poco rato el Cerdo, que estaba helado de frío, vino a su vez a pedir albergue al Toro.
-Déjame entrar, amigo, tengo frío.
-No. Tú puedes esconderte entre la tierra y de ese modo invernar sin tener frío.
-Pues si no me dejas entrar hozaré con mi hocico el pie de los postes que sostienen tu cabaña y se caerá.
No hubo más remedio que dejar entrar al Cerdo. Luego vinieron el Ganso y el Gallo a pedir protección.
-Déjanos entrar, buen Toro; tenemos mucho frío.
-No, amigos míos; tiene cada uno un par de alas que les sirven de cama y de manta para pasar el invierno calentitos.
-Si no me dejas entrar -dijo el Ganso- arrancaré todo el musgo que tapa las rendijas de las paredes y ya verás el frío que va a hacer en tu cabaña.
-¿No me dejas entrar? -exclamó el Gallo-. Pues me subiré sobre la cabaña y con las patas echaré abajo toda la tierra que cubre el techo.
El Toro no pudo hacer otra cosa sino dar alojamiento al Ganso y al Gallo. Se reunieron, pues, los cinco compañeros, y el Gallo, cuando se hubo calentado, empezó a cantar sus canciones.
Una zorra que andaba cerca, al oírlo cantar al gallo, se le abrió un apetito enorme y sintió deseos de darse un banquete con su carne; pero se quedó pensando en el modo de cazarlo. Entonces fue rápidamente a buscar  a sus amigos. Cuando encontró al oso y al lobo les dijo:
-Queridos amigos: he encontrado una cabaña en la que hay un excelente botín para los tres. Para ti, Oso, un toro; para ti, Lobo, un cordero, y para mí, un gallo.
-Muy bien, amigo -le contestaron ambos-. No olvidaremos nunca tus buenos servicios; llévanos pronto adonde sea para matarlos y comérnoslos.
La Zorra los condujo a la cabaña y el Oso dijo al Lobo:
-Ve tú delante.
Pero éste repuso:
-No. Tú eres más fuerte que yo. Ve tú delante.
El Oso se dejó convencer y se dirigió hacia la entrada de la cabaña; pero apenas había entrado en ella, el Toro embistió y lo clavó con sus cuernos a la pared; el Cordero le dio un fuerte topetazo en el vientre que le hizo caer al suelo; el Cerdo empezó a arrancarle los pelos uno por uno; el Ganso le picoteaba los ojos y no lo dejaba defenderse, y mientras tanto, el Gallo, sentado en una viga, gritaba a grito pelado:
-¡Déjamelo a mí! ¡Déjamelo a mí!
El Lobo y la Zorra, al oír aquel grito guerrero, se asustaron y echaron a correr. El Oso, con gran dificultad, se libró de sus enemigos, y alcanzando al Lobo y a la zorra les contó sus desdichas:
-¡Si supieran lo que me ha ocurrido! En mi vida he pasado un susto semejante! Apenas entré en la cabaña se me echó encima una mujer con un gran tenedor y me clavó a la pared; acudió luego una gran muchedumbre, que empezó a darme golpes, pinchazos y hasta picotazos en los ojos; pero el más terrible de todos era uno que estaba sentado en lo más alto y que no dejaba de gritar: «¡Dejádmelo a mí!». Si ése me llega a coger por su cuenta, seguramente que me ahorca.


Fecha Publicación: 2014-10-17T13:17:00.002-07:00
EL LEON FIEL

(Cuento Congolés)

(Ilustraciones: Gabi Torres)

(Fuente: http://blogsdelagente.com/ilustraciones/2009/03/30/leo) 



Había una vez un jefe de una tribu que era muy cruel con sus súbditos, a los que exigía una obediencia ciega.
Por ello le hacían ofrendas de sus bienes más preciado y al llegar la noche, aunque están muy cansados, bailaban para él.
Un día, uno de sus súbditos se rebeló: ya no quería someterse a tantas órdenes y decidió irse a la sabana.

- Serás presa fácil de los animales salvajes – le dijeron sus amigos.

- Un hombre inteligente siempre consigue hallar una solución. Prefiero morir antes que continuar viviendo sin libertad.

Decidió no escuchar más los consejos de sus amigos, tomó la lanza y dejó la aldea. Enfadado como estaba, se marchó en el acto y vivió algunos días en la sabana, alimentándose de lo que cazaba y pagando su sed con el agua del río.

Un día, la hierba empezó a ondularse y de los arbustos salió un león enorme.
El hombre agarró su lanza y esperó a que el león se moviera.
Cuál no sería su sorpresa cuando la fiera no lo atacó, sino que se paró y, gimiendo, le tendió la pata. Entonces el hombre se percató de que el animal estaba herido y que se le había clavado una larga espina.

“El león es un poderoso enemigo –pensó el hombre-, pero ayudar a un enemigo caído es una prueba de nobleza. Debo superar mi miedo”

Dominó el terror que sentía y se aproximó lentamente, paso a paso.
Dejó la lanza sobre la hierba, se arrodilló delante del león y le sacó delicadamente la espina. A continuación, vendó la herida con un trozo de tela que arrancó de su propia camisa.

El león, que valoró que el hombre lo hubiera ayudado, rugió como muestra de agradecimiento y ya no lo abandonó.
Una vez que estuvo curado, cazó junto a su salvador y la amistad entre el hombre y el animal se fue haciendo cada día más y más grande.

Al cabo de algunos meses, el hombre y el león decidieron regresar a la aldea. Los habitantes, aterrorizados por la fiera, se escondieron en los alrededores, pero el hombre les dijo que no tenían nada que temer. El león no haría daño a la gente buena, solo estaba ahí para castigar al tirano.

El jefe de la tribu, al percibir que había llegado su hora, huyó a todo correr y no regresó nunca más a la aldea. 
Desde ese día, todos vivieron con honestidad y justicia. El león protegía la aldea de los invasores y cazaba en compañía de su amigo, los animales necesarios para alimentar a su gente.



Fecha Publicación: 2014-09-07T09:32:00.000-07:00

POR QUE EL BUHO TIENE LOS OJOS GRANDES
 (Una leyenda iroqués)
(Ilustración: Maja Lindberg) 
(Fuente:http://majali-designillustration.blogspot.com/)


Raweno, el espíritu que lo hace todo, estaba muy ocupado creando animales.
Esta tarde, estaba trabajando en el conejo.
- “¿Puedo tener patas largas y bonitas y orejas grandes como las del venado?” -preguntó el conejo. -“¿Y afilados colmillos y garras como los de la pantera?”.
-
“Por supuesto,” -dijo Raweno.
 Pero no había hecho nada más que moldear las patas traseras del conejo cuando fue interrumpido por el búho.

-“Whoo, whoo.  Raweno quiero un cuello largo y bonito como el del cisne” - exigió el búho -“Y unas hermosas plumas rojas como las del cardenal, un pico largo como el de la garceta y una cresta real de plumas como la de la garza. Quiero que me convierta en la más veloz y hermosa de todas las aves.”

-“Cállate,” -dijo Raweno- “Sabes que supuestamente nadie debe verme trabajando. 
¡Date la vuelta y cierra los ojos que ahora estoy ocupado con el conejo!”

Raweno siguió entonces modelando las orejas del conejo. Las hizo largas y alertas, exactamente como las del venado. De pronto  el búho volvió a interrumpir:

-“Whoo, whoo,” -dijo el búho- “Nadie puede prohibirme mirar. No me daré vuelta ni cerraré los ojos. Me gusta mirar y miraré.”

Entonces Raweno se enfadó. Olvidándose de las patas delanteras del conejo, cogió al búho que estaba en su rama, y lo sacudió con todas sus fuerzas.

Los ojos del búho se volvieron grandes y redondos de miedo.
Raweno presionó hacia abajo la cabeza del búho y jaló sus orejas hacia arriba hasta que quedaron paradas en ambos lados de su cabeza.

-“¡Ya está!” -dijo Raweno- “Ahora tienes unas orejas lo suficiente grandes para que escuches cuando alguien te dice lo que tienes que hacer, y un cuello tan corto que no podrás estirar la cabeza para ver lo que no deberías ver. Y tus ojos son grandes pero sólo podrás utilizarlos de noche, no de día, cuando estoy trabajando. Y finalmente, como castigo por tu desobediencia, tus plumas no serán rojas como las del cardenal, sino grises, como las que tienes”.
 Y frotó al búho por todo el cuerpo con lodo.

Después, regresó a terminar el conejo. Pero, ¿a dónde se había ido? La ira de Raweno había asustado tanto al pobre conejo que había huido, sin haber sido acabado. Hasta el día de hoy, el conejo debe brincar con sus patas disparejas y se ha quedado asustado, porque nunca recibió los colmillos y garras que había pedido. En cuanto al búho, él se quedó como Raweno lo moldeó en un momento de ira—con los ojos grandes, un cuello corto, orejas grandes y la capacidad para ver sólo de noche, cuando Raweno no está trabajando.



Fecha Publicación: 2014-08-12T12:11:00.001-07:00

EL CORDERO QUE TENIA LA LANA DORADA

(Cuento de Idries Shah)
(Ilustraciones: Daniela Márquez Belloni)
 (Fuente: http://danielamarquezb.blogspot.com)

Había una vez un hombre pobre que tenía un hijo. Cuando este creció su padre le envió a buscar un trabajo. El chico viajó buscando un lugar donde poder trabajar y al fin encontró a un hombre que le dio uno como pastor.
Al día siguiente su patrón le dio una flauta y le envió con las ovejas para ver si el trabajo era apropiado para él. El muchacho no descansó en todo el día. Al contrario que otros chicos perezosos, llevó las ovejas de un lado a otro mientras tocaba la flauta.
Entre las ovejas había un cordero de lana dorada que cuando oía la flauta se ponía a bailar. El muchacho le tomó mucho cariño y decidió que no pediría a su patrón más paga que aquel corderito.
Al anochecer volvió a casa, el amo esperaba en la puerta y cuando vio a todas las ovejas y bien alimentadas, quedó muy complacido, por lo que empezó a negociar la paga con el muchacho. Este le dijo que no quería más que al cordero de lana dorada. Al granjero también le gustaba mucho el cordero, pero acabó prometiéndoselo, aunque de mala gana, al ver lo buen pastor que era el muchacho.
Así pasó un año, al cabo del cual el muchacho recibió al cordero como paga y partió con él. Caía la noche cuando llegaron a un pueblo y fueron a una posada a pasar la noche. En la casa había una muchacha que cuando vio la cordero con la lana dorada decidió robarlo. A mediada noche se acercó a él, pero en el momento que tocó el cordero se quedó pegada firmemente a su lana, así que cuando el chico se levantó, la encontró pegada en el cordero. No pudo separarlos, y como no quería abandonar su cordero se los llevó a los dos.
Cuando pasó por delante de la tercera puerta desde la casa donde había pasado la noche, sacó su flauta y empezó a tocar. Entonces el cordero empezó a bailar, y la muchacha pegada a su lana también.
A la vuelta de la esquina una mujer estaba metiendo el pan en el horno; de pronto vio al cordero bailando y, pegado a él, la muchacha. Cogiendo la pala del panadero para asustar a la muchacha salió corriendo y gritando "vuelve a casa y deja de hacer el tonteras". Como la chica seguía bailando, la mujer gritó, "¿qué, que no me vas a obedecer?" y le dio un golpe en la espalda con la pala, que en el mismo momento se pegó a la chica, por lo que la mujer se quedó pegada a la pala, que estaba pegada a la chica, y esta al cordero de lana dorada. Y con todos ellos el muchacho partió.
Siguiendo su camino llegaron a la Iglesia. El muchacho empezó a tocar de nuevo y el cordero comenzó a bailar y pegada a la lana la chica, y en la espalda de la chica la pala y al final de la pala, la mujer. En un momento el cura salió de la iglesia y al ver lo que pasaba, empezó a regañarles y mandarles no hacer tonterías e irse a casa. Como las palabras no hacían efecto, él golpeó sonoramente a la mujer en la espalda con su bastón, pero, para su sorpresa, el bastó se pegó a la mujer y el se quedó pegado al extremo del bastón.
Con esta divertida compañía, el muchacho continuó su viaje; era de noche cuando llegó a la capital del reino y buscó alojamiento en casa de una anciana mujer. ¿Qué noticias hay por aquí? Preguntó el pastor. La anciana le contó que sucedía una gran desgracia; la hija del rey estaba muy enferma y ningún médico podía curarla, pero si alguien podía hacerla reír se pondría bien inmediatamente. Nadie había podido aún hacerla sonreír y tanto era así que el rey había hecho un anuncio, proclamando que el que hiciera reír a su hija la tomaría por esposa y compartiría el poder real.
El muchacho a duras penas pudo esperar hasta la mañana siguiente, estaba muy ansioso de probar su suerte. Por la mañana se presentó al rey, explicó sus deseos y fue recibido amablemente. La hija del rey estaba en la entrada del palacio triste; el pastor entonces comenzó a tocar la flauta. El cordero de lana dorada se puso a bailar, pegado a su lana la chica, en la espalda de la chica la pala, al final de la pala la mujer, en la espalda de la mujer el bastón y al final del bastón, el cura.
Cuando la princesa vio esto rompió a reír, lo cual puso al cordero de lana dorada tan contento que sacudió todo del lomo, y el cordero despegó así a la chica, la mujer y el cura y  empezaron a bailar por su cuenta muy contentos.
El rey casó a su hija con el pastor, el cura fue nombrado capellán de la corte, la mujer panadera real y la chica dama de compañía de la princesa.

La boda duró siete días con sus respectivas noches y todo el país estaba desbordado de alegría, y si las cuerdas de los violines no se hubiesen roto ¡aún estarían bailando!

Fin.

Fecha Publicación: 2014-07-09T12:46:00.000-07:00
POR QUÉ LA GARZA TIENE EL CUELLO TORCIDO
(Cuento Africano)
(Ilustracion - Fuente: Internet)
Un día soleado en la sabana, un chacal se moría de hambre porque no encontraba nada que comer. De pronto vio una paloma que volaba sobre él. El chacal, gritándole le dijo: 
- ¡Oye, paloma, tengo hambre. Tírame a una de tus crías!
- No quiero que te comas a una de mis crías - dijo la paloma.
- Entonces volaré hasta donde ti, y te comeré a ti también.-  contestó el chacal. 
Asustada la paloma, dejó caer a una de sus crías, y el chacal se escapó con ella entre sus tientes. Al día siguiente, el chacal amenazó a la paloma con el mismo destino, y otro bebé pájaro bajó a su garganta.
La mamá paloma lloraba sin consuelo hasta que pasó una garza y al verle llorando le preguntó :
-¿Por qué lloras? 
- ¡Lloro por mis pobres bebés! - contestó la paloma - Si yo no se los doy al chacal, él volará hasta aquí y me devorará también. 
- Eres un pájaro tonto, - replicó la garza - ¿Cómo puede volar hasta aquí si no tiene alas? No debes hacer caso de sus tontas amenazas. 
Al día siguiente, cuando volvió el chacal, la paloma se negó a darle otra de sus crías. 
- La garza me ha dicho que usted no puede volar - le dijo.
- Que la garza tan entrometida! - murmuró el chacal - ya verá como me las paga por tener la lengua tan larga. 
El chacal encontró a la garza que buscaba ranas en un estanque y entonces le dijo: 
- Oye Garza, con ese cuello tan lago que tienes, ¿que haces para evitar que se te rompa por la mitad cuando sopla el viento? 
- Lo bajo un poco-  dijo la garza, a la vez que bajaba un poco su cuello.
- ¿Y ¿cuándo el viento sopla más fuerte? 
- Entonces lo bajo un poco más.- dijo la garza, bajando un poco más su cuello.
- ¿Y ¿cuándo hay un gran vendaval? 
- Entonces lo bajo aún más - dijo la el pájaro tonto bajando la cabeza hasta el borde del agua del estanque.

Entonces, el chacal saltó sobre su cuello y sonó un crujido muy fuerte y se lo rompió  por la mitad. Y dicen que desde ese día, la garza tiene el cuello torcido.
Fin.

Fecha Publicación: 2014-06-09T18:07:00.001-07:00
EL QUIRQUINCHO QUE QUERIA SER MUSICO

(Cuento popular Boliviano)
(Ilustraciones: Tamara Phillips) 
(Fuente: http://culturacolectiva.com/las-ilustraciones-psicodelicas-de-tamara-phillips/ )

Hace muchísimos años, nació en Bolivia, en los arenales de Oruro, un quirquincho de duro caparazón. 
Se pasaba la vida tumbado junto a un gran peñasco, escuchando la música de la naturaleza, pues le encantaba oír los silbidos del viento y la melodía  que hacen el río y la lluvia al acariciar  la tierra. 

Pero lo que más le gustaba era escuchar el croar de las ranas después de la tormenta. El quirquincho se detenía bajo los juncos a oír el canto de las ranas, que croaban bajo el sol, y algunas veces se emocionaba hasta tal punto que se echaba a llorar.

- ¡Cómo me gustaría cantar así! – suspiraba, y entonces las ranas rompían a reír.

- ¡Menudo tonto! – decían – Nunca aprenderás a cantar como nosotras. ¿No ves que no eres más que un pobre quirquincho?

Aunque lo que se proponían las ranas era humillar al quirquincho, el quirquincho no se molestaba, pues el tono con que las ranas se burlaban de él le parecía tan armonioso que incluso las palabras más feas le sonaban hermosas.

Un día, cuando el quirquincho escuchaba el silbido del viento, pasó por su lado un hombre cargado con una jaula. La jaula estaba llena de canarios que revoloteaban y trinaban sin parar y su canto era tan hermoso que el quirquincho tembló de emoción. Nunca en la vida había oído una música tan bella. Los trinos de aquellos pajaritos eran como resplandecientes rayos de sol. El quirquincho se habría pasado la vida entera oyéndolos, así que siguió al pajarero por los arenales.

Al poco, el hombre pasó junto a la charca de las ranas, que estaban tomando el sol. Al oír a los canarios, las ranas empezaron a burlarse.

- Esos pajarracos se pavonean de sus voces – dijo una rana de color amarillento, que era muy orgullosa – pero no son más que sapos con alas. Nosotras cantamos mucho mejor…

Entonces, las ranas volvieron a entonar su monótona cantinela. Pero por una vez, el quirquincho no las escuchó embobado, y siguió caminando tras los pájaros. Pensaba con ilusión que tal vez los canarios le enseñarían a cantar…

-¡Vaya con ese tonto quirquincho! – exclamó la rana de color amarillo - ¿Crees que vas a cantar como un canario? ¡no tienes pico, y se necesita un pico para cantar como un pájaro…!

A pesar de que la arena caliente le lastimaba las patitas, el armadillo siguió adelante. Tanía tantas ganas de aprender a cantar que ni siquiera notaba el cansancio. Pero, como era muy lento, al final acabó por quedarse atrás. El hombre de la jaula se distanciaba, y los trinos de los canarios se perdieron a lo lejos…

El quirquincho se puso muy triste. Había perdido su oportunidad de aprender a cantar. Y, para colmo de males, estaba anocheciendo…El camino de vuelta se le iba a hacer muy largo. Pero al poco de echar a andar, el quirquincho vio que , no muy lejos de allá, se hallaba la casa de Mamani, el hechicero. La luz brillaba en su choza, lo que quería decir que el brujo estaba despierto. El quirquincho decidió ir a verlo: a lo mejor él podía ayudarle…

- Mamani – le dijo al hechicero -, tú que eres tan sabio ¿podrías enseñarme a cantar como un canario?

Mamani pensó que era ridículo que un quirquincho quisiera cantar como un canario. Pero el animal le pareció tan ingenuo que en vez de reírse, sintió cierta ternura.

- Puedo enseñarte a cantar si quieres, y lo harás mejor que los canarios. Pero, a cambio, tendrás que pagarme con tu vida.

El quirquincho se estremeció. La vida era un precio muy alto. Seguramente, no hay nada más valioso en el mundo, pues, cuando uno pierde la vida, ya no la puede recuperar. Sin embargo, le apetecía tanto aprender a cantar que aceptó el trato.

- Está bien – dijo - . Enséñame a cantar y te pagaré con la vida.

- De acuerdo. Pero primero tendré que cobrar por mi trabajo – exigió el hechicero.

-¿Cómo voy a pagarte antes de que me enseñes a cantar? ¡No podré cantar si me quitas la vida…!

Al día siguiente, las ranas que están en la charca oyeron una música preciosa. Todas salieron a ver quién estaba cantando, y descubrieron al hechicero Mamani a la orilla de la charca. Pero no era él quien cantaba. La música salía de un instrumento de cuerda que el brujo estaba tañendo con sus manos: era una de esas pequeñas guitarritas que en Bolivia y Perú llaman “Charango”. 

Mamani había fabricado el instrumento con el duro caparazón del quirquincho. Ahora, el quirquincho estaba muerto, pero había conseguido lo que tanto deseaba: de su cuerpo salía por fin una música conmovedora, más hermosa que los trinos de los canarios y el croar de las ranas.




Fecha Publicación: 2014-05-09T10:05:00.004-07:00

 EL DIABLO Y SU ABUELA
(Cuento popular anónimo)
(Ilustraciones: Alex Pelayo  
Fuente: 
http://www.cachumbambe.com)

Cuentan que hace mucho tiempo hubo una gran guerra para la cual el Rey había reclutado muchas tropas. Pero les pagaba muy poco a los soldados, y no podían vivir de ello, así que tres hombres decidieron desertar.
El primer soldado dijo:

-Si nos atrapan, nos ahorcarán. ¿Cómo podremos escapar?

El segundo respondió:

-¿Ven aquel gran campo de trigo? Si nos ocultamos en él, nadie nos encontrará. 

El ejército no puede entrar allí, y mañana temprano se marchará.
Entonces con mucho cuidado y sin que nadie los vea, se metieron en el trigal; pero la tropa no se marchó a la mañana siguiente, contra lo previsto, continuó acampando por aquellos alrededores.
Los desertores permanecieron ocultos durante dos días con sus noches, sintiendo que estaban a punto de morir de hambre. Y si salían, su muerte era segura.
Entonces, dijo uno de los soldados:

-¡De qué nos ha servido desertar, nos vamos a morir aquí miserablemente!

Inesperadamente llegó volando por los aires y escupiendo fuego, un dragón que se posó junto a ellos y les preguntó por qué se habían ocultado allí.
Los soldados asustados le respondieron:

-Somos soldados, y hemos desertado por lo escaso de la paga. Pero si continuamos aquí, moriremos de hambre; y si salimos, nos ahorcarán.

-Si están dispuestos a servirme por espacio de siete años -dijo el dragón- los conduciré a través del ejército de manera que no sean vistos por nadie.

-No tenemos otra alternativa. Aceptamos ­ - respondieron los soldados.

El dragón los cogió con sus garras y los elevó por los aires, volando por encima del ejército,  y cuando volaron una gran distancia el dragón los bajó al suelo. Pero lo que los soldados no sabían era que aquel dragón era el diablo disfrazado. 
Entonces el dragón les dio un látigo y les dijo:

-Hagan restallar este látigo, y caerá tanto dinero como pidan. Podrán vivir como grandes señores, tener caballos e ir en coche. Pero cuando hayan pasado los siete años, serán míos.

Luego sacó un libro rojo muy grande, lo abrió y los obligó a firmar en él.

-De todos modos -les dijo el dragón -, antes de llevármelos les plantearé un acertijo, y si son capaces de descifrarlo, quedarán libres, y ya ningún poder tendré sobre ustedes, pero si no lo adivinan, me los llevaré para siempre.

El dragón se alejó volando, y ellos, haciendo restallar el látigo, enseguida tuvieron dinero en abundancia.
Encargaron lujosos vestidos y se fueron a recorrer mundo. En todas partes vivían muy bien, tenían caballos y coches, comían y bebían, pero sin hacer nunca nada malo.

Pasó el tiempo rápidamente, y cuando ya los sietes años llegaban a su fin, dos de ellos empezaron a sentirse angustiados y temerosos. El tercero, en cambio, se lo tomaba a broma, diciendo:

-No teman, hermanos; yo no soy tonto y adivinaré el acertijo.

Los dos soldados preocupados salieron al campo y se sentaron sobre una roca al lado del camino, estaban muy tristes. El tercer soldado, en cambio, se sentó también con ellos pero se veía optimista y alegre.
De pronto pasó por ahí una vieja y les preguntó el motivo de su tristeza.

-¡Bah! ¿Para qué contárselo? Tampoco podrá arreglar nada.

-¿Quién sabe? -respondió la vieja-. ¡Tal vez pueda ayudar!

Los dos soldados le contaron todo a la vieja, que habían sido criados del diablo por espacio de casi siete años, recibiendo de él dinero a chorros; mas para ello habían debido firmar en un gran libro que le pertenecían y se le entregarían si, transcurridos los siete años, no lograban descifrar un enigma que él les propondría.
Dijo entonces la vieja:

-Si quieren que los ayude, uno de ustedes debe irse al bosque. Llegará a un muro de rocas derruido, que tiene el aspecto de una casita. Que entre allí y hallará el remedio.

Los dos pesimistas pensaron: «Esto no nos ha de salvar», y siguieron sentados. Pero el tercero, siempre animoso, se puso en camino, bosque adentro, hasta que llegó a la choza de piedras. En su interior había una mujer más vieja que Matusalén, que era la abuela del diablo, y al ver al hombre le preguntó de dónde venía y qué quería.

El joven le contó todo lo que le había ocurrido, y, como le fue simpático a la vieja, ésta se compadeció de él y le dijo que estaba dispuesta a ayudarlo. Apartando una gran piedra que cerraba la entrada de una bodega le dijo:

-Escóndete aquí -le ordenó-; podrás oír todo lo que hablemos mi nieto y yo; tú permaneces quieto, sin moverte ni chistar. Cuando llegue el dragón, le preguntaré por el enigma y me lo dirá todo. Escucha bien sus respuestas por que no las volverá a repetir.

A las doce de la noche llegó el dragón volando y pidió la cena. La abuela puso la mesa y sirvió las viandas y bebidas, procurando satisfacerlo.
Ella también, se sentó a comer con su nieto  y comieron y bebieron juntos. Durante la conversación, la abuela le preguntó cómo había pasado el día y cuántas almas había conquistado.

-Hoy he tenido mala pata -respondió el diablo-; pero hay tres soldados que no se me escaparán.

-¡Ah, tres soldados! -replicó la vieja-. Esos no son tontos, aún se te pueden escapar.

Pero el diablo dijo, irónico:

-Son míos y no se escaparán porque les plantearé un acertijo que jamás serán capaces de descifrar.

-¿Y qué acertijo es? -preguntó ella.

-Te lo diré: "En el Mar del Norte hay un caballo marino muerto, que será su asado; y el costillaje de una ballena será su cuchara de plata; y un viejo casco de caballo hueco será su copa de vino". – y al decir esto, se rió con una risa macabra y espantosa.

Cuando el diablo se acostó, quitó la abuela la piedra, dejando salir al soldado.

-¿Tomaste buena nota de todo? – le dijo en un susurro.

-Sí -respondió él-. Me acuerdo de cada palabra.

Luego de agradecerle se marchó por la ventana y fue a reunirse con sus amigos por un camino distinto, a toda prisa. Cuando llegó hasta ellos, les contó cómo el diablo había sido engañado por su abuela y cómo había oído, de sus propios labios, la solución del acertijo.

Los tres soldados se pusieron muy contentos y, haciendo restallar el látigo, acumularon tanto dinero que se les saltaba por el suelo.
En el momento en que terminaban los siete años, se presentó el diablo con su libro y, les mostró  sus firmas diciendo:

-Voy a llevarlos al infierno conmigo, donde se celebrará un banquete. Si son capaces de adivinar el asado que se les servirá, quedarán libres, y, además, podrán quedarse con el látigo.
Respondió el primer soldado:


-En el Mar del Norte hay un caballo marino muerto. Éste será el asado.

El diablo se irritó y refunfuñando  preguntó al segundo:

-¿Y cuál será vuestra cuchara?

-El costillaje de una ballena, ésa será nuestra cuchara de plata.

Torció el diablo el gesto y, volviendo a refunfuñar se dirigió al tercero:

-¿Saben también cuál ha de ser vuestra copa de vino?

-Un viejo casco de caballo, ésa será nuestra copa de vino.

Al oír esto, el diablo soltó una palabrota y desapareció , perdió todo poder sobre ellos.

Cuentan que los soldados se quedaron con el látigo, con el cual tuvieron una vida cómoda y  feliz por el resto de sus días.

Fin.

Fecha Publicación: 2014-04-05T20:01:00.002-07:00

RICITOS DE ORO Y LOS TRES OSOS

(Cuento de los hermanos Grimm)
(Ilustraciones – Fuente: Internet)

En medio de un bonito y florido bosque, había una preciosa casa en la que vivían 3 osos: Papá oso, mamá osa y el pequeño osito. Un día tras hacer las camas, limpiar la casa y hacer la sopa para la cena, los tres ositos fueron a pasear por el bosque.

Mientras los ositos estaban caminado por el bosque, una niña llamada Ricitos de Oro salió a pasear y recoger flores frescas.
En su camino encontró una casa muy hermosa. Se acercó atraída por su belleza y se asomó por la ventana. Todo parecía muy ordenado y limpio y olvidándose de la buena educación que su madre le había enseñado, la niña decidió entrar. Al ver la casa tan acogedora, Ricitos de Oro curioseó todo lo que pudo. Pero al cabo de un rato sintió hambre gracias al olor que venía de los platos con sopa puestos en la mesa. Se acercó y vio que habían tres tazones. Uno grande, uno mediano y otro pequeño. Y otra vez sin hacer caso a la educación que le habían enseñado, la niña se lanzó a probar la sopa. Comenzó por el tazón grande, pero al probarlo, sintió la sopa demasiado caliente. Probó el mediano y le pareció que la sopa estaba demasiado fría. Por  último probó el tazón más pequeño y la sopa estaba como a ella le gustaba. Entonces sin aguantar el antojo se la tomó toda.

Cuando se terminó la sopa, Ricitos de Oro vio tres sillas que se veían muy cómodas. Una grande, una mediana y otra pequeña. La niña quiso probarlas y se subió a la silla grande pero estaba demasiado dura parra ella. Luego se sentó en la silla mediana y le pareció demasiado blanda. Y decidió sentarse en la silla  más pequeña que le resultó comodísima. Pero la sillita no estaba acostumbrada a llevar tanto peso y poco a poco el asiendo fue cediendo y se rompió. Ricitos de Oro terminó sentada en el suelo.

Es entonces que decide subir a la habitación de arriba y al entrar se queda asombrada al ver las tres camas que habían allí. Una grande, una mediana y otra pequeña. Probó la cama grande pero era muy alta y dura. La cama mediana estaba muy baja y blanda y la cama pequeña era tan mullidita y cómoda que se quedó totalmente dormida.

Mientras Ricitos de Oro dormía profundamente, llegaron los 3 ositos a la casa y nada más al entrar el oso grande vio su cuchara dentro de el tazón y dijo:

- ¡Alguien ha probado mi sopa!

Mamá osa también vio su cuchara dentro del tazón y dijo:

- ¡Alguien ha probado mi sopa!

Y el osito pequeño dijo con voz apesadumbrada:
- ¡Alguien ha probado mi sopa y se la ha tomado toda!

Luego pasaron al salón y papá oso dijo:

- ¡Alguien se ha sentado en mi silla!

Mamá osa dijo :

- ¡Alguien se ha sentado en mi silla!

Y el osito pequeño dijo con vos chillona:

- ¡Alguien se ha sentado en mi silla y la ha roto!

Al ver que allí no había nadie, decidieron subir a la habitación y ver si el ladrón de su comida se encontraba todavía en el interior de la casa. Al entrar papá oso dijo:

- ¡Alguien se ha acostado en mi cama!

Mamá osa dijo:

- ¡Alguien se ha acostado en mi cama!

Y el osito pequeño dijo asombrado:

- ¡Alguien se ha acostado en mi cama …y todavía sigue ahí!

Entonces los tres osos se acercaron a la cama del osito y observaron a Ricitos de Oro, que en sueños oía las voces pensando que eran en su imaginación. De pronto Ricitos de Oro abrió los ojos y de un salto salió de la cama mientras los osos la observaban, y salió corriendo asustada hacia su casa sin parar a mirar hacia atrás un solo instante.

Desde ese día Ricitos de Oro juró nunca volver a entrar en casa ajena y menos aún sin pedir permiso.

Fin.



Fecha Publicación: 2014-03-06T08:31:00.004-08:00
EL BUHO
(Cuento Saharaui)
(Ilustración - Fuente: Internet)


Había una vez un hombre saharaui que, como era costumbre, todas las mañanas llevaba su rebaño para venderlo en el zoco junto con otros pastores.

Viajaban juntos, pero como el rebaño de este hombre era muy grande, avanzaban despacio. Un día sus compañeros de viaje le dijeron: 

—Mientras lleves tantos corderos no podremos viajar juntos, no llegaremos nunca. 

Entonces, el hombre sin decir nada, tomo su camello y empujando a su rebaño se fue.
Estuvo andando y andando hasta que llegó a un lugar que no estaba muy lejos de donde había partido. Atardecía ya y apareció un búho gritando y saltando a su alrededor y el hombre le dijo:

— ¿Qué pasa, a caso quieres comprarme estos corderos? 

El búho dio un grito y se calló.
Entonces el hombre dijo:

— ¿A qué precio los vas a comprar? 

El búho respondió con otro grito.
 
—De acuerdo, te los vendo por este precio – dijo el hombre y de nuevo el búho contestó con un grito.

—Vendré a verte dentro de un mes para que de des el pago acordado.  No lo olvides, dentro de un mes.

El búho dio un grito por última vez y se alejó volando.

El hombre pasó la noche allí estaba muy cansado para volver, además era tarde ya.
Al  día siguiente regresó donde estaban sus amigos, quienes al verlo le preguntaron: 

— ¿Dónde está tu rebaño? ¿Qué has hecho con él? 

—Se lo vendí todo a un búho que me encontré —explicó. 

— ¿Qué? —insistieron sus sorprendidos amigos. 

—Pues sí, se lo he vendido a un búho, 

Los amigos no creyeron nada de lo que el hombre les contaba y decidieron ir en busca del rebaño. 

— ¿Dónde van? —les preguntó—. No encontrarán nada, ya les he dicho que le vendí a un búho mi rebaño. 

Sus amigos no hicieron caso y fueron a buscar el rebaño. 
Al llegar donde estaba el búho sólo vieron los huesos y la lana. No quedaba ni un cordero vivo y regresaron sorprendidos. No podían creer que el hombre haya sido tan tonto. 

Pasaron los días y al llegar el día en que se cumplía un mes de la venta, montó el hombre en su camello y
partió en busca del búho. 

Lo encontró en el lugar acordado y  entonces le pregunto:
 
— ¿Has preparado lo que me debes? 

El búho gritó y empezó a volar. El hombre salió cabalgando detrás de él.
Cada vez que lo alcanzaba, el búho levantaba el vuelo y volvía a esperar que lo alcanzase.
De este modo llegaron ante una recóndita cueva y el búho penetró en ella.
El hombre desmontó su camello para seguirle y lo encontró posado encima de una piedra grande y plana.
Al acercarse vio por una rendija que debajo había una tinaja llena de monedas de oro. 

El hombre la cogió y el búho se marchó volando. Entonces empezó a contar las monedas hasta que reunió la cantidad acordada con el búho por el rebaño. Luego, volvió a dejar la tinaja con el resto de las monedas debajo de la piedra y se marchó. 

Al llegar junto a su familia, ésta se quedó sorprendida y quiso saber dónde estaba la cueva. El hombre les dijo:

—Yo tengo el dinero que me debía el búho. Nunca les enseñaré el lugar donde encontré las monedas. 

Sin embargo, no le hicieron ningún caso y, movidos por la ambición, salieron en su búsqueda.
Pero no encontraron ni rastro de la cueva ni de la tinaja. 

— ¡Qué tontos han sido! —les recriminó—. Aunque removieran el cielo y la tierra jamás encontraríais ese lugar.


Y si alguien no cree esta historia entonces que vaya allá y trate de encontrar aquel lugar.

Fecha Publicación: 2014-02-11T15:16:00.000-08:00
LA MONTAÑA DONDE SE ABANDONABAN A LOS ANCIANOS
(Cuento popular de Japón)
(Ilustración - Fuente: Internet)
Había una vez, hace mucho, mucho tiempo, una pequeña región montañosa dónde tenían la costumbre de abandonar a los ancianos al pie de un monte lejano. Creían que cuando se cumplían los sesenta años dejaban de ser útiles, por lo que no podían preocuparse más de ellos. 

En una pequeña casa de un pueblecito perdido, había un campesino que acababa de cumplir los sesenta años. Durante todos estos años había cuidado la tierra, se había casado y había tenido un hijo. Después había enviudado y su hijo también se casó, dándole dos preciosos nietos. A su hijo le dio mucha pena, pero no podía desobedecer las estrictas órdenes que le había dado su señor. Así que se acercó a su padre y le dijo:

- Padre, los siento mucho, pero el señor de estas tierras nos ha ordenado que debemos llevar a la montaña todos los mayores de sesenta años. 

- Tranquilo hijo, lo entiendo. Debes hacer lo que el señor diga -, contestó el anciano lleno de tristeza.

Así que el joven se cargó al viejo a la espalda, ya que a su padre ya le era difícil caminar por el bosque, e inició el viaje hacia las montañas. Mientras iban caminando, el joven se fijo que su padre dejaba caer pequeñas ramas que iba rompiendo. El joven creyó que quería marcar el camino para poder volver a casa pero cuando le preguntó, el anciano le dijo: 

- No lo estoy haciendo para mi, hijo. Vamos a un lugar lejano y escondido, y sería un desastre que te desorientases y no pudieses volver. Así que he pensado que si iba dejando ramitas por el camino seguro que no te perderías.
Al oír estas palabras el joven se emocionó con la generosidad de su padre. Pero continuó caminando porqué no podía desobedecer al señor de esas tierras.
 
Cuando finalmente llegaron al pie de la montaña, el hijo, con el corazón hecho pedazos, dejó allí a su padre. Para volver decidió utilizar otra ruta, pero se hacía de noche y no conseguía encontrar el camino de vuelta. Así que retrocedió sobre sus pasos y cuando llegó junto a su padre le rogó que le indicara por dónde tenía que ir. Se volvió a cargar a su padre a la espalda y, siguiendo las indicaciones del anciano, empezó a cruzar el valle por el que habían venido.
 Gracias a las ramitas rotas que el viejo había dejado por el camino, pudieron llegar a su casa. Toda la familia se puso muy contenta cuando vieron de nuevo al anciano. Entonces, el joven decidió esconderlo debajo los tablones del suelo de su cabaña para que nadie lo viese y no le obligasen a llevárselo otra vez. El señor del país, que era bastante caprichoso, a veces pedía a sus súbditos que hiciesen cosas muy difíciles. Un día, reunió a todos los campesinos del pueblo y les dijo:

- Quiero que cada uno de vosotros me traiga una cuerda tejida con ceniza.
Todos los campesinos se quedaron muy preocupados. ¿Cómo podían tejer una cuerda con ceniza? ¡Era imposible! El joven campesino volvió a su casa y le pidió consejo a su padre, que continuaba escondido bajo los tablones.

- Mira -, le explicó el anciano-, lo que tienes que hacer es trenzar una cuerda apretando mucho los hilos. Luego debes quemarla hasta que solo queden cenizas.
El joven hizo lo que su padre le había aconsejado y llevó la cuerda de ceniza a su señor. Nadie más había conseguido cumplir con la difícil tarea. Así que el joven campesino recibió muchas felicitaciones y alabanzas de su señor.

Otro día, el señor volvió a convocar a los hombres de la aldea. Esta vez les ordenó a todos llevarle una concha atravesada por un hilo. El joven campesino se volvió a desesperar. ¡No sabía cómo se podía atravesar una concha! Así que, cuando llegó a casa, volvió a preguntar a su padre lo que debía hacer y éste le contestó:

- Coge una concha y orienta su punta hacia la luz- explicó el anciano-. Después coge un hilo y engánchale un grano de arroz. Entonces dale el grano de arroz a una hormiga y haz que camine sobre la superficie de la concha. Así conseguirás que el hilo pase de un lado al otro de la concha. El hijo siguió las instrucciones de su padre y así pudo llevar la concha ante el señor de esas tierras. El señor se quedó muy impresionado:

- Estoy orgulloso de tener gente tan inteligente como tu en mis tierras. ¿Como es que eres tan sabio? – le preguntó el señor.
El joven decidió contestarle toda la verdad:

- Veréis señor, debo ser sincero. Yo debería haber abandonado a mi padre porqué ya era mayor, pero me dio pena y no lo hice. Las tareas que nos encomendó eran tan difíciles que solo se me ocurrió preguntar a mi padre. Él me explicó como debía hacerlo y yo os he traído los resultados. 
Cuando el señor escuchó toda la historia, se quedó impresionado y se dio cuenta de la sabiduría de las personas mayores. Por eso se levantó y dijo: 

- Este campesino y su padre me han demostrado el valor de las personas mayores. Debemos tenerles respeto y por eso, a partir de ahora, ningún anciano deberá ser abandonado. Y a partir de entonces los ancianos del pueblo mayores de 60 años continuaron viviendo con sus familias,  ayudándolos con la sabiduría que habían acumulado a lo largo de toda su vida.



Fecha Publicación: 2014-01-07T16:55:00.002-08:00
EL TIGRE, EL SABIO Y EL CHACAL
(Cuento popular indio)
(Ilustraciones - Fuente : Internet)
En un pueblo de la India había un tigre que por las noches se metía en los corrales y se comía los corderos y las ovejas de la gente.

Un día, consiguieron encerrarlo en una jaula de bambú y la gente se quedó tranquila, porque ya no podría atacar a sus animales. 

Un día pasó un viejo sabio cerca de la jaula. El tigre le dijo que tenía mucha sed y le suplicó que lo dejara salir para ir a beber al río. 



- Si te libero, me comerás – dijo el viejo sabio.



- No viejo sabio, no te comeré. Todo lo contrario, te estaré muy agradecido y te obedeceré en todo. Sólo iré a beber agua al río y volveré a mi jaula. Te lo prometo. 



El sabio se quedó pensativo por unos momentos. Pensó que el tigre decía la verdad y le abrió la jaula.
Entonces, el tigre, que estaba más hambriento que sediento, saltó sobre el sabio con la boca abierta mientras le decía: 



- ¡Oh! viejo sabio, has sido muy inocente con dejarme salir. ¡Ahora te comeré!



- No es justo, esto! Yo te he liberado y ahora tu me quieres comer! Me has prometido que no lo harías. Hemos hecho un pacto. ¡No es justo!



- Sí que es justo. ¡Tengo derecho a comerte! – replicó el tigre.



- Pero yo he confiado en ti – respondió el sabio - Haremos una cosa. Preguntaremos a los tres primeros seres vivos que pasen por aquí si es justo que me comas. Si todos dicen que si, no pondré resistencia y me podrás comer. Pero si sólo uno de ellos dijera que no es justo, no me tocarás ni un pelo! 



- Ummm.... De acuerdo – dijo el tigre. Pero que sea rápido, eh? Que tengo mucha hambre. 



Por allí pasaba un buey. El sabio y el tigre se le acercaron.



- Hola, amigo buey. Tenemos una duda y te la queremos consultar. Este tigre estaba prisionero en una jaula y me ha pedido que lo liberara para ir a beber agua. Me prometió que no me comería, pero después de liberarlo quiere comerme. Crees que es justo? 



- Cuando era joven, trabajaba de sol a sol en el campo. Tiraba de la carreta todo el día, para que mi amo labrara el campo. Pero ahora que soy viejo, me ha echado de casa porque ya no sirvo para trabajar. Los hombres no son justos…Tigre, te lo puedes comer.



La boca del tigre se llenó de saliva. No lo pudo evitar y volvió a saltar sobre el viejo. ¡Tenía mucha, mucha hambre!



-¡Un momento! – dijo el sabio - Hemos acordado que le preguntaríamos a tres seres vivos y este era solo el primero. 



- De acuerdo, de acuerdo - dijo el tigre - Pero vayamos rápido, ¡que hace días que no como nada! 



Entonces pasaron por debajo de un mango. El sabio se dirigió a él:
- Amigo mango. ¿Tú piensas que es justo que este tigre me coma después que lo haya liberado de una jaula donde estaba preso? Me prometió que no lo haría y ahora me quiere comer ¿Tu que opinas?

El mango hizo un movimiento con las ramas y contestó:



- A los hombres les gusto en primavera y en verano, cuando comen mis frutos y vienen a yacer bajo mis ramas para dormir. Pero en invierno, me cortan las ramas y me calan fuego. No me hables de justicia. Yo creo que estás en tu derecho de comértelo, tigre. 



Nuevamente, el tigre saltó sobre el viejo sabio. Pero este le recordó que sólo le habían preguntado a dos seres y que todavía faltaba uno. 


Entonces se cruzaron con un chacal. Cuando le plantearon la duda, el chacal dijo: 



- Uff…. pues es que soy un poco tonto y no puedo imaginar las cosas si no las veo. 



- Es muy fácil - dijo el tigre - Yo estaba encerrado en una jaula de bambú…



- ¿En una jaula?- lo interrumpió el chaca - Y cómo era?



- ¡Pues una jaula de bambú normal!

como cualquier jaula – dijo el tigre que comenzaba a impacientarse.

- Es que si no la veo, no los podré ayudar – respondió el chacal.



Entonces se dirigieron a hacia la jaula y el sabio se la mostró. 



- El tigre estaba encerrado en esta jaula y me pidió que lo liberara 
- explicó 
el sabio.


- ¿Encerrado? ¿Encerrado cómo?- preguntó el chacal



- ¡Mira que llegas a ser tonto, chacal! ¡Estaba dentro de la jaula con la puerta cerrada!

- Pero,  ¿encerrado? ¿cómo encerrado? – preguntó nuevamente el chacal.

- Si que eres un tonto y un bruto chacal, encerrado ¡así! dijo el tigre mientras entraba en la jaula y cerraba la puerta. 

Y se quedó encerrado otra vez. 



– ¡Ostras! ¡Estoy otra vez encerrado! ¡Ábranme  la puerta, déjenme salir!!! – exclamaba el tigre sin parar. 



- Bueno tigre, ahora si que puedo imaginar como estabas. Espero que nunca seas tan tonto como yo - dijo el chacal.


Y él y el sabio se alejaron de la jaula dejando encerrado al tigre para siempre.