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La mec�nica de los agujeros
Reconoc� en mi abuela una tensi�n extra�a. Hablaba y sus palabras, sus ideas parec�an alargarse como el chicle cuando lo estiramos, estar siendo jaladas de sus labios a trav�s de su cara, bajo la piel, detr�s de su nariz, por dentro de su cr�neo hacia arriba y hacia un lado, diagonalmente, y sus ojos celestes parec�an estar siendo jalados con ellas porque se perd�an ambos hacia arriba y hacia atr�s, y entonces lo que dec�a era mucho y trataba de su pasado. Es de lo �nico que habla. Nos explicaba de La Punta y del Callao y de los tranv�as. Nos contaba algunas verdades, pero todo parec�a, como sus palabras, alargado, estirado desde las geograf�as donde est� lo real hasta aquellas verduscas, fucsias, amarillentas donde reside lo otro, aquello que usualmente acabamos prefiriendo.
Disfrut� sobre todas de dos de sus an�cdotas. En la primera ella hab�a fundado la Cruz Roja, a�n muy joven, magn�nima y devota, y en la segunda, en medio de una celebraci�n delirante, en plena avenida Grau, el mismo Haya de la Torre hab�a descendido de un veh�culo, vitoreado por las masas, y le hab�a encomendado la crianza de Alan Garc�a. Y me gustaron tanto sus historias y pens� que no era esa niebla, que tambi�n llamamos demencia, lo que la fatigaba. Quiz�s debemos postular otro modelo y considerar su devaneo como el efecto de un motor macabro, no de un desfallecimiento.
Yo imagino la muerte como un gigantesco agujero, que nos llama y que consecuentemente nosotros perseguimos, que tinta no s�lo los �ltimos tiempos que tenemos sino todos, cada vez m�s, manifest�ndose cuando ya est� muy cerca con gracias similares a las que reconoc� en mi abuela, de 98 a�os. Imagino adem�s m�ltiples agujeros, literales y figurados. Imagino que cada agujero tuerce seg�n sus caprichosos par�metros el tejido de la cultura y de la memoria �me copio de Einstein- elaborando as� cada una de nuestras pulsiones, e imagino un supremo director de arte encargado de disponer estos agujeros en un plano del hiperespacio, utilizando metodolog�as ignotas y matem�ticas futuras, y creo que la interacci�n, las distancias (si acaso ese concepto sigue siendo v�lido), las empat�as y los desprecios entre estos agujeros nos definen.
Siempre me gustaron estos agujeros. No me quejo. Me persiguen con su fuego y con su silencio, cada uno a su manera. Ans�an chuparme la esencia, hacerme feliz o tornarme inmortal. Ans�an mi cuerpo y lo detienen, en otros casos lo propulsan: lo arrojan sobre terrenos hostiles y yo he dispuesto no rendirme hasta descubrir el mecanismo tras su juego, la risa que comparten. Quiero penetrar el �gora Cr�nica, aquel espacio donde todos mis agujeros se encuentran en perenne tertulia, bebiendo vodka fr�o y comiendo papas fritas con sal, y no quiero mellar a ninguno de ellos, pues son parte de m�. Que no se piense que les tengo recelo. Ya lo dije: siempre me gustaron los agujeros.

Como dos abismos imantados y voraces, cada noche cantan para m� las vaginas y la muerte.
Window shopper

Rondo, rondamos como extra�as mareas. Repletas de congoja o sal, sue�os, reunidas en un alma com�n, azules muchedumbres atestan las avenidas. Las cruzamos cuando se arrecian: entonces son permeables y di�fanas y se conforman de �tomos s�per excitados. Claras multitudes en un sem�foro, experiencias de la mala ciudad: miles de cabezas verdes e hirsutas que me parecen canicas transl�cidas nadando ca�ticas en un oc�ano refrescante y car�simo de agua Perrier.
Y no encontramos nada, alguien en ellas que nos detenga. Caminamos entre mujeres oscuras, hermosas melod�as pop y objetos de menos valor. Curioseamos: participamos de esta vida ajena y notamos el humor dulce del cuerpo abochornado que nos acompa�a en el ascensor, la l�nea delicada de su vestido c�lido y c�mo delinea aquella cintura fina mientras esas piernas llevan a la chica, deliciosamente, fuera del aparato met�lico y de nuestro alcance. Luego lo olvidamos todo y aquello, aquel olvido que es l�vido y est� prendido a la seda rosada que lo envolvi�, es todo lo que es esto: mirar pero nunca recoger.
En Memorias de Adriano, traducida al castellano por Cort�zar, Marguerite Yourcenar interpreta las opiniones de Adriano sobre un joven romano que ha penetrado en su vida. Nos dice de Lucio Ceyonio:
Lo miraba vivir. Mi opini�n sobre �l se modificaba de continuo, cosa que s�lo sucede con aquellos seres que nos tocan de cerca; a los dem�s nos contentamos con juzgarlos en general y de una vez por todas. Rondo y observo, busco poseer la total templanza de los ascetas. Ni soy como Adriano ni soy un asceta; r�pidamente me corrompo, salto, caigo sobre el mundo: opino, incido, beso. Finalmente no logro nada, defino y olvido. Iba el otro d�a, andaba por una tienda de ropa y vi una negra, perfecta casaca. Era corta y delgada, como yo la quer�a, y una hebilla gruesa y hostil cerraba el cuello duramente, seca y vibrante como la herramienta de un herrero. Justa, convulsionar�a mi figura. Entonces supe que era para m�.
�Pero deb�a ir a buscarla? �No ser�a, quiz�s, la misma figura?
Acerca de la limpieza

Odio ver comer a todos. Odio el olor de la comida ajena, sus vapores, los ruidos y los ademanes de ellos que la consumen mientras lo hacen, porque nunca son m�s sucios, ni cuando hablan. Odio ver comer a mi t�a, a mi hermano, a mi nonna y a mis amigos. Lo odio porque nunca como entonces son tan simples, tan reales y menospreciables. Odio compartir la mesa con ellos y a veces, acumulada la f�rmula de sus hedores en mi mente, odio que vivamos en el mismo espacio y espero, rezo porque se repita entre nosotros aquello de La Torre de Babel.
Odio la vejez. Mi nonna se ha vuelto un trapo sucio y sabio y repugnante y cada d�a mi mam� es un trapo m�s sucio y m�s sabio y antes de que lo pueda evitar yo tambi�n ser� un trapo sucio, sucio de miel o de escoria o de Inca Kola (no lo sabr�), y encima sabio. Pero yo no quiero ser ni un trapo sucio ni un sabio: yo s�lo quiero ser un no-trapo: cualquier imb�cil l�mpido y aventurero. Seguramente, dentro de muchos breves a�os, y ya trapo, aquellos que me quieran me alejar�n de pistolas, puentes y terrazas y empiezo a aceptar que quiz�s no pueda hacer nada al respecto.
Odio comunicarme y odio esta computadora. Odio la ausencia de ternura y sexo oral en mi vida cotidiana. Odio a mis amigas cuando no me contestan el tel�fono. Odio la econom�a de mercado y tambi�n la econom�a social de mercado. Odio querer hablar con alguien y no poder y lamento la proliferaci�n en la ciudad de todos aquellos con los que jam�s podr� entenderme. Son un ej�rcito gigantesco, un enjambre fabuloso de termitas mucho m�s inclinadas al �xito reproductivo que yo y quisiera derrotarlas, en inferioridad de n�meros, con la misma gracia perfecta con que Napole�n derrot� a Alejandro I en Austerlitz. Esta batalla conforma mi vida, ya lo supe, y, lo s� tambi�n, es mi Waterloo.
Odio la risa que nace de un chiste propio. Odio a cada idiota que cree que comparto su humor y no comprendo a aquellos que comparten el m�o. Yo soy nadie y ellos tambi�n y observ�ndolos re�r, tras el pel�cano movimiento de mis labios, mis hombros, mi d�ctil cintura, no puedo evitar sentir la dulce tentaci�n del amor y la fama, en ese instante no tan distantes, y as� los odio un poco menos a pesar de todo mi sentido com�n y en contra de aquel instinto innombrable, cetrino y asesino y maldito, que podr�a salvarme del olvido.
Odio La vida exagerada de Mart�n Roma�a y odio a los turistas que observ� hoy preguntando, en un castellano boricua y canchero, si les correspond�a obtener un refill de su gaseosa en el McDonald�s. Siento que de alg�n modo son odios muy similares. No entiendo los Sonetos de Orfeo. Odio la noci�n de direcci�n y sentido que parece regir o no regir -en flagrante oposici�n- nuestras vidas y ciudades y lecturas. Pero no propongo aquello milagroso y distinto. No s� nada de esto y s�lo quisiera vivir en un orbe gigantesco y espejado y claro que nos contenga a todos, dormidos e ilusos, so�ando un sue�o conjunto donde el rey sea un gn�stico hippie o a lo mejor el mismo Claudio Ptolomeo.
Odio profundamente las distancias que nos separan.
Retroalimentaci�n positiva
Camino una o dos horas cada d�a. Quiero mucho a mi mam�. Camino una, dos horas. En ocasiones la trato con sanguinario desamor.

Camino hasta el trabajo, vuelvo del trabajo. Camino tambi�n en c�rculos, un Domingo como este. Trazo un circuito tentativo, quiero alcanzar alg�n hito y probablemente no lo alcanzo. Vuelvo a casa. Pienso.
Bertrand Russell record�, al principio de
In praise of idleness, que nos han ense�ado a siempre estar ocupados. Como todo buen ocioso, devor� este texto a penas lo encontr�. Pues no es pecado exclusivo de los creyentes ansiar lo que apuntala sus vicios. Todos buscamos enriquecernos de lo que nos impulsa, sea a la sonrisa, la lluvia, el azul, el contento y el verano, o al agua del water una ma�ana congelada. Russell arranca el texto recordando que nos han ense�ado que existe cierta virtud en el trabajo y cierta malignidad en el ocio. Y mientras caminaba hoy por el Paseo Roosevelt �el lindo Paseo Roosevelt- record� a Russell con algo semejante al cari�o y segu� as�, sin remordimientos ni alegr�as, mi fresco zigzagueo.
Dedico ese par de horas de caminata, cada d�a, a nada salvo pensar libremente. Frecuentemente me pierdo, no concibo c�mo llegu� a cierta idea tajante o radical que si bien me parece genial no sabr�a de qu� manera justificar, y trato de retroceder, recordando todos los ambientes que he recorrido y todo lo otro que pudo influenciarme, buscando ese motivo, la noci�n primaria de la construcci�n aparecida en m�, muy a la manera de Dupin en Los Asesinatos de la Calle Morgue.
Supongo que la creencia de que el ocio es maligno surge justamente de esto: del hecho que en �l es muy f�cil caer en la tentaci�n de la reflexi�n. Cuando pensamos realmente, no siempre arribamos a buen puerto. Com�nmente el muelle es extra�o y desolado y s�rdido, los marineros son seres p�lidos y oscuros que nos poseer�an felices; en ocasiones, como devueltos por una regurgitaci�n enol�gica, los oc�anos est�n rojos y el barco gira en espirales infinitas, sin tierra a la vista; en los casos m�s raros nos recibe, con un Bloody Mary de conchas de abanico en la mano, el recuerdo bueno de una incre�ble o peque�a mujer.
He cre�do que muchos jam�s descubren esto, porque muchos jam�s piensan sin l�mites. Creen que s�lo debemos buscar aquello que no nos trae problemas. La mayor parte de nosotros, adem�s de interesarse por estar ocupados lo m�s posible y luego pensar lo menos posible, cuando s� piensa, lo hace limit�ndose, cortando las emociones, restringiendo la imaginaci�n para neutralizar aquellas pulsiones que los conducir�an fuera de la senda central, el camino claro y virtuoso.
Yo, en cambio, creo en alimentar las pulsiones que me acometen, en seguirlas donde me lleven, hasta todos los rincones de m�. Y as� sucede que llego una tarde, un domingo por la noche a mi casa despu�s de una caminata y aunque me veo como siempre he viajado a cualquier parte. Puedo amar o detestar, indistintamente, a toda la raza humana.
Pocas veces busco encantar a alguien.
�What's Yr Take on Cassavetes"
Sobre la berma, anochecido el d�a, puedo escupirle en la cara a un ni�o muy peque�o y sucio que me pide una limosna. Puedo regocijarme del escupitajo que cuelga ahora de su ojo y tambi�n de su cara humillada, muerta de fr�o, torneada por el tiempo y el futuro; puedo re�rme incluso si es que empieza a llorar desconsoladamente, entre la gente muy correcta que se detiene, no lo toca y lo observa confundida.
Puedo burlarme largamente, re�rme gritando a carcajadas mientras otros me observan, de un ciego, que apostado en los escalones que descienden al Averno, frente al cine Alc�zar, lleva un cartel en el que leo m�s que sorprendido Soy Evidente.
Sin amor, puedo descender inesperadamente con toda la furia de un oficinista sobre cualquier peste urbana. Puedo apuntalar la ira que sufro diariamente, necia, pr�xima al trueno y la paranoia, con toda la angustia de las horas y los d�as y los autom�viles, y despu�s concretarla en un solo zapatazo que reverbera en varios saltos asesinos que descienden todos sobre un lugar: aquella miserable hormiga, ara�a u oruga hasta desaparecerla, hecha un pur� de patas y partes, mimetizada en la inmortal escoria de la gran ciudad.
Puedo escapar, pretender que no amo este pa�s. Puedo olvidar a todas las mujeres. Puedo escribir que hago todo esto y jam�s hacerlo. En esa duda est� el misterio, el motivo de estas notas.

Los p�jaros

Era el jueves por la tarde e iba hacia la casa de Jorge. Estaba intranquilo y nos �bamos a ir a Polvos Azules a comprar pel�culas de terror y zapatillas. Pensaba todo el tiempo, m�s sobre el vac�o de cada bocacalle, en esas ganas sensuales que ten�a de viajar lejos y de quedarme enterrado en el lugar m�s disipado que pudiera alcanzar.
Iba en mi carro, que se llama Satan�s, y lo manejaba como s�lo lo hago cuando voy solo. Jugando a sentir que controlo una verdadera m�quina lo comando con agresividad, con gentil torpeza, busco que suene, que vibre, acelero de m�s en las rectas libres, zigzagueo cuando algo me distrae, casi choco, despu�s doblo con talante, sin astucia, con aquella mesurada imprudencia que nunca luzco cuando tengo alguien m�s conmigo subido en �l, y canto mientras lo hago todo, las malditas melod�as de siempre a voz en cuello y como imitando al m�s grave y s�rdido de todos los cantantes bajos. Yo no le puse el nombre a Satan�s, se lo pusieron las amigas de mi hermano. Persiguieron lograr un chiste y consiguieron algo mucho mejor: un nombre perfecto. Me enorgullezco de Satan�s, aunque sea rojo y lerdo. Lo tolero, lo amo porque es profano, inadecuado, porque en �l he besado y porque en �l he casi muerto.
El asunto es que iba manejando y a unos 40 metros vi dos palomas sobre la pista. Com�an y yo las vi y no les hice caso y segu� pensando en mis delirios de viajante, expandi�ndolos hacia roles exploradores, misioneros y �picos que no se detendr�an en el simple proselitismo, que alcanzar�an la ejemplificaci�n radical, al borde de tornarme en un m�rtir del placer y del ocio. Asum� que escapar�an de Satan�s y sus ruedas de fuego, pero no se movieron. Ya s�lo eran 20 metros cuando las volv� a ver, tales estatuas, y comenc� a frenar. A�n no se movieron. Entonces fren� casi completamente. Pero no se movieron. Me detuve frente a ellas y luego empec� a avanzar, muy lento. No se movieron.
Ya he dicho antes que creo que nuestra mente es la sala de control y nuestro cuerpo una marioneta, una marioneta en la que se impregnan los trazos, las inflexiones, las perversiones del alma. As�, esta se expresa en las formas del cuerpo y como resultado existe nuestra imagen: la concreci�n de nuestra mente en nuestra forma, digamos que nuestro estilo. Yendo no mucho m�s all�, creo que nuestra mente no se detiene en el cuerpo e incorpora m�s elementos a su yugo. Por ejemplo, el auto que manejamos. �l va como nosotros, gira como nosotros: se tropieza, yerra con nosotros.
Esto debe ser obvio para muchos. Sin exagerar, incluso para una pareja de palomas aliment�ndose en el medio de la pista. Entonces es preciso acelerar, s�bitamente, para declarar una vez m�s, envuelto en una nube de plumas, que las apariencias enga�an.
El Lovelub, la maravilla
Sent� la mayor envidia de toda mi vida la noche cuando vi a la chica m�s linda que hab�a visto en toda mi vida. Ella pod�a haber tenido 18 y el pelo rubio y las tetas decentes, y yo ser�a entonces el Justin Timberlake del deseo: aquel amante que represente a casi todos; pero ella tendr�a m�s bien unos 15, el cuerpo agrio y esbelto, el pelo renegrido, los ojos habana y la mirada seca y dura y p�lida, una sonrisa amplia. Yo, menos amable, ten�a 20, unas zapatillas viejas y estaba colmado todav�a de buenas voluntades. Ella en cambio parec�a haber sido derrotada, tan temprano, por la vida, y ese era su mayor atractivo; un odio por todo, necio y prol�fico como un huayco harto de cantos, un odio nocivo pero seductor que yo pude sobrentender en sus cejas superpobladas la pose�a, me condujo instant�neamente a quererla.
La vi primero esperando frente a la farmacia. Yo hab�a comprado algunas bolsas de Se�or Ma�z, que por entonces o para m� eran una maravilla nueva, hab�a cruzado la pista e iba caminando por la vereda opuesta al supermercado. Era mi idea discurrir algo ebrio hasta el malec�n; andar campante como nunca y cruzar sonrisas con los peatones, que asum�a en aquel tiempo no eran m�s que simples criminales, sentir el gozo profundo de la plenitud que le debe conferir a los necios la gigantesca imagen de la cruz pulsando sobre el Morro Solar, cada noche. Me hab�a propuesto -despu�s lo cumpl�- comprar una Pilsen en cada grifo que viera y beberla en el acto y caminar hasta encontrar cierto lugar que hab�a elegido, frente al Marriott, como mi lugar favorito de toda la ciudad. Pero entonces la descubr� y vir�, no segu� derecho por la vereda, esper� un momento dormido en un trance, la mir� en los ojos redondos, detenidos los dos sobre m�, sus amplios ojos creciendo s�bitamente, y no encontr� otro argumento para justificar mi cambio de rumbo que meterme en la farmacia.
Dentro me perd� en la fila de los cepillos de dientes y el enjuague bucal y le� un rato imposible de cuantificar las instrucciones del Listerine. Las le� m�ltiples veces; le� las distribuidoras para cada pa�s mientras pensaba en ella y en c�mo ella, magn�fica, usaba la raya al costado, me dejaba ver sus cejas tajantes, y c�mo unos lentes negros y muy anchos cuadriculaban sus p�mulos. Le�a mientras, tan cerca, hab�a un leve rubor que coloreaba estos p�mulos, altos y cuadrados y delineados. Dejaba el pomo de Listerine y pasaba a la secci�n de los condones sabiendo que ella ten�a los labios burdamente llenos, casi groseros, y que la nariz peque�a la ten�a como un fruto peque�o. Giraba y volv�a por los pasillos, me deten�a otra vez en la secci�n de los condones porque desde all� pod�a verla, enigm�ticamente sostenida sobre la vereda, a trav�s de la ventana esperando algo, como bailando, cuando llevaba una camiseta oscura y el cardigan gigantesco y gris le quedaba casi de abrigo.
Sal� al rato de la farmacia y me detuve a unos pasos de ella. Ten�a yo una bolsa con Panadoles. Los hab�a comprado para, supuestamente, justificar la visita a la farmacia, y cuando hab�a estado en la caja hab�a descubierto junto a m� un pata gigante, un manganz�n de un metro noventa parado frente a la caja contigua. Al momento de observar lo que compraba, siempre curioso, me hab�a re�do al ver que compraba un tubo de Lovelub. Hab�a imaginado que este pata tendr�a muchas amantes, mucho mayores que yo, y hab�a sonre�do ante el deseo de un futuro tal cual para m�. As�, llano y juvenil, con la bolsa de Panadoles en la mano, hab�a estado viendo detenidamente a mi querida mientras pensaba que el mundo pod�a ser justo y que yo un d�a ser�a muy grande y mi vida como una pel�cula porno. Tranquilo, me sent�a confiado. Me sab�a mayor que ella y m�s sabio que ella. Segu� mir�ndola, fulminante, y en pocos segundos ella lo not�. Me hizo as� con la mano;
hola, me sonri�. Y
hola le contest�,
�c�mo est�s? Pero en ese instante sali� el gigante de la tienda, no entendi� la situaci�n, no supo que nos hab�amos saludado dado que no est�bamos demasiado cerca y se acerc� a ella sin notar mi presencia. Sac� el tubo de su bolsa y se lo mostr�, sonriendo. Ella supo que yo lo hab�a visto, me mir� de lado y se sonroj�. Luego el gigante la tom� de la mano y partieron juntos, caminando lentos por Los Manzanos.

Te digo que existe aquel lugar, frente al Marriott, que ya no es mi favorito de toda la ciudad. Pero existe y lo fue. Y en el uno puedo sentarse sobre un muro alto de piedras, una jardinera, y uno puede sentado all� estar muy cerca de los autos que pasan, entrando a Larco desde Armend�riz, sin que ellos sepan que uno esta en ese lugar antes del �ltimo momento. Cuando llega aquel momento, de s�bito aparece el auto, el micro, la combi, y apareces t� para el copiloto, el cobrador, los pasajeros, apareces tan cerca de ellos y repentinamente, sin que lo esperen. Entonces los has observado en la m�s oscura intimidad, tras el vidrio del veh�culo, y ellos abren tremendamente sus ojos, atontados por el placer en tu mirada. Porque la intimidad no s�lo existe en un lugar escondido donde nadie nos ve, sino tambi�n existe en cualquier lugar p�blico donde pensamos que no nos est�n observando, incluso entre muchas personas. Se construye para cada una en la elaboraci�n de un sistema cerrado, sin distinci�n entre objetos animados e inanimados para la construcci�n del cascar�n. Y cuando ocurre que otro nos descubre nadando en ella, suele pasar que temblamos bruscamente, porque de pronto jam�s nos han visto antes as�, desnudados.
Y cuando mucho m�s tarde, despu�s del incidente de la farmacia, yo me sentaba en aquel muro borracho, pensaba en esto y en todas las cosas hermosas que otro -y no yo- le estaba haciendo a esa ni�a, sin que nadie salvo ella y yo y el gigant�n lo supi�ramos. Quise formar parte de su amor secreto y pornogr�fico: yo jam�s hab�a tenido uno as�. Quise espectar a todos los amantes salvajes y sustituirme en ellos y ser el m�s grande de ellos, desnudo como un salvavidas en forma cuando pierde la tanga tras un revolc�n una semana santa, cualquiera como esta, y quise tener los m�sculos gigantes y la quijada dura y los labios m�s suaves de todos para besar apropiadamente a esa chica.
Entonces pas� un carro, un chico de mi edad sac� la cabeza y me grit�, a 20 cent�metros del rostro,
��PAVO, QU� MIRAS!? Sorprendido, no comprend�a a�n.
El cinismo se aprende tras sucesivas observaciones.
Las voluptuosas funciones del vientre

Son las 6 y 45 am y me siento en la silla frente a la computadora y le escribo a Rossana no es un mito, la ma�ana es el mejor momento para hacer caca. Despu�s me disperso un poco, me siento extraviado en los sonidos de Art Decade, mi melodioso y m�nimo amor. Pero ella me responde, azuzando mi mente claro que no, yo prefiero la noche: as� puedo botar toda la mierda de d�a que pude tener. Me sorprendo, Rossana ha dado una respuesta bastante inteligente, pero r�pidamente replico �Ah! Un defeque metaf�rico y l�rico, en ese caso yo te gano� Mis sue�os se componen de deseos tiernos e imposibles. Si fuera mejor hombre, tendr�a sue�os pornogr�ficos y conquistadores; en cambio sue�o que abrazo, que trato de asir todo aquello que no puedo tener. Yo prefiero hacer caca en la ma�ana: as� puedo botar toda la mierda que pude so�ar.
San Gabriel
Camin� por toda la vereda, toda hasta el ubicuo final de ella, a trav�s de los �rboles y escabrosamente bajo el vuelo ciego de los escarabajos que viven en las acequias que rodean el club de golf. Se oscurec�a la tarde bajo cada �rbol y tras cada edificio, r�tmicamente. Todo el tiempo estuve seguro de todo, de que todo era lo que era y de que yo sab�a lo que aquello era, seguro de mi tristeza y seguro de mi alegr�a y seguro de repudiar ciertos miembros de mi cuerpo y otros de mi familia, convencido de amar a las mujeres y al sexo oral y a los besos, contento de saber leer y disgustado con la tentaci�n de escribir.
Me detuve donde se cruzan Pezet y Camino Real y donde al tiempo que parece inaugurarse la civilizaci�n, como con el carraspeo afilado y juicioso que puede volvernos a la realidad en una sala de cine, uno intuye que est� perdiendo aquella presunci�n de tranquilidad, que por un instante ya no es libre entre los espejos incisivos de los edificios muy altos -pero completamente peque�os- y que por otro desea a las mujeres caminando a ritmos ululantes y acepta la tentaci�n ahora tangible y abrupta y alegre de meter mucha plata en el banco para seducirlas sistem�ticamente, andar con ellas, las m�s traicioneras y felices amantes, y que su maquillaje sea MAC y que sus computadoras tambi�n.
Llegu� al final de la vereda y estaba absolutamente envuelto por la m�sica de Nick Cave y ten�a la boca llena de cerdas: cerdas de un cepillo de dientes que en honra a la eficiencia en el gasto compr� a 2 x 1 en la farmacia m�s pr�xima. Mientras lavaba mis dientes, mi r�pida lengua, se hab�an esparcido en mi boca, liberadas de un cepillo efectivamente defectuoso, lacerando mis enc�as y coloreando mi sonrisa con trazos aguados de rojo. Yo las ignoraba y no paraban de aparecer, ahora, surgiendo de entre mis dientes como insidiosa paja. (Aquello que nos limpia tambi�n incide en nosotros.) Pero yo las ignoraba. Parado sobre la esquina gir�, utilic� la pierna derecha como pivote, me deslic� sobre el taco de mis zapatillas negras, acab� mirando el edificio que se encuentra sobre la orilla opuesta de la pista. Curioso dato: he visto ya la muerte en ese margen.
Fue en 1998, calculo, y eran las 7 am de una ma�ana de octubre y yo llegaba trepado en la camioneta que nos llevaba al colegio y nos deten�amos frente a este edificio para recoger a Carolina y a Vicho, los dos hermanos brasileros. Inmediatamente despu�s de parar escuchamos un delicado grito y luego el cuerpo de una mujer estaba descalabrado sobre el suelo de laja de la entrada. Hab�a ca�do del cielo o desde el piso 17 y al momento que toc� el suelo, oh pr�ctico domin�, mi termo de agua cay� sobre el suelo de la camioneta y empez� a mojar mis zapatos.
Yo vi ese cuerpo y en este tiempo pensaba en mis dientes mientras ve�a la construcci�n y sus 17 pisos y recordaba al cuerpo y ve�a otra vez ese cuerpo limpio, perfectamente limpio, puro y pensaba en mis dientes, un momento, luego en ese cuerpo roto, quebrado sobre un escal�n de laja y que estaba siendo cubierto con una s�bana celeste y de entre cuyas pierna corr�a un viscoso hilo de sangre: tal como el hilo que hab�a corrido entre mis enc�as.
Detenido, en ese momento se me acerc� de s�bito una anciana.
Se�or, disculpe� estoy buscando una direcci�n... �usted sabe cual es la primera cuadra de Pezet?
Esta se�ora.
�Esta no es San Gabriel?
Creo que es Pezet.
No se�or, esta es San Gabriel: yo viv�a ac� hace 40 a�os.

M�s all� de la tierra de formas, todo fue otra cosa, todo se ensucia y t� eres lo que acaece, siempre empapado de gloria.
Les foules
Podr�a hacer un comentario sobre el concierto al que fui ayer, pero prefiero usar a Baudelaire, que estaba mucho m�s enfermo que yo.
Il n'est pas donn� � chacun de prendre un bain de multitude : jouir de la foule est un art; et celui-l� seul peut faire, aux d�pens du genre humain, une ribote de vitalit�, � qui une f�e a insuffl� dans son berceau le go�t du travestissement et du masque, la haine du domicile et la passion du voyage.
Multitude, solitude: deux termes �gaux et convertibles pour le po�te actif et f�cond. Qui ne sait pas peupler sa solitude, ne sait pas non plus �tre seul dans une foule affair�e.
Le po�te jouit de cet incomparable privil�ge, qu'il peut � sa guise �tre lui-m�me et autrui. Comme ces �mes errantes qui cherchent un corps, il entre, quand il veut, dans le personnage de chacun. Pour lui seul, tout est vacant; et si de certaines places paraissent lui �tre ferm�es, c'est qu'� ses yeux elles ne valent pas la peine d'�tre visit�es.
Le promeneur solitaire et pensif tire une singuli�re ivresse de cette universelle communion. Celui-l� qui �pouse facilement la foule conna�t des jouissances fi�vreuses, dont seront �ternellement priv�s l'�go�ste, ferm� comme un coffre, et le paresseux, intern� comme un mollusque. Il adopte comme siennes toutes les professions, toutes les joies et toutes les mis�res que la circonstance lui pr�sente.
Ce que les hommes nomment amour est bien petit, bien restreint et bien faible, compar� � cette ineffable orgie, � cette sainte prostitution de l'�me qui se donne tout enti�re, po�sie et charit�, � l'impr�vu qui se montre, � l'inconnu qui passe.
Il est bon d'apprendre quelquefois aux heureux de ce monde, ne f�t-ce que pour humilier un instant leur sot orgueil, qu'il est des bonheurs sup�rieurs au leur, plus vastes et plus raffin�s. Les fondateurs de colonies, les pasteurs de peuples, les pr�tres missionnaires exil�s au bout du monde, connaissent sans doute quelque chose de ces myst�rieuses ivresses; et, au sein de la vaste famille que leur g�nie s'est faite, ils doivent rire quelquefois de ceux qui les plaignent pour leur fortune si agit�s et pour leur vie si chaste.
(Sumergirse en la multitud no es para todos: gozar de la muchedumbre es un arte; una francachela de vitalidad a expensas del g�nero humano y s�lo puede d�rsele uno al que el hada inspir� desde la cuna el gusto del disfraz y la m�scara, el desprecio por el domicilio y la pasi�n por viajar.
Multitud, solitud: t�rminos iguales y convertibles para el poeta activo y fecundo. Quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo en medio de una muchedumbre atareada.
El poeta disfruta de ese incomparable privilegio, porque puede ser �l mismo y otro, seg�n su voluntad. Como almas errantes que buscan un cuerpo, entra cuando quiere en el personaje de cada quien. S�lo para �l, todo est� disponible y si ciertos sitios parecen estarle vedados es que a su criterio no vale la pena visitarlos.
El paseante solitario y pensativo obtiene una singular ebriedad en la comuni�n universal. El que desposa f�cilmente a la multitud conoce febriles alegr�as, de las que eternamente se ver� privado el ego�sta, cerrado como un cofre, y el perezoso, enquistado como un molusco. El adopta todas las profesiones, todas las dichas y todas las miserias que la circunstancia le presenta.
Lo que los hombres llaman amor es demasiado peque�o, demasiado restringido y demasiado d�bil, comparado con la inefable org�a, la santa prostituci�n del alma que se da entera, poes�a y caridad, a lo que imprevistamente aparece, al desconocido que pasa.
A veces es bueno ense�arle a los felices de este mundo, m�s no sea para humillar un instante su est�pido orgullo, que hay una felicidad superior a la suya, m�s vasta y m�s refinada. Los fundadores de colonias, los pastores de pueblos, los sacerdotes misioneros exiliados en el fin del mundo, sin duda algo conocen de esas misteriosas embriagueces; y, en el seno de la vasta familia que su genio cre�, a veces deben re�rse de quienes los compadecen por su suerte, tan agitada, y por su vida, tan casta.)
Mi sexo/cloaca
Cada noche me desnudo. Esta no es distinta a cualquier noche. Salvo porque la gripe me ha endurecido, salvo porque cuando toso tengo un dolor sordo en los ri�ones, esta es una noche cualquiera. En general, ninguna noche en nuestro tiempo epistolar es distinta a cualquier noche. Esta casa, este cuarto c�bico donde he descubierto las maravillas que la disposici�n puede traer, trazando l�neas entre afiches comprados por mi mam� en museos europeos, luz manipulada y mucha pintura azul, persiste a trav�s de las estaciones y mis 23 a�os. La cinta scotch, el tape, mucho papel y muchas palabras escandidas pueden haber hecho m�s por m� que nada y nadie antes.
He llegado de la calle y me desnudo empezando por el torso. El neum�logo, que me prohibi� vanamente el alcohol hace tres a�os, dijo al ver la radiograf�a de mi t�rax que yo tengo aquello opuesto a lo que se llama pecho de paloma, que mi pecho est� hundido, que mi estern�n curvado hacia dentro. Dijo que yo deb�a hacer deporte y yo no lo hice y dijo que jam�s tomara alcohol, que podr�a joderme por siempre. Yo sostengo una cerveza helada y para m� eso no significa nada. Bebo y no significa nada salvo fr�o contento. En todo caso, si algo es, este pecho c�ncavo es la concreci�n material de una alegre incapacidad que tengo para sentir orgullo. Y si eso es, jam�s quiero perderlo.
Seg�n algunos contenemos mensajes en nuestra apariencia (en nuestra pose, nuestros gestos, nuestras medias). Creo firmemente que soy alguien y que lo proyecto y ahora, viendo mi torso desnudo, soy alguien que no comprendo. Entonces me quito el pantal�n, buscando algo m�s, y observo mi cuerpo depilado. Ya me he acostumbrado al pubis desnudo que me procur� otra madrugada con la tijera artesco que no sal�a del caj�n desde 1998. Ya miro mi pene y pienso aquello del mismo mono milenario que se refleja en el espejo y llora.
Tengo una magn�fica erecci�n y recuerdo aquella conversaci�n con C y mis amigos: aquella prueba. Sorprendido, la introduzco suavemente, toda por el medio de un rollo de papel higi�nico que guardo en la mesa de noche. Efectivamente, no baila. Cabe justa. �Debo sonre�r ante esta, la gracia m�s exquisita de mi anatom�a?
Agentes de tr�nsito
Quiz�s mi �nico atractivo sea una honda vulnerabilidad. Una vulnerabilidad evidente y c�mica, cr�nica, profesada, ejercida con un estilo contrito o despabilado, gritada en un canto magro cada d�a y todav�a con m�s efervescencia cada noche.
Entender� vulnerabilidad como la existencia de una v�a abierta en mi despistado exoesqueleto -criatura articulada, como pel�cana: el lugar com�n, la realidad donde reverberan las palabras contra mis articulaciones y t� existes- a trav�s de mi entra�a, mi est�mago, mi coraz�n. Entender� que es una v�a gigantesca, un tanto Appia, carretera de hechos, ruidos y besos, y aceptar� que ahuyenta a no pocos potenciales transe�ntes con su sinuosidad insolente. Otros se internan en ella; entran por esta grieta peque�a, negra, h�meda gruta, bella y enferma locaci�n de todas mis obsesiones (que no son pocas). Por lo dem�s, yo los invito a pasar (te invito a pasar) con alegr�a. Dentro, sonr�o y existo.
En el fin de semana convers� algunas horas con G. G es genial y me encanta conversar con ella, sonr�e muy bien y puedo ser sincero con ella y me divierto. Existen una cuantas personas, pocas, con las que llevo esta relaci�n. Paso d�as en una como vor�gine propia, quiero gritar, y existen pocas personas con las que finalmente puedo ser yo. (Lo �nico otro con lo que puedo ser yo es con el alcohol.) Ellas me conocen, de pronto realmente. Paso d�as en esta vor�gine propia, hermana de la m�s sobria soledad, y todo vuelca en un desahogo muy similar al v�mito que reconozco ego�sta pero que me hace sentir acompa�ado, c�lido. G entra, me siento confortado y luego se va. Llega muy dentro, pero atraviesa totalmente esta carretera, surgiendo del otro lado, acaso ilesa. Pasan semanas, no nos vemos, y yo quiz�s veo a alguna otra de sus iguales. Luego nos volvemos a encontrar y es lo mismo. Algo portentoso representa este ritual; yo, �nicamente por convenci�n y contra mi voluntad, suelo tambi�n llamarlo amistad.
Esta tarde siento una leve nausea. Tengo fiebre. He tomado demasiada cafe�na y me desvanezco. En mi pecho pulsa un ser, con desenfreno, completamente d�bil. No puedo seguir sentado y me abruma una sensaci�n de vac�o y he pensado toda la ma�ana. Pensar, como no dijeron pero seguro entendieron aquellos griegos, es sobre todo un acto temerario, osado al l�mite elegante de la imprudencia. Yo he copiado y tornado en m� aquella figura vieja de la caverna. Adem�s he imaginado mi coraz�n tendido en esta carretera -una carretera que va por el medio de la caverna- y he comprendido que cada ser que la atraviesa no es m�s que otro transe�nte. He aceptado que mis amantes no son otra cosa que estos mismos transe�ntes: he concluido que la �nica forma comparable a mi amor es aquella del hombre que se tropieza cuando cruza la Panamericana Sur un domingo, borracho y confundido, a la altura de Lur�n.
�Buscas t� la sonrisa infinita? Pues deber�s convertirte en un peaje de esta carretera: aquel mortal peaje donde lleg� Sonny Corleone. �Y d�nde subsiste cierta nobleza cuando el contento implica estas astutas maquinaciones criminales? Has visto con tristeza a cada visitante. Nada m�s ineludible, m�s inevitable que el momento m�s profundo de su viaje. Luego, lentamente, inevitablemente comienzan a emerger. Tu momento m�s extra�o: se han ido.

El aterrizaje

He dicho siempre que podr�a morir pronto. Al observar mi vida como una historia, ser�a bello y pat�tico un final tajante, catastr�fico y r�pido que llegue de la manera m�s inapropiada, mientras los sue�os de mi mam� todav�a sean grandes y las esperanzas de mi familia sigan vigentes. Destruir as� mis sue�os y los suyos, incluso los tuyos, con la perfecci�n �rida y azul de la soledad.
Apote�sico, siempre sentir� la tentaci�n de derrumbarme de este vuelo. Ya lo supe demasiado tiempo. Tendr�a s�lo 5 a�os cuando jugaba con canicas y, tras las advertencias de W, comenzaba a sentir la seducci�n maldita, el aliento h�medo y tibio, el perfume del deseo. Met�a entonces la m�s gorda de todas a mi boca, le daba un giro y luego la escup�a, estremecido por la dulzura del terror, la posibilidad de acabar sofocado tras cualquier error en aquella danza.

Quiz�s alg�n d�a identifique al m�s inocente hombre que transita la ciudad, cualquiera por la calle, y caiga sobre �l desde los cielos de mi historia como una bomba infinita. Entonces habr�a un imb�cil menos en la tierra. Yo no sabr�a decir cu�l de los dos.
Despegar en Iggy Pop

Morir asido a una dura garganta en la silenciosa espuma del follaje. Comenzar, escapar. Utilizar su aliento como un l�tigo y un par de jeans peque��simos para encender la ingle. Un polo cuello v, un blazer entallado: dirigirnos muy retro hasta la c�mara mortuoria, abrazarlo, encontrar al amado Iggy fallecido, luego principiar el viaje alucinado de los p�mpanos y el sue�o.
Morir en un cuerpo embellecido por la m�s remota nieve. Entender la vida como un descanso y no esperar nada de la alegr�a salvo ella misma (la sensaci�n misma). Pensar en la muerte como la consecuencia inevitable del �xito. Doblar el cuerpo, ser una grulla, ser la grulla, ser un artr�podo en llamas que esta noche buscara todo lo que quiere y obtendr� todo lo que necesita.
S�lo entonces sabernos due�os de la t�cnica.
Est�magos y corazones
S� me gusta utilizar s�mbolos. S� me entusiasman escasas ceremonias.
Tambi�n me gusta oler un pecho suave de mujer. Me gustan las tetas peque�as, apenas elev�ndose, y los pezones que parecen globos de carnavales sin inflar. Me gusta aquella zona en la base del cuello, la clav�cula, me gusta el lento camino de la boca a trav�s de ellas hasta las axilas humorosas. Me gusta besar esos pezones y acariciarlos levemente con los dedos, oscilan m�s f�cilmente, y me gusta la mueca y los sonidos que pueda hacer una mujer cuando lo haces. Me gusta c�mo te sonr�e y entonces, cuando lo hace, me gusta besarla en la boca cerrada, presionando mis labios en los suyos.
Me gustar�a postular a las tetas como cierta coraza, exoesqueleto del torso (con todas las implicancias, que en este caso no elaborar�) y al torso como la habitaci�n de cierta esencia pulsante donde se localiza primero el dolor y todo lo otro que nos impulsa. Mi ritual ser�a entonces la forma est�pida y sumisa de aproximarme a ella. Adem�s me gustar�a elegir un �rgano -un cuerpo gutural- que acoger�a esta esencia: la sensaci�n de la noche y el deseo; todo lo irracional y avasallante que nos conduce a la locura pr�ctica; la luna dentro, el viento inm�vil. Es muy dif�cil. En este caso es muy dif�cil.
No distingo est�magos y corazones.
Zeitgeist: los hilos, las manecillas
Vi el documental Zeitgeist. Ya lo hab�a visto pero lo volv� a ver a causa de una conversaci�n que tuve con L. Lo volv� a ver y fuera de todo lo que acaso sea acertado, siento que es efectista, cursi..., que est� terriblemente hilado. Pero a pesar de eso es contundente, por momentos pudo inquietarme (particularmente la escena del atentado en el subterr�neo en Madrid) y ninguna de esas es mi mayor observaci�n.
Me interes�, conversando con L, el origen de la b�squeda que reconozco en ella. Existe la clase de hombres -y mujeres- que busca explicaciones y la que no. Ella las busca y por eso, cuando la miro a la cara, reconozco aquella materia inexplicable que condensa sus facciones atada a su cuerpo, sus labios, su nariz, sus dientes, todo en una persona fabulosa.
Yo le dije
me parece que hay una falla en toda la figura propuesta. Si la sociedad es como una pir�mide, se entiende que la mayor�a estamos del lado inferior y que existen, en escalas sucesivas y cada vez m�s peque�as, una sobre otra, individuos que rigen las vidas de aquellos en escalas inferiores. As� hasta la c�spide, donde reside el cen�culo, el jerarca m�ximo. Pero de pronto me parece que el mundo es mucho m�s difuso de lo que nos gusta creer, los caminos de la palabras y las voces y los hechos mucho menos definidos de lo que nos gusta creer. �Has pensado por qu� habr�an de ser contundentemente superiores los caminos de ascenso de la informaci�n en la pir�mide que los de descenso? �Hay alg�n motivo mayor para asumir esto? �Por qu� creer�amos que aquellos en la c�spide tienen los medios para informarse de todo? �Cu�nto se pierde en el camino? �Por que la imagen de aquellos del mundo ser�a m�s precisa que la nuestra? Quiz�s es s�lo distinta. �Siendo pr�cticos, realmente creemos que Alan maneja el Per�, que Obama maneja EEUU? �Realmente creemos que existen las v�as de comunicaci�n, como hilos fabulosos, que permitir�an a un jerarca siniestro -cierto Rockefeller- controlar la humanidad entera? No niego la existencia de una construcci�n con �ndole de pir�mide, s�lo cuestiono la posibilidad de una comunicaci�n efectiva entre los escalafones. Otro d�a, conversando del tema, un t�o me comenta lo siguiente. Yo lo condenso.
Cuando la realidad evita a un ser, lo descarta, lo escinde en pedazos y lo evacua a sus arrabales, tal ser construye una realidad aparte, donde no libre de cualquier conflicto se haya, pues no debe m�s lidiar con lo inadecuado que resulta en la primera. Si de pronto la sociedad nos controla, la cultura nos traza ciertos l�mites, siento que eso no es tan grave. Me distiendo un poco, elijo con alegr�a mis batallas.

La rosa p�rpura del Cairo

1. En general me gustan los finales tristes.
2. Fuera est� lloviendo.
3. Est� lloviendo en oto�o.
4. Esta lloviendo y la realidad est� como en sepia.
5. Miro la tele: Mia Farrow sabe poner la m�s bella cara de cojuda.
6. Yo la amo por eso.
7. Mia Farrow es fabulosa.
8. No es preciso sudar para amar.
9. Mia Farrow.
10. No es preciso entender tampoco.
11. No es preciso tener experiencia para hacer el amor.
12. En cambio s� es preciso saber enga�ar.
13. Enga�ar no es el pecado que nos ense�aron.
14. Nos ense�aron muchas cosas.
15. Una mujer se conquista a trav�s del enga�o.
16. Luego, besar y felar no son favores tan diferentes.
17. Besar puede ser el acto m�s tierno.
18. Felar puede serlo a�n m�s.
19. Besar tambi�n puede ser asqueroso.
20. Algunas mujeres besan asqueroso.
21. Otras felan con aparente desidia.
22. De pronto t� y yo besamos muy mal.
23. Nunca nos lo dir�n.
24. Todos perderemos amores a manos de labios mejores.
25. Vuelvo a la tele: Mia Farrow ha roto un plato.
26. Mia Farrow.
27. Mia Farrow.
28. Esta pel�cula se la recomend� a una chica.
29. Me parec�a bonita y me sigue pareciendo bonita.
30. Estoy bastante seguro de que no lo es.
31. Esta pel�cula se la recomend� a una chica.
32. Llor� vi�ndola.
33. No son la misma chica.
34. Se la recomend� a muchas chicas.
35. Me la recomend� a m� una chica.
36. Debo salir en busca de s�mbolos propios.
Sergio Marcelo Coiffure

Como en ese cap�tulo de Seinfeld, de esa cala�a es mi relaci�n con Sergio Marcelo. Pero tomemos en cuenta que yo no soy totalmente Jerry Seinfeld, que tengo un poco de Woody Allen tambi�n, otro poco de Bill Cosby y otro (a�n) de Edgar Allan Poe.
Sergio Marcelo es un poco ese tipo de peluquero que podr�amos llamar barbero. Quiz�s algo m�s moderno, pero no mucho. Tiene guayabera blanca y banda de jebe. Tiene sillas de cuero blanco, que podr�an ser parte de la escenograf�a de Grease, y sabe re�rse de si mismo con m�s agudeza que del resto. Yo lo aliento, busco torcerlo
Sergio, �deja salir a la loca argentina que hay en ti! pero Sergio Marcelo es mesurado y cosechado, aprista viejo, toma el caf� con elegancia, las piernas cruzadas mientras espera, oli�ndolo, y est� muy orgulloso de sus hijos, una doctora y un ingeniero. En otras palabras: no cambiar�.
He querido dejarlo, cambiarlo por alguien m�s joven y con mejores manos. En ocasiones me he atrevido a sacarle la vuelta. (Aquella vez en Guayaquil.) He querido dejarlo y jam�s me atrever�. Por tanto me pliego a �l, lo incorporo en m�. Es much�simo m�s f�cil ser abandonado.
Sustituir la sensaci�n
Conservo muchos mundos en m�.
Mi primer universo se compone de margaritas e incakolas de botella de vidrio. Contiene un parque y todas las hojas amarillas regadas en la pista. Un viaje al sur, una ma�ana corriendo cuesta abajo por el desierto characato. Incluye much�simas borracheras, mi pelo, largo y bonito, en aquel tiempo como el de una mujer, y un franco deseo de persistir. Comprende (sobre todo) una secci�n amplia de Miraflores cerca de los malecones y otra de Barranco, m�s nocturna, sucia y hoy poco recordada. En esos d�as The Selfish Gene me hizo m�s triste que nunca y gracias a una mononucleosis descubr� el placer de no hablar en una semana. Pero muri�, de alg�n modo empez� a morir una tarde en las galer�as de la avenida Brasil.
Mi segundo universo fue manchado por el primero. Obsesionado con su limpieza, lo embadurn� de sublimes blancos para que pareciera una Tierra Bald�a, si no un p�ramo nevado y est�ril y perfecto. Me enorgullec� del resultado. Luego lo lav� con cerveza y aflor� el asfalto, contrapuesto a la sierra como una navaja, enemigo del quechua y el llanto. En los momentos cuando no estuve ebrio �los menos- vagu� y vagu� y vagu� y descubr� muchas personas inglesas que sufrieron el fr�o, la soledad y el contento espor�dico entre el 78 y el 84. Principalmente en Manchester, tambi�n en Berlin. Por esa �poca tambi�n le� el Bestiario, Las eleg�as de Duino y toda la saga de Fundaci�n. Aprend� a sentarme en una banca con tranquilidad, mirar los p�jaros y las gentes, y supe c�mo dormir s�lo 4 horas cada noche.
Poco original, mi tercer universo tambi�n se construy� alrededor de sublimes, s�lo que sublimes galleta. Y lo quise construir mucho y se demor� en erigirse porque era much�simo m�s complejo. (En general, cada universo fue m�s fabuloso que el anterior.) Ya com�a millones de sublimes galleta sin que se hubiera puesta la primera piedra -lo entiendo ahora como un pavor barroco- y para pasarlos me compr� proporcionales millones de botellas de dasani citrus. Sin embargo beb� much�simo menos cerveza, baj� de peso y me volv� un sujeto l�nguido y locuaz, que no escatimaba en sumergir su cuchara donde pudiera, que empez� a amar la atenci�n de los otros al punto de aceptar el deseo de ser el due�o, el supremo rey de una enorme piscina privada. Quiz�s fue el m�s bello de todos.
Ahora mi tercer universo parece haber muerto. A lo menos, languidece imperceptible. Pero el nuevo mundo inminente, no s� d�nde queda. �Este nuevo mundo existe si quiera? Pero este nuevo mundo ni s� si es m�o. �Es que quiero un nuevo mundo? Pienso en cambio que pasan los a�os. Pienso que cuajo poco a poco en el rol del mon�gamo serial.
Compro placer

Confieso que no me siento culpable. Este tiempo -el nuestro- no es m�s que otra tradici�n. En �l me desempe�o, pobre, parcial y goloso. Y jam�s conoc� otro lugar y quise mucho hacerlo e incluso me dijeron
t� naciste en otro lugar, pero yo hab�a nacido en este. Salgo a correr, disfruto de una copa de vino, si tengo suerte beso a alguna mujer. Luego por la noche me rodean ausencias.
Digo que no me siento culpable. Imposto con elocuencia esta vida, entre p�jaros con la visi�n perfecta y mi sangre carm�n y mis labios carm�n, ambos tent�ndolos, y otros labios burgundy -mis preferidos- y sus due�as: mujeres peque�as detenidas frente a mujeres m�s altas, ambas con el torso del mismo tama�o (las segundas con las piernas largu�simas). Compro amor: compro sonrisas. Luego por la noche me rodean ausencias.
No me siento culpable. Son fantasmas. �Son b�rbaros desnudos! Son apariciones o tecnolog�as gringas: son la �ltima moda en zapatillas. Y mientras me han mirado, esperando la duda, la fatal duda nocturna, yo he ignorado su vigilia. Ignor�ndolas, he construido una comedia con los �ngulos de mi cara, las sombras de sus ojos y las persianas entreabiertas. He ensayado un concierto con cierta estructura y noche.
Acaso es vano el intento: siempre persiste la culpa, la culpa que cierne la dicha como la arena caliente que recorre una mano gangrenada, y con aquella misma dulzura. Entonces siempre con ella las mismas ausencias.
Un chien andalusia
Alguien dijo esto, en dudoso ingl�s:
In the presence of deep frustration creativity becomes the mean to breach the gap towards one's expectations, past one's reality. Yet it can never truly be in the absence of wit (as a vector) or aptitude (as its cache).
Ok, mentira, yo me lo invent�. Creo que est� mal escrito y no s� qu� significa cach�, realmente.
Las personas que observo

Salgo de casa y es un poco tarde, como todas las ma�anas. Por eso estoy sudando y camino r�pidamente y por eso estoy solamente medio vestido. Tengo la corbata en una mano y la camisa un poco fuera y muchas cosas en la otra mano. Pienso que una mano, cuando ap�ndice obediente de cierto cuerpo, es algo por lo que se debe agradecer. Pero hoy de mis manos de mierda se escapan continuamente las cosas: corbatas, celulares, botellas y mujeres. Me inclino a recoger la corbata de la vereda ensuciada y siento que por un instante sudo un poco m�s. Se sale totalmente la camisa por detr�s del pantal�n. Estoy tarde, recuerdo.
Entonces el carro no est� parado en la esquina y confieso que yo lo esperaba. Di la vuelta a la cuadra, camin� dos en direcci�n a Paul de Beaudiez y llegu� a la esquina y el carro no est� donde lo esperaba. Empezaron conversando de lejos, hace dos meses cuando los vi, y todo escal� despu�s. Hasta la ma�ana de ayer. Yo caminaba un poco tarde como todas las ma�anas, llevaba la corbata en la mano y la camisa fuera y sudaba, pero decid� acercarme un poco m�s. Solamente los hab�a visto de lejos y ahora quer�a verlos de muy cerca.
La primera vez que los vi se sentaban uno en cada asiento. As� como dos amigos se sientan conversando, de repente �l sintonizaba algo en la radio, de repente ella se re�a. Pero exist�a cierta tensi�n y hab�a cierto misterio en el lugar elegido para estacionarse, m�s a�n en la frecuencia con que lo hac�an, y como prev� con los d�as la distancia se fue acortando hasta que los pude ver besarse y una semana despu�s vi c�mo ella se agachaba, r�tmicamente, cuado yo pasaba por la vereda.
Les quer�a ver las caras. Por eso hoy me acerqu� mucho m�s. Un poco agachado, pegado contra la luna lo vi mirarme, asustado, y vi como ella le besaba el cuello a�n ignorando mi presencia. Iba de bajada. Con sus labios le daba peque�os besos en la manzana de Ad�n que estimo el hab�a dejado de disfrutar porque ahora me miraba a m�, primero con sorpresa, luego con una torcida cara de confusi�n. Entend� que era oportuno darme la vuelta, lo hice y no volv� la mirada hasta que estuve muy lejos y cuando lo hice el auto ya no estaba.
Ahora estoy parado en el mismo lugar donde estaba el auto. Es un espacio vac�o en la calzada.
Chuparte la esencia
Te habr�a metido la lengua en la garganta, un pulpo, mi presencia que es una corriente absurda con aroma de oc�ano y la espuma blanca que la acompa�a, emulsi�n de todas mis escorias, habr�an colmado la tuya. Pero m�s inteligente que un pulpo, pues sabe mantenerse quieta cuando otro pulpo la explora, tendiendo la trampa, y por un momento los dos pulpos hacen uno solo hasta que este pulpo liquida al otro, le hace un pin, lo tiende en la lona, luego pasa por encima de �l y desciende por la garganta tuya, el s�lido tobog�n hasta tu entra�a. En tu entra�a encuentra una fauna demasiado triste: animales juegan con tus alegr�as enormes y muchos ni�os hermosos cuid�ndolos son como ejecutivos de cuenta, y un vasto r�o de vino mendocino car�simo corre entre las piedras milenarias tint�ndolas de un �lgido granate. Sobre �l pasa un suntuoso puente construido con las mejores lozas espa�olas que so�amos. Mi pulpo le toma fotograf�as, mide la luz y cambia de lente, administra los par�metros. (Luego ser�n expuestas en alg�n sal�n por la memoria de esta guerra.) Y sin embargo este es s�lo un ataque preliminar. La invasi�n verdadera ocurre cuando este pulpo se retira y se esconde tras los labios del general, mi comandante, corre horizontalmente al
Sur en aparente retirada, descansando azarosamente en los recodos de tu cuerpo (entre tus pezones, sobre tu ombligo, como pos�ndose) y aterriza oportunamente sobre Venus. Estimemos que para entonces Venus alcanz� la temperatura ideal del rojo vivo y que aquellas espumas marinas recorrieron tus j�venes frondas luminosas. Estimemos tambi�n como grandioso el amor de este pulpo.
Noches de softcore

Ahora estoy adicto a estas mujeres desnudas y al sexo conciliado y seguramente mal remunerado que tienen todas las noches en mi televisor. Tienen sue�os y yo ciertamente tengo los m�os y como no puedo concretar los m�os (y aunque es concebible que ellas tampoco los suyos) al menos paso alg�n tiempo observ�ndolas concretar los de otros. Porque mis sue�os, mis turbios sue�os pasionales, no son sujeto de las tramas de estas pel�culas.
Luego el sue�o �el otro, nocturno ineludible, ese que tambi�n nos lo promete todo pero tampoco nos permite escapar- lo olvido y en silencio, pues bajo el volumen hasta eliminar ese fatal beat pornogr�fico que me recuerda al techno que pon�an en la radio por el 2000, me dispongo a presenciar las escenas
de amor. Son a�n las once de la noche cuando respiro y enciendo el decodificador que me ha sido forzado por la empresa de cable. Unos minutos despu�s finalmente me masturbo y al rato duermo, anestesiado por la memoria vasta de todas las ausencias constantes.
En otro tiempo, libre de ellas, pienso que ver tele deber�a ser no pensar en nada. Ver tele deber�a ser el supremo acto de ocio, la inutilidad pura, la perfecta y putrefacta ceremonia del acarreo externo. Hay momentos cuando no queremos pensar, esos recuerdos ya tuvieron suficiente espacio, tiempo durante el d�a, y ahora lo que queremos es no pensar en nosotros. Entonces ver tele es la forma de sumirnos en aquella hipnosis tarada que perseguimos. Nos re�mos o nos interesamos por nada, un tiempo variable seg�n el gusto, y casi siempre nuestra conciencia se limpia. Es la versi�n contempor�nea de la figura de la confesi�n: en cambio de gloria recibimos el m�s confortable vac�o (donde me siento tentado a sugerir que son lo mismo).
Pero desde que la empresa de cable me ha forzado este aparato, ya no es as�. Hoy y cada noche no paro de ver a estas mujeres, que francamente no son demasiado hermosas. Simplemente est�n calatas y tiene sexo y eso es sumamente tentador para un hombre cuyos sue�os son grandiosos y lejanos. No paro y me sumerjo en esto que convulsiona mi mente, pues me da una probada de lo inasible.
No paro y de tanto seguir a�n no recojo Pale fire, que descansa en mi mesa de noche hace una semana. Javier Heraud escribi� que su lampar�n le permit�a re�r al lado de Vallejo, ver la luz eterna de Neruda. Era mi idea que por estos d�as el m�o me acompa�ara mientras vuelvo una y otra vez al Oxford English Dictionary, tan confundido por Nabokov como las otras veces. En cambio, s�lamente me sirve para buscar el bot�n de info en mi nuevo control remoto que a�n no s� de memoria para conocer la programaci�n nocturna del flamante canal de calatas.
Y lo peor es que Max Prime no es para siempre. La r-evoluci�n (por no faltar a la tradici�n) s�lo ha tra�do una cosa buena: aquella que nos engatusar�a y pronto nos quitar�n.