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Pero mira como beben.
Considero los últimos días del año especiales: Muy aparte de las fiestas, siempre es una buena excusa para dormir más de doce horas, levantarse solo para comer, para ir al baño, y para buscar el control remoto de la TV – en el baño, es el sitio más probable-.
Para variar un poco, hoy me conecté al Blog y pensé en escribir algo. Sí, sí, no he escrito hace mucho. No porque no tenga nada interesante que contar, – como si alguna vez lo hubiera hecho – sino porque no he tenido muchas ganas, y es que cuando pensaba en escribir algo, siempre había otra razón que sopesaba el no hacerlo. Han ocurrido muchas cosas desde la última vez que escribí, algunas que no me atrevería siquiera a nombrar, y otras que podría comenzar a contar y nunca terminar, perdiéndome en detalles, nimiedades.
Hace más de un mes me he mudado de departamento, y nos han obligado a colocar adornos exteriores para “embellecer” el edificio con motivos navideños, regla que es tolerable hasta cierto punto, Así que adornamos sobriamente nuestro balcón con pequeñas luces, y no fue tanta mi sorpresa saber que era el bacón más triste del edificio. Lo que me irritaba era el departamento del costado, donde vive una señora cuarentona, que había adornado a más no poder su balcón, haciendo parecer él nuestro como uno calato y pobretón. Solo faltaba que pusiera un siervo disecado con la nariz roja, representando al pobre Rodolfo.
Y no solo era el balcón, sino todas las ventanas y la puerta principal; tanto que te daba la bienvenida una cara enorme de Papa Noel de sonrisa orgásmica. En fin, eso no podría molestarme, ya que cada uno es libre de adornar su casa como se le venga en gana. Hasta el día en que el espíritu navideño traspasó los edificios para tocarme las bolas. La señora cuarentona de aspecto halloweense había puesto villancicos a todo volumen. Y joder, eran las nueve de la mañana, y usualmente duermo pasadas las tres, así que estaba en media noche..
“Pero mira como beben, los peces en el río...”
-La bruja - pensé, no podría ser otra. Ya había pasado anteriormente, la señora ponía Ritmo Romántica a todo volumen los domingos en la tarde, no la escuchaba porque siempre estoy fuera la mayoría de domingos. Pero un día normal, a las 9 de la mañana, no señor. Crucé el corredor, todavía despeinado y toque muy fuerte su puerta. El sonido era insoportable, ni siquiera yo podía escuchar mis golpes a la puerta. Tuve que esperar a que acabe todo el villancico, para aprovechar el bendito intermedio entre canciones.
Acabo la canción, y me abalance contra la puerta a puñetazos. Nada. La casa se mantenía imperturbable, un nuevo y escandaloso villancico comenzaba:
“Campana sobre campana...”
Estaba apoyado en su puerta, maldiciendo el día, maldiciendo mi triste vida tarareando el villancico pegajoso, y tamborileando los dedos en la puerta. Por fin acabado el villancico, tenía esos míseros segundos entre canción para tocar la puerta. Esta vez fueron fuertes golpes, hasta creo que metí un patadón de pura colera. Nada.
Derrotado, acepté el hecho en que ese día dormiría menos de cinco horas. En medio del tercer villancico apareció la señora con guantes y mandil de cocina, cuando abrió la puerta, por un segundo pensé que me quedaría sordo al momento. La bulla dentro de su casa era intolerable, dolorosa, hasta los Toribianitos morirían al instante. Tuve que gritar para decirle:
-Señora, disculpe... ¿Puede bajar el volumen?!!!
-¿Quéeee? – La vieja aparte de escandalosa, era sorda. Lo que explicaba algunas cosas.
-Baje el volumen de su radio!, carajo – Grité la primera parte, y susurré la última parte.
-Ah, la música... mis nietos estan aquí.- Dijo.
¡Mentira!. Nunca he visto niños por aquí, y si hubiera niños ya la habrían asesinado por torturarlos con semejante volumen, joder.
-Ya bajaré, bajaré - sentenció.
Se metió a su casa, sin disculparse. Ganador regresé a la cama, y sentí como la señora bajaba el volumen considerablemente, hasta que era imperceptible a mis oídos.
En mi rostro se dibujo una estupida sonrisa y empecé a cantar...
“Pero mira como beben, los peces en el río...”
No volvería a dormir hasta el día siguiente.
Saludos!
Feliz Navidad! ^^
Gracias por los comentarios a todos.
El cojo.
Como ya lo escribí, los domingos me parecen depresivos y agobiantes. Antes juraba que era el día más largo, ahora siento que en estos días las horas pasan volando. Siento el peso del Lunes en la noche dominical, el agobiante inicio de la misma rutina semanal.
Debo confesar que los días útiles de esta semana han sido diferentes (dias utiles: me refiero de lunes a viernes, el sábado no lo cuento; porque estoy en coma hasta pasado medio día y el resto del día parezco un fantasma vagabundo) cargada de emociones que no sabría contar, y que ciertamente no debería –para salvaguardar el buen gusto y respeto a los lectores-.
No recordaba la última vez que jugué un partido de fulbito. Y estoy seguro que no olvidaré el que jugué ayer, el que me sacó del descanso, de la banca.
No hacía deporte hace más de un año (no es algo de lo que pueda alardear, lo sé.) Y ayer sábado, se me presentó la oportunidad de redimirme con mi espíritu deportivo – que nunca tuve, pero suena bonito decirlo- al jugar un partido de fulbito, una pichanga como se dice, no me podría matar.
A los tres minutos de iniciado el juego, en una cancha de tamaño regular, sentía el corazón contra el pecho en cada respiración y el eco de los latidos a mil, en mis oídos. Era un desastre. Si me quedaba más tiempo en esa canchita de fútbol, me habría muerto.
El equipo con el que jugábamos nos ganó con justicia y se llevó el premio (una chanchita para la gaseosa, que no compartieron los desgraciados.) Nuestro equipo; una sarta de panzones, cegatones, debiluchos, y deportistas – como yo -. Se encontraba reposando fuera del campo, recuperando fuerzas para un nuevo partidito, otra pichanguita.
Esta vez, no había pierde: jugábamos entre nosotros. Así que podía lucirme con las jugadas de laboratorio y estrategias de campo que se elaboraban en mi cabeza. Los equipos estaban bien repartidos, así que no había de que preocuparse. Los resultados no fueron los esperados, yo era una suerte de árbitro en el campo, un arbitro agotado que solo seguía la jugada y el balón, pero que no lo tocaba.
El goleador del partido fue un chico que tenía la mitad de mi edad, o sea diez años y por supuesto; era jugador del equipo contrario. Y mi equipo que parecía del “otro equipo”, perdía por extensa diferencia. Aún así y por las reglas del fulbito de barrio, se propuso el “mete gol, gana”. Entonces, sacando fuerzas de pasión, que solo una tarde con tus amigos agotados, bajo el color gris del cielo, el sudor malgastado, las risas sencillas, dispusimos de anotar el gol del triunfo, y llevarnos la satisfacción a casa. Lo único que yo me llevé fue el dedo gordo del pie hinchado.
Debido a la poca luz de la tarde limeña, y de esos azares de la vida; pateé una alambrada de metal(la que rodeaba el campo, la cancha de fulbito), confundiendo la pelota. No sé si grité, pero me dolía mucho. El cojo compartió una gaseosa con su gente, y se despidió malherido.
Hoy domingo, amanecí mejor. Solo espero que no pasé otro año para jugar fútbol o hacer algo de deporte.
Disculpen la demora del post. Espero que lo disfruten leyéndolo, como yo lo hice escribiendo.
Y el post anterior, deben entender que era algo abstracto. No sabía que escribir, pero debía hacerlo. Es como llorar para desahogarse, contar para no angustiarse.
Gracias por los comentarios.
Saludos del cojo.
Diez de octubre.
El diez de octubre, es solo un día.
El diez de octubre es un día después del nueve, que te cubre y te conmueve. La sonrisa de una niña que se descubre para preguntarle a su madre, si va a comprar los fideos con forma de bolita, que ella misma había elegido. Y la madre disimula una sonrisa a la cajera del supermercado, y aleja a su hija con un casi imperceptible ademán. En su bolsita de supermercado estaban ya: Dos manzanas, medio kilo de menudencia de pollo, aparente medio kilo de azúcar y arroz, una docena de hamburguesas en un paquete congelado de color llamativo; amarillo estridente: “Doce hamburguesas por seis soles”. Doce hamburguesas. Doce serían su almuerzo para toda la semana. Doce hamburguesas.
-Mamá, te olvidas de los fideos... – Dice la niña, apuntando a un paquete de fideos de bolitas.
La madre se sonrojó, y empezó a contar sus monedas, mientras sacaba la cuenta del total, y restaba la diferencia en su cabeza, lo más rápido que ésta le permitía.
-Los fideos no son nuestros. – Dice la madre, apartándolos bruscamente contra mis compras.
Naturalmente yo era el que seguía en la cola del cajero de supermercado. Me quedé perplejo de la escena, que no pude decir nada. Le eché una mirada a mis compras, y no pude evitar una vergonzosa comparación con las compras de la señora. Quería decir algo, pero no encontraba las palabras. La señora me miró, luego a su hija que también me miraba. La agarró con brusquedad y salió del supermercado, alejándose de la incomoda escena.
Luego de pagarle a la cajera del supermercado, todas mis compras. No dejaba de pensar en la situación pasada.
Es cómico. Horas antes me sentía muy mal, por razones diversas, que no vienen al cuento. Pero no podía siquiera posicionarme en el pellejo de la señora. Ya no me sentía mal. Ahora me sentía avergonzado por agigantar y dramatizar mis problemas personales, cuando existen muchos importantes allá afuera.
Cuando llegué a casa, escribí un largo correo. Molesto. Ya no quería que Miss Carrusel se burlara de mí. Escribí un moderado post, que hoy publico. Vacié las compras del supermercado sobre la mesa. Y un discriminado paquete de fideos de bolitas se encontraba en la cima del montón de productos.
Hoy es un diez de octubre.
Un día después
de la señora de negro, la hija con frió, doce hamburguesas, el paquete de fideos.
Un año no es un logro, es un escalofrió, una belleza,
un día sin dedos.
Feliz aniversario.
Lima, querida.
Los que viven en Lima pueden dar fe, de que las calles cada vez más se vuelven intransitables; en cada tramo de carretera eres sorprendido por carteles que dicen “desvió”, o con improvisados tramos cerrados o cercados que encierran huecos de impacto meteorítico.
Hace poco tomé un bus que me trasladaría por toda la Arequipa. Y tuve que bajarme antes, y caminar hasta donde tenía que llegar; debido a uno de esos benditos “desvíos”. En el trayecto, pasaron dos situaciones curiosas:
Carteles pegados en los postes, que afirmaban tener la cura contra la Infidelidad.
Detectives Privados.
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Solución contra la infidelidad.
Es irrisorio que estos detectives se den de salvadores del engaño entre parejas, cuando lo que hacen es arruinar la diversión – No me tomen muy en serio -. ¿Es acaso esa la solución del problema?. Bah. Cuando dicen “detectives privados”, me hace acordar a esas películas de los cincuenta, donde el detective – con sombrero y sobretodo oscuro, y un infaltable cigarro en la mano - atiende a la señora vestida de negro, que acude con fotos de su pareja y una triste historia. ¿Acaso alguien -hoy en día- contrata estos “detectives”?. Solo tengo un pensamiento: Estos “detectives” se deben estar muriendo de hambre, con ese negocio improductivo en una sociedad más liberal. O quizás estoy equivocado: El negocio va bien, seguro que han “solucionado” muchos problemas de “pareja”, y se deben estar bolsiqueando mucho dinero – por eso pegan sus anuncios en un mísero poste-.
No es muy recomendable subir a un bus, cuando está garuando – Esperen que escampe, se los aseguro -. Las ventanas se cierran, y el bus parece una sauna, de olores extraños que expiden los pasajeros (El chofer, y el cobrador también dan su cuota de olor especial). Para colmo, en el bus que venía esperaban a que se llene de pasajeros – a pesar de los justos insultos que vociferaban estos -. Ya “por fin” lleno, siempre hay espacio para un jodido ex presidiario – como se suelen autoproclamar - caramelero que toma como rehenes a todos, y les pide un sol ( por un chicle que cuesta veinte céntimos ). O una señora inescrupulosa que sube al bus con un bebe recién nacido a mendigar. O un niño que tararea canciones y parrapotea un mismo discurso – cuando sus holgazanes padres los esperan desparramados en el césped chismoseando con otros señores que explotan a sus hijos-.
No, no estoy molesto. Solo estoy haciendo catarsis o Katharsis (Kadaarrsiid como pronuncia mi alienado profesor peruano, que ha estudiado dos años en España, ostias!) de un día de bus y lluvia.
Salud, lectores!
Desde la comarca.
Es difícil de creer, pero nunca antes me había propuesto conocer mi universidad. Andy, una amiga, quería conocerla de cabo a rabo – o lo que mis infatigables pies soporten - y yo no tenía excusa alguna para impedirlo. La mayoría de la gente prefiere las noticias malas primero, y luego las buenas. Entonces acorde a ese pensamiento nos dirigimos hacía mi facultad, como primera parada.
En las entradas de Mordor, la horda se encontraba en reposo. Un almuerzo en la cafeteria de la facultad, es fácilmente agotador. Ya que no solo tienes que hacer cola para pedir tu comida, sino que tienes que buscar un decente lugar – en el césped o en las gradas – para digerir tu merienda. Con la guardia baja, un estudiante y una forastera hicieron su entrada a Ciencias. Andy hacia algunos comentarios sobre la estructura del edificio, como una estudiante de arquitectura se permite, mientras yo pensaba que ya no tiene remedio, deberían derrumbarla y construirla de nuevo.
Desde el tercer piso de uno de los edificios de la facultad – mal ubicados, había comentado Andy – se podía observar entera. Me sentía como el mismísimo Saruman, en una de las torres, observando como los estudiantes se apuraban a llegar temprano a sus clases. O a internarse en la biblioteca, para repasar sus estudios. Y a reunirse en grupos, para discutir algún problema de Física o Química - Nunca antes me había sentido más vago-. Esa sensación fue la señal para abandonar Ciencias, y dirigirse a Letras.
En el camino, por el pasillo muy bien apodado “Tontodromo”, pudimos observar algunas facultades. Como la polémica Artes, que aún mantienen las esteras de asbesto y las esculturas en medio del césped, que despiertan en el espectador, la curiosidad y la chacota – Ni Andy, ni yo pudimos descubrir que era, lo que parecía un hueso marrón erguido-. Pudimos ver la Capilla, la cual yo solo había visitado para cortar camino hacía mi facultad. También Sociales, en la cual dieron un concierto de Mozart, alguna vez – con coro y todo - y de la cual solo guardo molestos recuerdos – Esa ya es otra historia-. Pudimos ver el edificio, recientemente construido, con grandes ventanales – Sigo insistiendo que deberían poner cortinas. – Andy me explica que no se puede ver de adentro hacía afuera por las ventanas, pero sí de afuera hacía adentro. Se pueden captar entretenidas figuras desde afuera, como alumnos dormitando o algunos alumnos exploradores escarbando sus fosas nasales.
Llegamos a Rivendel, donde se imparte mi próxima clase; en Letras la estructura no es muy distinta a la de Ciencias, pero se puede notar una gran diferencia en sus estudiantes: Mantienen un aire relajado, y no están tan apresurados. Nos dirigimos a mi salón, e invito a Andy acompañarme. El curso electivo – debes llevar dos por lo menos -se llama Literatura Actual, y debo reconocer que me ha causado una ligera decepción: Solo vamos a leer Poesía. No es que me moleste leerla, solo que hubiera preferido estudiar algún escritor de narrativa actual.
Salimos del salón y luego a la salida de la universidad. Andy no hizo un comentario general, ni se lo exigí. Creo que no he podido ser peor guía.
La poesía humaniza, necesito en grandes dosis, entonces.
Siempre he considerado los domingos, como el peor día de la semana, y hoy me doy cuenta, que he sido muy injusto. Reflexivo, puede ser el mejor adjetivo que puede calzar este día - el más largo- como lo solíamos llamar mis hermanos y yo. Miro en retrospectiva toda la semana, y puedo asegurar que no ha sido tan mala. Una semana de viaje, de borrachera, de novedad, de drama.
Viaje. Pues el último no ha sido tan “divertido” como el que conté la otra oportunidad (Buen viaje) Esta vez he dormido casi todo el viaje, digo “casi”, porque la “aeromoza” - ya sé que se dice “terramoza”, solo que aeromoza suena más bonito, y desata fantasías – me despertó como cinco veces. Ni los baches, ni las curvas peligrosas, ni Tolerancia Cero, ni un policía corrupto, ni un huayco, ni una vejiga descontrolada, ni los mareos, ni Ticlio, ni la señora con pómulos pronunciados, ni un pasajero quejica me habían despertado tanto como la aeromoza en esta ocasión.
-Señor, señor... ¿va a almorzar? – Dice sonriendo. Siempre despierto de humor fatal, así que no podría estar seguro de la mirada que le lancé. La aeromoza sólo atinó a poner el tapercito en la pequeña mesa plegable, del asiento del bus.
Un tanto después.
-Señor, señor... ¿va a querer una bebida?.. Pero si no ha almorzado, señor. Le retiro sus... –Dijo manteniendo la sonrisa. Ya había reconocido la voz entre sueños. Acaso no ve que estoy roncando, ajo!. Claro que no le dije eso. Solo moví la cabeza, y la volví a enterrar en la frazada que te dan al empezar el viaje – Que por cierto, no abriga ni mierda.-
Un tanto después.
-La basurita, señor... La basurita... – Decía cuando pasaba por mi costado. Que le cuesta estirar la mano, para recoger el taper, que ella misma puso, y no comí nada. Malhumorado enterré el taper, en la bolsa negra de basura, que la aeromoza mantenía con las dos manos.
Un tanto después.
-A ver, a ver... las frazadas, frazaditas... – Dice. Encima que me despierta cada hora de viaje, ahora me quitaba lo único que me mantenía caliente. Tiritando le devolví la bendita frazada.
Un tanto después.
-Señores pasajeros, la ciudad de Lima, les da la bienvenida. – Dijo por el altavoz. Por fin, joder.
Borrachera. Una reunión de promo, o la humilde sexta parte de esta, para decir verdad. La pase muy bien, no me embriagué – A ver, ¿Quién dice lo contrario? -
*Chubi, es un honor haber roto tu letargo abstemio.
*Bet, nadie más baila como tú, ni cocina como tú, ni peina como tú – Ejem-
*Andrea, gracias por celebrar mi cumpleaños - ¿Qué?- Adoro cuando mienten por mi.
*Vieja, yo también quiero ser Moko – Tu me entiendes – No me mires.
*Abel, nunca más tomo tu combinación de vino. Es blasfemia!
Espero que se repita, ¿Gordo te apuntas?. – ¿Y tú, lector?
Novedad. El blog, que no sé como sigue con vida; si no fuera por los buenas opiniones. Les agradezco a todos y todas. Un agradecimiento especial a Fiore – la madrina del blog – Y a Lisa, que se lee todo, y me aguanta las locuras. Y gracias por los comentarios a todos. (Sarcasmo)
Drama. Ni un renglón. Ni un mísero verso te dedico. Que te vaya bien, miss Carrusel.
Adieu, hasta la próxima.
Chocolate Arequipeño.
A pesar de la fama de memoria de pez, que me caracteriza. Tengo recuerdos claros de mi viaje de promoción. Si bien es cierto, no me acuerdo de la mitad – no por mi memoria, sino por los efectos no deseados del alcohol- la anécdota que voy a contar es lo más cercano a la realidad.
Si no me equivoco, era el tercer día de viaje; todos estaban cansados y trasnochados. Si bien disponíamos de hospedaje en cada una de las ciudades que visitamos, no recuerdo haber disfrutado de la cama de alguno de ellos. Porque la noche no se podía desperdiciar en lecturas a la luz de la lámpara o en una prolongada siesta. La gente quería alcoholizarse como nunca lo había hecho. ¿Cuándo dormíamos?. Simple, en los buses; ya sea los que atravesaban las provincias o los buses turísticos, con su respectivo guía: que gastaba la lengua en un montón de resaqueados mocosos.
Nos dirigíamos de Cuzco a Arequipa, en uno de esos buses que primero te cocina con la calefacción y luego se convierte en una refrimovil. Yo no puedo dar fe de esos acontecimientos, porque yo me encontraba dopado total. ¿Por qué? Bueno, yo todavía no conocía las pastillas que ahora tomo, que no te dopan; te hacen dormir y te “calman” las nauseas. ¿Qué me dopó? La idiotez. Un amigo que sufría el mismo “trauma” que yo. Había conseguido dos diazepanes. Y la historia es conocida. Me despertaron con cachetadas – exagero- y yo mantenía una sonrisa tiritante. El viaje había durado un segundo en mi cabeza.
El itinerario en Arequipa, consistía en pasar todo el día en esa ciudad y viajar por la noche rumbo a Tacna. O sea estábamos de pasada. No había mejor noticia que esa; no tendríamos que soportar ese frío ni un día. Lo que no sabía, era que después me arrepentiría de ese pensamiento.
El bus turístico, no era novedad. Un bus que nos transportaba por toda la ciudad, a una velocidad considerable para no despertar a nadie. Sin embargo, yo estaba más despierto que nunca. Juroti, así se llamaba, era la arequipeña más bonita que había conocido –ciertamente era la primera que conocía, pero eso no le quita méritos – iba a ser nuestra guía por la ciudad. Yo no la dejaba de mirar, poseía una belleza única; piel morena clara, labios rojos, nariz respingada. Mi sueño de mujer fue interrumpido por un codazo de Victor – Sí, el chico de los diazepanes, que también estaba despierto. En realidad creo que éramos los dos únicos -.
-Tiene pelos. Que la miras tanto como cojudo.- Me dijo, riéndose.
¿Pelos?, pensé. Seguro no le había pasado el efecto de la pastilla, ahora alucinaba, el mongo. Miré cuidadosamente bajo sus delgados y finos brazos; y bueno, eran unos vellitos diminutos en la axila. Que cabrón mi amigo, por notarlos. Yo le perdonaba todo defecto: ahora me parecía más terrenal, Juroti.
Hicimos una parada, una de las tantas en los lugares turísticos de la ciudad. Era el Monasterio de Santa Catalina. El recorrido fue interesante y el único que escuché en todo el viaje; Juroti explicaba tan bien el lugar. Otro codazo me sacudió de mis pensamientos.
-Señorita guía, necesito ir al baño, y estoy medio perdido aquí – Dijo Victor, a viva voz.
-Dime Juroti, porfa– tan linda ella – Vamos, yo te llevo.
Para sorpresa de todos, Juroti había decidido acompañar al condenado ese, interrumpiendo su explicación de una bacinica que alguna monja había utilizado hace cien años. Se tardaron y mucho. ¿Qué estaban haciendo?. Después de unos eternos cinco minutos, los dos aparecieron felices de la vida, riéndose y contándose alguna ridícula historia. Mientras aquí, la gente quería culturizarse, aprender. Si señor – Nada podía ocultar mis enfermizos celos-. Las explicaciones pasaron de entretenidas a aburridas. Ahora, Victor la miraba, hacía preguntas tontas, y se reía con cualquier comentario. Cuando en mi cabeza, se empezó a cocinar un plan maestro. Alcé una mano, y con la otra le daba de codos a Victor.
-Juroti, estee.. estee.. necesito un baño, creo que es urgente – dije rapidamente, mientras pensaba: Dije ¿“Creo que es urgente”?. Que idiota.
-Oh, baño – dijo, sonriéndome. Por fin sería toda mía, iríamos al baño juntos, le haría reir y... – Tu amigo... Victor, ¿no?... Él sabe donde está el baño. Acompáñalo porfa.
Esos minutos al baño, tuve que aguantar las bromas de Victor. Ni siquiera tenía ganas de ir, en ese momento.
Ya era de noche, cuando fuimos a una conocida tienda de chocolates y dulces en Arequipa; La Ibérica, así se llamaba. Compré algunos dulces para mi mamá y hermana, pero el objetivo era otro. Le pregunté a Juroti, cual era el chocolate que más le gustaba, y señalo el chocolate más grande que había visto. Y no solo por eso era el más caro, sino porque se hacían pocas unidades.
Ahora que lo pienso, cuatro años después; estoy seguro que la idea de comprarle un chocolate, no había cruzado por la cabeza de Juroti. Sin embargo, le conmovió la idea de que un joven, seis años menor que ella, le hiciera ese regalo. Su única reacción, fue escribir su correo electrónico, atrás de su tarjeta de presentación, que me obsequió seguido de un beso en la mejilla.
¿Si volví a hablar con ella? Si, algunas veces por el msn. Ahora es “felizmente” casada. Y creo que vive en Lima. Solo puedo acotar, que en ese chocolate se fue parte de mi pubertad e inocencia. Y ahora es un grato recuerdo.
Buen viaje.
No puedo ni quiero dormir. Siento el olor del aromatizante barato y el sonido del motor del bus interprovincial en mi cabeza. Faltan menos de ocho horas, para que me encuentre sentado incomodo, entre los angostos asientos del bus que me llevará de vuelta a “casa”. Me siento mareado, y prometo que no estoy bajo el efecto del alcohol. Es la sensación – maldición, debería decir – que siento desde pequeño, horas antes de viajar de la sierra a la costa, o viceversa. Debo contar avergonzado, que hasta hace poco años, guardaba secretamente una bolsa de plástico – probablemente con agujeros- en el bolsillo trasero de mi pantalón. Como provisión de salvación, por si los mareos me jugaban una mala pasada.
Ahora me compro pastillas para dormir – para el mareo, es solo un placebo – que producen su efecto en mí, casi al instante. Sino fuera por la entretenida película que pasan en el bus –en una a las quinientas-, podría decir que tienen ciento por ciento de efecto en mí. Escribir esto me hace acordar, que aún no la he comprado.
Debo confesar, que el escribir me ha hecho olvidar por completo la sensación maldita. Y joder, me la ha devuelto ahora al recordarlo. Eso me hace acordar a una experiencia reciente en estos móviles de más de cuatro ruedas:
A fines del año pasado, viajé para celebrar las navidades con mi familia. Y en el bus que venía, me tocó como acompañante de asiento; a una mujer sesentona de sonrisa amplia y pómulos pronunciados. Se paró en el pasillo que separan los asientos y no dejaba de sonreírme, yo solo atiné a devolverle la sonrisa y a seguir jugando con los juegos ridículos – pero que fácilmente te pueden enviciar - que tienen ahora, los celulares.
Sin embargo, la señora se había quedado parada en medio del pasillo, interrumpiendo a los demás pasajeros que querían llegar a sus respectivos asientos.
-¿Sí?, señora... – le pregunté.
-Pues, mi hija; la Charo (sic) me ha comprado un asiento que da a la ventana, yo quería el asiento que da al pasillo, joven.
La señora parecía embalsamada, ya que mantenía la sonrisa de oreja a oreja, esperando alguna reacción de caballerosidad mía. Yo no tuve mayor problema, no quería estropear el viaje, además ya había tomado mi pastilla. El asiento a la ventana no podía ser tan malo, estaba acostumbrado al asiento del pasillo, porque mantenía el miedo de que alguna urgencia me obligara a salir disparado hacía el final del pasillo, donde estaba ubicado el baño del bus.
Luego de acomodar sus dos pesadas maletas de mano, en uno de los compartimientos del bus, le cedí el asiento a la señora, que aún mantenía su sonrisa. Me acomodé, como suelo hacerlo cada vez que viajo; desparramándome en el asiento. Ella no dejaba de moverse, debido a que su “silueta” no calzaba cómoda en los estrechos asientos. Cuando al parecer había encontrado su posición, yo suspiré cachosamente.
Esa situación, no era más que la señal premeditada de un horrible viaje, que compartí con la señora de pómulos pronunciados. Aún recuerdo alguno de los nombres de sus ocho hijos y sus respectivas profesiones o cachuelos, sus problemas y sus alegrías. Sólo agradezco el efecto de la pastilla, que me mantuvo medio dopado. Lo curioso es que al llegar, nos despedimos con un ligero abrazo, y una palmadita en la espalda, que dos desconocidos no se pueden ofrecer.
-Cuídese, joven – Llegué a escuchar.- Espero que le vaya bien en la universidad.
-Yo también – dije feliz, casi susurrando, riéndome por dentro.
Bienvenida.
Son las dos y pocos minutos de la mañana, me he creado un blog en unos segundos, que advierte desnudo y descolorido señales al hoster, de su precaria imagen. Sin duda, si no fuera tan tarde, indagaría en la web; las diversas formas de colorearlo y darle vida. Solo tengo fuerzas, antes de que mi cara aterrice en el teclado, de escribir un moderado post de bienvenida a los lectores -como si hubiera alguno- y de contarles algunas de las razones de la creación y nombre del blog.
Experiencia catártica. Sin darme ínfulas de conocedor de métodos relajantes, puedo asegurar que el escribir, a lo largo de toda mi vida; ha sido un tubo de escape, de emociones, de situaciones que no he podido sobrellevar de la mejor manera. He tenido algunos diarios – nótese que digo “algunos”, y no uno continuo – porque no he podido mantener uno con más de una decena de situaciones contadas, sin dejarlo antes en el olvido. Por una simple razón: Una desmotivación de la idea (flojera). Que si estoy seguro de que esta “bitácora” continúe con vida, pues no. Lo que si puedo asegurar es que mientras tenga alguna historia que contar, este blog gozará de buen cuidado, o por lo menos; uno decente.
Sin duda las razones que me llevaron a tomar la decisión de crear el blog, no están divorciadas del hambre patológico de contar mi vida. Más estaría mintiendo, si dijera que no he leído ningún blog, o que no me haya inspirado alguno. En la web, se puede encontrar de todo tipo de bitácoras informativas, entretenidas, etc. Tanto que debo confesar que me he quedado leyendo dos horas seguidas las entradas de uno, y que espero ansiosamente- sin exagerar- la próxima.
Y bueno, sobre lo que les puedo ofrecer. Historias reales, ficticias, desfiguradas, oníricas, etc. Que sin duda escribiré con placer, con el mismo que ustedes espero las disfruten. Es verdad que para mí, cada una de las historias será un desfogue, espero que para ustedes sea una catarsis similar, un arranque de un par de sonrisas, o por lo menos un decente asesinato de su tiempo.
Gracias, por leer hasta acá.
Hasta la próxima entrada. Saludos.
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