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Etiquetas: [Coma y punto]  [RESEÑAS]  
Fecha Publicación: 2016-05-05T12:40:00.001-05:00

Sucedió en el verano de 1947, tenía siete años. Hasta hoy no consigo ampararme de aquella tormenta; todavía me oprime aquel día en que mi madre intentó hacerme comprender que por razones de salud, su asma, tendríamos que separarnos.
Mi mamá se marchaba a Chosica. Mi padre se quedaría conmigo en esa casa larga y húmeda. Tendría que ser obediente… fueron sus últimas palabras. Me besó para luego asomar la belleza de su rostro por la ventanilla del coche. Yo ya había llegado hasta mi balcón, donde me atornillé con los ojos abiertos y vaciados. El auto arrancó y se marchó.
Mientras contemplaba cómo desaparecía el vehículo, sentí que una mano cogía fuertemente mi cintura. Era mi ama, Adela, que me asía con fuerza para evitar, supongo, que me lanzara desde mi atalaya. Pero eso no podía ocurrir, empezaba a vivir en mi país, es decir a maldecir a dios.
El pequeño Coco con su mamá Luz
En aquella casona me sentía un ser clandestino. La única pieza sin maleficios era la cocina. Allí, en ese centro de ahumadas paredes sobre las que relucían el cobre y el aluminio de las cacerolas, conspiraban a diario la cocinera y la joven provinciana encargada de cuidarme. En ese refugio que fue la cocina estaba a salvo de la tristeza.
Me sentía radiante observando el chisporroteo que brotaba de los carbones encendidos, las llamas reverberaban sobre los rostros de esas sacerdotisas. Me pasaba horas y horas con la mirada fija en el fuego, esperando no sé qué milagro. Salía de allí feliz, con los ojos enrojecidos y el rostro cubierto de cenizas.
Apagados los adioses, empecé a conformarme con imaginar el reencuentro con mi madre, a esperar el día siguiente y el milagro de su cariño. Tuve que esperar mucho; pero a prendí creo, a vivir lo cotidiano con la esperanza de un mañana encendido como ese fuego que abriga y da vida. Pienso que así empezó todo.
He viajado desde temprano y no sé hacer nada fuera de escribir, bailar y cocinar. Creo firmemente en la amistad, el amor y la generosidad; y creo que es importante, lo más importante, saber que las cosas son nuestras solamente cuando las compartimos y no han nacido de las hambres ajenas.

Jorge Salazar, Miraflores, 18 de febrero de 2008.
Del prólogo de “Coma y Punto” (Aguilar, 2015)


Fecha Publicación: 2016-04-05T08:25:00.003-05:00
"Para ser político en este país no se requiere nada. Cualquier canalla, cualquier hijo de puta puede ser político. Eso aprendí. También que cuando haces política, estás expuesto a qué cualquier hijo de puta te haga una putada y que acabes convirtiéndote en un canalla. Por eso abandoné la militancia. Por eso salí de la política para dedicarme a escribir. Mis escritos hablan. Ahora no tengo nada que hacer con la política partidaria, pero sí me interesa el destino de mi país y me siento comprometido con escribir lo que siento de mi país."

Jorge Salazar​ (27 set 1940 - 8 jun 2008)
Entrevista de Roland Forgues, Lima, 1983.



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Fecha Publicación: 2016-03-31T03:00:00.000-05:00
Jorge Salazar (Holanda, 1969)
Lo admirable es que, con todo lo que sabe de comida, Jorge Salazar come poco. Gastrónomo pionero a años luz de la actual novelería culinaria, cada vez que hemos compartido una mesa no ha dejado de sorprenderme los pocos bocados con los que se satisface, dejando sutilmente a entender que el mortal y común apetito que nos lleva a coger los cubiertos no es la única ni menos aún la principal razón por la que Salazar rinde culto a las tres comidas diarias, que a veces es solo una, pero suficiente. 

Su deleite y ritual gastronómico se inicia con una honda contemplación del plato, en busca de la genealogía e historia que lo hace apetecible. Al iniciarse esta pesquisa –digamos, a partir de una pizca de tausí apenas percibible sobre un ala de pichón– vertiginosamente se sumerge en los miles de años que puedan haber detrás de la incorporación de un condimento otrora salvaje a la refinación culinaria, recreando en breves estampas animadas que a veces comparte y otras también, algún suceso histórico que tuviera dicho alimento como marco digestivo de fondo, que al entendimiento y argumentación de Salazar se hace protagonista principal por encima del hecho mismo.

Así, el inicio del poderoso Imperio Romano al concretar el dominio militar de Egipto a través de cruentas batallas, no es en verdad sino un pretexto por controlar el crujiente pan que se lograba con el dorado trigo del Nilo. Pan, luego imperio.

Cuando esto sucede y sucede siempre, el restaurante, el chifita de barrio, la modesta mesa de cocina –no importa el lugar–, se ve honrada por la presencia de ilustres espontáneos que nadie, salvo Salazar, podría invitar: faraones egipcios de paladar eterno, esclavos persas de papilas liberadas, algún apóstol goloso, o un guillotinado aristócrata francés, cabeza en mano, en busca de la mayonesa perfecta. Luego, con la misma velocidad con la que fueron convocados desaparecen hasta la próxima cita invisible. Acudirán puntuales como el hambre.

No me consta que esto suceda cuando Salazar come solo. Aunque dudo que alguna vez coma solo. En un país dolorosamente hambriento como el nuestro, en que el conocimiento gastronómico pasa por elitismo culturoso, moda de bolsillo caro, falso lujo del que recién aprende a comer sentado; para Jorge Salazar, y esto es aún más admirable, compartir una mesa es el mejor de los sabores posibles. A la mesa los hombres se hacen hermanos, dice. Tal vez por eso come poco, para que los demás prueben y sepan del placer que él conoce como mejor alimento que nos da la historia, nos da el comer, nos da el vivir; la generosidad. A la mesa y fuera de ella.



Libro: "Coma y punto" de Jorge Salazar
Editorial: Aguilar (Penguin Random House)
Páginas: 142
Primera edición.

Etiquetas: [SEMBLANZAS]  
Fecha Publicación: 2016-03-30T18:30:00.001-05:00
Por Carlos Cabanillas

‘Coco’ Jorge Salazar, en el 87, destino de la admiración de su esposa, la modelo inglesa, Moonbeam

Todo personaje es un conflicto. Todo personaje busca resolverlo: he ahí el móvil. Algo debe ser eliminado o ser conseguido. Recapitulando: hay un conflicto, ergo un móvil, uno o varios delitos, una o varias muertes metafóricas o reales: da lo mismo. Algo muere en toda historia. Hamlet, Edipo Rey, Jesucristo, el Jesucristo de Los Papeles de Damasco (2006). Jorge Salazar tiene razón: las historias son policiales. La suya también. 

Quienes lo conocen más aseguran que siempre estuvo rodeado de mujeres hermosas. La belleza y la muerte, siempre de la mano. La gastronomía, ese refinado policial donde la víctima va en el plato, es otra de las muchas pasiones de Salazar. Editó y escribió en forma colectiva La Academia de la Olla (1995), y luego se embarcó en sus sibaritas Crónicas Gastronómicas (2004), libro que ganó el Gourmand World Cookbook Award 2005. Ahora come menos, mucho menos. “Lo que te da la vida te la puede quitar, según la dosis”, dijo alguna vez sobre un medicamento que tomaba para su corazón. 

Más lejos de la cocina, mas no de la sangre, logró terminar este año su saga de muertos, sin heridos o contusos. Su ambiciosa obra en cuatro tomos, Historia de la Noticia, es un velado best-seller: A sangre y tinta (1996), La guerra y el crimen (2001), De matar y morir (2004) y La sangre derramada (2007). Un repaso de crímenes pasionales, familiares y duelos (“Todo honor se paga con sangre”, decía el Mamoru Shimitzu de su novela La medianoche del japonés) . Cuando quiso escribir menos, lo hizo mejor: en 1980 ganó el premio Casa de las Américas por su novela La ópera de los fantasmas, ambientada en la tragedia del 64 en el Estadio Nacional, a la que sobrevivió.

También participó en la revuelta de Javier Heraud (Piensan que estamos muertos, al alimón con Alain Elías), y la sobrevivió sin perder su amor a la vida y al deporte rey. Compiló 11 Historias de Fútbol (2000) y escribió los 50 años de Sporting Cristal. Sobrevivió, finalmente, a ser editor de CARETAS (“definirla sería como intentar traducir al japonés el canto de los pájaros”), donde entre notas de política internacional y leyendas urbanas supo cosechar el eterno policial, que se hizo libro en 1987 con Poggi: la verdad del caso.

Fue y es catedrático e investigador en la Universidad de San Martín de Porres. Fue redactor de Der Spiegel de Alemania y Cambio 16 de Madrid. Es decir, viajó. Y actuó, bailó, amó y escribió. Y escribe, y espera terminar El cantar de las cenizas, novela sorpresa. Y vive, como en un policial inconcluso.

Revista Caretas, diciembre 2008
Etiquetas: [SEMBLANZAS]  
Fecha Publicación: 2016-03-30T16:52:00.000-05:00
por Rolando Breña Pantoja

 Jorge Salazar
Han pasado ya algunas semanas de la muerte de Jorge “Coco” Salazar. Yo no sé si le tengo una deuda. Porque hace algunos años, bastantes ciertamente, conversando con él en un encuentro casual (casuales fueron todos nuestros encuentros después de San Marcos), lo comprometí (creo que lo comprometí) a sentarnos una noche en un café para que en el transcurso de la noche entera hablara sobre su vida, para una biografía o algo parecido. Pero se murió y no sabré nunca si su promesa fue sólo una salida a mi majadería.

Lo conocí cuando ingresé a San Marcos. 1962. Fue uno de los primeros comunistas que conocí personalmente. Fue nuestro responsable en nuestros Círculos de la Juventud Comunista en la Facultad de Letras. Recuerdo el grupo de adolescentes: Darío Rubio, Azparrent, Delgado, García-Godos, Luis Ojeda, María Tello, Edmundo Murrugarra entre otros, en larguísimas reuniones para estudiar, discutir, organizar, conspirar, soñar con la revolución y el socialismo. Coco, siempre impaciente y apurado, mirando a los lados, como esperando permanentemente algo o a alguien. Hablando como quien da sentencias, casi entre susurros, como convenía a un buen conspirador; actuando, en un informe o en un análisis, como un experto mecánico desmontando una máquina, sin olvidar ninguna pieza suelta esencial o secundaria.

Con un eterno cigarrillo quemándole los dedos. Con ternos casi extravagantes por su tremenda estrechez, que lo hacían más flaco (y lo era bastante), de colores no muy usuales, una delgadísima corbata (se podía creer que Jorge había dividido una corbata en dos). Los zapatos siempre bien lustrados, brillantes, enormes. Justamente por eso dejó de ser para nosotros “Coco”. Lo bautizamos como “El Barón Dandy”. El camarada “Barón Dandy”.

Nos sorprendía siempre con sus conocimientos. No había hecho político, nacional o universitario que no conociera lo suficiente para exponerlo, explicarlo y argumentar a favor o en contra. Y cómo bailaban sus ojos cuando se apasionaba en sus intervenciones o conversaciones. Se atropellaba a veces al hablar. Tal era el cúmulo de datos y detalles que quería comunicar, que no parecía suficiente la velocidad de su verbo.

La vida y los avatares políticos nos separaron. Quince o veinte años después lo encontré en la presentación de uno de sus libros. De allí las circunstancias nos juntaron de cuando en cuando. Al conversar no recordamos nunca los tiempos sanmarquinos. Al hablar de política, lo hacía como el médico forense al diseccionar un cadáver: preciso, seco, frío. Al hablar de cocina parecía tener delante una fuente del manjar que describía o cuya historia contaba. Al hablar de fútbol no había historia ni anécdota que no brotara como un torrente por la inmensidad de sus conocimientos, sus recuerdos, sus odios, sus amores. Esta nota acaba abruptamente, incompleta. Hasta la vista, mi querido “Barón Dandy”.

30/7/2008
Etiquetas: [SEMBLANZAS]  
Fecha Publicación: 2015-09-21T11:11:00.001-05:00

Por Daphne Zileri

Jorge Salazar es sorprendentemente puntual. Con aire de trasnochado, pinta de bohemio, bufanda al cuello, preferentemente negra y de seda. Desconcierta.
Aparece para una entrevista.

Jorge Salazar, dueño del mundo
Coco se preocupa por mí. Siento que el asma cascabelea como un quitasueños en mis pulmones. Pero para no decepcionarlo le digo que estoy muy bien. Después de todo lo estaré pronto. Los milagros, según Coco, están a la vuelta de la esquina.

Coco es cortés. Habla en voz baja y ríe en voz alta.
Pregunta si incomoda la grabadora. “No, para nada”, responde su entrevistado nervioso. Y para qué, si Coco jamás la utiliza.  Él recurre a su memoria comparable a una computadora que además posee la virtud de la imaginación y colorido.

Para disimular apunta jeroglíficos en una libretita de bolsillo.
Escribe vertical, horizontal y diagonalmente en páginas dispares.
Es un poco más cuidadoso cuando logra la receta favorita del entrevistado quien, ya, con las defensas bajas, ni cuenta se ha dado del robo furtivo.

Coco ama la cumbia, el jazz, el afro y Mozart. Ama a las mujeres. Cree en los amores eternos pero fugaces.
Nació en Chosica y es dueño del mundo. Ahí va su pata del “Reina del mar”, ahí está el de los toros de Sevilla y el otro de la pensión de Hungría. Jorge Salazar quiere a sus amigos pero más quiere a su soledad.

Jorge Salazar es generoso y desprendido. A mí, supo darme los pañuelos blancos en su momento oportuno. Ese gesto se lo agradezco infinitamente.



Etiquetas: [Coma y punto]  [RESEÑAS]  
Fecha Publicación: 2015-09-20T11:11:00.000-05:00

Por Juan Ochoa López

"COMA Y PUNTO" de Jorge Salazar
Cuando un escritor nos plantea la duda de si escribe mejor de lo que cocina constituye, de por sí, una rara avis literaria, un personaje de innegable talento que parece subsistir y trascender en la medida en que es universal. 

Su libro “Coma y punto”, demuestra que la obra, que la prosa, que el puño y la letra de este linajudo cronista peruano, Jorge Salazar, derrocha continentes y tiempos, vitalidad y un conocimiento vasto del espacio culinario.

Jorge, cocinero de la palabra, gourmet de los viejos libros, ha mezclado con justezas y equilibrios sus historias hasta ofrecernos una depurada selección de textos que son una obra de arte, que no abusa de los ingredientes, que son usados tan sencilla como magistralmente, con precisión.

Salazar es ajeno a los nacionalismos, a las limitantes fronteras patriarcales, a ese terco insistir de que “el cebiche es peruano” y otras tantas irreflexivas posiciones patrioteras. 

Jorge que piensa tan profundamente y sabe, nos enseña en cada texto, como el mentor que esclarece. Claro que se vale de tretas singulares, como exhibir un abanico de ricos personajes. 

El lejano oriente deja de ser lejano gracias a este gran libro de Salazar. Difícilmente un escritor de temas gastronómicos zarpe de Lima y, cual viajero del siglo XVI y XVII, alcance los mares de Tasmania. A Jorge le debemos la magia de descubrir estos sabores milenarios. 

Este sabroso libro de Jorge Salazar ha sido escrito con la paciencia del orfebre, con la minuciosidad del artífice, con la maestría de aquel que escribe crónicas perdurables e infinitas.
Etiquetas: [Charlas con Soledad]  [RESEÑAS]  
Fecha Publicación: 2015-09-02T23:49:00.000-05:00
Por Alfonso González Vigil 

Su obra invita a ser admirada. Es complicado resistirse a los encantos y cualidades de su prosa, la escritura que llevó a la práctica en general sobresale por su calidad y por su notorio sello distintivo. 

Déjenme contarles que Jorge Salazar había nacido en Lima en 1940. Desde muy joven se dedicó al periodismo. Esta grata e ingrata profesión la ejerció no sólo en el Perú, sino también en otras latitudes (Francia, Holanda, España y Alemania contaron con la labor profesional de Salazar). Cursó estudios de economía, letras y periodismo en las universidades de Edimburgo,en Escocia, San Marcos en Lima y la Complutense de Madrid. 

En 1969 publicó el ensayo Una visión del Perú, dicho trabajo ganó el Premio De Gius de los Países Bajos. En 1976 publica al alimón con Alaín Elías la novela-testimonio Piensan que estamos muertos. También sacó una obra de teatro que mucha gente no conoce, esta se titula He llegado tarde a la ejecución (1978). Posteriormente, en 1980 aparece La ópera de los fantasmas, su obra cumbre con un monumental despliegue de fuentes, un nivel verbal ambicioso, polifónico y variopinto. No es de extrañar entonces que tamaña creación se adjudicara el Premio Casa de las Américas. Tiene en su haber varios libros más. Charlas con Soledad, editada en marzo del 2008 casi se convierte en un libro póstumo. 

Qué no era Jorge Salazar. Quiero decir que Jorge desarrolló y experimentó tantos oficios, aficiones y campos del quehacer humano. Charlas con Soledad, al igual que sus mejores escritos, evidencia las inquietudes y la variedad de preocupaciones y actividades de las que se encargó Salazar. Tuvo una existencia mayoritariamente feliz y, además, expresaba y demostraba a quien lo dudara que había sido pródiga en situaciones vividas. 

Ya he leído dos veces en su totalidad la publicación Charlas con Soledad y después de invertir tan placentero hábito de lectura frente a hermosos textos breves reunidos, debo admitir que inevitable consecuencia de lo revisado, de lo leído venían a mí los siguientes recuerdos o por los menos lo que siempre Coco me transmitió desde el día que lo conocí. Lo que voy a manifestar forma parte de lo que recuerdo.

Repito, qué cosa no produjo curiosidad o interés en este notable periodista, cuál ocupación que puede cultivar el hombre escapó de su versatilidad. Se especializó en gastronomía, en fútbol (apasionado de este deporte, por si acaso, era un reconocido analista en la materia), en periodismo (no se conformó con lo deportivo también fue apreciado columnista, exquisito y diverso cronista, perito en la llamada crónica roja, entre otros rubros), en el trabajo muchas veces solitario del escritor y en ser amigo. 

No todos en el mundo pueden ser amigos; resulta, por otro lado, difícil encontrar personas con la capacidad de entablar confianza, franqueza, sencillez y calidez con los demás. Así los tratara por primera vez. Jorge tenía esa facilidad, mejor dicho poseía esa virtud. Porque virtud es no dudar en tender la mano o cooperar con un semejante, ya sea para declarar en una entrevista o para dar un consejo de vida. 

Volviendo a Charlas con Soledad, comento que este magnífico libro se lee rápido gracias a que está escrito de manera ágil, manifiesta el gusto con que lo realizó Coco y cuenta con la cualidad extra de propiciar relecturas, la posibilidad de memorizar pasajes y aprender con las reflexiones, dudas y certezas existenciales que nos expresa cada página elaborada.

Es una obra hecha a la usanza epistolar; reúne mensajes redactados como contundentes columnas periodísticas, las cuales dirige a una hija imaginaria. Bueno, la vida suele ser sabia y le terminó dando una hija a la que adoptó y trato como tal. No en vano Coco le dedica el libro de los textos breves pero intensos y emotivos a la referida hija que le otorgó la vida: Elma. Son textos no tan extensos, que expresan consejos, disquisiciones y demás cosas que suscitan ciertos temas en la forma de pensar de Salazar. Esta especie de cartas las remite a su hija, la que refleja una presencia compañera y atenta hacia lo que el padre pueda manifestar. 

De ese modo, le habla y opina sobre el paso del tiempo, la mortalidad y los estilos de vida, la trascendencia en las acciones que emprendemos, el daño que genera el concepto de culpabilidad de ciertas religiones, la labor poética o del artista sensible, la inseguridad en las ciudades como Lima, los enamorados en este mundo terrenal, la capacidad del hombre de matar y dar vida, la seguridad de quienes son donjuanes, la contradictoria y muchas veces condenable naturaleza humana, el poder de la escritura, el atreverse a amar, el libre albedrío, las sinrazones de los extremos ideológicos, los valores que aún conservamos y las ganas con que se debe encarar la vida que es corta. 

Coco, dejó un legado intelectual y periodístico encomiable; no obstante, como uno de sus amigos considero que su obra quedó incompleta, ya que por culpa de enfermedades u otros inconvenientes y desafíos que nos pone la vida, no pudo acabar con todos los proyectos que emprendía o tenía pensado cristalizar en algún momento. Sé que existe un libro inacabado. Es por ello que me atrevo a parafrasear a Marco Polo, uno de mis personajes favoritos de la historia, él en su lecho de muerte expresó: “No he contado ni la mitad de lo que vi”. Algo parecido podría aplicarse con el buen Coco Salazar: “Él no pudo publicar ni la mitad de los libros que planificó”. 

Mereció que se editara más material redactado por él. Siempre lamentaré que no elaborara sus memorias. Aunque el consuelo que nos queda es que en todo escrito que publicó, incluso en sus crónicas más coyunturales se vuelcan sus anécdotas o experiencias personales, enriqueciendo de esa manera la temática abordada. 

Jorge manejaba tantos datos e información y los comunicaba con una mezcla de erudición, simpatía y elocuencia. Sus lectores merecíamos que el tiempo le hubiera dado la oportunidad de compartir más. Yo puedo asegurar que él no contó (por lo menos no en voz alta) ni la mitad de lo que sabía. Felizmente, Charlas con Soledad, lo último que a conciencia entregó, nos permite tender un puente con una persona culta, atenta y dispuesta a conversar si se ofrecen las condiciones del caso.
Etiquetas: [La ópera de los fantasmas]  [RESEÑAS]  
Fecha Publicación: 2015-08-26T20:48:00.000-05:00
por Juan Carlos Oblitas Saba*


Editorial Literal, México, 2015


Es difícil para mi, un hombre de fútbol, a la larga un hombre común y corriente, llevar al papel algunos sentires y las ideas que desearía expresar sobre la importancia y significado de La ópera de los fantasmas. Yo solamente puedo manifestar que en este libro, de Jorge Salazar, he podido reconocer a mi país, a mi gente, a sus autoridades, sus vicios, traumas y dolores. Estos textos empujan a uno a dudar, a pensar e intentar comprender lo incomprensible. 

Mientras leía el libro, los fantasmas iban apareciendo como interrogantes, ¿Dios mío, sucedió esto realmente el 24 de mayo de 1964? me preguntaba. La fantasía se entremezclaba con la realidad y los personajes “ficticios” resucitaban como si escuchasen las oraciones de Tata Manuel. Ahora, al escribir estas notas, se me vienen a la cabeza la época, los colores y sabores de ese año 64 en Mollendo. 

Yo tenía 13 años y allí me veo ese domingo: reunido con los míos escuchábamos por la radio la transmisión de ese Perú-Argentina cuando vino el gol del empate y con él la versión acerca de “la negligencia de los hombres de la puerta”. Recuerdo que a las siete de la noche, los noticieros radiales hablaban de un muerto, después, serían tres muertos, algunos desaparecidos y un número de heridos y contusos; al año siguiente ya no se hablaba del desastre. 

Como ya es de uso y costumbre en el país, olvidamos. Olvidamos que este hecho sucedido en la capital de nuestro Perú fue la peor tragedia ocurrida en un escenario deportivo en la historia de la humanidad. Han pasado ya cuarenta años y sin embargo el papel de ciertas fuerzas, civiles y uniformadas, sigue presente en el dramático tema de la violencia. 

La ópera de los fantasmas, creo yo, puede ser un punto de partida para convencernos de que las atrocidades cometidas no se oculten y, por lo tanto, no se repitan en los campos de juego y fuera de ellos. La ópera de los fantasmas es como una sinfonía que interpreta una partitura de injusticia, olvidos y silencios cómplices. 

Pensar, meditar es, creo, la inteligente invitación que nos hace esta novela que bien vale la pena volver a leer para saber quiénes fuimos y quiénes somos, sin miedo a la verdad y con ansias de justicia para que mañana, los que vienen y los que vendrán, puedan ir al estadio o a cualquier otro lado sin temores ni rencor.

*Director de la Federación Peruana de Fútbol
Etiquetas: [La ópera de los fantasmas]  
Fecha Publicación: 2015-08-26T20:17:00.002-05:00

"La ópera de los fantasmas" de Jorge Salazar
Editorial Literal, México, 2015 Colección Naranja Dulce

Etiquetas: [La ópera de los fantasmas]  
Fecha Publicación: 2015-08-25T20:34:00.000-05:00

"La ópera de los fantasmas" de Jorge Salazar
Editorial Literal, México 2011, Colección Naranja Dulce
Etiquetas: [La ópera de los fantasmas]  
Fecha Publicación: 2015-08-25T19:39:00.000-05:00



"La ópera de los fantasmas" de Jorge Salazar
Mosca azul editores & ediciones treintaitrés, segunda edición, 1980.
Etiquetas: [La ópera de los fantasmas]  
Fecha Publicación: 2015-08-24T01:52:00.000-05:00

"La ópera de los fantasmas" de Jorge Salazar
Ediciones Casa de las Américas, Cuba, 1980
174 pp.

Fecha Publicación: 2015-08-12T13:37:00.002-05:00



La actriz italiana Claudia Cardinale, una de las grandes estrellas del cine mundial, llegó en 1983 a Iquitos para ser la protagonista de Fitzcarrald.
Y luego de haber eludido a decenas de periodistas y reporteros, Claudia le concedió la única entrevista a Jorge Salazar de Caretas.
Fitzcarrald se rodó en la selva peruana bajo la dirección de Werner Herzog, quien este año regresa al Perú como invitado estelar del 19 Festival de Cine de Lima.
Durante su estadía, Claudia se hospedó con su hijo Patrick en el hotel Holiday Inn, paseó por la ciudad, hizo compras y quedó encantada con la exótica Amazonía.
Cardinale le confesó a Salazar sentirse “como embrujada por esta tierra húmeda y caliente, por las mujeres color canela que danzan al caminar”.



Etiquetas: [La medianoche del japonés]  [Poggi la verdad del caso]  [ENTREVISTAS]  
Fecha Publicación: 2015-08-03T03:26:00.000-05:00

Entrevista a Jorge Salazar 
Por Romina Herrán

En 1944, dos familias japonesas fueron asesinadas con un palo de madera. La justicia declaró culpable a Mamoru Shimizu, el hermano de una de las víctimas. Esa fue la versión oficial que Jorge Salazar conoció en su infancia. Nunca la creyó. Pensaba que un solo hombre no podía matar a siete. Años después, viajó a Japón solo para dar de comer a esa curiosidad. Resolvió el caso. Ahora, en su pequeño departamento de Miraflores, cierra los ojos y se sumerge en sí mismo.


Cuando eras niño no querías ser como tus padres. ¿A qué se debió ese rechazo?
Yo no quería ser como mi papá, porque para mi padre todo era “tanto tienes, tanto vales”. Él era hijo de un inmigrante y la pasó muy mal, al punto de que tuvo que cambiarse de nombre para adaptarse. Nosotros no conocimos esa realidad y a él le jodía que tuviéramos una vida tan fácil.

La relación fue distinta con tu abuela. La considerabas una amiga. ¿Fue la primera mujer que marcó tu vida?
Sí. Era una mujer que leía mucho y pasaba noches enteras contándome historias. Aún me acompaña y, probablemente, algunas de las respuestas que te dé, no te las dé yo, sino mi abuela.

Tras tu estadía en Europa, regresas a Lima a luchar por una revolución ajena, la cubana, y esa lucha, finalmente, te sale cara.
Yo no la creí ajena, sino mía. Y creo que cuando uno come, tiene que pagar la cuenta (por unos instantes entreabre su camisa y deja ver las huellas de la tortura). No me quejo.

¿Aún crees en el comunismo?
Ya no creo en él. Solo en algunas cosas: que deberíamos ser solidarios, que tener es compartir y que tenemos la obligación de mandar a la mierda a este mundo de barbaries e injusticias.

Crimen y crimen en el Perú

Un mundo sin delito ¿es posible?
Los ingleses del siglo XIX estaban convencidos de que el crimen era el resultado de la pobreza. Por eso cuando aparece la industrialización y empieza a satisfacer las necesidades básicas, piensan que el crimen va a desaparecer. Luego descubrirían, sin embargo, que los grandes criminales de la época provenían de los sectores más favorecidos. La gente se da cuenta, entonces, que el crimen no va a terminar, que solo se ha industrializado.

¿Uno nace criminal o se convierte en criminal?
Un ser humano solo hace lo que aprende. En la infancia aprendemos a comportarnos observando a nuestros padres. Si falta esa imagen, se genera en nosotros un desequilibrio. Si observas, la mayoría de criminales proviene de hogares destruidos.

¿Por qué se mata? Tú dices que por placer o por un móvil. ¿Cuál es más condenable?
Cuando hablo de placer me refiero al placer sexual. Matar para conseguir placer sexual es un móvil. Crimen y sexo marchan muchas veces juntos. Por eso muchos asesinos se masturban delante de sus víctimas o las violan una vez que están muertas. Siempre hay un móvil. Por lo tanto, todos los asesinatos son condenables.

¿Un crimen tiene justificación? Casi siempre los criminales aseguran que actuaron en defensa propia.
Es un crimen cuando no actúas en defensa propia. Si actúas en defensa es una reacción. En esos casos son circunstancias.

Giuliana Llamoja —la joven que mató a su madre de 49 puñaladas— dice que actuó en defensa propia.
Ese caso es de lo peor. Es un caso típico de incesto. Pero, además, el gran actor acá es el padre y da la casualidad que ese día no estaba. Lo planearon. Giuliana no puede decir que no tuvo intenciones de matar a su madre, porque basta una herida para que sea mortal. Y ella se ensañó con su madre dándole 63 puñaladas. Y antes había intentado envenenarla.

Entonces no existe una justificación para el crimen.
No. Yo creo que nadie, bajo ningún concepto, tiene derecho a atentar contra la vida. Odio la guerra, una de las grandes degradaciones de la humanidad, donde se pierden miles de millones de vidas. Y todo lo atribuimos a que, dentro de nosotros, hay una carga animal. Esto es falso, porque los animales no se matan entre ellos. El ser humano es el único en su género que puede destruir a otro de su misma especie.

¿Merecía morir Juan Díaz Balbín —el descuartizador que fue asesinado por su psicólogo, Mario Poggi—? ¿Poggi, como decía, le hizo un bien a la sociedad?
Los psicópatas nacionales eligen siempre a las víctimas más débiles, como los maricones y las putas. Están convencidos de que, como se trata de gente que está al margen de la sociedad, nadie va a reclamar. Eso pensó Poggi: ‘Este negro de mierda, subhumano, a quién le importa’. Poggi es mentalmente nazi. Piensa que si eres un hombre con ciertas facciones, eres capaz de todo. Incluso decía, antes del crimen, que Balbín era un negro, un degenerado y que por eso había que matarlo.

Buscaba un reconocimiento. Esa es la hipótesis que planteaste en tu libro “El Caso Poggi”, y todo parece confirmarla ahora. Él es famoso y feliz.
Él estaba en busca de un reconocimiento para alcanzar el éxito económico. Tenía gruesos problemas de revancha contra el medio. Consideraba que lo había tratado muy mal siendo el un ser superior. Pero solo es un pobre hombre perturbado.

¿Qué tratamiento le da el periodismo actual al crimen?
El periodismo se ha deshumanizado. Ahora lo importante es vender, y vender para los periodistas depende de la cantidad de muertos. Antes había en las notas policiales, además de la información, un pedido a la comunidad. Se veía la manera de ayudar a las familias de los deudos. Eso se ha perdido.

Definitivamente, el crimen y su contexto no son independientes. ¿Cuánta es la influencia de uno sobre otro?
En la guerra, uno aprende las técnicas para matar. En el caso del Perú, Sendero influenció en el crimen. Ya no se asalta como antes. Ahora es con metralleta. Si vas a un cajero, te siguen dos tipos y te dan un disparo en la pierna. ¿Quiénes integran estas bandas?. Somos una sociedad enferma. Sendero ha sido una gran enfermedad.

¿Seguiremos siendo una sociedad enferma?
Sí, porque si no sabes que estás enfermo, ¿cómo te curas? Deberíamos entrar a un proceso de recuperación. Eso se intentó a través del informe de la Comisión de la Verdad, que nadie ha leído y que todos, sin embargo, condenan. Si no se reconoce eso, vamos a terminar muy mal.

¿Si para ti la cárcel es la universidad de los criminales, qué se debe hacer entonces con ellos?
Nuestras cárceles son la universidad del crimen, pero solo las nuestras. Acá el papel de la prisión es castigar. La situación es diferente en Holanda o Alemania, en donde te ponen a trabajar de acuerdo a lo que sepas hacer y te pagan por ello y, al salir, te ponen un terapeuta. Es un sistema carcelario de recuperación. Eso es lo que se tiene que hacer. Así nadie pierde, todos ganan.

¿El crimen nunca fue un arte en el Perú?
El arte de verdad es belleza y libertad, y el crimen no es nada de eso. Pero si con arte te refieres a perfección y con ello, a impunidad, en el Perú se resuelve solo el 30% de los crímenes.

Informe sobre el caso Llamoja:
https://www.youtube.com/watch?v=n6dUa6K5MYM
Etiquetas: [Coma y punto]  
Fecha Publicación: 2015-07-21T19:59:00.000-05:00

Etiquetas: [Coma y punto]  [VIDEOS]  
Fecha Publicación: 2015-07-08T10:12:00.001-05:00
Compartimos la presentación del libro COMA Y PUNTO de Jorge Salazar, por Flavio Solorzano y Raúl Vargas. COMA Y PUNTO es una exquisita sobremesa con tradiciones y excentricidades de la culinaria mundial. Editado bajo el sello Aguilar de Penguin Random House, está disponible en librerías.
Etiquetas: [Coma y punto]  [RESEÑAS]  
Fecha Publicación: 2015-06-22T08:46:00.000-05:00
 por Jorge Paredes Laos


"Coma y punto" (Aguilar, 2015)


A veces la buena mesa no está hecha solo de ingredientes sino también de palabras, de historias, relatos y leyendas que nos remiten a los orígenes de culinarias exquisitas o a la invención de potajes, utensilios, manjares y sabores que se pierden en el tiempo. Esto es lo que nos cuenta el recordado periodista y escritor Jorge Salazar a través de pequeños textos que son algo así como selectos aperitivos literarios. Breves apuntes que se leen con curiosidad, apetito y rapidez.

De esta forma nos enteramos, por ejemplo, que la comida rápida no fue inventada en las apuradas calles de Wall Street, sino en la lejana Mongolia del Gengis Kan; o que, gracias al genio de Leonardo da Vinci —quien trabajó también en una taberna—, la humanidad puede disfrutar hoy de las bondades del tenedor.
Asimismo, descubrimos por qué los chinos jamás utilizan el cuchillo a la hora de comer (lo que se debe a una máxima oriental que sostiene que “la mesa es un lugar de regocijo donde no debe tener cabida nada que recuerde violencias o agresiones”) o cómo en medio del infierno del holocausto judío algunas mujeres jamás olvidaron la transmisión de recetas y secretos de cocina, mientras iban a las duchas para no volver jamás.
"Coma y punto" es una selección de las columnas que el buen Coco escribió durante distintas etapas de su vida basadas en su pasión por el arte de comer, en sus múltiples lecturas y en sus viajes legendarios alrededor del mundo. El último de los tres capítulos del libro está dedicado a nuestra gastronomía antes del boom. Ahí el autor da su receta para desarrollar una “gran cocina” en el Perú. En el prólogo —firmado en febrero del 2008, cuatro meses antes de su muerte— el cronista dijo a manera de despedida: “No sé hacer nada fuera de escribir, bailar y cocinar”. Aficiones y oficios que los lectores, sin duda, le agradeceremos siempre.
Etiquetas: [Coma y punto]  [ENTREVISTAS]  
Fecha Publicación: 2015-06-18T18:33:00.000-05:00
por Jimena Pinilla Cisneros


Foto: del libro COMA Y PUNTO
El cerebro de Jorge Salazar parece una olla en permanente estado de ebullición. En ella se mezclan teorías, se cuecen historias, se preparan sentencias. Salen potajes elaborados con un ingrediente clave: la curiosidad. Los condimentos esenciales: sus viajes por cuatro continentes, miles de lecturas y una memoria prodigiosa. Este periodista de 62 años tiene cuatro matrimonios en su haber, siempre con extranjeras. No fue una decisión voluntaria, clama en su defensa, ahora que el nacionalismo está de moda. La última fue una modelo británica veinte años menor que él. Ha acumulado experiencias como quien recopila recetas, estas incluyen trabajar de ascensorista en Nueva York, actuar de pistolero en una película de Charles Bronson, bailar flamenco en cabarets de Londres y Alemania y cocinar en un barco mercante israelí. Su currículum oficial solo dirá que estudió Letras en San Marcos, Arte y Periodismo en España y fue catedrático de Historia y Gastronomía en la primera facultad de este rubro en el Perú. Aunque pesa 60 kilos, Jorge Salazar es una de las personas que más sabe de comida. Y es que él no solo la come y la cocina, juega con ella, la mezcla con la historia de la humanidad y consigue maridajes perfectos. Un bocado en su mesa puede ser un viaje de aventuras. 

¿La alimentación ha sido fundamental en la historia de la humanidad?
Sí, aunque los historiadores tradicionales no lo han sopesado bien. En el caso de Alejandro Magno sus victorias no solamente fueron militares, sino estratégicas. Él se da cuenta del papel que juega Egipto en la antigüedad, es el gran granero del mundo y si lo dominas, controlas el pan, la cerveza e inclusive el vino. Por eso lo convierte en uno de sus grandes objetivos. De esto va a tomar nota Julio César, quien también apunta a Egipto. De ahí la importancia de Cleopatra. La alimentación también influyó en que Genghis Khan conquiste el mundo árabe. Mientras que los ejércitos tradicionales se demoraban cuatro días en trasladarse 100 kilómetros, sus guerreros lo hacían en cuatro horas. Y es que si unos tenían que instalar grandes campamentos para preparar sus comidas, ellos llevaban debajo de sus piernas una bolsa con carne condimentada y una con leche de cabra. Así no tenían que bajarse del caballo. Cuando tenían hambre, devoraban carne cruda y cuando tenía sed, yogurt.

¿El descubrimiento de América también tuvo que ver con la comida?
Los europeos llegan a América en el siglo XV en su afán de buscar una nueva ruta para las especies y la alimentación, ya que las guerras religiosas le habían cerrado las puertas a las fuentes de comida. Ellos la encuentran en América y a partir de entonces surge la Edad Moderna.

La papa ayuda a combatir hambrunas.
El viejo fantasma del hambre que había acompañado Europa por cientos de años se acaba con la papa. Y el fantasma del alcoholismo se acaba con el chocolate, que viene de México. El agua siempre había sido mirada con miedo debido a la contaminación y las enfermedades que podía traer, es por eso que el hombre inventa la cerveza y el vino para evitar la mortandad. Era una Europa alcohólica. El desayuno de un niño de la Edad Media era pan y vino. Pero descubren el chocolate y en la misma época los portugueses y españoles llegan al Lejano Oriente y descubren el té.

¿Marco Polo no lo había llevado?
Él no lleva nada. Es un viajero que cuenta lo que vio. Si lees el libro "Las Maravillas", lo encontrarás muy fantasioso porque él es un comerciante que no está interesado en dar datos exactos a la competencia. Él lleva especies y abre una ruta para su propia compañía de exportación e importación.

¿Entonces el té y los fideos llegan a Europa gracias a los árabes?
Claro, en su contacto con China y España. También diseminan las especies. Cuando el Islam entra en guerra con la cristiandad se cierra este intercambio. Pero España tiene una ventaja: domina Filipinas, ubicada frente a China.

¿Por qué España, que tenía Filipinas, sale a buscar comida?
Es que estos vínculos se dan después de la conquista, cuando ya está satisfecho el hambre. Ahora, cuando los europeos descubren el té, el café y el chocolate hay un rechazo inicial, porque son sabores desconocidos. Entonces, como el gran sabor de la infancia es el dulce, azucaran estos brebajes. Esta necesidad de azúcar genera otro fenómeno histórico que es el gran 'boom' de la esclavitud.

Cuentas que eras casi un niño cuando te mandan a estudiar a Inglaterra. ¿Qué edad tenías?
Tenía 14, al comienzo fue difícil porque era una sociedad conservadora. Pero había que perder el miedo y eso me ha llevado a ser lo que soy, un periodista que le gusta meterse en la vida de los demás.

Un país con una gastronomía muy pobre.
El protestantismo es el inicio del capitalismo. Una manera de ahorrar de estos pueblos era no gastar y menos en comida. Todo el dispendio de la Edad Media y el Renacimiento que tenían los italianos y los españoles no lo van a tener los sajones. El protestantismo juega un papel castrador en el desarrollo de la gastronomía.

Es sajón el conde Sándwich, inventor de la comida chatarra.
Sí, a él le debemos eso.

¿Si la cocina es un arte, qué vendría a ser la comida chatarra?
De ninguna manera artesanía. Los hombres comen por razones psicológicas o por razones fisiológicas. Esto tiene que ver más con el hambre. Es como decir: qué diferencia hay entre las cartas que escribían nuestros poetas y las cartas que mandamos al ministerio.

Esta tradición británica se traslada a Estados Unidos. ¿Podríamos decir que la austeridad gastronómica permite conquistar el mundo?
Podríamos decir que una manera de tener dinero para comprar naves o aviones es no gastar en pato, almejas o caviar. No llegar al deleite, comer de manera austera. El católico es romano, es gastador y sabe que la vida es corta.

Hablando de religiones, dices que el cordero es bendito porque es una carne que no te va a hacer daño aunque esté podrida.
Esa es la bendición del cordero, es inocuo. El cerdo en cambio es peligrosísimo, por eso se le señala como diabólico y dos religiones lo prohíben.

Has revisado la Biblia mejor que cualquier católico. ¿Descubriste a un Jesús amante de la comida?
Ojo, él es el cordero de Dios que quita los pecados del mundo. El cordero, que es una carne exquisita. Están los milagros, los peces, los panes y el vino. O la última cena, Jesús para despedirse convoca a una gran cena como lo haría yo si me voy de viaje o me voy a la muerte.

¿En la Biblia hay mayor énfasis en la comida que en el Corán?
Absolutamente, porque el Corán pide que aguantes porque en el Cielo vas a tener tu recompensa: el jardín de Alá, donde vas a comer de los frutos más deseados y beber las aguas más exquisitas.

El Corán tiene su contraparte en las "Mil y una noches", donde se exalta el placer en general.
"Las Mil y una noches" es una selección de diferentes pueblos árabes, yo creo que el gran compilador tiene que haber sido un sibarita, alguien no muy creyente de paso, pese a que Alá está presente en todas las páginas. A mí me parece un libro maravilloso porque creo que todos los dioses desean que sus seguidores sean felices. Por eso la comida es bendita.

Si a Cristo, que representa la vida, le gustaba la buena mesa, a Hitler le aburría la comida.
Eso es interesante. Hitler era un hombre inculto y se cría en un ambiente luterano de absoluta austeridad. Su gran postre era una manzana. Era un soldado espartano e infeliz.

Señalas que hay dos comidas madres: la china y la italiana. ¿Solo esas?
La cocina árabe en general es muy primitiva, es una cocina del desierto. Cuando dices la cocina italiana es porque en Italia se resume Roma e Italia no es solo pastas. Roma es la incorporación del mundo civilizado a occidente. No inventa nada, fusiona todo. Entonces el general Lúculo trae a los cocineros de todos los lugares conquistados para impresionar a la aristocracia romana y los otros nobles tratan de imitarlo. Se gasta mucho dinero en comida, en competencias frívolas que son causantes, en gran medida, de la decadencia de Roma. Cuando hablamos de Roma hablamos de Egipto y todo lo que ganó Roma, es decir la herencia griega. Roma incorpora oriente y lo lleva a su cocina. Una de las Medici se casa con Alfonso, un francés cuando París no era nada y son los Medici quienes llevan la gran comida a Francia. Incluso llevan el tenedor. La cocina japonesa solo es una variante de la china.

La cocina peruana vendría a ser una gran mezcla.
Claro, hay el prurito de ponerle bandera a las cocinas cuando todas son mestizas. Todos los pueblos comen lo que tienen y a medida que hay una aristocracia se van refinando.

Pero en el Perú la comida es un motivo de identidad.
Claro, lo que pasa es que en el Perú se dan cita muchos pueblos. Es una encrucijada. Acá se han juntado todas las hambres. Puedes comer de desayuno chicharrones; cebiche y ravioles de almuerzo; lonche con pasteles de la abuelita e ir a comer al chifa. Acá además se inventa día a día porque hay un movimiento de sangres.

El INC ha declarado al cebiche patrimonio nacional.
Todos los pueblos que tienen mar comen pescado crudo. Para mí es vergonzoso todo este asunto. Peor es lo del pollo a la brasa. Todo pueblo primitivo lo come. Somos una gran civilización que no necesita andar inventando cosas.

Hace tres años te salvaste de la muerte. ¿Qué sabores terrenales te daría más pena dejar?
Los camarones, el cordero, el pato. Bien difícil escoger uno. Estamos de vacaciones de la muerte y eso lo tengo muy claro. Por eso trato de dormir poco, total después voy a dormir para siempre.

Diario El Comercio, 15 de enero de 2005
Etiquetas: [CRÓNICAS]  
Fecha Publicación: 2015-06-18T13:47:00.000-05:00


El Poeta de la zurda
Aquí pues no se inventó el fútbol, pero sí una forma distinta de jugarlo. Los peruanos a través del tiempo lograron al igual que los países rioplatenses y el Brasil, forjar una forma particular de practicarlo, eso que se denomina una “escuela propia”, una identidad futbolística reconocida por propios y extraños. Desde muy temprano, hace más de un siglo ya, hombres de pueblo, la mayoría desocupados y abatidos, expresaron con la de trapo en los pies, una serie de habilidades naturales que se resumieron, a la hora del juego, en una combinación donde se mezclaron la musicalidad y la picardía.


Así, el fútbol peruano nació en los Barracones del Callao y en los callejones del Rímac y los Barrios Altos como una forma de liberación para un grupo de oprimidos. Con el fútbol el hombre del pueblo rió y bailó. Me atrevería a decir que en nuestro suelo, solares, pistas, y callejones, se creó ese fútbol pinturero y peruano por el mismo motivo que los gitanos inventaron el flamenco y los negros estadounidenses el jazz: para divertirse cantando y llorando sin que nadie los humille. Seguramente tanto la Argentina como Uruguay y el Brasil tienen su propia y particular historia, pero a nosotros nos preocupa lo nuestro, la escuela peruana, nuestra manera de jugarlo y si desean, de gozarlo y sufrirlo.


Algunos comentaristas deportivos de hoy suelen usar como coartada su edad para disculpar su ignorancia, su falta de preocupación por la profesión que ejercen. Los archivos están para ser revisados, estudiados, leídos. El fútbol llegó a nuestros países como un producto de exportación típicamente británico, pero no a todos; a los países del Mar Caribe, Colombia y Venezuela incluidos, les llegó de pleno la influencia estadounidense y así, mientras que por un lado unos muchachos improvisaban pelotas con medias viejas y papel, otros aprendían a golpear a la pelota con una madero grueso y de forma redondeada. Mientras en el Perú los palomillas del Rímac y el Callao introducían en su vocabulario palabras como goal, foul y forward, los muchachitos de Barranquilla y Maracaibo recibían su lección de inglés americano: pitcher, catcher, base..

Hasta hace poco, en Venezuela mandaba el béisbol. Y hasta mediados de los años cuarenta y cincuenta que aprovechando una favorable coyuntura económica, Colombia empezó lo que se denominaría "la piratería", es decir llevando a la tierra de la cumbia y el café, a los mejores jugadores de Argentina, Perú y Uruguay. Pareciera ser que a los colombianos les gustó más el fútbol peruano que llevaron algunos maestros que todavía caminan nuestras calles: Vides Mosquera, Tito Drago y otros ya desaparecidos como Félix Castillo y Valeriano López. Son ellos los que llevaron el fútbol peruano, esa escuela peruana a Colombia. La cosa continuará por décadas, la orquesta peruana llegó con La Rosa, Malásquez y el poeta de la zurda, César Cueto. Sin ellos el fútbol colombiano no habría tenido lo que tuvo.

Jorge Salazar, Diario El Comercio, 2002.




Etiquetas: [SEMBLANZAS]  
Fecha Publicación: 2015-05-30T17:00:00.000-05:00
Sentado en un escritorio con una pierna ensortijada en torno a la otra cual enredadera de tibia y peroné, el cuello en diagonal, largo el parpadeo, Jorge Salazar dio una pitada al cigarro para preguntar qué se me ofrecía. Era 1985 y se me ofrecía buscar trabajo. Ni tanto. Con una oportunidad bastaba.
En busca de ella me había presentado en Caretas llevando una máquina de escribir portátil para demostrar mi disponibilidad inmediata. Al constatar mi mamerto despiste, en la puerta misma fui remitido al cuarto piso, donde Salazar. Al parecer tenían experiencia con gente así. Él hacía no poco tiempo había cobijado a un grupo de periodistas jóvenes –Gonzalo Rojas, Mariana Creimerman, Tomás D´Ornellas–, que junto con él mismo y bajo el anagrama de Rosa Creidor había honrado la legendaria escuela de la revista. De ese equipo solo quedaban escritorios vacíos y fotos a punto de caerse de un panel de tecnopor. Luego de oír un intenso y olvidable alegato hizo una sola pregunta:
–¿Sabes que este trabajo puede volverte loco, no?
–Eso no es un problema, respondí.
Acto seguido era enrolado como meritorio de las secciones Concurso Canalla y Amenidades. Un desconocido de mirada ruda y huesos elásticos me daba la oportunidad de mi vida: Inventar la vida privada de la calata de la penúltima página.
Junto con la redaccion de los brevísimos textos que acompañaban El Concurso Canalla, aparentemente la intrascendencia periodística estaba asegurada. Jorge me demostró lo contrario. En diez líneas tenía que lograr un texto que sin noticia alguna atrapara al lector por sí mismo: el lenguaje era su propio tema. No tenía la menor idea ni capacidad para hacer eso. Percatado de mi orfandad Jorge bombardeó mi cabeza con lecturas e ideas de lo que él tenía por nociones básicas del oficio; y de la vida por extensión.
La magia de la palabra era una de ellas.
Obsesionado ya con la vida de Jesús citaba recurrentemente las escenas bíblicas donde el milagro sucedía a consecuencia del verbo: Levántate, camina; ¡mira!, tú que eres ciego. La palabra precisa y bien dicha tenía el poder de insuflarle vida hasta a una bidimensional mujer desnuda. Qué no podría hacer en un reportaje.
Otra de sus ideas era que el mejor de los sabores al compartir una mesa era el de la amistad. Gastrónomo pionero a años luz de la actual novelería culinaria, convertía una visita al Koala en penúltima cena donde se convocaban a la historia toda, compartiéndose por igual pan e ideas, todas comestibles, desde las más cultas y exquisitas hasta las inclasificables. Como el día que planteó una interrogante de alcances metafísicos sobre la que sostuvimos un debate durante años: Jaime, ¿poto es palabra?
Su otro tema, el arte de amar a la mujer. Tomé notas, pero pretencioso sería creer poder abarcar la complejidad de su teoría y praxis. Solo diría que en ella había de Jean Valjean, son cubano, Changó, Antoñito el Camborio, Berlín Oriental, Herodoto, el muelle de Brighton, Borges, y chifas, todos los chifas del mundo.
En el chifa el verbo se hacía carne –v. gr., pichón–. En el chifa los platos no eran de nadie sino de todos. Y en el chifa las mujeres, iluminadas por la combinación única de luz fluorescente reflejada sobre sillaus y tamarindos, refulgían en irrepetibles tonalidades chinescas. Y si no había mujeres, la comida siempre era magnifica.
Guiado por Jorge trapeé la cubierta de las últimas páginas de Caretas durante más de un año como feliz aprendiz. Alguien acabó leyéndolo y conseguí trabajo de periodista. Ahora me doy cuenta que eso era lo que Jorge tenía en mente. No volverme periodista. Sino que aprendiera a trapear con orgullo y sin vergüenza.
Al hacernos amigos lo empecé a llamar como lo llamaban todos, Coco. Pero jamás dejé de verlo como jefe y maestro. Había leído sus libros y lo tenía por escritor notable, naturalmente ninguneado, lo que tampoco le quitaba el sueño.
Los italianos Bud Spencer y Terence Hill, acompañados por
el elenco de actores latinoamericanos y gitanos. Coco, Jorge
Salazar, parado a la derecha. 
Su biografía improbable, de niño chosicano, extra de películas en España, estudiante de tweed en Inglaterra, tahúr perdido entre el póquer de La Victoria y la pelousse de Monterrico, asaltante de bancos por la revolución cubana, el temido Rayo que dejaba en la quiebra a los timberos de diagramación, y más, me daba absolutamente igual si era cierta o no. Entre las licencias que la magia de la palabra confería estaba el discurrir fluidamente y con una sonrisa la porosa frontera entre realidad y ficción. Este salvoconducto le traía complicaciones en contextos estrictamente literales, los hay, pero cuando sucedían en estado silvestre era magia. Sucedió en Perulandia Park, fallido parque de diversiones de su natal Chosica, cuando improvisaba la génesis a sus tristes juegos. Sucedió en Nieve Nieve, pueblo fantasma vecino a Santa Rosa de Chontay donde con una tira de carne escuálida hizo un lomito saltado alucinante para media docena de comensales del fundo Sierra Morena. Sucedió en el chifa bailable El Dorado, vetusto último piso de un edificio en Arenales donde con Aída, Gabriela y Coco se nos ocurrió, vestidos de gala un día cualquiera, presentarnos como delincuentes con el natural resultado de ser tratados como nunca antes se nos había tratado en la vida. Por sus otras obsesiones, a saber la muerte, el fútbol y ciertos rencores que él mismo decía arrastrar de mil vidas anteriores, nunca pude interesarme.
Conocí al mejor Coco. El otro personaje, que jugaba para la tribuna, quiero creer que era una reacción a una sociedad enfermamente racista y despreciativa hacia todo lo que no sea blanco y homogenizado. Inclusive ahora, en la hora de su muerte, se preguntan cómo una rubia pudo fijarse en él, culto, leído, viajado, pero azambado. Lindo mi Perú, tierra de Los Malditos de Larcomar.
Su enfermedad fue larga y dolorosa. Si tanto aguantó creo que fue al comprobar que amigos y alumnos  eran su familia, cariñosa solidaridad que era cosecha de su bizarra y desmedida generosidad. Entre cirujías y el marcapasos con resucitador que le dio un tiempo extra fue grato verlo con sentido del humor y escribiendo, amparado por el inacabable y guerrero afecto de Elma y la paciencia de Saldaña. Debiéndole una visita –teníamos pendiente ver un dvd pirata sobre la vida de Gengis Khan y, si aguantaba, El Resplandor– su muerte me sorprendió a bordo de un avión. Los buenos recuerdos y la gratitud volaban sobre un oscuro cielo de pena.
Felices los que nacen sabiendo. Nunca tendrán que agradecerle nada a nadie. Para los demás, con suerte, alguien se nos cruzará en la vida para hacernos ver que aquí se viene a aprender. A ti Coco te digo gracias. Anda separando una mesa grande en un chifita del otro lado.
Etiquetas: [BIOGRAFÍA]  
Fecha Publicación: 2015-05-14T17:16:00.000-05:00
Escritor, cocinero, bailador de flamenco y danza moderna, actor de cine, futbolista, hípico con suerte, historiador, revolucionario, psicoanalista, profesor y periodista. Jorge  Salazar, nació en Lima, el 27 de setiembre de 1940.

"Jorge Salazar ha tenido una sola avaricia: "No he perdido el tiempo haciendo dinero. Sé que esta copa de la que bebo vino va a durar más que yo", dice casi disculpándose, y su vida lo presenta como un moderno hombre del renacimiento: desde rebelde con causa y bailarín de ballet hasta actor de cine en películas de Bud Spencer y Terence Hill y un intrépido viajero", cuenta el cronista Julio Villanueva Chang.

Estudió los primeros años de la primaria en el Colegio Agustino Santa Rosa de Chosica para luego pasar al entonces exclusivo Colegio Anglo Peruano de donde emigró para concluir la secundaria en Inglaterra a los 15 años de edad. Desde ese tiempo vivió, estudió y trabajó en Londres. 

Con su compañía de Danza viajó por Francia, España, Alemania y Estados Unidos; allí, en su hotel conoce a Hilda Gadea. Brillante como fue desde chico, Salazar sorprende a  la esposa del Che Guevara y ella lo invita a Cuba. Llega a la isla en plena celebración del triunfo de la revolución cubana. Salazar luego de esa experiencia decide regresar al Perú e ingresa a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

"Lo conocí cuando ingresé a San Marcos. 1962. Fue uno de los primeros comunistas que conocí personalmente. Fue nuestro responsable en los Círculos de la Juventud Comunista en la Facultad de Letras. Recuerdo el grupo de adolescentes: Darío Rubio, Azparrent, Delgado, García-Godos, Luis Ojeda, María Tello, Edmundo Murrugarra entre otros, en larguísimas reuniones para estudiar, discutir, organizar, conspirar, soñar con la revolución y el socialismo. Coco, siempre impaciente y apurado, mirando a los lados, como esperando permanentemente algo o a alguien. Hablando como quien da sentencias, casi entre susurros, como convenía a un buen conspirador; actuando, en un informe o en un análisis, como un experto mecánico desmontando una máquina, sin olvidar ninguna pieza suelta esencial o secundaria.
Con un eterno cigarrillo quemándole los dedos. Con ternos casi extravagantes por su tremenda estrechez, que lo hacían más flaco (y lo era bastante), de colores no muy usuales, una delgadísima corbata (se podía creer que Jorge había dividido una corbata en dos). Los zapatos siempre bien lustrados, brillantes, enormes. Justamente por eso dejó de ser para nosotros “Coco”. Lo bautizamos como “El Barón Dandy”. El camarada “Barón Dandy”.
Nos sorprendía siempre con sus conocimientos. No había hecho político, nacional o universitario que no conociera lo suficiente para exponerlo, explicarlo y argumentar a favor o en contra. Y cómo bailaban sus ojos cuando se apasionaba en sus intervenciones o conversaciones. Se atropellaba a veces al hablar. Tal era el cúmulo de datos y detalles que quería comunicar, que no parecía suficiente la velocidad de su verbo" recuerda el ex Diputado por Izquierda Unida, Rolando Breña Pantoja.

"A mediados de la década de los sesenta, caminando una tarde por la Gran Vía de Madrid, conocí a Jorge Salazar. Yo iba tras mis sueños de torero, él era un exiliado político pues había pertenecido a la juventud rebelde de los guerrilleros de aquel entonces. Desde el primer momento existió una empatía entre ambos. Recuerdo que conversamos largamente hasta el anochecer, sentados en la cafetería Manila de la esquina Gran Vía y la plazuela Callao. Hablamos de todo, del Perú, especialmente de literatura; dentro de la conversación yo le dije: “Me gustaría escribir sobre el septuple asesinato de Mamoru Shimizu”. Jorge me respondió como un resorte: “Carajo, no te metas con eso, que yo llevo cinco años investigando el caso”. Veinticinco años después, cuando Jorge tuvo el gesto de invitarme para que yo sea uno de los presentadores de ese libro junto con el prestigioso psicoanalista Max Hernández, en una casona de Barranco. Yo conté esta anécdota para corroborar que verdaderamente Jorge Salazar había venido trabajando ese libro por más de 25 años.
A Jorge Salazar sus amigos cariñosamente le dicen Coco, pero en España los peruanos que trabajamos con él haciendo películas de cine, le decíamos Camborio, en alusión a ese personaje gitano creado por el prodigioso poeta Federico García Lorca. Yo creo que a Jorge le va más exacto eso de Camborio, porque él tiene una cara especial, en el fondo de su mirada brilla la fiebre trágica de los gitanos; de tez oscura como los gitanos de verde luna, acostumbrado a convivir con la muerte y escarbando ese misterio para tratar de comprender la vida. ¡Ese es mi amigo Camborio, gitano de verde luna!", rememora  el  periodista Ricardo Mitsuya, amigo entrañable hasta los últimos días.

En 1969, Salazar publicó el ensayo Una visión del Perú con el que ganó el premio De Gius de los Países Bajos. Y en 1979,  publica Piensan que estamos muertos, escrita al alimón con Alaín Elías, el guerrillero que estuvo en la misma balsa que el poeta Javier Heraud cuando fue acribillado por el ejército. 

En 1980, Salazar ganó el Premio Casa de las Américas por su novela La ópera de los fantasmas. 

"Cuando el año de 1980, después del interregno del gobierno militar, se devolvieron los diarios de circulación nacional a sus propietarios, en Expreso volvimos a empezar con mucho entusiasmo y pocos columnistas. Coco Salazar fue uno de ellos. Semanalmente, puntual, empezó a publicar en la página editorial una medida columna: Punto y Coma. Tan sólo tres sabrosas carillas que no pretendían descubrir y menos teorizar sobre el inagotable y fascinante mundo de los sabores y olores culinarios, sino que se recreaban con la sal, pimienta y facundia criollas. No era una ciencia de oídas sino de vividas. De sus largos y despaciosos vagabundeos por la vieja Europa, de su época de desmañado estudiante londinense. De su trashumancia por las islas griegas, de sus correrías por los zocos de Constantinopla, los bazares de la costa africana y las tascas y colmados españoles. Correrías en las que sobrevivió en unos casos y en otros vivió muy bien, gracias a sus trabajos golondrinos de enterado guía turístico, de escritor y traductor a destajo, en algún caso de bailarín gitano –esto lo puede confirmar y reafirmar Max Hernández– y en las más de las veces como un eximio y buscado cocinero.
Pionero, en Punto y Coma, Salazar empezó, pues, algo que con el correr de los años ha cobrado la importancia que hoy tiene, La Cocina, con mayúsculas", señala Ismael Pinto, hoy Mimbro de la Academia Peruana de la Lengua.

Salazar trabajó en casi todos los diarios del Perú, pasó por El Comercio, La República, La Crónica y Expreso. Fue editor de la revista Caretas y columnista del semanario Dier Spiegel de Alemania, Cambio 16 y Vanguardia de España. Escribió sobre teatro y literatura, Historia, gastronomía, fútbol y se abocó a la política internacional cuando hacerlo no implicaba a internet. Fue también –con el caso Poggi– el primer periodista del mundo en cubrir un asesinato antes de que sucediese. 


"Jorge Salazar es sorprendentemente puntual. Con aire de trasnochado, pinta de bohemio, bufanda al cuello, preferentemente negra y de seda. Desconcierta.
Coco es cortés. Habla en voz baja y ríe en voz alta. Aparece para una entrevista. Pregunta si incomoda la grabadora. Y para qué, si Coco jamás la utiliza. Él recurre a su memoria comparable a una computadora que además posee la virtud de la imaginación y colorido. Para disimular apunta jeroglíficos en una libretita de bolsillo. Escribe vertical, horizontal y diagonalmente en páginas dispares. Es un poco más cuidadoso cuando logra la receta favorita del entrevistado quien, ya, con las defensas bajas, ni cuenta se ha dado del robo furtivo. Coco ama la cumbia, el jazz, el afro y Mozart. Ahí va su pata del “Reina del mar, ahí está el de los toros de Sevilla y el otro de la pensión de Hungría. Nació en Chosica pero es dueño del mundo. Jorge Salazar es generoso y desprendido", escribe su amiga, la fotógrafa, Daphne Zileri.



En 1987 Salazar publicó Poggi: la verdad del caso. 

"Por los años ochenta Jorge Salazar lucía su impresionante levedad sobre una mesa circular de madera, cubierta acomedidamente por el clásico mantel a cuadros, en el antiguo café El Koala de la calle Camaná, aferrado a un cigarrillo encendido y con un lapicero sobre un papel en blanco. Ningún escritor podía haber sido más delgado ni tener esos ojos que disparaban como mortales pistoletazos. Por entonces era periodista de la revista Caretas pero El Koala era su verdadero centro de trabajo. Allí atendía a sus invitados y daba vueltas sobre la crónica que le tocaba escribir cada semana.
Sin embargo, Coco era apreciado por sus amigos no solo por su charla vertiginosa, sino porque era un cocinero exquisito y un amante obsesivo del fútbol, sobre el cual disertaba con pasión y sapiencia. Pero lo que desconcertaba a sus amigos, que se diluían en envidias de todos los calibres (seamos sinceros), era su facilidad para enamorar a mujeres bellísimas", cuenta el poeta y periodista Enrique Sánchez Hernani.

En 1992, después de 25 años de investigación del caso, publicó su novela La medianoche del japonés, reeditada en 1996 por la Universidad de San Martín de Porres.

Jorge Salazar fue el primer catedrático de gastronomía en el Perú.  En 1995 editó, compiló y es uno de los autores del libro La Academia en la Olla. Fue representante del Perú en el gran simposio internacional realizado en España para celebrar el V Centenario del Descubrimiento de América: Canarias, en la ruta de los Alimentos.

En el 2004 publicó el libro Crónicas Gastronómicas que ganó el Gourmand World Cookbook Awards 2005 como mejor libro de Literatura Gastronómica.

"Lo admirable es que, con todo lo que sabe de comida, Jorge Salazar come poco. Su deleite y ritual gastronómico se inicia con una honda contemplación del plato, en busca de la genealogía e historia que lo hace apetecible. Al iniciarse esta pesquisa –digamos, a partir de una pizca de tausí apenas percibible sobre un ala de pichón– vertiginosamente se sumerge en los miles de años que puedan haber detrás de  algún suceso histórico que tuviera dicho alimento como marco digestivo de fondo, que al entendimiento y argumentación de Salazar se hace protagonista principal por encima del hecho mismo. Cuando esto sucede y sucede siempre, el restaurante, el chifita de barrio, la modesta mesa de cocina –no importa el lugar–, se ve honrada por la presencia de ilustres espontáneos que nadie, salvo Salazar, podría invitar: faraones egipcios de paladar eterno, esclavos persas de papilas liberadas, algún apóstol goloso, o un guillotinado aristócrata francés, cabeza en mano, en busca de la mayonesa perfecta. Acudirán puntuales como el hambre. No me consta que esto suceda cuando Salazar come solo. Aunque dudo que alguna vez coma solo.
En un país dolorosamente hambriento como el nuestro, en que el conocimiento gastronómico pasa por elitismo culturoso, moda de bolsillo caro, falso lujo del que recién aprende a comer sentado; para Salazar, y esto es aún más admirable, compartir una mesa es el mejor de los sabores posibles. A la mesa los hombres se hacen hermanos, dice. Tal vez por eso come poco, para que los demás prueben y sepan del placer que él conoce como mejor alimento que nos da la historia, nos da el comer, nos da el vivir; la generosidad. A la mesa y fuera de ella", recuerda el cronista Jaime Bedoya.

Pero Salazar fue también un investigador y analista del fútbol nacional e internacional. Fue asesor y colaborador de UNICEF en temas deportivos. Editó el libro 11 Historias de Fútbol (2000). Y escribió El libro de Oro del Club Sporting Cristal (2007)


"Puede hablar con experticia de todos los temas como si hubiera sido formado para cada cual de modo exclusivo. "Es un gran conversador", dice Juan Carlos Oblitas, quien lo conoció cuando Salazar lo entrevistó en los tempranos tiempos de su carrera deportiva. "Me gustaba conversar con él por su inteligencia", recuerda el legendario jugador. Con el tiempo, la amistad se prolongó a todos los campos. Alguna vez, cuando Oblitas tuvo a cargo la selección nacional, Salazar ofició de consejero psicológico del equipo. "La única vez que como técnico llegué tarde al bus que nos llevaba a entrenar fue en Buenos Aires. Se me pasó la hora conversando con él, desde las dos de la tarde, en que terminamos de almorzar, hasta pasadas las seis, en que debíamos salir", reseña el periodista David Hidalgo en su crónica sobre Jorge Salazar.

"Pareciera que el azar siempre ha compensado su generosidad. Sus amigos recuerdan haberlo visto brillar en los hipódromos. "He ido con él algunas veces y debo reconocer que me asombra su conocimiento, pero sobre todo su suerte", comenta Raúl Vargas. "Ha ganado fortunas en el hipódromo y las ha gastado todas invitando a los amigos o apoyando a los artistas", recuerda la poeta Rosina Valcárcel, amiga de los tiempos de quebradas costillas izquierdas", escribe David Hidalgo.

Jorge Salazar, es considerado, además, el mayor especialista nacional en crónicas policiales, de muerte y misterio y ha publicado cuatro volúmenes especializados sobre la Historia de la Noticia: A sangre y tinta (1996), La guerra y el crimen (2001), De matar y morir (2004) y La sangre derramada (2007).

El 2006 publicó su última novela Los papeles de Damasco.

"Sobre sus conocimientos de historia, geografía y filosofía su obra Los Papeles de Damasco nos dispensaría de mayor comentario aunque nos pondría en problemas de explicar cómo junto al humanista convivía el “burrero” apostador y el tahúr experto en todo tipo de juego de evite. Sí, he dicho bien. En él vivía un tahúr, sino que lo digan los diagramadores y el famoso corrector de Caretas, el señor Campodónico, a quienes inmisericordemente les ganaba sus buenos reales en los entretiempos del cierre de edición. Junten al jugador empedernido y al incansable periodista y obtendrán por necesario resultado una cajetilla permanentemente en la mano derecha, el encendedor en diestra y un pitillo en la boca. Así era “Coco”:
Cuántas cosas más se podrían y se tendrían que decir de “Coco” pero modestamente y con el mayor de los afectos yo quisiera recordar al promotor de periodistas jóvenes. Pocos como él, con sus dotes de mago y de demiurgo supo atraer hacia el periodismo a muchos jóvenes, completamente disímiles entre sí. La mayoría de ellos talentosos o sencillamente furiosos y eventualmente confundidos sobre su propio futuro-. Algunos ejemplo que mi incipiente alzheimer me permite recordar: Laura Puertas, Mariela Balbi, Jaime Bedoya, Tomas D’Ornellas, “Cucky” Chesman, Delia Ackerman, Julio Heredia, Gabriela Ezeta.
Parafraseando al trovador cubano había gente que quería y que odiaba a “Coco”. Imposible que hubiera sido de otro modo. De lo que sí estoy convencido es que lo suyo fue un milagro de sobrevivencia pues nadie como él practicó el deporte extremo de sacar absolutamente de quicio a Zileri dándole la contra hasta el infinito del alarido. Lo cual -conociendo a Enrique-, no es poca cosa", recuerda Benito Portocarrero.


"Hablar de Jorge Salazar es hablar de poesía. Su biografía esta llena de luchas, aventuras, pero fundamentalmente, de libertad. Él representa la libertad en su estado más puro. La libertad de pensamiento, de acción, de arte, de vida.
Es el mismo Jorge quien puede codearse y conversar en perfecto inglés con la más rancia nobleza británica y al día siguiente, ser el faite más grosero en una esquina de Barrios Altos jugando a las cartas. Porque Jorge Salazar juega, porque para él la vida es eso. Pero también, este Jorge Salazar puede ser, al mismo tiempo, un catedrático erudito en la Universidad de Berlín y el más impaciente de los pacientes del INCOR, donde le sonríe con ironía a la muerte. Y lo hace sin miedo, como ha hecho todas las cosas en su vida", escribe la poeta Elma Murrugarra.

El 2008, seleccionó las cartas, que se publicaron en el libro: Charlas con Soledad.

"Era de los que teniendo una cultura vasta y erudita, sabía conversar, pues instruía a los jóvenes. En el ambiente periodístico cosechaba envidia, algunas por las mujeres con las que andaba. No valoraba la riqueza material, sino lo que vivió en tantos viajes por el mundo, tantas lecturas y oficios. Su verdadera profesión fue la de un hombre que quería vivir. Que vivió la vida como quiso. Amado y odiado. Nunca se apartó del periodismo y murió sin riquezas. Su hija lo cuidó en sus últimos días y murió seguramente feliz a su lado", señala el periodista del diario el Trome a quién le consedió su última entrevista.


"Había leído sus libros y lo tenía por escritor notable, naturalmente ninguneado, lo que tampoco le quitaba el sueño. Conocí al mejor Coco. El  personaje, que jugaba para la tribuna, quiero creer que era una reacción a una sociedad enfermamente racista y despreciativa hacia todo lo que no sea blanco y homogenizado. Inclusive ahora, en la hora de su muerte, se preguntan cómo una rubia pudo fijarse en él, culto, leído, viajado, pero azambado.
Su enfermedad fue larga y dolorosa. Si tanto aguantó creo que fue al comprobar que amigos y alumnos eran su familia, cariñosa solidaridad que era cosecha de su bizarra y desmedida generosidad. Entre cirujías y el marcapasos con resucitador que le dio un tiempo extra fue grato verlo con sentido del humor y escribiendo, amparado por el inacabable y guerrero afecto de Elma y la paciencia de Saldaña. Debiéndole una visita –teníamos pendiente ver un dvd pirata sobre la vida de Gengis Khan y, si aguantaba, El Resplandor– su muerte me sorprendió a bordo de un avión. Los buenos recuerdos y la gratitud volaban sobre un oscuro cielo de pena", escribe Jaime Bedoya.

En junio de 2015 a siete años de su partida, se publicó su libro de gastronomía, el cual había dejado listo: "Coma y punto" una exquisita sobremesa de la culinaria mundial.


Jorge Salazar se casó cuatro veces y se divorció cuatro veces. La mayor parte de su vida vivió en Inglaterra, Holanda, España y Alemania, de donde regresó, decía él, para morir en el Perú. Y así fue. El domingo 8 de junio de 2008, partió nuevamente a otro viaje cuyo destino tanto le intrigaba. 

Sus restos descansan en el Campo Santo Mafre de Huachipa, cerquita de su querida Chosica. As14 G4. Y en su lápida dice como él lo pidió: Pasó por la vida y se dio cuenta. Siempre tiene flores. Alguien tan querido nunca estuvo ni está solo.

Texto: Ángel Angulo.