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La vergüenza que me da darte vergüenza

Hoy tengo la cara cubierta con un manto oscuro, como verdugo, pues hoy soy mi propio verdugo, juez y parte de esta extraña desdicha tan dichosa. Soy una vergüenza, una deshonra, soy quien realmente soy, y me alegro de sentir esta vergüenza; aunque ésta besuquea, sin dar cabida, a mi poco cotidiana tristeza.
El nigérrimo manto que cubre mi vergonzoso rostro al parecer está manchado por los pecados que suelo cometer, pecados que quien siente vergüenza de mí no conoce, pecados que quizá debería contarle para consumar la vergüenza que al parecer produzco en ella; quizá no, y es que me da un poco de vergüenza roja, sólo un poco.
Hoy tengo un extraño sentimiento de tristeza que rodea mis vergonzosas lágrimas, que tímidamente escapan de estos geriátricos ojos, que necesitan urgente un pañal, un pañal oscuro, como oscuro es el color de el manto que es la prueba del castigo por mi deshonra, deshonra tan clara como cualquier día de verano, como cualquiera de esos días en que solía, y quizá suela, cometer pecados.
Hoy siento vergüenza y tengo el rostro cubierto por ello; pero, siento vergüenza porque tú sientes vergüenza por mí, y esta vergüenza no es mía, sino tuya, pues te da vergüenza la realidad y la verdad, realidad y verdad que no me avergüenzan. Hoy siento vergüenza, lo repito; pero, a este tipo de vergüenza suelen llamarle de otra manera, suelen llamarle vergüenza ajena.
Un fan de ensueño

"Te compro lo que aún queda de tus sueños, las migajas que quedaron stockeadas (sic) en esas altas repisas, que siempre quisiste llenar de libros comprados y nunca hiciste ni mierda por lograrlo, porque eres así: un mentiroso, y siempre lo serás. Sólo floreas de grandeza, de fama y de tristeza, que porsupuesto (sic), nunca tendrás. Hablas y escribes difícil queriendo confundir a los demás, y ni siquiera tú te entiendes. No eres más que un maldito fraude, un mitómano que camina pregonando en silencio, intentando vender sus sueños irreales a otros cojudos. Por eso compro las migajas que aún no vendiste, aunque quizá no logre alcanzar aquellas altas repisas. Y es que soy una de esas cojudas, que necesitamos un puñado de mentiras y estupideces, que mentirosos como tú, aún siendo despreciables, venden a quienes tenemos una vida demasiado perfecta y real, a quienes somos fantoches en tu teloneado (sic) espectáculo de sueños".
El espejo de la laptop

La tarde estaba respirando aún, aunque a duras penas. Estaba con ella en una banqueta de ese parque en el que todos, alguna vez, nos hemos sentado. Hablaba mucho (como casi siempre). Ella me escuchaba, quizá no con la atención que yo deseaba (pues siempre deseo demasiada atención a temas que, sinceramente, a nadie le interesan). Seguía hablando y mientras lo hacía miré al cielo, que se veía menos gris de lo normal. No sé si sólo lo pensé o se lo dije. Al fin y al cabo, ella no me escuchaba. Pensaba mucho en el cielo, así que, en ese momento, me callé. Estábamos escuchando música, pues ese día llevé mi laptop, en la que elaboraríamos un currículo que, por cuestiones Office, no pudo hacerse. El ambiente se tornó muy silencioso. Creo que ella seguía simulando que me escuchaba. Nos amamos, lo sé; pero, estábamos ligeramente cansados, abrazados por un clima raro y, ella tenía ganas de irse a casa (aunque no lo decía).
Para cortar ese amargo silencio, traté de dar play a una canción, no recuerdo si de la ZG o de Sabina; pero, puedo estar seguro que era una canción que a ella no le interesaba.
La pantalla de la laptop parecía un espejo, en el que no se veía más que nuestros reflejos; así que, para darle play a la canción tuve que hacer ciertas maromas con la compu. Por fin, luego de un jugueteo buscando el puntero, logré dar play a la canción. Durante este tiempo, seguíamos en silencio.
Hice click en el botón de pausa. Le dije que escuche la canción, que tiene alguna letra escondida, que es de las que me gustan a mí. Ella, tan diplomática, tan encantadora, linda y enamorada de mí me dice que sí, que quiere oírla. No le creí nada; pero, deseaba que la escuchara así que di click de nuevo en el botón de pausa para reanudar la canción. Comenzó a sonar la música introductoria, que parecía interminable, y el silencio nos volvió a invadir.
De pronto me fijé en el espejo que se ha convertido la pantalla de la laptop. Vi los árboles, mis lentes, la vi a ella. Centré mi atención en ella, estaba realmente hermosa. La pantalla, en forma un poco más oscura, reflejaba el vaivén de su cabello, que se contorneaba con el leve susurrar del viento de aquella tarde que a duras penas respiraba; reflejaba también su rostro, con esa expresión que sólo ella tiene, que nada en el limbo entre la ternura y la sensualidad. Por un momento, sentí que estábamos en Huanchaco, sólos, que era comienzos de verano, que llevábamos años amándonos con locura y éramos unos idiotas que leían con frecuencia frente al mar, esos que caminan tomados de la mano por la playa al comenzar el día. Lo soñé realmente, viví esos momentos en aquel instante que veía su reflejo en el espejo que se había convertido la pantalla de mi laptop, mientras aquella canción que practicamente le obligaba a escuchar transcurría sin saber si ella la escuchaba o simplemente simulaba. Los soñé y los viví y, puedo dar fe, fui feliz. No se lo dije, o creo que sí, la verdad, no recuerdo.
Yo estaba hipnotizado; la canción seguía, y la verdad, en ese momento no me importaba. Nada me importaba más que la mujer que estaba a mi lado, acompañando a mi soledad, a cuestas de una gritada en su casa al llegar. La canción, como debería ser, terminó, y aquel momento mágico se terminó con aquella canción, pues ella cambió de expresión y viró su rostro hacía mí, que seguía hipnotizado, anonadado por aquella beldad.
No sé si ella escuchó la canción o no. No sé si ella me escuchaba mientras parloteaba como un chalado desde que comenzó aquella tarde. No sé si a ella le gustaron las canciones de los Beatles que le hice escuchar con letra traducida. Sólo sé que aquella tarde me enamoré de su reflejo, del vaivén de su cabello y la forma de nadar de su rostro. Sólo sé que de ella, me enamoré un poco más.
Nothing is real
Han pasado 28 años desde la muerte de John Lennon, Chapman sigue tras las rejas (pese a que hace casi 8 años temrinó su condena). Yo, que vivo enamorado de la música de Lennon por herencia de mi padre, me encuentro frente a este teclado escribiendo sin saber a ciencia cierta qué escribir. ¿Cómo escribir algo que no se sepa de esta leyenda de la música y el pensamiento?
Sólo puedo recordarlo dejando de lado a Bob Marley y los demás hoy, y elogiando junto a mi padre su música, que con los Beatles o sin ellos, fue, es, y sigue siendo maravillosa.
Lennon: pacifista, músico, pensador, eterno amante de los sueños. Lennon, que compró el boleto a la inmortalidad con el legado que dejó a todos los que le escuchamos y, a quienes tienen que aguantarnos cuando nos apasionamos sobremanera hablando de él, de su música, de su vida.
Han pasado 28 años; pero, nothing is real...
Redentora
Esta es una noche un poco oscura, un poco más de lo normal. La nubocidad que le rodea, perturba aún más la búsqueda que él ha emprendido de esa estrella, que él ha soñado y ha tenido en su poder en esos sueños. Con mirada de atardecer, mira al cielo preguntando si existe alguna respuesta, sincera o no, para aquellas querellas. En ese momento, justo antes de rezar, recordó que él no cree en Dios. Puta madre.
Camina por el sendero de la melancolía. Ahí, en la esquina de la memoria, están las putas y demás mujeres que solían acompañarlo en antaño. Mujeres que ya no le cobran alquiler, que ya no le preguntan la hora, pues compraron un reloj con lo que él les pagaba. Él tiene reminiscencias, algún pequeño flashback semanal de sábanas calientes, cajones llenos y hoteles de carretera. Como se escribe antes, las putas no le cobran más alquiler, ni si quiera por pensarlas; mucho menos, las demás mujeres.
Continúa su camino, sin rumbo alguno. Este sendero tiene muchas salidas, muchas callejuelas, todas ellas llenas de más putas y más recuerdos. Frente a él está el único muro de este sendero, el único camino que parece no tener salida aparente. Él mira al cielo, y parece ser, quizá en algún rosicler espejismo, que la estrella de sus sueños hace por fin su sacra aparición. Un viento confuso inunda el ambiente un segundo, pues la estrella parece guiarlo hacia aquel muro. Él, sin objeción alguna, camina hacia el muro, en busca de su nuevo destino.
De aquel muro se extiende una mano, que parece ser una transformación de aquella estrella. Esta mano es tan suave, tan diferente a lo que él ha conocido antes. Él, sin mayor comprensión, la intenta tocar; pero, sus manos son muy toscas para aquella mano de brillo intenso. Él está acostumbrado a otras manos, a las que terminó por comprar relojes, con las que jugaba a ser una especie de maldad, algún bonachón de cabronas jugadas. Ella es distinta, si no se percata de ello, no podrá extender su mano hacia ella, para librarla de aquella prisión de puertas abiertas.
La mano es la génesis de el hada que con ella ha de venir, aquella diosa que desde el momento que aparezca, él aprenderá a venerar. Está escrito, en algún tonto libro que él leyó, que le sará muy dificil comprenderla, que este ser tan sagrado será tan diferente a su lúgubre y bochornoso pasado, que él deberá domesticar sus quimeras, modificar sus pensamientos (sólo un poco), virar sus utopías y pagar el saldo final a sus recuerdos. Él tendrá que entenderla, porque ella será lo mejor para él, y sólo él tiene la capacidad y la idiotez apocalíptica para dejarla marcharse.
Él aún no lo sabe; pero, ella es la redentora de las almas que habitan en su mundo. Un mundo que, para cualquier efecto, él ha creado para sí mismo, para ser la única alma (si es que tiene sólo una) que habita aquel mundo. La salvación de aquel mundo de juguete y de cigarros jamaiquinos, de ese mundo que es de mentira, aún siendo de verdad, al igual que la de los cristianos, sólo depende de quienes habitan el mundo que se planea salvar. En este caso, para cualquier efecto, de él.
Falta de comunicación

—Y ¿qué hiciste ayer? ¿me extrañaste? —preguntó Barbi con una sonrisa dibujada en su rostro.
—Seré sincero contigo amor, la verdad que no. Como no estabas, me hurgué la nariz al despertar, limpié mis dedos en las sábanas, y con la misma sábana, limpie toda la cerita de mis oídos. No me bañe, no me sentía sucio. Tampoco tomé desayuno. Salí de la casa, esperaba el micro, y te confieso, le estuve mirando los pechos a una flaca (que por cierto se parecía mucho a ti, aunque ella tenía más pechos). Ya al tomar el micro, iba comiéndome las uñas, cantando en mi mente canciones de Bob Marley, y pensando en si sería buena idea correrme la paja, pensando en la flaca de la parada del micro, al llegar a la casa después del trabajo. Total, era mi día de libertad. Trabajé como un peón durante 7 horas, en las que no podía dejar de pensar en esa desconocida que se parecía tanto a ti (con más pechos). Me invitaron a ir al Milagro con unos amigos; pero, no tenía ganas. Puedes creer que preferí regresar a la casa y correrme la paja pensando en tu clón de pechos grandes antes que tener un polvo real. Ayer salí de la rutina, hice el amor con mi mano y esa desconocida, que sí tira en las poses que me gustan. En definitiva, no fue un día normal.
Un silencio insinuante tomó posesión de la habitación unos segundos, quizá no los suficientes.
—Sorry gordo, no te oí —dijo Barbi, en un tono confundido y sin dejar de limarse las uñas—. Pensaba otra cosa, ¿qué pasó?
Gordo seguía pensando en la paja que se había hecho ayer, e inconscientemente oyó como sus labios hacían eco:
—Fue un día normal, normal...
Barbi sonrió como si hubiera comprendido el mensaje, quizá no lo suficiente. Gordo, a manera casi mecánica, se fue al baño a hacerce otra paja.
El mejor abrazo
Han pasado ya cinco minutos, el efecto ha tomado posesión de su cuerpo. Sus ojos están colorados y perdidos, confundidos por esta nueva sensación: tan extraña; tan familiar a la vez.
Las manos se le mueven solas, él no sabe por qué. El espejo, tan jodido como siempre, le hace recordar ese molesto barro que no quiere abandonar su rostro. Él le habla, le suplica con insultos que se vaya, que en unas horas va a salir. El barro no le escucha, él no sabe por qué; pero, sonríe: nada es tan grave. Peace and Love!
Se recuesta en el mueble. Sin saber por qué, la recuerda. Sin saber cómo, está excitado. Es tan viejo y tan joven a la vez, su edad mental aún corre tras el calendario intentando alcanzar algún equilibrio. Se siente un poco extraño, se toca los pendejos, los acaricia. Él sabe que hacer.
-Julio, préstame tu ñoba, quiero cagar.
Julio no le responde, está intentando prender el PlayStation.
A él no le importa si le responde o no. Se va al baño, abre la puerta, entra, cierra, pone cerrojo. Todo listo.
Se mira en el espejo nuevamente, quiere olvidarse del mudo acné. Para olvidarse piensa en ella, la tiene en la mente, está bailándole en la tina. Él, sin dejar de mirarla, se sienta en el inodoro, que tenía todas las tapas puestas; y con la mano derecha abrazando su colgajo, cierra los ojos y la recuerda, la ama nuevamente, le hace el amor como en antaño.Es una jornada gloriosa: la mujer ha tenido 3 orgasmos, el no se ha venido ni una vez. Continúa agitando su pene (él no se masturba, hace réplicas del arte de amar) hasta que ya no puede más. Es tanta la emoción que tiene dentro, nunca antes tiró así. Ya está, eyaculó. Quiere gritar; pero, no puede. Se darían cuenta, y ya está grande para la paja. Mojó el piso de cerámica y su mano (para no manchar su ropa). Han sido los 45 segundos más gloriosos de su vida. Es un placer que no sintió antes, y que teme no volverá a sentir.
Abre los ojos, ella sigue bailando en la tina; pero, él está cansado ya. Coge un poco de papel higiénico. Limpia las evidencia -todo con el mayor silencio, no quiere ser descubierto-. Una vez que todo está limpio, se lava el colgajo, las manos (con el jabón de Julio). Se seca con una vieja toalla que encontró. Siente una extraña satisfacción. Aunque se siente un poco diferente, un poco normal, como si en esa eyaculación se le fue la magia, el poder que hace unos momentos tomó posesión de él y lo convirtió en un amante de ensueño, que le trajo de nuevo a su amada, que le hizo ser más feliz de lo que era con ella.
Mira al espejo, y nota que el barro de su rostro es más pequeño ahora. ¡Qué satisfacción! No tendrá más que pedirle que se vaya. Jala la palanca, presiona el Galde Toque' y sale, sobándose la barriga para simular que defecó.
-Oe weón', ¿armamos el otro? Aún quedan unas pavas.
Julio nuevamente no lo escucha. Está pegadazo craneando una invencible formación de wini', aún no quiere fumar.
De ciervos y leones poseídos
Mi abuela cree que existe Dios; yo no estoy tan seguro. Si existe, bien. Si no, ¡qué podemos hacer! Nadie es imprescindible, como dijo Ernesto Guevara.
Si existe un Dios, esta personificación de la esperanza y las quimeras de los hombres (pues los animales no tienen un Dios, por lo menos no uno que yo conozca), debe ser algo parecido al hombre. No porque lo diga la biblia (que mi abuela, al igual que millones de personas, suele leer), sino más bien por el hecho que de alguien tuvo que sacar el modelo Dios para crearnos. Al no existir más entes que Él, pues tenemos que parecernos a Él, su propia y perfecta inspiración.
Si la existencia de Dios es probable; la del diablo, para mí, no. El hombre es el demonio de sí mismo. Un ser tan excepcional, como debe ser Dios, no permitiría la existencia de un "rival": alguien que se le asemeje, pueda o intente hacerle frente (aunque es un Dios bondadoso según dicen). El hombre, en su juicio y raciocinio, es quien forja su propio demonio, su propio satanás, siendo la envidia la génesis de todos los demás males. La envidia que tienen, o tenemos, los menos favorecidos por Dios, hacia los más favorecidos por Él (que pocas veces suelen ser los que más le rezan).
Tengo en la mente las palabras de mi abuela. Hoy la oí decir: "el diablo existe hijito: entra en los hombres y les hace hacer las cosas malas. Tienes que tener cuidado".
Este pensamiento, para mí, es completamente equívoco. Es como afirmar que un león está "poseído", que el demonio ha entrado en él porque asesina un ciervo. Es parte de su naturaleza, de su instinto. El hombre, que no es como el león, pues posee inteligencia superior, tiene el libre albedrío o la capacidad de discernir entre lo que a él le parece correcto, justo, bueno o mejor para sí mismo de lo que no. No creo que el diablo, como dice mi abuela, entre a nuestro cuerpo y nos obligue a hacer algo que nosotros no queramos muy dentro de nosotros. El diablo, aquel enemigo de Dios, que antes de luchar ya está condenado a una celestial derrota (según he leído), no existe más que dentro de cada uno de nosotros, como parte vital de nuestros propios deseos de superación, pues la maldad de los hombres genera muchas veces el progreso de la sociedad (no todas; pero, al menos el tiempo y la mano invisible de Adam Smith así lo han demostrado). Entonces no hay forma de que el diablo, esta personificación de la maldad, "entre", pues siempre estuvo y estará con cada uno de nosotros. Somos nuestro propio satán, y por ende un satán en potencia para la sociedad. Somos un ciervo que puede convertirse en un león (que quizá alimente a los ciervos o se alimente de ellos, eso aún no está claro), está en nosotros el desarrollarlo o no.
A fin de cuentas, si mi abuela tiene razón, es decir, si el diablo existe, como dicen que existe Dios, en estos momentos debe haber entrado en mí. Hace que afirme y escriba que no existe, que ponga en tela de juicio la existencia de su archienemigo, Dios. Si ha entrado o no en mí, la única respuesta, la tengo yo (aunque no me la diga a mí mismo); o en todo caso, Dios, que debe conocer el por qué de las cosas.
Quizá soy yo el único león que quiere ser un ciervo alimentado por leones.
La salvación personal
Era un domingo cualquiera de iglesia, bostezaba, me hacía el dormido para evitar querer tener interés en lo que en el púlpito se hablaba. Todos están muy concentrados; pero no en el orador, sino en sus propios asuntos, en la redención de su propia alma. La salvación es personal, dice siempre mi madre. A mí no me interesa salvarme, por lo menos no ahora.
Estamos en el zénit de la reunión, la cena santa está por servirse. Una tranquilidad espantosamente perfecta inunda el recinto. Todos muy reverentes, muy cuidadosos de guardar los sacros mandamientos. Todos muy concentrados en su salvación, orando, pidiendo perdón por las iniquidades que han cometido esta semana, y que seguramente volverán a cometer. ¡Qué manera de complacer a Dios!; pero, a Dios le importa muy poco todo esto (creo yo), así que me pongo a leer viejos mensajes en mi celular.
Milagros (que tiene retardo mental, un padre en Chile y una paupérrima condición económica que su madre trata de superar con la ayuda de Dios) empieza a sentirse mal, parece que se ha atorado con algo. Yo la veo, porque no estoy orando. De pronto, para mi asombro, convulsiona. Yo me quedo helado, clavado en mi sitio sin saber qué hacer. Su madre no se asusta; sólo la abraza fuerte y sigue orando por su alma y la de sus hijas. Yo la quiero ayudar; pero, aunque me avergüenza escribirlo, soy un cobarde para estos problemas de convulsiones. Dios, si existe, lo sabe.
Los demás miembros siguen orando, muy concentrados ellos. A nadie le importa la suerte de Milagros. Pobre Milagros, convulsionar en un lugar lleno de gazmoños y un cobarde, que no tiene los huevos para ayudarla. Los demás hermanos siguen con los ojos cerrados y la cabeza inclinada, parecen estar pidiendo a Dios que termine ese ruido que no les deja orar tranquilos, que no les permite comunicarse con su amado Dios ni pedirle la redención de sus preciadas almas. Yo sigo viendo a Milagros, y me siento un despojo, un zurullo del más ruin animal del mundo. Entonces veo que una hermana se acerca a donde está Milagros y la abraza, dejando de lado a la madre, sosteniéndola para que no se caiga ni se golpeé, poniéndole algo en la boca para que no se lastime. Ha dejado de orar; pero no creo que a Dios le importe mucho eso.
Humillado, veo con envidia y vergüenza cómo la hermana ayuda a Milagros. Tan samaritana, tan diferente a mi madre. De repente la hermana parece voltear a verme; pero, tan cobarde como soy, agacho la cabeza y finjo estar orando, preguntándome: ¿a quién le salvará el alma Dios?
Escapando de mamá (¿qué niño no?)

Hoy estoy ebrio de tantas palabras (diatribas que coquetean con mis más tétricos deseos). Me he cansado de caminar a un lugar que no sé si quiero conocer. No quiero herir a mi familia, en especial a mi madre; pero tengo la desidia de sus actos junto a mí en cada almuerzo de domingo y no lo soporto más. No soporto ver escayoladas mis ilusiones, ni que éstas se fundan junto a los prospectos de mi madre en este extraño molde egoísta, que no es mío, que nunca fue mío. Por eso tomo un respiro hoy, porque la quiero, y no la quiero perder.
Mi madre sueña con alejarme de esta vida pagana (que lamentablemente de pagana no tiene nada) y hacer de mí un misionero, un predicador de sus doctrinas privadas y sin comprobar —no uno que vaya a predicar en sí, sino más bien que vaya a conocer el mundo y hacer orgullosa a mamá con un recuerdo—. La iglesia es un papel muy importante en la vida de mi madre, es una especie de refugio a sus lamentos, un invernadero donde poder conversar larga y exageradamente con un Dios que quiere oírla más que su familia. Por eso cuando pienso en ella (mi madre) miro a la derecha, tratando de entender si el ser zurdo de pensamiento es quizá un castigo de su Dios (que es también mi Dios según sus palabras) y que en mí ella sólo busca que vea lo que ella no puede ver de aquel maravilloso Dios al cual ama.
Pese a todo, sé que mi madre me ama (no tanto como a Dios; pero me ama), y en su alma sólo hay buenas intenciones (con métodos bastante heterodoxos), y que como hijo no me corresponde romper esas ilusiones y hacerle sentir mal siendo quien soy. Por lo menos no ahora, pues mi madre es un ser difícil. Por eso siempre espero tranquilo que el día termine, que mi madre enfoque su egoísmo en sus imperturbables sueños. Esos sueños donde quizá sea la reina que merece ser, viviendo en ese mundo perfecto de oraciones, esmog e infinidad de dinero que ella quiere para su familia. Creo que es feliz durmiendo junto a sus quimeras; mas yo no.
Pero alguna mañana, de algún día cualquiera de cualquier otoño, yo me habré ido con alguna otra mujer sin avisarle. Cuando ese día llegue, junto a esa mujer me perderé, en avernos donde mi madre no podrá ir a buscarme e intentar expiarme de las calamidades que conmigo vendrán, y se resignará por fin a amarme por quién soy. Espero ese día no lastimar a mi madre, ni mermar su extraña felicidad. Espero también que sea la mujer que hoy me acompaña esa mujer que esté junto a mí en aquel averno, pues la he llegado a querer bastante y necesito de sus caricias y besos para ser más feliz, y ayer le dije que la amo, y no le mentí, como le mentí a mi madre, a la que no podría decir te amo sin pensar que miento; pero que se está ganando mi amor con cada nueva riña de domingo.
Holodomor

Plagié los sonetos, copié las historietas, migré a los mismos lugares que oí en las redadas ficticias, a las que por ti asistí; mas en tu mirada leí: "los destinos, trazados están".
Ayer, una mañana de luz lunar, escribí la carta más hermosa del mundo: se perdió en el correo. Por la tarde, cruzé la cerca del vecino, buscando tu sonrisa: estuve cautivo por 27 minutos. De noche, clamé al Todopoderoso por nuestras almas. Miré al televisor: tu boda es noticia popular.
Hoy estiro la mano con destino a Ucrania, buscando el Holodomor. Prefiero morir de hambre, mas no de amor.
La llamada, la cojudez
Estaba frente a la PC, chequeando algunas páginas y chateando con unos amigos (intentando reírme un poco de este día, de toda esta perecita acumulada). De pronto, me percaté que era alrededor de la medianoche. Le había prometido a Kely que la llamaría para interrumpir su dulce sueño (aún cuando esto sea para mí un acto salvaje y criminal contra la sacra tranquilidad de mi adorada Kelyta, es algo que a ella le gusta —por lo menos, es lo que me dice—), así que, decidí salir a llamarla desde un teléfono público que está no muy lejos de mi casa —desde mi hogar no puedo llamarla: mi madre destruyó el teléfono fijo hace poco más de un año, en un cotidiano ataque de locura, y mi móvil, pues rara vez tiene crédito para hacer llamadas—. Salí de mi casa hecho un zarrapastroso: con el polo roto, dos sandalias izquierdas, las medias disparejas (una gris y otra blanca) y completamente desaliñado (poco más de lo normal). Tenía demasiada pereza para cambiarme o lavarme el rostro para salir a llamar. A medianoche no hay nadie que te joda, hasta los choros están durmiendo (por lo menos por mi casa sí).
Salí de mi casa resuelto a no cagarme de frío (recordando la tonta idea que el frío es sicológico —esa que se suele utilizar para engañar a los cojudos que, como yo, no tienen algo limpio que les abrigue en esos momentos—) y poder así arreglar con Kely para vernos al siguiente día. Caminé hacia el teléfono por la ruta ya acostumbrada —no era la primera vez que despertaba a Kely de su lindo sueño para molestarla con mi nociva voz—. Extrañamente, no hubo ladrones, meones, drogadictos, etc. Todo fue felicidad.
Llegué al teléfono; pero, un tío gordo con aspecto de borracho estaba frente a la máquina, a unos metros estaba parada una señora (que supuse era su esposa), que tenía en brazos a un bebé que lloraba y que supuse era de él. Esperé que llamara, recordando que el frío es sicológico y que yo creía en los poderes sobrenaturales de la sicología, pensando en lo que conversaría con Kely en unos momentos, y más que nada, en el roche que estaba pasando vestido así frente a esa señora y su bebé que, sin dejar de llorar, no paraba de mirarme mientras su mamá le decía cosas al oído. ¡Qué vergüenza! Tan zarrapastroso como para pasar de cuco no estaba —creo yo—. En mi bolsillo sólo tenía un sol y sabía que esa monedita color plata no me alcanzaría para conversar con Kely todo lo que pensaba decirle y lo que en esos momentos saldría de mi ser (que de por sí incluía la historia del bebé que me mira y que ahora cree que soy el cuco por palabras de mamá).
No pasaron muchos segundos y el tío estalló en rabia, gritando que el teléfono estaba cagado, que se tragó sus monedas —mientras yo me daba cuenta que no estaba borracho, por lo menos no como creía—. Mierda —pensé yo— ahora de donde la llamo. Tendré que arrastar mi pereza unas cuadras más, con las medias de diferente color, las dos sandalias izquierdas y el polito, que ahora parece estar más roto que antes —me dije a mí mismo— (me había estremecido y recordaba que eso sí era un problema sicológico). El tío le metió un par de golpes al teléfono, intentando, sin éxito, recuperar las monedas que yacían dentro de la tragaperras. Se alejó del fono y, porque no tenía la menor idea de donde había otro teléfono desde el cual llamar y ya me estaba cagando del frío y la vergüenza, me acerqué al teléfono a probar si mi tan miope suerte por fin hoy se dio cuenta de mi existencia.
El tío se retiró con la señora y el bebé. Supuse que creía que quería robarle las monedas que él había dejado en ese teléfono, por la forma como se iba: lentamente, sin quitarme la mirada (y ciertamente mis fachas podían darle la razón). Me hice el desinteresado. Tanta huevada por unos soles que puso —pensé mientras intentaba que el teléfono me devolviera el dinero que él colocó—. Al ver sin éxito mis intentos, coloqué mi único sol en la ranura, le di un besito que supo a mierda y elevé una mini plegaria para no perderlo y poder llamar a Kely; y así, darle algún sentido a estos minutos que habían pasado desde que salí de mi casa, con las medias de diferente color, las dos sandalias izquierdas (que ya comienzan a joder) y el polo, que con cada mirada, parece romperse más. Enseguida, ingresé la moneda y, repentinamente, me di cuenta de mi colosal estupidez: no había descolgado el fono antes de colocar la moneda. ¡La puta madre. Esta porquería! —exclamé sin recelo—. Golpeé el fono (como si eso fuera a darme una solución) y le hablé al teléfono, pidiéndole encarecidamente que se fuera a la mismísima mierda (como si eso fuera a devolverme mi plateada monedita o como si un teléfono pudiera contestarme, que si pudiera hacerlo me manda a la mierda a mí también y quizá hasta me pega por lanzarle semejantes diatribas).
Hecho un despojo, creyendo que en esos momentos el tío gordo se burlaba de mí junto al bebé, y con la impotencia de no haber oído la dulce voz de mi Kelyta cuando recién se despierta y sabe decirme: "Hola, estaba durmiendo amor". Regresé a mi casa, derrotado, cagándome de frío y de vergüenza, con las dos sandalias izquierdas, el sinsabor de haber perdido diez minutos de chat con mis amigos (calientito en mi hogar) y sobretodo, con el polo rotísimo de tanto mirarlo por la cólera. Puta madre, apareció un problema sicológico más.
Reset
Cuando escuchó aquella grabación telefónica, su alma se estremeció sobremanera. Por un segundo, mientras las primeras lágrimas comenzaban a brotar de sus ojitos caramelo, pensó en todas las explicaciones que tendría que dar, en todas las personas a quienes tendría que mentir y en toda la maraña de mentiras que tendría que tejer al despertar. Esto es una mierda —se dijo contrariada a sí misma—. Entonces se sentó, estiró las piernas hasta colocarlas junto al teléfono, encendió un porro que sacó de su cartera y empezó a maquinar una solución.
Los minutos pasaban, recordó que mañana tendría que limarse las uñas con Joaquín, comprar su yerba —que ya se terminaba con este porro— e ir de shopping con Lulú. La situación se tornó estresante para ella, no tendría tiempo mañana para jugar a la honestidad; así que, caminó hasta el cuarto de papi, cogió aquel polvoriento revólver que estaba sobre la mesa de noche y, como Dios manda, le disparó tres veces al teléfono, el único testigo de la verdad.
Aliviada, con la conciencia limpia y mentalmente relajada, se sentó nuevamente, terminó el porro que ya había comenzado, secó sus lágrimas, se masturbó y se echó a dormir, pensando en todo lo que compraría mañana con Lulú.
Intitulada N° 6
Sórdida memoria sin alcohol,
rimas sin prosa ni oración.
Espejismos a obscuras en el desierto de las lunas,
de estos ojos llorosos, de estas estrellas y sus dunas.
Sin ti, mi vida era un mar de preguntas sin calma ni dolor.
Calles sin nombre ni recuerdo,
mitomanía en PlayStation a las tres.
Lágrimas que no humedecen párpados ni mejillas,
que se escayolan en el olvido, que no albergan más rencillas.
Sin ti, mi vida era un desayuno sin mermelada ni sabor.
Dados numerados sin retorno,
brisa de otoño sin calor.
Noches de amaneceres que nunca tocan a la puerta,
domingos por la tarde, sábados enmudecidos en la huerta.
Sin ti, mi vida era un móvil sin recarga ni color.

Me he convertido en el peor de mis demonios.
¡Qué sentimiento para más extraño! Recién hoy me percaté que mi vida a virado radicalmente. Mis días ahora se planifican de a dos, es una sensación un poco extraña para mí el preguntarle a alguien un "¿te parece bien?" —era demasiado egoista para todo esto, ahora estoy claudicando—. Aún no puedo creer que prefiera ir al cine antes que ir a tomar unos vinos con los amigos de siempre —y eso sí que es muy extraño, pues no me gusta el cine—. He caminado decenas de cuadras sin hacer una sola queja que no sea una broma, cada uno de tus besos renueva el bosal de mi muy deprimente pereza. Esto es colosal: he dejado de ver los dibujos animados que me acompañaban todas las tardes, ahora me dedico a ser el empleado de la empleada del mes; y aunque me encanta caminar junto a ti, extraño sentarme en el sofá y estar pegado al televisor hasta dormir —qué depresivo tan hilarante—. Sabes, cada día trato de fumar menos; la verdad, no porque me lo hallas dicho, sino que quiero ahorrar algún sencillo para llamarte por teléfono, caminar unas cuantas cuadras a medianoche no le hace mal a nadie, mucho menos a mí. Hay algo que debo agradecerte a manera especial: mi celular ahora tiene crédito, ¡puedes creerlo! —para timbrar; pero, bueno, ¿así se empieza, no?—. Como dantesco colofón, acá viene lo que más me hace estremecer, lo que me sorprende a mi mismo en sobremanera: he tratado de caerle bien a las demás personas —no digo caerles bien; pero, sí que he tratado—. Esto verdaderamente me asusta, siento que a este paso temrinaré por comvertirme en un empedernido bonachón, querré presentarte a mis padres, invitarte a un finjido lonchecito de familia, a tomar un descafeinado viendo la colección de fotos y conversando con mi madre. ¡Dios nos libre, porfavor!, no quiero hacer de mí un fantoche del amor, asentar la cebeza y simplemente contestarte: "sí, mi amor".
Esto es una mierda, estoy perdiendo la poca escencia de homo economicus que me quedaba —ahora, mi único interés eres tú—; pero, lo peor es que no me importa nada de esto si es que estoy junto a ti. Si convertirme en el peor de mis demonios es el precio que he de pagar al destino por sentir lo que siento cada mañana al despertar, moriría en este averno de alegría por siempre y sin dudarlo ni una sola vez... Putamadre, cuánto te he llegado a querer.
Colilla

Cuando cada madrugada
la esperanza le esperaba,
susurrante como el viento,
detenía él al tiempo para amarle.
Ser su amante en la alborada.
Escondía su recuerdo,
que merodeaba el tuerto huerto e' la desdicha
y esa dicha que en antaño él profesaba,
se perdía en los vagones del momento.
Era su amada, su lamento.
Y por las noches, él rezaba,
a un dios en quien él no creía,
sólo sabía de buscarla en pedregales,
bajo la sombra de una almohada.
Era su diosa, su utopía.
Sus lágrimas eran cristales,
que pregonaban lo mismo cada año;
mas en silencios celestiales,
se escuchó a viva voz:
aún te extraño, corazón...
Con cierto aire a ti

Para mí eres de esta noche, la única estrella,
el suspiro final en mis lacónicos días,
la apagada luz que se enciende cada noche.
La alegría.
El redundante latir de mi corazón hecho querella.
De las mañanas, el rocío,
de mis pensamientos, el mecano,
la mano que se extiende para salvarme de mi mismo,
el mismo revoloteo aquí en mi estomago.
La clorofila de mis ojos, amor mío.
Y es que eres de estás letras el sentido,
el latido durante mi exilio,
lo complejo y lo sencillo
del quererte.
Todos mis viernes y motivos.
Para mí eres del diccionario, la medicina,
el diazepán de mis tonterías,
la razón para no condenar a la hogera mis archivos.
Mi bilirrubina hecha penicilina,
en mi vida los solecitos y calorías.
De mi creatividad, la amnesia,
la brújula en mis decisiones,
el olor
que da sabor
a la maldición tan hermosa que es quererte.
Todas mis nuevas aficiones,
mi último paseo por Venecia.
De mi aura, el color,
de nuestro jardín, las margaritas
y de las margaritas, el sí.
El único número que quiero y me da suerte.
El génesis,
de mi nuevo corazón.
Y es que eres de estás letras el sentido,
el latido durante mi exilio,
lo complejo y lo sencillo
del quererte.
Todos mis viernes y motivos.
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